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ALUMNI | Carlos Trapani, exestudiante y exfuncionario de la Universidad, es ahora asesor del Presidente de Paraguay

3 de agosto, 2022

Estudiante, funcionario y docente contratado, Carlos Trapani ahora es Asesor de Asuntos Regulatorios, en la Presidencia de la República de su natal Paraguay. Su vinculación con la Universidad Andina Simón Bolívar en Quito se inició en el 2017, cuando ingresó como estudiante en el programa de Maestría en Estudios Latinoamericanos, del Área de Estudios Sociales y Globales.

Posteriormente, fue asistente académico en el Área de Derecho, donde también dictó clases como profesor contratado. Asimismo, trabajó en la Corte Constitucional del Ecuador.

Conversamos con él para conocer acerca de su paso por la Universidad, y su actual desempeño como asesor del Presidente en Paraguay.

¿Cómo fue tu experiencia en la Universidad Andina?

La Andina fue modeladora en muchos sentidos, y tuvo un impacto en mi vida muy alto porque fui estudiante y terminé luego trabajando. Fui estudiante en el Área de Estudios Sociales y Globales, y tomé créditos en Derecho, los créditos optativos para completar la maestría. Los tomé por afinidad, porque vengo de la carrera de abogacía en Paraguay.

Ya tenía una Maestría en Derecho, entonces era un asunto de aprovechar lo que ofrecía la Andina que, a pesar de estar en el Área de Estudios Sociales y Globales, podía cursar asignaturas en el Área de Derecho, en donde luego terminé trabajando.

El último día de clases, en el Área de Derecho se llamó a un concurso para asistente académico, apliqué y así me vinculé como asistente del área, que en ese entonces tenía como director a Ramiro Ávila Santamaría. Luego fui a la Corte a trabajar con él, cuando fue elegido magistrado. Posteriormente, empecé a dictar clases en el Área de Derecho, en el programa que, anteriormente, dirigía Ramiro y lo hice hasta el año pasado. Estuve también en tribunales de tesis.

Mi paso en Ecuador, que fueron casi cinco años, se explica por la Universidad Andina y eso es lo más interesante.

Entonces, ¿estos años te permitieron conocer más al país, la gente, la cultura?

De cierto modo, muchas cosas. Me gusta la idea de reconocerme como parte de algunas cosas que tiene el país: como servidor público, funcionario, por un lado; haber sido estudiante y trabajador de la Universidad. Entonces, pasé por muchos lugares en la Andina. Me siento parte de muchas cosas.

¿Cómo fue tu regreso a Paraguay?

Trabajé en la Corte, en Ecuador, hasta agosto de 2021. Nunca descarté volver a mi país. Nunca perdí el contacto aquí, con los amigos, con cierta parte de la comunidad jurídica, de la que soy parte.

Estando en Ecuador, me propusieron trabajar en la Presidencia de la República de Paraguay y acepté. Me mudé y se dio mi integración como asesor en la Presidencia de la República. Volví al servicio público donde había estado anteriormente. Vine a un lugar de altísima intensidad laboral y de mucho compromiso. Por suerte, estaba bien entrenado porque, al estar en la Corte Constitucional del Ecuador, venía con esa sintonía, es decir, ecualizado a cierta intensidad.

Soy asesor en asuntos regulatorios; es decir, enfocado a determinados aspectos de la Presidencia, sobre todo con la regulación de ciertas materias, con el ejercicio del poder reglamentario de la administración pública. Puede entenderse la idea de asuntos regulatorios en dos sentidos: uno, sustantivo y otro, más procedimental. Una perspectiva, que a mí me resulta muy interesante, es pensar los asuntos regulatorios como la forma correcta de llevar adelante el proceso por el cual el poder Ejecutivo, la administración, regimenta muchas cuestiones de la vida pública.

Esta mirada tiene que ver con qué tipo de información debe agregarse al proceso de decisiones, cómo se lleva adelante un proceso de discusión transparente para tomar una decisión que va a devenir en una medida regulatoria. Esto quiere decir, que va a fijar reglas generales para muchas personas, o, dicho de otro modo, que va a terminar rigiendo alguna dimensión de la sociedad.

