Agroecología para enfrentar la crisis agroalimentaria y sanitaria: “comer es un acto político y un acto ecológico”



Publicado: 05-11-2020

Por: Ana Lucía Bravo

Edición: Sofía Tinajero Romero

Miguel Altieri, reconocido agroecólogo latinoamericano, conversó con la profesora Ana Lucía Bravo, del Área de Ambiente y Sustentabilidad, acerca de la agroecología, como una salida de la crisis actual.

Altieri es ingeniero agrónomo por la Universidad de Chile; magíster por la Universidad Nacional de Colombia; y PhD en entomología en la Universidad de Florida.

En 1981 se convirtió en profesor de agroecología en la Universidad de California Berkeley, en el departamento de Ciencias Ambientales, Política y Gestión. Y después de 37 años de servicio ahora es profesor emérito, y ahora mantiene un programa activo de enseñanza e investigación.

Altieri es, además, presidente honorífico de la Sociedad Científica Latinoamericana de Agroecología. Actualmente, es codirector del Centro Latinoamericano de investigaciones agroecológicas, CELI. Ha escrito más de 250 artículos científicos, y más de 20 libros, entre ellos, Agroecología, ¿la ciencia de la agricultura sostenible?; Biodiversidad y manejo de las plagas en agroecosistemas, junto con Clara Nicholls. Y Agroecología, ciencia y política, con Peter Rosset

 

Situados en el contexto de la pandemia y la crisis civilizatoria en la que vivimos, ¿cuál es el potencial de la agroecología para responder estos momentos difíciles que enfrenta ahora la humanidad?

Esta crisis que nosotros estamos experimentando es una crisis de un modelo económico que ha sido explotador de la naturaleza, y este modelo se ha extendido hasta la agricultura.

La agricultura industrial hoy en día ocupa el 80% de los 1,5 millones de hectáreas que se dedican a la agricultura, y ha homogenizado los paisajes. Ha tomado una fuerza modificadora de la biósfera de tremendas proporciones, no solamente porque ha deforestado ecosistemas, sino también porque tiene una carga química sobre el planeta, de más 2,3 millones de kilos de componentes reactivos que entran a la biósfera de diferentes pesticidas, homogenizando los paisajes con monocultivos que son muy vulnerables a plagas a enfermedades y el cambio climático; que no produce comida.

Ocupa el 80% de la tierra, pero produce solamente el 30% de comida que consume la humanidad, y a más de eso, utiliza el 70% en petróleo, el 80% de agua, y produce más del 40% de madera.

En este momento, la humanidad tiene varias amenazas. Tenemos el cambio climático; tenemos la desaparición de especies, la disminución de la biodiversidad en niveles sin precedentes. Y la alteración de los ciclos biogeoquímicos del nitrógeno. Y estos tres están muy relacionados uno con otro, y también son productos de este modelo.

Entonces, la agricultura tiene mucho que ver con los tres, porque la agricultura industrial produce los gases invernadero que causan los daños sobre la producción agrícola, a través del calentamiento, a través de sequías, huracanes, etc. Después, tenemos la pérdida de biodiversidad -que juega roles ecológicos en la agricultura- y pérdidas a los servicios ecológicos; y se están perdiendo muchas especies.

Tenemos alteración del ciclo del nitrógeno que está también acumulándose en muchas partes y causando problemas, como por ejemplo, zonas muertas en los océanos.

Además, producen fertilizantes químicos, una cantidad de óxido nitroso que también son gases invernadero.

Entonces, la agroecología justamente es una estrategia de tratar de balancear, contrarrestar los efectos de esta agricultura industrial, creando agroecosistemas biodiversos, sistemas que son resilientes al cambio climático, y creando sistemas que producen comida.

Los campesinos están muy cercanos a esta propuesta porque ocupan el 30% de la tierra, pero producen entre el 50% y el 70% de todos los alimentos que comemos, solamente utilizando el 20% del agua, y no más del 30% del petróleo. Y además de ello, secuestran carbono con sus sistemas de producción diversa.

Entonces, la agroecología se transforma en la única opción para poder alimentar al mundo en una manera en que seamos respetuosos con la naturaleza. La agroecología permite liberarnos de la dependencia del petróleo, y puede ser la base de los sistemas alimentarios locales, porque resulta que el mundo en el año 2030, el 80% de la población va a vivir en ciudades. Por lo tanto, para alimentar una ciudad de 10 millones de personas, tenemos que importar 6.000 toneladas diarias de comida que tiene que viajar aproximadamente 1.000 kilómetros. Eso es totalmente insostenible. Entonces, los sistemas locales de producción basados en la agroecología son fundamentales.

