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Juan Carlos Velasco, director del Coro de la Universidad Andina, recibió condecoración por parte del Municipio de Quito

19 de diciembre, 2023

En la Sesión Conmemorativa del Concejo Metropolitano de Quito, que se celebró el pasado 6 de diciembre en el Teatro Sucre, el director del Coro de la Universidad Andina Simón Bolívar, Juan Carlos Velasco, recibió la Condecoración Pedro Pablo Traversari.

Este acto, que fue presidido por el presidente de la República, Daniel Noboa, y el alcalde de Quito, Pabel Muñoz, se realizó por los 489 años de fundación de la capital ecuatoriana, en presencia de autoridades nacionales y locales.

En esta ceremonia se entregó reconocimientos a personas y entidades que han aportado a la ciudad, desde sus distintos espacios.

La distinción otorgada a Juan Carlos Velasco es un reconocimiento a su trayectoria en las artes musicales, por lo que le correspondió la Condecoración Pedro Pablo Traversari, premio que hace honor al musicólogo, compositor y director quiteño, quien además fue presidente del Municipio capitalino en 1910, y fundador del Conservatorio de Música Antonio Neumane.

Juan Carlos Velasco es director del Coro de la Universidad Andina Simón Bolívar desde 2017, y lleva alrededor de 30 años dedicado a la música y especializado en la dirección coral.

Empezó su camino musical a los 13 años, junto a su guitarra, en Otavalo. En la ciudad imbabureña dirigió su primer grupo durante siete años, para luego trasladarse a la capital, donde inició sus estudios en el conservatorio.

En este espacio se enamoró de la música coral, cuando fue integrante del coro. Posteriormente, ha sido integrante de algunos coros y, además, desarrolló su interpretación con varios instrumentos. Lleva alrededor de 33 discos grabados y ha compuesto la música para dos películas.

Actualmente, también dirige los coros de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, tanto el de estudiantes, como de jubilados, así como el coro Voz Nova. Es fundador del grupo Bocapelo, que a raíz de la pandemia entró en un receso de su actividad.

A propósito de este reconocimiento, presentamos una entrevista con el director del Coro de la Universidad, Juan Carlos Velasco.

¿Qué supone este reconocimiento para ti?

A mí me significa que el trabajo que se viene haciendo es un trabajo largo, extenuante, arduo, constante, y que tal vez de alguna manera, estos reconocimientos nos abran puertas para tener mejores apoyos. Que tal vez nos visibilice, en el sentido de que la actividad que venimos haciendo desde hace tantos años necesita absolutamente de mayor apoyo, y no solamente material, económico, espiritual y motivacional, para que un montón de gente más haga música en este país, y no lo haga como hobby, sino un poquito más serio tomando las cosas con un poquito más de calma y de constancia.

Justamente es el reconocimiento tu contribución en la música. ¿Qué significa para ti haberte dedicado a la dirección coral?

La verdad es que se ha convertido en mi vida misma. En ningún momento había pensado coger mi carrera de músico por el lado de la dirección coral. Me encanta cantar, me fascina cantar, pero hace ya tantos años -ya van a ser como 30 años- que me involucré en los coros. Y eso es importante porque me va labrando el camino hasta llegar a un punto en el que digo, no, yo mismo puedo crear mis instancias, mis agrupaciones y, por sobre todo, asociar a todas las agrupaciones de Quito en un festival, en un taller, en un conversatorio permanente.

Y hemos ido logrando muy lentamente cada uno de los propósitos que nos hemos trazado, y nos falta muchísimo más. O sea, nos faltan muchísimos más sueños que querer cumplir y ese es el reto. Esa es la meta.

¿Cómo fue el desafío de haber seguido haciendo música a pesar de la pandemia?

Tocó inventarse el agua tibia, para poder hacer fórmulas de cantar vía zoom, por videollamadas, tantas cosas que se lograron hacer. Y sobrevivimos, porque no íbamos a claudicar. Es cierto que la pandemia nos encerró y nos bajó un poco los ánimos, pero fuimos lo suficientemente propositivos para salir adelante.

El reto está ahí y lo logramos y aquí estamos. Somos sobrevivientes de una pandemia durísima, y ojalá que la reflexión nos vaya cambiando de a poco, porque al parecer no somos la sociedad que dijimos que íbamos a hacer mejores después de la pandemia. Y eso llevará más tiempo.

¿Qué significa para ti trabajar con personas que no han estudiado música, y transmitir desde tus conocimientos más técnicos hacia la práctica coral, el sentir, el poner una intención en el canto?

He tenido que ser muy claro y separar los caminos en mi vida. Una cosa es cuando uno quiere hacer música en un nivel más profesional, más académico o más formal. Y para eso he tenido la oportunidad de contar con varios amigos, con varias personalidades y proyectos que hemos podido ir construyendo música, diríamos más elaborada. Ese es un camino.

Pero el otro camino que yo escogí es el de seguir haciendo música, y soy muy honesto, no tan minuciosamente elaborada, pero sí con la convicción y con el objetivo de brindar un espacio totalmente de formación integral a personas, niños, jóvenes, adultos, adultos mayores, que desean cantar, que desean interpretar, que desean ser parte de un colectivo musical.

