Catherine Walsh recorre los significados del premio “Frantz Fanon, trayectoria de vida”, que recibió de la Asociación de Filosofía Caribeña



En sus manos sostiene la placa en que consta que ha sido reconocida por la Asociación de Filosofía Caribeña. Catherine Walsh recibió en junio de esta organización internacional el premio “Frantz Fanon, trayectoria de vida”. Este reconocimiento es, como dice la placa, “por su activismo y su globalmente influyente investigación y erudición con respecto a la decolonialidad, las luchas negras e indígenas, el feminismo, la pedagogía crítica, la educación multilingüe y la filosofía de la educación”. Sus ojos delatan una alegría más profunda. En esta placa resuenan ecos y experiencias que recorren su vida

¿Cuándo comenzó su camino en el pensamiento crítico? Se sonríe al recordarse a los 16 años. “Yo fui a un colegio católico. No por opción. Mis papás decidieron mandarme ahí para tratar de controlarme, porque era muy rebelde desde muy niña, y cuestionaba todo”. No puede evitar reír.

“Fue en el colegio que empecé a críticamente apuntar elementos del sistema, y particularmente, la religión. Empecé a cuestionar la institución de la Iglesia católica. No la espiritualidad, sino la institución. En mi colegio no había presencia o discusión de la teología de liberación. Mi criticidad emergente no venía del colegio, sino del contacto, fuera del colegio, con un cura de la teología de la liberación”.

En 1968 vivió una de las primeras experiencias fuertes. “En agosto 1968 este cura me llevó, junto con un grupo de jóvenes a Chicago a asistir una reunión de jóvenes católicos. Las fechas de la reunión coincidieron con la Convención Democrática. Allí presenciamos en las calles y el parque central, las masivas protestas en contra del estatus quo político, la guerra de Vietnam, el asesinato de Martin Luther King y las condiciones abrumadoras en esta misma ciudad de racismo y empobrecimiento racializado. Y presenciábamos la brutalidad de la policía y las fuerzas de orden, todas blancas”.

“Yo tenía como 16 años. Y de ver todo eso, y después procesar, analizarlo, juntamente con lo que yo estaba viviendo en un colegio católico y cuestionándolo, me dio una pista inicial, de ir enfocando mi interés, mi preocupación”.

La Universidad de Massachusetts fue posteriormente otro escenario que permitió a Catherine Walsh seguir tejiendo su camino hacia el activismo decolonial. Se cumple el dicho de que las coincidencias son más bien sincronizaciones. Walsh llegó a una universidad radical y crítica para su contexto. Además, en el ambiente también se respiraban sucesos de convulsión, como la guerra de Vietnam. “Fuimos muy poco a clases y estuvimos movilizándonos continuamente, analizando políticamente la situación. En este tiempo también milité con un grupo feminista en contra de la guerra. Un grupo feminista multirracial, con el que en un momento tomamos el edificio de los milicos en la universidad. Entramos por las ventanas, tomamos el edificio. Y hasta hoy eso es la casa de las mujeres en la universidad”.

Su activismo ha tejido cada paso: “yo nunca fui parte del feminismo blanco, sino del feminismo multirracial, no siempre con la etiqueta ‘feminismo’. Fue en este contexto, durante su época universitaria, en 1971, cuando ocurrió su primer encuentro con el pensamiento del antillano Frantz Fanon. “Y no fue dentro de la universidad. Es decir, no fue dentro del aula, sino con un grupo de estudio que me invitaron a participar: las Panteras Negras”.

Este es uno de los ecos que resuenan en la placa de premiación que acaba de recibir por parte de la Asociación Filosófica Caribeña. “Como dije cuando recibí el premio, es muy distinto leer y pensar Fanon en este contexto de lucha de las Panteras que leer y pensarle en el ámbito académico”. Catherine Walsh habla, entonces, de cómo marcó Fanon en su proceso: “me marcó también mi responsabilidad como mujer vista como blanca; me ayudó a comprender la responsabilidad de utilizar este privilegio que el sistema me da, de luchar y trabajar ‘con’ (no estudiar ‘sobre’), de meterme en espacios como es la universidad, por ejemplo, y de allí abrir grietas. Frantz Fanon siempre me ha acompañado. Yo le llamo a veces un ancestro de combate. Regreso a sus textos, a su pensamiento continuamente. Sigo hasta hoy releyéndole”. Incluso en su oficina, está colgada una foto de Fanon, que comparte espacio con libros, tejidos y frondosas plantas.

