¿Por qué estudiar a Corea?


Por: Richard Salazar

Transcripción: Mateo Guarderas

Edición: Sofía Tinajero Romero

Julián Varsavsky, periodista y comunicólogo argentino, experto en el género de la crónica, estuvo en la Universidad Andina Simón Bolívar para participar en el panel “Retos y desafíos de la sociedad digital, a partir del caso coreano”. También dictó el seminario “Corea del Sur: historia, geopolítica, antropología y sociedad digital”. A propósito de su visita, Richard Salazar le entrevistó sobre las convergencias y diferencias entre Occidente, Latinoamérica y Corea.

 

¿Cómo te ha recibido Quito?

Muy bien. Estoy gratamente sorprendido con la infraestructura, la profesionalidad y la calidez en esta universidad y Quito, en general, también.

Para nosotros, enormemente grato poder tenerte finalmente, aquí. Yo te conocí a partir de tu libro Dos caras y una misma Corea editado en España. Tienes una segunda versión argentina más actualizada, donde haces un análisis a fondo, desde el género de la crónica de Corea. ¿Por qué estudiar Corea?

Yo me centro los últimos años en el este de Asia, de la cual Corea es uno de los tres pilares, porque me he dado cuenta de que los avances tecnológicos y sus efectos suceden ahí primero y después se repiten, muy parecidos, acá. Allí, metafóricamente, uno se asoma al futuro, vuelve y cuenta. Hacia ahí va el mundo en gran medida. La primera vez que fui a Japón ya estaban todos con sus smartphones y me quedaba boquiabierto. En Argentina, no sucedía aún eso.

¿En qué año fuiste la primera vez?

Hace siete u ocho años. Quedé asombradísimo. “Pobre gente”, pensaba por momentos. Y ahora estamos todos atrapados en el smartphone -empezando por mí-. Hace poco estuve en Japón otra vez, en el primer hotel de la historia atendido por robots. ¡Quién sabe si dentro de poco, estaremos nosotros acá atendidos por robots! Y Corea del Sur es uno de los pilares junto con Japón y China en la avanzada tecnológica de esa parte del mundo. Por eso me enfoco en esto.

En efecto, en la crónica, nos cuentas distintas facetas de la cuestión tecnológica que lleva a gente a estar tan metida en los juegos electrónicos, casi como si fuese una droga, que llega a casos extremos de intoxicación digital. Pero, nos cuentas también de cuestiones muy antiguas que todavía se ven en Corea. ¿Qué nos puedes decir de eso?

Allí sobrevuela en la sociedad el fantasma de Confucio, el filósofo chino que influye en todo el este de Asia desde hace 2570 años y está omnipresente. Sus ideas fueron ideología de Estado en muchos reinos y aun se sigue estudiando desde la escuela. Pero por sobre todas las cosas, su cosmovisión está  enraizada en el inconsciente colectivo. Por ejemplo, la sujeción del individuo al grupo, algo que viene del trabajo comunitario en campos de arroz desde hace milenios y te lo inculcan desde la escuela. En Occidente, nosotros somos “individualistas” desde el punto de vista de ellos: uno coloca primero su propio interés; es decir que el sacrificio no es por el grupo sino por uno mismo. La idea del kamikaze no nos entra en la cabeza. Allá es al revés. Estás compelido por un grupo que subraya especialmente las jerarquías, generando una sociedad hipermeritocrática e individuos muy obedientes y entregados al trabajo. Este espíritu de sacrificio desmedido a nuestros ojos, es un rasgo muy singular del capitalismo surcoreano y del Este de Asia. Yo lo llamo un tecno-capitalismo confuciano.

Esta característica cultural, que sería el confucianismo ¿crees que haya tenido influencia en el modelo de desarrollo tecnológico y económico de Corea?

Por supuesto. Un rasgo central de los capitalismos coreano y japonés parte de esto. Así como Max Weber planteó que el capitalismo occidental se desarrolló, en gran medida, sobre la base cultural del protestantismo y su culto al trabajo como salvación divina, algo parecido ha pasado en otro sentido en el este de Asia. El confucianismo sería una de las explicaciones de ese hipercapitalismo que es distinto al occidental: allí lo modificaron desde su propia cosmovisión. Hay explicaciones económicas también que resultan centrales, cuyo desarrollo no vamos a tocar aquí –merecería un seminario aparte- pero cierto autoritarismo meritocrático que uno ve en esa parte del mundo aceptado como lo natural, está enraizado en Confucio: respetar la autoridad sería la base de la armonía social. Esto conlleva un aumento exponencial de la productividad en larguísimas jornadas laborales con un sentido de la obligación muy arraigado. En el fondo son sociedades autoreguladas, no solo por tu jefe en la empresa y las autoridades estatales, sino también por tus propios compañeros y la familia, tus dos grupos más cercanos. El grupo mayor al que estás subsumido es la nación. En el trabajo te sacrificás por la empresa, por tu familia y por tu país.