De ahí, poner la producción de alimentos en las manos de los campesinos en las zonas periférico-urbanas y en la agricultura urbana, también puede tener un papel fundamental en el camino para poder resolver temas alimentarios, en un escenario de cambio climático que va a seguir siendo más y más impredecible y también en medio de pandemias, como la que estamos viviendo, están muy relacionadas con lo agricultura industrial.

La agricultura industrial no solamente produce animales confinados, genéticamente homogéneos, en masas que son laboratorio para la evolución de virus mucho más patógenos. También, el monocultivo, -como por ejemplo, la soya en Suramérica, con más de 57 millones de hectáreas- destruye los bosques, los hábitats donde está la vida silvestre, los murciélagos, los armadillos. Esta vida silvestre está en coexistencia con virus como los coronavirus y otros tipos de virus, pero al romper esos hábitats, esos animales entran en contacto con las comunidades ganaderas, con las comunidades humanas, y de esa manera, se desatan las pandemias.

Al contrario, la agroecología utiliza lo que llamamos la matriz paisajística como un elemento fundamental en el diseño de agrosistemas donde creamos bordes de vegetación natural, alrededor de los campos, como fuentes de vida silvestre y de servicios agroecológicos.

Gracias, Miguel. Cuéntanos sobre los beneficios de la agroecología, justamente en relación al mantenimiento del suelo, al fomento de la biodiversidad, al fomento de los sistemas locales de producción, como tú decías, sistemas campesinos y también los sistemas urbanos de agricultura

La agroecología, como bien sabes, es producto de un matrimonio, un diálogo de saberes. Por un lado, están las contribuciones de la ciencia moderna occidental, que nos enseñan en las universidades: la ecología, la agronomía, las ciencias del suelo, las ciencias de la fitología, etcétera, combinadas con el conocimiento milenario, del que en América Latina somos ricos: las zonas andinas, mesoamericanas, las zonas del trópico son fuente de conocimiento enorme y también ese conocimiento ha conservado una biodiversidad tremenda.

O sea, en este momento los campesinos del mundo mantienen en sus manos como dos millones de variedades de cultivos. Sin embargo, la revolución verde solamente produjo 7.000 variedades.

O sea, lo que tienen en sus manos, la base genética de la agricultura a futuro, son los campesinos. A pesar de la erosión genética que ha existido luego de los programas de la revolución verde que promovieron variedades mejoradas, los campesinos, las campesinas mantienen estas semillas, mantienen el conocimiento de cómo manejarlas, y han dado lugar a sistemas milenarios de producción que son la base de los sistemas del futuro.

De hecho, nosotros hemos hecho estudios en Puerto Rico, de qué sistemas son los que sobreviven después de estos cambios climáticos tan extremos. Y son los sistemas diversificados. Los sistemas de los pequeños agricultores, sistemas que mantienen, conservan el suelo, que tienen mucha materia orgánica en el suelo, lo que le da una gran capacidad de absorción de humedad -que en casos de sequía es fundamental-.

También la diversificación de los sistemas, teniendo policultivo, sistemas agroforestales, sistemas silvopastoriles, hacen que estos sistemas sean mucho más resilientes a esta variabilidad climática que los sistemas de monocultivo. Muchos campesinos desafortunadamente han adoptado también monocultivos, producto de los programas de extensión de los gobiernos, que tratan de meterlos en los programas nacionales e internacionales o la especialización.

Entonces, la agroecología es una ciencia que tiene unos principios, que cuando se aplican permiten que los sistemas sean estables, productivos, biodiversos. Hay dos pilares fundamentales: uno, el manejo del suelo, todo lo que es enriquecerlos con materia orgánica, biológicamente ese suelo; y por otro lado, romper los monocultivos y crear sistemas diversificados de policultivos, agroforestería, que permiten que estos sistemas desencadenen una serie de procesos ecológicos que hagan que los sistemas se autosubsidien y no necesiten insumos externos, sino que son más bien sistemas autónomos.

Y más encima, son sistemas que producen comida, es decir, la producción total. Si nosotros calculamos lo que se llama la productividad total de un sistema campesino es mucho más productivo que un sistema de monocultivo de gran extensión, porque el campesino produce maíz, produce fríjoles, huevos, frutas, etcétera. Eso se llama la producción total. Mientras que los sistemas a gran escala de maíz, por ejemplo, pueden ser mucho más productivos en cuanto a maíz: 17 toneladas de maíz, comparada con una tonelada que produce un campesino. Pero eso es todo lo que produce ese sistema, y ese sistema es muy vulnerable al cambio climático. Mientas que el campesino produce una tonelada de maíz, más fríjoles, más huevos, más queso, frutas, etcétera, entonces son mucho más resilientes y su productividad total es mucho mayor.