Cuando estoy con los coros vocacionales, la misión primero es comunicar, sintonizar, escuchar, proyectar. Después de eso, podríamos decir que la música se va elaborando lentamente, muy lentamente, va madurando, va creciendo. Y cuando ya se logran resultados que uno se propone, empieza a ser una misión. La misión de que la gente sea feliz cantando. Trato de brindar lo mejor a los coros que dirijo.

¿Cómo ha sido tu proceso con el coro de la Universidad Andina?

Yo estoy encantado, porque considero que la primera propuesta hasta antes de pandemia resultó una aventura bastante interesante. Resultó una novedad. Pero ahora que hemos retomado el trabajo, siento que esa novedad ya es una plantita que está creciendo. Es una plantita que tiene raíces y que tiene ya un pequeño tronco, que está solidificándose y está creciendo muy rectito, no curvo.

Estoy contento porque le doy razón a mis procesos. No puedes exigir a la gente que no es música que haga música de la noche a la mañana. Se demora mucho. Entonces si la Universidad Andina nos está apoyando y empieza a creer en la propuesta como tal, estamos muy bien, porque esto es de paciencia, y los resultados van llegando solitos con el tiempo.

A la música no hay que apurarle.

¿Cómo explicar a quienes no conocen la complejidad del canto –trabajo diafragmático, respiración, técnica- como un proceso de paciencia y tolerancia?

Hemos probado varios mecanismos, desde los más ortodoxos, como conferencias, charlas, clases magistrales, talleres, conciertos didácticos. Pero todo esfuerzo que hacemos para que la gente se entere, es un 10% de la información. El otro 90% es cuando la gente pasa por la experiencia; ponerse ahí, respirar, pararse, tener la buena postura, entender el trabajo diafragmático.

En el canto y en la música, sí se necesita siempre una guía. Por más talentoso que uno sea, por más capacitado que uno pueda ser para la música, la guía de alguien que conoce es importante.

¿Cuál es la diferencia entre cantar en solitario como solista y cantar en grupo en el coro?

Voy a hablarte de las cosas técnicas, pero también te voy a responder por una cuestión un poco más idealista de mi parte. El cantante de solista tiene demasiada libertad. Técnicamente hablando, el cantante tiene muchísima libertad de protagonizar su interpretación, su ritmo, su armonía, su improvisación, su tiempo, todo. Y eso es una ventaja. Eso es algo gigante.

Cantar en colectivo no tiene tanta libertad, porque la misión no es buscar esa libertad y lograr este alcance, sino tiene la otra faceta que es tratar de vibrar, sintonizar, escuchar, proyectar en conjunto obras que están creadas solamente para que las voces humanas puedan ser las que interpretan esas obras, en distintas alturas, tesituras, ritmos, polifonías y todo.

Entonces, el reto se vuelve mucho más grande. Hay una diferencia técnica gigantesca, y es que se necesita muchísima más técnica para estar en un coro, que para ser un cantante individual.

El cantante individual podría de alguna manera tener libertades y concesiones con su técnica. En el coro, no. Entonces, esas diferencias técnicas hacen que de alguna manera los caminos sean completamente distintos. Pero yo te añado el asunto de lo idealista.

Si vivo enamorado de la actividad coral, es porque creo que definitivamente es el único espacio de minga permanente real. En el coro, todos tenemos que ser iguales. O sea, en el coro no puedes esconderte, en el coro no puedes evadirte. En el coro, no puedes ocultarte. Tienes que estar cantando con los demás y poniéndole la misma voluntad. Y cuando se logran los resultados de sintonizar 20, 30 voces en una armonía, en un sentimiento, en una sensación, eso ya no tiene nombre. Es inclusive más satisfactorio que lo que le pasa al cantante individual.

Cuando ya el coro vibra por sí solo, hay una realización gigantesca, que es lo que buscamos. Ese soltar las endorfinas, ese soltar, toda esa adrenalina como para que uno pueda realmente entrar en un vuelo libre, pero ya no solitario, sino en bandada. Es para mí el sueño posible de volar.

Me haces de acuerdo de cuando en un ensayo nos hacías la comparación con la inteligencia artificial. Entonces, ¿qué supone hoy en día seguir haciendo arte en ese contexto?

Pienso que los tiempos no han cambiado mucho. Pienso que, desde hace 300 años en el mundo entero siempre la música y el arte han tenido sus dificultades para sobresalir. Y nuestra sociedad es víctima absolutamente de su desarrollo, en ese aspecto. O sea, yo veo que sociedades como la europea, sociedades como la americana le dan una importancia, una relevancia brutal, en todo lado.

Nosotros acá, en cambio, no le damos la importancia para nada. Le creemos como un aditamento, entonces, el que toca la guitarra es un plus, el que canta es un plus, pero no es nada serio todavía. Hemos hecho todos los intentos por cambiarlo. Se han generado más escuelas de música, se han generado facultades de música, universidades, tenemos ya licenciados de música, tenemos licenciado en dirección y todo. Pero la sociedad lo sigue viendo como un hobby.

Entonces, es desgastante seguir peleando por un cambio de paradigma, cuando el sistema no lo quiere provocar. Nosotros, como músicos, más bien tenemos que dedicarnos a nuestra labor. Continuar y tratar de que la labor misma pueda ser visible.

Es exactamente lo que pasó hace 30 años, cuando empecé. O hace 60 años, cuando el Maestro Óscar Vargas empezó y así.

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