¿Podrías señalar unas dos o tres características como para la gente?; no todos son expertos en temas religiosos.

Es curioso que, lo que fue un decálogo moral, deviniese con los siglos -además- en una religión (Buda fue también fue en el fondo solo un filósofo como Confucio). Hay un fuerte culto a la educación como eje de ascenso social, que es uno de los temas centrales de nuestro libro sobre las Coreas. El sistema educativo surcoreano es muy singular y extremo desde una mirada occidental. La teoría confuciana se orientaba al funcionamiento armonioso del Estado, y proponía que los funcionarios fuesen elegidos -en un tiempo en que no existían las elecciones- a partir de rigurosos exámenes (y no por contactos). Aquel examen sería el terror de los aspirantes a cargos públicos. Increíblemente, luego de más de dos milenos, eso sigue siendo igual en Corea del Sur, además de China y Japón, adaptado a la universidad que es la que define el ingreso a la empresa privada.

El Suneung es un examen de ingreso, que por cierto, trató de copiársele, porque al modelo coreano se lo ha maltratado mucho, digamos, como modelo de desarrollo, y aquí hubo un gobernante que quiso implantar un sistema similar, y que puso un examen de ingreso tratando de emular al Suneung. Pero ¿puedes explicarnos un poco cómo funciona el Suneung? ¿Qué es?

El Suneung es un examen nacional que se hace una vez por año, rendido por 590 000 estudiantes en 1210 sedes. Dura ocho horas cincuenta minutos y se detiene literalmente el país. Se suspenden los vuelos para que no haya ruidos durante las dos horas que dura el examen de inglés. Disponen una flota de 800 taxis gratuitos al servicio de aquel que esté llegando tarde, porque si llegás 8h10, se cierran las puertas y perdiste un año. Ahí se define el futuro de tu vida. A los pocos días se publica un ranking nacional de todos los alumnos y, en función del mismo, entrarás a las universidades mejor rankeadas. Todos quieren ingresar a las tres mejores, porque te resultará, quizás, más fácil entrar a un chaebol, grupo económico como Samsung, LG o Hyundai. Lo cual implicaría el éxito en la vida, que te llevaría a lo que muchos llaman “un mejor matrimonio” -entendido como una mujer más bella- que, en el fondo, te condena a repetir el modelo: es una educación muy cara y se trabaja mucho para poder pagársela a tus hijos. Todo eso está naturalizado: en términos antropológicos es lo normal, lo que “está bien”. Desde nuestro etnocentrismo occidental nos puede parecer una locura que, por supuesto, no lo es, sino que son otras cosmovisiones y valores culturales. Uno como occidental -es inevitable- se queda atónito con el nivel de obsesión nacional por un examen que es noticia central en los medios de comunicación no solo ese día, sino desde semanas antes.

Con todo lo que nos cuentas, ¿tú crees que algo como ese sistema y el formato del examen sea extrapolable al caso latinoamericano? 

Yo no soy pedagogo. Pero creo que los modelos culturales no son extrapolables. Muchas veces se idealiza o se quieren copiar modelos económicos, costumbres japonesas como la limpieza, o acaso sistemas educativos, pero cada cultura es resultado de miles de años y circunstancias. Para que el rigor estudiantil coreano sea aceptado en América, tendrían que haber transcurrido antes dos mil años de confucianismo. Se pueden absorber cuestiones puntuales, pero no modelos educativos. No funcionarían creo yo.

Sin embargo, ¿tú crees que se puede aprender algo del caso coreano?

Claro, siempre. Creo que podemos aprender nosotros, y también pueden aprender ellos, porque les funcionamos de espejo y viceversa. Por ejemplo tienen una obsesión por la transparencia en el ingreso a las universidades, que me parece valioso. Lo que nos llame la atención de ellos, ese será un rasgo muy singular que tienen naturalizado. Y nuestro extrañamiento a ellos les puede servir, acaso como elemento de autocrítica (y al revés). Pero vivimos en dos mundos muy distintos con desarrollos culturales propios que son milenarios. Todo ese pasado está presente en lo que somos. Para colmo empezamos a cruzarnos -ellos y nosotros- hace muy pocos siglos (al margen de que los aborígenes americanos procederían del Asia). Antonella Pastor, una entrevistada que vos me presentaste, me contaba que los coreanos estaban asombradísimos de que ella no hubiese tomado nunca una clase privada extracurricular de apoyo escolar –un coreano medio toma miles de horas a lo largo de su vida estudiantil- y que hasta tuviese tenido tiempo de jugar al fútbol con sus amigas. Le decían “ustedes deben ser muy inteligentes en Ecuador si pueden entrar a la universidad sin estudiar tanto”.

