Olver Quijano, es nuestro tercer invitado en el especial periodístico "El proceso de paz en Colombia". En esta entrevista, nos ofrece una visión sociocultural del conflicto armado colombiano y los diálogos de paz entre el gobierno y la guerrilla. Él es especialista en Docencia en Problema Latinoamericanos y Doctor en Estudios Culturales Latinoamericanos por esta casa de estudios.
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Olver Quijano: "El conflicto colombiano no ha sido analizado desde la variable sociocultural"



Publicado: 29-07-2013

Por Fernando Andrade
Editor del Portal

Transcripción: Silvia Coral
Periodista de Relaciones Pública

Olver Quijano, es nuestro tercer invitado en el especial periodístico "El proceso de paz en Colombia". En esta entrevista, nos ofrece una visión sociocultural del conflicto armado colombiano y los diálogos de paz entre el gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Este docente de la Universidad del Cauca de Colombia nos aproxima, desde el enfoque de los Estudios Culturales Latinoamericanos, a fenómenos como la violencia, la polarización y la dinámica política de la sociedad colombiana que son transversales al conflicto.
 
Quijano es especialista en Docencia en Problema Latinoamericanos. Es Magíster en Estudios de Problemas Políticos Latinoamericanos. Recientemente obtuvo el Doctorado en Estudios Culturales Latinoamericanos por la Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador.
 
Con respecto al proceso de paz colombiano se ha dicho “nada está acordado hasta que todo esté acordado”. ¿Cómo ves este proceso de diálogo de paz entre el gobierno colombiano y las FARC? ¿Se puede iniciar un diálogo bajo esta premisa?
Lo primero que habría que decir que este es un conflicto de vieja data, es un conflicto absolutamente complejo, que ha tenido como punto de partida una agenda acordada por las dos partes: las FARC y el Estado colombiano, que ha partido de seis premisas fundamentales sobre las cuales se están abordando los diálogos en la Habana.
 
Los seis puntos de la agenda tienen su alto grado de complejidad, por lo tanto, lo que valoro es la iniciación del proceso como un acto de experimentación, que hay que meterle mucha imaginación y creatividad para su desarrollo. Pero creo que es un nuevo proceso de abordaje de las negociaciones y estamos a la expectativa, tanto la sociedad colombiana como la comunidad internacional.
 
En caso de dejar las armas, una de las aspiraciones de las FARC es participar en la vida política de Colombia. Sin embargo, hay sectores muy influyentes del país que se oponen a esta posibilidad. ¿Cómo enfrentar un proceso de paz con estas limitaciones?
Efectivamente, uno de los puntos de la agenda es la participación política. Recordemos que el primer elemento es el conflicto agrario que es de una altísima profundidad; el segundo, es la participación política y, en efecto, enfrentar la eventual participación política de los actores -otrora armados- es difícil en el contexto de una sociedad absolutamente confesional y, segundo, muy conservadora, tradicionalista y convencional.
 
La opinión está muy dividida porque hay sectores que están enquistados fuertemente en el poder; sin embargo, otros sectores vemos que, si la lucha de las FARC está inspirada en la conquista del poder, efectivamente tendrían que tener algún tipo de participación política. Lo otro son los mecanismos y la forma de participación, pero hay mucha resistencia en el interior de la sociedad colombiana porque esta los ve no como actores políticos sino como delincuentes o criminales, que difícilmente podrían garantizar una buena gestión pública dentro de estructuras estatales.
 
Sin embargo, entendemos a otros sectores de la opinión que son actores políticos importantes en la gestión del Estado, en la reinvención del Estado, pero también en los problemas de profundización de la democracia o la democratización de la democracia.
 
Hay grupos de derecha que se oponen radicalmente al proceso de paz, que tienen un cierto apoyo de los sectores rurales; mientras que en el sector urbano, a pesar de la poca aceptación que tienen las FARC, hay una aprobación de este proceso de paz. ¿Es posible que este proceso conlleve a una polarización de la sociedad colombiana que reavive la violencia?
Yo diría que la sociedad colombiana ha mantenido niveles de polarización casi estructurales. Sin embargo, después de los procesos que en América Latina se denominaron la redemocratización, han emergido fuerzas importantes inspiradas unas en el movimiento social y otras como deriva del movimiento social. En la ciudad, en particular, hay grandes movimientos de opinión como en el caso de Bogotá, que es lo más significativo, podríamos decir que la opinión está dispersa en toda la geografía nacional. Creo que estos sectores son proclives a la participación política pero hay sectores tradicionales que obstaculizan la fluidez del proceso y la participación política de los actores armados, incluso hoy todavía.
 
Digamos que hay esfuerzos en el país, hay procesos de desmovilización de armas y de fin del conflicto por parte de actores de lo que se llamó las guerrillas de tercera generación, que incidían en sus propios lugares, pero en el contexto nacional eran de menor incidencia e hicieron el tránsito a la vida política institucional bajo el proceso de entrega de armas. Pero habría que decir que estos procesos de inserción en la vida política institucional han sido fallidos y con muchos errores, ya que al ingresar a la vida legal institucional muchos de ellos han sido desaparecidos por atentados, muertes, ocasionados por fuerzas de derecha y de extrema derecha.
 