¿Y por qué a pesar de todos los beneficios que tiene la agroecología, y a pesar de que lo han reconocido muchos organismos internacionales como Naciones Unidas, por qué todavía existen ciertas barreras para poder avanzar en este tipo de sistemas?

Es una muy buena pregunta, Ana Lucía. Cuando saqué mi primer libro en 1982, en español, junto con varias ONG, primero que nada, la academia, los centros internacionales y los organismos internacionales nos trataron como el loco, de hippies, de comunistas, etcétera. La agroecología siguió creciendo y sin ningún apoyo, ni de la academia ni de los institutos de investigación. Sí hubo algún financiamiento de algunas fundaciones europeas.

Siguió creciendo la agroecología y ya no nos pudieron ignorar; después ya nos atacaban. Decían, «es que con la agroecología ustedes no pueden alimentar al mundo». «La agroecología es anticientífica». Ya empezaron a argumentar contra nosotros. Después ya nos ignoraban.

Y después la agroecología siguió creciendo, porque pasó de las ONG a las universidades y a los movimientos sociales. Terminó en las manos de la vida campesina que la declara como una de las banderas de la soberanía alimentaria. Hoy en día, no les queda otra que aceptar el término.

Pero también lo están cooptando, porque la versión de la FAO o de las universidades europeas y de algunas otras instituciones están ahora aprovechando la agroecología, porque se les acabó el discurso; la agroecología es un planteamiento científico, pero también es un movimiento social que requiere también de cambios estructurales, las políticas agrarias y una serie de otras cosas.

Entonces, hay muchos mitos que aún se transmiten contra la agroecología. Las facultades de agronomía todavía dicen que la agroecología no es productiva, que no es científica, que no puede alimentar al mundo; que solamente sirve para los pequeños agricultores. Es una serie de mitos que se siguen transmitiendo y también hay faltas de políticas agrarias en la mayoría de los países. Todavía el presupuesto de la investigación, tanto en las universidades como en los centros de investigación, los institutos de investigación, el 90% y más va para la agricultura convencional.

Sin embargo, en la práctica, cuando vamos al campo, vemos cuáles son los sistemas que son capaces de poder mantenerse frente a las crisis que estamos experimentando; tanto las crisis de salud pública, como de cambio climático, como la crisis de falta de insumos; son los sistemas agroecológicos.

Yo creo que la agroecología, a pesar de que no ha recibido el apoyo tanto de los gobiernos como de las universidades, ha demostrado ser el único camino viable que queda. No le queda otra en este momento -pienso yo, y ojalá así sea- que las universidades o institutos adopten la agroecología, pero adopten la verdadera agroecología. Porque si vamos a hacer agroecología, también hay que hacer reforma agraria, también hay que cambiar el sistema alimentario corporativo. Entonces, hay que hacer una serie de otros cambios. No se pude hacer agroecología solamente cambiando las técnicas, enverdeciendo los sistemas convencionales.

¿Cómo en esta pandemia estos sistemas han respondido en toda América Latina?

Lo que ha sucedido es que, por un lado, la COVID-19 mostró la fragilidad y la vulnerabilidad del sistema alimentario globalizado, al romperse las grandes cadenas alimentarias, el transporte de los alimentos, porque ya no había cómo transportar los alimentos, porque estaban cerradas las carreteras, los aeropuertos, los puertos.

Nos dimos cuenta claramente que este sistema es totalmente. La COVID-19 representa una ruptura ecológica, económica, política en la cual pone de manifiesto la necesidad de crear sistemas alimentarios locales. Y estos sistemas alimentarios locales son manejados por campesinos, campesinas, y gente de la agricultura urbana que está utilizando la agroecología, porque tampoco tienen acceso a los recursos externos; no hay acceso, no hay dinero tampoco para poder adquirir la tecnología de punta que se desarrolla en los centros de investigación.

Hoy en día vemos que la gente está empezando a reconocer que es necesario producir los alimentos a nivel local, y en ese sentido, hemos visto muchas iniciativas a nivel latinoamericano. Por un lado, iniciativas de agricultura urbana, comunidades que se están organizando. Ha habido un cambio de dieta tremendo, porque como se han interrumpido algunos de los mercados y los sistemas de alimentarios de vegetales y frutas. La gente está comiendo mucha comida chatarra, mucha comida procesada, y eso les hace más vulnerables todavía, porque carecen de una alimentación más integral con frutas y vegetales que fortalecen el sistema inmunológico. Entonces, la gente está produciendo en este momento comida a nivel local.