No obstante, el caso del Corea del Sur suele dar la impresión de ser más afín a Occidente; Corea del Norte, por las condiciones políticas y porque se ha encerrado mucho, un poco menos.  ¿Entonces no lo ves muy afín, muy similares a Occidente?

No, yo veo a Corea del Sur sumamente distinta a nosotros. Se ha abierto al Occidente, sí, pero igual son muy otra cosa. Japón, a partir de 1868, comenzó a abrirse al mundo: antes estuvieron totalmente cerrados por decreto para cuidarse del colonialismo. El este de Asia y Occidente fueron dos mundos -en el fondo- profundamente desconocidos entre sí hasta hace poco. Desde nuestra parte del mundo les llegó nada menos que el capitalismo. Lo interesante es que el capitalismo allí tomó otros caminos. Antes de viajar y estudiarlos, yo pensaba que Corea y Japón serían -a diferencia de otros países de Asia- más parecidos a nuestra cultura. Llevo más de veinte años viajando al Asia y yo me había salteado, justamente, Japón y Corea. Pensaba por un prejuicio equivocado que, al ser los más capitalistas, los más tecnologizados y los más influenciados por Occidente -lo cual es cierto- serían lo más parecido a mi mundo. Hasta que un día aterricé en Japón y luego crucé a Corea del Sur y se me rompieron todos los preconceptos.

Ahora, en el caso de Japón, tú has publicado un libro que se llama Japón desde una cápsula y me has contado el tema de esos micro-hoteles. ¿Podrías decir algo del hotel cápsula? 

Lo curioso de estos países, es que no son tan modernos como uno imagina. Durmiendo 35 días en hoteles cápsula fue donde encontré la mayor riqueza antropológica: uno se asoma al futuro y contra todo pronóstico, se encuentra con el pasado subyacente apenas oculto pero imperceptible a simple vista. El mundo físico primario es moderno. Los hilos que mueven todo eso, tienen mucho de medieval y del mundo del samurái.

¿Quieres decir fuera de la tecnología?

Por debajo de esa tecnología es que subyace lo tradicional, sosteniéndola. Tomemos el caso del hotel cápsula: en qué cabeza cabe, desde el punto de vista nuestro, dormir en lo que parece -poco menos- un nicho de cementerio en la pared o un tomógrafo. En nuestra cabeza, no cabe. En la de ellos sí, ¿por qué?  Por un lado, tienen el problema de espacialidad y hacinamiento, resueltos desde esa lógica práctica del pensamiento oriental que se adapta a los cambios con facilidad, a partir de una lógica de pensamiento taoísta –que sobrevuela el este de Asia- que no cree en esencias puras inamovibles como las del pensamiento platónico, sino más bien en la mutación permanente del ser y las cosas. Si uno se pone a estudiar qué hay detrás del hotel cápsula, se encuentra con el cuarto tradicional de la casa japonesa. El modelo de aquel diseño era un cuarto totalmente vacío, casi un reflejo de la idea de vacuidad del zen. Ese cuartito está vacío para nosotros: no hay una mesita, un cuadro, un adornito y ni siquiera un espacio por donde transitar, salvo un tatami en el suelo. Pero para ellos allí no falta nada. ¿Qué es el hotel cápsula? Es la habitación de la casa tradicional a la cual le han recortado los bordes del tatami.

¡Qué interesante! Y, sobre tecnología, también me hablaste de los otros hoteles que están atendidos solo por robots.

Ese está en Nagasaki pero ya hay doce en Japón. Uno llega y el check-in se lo hace una geminoide, que es una “humana perfecta”, como una figura de cera que es robot. Pero que me reconoce, se mueve, me habla. Ella no me entendía pero me daba órdenes: “ahí tienes la tablet, pulsa en chek-in”. Me dio una tarjetita y la puse en el bellboy, que es un carrito para llevar la maleta, el cual me llevó hasta el cuarto; ahí abrí la puerta y adentro tenía una suerte Hello Kitty rellenita, que fue mi asistente personal no muy distinta a la Siri del teléfono. Después, está el restaurant de robots donde hay uno que te hace el panqueque, le pone crema, lo dobla y te lo entrega. Otro prepara tragos. En el jardín del hotel hay una fantasmal cortadora de césped; una máquina limpia los vidrios del lobby y una aspiradora recorre los pasillos. Digamos que es la “vida robotizada” en una sociedad que no ve a los robots como algo peligroso que nos viene a robar el trabajo, ni como un Terminator que va a matarnos y dominarnos. Ellos se criaron mirando a Mazinger y Astroboy, superhéroes salvadores. Además, hay una cuestión que remite a la religión animista: el shinto, en una sociedad totalmente poblada de ánimas, donde lo visible se mueve a través de hilos invisibles que determinan el presente. Los antepasados de una persona viven en la casa; un árbol tiene un kami, que es un espíritu parecido al alma occidental; también lo tienen una montaña o un árbol de cerezo.

