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Argentina | Editorial Teseo publica libro de Arturo Villavicencio, sobre el extractivismo

22 de febrero, 2024

En una publicación de 370 páginas, Arturo Villavicencio cuestiona la postura que se opone al extractivismo y sostiene que la explotación de recursos minerales y energéticos pueden, en principio, proveer los medios para apuntalar trayectorias sustentables de desarrollo.

El docente del Área de Estudios Sociales y Globales analiza y refuta distintas tesis que se han construido entorno al extractivismo como un factor negativo para la economía, las instituciones y la democracia de los países cuyas economías dependen básicamente de la exportación de recursos no renovables.

A propósito de este libro, que tiene el sello de la editorial argentina Teseo, presentamos una entrevista con su autor.

¿Cuáles son los ejes en los que usted basa esta crítica?

Sin mayor reflexión, y haciéndose eco de clichés sustentados en un conjunto de ideas sesgadas, simples y con escaso fundamento empírico, se ha ido construyendo en medios académicos y ambientalistas la idea de los recursos naturales como un factor que ha atrofiado el crecimiento económico, debilitado los procesos democráticos y deteriorado los ecosistemas.

Al equiparar la dotación de recursos naturales con una enfermedad, todo el discurso sobre el extractivismo se encuentra impregnado de un léxico mórbido en el que términos como síntomas, virus, patología, infección o contagio se convierten en los referentes para nuevas propuestas de acción social y política. Según esta corriente de pensamiento, los recursos naturales serían una “maldición” y la solución consistiría en superar la etapa extractivista como la única alternativa para alcanzar un “buen vivir”.

Una parte del libro está enfocada a analizar lo que la literatura convencional considera las llamadas patologías del extravismo. Sostengo de manera enfática en el libro que ninguna de las patologías, ya sean estas las tesis sobre el deterioro de los términos de intercambio, la maldición de los recursos, la llamada enfermedad holandesa, el efecto enclave de los recursos mineros y energéticos, todas ellas carecen de sustento teórico y ninguna de ellas presenta evidencias empíricas. En el mejor de los casos, la tesis de la maldición de los recursos sería la excepción y no la regla.

¿Su cuestionamiento significaría un llamado a continuar con el extractivismo?

No necesariamente. Muchos países cuyas economías se sustentan en la exportación de minerales o energía han tenido a la larga un pobre desempeño no por su dependencia de las rentas de exportación de los recursos, sino porque han fracasado en la implementación de políticas apropiadas para canalizar las rentas en genuinos proyectos de desarrollo. Los recursos, en sí mismo, de ninguna manera son nocivos para el desarrollo; ellos se convierten en un problema en ausencia de sólidas instituciones para su manejo y gestión.

Tenemos casos como Noruega, Chile, Botsuana, para citar algunos, que han logrado un crecimiento económico sostenido sobre la base de la explotación de sus recursos minerales y energéticos. En un contexto más amplio, tal es el caso de Suecia y Finlandia.

Debemos convencernos que las experiencias negativas de la explotación de los recursos naturales no son culpa del imperialismo, ni del Fondo Monetario Internacional, ni de las corporaciones transnacionales. La responsabilidad es de los países y sus gobiernos que no han sido capaces de idear políticas y estrategias para aprovechar ese “maná caído del cielo”.  El premio nobel de Economía Joseph Stiglitz dice con toda claridad: la maldición de los recursos no es una fatalidad del destino, sino una elección.

Pero entonces, ¿no hay una opción de dejar el crudo bajo tierra?

Me parece una pregunta muy oportuna. Ante todo, como señalo en el libro, una economía o, mejor dicho, la producción sin recursos es una tesis irreal, al igual que lo son las tesis sobre el decrecimiento, la desmaterialización de la economía o la economía circular. El insigne matemático y economista rumano Georgescu-Roegen lo expresaba de manera categórica: la economía es lineal y entrópica. En otras palabras, la energía, los minerales y la producción de desechos son realidades absolutas.

A propósito, resulta curioso señalar que la gran transición hacia una energía verde, como la solución para el problema del cambio climático, implica una intensificación del extractivismo a escala global. El mundo es testigo de una carrera casi desenfrenada de las potencias mundiales por la apropiación de los minerales indispensables para el aprovechamiento de las energías solar y eólica. Al respecto, con cierta dosis de ironía, se habla ya de un extrativismo verde.