¿Cómo es un día en tu agenda?

El trabajo es muy demandante. Por la mañana, normalmente, estoy con la gente del gabinete civil de la Presidencia en el Palacio de Gobierno. Luego recibo alguna instrucción para trabajar acompañando a alguna institución en particular y eso puede significar que esté moviéndome hasta allí, para mantener reuniones de trabajo y acceder a información. Por la virtualidad, mantenemos reuniones constantes con distintas instituciones, al mismo tiempo. Pero sí, a pesar de la pandemia supone mucho ajetreo.

¿Cuáles son los retos que tú ves y los puntos en dónde crees que es importante poner cuidado?

Creo que hay un desafío muy grande en Paraguay, en particular, y yo diría en Sudamérica, en general, en construir adhesión al sistema jurídico, que la gente se sienta o se vea obligada por el sistema jurídico. Dicho de otra forma, que la gente no solamente conozca las reglas, sino que se sienta motivada a cumplirlas.

Hay un trillón de explicaciones. Muchas aprendí gracias a profesores increíbles como Pablo Andrade, quien me ayudó a pensar las instituciones. Hay muchas perspectivas, algunas desde el punto de vista cultural, otras del punto de vista institucional, que tratan de dar cuenta por qué la gente no sigue las reglas.

El proceso de formación de las reglas muchas veces no se da en la Asamblea. En realidad, se da en la administración pública, en los ministerios; allí es donde se define la letra chica de nuestro ajedrez institucional diario. Y ese proceso no suele ser igual de transparente como lo es en el proceso de formación de las leyes en la asamblea o en los congresos.

¿Justamente ahí entras tú con el trabajo que estás haciendo?

Sí, justamente entro en eso, en tratar de pensar los arreglos institucionales que nos permitan tener procesos de creación de las reglas dentro de la administración pública, dentro del Ejecutivo, que permitan mayor apropiación por parte de la gente.

En el día a día, a veces no son las leyes las que codifican lo que hacemos, son estas pequeñas decisiones de funcionarios administrativos que tienen mucho poder, actúan solos, producto de la inercia institucional, del peso de la historia de “toda la vida ha sido así”.

¿Tienes un equipo de trabajo que lideres?

La Presidencia tiene asesores especializados. En general, la Presidencia del Palacio de Gobierno –el equivalente a Carondelet- tiene un jefe, que es el jefe del gabinete civil. Él es quien coordina nuestro trabajo allí, en la Presidencia, es la persona que está debajo del Presidente, y trabajamos en la Secretaría General y Jefatura del Gabinete Civil.

Tengo un equipo muy chiquito, abogados que están trabajando conmigo. Tengamos en cuenta que no había una persona específica que haya sido designada para esto.

Hablaste de Pablo Andrade y traías a colación alguno de los temas que él trabaja. ¿Qué otra herramienta te dio el estudiar en la Universidad Andina?

Llegué a la Andina habiendo hecho mi estudio de derecho, en el pregrado. Y mis estudios en especialización y maestría, todo en derecho. Me inscribí en el programa de Estudios Latinoamericanos, para estudiar Ciencia Política, con un enfoque latinoamericano.

Ese primer trimestre fue revelador para mi formación. Tuve como profesor a Pablo Andrade y a Pablo Ospina, que son profesores de planta. Y a Rafael Polo, profesor contratado.

Pablo Andrade me enseñó a pensar la política con un compromiso teórico fuerte. Aprendí mucho con él, de la perspectiva institucionalista. También fue mi profesor de economía política, en el semestre siguiente. Me enseñó a pensar, entre otras cosas, cómo el peso institucional incide o influye en el desarrollo económico.

Pablo Ospina me enseñó a pensar en los procesos sociales, en que las instituciones no son neutrales, son producto de luchas históricas que cristalizan los lazos de fuerza que se tensionaron por detrás.

