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Entrevista con el autor | Leonardo Valencia: “El novelista es esencialmente un observador”

14 de junio, 2023

Ensayos en caída libre es el libro que publicó recientemente Leonardo Valencia, en una coedición entre la Universidad Andina Simón Bolívar y Planeta. A propósito de la aparición de esta obra, presentamos una entrevista con el autor, quien es docente del Área de Letras y Estudios Culturales, y dirige la Maestría en Literatura y Escritura Creativa en la Universidad Andina Simón Bolívar, en Quito, Ecuador.

Leonardo Valencia es escritor. Nació en Guayaquil en 1969.  Residió en Lima y en Barcelona durante veinticinco años. Actualmente, vive en Quito. Se doctoró en Literatura Comparada por la Universidad Autónoma de Barcelona, donde dirigió el Programa de Escritura Creativa. Sus libros han sido publicados en España, Argentina, Colombia, Perú y Ecuador, de los que se han traducido tres de ellos al inglés y al francés. Entre sus obras de ficción se encuentran títulos como La luna nómada (1995), El desterrado (2000), El libro flotante (2006), Kazbek (2008) y La escalera de Bramante (2019), y en ensayo ha publicado El síndrome de FalcónViaje al círculo de fuegoMoneda al aire: sobre la novela y la crítica.

 

En tu libro, reflexionas sobre la novela. ¿Cómo nos puede conectar la novela con nuestro entorno? 

Para empezar, no necesariamente la novela tiene que tratar temas o historias ubicadas en el mismo entorno, barrio, ciudad o país. Pueden hacerlo. Sin embargo, aunque las novelas trabajan sobre la representación de ciertos lugares de la realidad, es posible leerlas más allá de ese contexto. Caso contrario, cómo nos explicamos que podamos leer novelas escritas por autores de culturas de las que ni siquiera hablamos su idioma y que no hemos visitado. A mí me apasionan los novelistas rusos, pero nunca he estado en su país. Y cuando leo a autores de países que conozco, pongo en suspenso mi conocimiento porque quiero descubrir lo que me van a revelar. La novela nunca es un informe frío. No puede serlo. La clave radica en la construcción de los personajes y la autenticidad de sus problemas.

¿El novelista es también un observador? 

Por supuesto. Esencialmente es un observador, pero que escribe. Esto que puede parecer una obviedad es fundamental. Cuando escribe, en el momento de la escritura, deja entrar cosas de las que quizá no fue consciente en el momento de su observación, pero que lo llevaron a descubrir algo diferente. La escritura, la preocupación por el lenguaje, introduce un elemento nuevo que pasa a modificar lo observado y lo enriquece. El novelista ni siquiera es alguien que se preocupa particularmente por crear tramas o historias sensacionales. Puede hacerlo, pero en realidad su mirada se fija en cuestiones o problemas que le llaman la atención, y es a partir de allí que surgen historias. Recuerdo una observación de Adolfo Bioy Casares, cuando señalaba que en muchos escritores sus mejores momentos, los más originales, eran aquellos en los que reflexionaban o describían algo en concreto, y que cuando se preocupaban por lo “novelesco”, por seguir una trama, y dejaban a un lado de esos remansos de observación, la novela perdía por esa preocupación desesperante de querer ser intrigante o divertido.

¿Cuál es el papel del ensayista frente al lector en caída libre? 

Acompañarlo en el recorrido. Es un recorrido particular: la observación conjunta de una aventura, de un tema, de un libro o de una obra de arte. El ensayista no solo debe señalar el paisaje inesperado o interesante. Debe lanzarse con el lector a ese paisaje, sostenerlo fuerte mientras vive el vértigo de lo que descubre y darle precisamente un paracaídas que lo prepare para volver a tierra. Todo para que el día de mañana ese lector se lance solo a afrontar el paisaje o el libro visto.

¿Cuál es el equipamiento que debe tener el ensayista para su labor? 