En Estados Unidos, hoy en día, he escuchado que hay muchas compañías de semillas que ya no tienen semillas, porque la gente las compró en forma masiva. Y por otro lado, tenemos que hay un retorno de los jóvenes. Por ejemplo, acá en Colombia -yo vivo en Antoquia- los jóvenes que se habían ido del campo a trabajar en las ciudades están volviendo a casa.

Entonces, también allí hay una oportunidad si es que el gobierno creara políticas municipales o regionales para fomentar la agricultura. Existe una gran posibilidad de poder movilizar esa mano de obra en forma creativa para crear sistemas alimentarios locales.

Yo creo que la agroecología, hoy en día, es la única respuesta a la COVID-19, por un lado, a través de la revitalización de la agricultura campesina, y por otro lado, a través de la utilización de la agricultura urbana.

Miguel, ¿Cómo podemos nosotros, desde la academia, o desde nuestro lugar cotidiano de trabajo, de vida, apoyar a este tipo de sistemas?

Yo creo que el cambio del sistema alimentario corporativo a un sistema alimentario que sea más justo, que sea más sano, en que todo el mundo tenga acceso a comida sana y buena. No podemos colocar la carga del cambio sobre los agricultores. Nosotros, los consumidores, tenemos una responsabilidad fundamental. Si nosotros apoyamos las cadenas alimentarias campesinas, en vez de las cadenas alimentarias globalizadas de los grandes supermercados, nosotros estamos creando resiliencia socioecológica y sustentabilidad en nuestras comunidades.

Entonces, comer es un acto político y un acto ecológico. Eso hay que entenderlo de esa manera. Cada vez que yo escojo una opción, de dónde voy a comprar los alimentos, ¿estoy apoyando los proyectos de las multinacionales o los proyectos de los campesinos, que son los proyectos de la vida?

Y en ese sentido, lo que estamos tratando de fomentar es de crear una especie de bypass, un camino alternativo a este sistema global que está controlado por multinacionales que controlan no solo lo que producen los agricultores, sino también qué se vende por las grandes cadenas, la calidad de la comida, el precio de la comida. Estamos tratando de crear un bypass donde existan los agricultores y los consumidores asociados en forma solidaria, más ligado a la economía de la solidaridad, que a la economía del mercado, donde van a haber transacciones económicas, pero van a estar mucho más basadas en el intercambio solidario.

De hecho, eso se está dando en muchas partes. En este momento, en América Latina, en diferentes países se están creando estos pequeños bypass, donde campesinos y campesinas con consumidores aliados crean unas redes locales de intercambio que permiten conectar la soberanía alimentaria, y también al mismo tiempo apoyar la propuesta agroecológica que estos campesinos están llevando adelante.

Entonces, desde la academia nosotros también tenemos una responsabilidad en aliarnos a estos movimientos sociales tanto urbanos como rurales, población que busca la técnica de cómo se hacen las cosas, cómo se crean estos sistemas agrícolas más resilientes, más  biodiversos.

Por otro lado, también de desnudar las mentiras que promueve la agricultura industrial; los mitos que promueve la agricultura industrial. Entonces, tenemos una responsabilidad social, como investigadores, y como investigadoras, de poder estar al servicio, poner la ciencia al servicio de la vida, al servicio de los proyectos de la vida, y uno de esos es la agroecología.

Miguel, qué gusto oírte, escucharte en esta entrevista. Quisieras terminar con alguna frase.

Yo quisiera agradecerte por la invitación. Estimular a los jóvenes, a los estudiantes de que sigan adelante. Las crisis siempre presentan una oportunidad, y este es el momento para nosotros de alguna manera, primero entender que ha habido una ruptura ecológica y económica fundamental, y de que volver a la normalidad no es una opción, sino que tenemos que crear un nuevo mundo. Y este es el momento para hacerlo. Y los jóvenes, mujeres y hombres, tienen una responsabilidad fundamental y una oportunidad única para llevar a cabo estos proyectos creativos. Los obstáculos serán grandes, pero si ustedes tienen la verdad y la esperanza, yo creo que vamos a seguir adelante. Si no lo hacemos, yo creo que el futuro de la humanidad no es muy atractivo.

Miguel, tus palabras, tu experiencia son inspiradoras. Te agradezco una vez más por compartirlas, y esperamos tenerte pronto por acá.

Muchas gracias a ti.

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