Ahí hay como dos luces muy potentes que me ayudaron a ampliar mi pensamiento. Me enseñaron a pensar el Estado con un equipamiento conceptual que no tenía. Ese programa, el de Estudios Latinoamericanos lo recomendaría mucho por lo interesante que es estudiar pensamiento social y teoría política desde el punto de vista institucional, la economía política, la teoría de las relaciones internacionales.  Es un programa verdaderamente multidisciplinario, ofrece de todo un poco, con el añadido -en el caso mío, salió muy bien- de poder cursar materias en otras áreas de la Universidad.

Cursé todas las optativas en el Área de Derecho, todas con Ramiro Ávila Santamaría. Entonces ahí también hay un poco el resultado de haber sido su estudiante, en un tiempo relativamente corto: cuatro materias en seis meses.

¿Qué es lo que te atrapó de él?

Dos cosas, la una de forma y la otra de sustancia. La de forma: Ramiro es un gran docente, es una persona cautivante, tan potente intelectualmente que, como escuché en alguna ocasión decir a alguien respecto a su maestro, a veces no te deja pensar de manera autónoma. Mucho de eso se debe a su forma de ser, a su manera de llevar la clase, con una intensidad que le deja a uno cautivado. Y de fondo: los temas que trataba. En Ramiro encontré una persona increíble. Me parece que convergían muchos de los temas que a mí me interesaban del Derecho: la justicia penal, el sistema político, el constitucionalismo latinoamericano.

Ramiro tiene muchas columnas en su aparato intelectual. También tenía un gran espacio para la criminología, que era otra cosa que me ha interesado. Para mí fue ir a tomar una clase de cada cosa, de esas muchas que me interesaban y de las que Ramiro daba clase: teoría de la justicia, criminología, sociología del derecho. Entonces, encontrar todo en él fue espectacular.

A la par que iba desarrollando en el programa muy feliz, encontré también una cohorte de gente muy inteligente, muy generosa en su conocimiento, con la que me fue muy gozoso y divertido cursar.

Y luego viene otra fase, que también puede ser de aprendizaje, cuando ya ingresas como funcionario a trabajar en la Universidad.

La Andina es un lugar genial para trabajar. La Andina es una familia grande, con todo lo que eso significa. Me sentí súper querido muy rápidamente. También es un lugar relativamente grande, en el sentido de que son muchas personas las que hacen a la Andina. Es un lugar de mucha responsabilidad. El desarrollo intelectual de muchas personas depende de la Andina. La Andina es un lugar que genera pensamiento, en donde hay mucha actividad. Entonces, tiene mucha gente por detrás para que eso funcione.

Siempre sentí que el trabajo se hace de manera muy fraterna en la Andina. Todo el mundo se siente identificado con la Universidad y se trata de enfilarnos a todos detrás de su sello y de su propósito.

Eso fue increíble para mí: encontrar fraternidad, solidaridad en la Universidad y en el Área de Derecho, en la que me tocó trabajar, porque entré como asistente académico de la mano de Ramiro, cuando era director del Área. Trabajé con todos los docentes que componen el Área y terminé siendo amigo de muchas personas, todas muy generosas, que siempre se dan un tiempo para hablar contigo, para darte información sobre lo que te interesa leer, porque uno no solo se está trabajando ahí, sino que tiene sus intereses para seguir estudiando de manera autodidacta, y nadie es tacaño con su conocimiento. Todo el mundo tiene tiempo para conversar. Tengo muchos amigos y amigas en el Área de Derecho.

Y ni qué decir en el resto de los espacios, el personal administrativo. Era todo un suceso para mí quedarme hasta tarde con gente de tantos otros lugares que hacían parte del trabajo: Relaciones Públicas, el área administrativa en general. Eso fue increíble.

¿Cómo fue ese momento de pasar a trabajar en la Corte?

Somos abogados formados en la tradición continental; tenemos más o menos los mismos fundamentos teóricos y perímetros conceptuales, en Paraguay y Ecuador. Cuando uno trabaja como funcionario en un Tribunal se debe ir más allá, por ese bagaje o background que uno tiene. Uno debe asesorar en cuestiones relativas a la interpretación y aplicación de la ley. En este caso, las personas que acompañan a los magistrados asistiéndoles en su trabajo de resolver casos.