En estos momentos se está discutiendo el proceso de participación política, los mecanismos y las formas de participación política y creo que, con base en la experiencia anterior, debemos tener mucha más imaginación para precisar más estos mecanismos y estas formas. 
 
¿En qué medida puede echar abajo el proceso de negociación con las FARC el modelo económico impulsado por el gobierno colombiano? ¿Es posible hablar de desarrollo agrario, por ejemplo, en un país interesado en la explotación minera a gran escala y con las restricciones a la agricultura propias de un TLC?
Yo diría que hay dos obstáculos medulares, que el gobierno ha expresado que no son parte del proceso de negociación ni de la agenda de discusión: el modelo económico y el régimen militar. Públicamente se ha dicho que no son susceptibles de discusión. Si uno examina las raíces históricas de los grupos armados, estos se movilizan poniendo en tensión el modelo económico ante todo y la ausencia de participación política, y también los regímenes de alta militarización de la vida nacional. Creo que eso es un óbice fundamental.
En un proceso de negociación -a pesar de que hay seis puntos en la agenda-, el modelo económico es necesario que se discuta justamente por la política de los últimos 30 años porque el problema de la tierra ha sido históricamente fundamental. El problema de la tierra ha sido el que ha movilizado gran parte del problema de violencia en el país, hay actores que distinguen claramente la apropiación por la fuerza de la tierra y, segundo, las nuevas políticas que están enquistadas en los regímenes neodesarrollistas, que comparten países como Ecuador, y regímenes neoextractivistas. Justamente la minería es consagrada en el actual periodo de gobierno colombiano como una locomotora.
 
Hoy, en Colombia, estamos enfrentando un sinnúmero de movilizaciones fuertes de la sociedad civil y una de ellas está protagonizada por el sector de la pequeña minería que ve muy mal la llegada de grandes multinacionales mineras, las concesiones y la minería a cielo abierto a gran escala, que genera impactos en la vida nacional.
 
Se piensa que la violencia en Colombia está asociada a los grupos irregulares como las FARC. En un posible acuerdo de paz, ¿cuál sería el escenario de posguerra frente a otras formas de crimen organizado que existen en el país?
Efectivamente hay varias posturas, hay una que dice que la violencia es un factor funcional a la vida colombiana, es decir, es imposible dar cuenta de la vida sin la violencia. Esa es una postura de un grupo de analistas e intelectuales, algunos de ellos son foráneos, que dicen que nosotros somos violentos por naturaleza.
 
La otra postura dice que la violencia está movilizada por los actores armados de izquierda y, de la otra orilla, reconoce otros actores violentos que están en la extrema derecha, que esos sí han sido consustanciales a las formas de acceso y configuración de la estructura de la tenencia de la tierra. Entonces, el fenómeno paramilitar no es reciente, es histórico que se visibiliza en el siglo XIX y en el XX se hizo más fuerte. Justamente, algunas de esas expresiones subversivas son una reacción a estas estructuras de derecha e izquierda. Recordemos que muchas de estas guerrillas, en especial las FARC, aparecen como un proyecto agrario local ni siquiera con grandes pretensiones y la desatención del Estado de demandas específicas en sus territorios es lo que ocasiona estas grandes estructuras, porque la estructura de las FARC hace unos años fue grandísima, en hombres con armas y en hombres sin armas. El campesino se convirtió en un objetivo logístico, militar y político y era inevitable.
 
Y otra parte de la opinión también reconoce regímenes de violencia simbólica, entre ellos el sistema financiero, que ha suscitado muchas víctimas no registradas todavía por los análisis de la violencia, a pesar de esta irrupción de la categoría de los violentólogos –que nace en la década de los 80- y que todavía subsisten.
 
Hay un reciente informe que se llama Basta ya, sobre violencia y dignidad en Colombia, que reconoce las secuelas del conflicto desde el año 58 hasta hoy. Yo quiero destacar algunos elementos. Primero, según el informe, cerca de 5,5 millones de colombianos son víctimas del conflicto, eso equivale más o menos al 10 u 11 por ciento de nuestra población. Segundo, desde el año 58 hasta hoy hemos consolidado 230 mil muertos, producto del conflicto. Y lo que se invita es a ampliar la mirada sobre la violencia, si la violencia es aquella que se explica con aquello que hiere y mata, muchas otras expresiones de violencia quedan por fuera del análisis.
 