El más obvio es el de las lecturas previas. Pero luego vienen las relecturas y, sobre todo, la conciencia de que no ha resuelto ningún enigma ni ha encontrado la clave. Más bien debe resonar en el ensayo que la búsqueda continua, y que probablemente ese recorrido al que se invita al lector es un camino previo para descubrir lo que el escritor quiso decir. Debe estar dispuesto a prescindir de notas de pie de página. Eso corresponde más bien a los ensayos académicos y no a los literarios. En este sentido, no debe abundar en exceso sobre lo que han dicho los otros, o al menos no seleccionar cualquier cosa de las observaciones ajenas sino lo más representativo, lo que al ensayista le parece pertinente y que sea iluminador sobre el sentido y que tenga opciones de futuro.

Pero por encima de todo, el equipamiento principal del ensayista corresponde a la disposición a ser honesto con el problema que encuentra en el tema que aborda, a compartir lo que realmente le ha implicado, sin caer en confesionalismos, así como a compartir que todavía le queda futuro al tema que analiza. El ensayista nunca busca ser tajante y definitivo. Cuando pretende serlo, deja de ser un ensayo y se convierte en un tratado o un manual. O en aquello a lo que se resisten los ensayistas: el dogma. Es curioso porque la palabra dogma, de origen griego, perdió su sentido original, que estaría más cerca del ensayo, porque etimológicamente significaba una opinión o un parecer, no algo incuestionable que debía imponerse.

Una lata de sardinas te sumerge en una serie de reflexiones. Entre ellas, dices que “hemos perdido el contacto con lo real, en realidad estamos a punto de perder el contacto con nuestra propia experiencia”.  ¿Cómo puede la literatura reencausarnos en ese contacto con nuestra propia experiencia? 

A ese ensayo sobre las sardinas le tengo un afecto especial. Fue una invitación de una revista de Barcelona, una revista irreverente, de un grupo de amigos, que me pedía un texto divertido sobre lo que quisiera. La revista desapareció hace años. Salieron poquísimos números. Así que elegí el tema de las sardinas, porque me permitía hacer una serie de asociaciones con varios asuntos, desde la cultura mediterránea pesquera de Cataluña, hasta la imagen global de las sardinas moviéndose en grandes biomasas por el planeta. Y eso precisamente es la literatura, esa disponibilidad a encontrar en los temas más insignificantes cosas en las que pueden reflejarse maneras de pensar sin seguir un camino serio o convencional, que tiende a ser acartonado y previsible.

Bajo el título “Con nombre propio”, propones un recorrido por diversos autores. ¿Qué elementos hacen que la escritura de un autor te conmueva y éste pase a esta suerte de canon literario tuyo? 

La autenticidad. Un escritor puede hablar de lo que quiera, pero cuando percibo que está escribiendo con todo lo que él es, me resulta fascinante seguir esa aventura. Tienes la sensación de que estás descubriendo una puerta a un jardín verdadero, una especie de amigo que habías estado esperando y que sabe hablar de temas o tratarlos de tal manera que te hablan directamente a ti.

Los efectos de la pandemia también son parte de esta caída libre. Y aparecen en fragmentos. ¿El novelista también tiene momentos en los que su escritura requiere espacios más cortos, más condensados? 

Esos “Fragmentos del gran encierro” que están incluidos en Ensayos en caída libre son muy importantes para mí. No quise hacer una crónica convencional sobre lo que significó la experiencia de la cuarentena contando con pelos y señales cómo era el lugar donde estaba encerrado, ni cómo era la vida de mi familia durante el encierro. Me parecía previsible y sospechaba que saldrían muchos libros al respecto, como en efecto salieron. Lo que hice fue escribir apuntes muy breves, sobre todo reflexiones, que me permitieran por una parte dar cuenta, sí, de algún tema en concreto, o incluso alguna noticia al margen que revelara algo significativo del momento. Sobre todo, quise crear un ritmo en la lectura de los fragmentos donde se repitiera lo que me preocupaba respecto al futuro, que llegáramos a “olvidar” todo lo que estábamos pasado. Por eso se repite la palabra “olvidaremos”, a veces como pregunta y otras como afirmación. El fragmento o el aforismo es una forma narrativa que me interesa mucho y que he trabajado de manera dispersa. Quería incluir una muestra aquí. Pero ameritaría, en realidad, sacar un libro que recopile todos los que he escrito para que se perciba mejor la maravilla de una forma que me parece que tiene un gran ritmo musical.

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