Regresando a su pregunta, me parece que cualquier debate no puede ignorar dos realidades. En primer lugar, el potencial de extracción de petróleo del Ecuador. La posibilidad de una producción de alrededor de 800 mil barriles diarios es factible y, en segundo lugar, en el mediano plazo el país requerirá, aumentar la producción para cubrir sus necesidades energéticas y mantener saldos exportables para el sostenimiento de su economía. Podemos pensar en limitar las actividades petroleras en ciertas áreas sensibles, pero la opción de una salida del extrativismo me parece ilusoria.

Esta afirmación adquiere aún más fuerza frente a las alternativas de un nuevo modelo de acumulación que plantean los partidarios de una salida del extractivismo. El ecoturismo, la bioprospección genética y la agroforestería están muy lejos de compensar a los ingresos petroleros. Pero, lo preocupante de estas tesis es que siempre persiste la idea de la naturaleza como una fuente de riqueza, como un stock generador de flujos y servicios que pueden ser monetizados mediante su conversión en mercancías. En mi libro Neoliberalizando la Naturaleza, publicado hace pocos años por la Editorial Siglo XXI, abordo con cierta profundidad estos temas y muestro que los impactos sociales y ambientales de estas actividades pueden ser tan nocivos como la explotación de petróleo.

Las políticas de gestión de los recursos practicadas por Bolivia, Ecuador y Venezuela en las dos décadas pasadas han sido caracterizadas como un neoextractivismo progresista ¿cuál es su criterio al respecto?

La tesis de un extractivismo progresista, posneoliberal, que supuestamente caracterizó el manejo de los recursos naturales por parte de los llamados gobiernos de izquierda, está bastante alejada de la realidad. En el libro analizo que las políticas y estrategias adoptadas por el Ecuador, en particular, estuvieron lejos de significar una superación de las políticas neoliberales y, por el contrario, se trató de un conjunto de políticas híbridas, muchas veces contradictorias y no siempre en línea con el dogma neoliberal, aunque a la larga terminaron fortaleciéndolo.

El libro dedica un capítulo al análisis del desempeño económico de las economías extractivas de Sudamérica bajo un nuevo marco epistemológico y conceptual. Se trata del Análisis Cualitativo Comparado que rompe con los sesgos y limitaciones de los enfoques de tipo estadístico y econométrico en el estudio de la comprensión de la causalidad compleja de los fenómenos sociales. Considero que este capítulo constituye un aporte valioso al desarrollo de las ciencias sociales en el Ecuador.

¿Cuáles son las conclusiones del libro?

Al inicio del texto cito al sociólogo mexicano Rodolfo Stavenhagen, quien ya hace algunas décadas expresaba su preocupación por un conjunto de tesis y afirmaciones equivocadas, erróneas y ambiguas que dominan el discurso sobre el desarrollo y son aceptadas como moneda corriente por no pocos intelectuales, investigadores y profesores. Hago mía la preocupación de Stanvenhagen en el caso del extractivismo. Existe en la academia una suerte de miopía epistemológica agravada por un preocupante narcicismo intelectual.

Quizá el mensaje principal del libro consiste en señalar que el debate sobre el extractivismo debe partir y centrarse en la existencia de dos realidades que no pueden ser disociadas. La una tiene que ver con la afectación a los pueblos y comunidades locales. La otra tiene que ver con los impactos irreversibles sobre el entorno natural. Bajo esta dos dimensiones no puede hablarse de extractivismo en forma abstracta, sino de proyectos y actividades extractivas específicas que afectan de manera diferente y en grado diferente a pueblos concretos y ecosistemas específicos.

Frente a esta realidad, el libro sugiere una nueva perspectiva de abordaje del problema extractivista. Se trata del enfoque de la Ciencia Posnormal. La ciencia posnormal o ciencia abierta nos dice que cuando las incertidumbres y los valores que rodean un problema son inconmensurables, se requiere un marco de análisis que trascienda viejas dicotomías entre hechos y valores; entre conocimiento e ignorancia para dar paso a una nueva condición basada en hipótesis de incertidumbre, control parcial y pluralidad de legítimas perspectivas. En este contexto, no debemos olvidar que la intervención humana en la naturaleza no es ni antinatural, no algo apara el lamento y la condena, lo que de ninguna manera implica la necesidad de imponer límites.

¿Cuál es el significado o mensaje de la portada del libro?

La portada reproduce el famoso cuadro del pintor Paul Klee al que intelectuales y filósofos como Walter Benjamin y Bolívar Echeverría han dedicado no pocas reflexiones. La metáfora es poderosamente sugestiva para explicar y entender aquella visión utópica de un estado de plenitud o buen vivir cuya consecución empieza por librarse de la maldición de los recursos.

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