Eso significa tener que aprenderse todos los comandos que desconocía. En ese sentido, fue muy desafiante y difícil.

Bueno, ¿pero alguien que ya fue nombrado “Quiteño Buenote” la tenía más fácil o no?

La Andina tiene estos espacios de diversión, estos espacios para hermanarnos, que uno no se da cuenta. Cuando uno está ahí, es una farra, una fiesta más de las que puede haber en cualquier otro trabajo. Pero, luego, uno sale, pasa el tiempo y ve que hubo mucha gente del Andina que terminó en la Corte, que eran estudiantes, entonces se encuentra con todo eso y hay un hilo rojo que nos conecta a todos, que era la Andina.

¿Qué aprendizajes has tenido ahora, en esta nueva experiencia?

Estoy aprendiendo muchas cosas. Una de las cosas que tomo nota de manera muy presente, que estoy aprendiendo y reafirmando, es que es muy difícil hacer cambios dentro de la administración. El peso de la historia, el peso de las prácticas, todo eso es muy potente.

¿Por qué tan difícil? ¿En donde se estancan esos cambios?

Lo más difícil es que hay mucho tiempo en el que se viene haciendo así las cosas. Y desmantelar, descarrilar esa inercia no es fácil. Algo que aprendí en mi paso como estudiante del Área de Estudios Sociales y Globales es reconocer la importancia o tener los ojos bien abiertos para identificar ese peso de la historia, ese peso del tiempo en el que las cosas se vienen haciendo de algún modo. Si no reconoces eso, si está mal el diagnóstico, lo que viene después está mal hecho o va a estar mal planteado. Se requiere alinear muchísimas voluntades y coordinar muchísimo esfuerzo para lograr cambiar cosas dentro de la administración pública.

Ahí está el Estado y el poder; el Estado y los recursos; y está la sociedad y las luchas sociales.

Lo primero es importantísimo. Todo tiene un costo; aunque no sea cuantificable monetariamente, tiene un costo. Evidentemente, hay cosas que están por encima de otras, los derechos están en un primer lugar y luego viene todo lo demás. A partir de eso, tenemos que ver cómo organizamos nuestros recursos. Pero cuesta mucho reorganizar los recursos cuando se hace de una misma manera desde hace mucho tiempo.

A los procesos sociales les cuesta traducirse en una nueva institucionalidad. Es súper difícil reorganizar la distribución de recursos; es súper difícil traducir esos procesos sociales, esas luchas en nueva institucionalidad. Es la primera herramienta que uno tiene que tener a mano para ser consciente de cómo llevar adelante el trabajo, para poder proponer algo con carácter transformador.

Dentro de todo este mapa, ¿cómo influyen los intereses políticos que se dan en los distintos movimientos y partidos políticos?

Es otra cosa importante y que aprendí en la clase de Pablo Andrade: tratar de pensar la política de manera desacralizada, sin tanto prejuicio moral. No es que la política no tenga nada que ver con la moral; pero la política sí es autónoma, en el sentido de que uno tiene que reconocer que la política está asociada al poder, que las fuerzas políticas formales e informales, que siempre están buscando mejor posicionamiento en términos gestión de intereses, y que eso es parte del juego. Hay que tener eso dentro del mosaico, dentro de la pintura.

Una de las cosas que a mí me interesan es tratar de pensar cómo todas esas distintas fuerzas, todos esos distintos intereses pueden tramitarse de la manera más cooperativa posible, para que el resultado al menos sea un proceso de lucha en el que todos tuvieron oportunidad de agregar información, de persuadir, de argumentar. Eso es más importante para pensar cómo se establecen las reglas generales de la administración pública cuando hay tantas fuerzas, sectores privados o fuerza política partidaria, y con tantos intereses.

La cosa no es pensarlo en términos moralistas, como si estuviera mal, eso hace parte del juego. Lo que tenemos que hacer es pensar cómo hacemos para que sea lo más operativo posible, sin enfrentamiento.

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