Es todo muy animista.

Claro. Entonces, un robot que se nos parece, que responde, que interactúa con nosotros ¿cómo no va a tener un alma? Decenas de miles de japoneses se relacionan con el perrito Aibo de Sony como si fuese una mascota real que, cuando se muere, le hacen un funeral en un monasterio budista. Además está la foquita Paro dándole compañía a miles de ancianos por todo el país, que parece real pero por dentro no tiene venas sino mecanismo metálicos.

Julián, ¿tú crees que esto va a significar un problema para el trabajo? ¿La gente va a perder trabajo cuando estas tecnologías emigren hacia Occidente, especialmente, América Latina?

Eso es algo que nadie puede saber, pero hay indicios para pensar que la destrucción constructiva de las nuevas tecnologías ocurrida hasta ahora -extinguiendo trabajos pero creando otros- esta vez podría no suceder. Se robotizan desde hace décadas las industrias; pero tiende a robotizarse también el sector servicios, es decir, la venta de lo que sea y la atención al público en McDonald's y Burger King. Solamente se crean nuevos puestos en empresas tecno-digitales. Pero Google generó en 2012 ganancias por 1400 millones de dólares con 38.000 empleados. En 1979 General Motors produjo dividendos cercanos a esa cifra, pero con 840.000 empleados. Si en las industrias automotrices empieza a desaparecer el trabajo humano, este no será equiparado por las nuevas empresas tecnológicas: esta vez los números no cierran bien. Quizá estamos a las puertas de un grave problema mundial. Subrayo el “probablemente”: no quiero ser alarmista sino precavido.

Probablemente, dices bien. Pero que nos deja una enorme tarea a la academia, porque tenemos la responsabilidad de…

…pensar de antemano, qué va pasar y si pasa, qué vamos a hacer. El mundo empresario no va a reparar en estas cosas sino en maximizar la ganancia, con o sin humanos. ¿Vamos a dejar que un tercio, acaso dos tercios de la humanidad, queden en la miseria? ¿Qué soluciones podemos pensar para eso? Cada vez cobra más cuerpo la idea de una asignación universal para el desempleado crónico resultado de la automatización inédita que podría venir. Uno de los problemas antes de llegar al extremo anterior, será que la mano de obra menos calificada comenzará a competir con los robots. Para ganarles, tendrán que aceptar salarios cada vez más bajos.

Que haya aún más pobres es la tendencia de las últimas décadas, está demostrado, y cada vez menos personas acumulan mucha más riqueza…

La gran pregunta es: ¿Quién va a comprar lo que produzcan los robots? Está la anécdota no comprobada pero verosímil de Henry Ford II, quien está recorriendo su planta robotizada con un sindicalista y le dice: “¿cómo harás para cobrarle la cuota sindical a estos trabajadores”; y el sindicalista responde: “¿y tú a quién le venderás los autos?”. Por si fuera poco, las empresas “digitales” generan una megaconcentración de la riqueza nunca vista en la historia. Alcanza con ver qué personas están a la cabeza de los más ricos del mundo, así como el tamaño inconcebible de su fortuna. Entre los diez primero están Jeff Bezos (Amazon), Bill Gates (Microsoft), Larry Ellison (Oracle, empresa de software), Mark Zuckerberg (Facebook), Sergey Brin y Larry Page (Google).

Para terminar ¿harías una crónica del Ecuador? Porque entre tus países cronicados -que son muchísimos en estos 22 años- esta es la primera vez que vienes acá.

Voy a ir a conocer los pueblos otavalos. Hay una gran cronista argentina, Hebe Uhart -murió hace poco- que la entrevisté y me dijo “Julián tenés que ir a Ecuador a conocer a los Otavalo”. Ella publicó un libro de crónicas sobre aborígenes en Latinoamérica, donde hay una sobre esto.

Estaremos atentos a esa crónica entonces y, una vez más, bienvenido.

Muchísimas gracias, Richard.

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