Un escenario posconflicto tiene que ver con todas estas consideraciones, reconocer a los actores violentos o aquellos que suscitan violencia física pero también simbólica. La atención va al escenario de participación política (que ya lo hablamos). Pero, fundamentalmente, uno de los fenómenos económicos por el cual se ha denigrado y se ha prostituido más el conflicto que es el narcotráfico o la atención a los cultivos ilícitos y cultivos de uso ilícito, ese es un punto de la agenda que hay que pararle bola. Pero, lo principal, es cómo logramos democratizar la democracia en Colombia, cómo profundizar la democracia. Ampliar la mirada sobre estos análisis podría configurar el escenario posconflicto o posconflicto armado -algunos no compartimos la palabra posconflicto porque no hay un escenario posconflicto ya que el conflicto es connatural a la sociedad, sino que hay un escenario posconflicto social armado- creo que tiene que ver con reconocer estas variantes y ampliar la mirada para reconocer actores y poder imaginar también formas de resarcimiento a las innumerables víctimas del conflicto nacional.
 
Hay muy buena voluntad, tenemos buena expectativa del fenómeno y creemos que negociar por el poder es muy complicado. Las FARC son un grupo cuyo móvil es el acceso al poder. Estamos hablando de que en esta conversación hay que ceder mucho y estamos ante una mesa que tiene más tensiones que consensos. Y en una sociedad conservadora, tradicionalista como la colombiana, los medios registran más tensiones que las bondades del proceso. Algunos vemos más bondades en este acercamiento, en tanto Colombia con conflictos es una y Colombia sin conflictos estaría muy cerca del paraíso.
 
En un escenario posconflicto, ¿cuál es el papel de las Fuerzas Armadas?
El hecho de que gran parte del régimen militar no es susceptible de conversación ni debate, tiene que ver con que este régimen sea edificado con ciertos privilegios, justificados por la presencia de una izquierda armada. ¿Qué pasaría con el régimen militar sin un conflicto social armado con protagonistas muy fuertes, que tienen incidencia y afectación en la vida local, regional y nacional? Evidentemente, primero habría que erradicar los privilegios, en Colombia los militares son pensionados a los 40 años y los docentes estamos empezando la vida académica laboral a los 40 años, entre otros privilegios.
 
Lo que hay que revisar es el sustrato del régimen militar y una de las cosas que ha sugerido las FARC, en Cuba, es la reducción del número de militares porque ya no tendría justificación de existir. Eso es parte de la dinámica, pero esta es una sociedad que, aparte de ser conservadora, es ciertamente derechizada. Entonces, en un sondeo de opinión periodístico se puede escuchar fácilmente que hay que mantener el statu quo militar, inclusive después del posconflicto, tratando de justificarlo que hay otras expresiones de violencia, como sucede en Ecuador y en todas partes de América Latina, que son otros actores emergentes como la delincuencia común que es muy fuerte y otros grupúsculos que ejercen cierta incidencia en la tranquilidad de la vida de la población. Pero el régimen militar es un asunto que hay que revisar seriamente.
 
Para finalizar, ¿cómo entender este conflicto armado y el proceso de paz desde la perspectiva de los Estudios Culturales Latinoamericanos?
Como nuestros Estudios Culturales Latinoamericanos son algo así como un campo de batalla y que amplían su mirada no solamente a los estudios literarios, estéticos o artísticos sino fundamentalmente a las tensiones sociopolíticas de América Latina, evidentemente este es un tema susceptible de indagación, de reflexión e investigación. Creo que algunos esfuerzos de las perspectivas de los Estudios Culturales Latinoamericanos han centrado su interés en rastrear este conflicto.
 
El conflicto armado no es solamente armado sino sociocultural también, si hay una variable cultural -que en mi opinión no ha sido estudiada ni por la izquierda ni por la derecha-. Esta variable es muy importante porque evidentemente la guerra es una construcción sociocultural también donde muchas de las variantes de este campo movilizan y ayudan a configurar las expresiones armadas, insurgentes y contrainsurgentes también.
 
Así que creo que hay esfuerzos en los análisis de los conflictos de América Latina, el análisis específico del conflicto en sus características singulares porque el conflicto colombiano es un conflicto muy singular porque hasta hace algunos años, nuestros dirigentes de izquierda armados morían de viejos no morían en confrontación física, salvo hace dos periodos de gobierno anteriores que lograron contundentes bajas gracias a todos los dispositivos tecnológicos de la guerra, pero creo que hay que involucrar los elementos sociocultural.
 
Cuando uno examina el conflicto en los lugares -no en el conflicto global colombiano- se da cuenta de la necesidad de hacer lecturas socioculturales o involucrar el componente cultural para empezar a entender -en su singularidad- el fenómeno y facilitar una comprensión de vida, inclusive analíticamente y evitar una distorsión epistemológica.



Olver Quijano, es nuestro tercer invitado en el especial periodístico "El proceso de paz en Colombia". En esta entrevista, nos ofrece una visión sociocultural del conflicto armado colombiano y los diálogos de paz entre el gobierno y la guerrilla. Él es especialista en Docencia en Problema Latinoamericanos y Doctor en Estudios Culturales Latinoamericanos por esta casa de estudios.
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