Su militancia ha tenido distintas aristas. Durante un tiempo paralizó sus estudios de pregrado para vivir en comunas, espacios alternativos y autosuficientes. Abrió una escuela “anti sexista, antirracista, en un barrio igual multirracial urbano”. Era la búsqueda de “cómo construir un hacer, pensar y vivir de otra manera, fuera o en las márgenes del sistema capitalista, racista, patriarcal”.

Regresó a la universidad, estudiando en las noches para completar su carrera en sociología y desarrollo humano, con enfoque ahora también en educación. Había un requisito de práctica educativa. Cuando se negó a aceptar trabajar en el sistema oficial de las escuelas del Estado, le ofrecieron dos opciones: una escuela en Londres y otra en Quito. Sin hablar español y sin haber conocido Ecuador, llegó en 1977. Enseñó danza; tuvo una formación previa en danza africana, contemporánea y moderna. Y en las tardes, trabajaba como cocinera en Hojas de Hierba, el primer restaurante vegetariano en Quito.

Fue entonces cuando conoció a su compañero, con quien volvió a Estados Unidos durante 16 años. Ahora lleva 25 años en Quito, de ellos, más de 20 como profesora de la Universidad Andina Simón Bolívar, en donde coordina el programa de doctorado de Estudios Culturales Latinoamericanos, que funciona 18 años, ahora en su quinta promoción.

“Mi afán –dice Walsh- nunca ha sido el de individualizarme como persona que ha hecho todo eso. Sino, es ir tejiendo espacios colectivos, espacios de relación en distintos lugares. De ir contribuyendo de esta manera. Yo creo que en cierta manera el doctorado es fruto de eso. Que sí que yo inicié el doctorado, que sigo coordinándolo, pero las y los estudiantes o la gente que ha pasado por el doctorado también le ha llevado a distintas partes. Lo que hago es abrir grietas y sembrar semillas, semillas que han sido resembradas en montón de partes. Entonces, es algo vivo que va mucho más allá del título”.

Su trayectoria “de más de 40 años siempre ha sido enraizada en  la lucha por la justicia social, en asumir un papel activo, una praxis de lucha en contra del sistema capitalista, patriarcal, moderno/colonial; una praxis dirigida, a la vez, a la construcción de un pensar-hacer-vivir radicalmente distinto. Eso no es un discurso, ha sido mi práctica de vida”. En Estados Unidos, “trabajé por muchos años en las luchas por derechos lingüísticos, culturales, con abogados y comunidades puertorriqueñas, latinas, también haitianas, asiáticas, armando casos legales, utilizando el mismo sistema de derecho y las leyes al beneficio de la gente, al mismo tiempo luchando en contra del sistema”.

Asimismo, durante tres años trabajó con Paulo Freire, haciendo juntos seminarios en la universidad y  talleres de educación popular en las comunidades locales. En Ecuador y América Latina, su praxis militante es muy conocida, incluyendo su acompañamiento a procesos de los movimientos afrodescendientes e indígenas. Juntos, Catherine Walsh y Juan García Salazar, abrieron espacio en esta misma Universidad para el pensamiento, el conocimiento y la memoria colectiva afro, incluyendo la formación de lo que es hoy el Fondo Documental Afro-Andino “Juan García Salazar”.

Para Catherine Walsh, el pensamiento de Frantz Fanon sigue vigente. Menciona la violencia y deshumanización que se vive hoy en los pueblos y las comunidades racializadas en América Latina, cuyos territorios-vida están amenazados por el poder de capital. Afirma que “la necesidad de no solo visibilizar esta realidad de violencia-despojo-guerra-muerte, sino también de considerar cómo sembrar vida, cómo resistir, existir y re-existir frente a la realidad actual. En estos tiempos, Fanon es nuevamente lectura y re-lectura fundamental”.

Y el premio –dice Walsh˗ supone el reto de seguir tejiendo este camino como militante intelectual.  “Tal vez en otros momentos de mi vida, yo pensaba más en grande, en la posibilidad de revolución, claro la revolución desde abajo y no desde el Estado, como fue la farsa de la llamada ‘Revolución ciudadana’. Hoy día no pienso en la posibilidad de cambio de la totalidad. .Mientras que la idea de revolución desde abajo sigue siendo importante, lo veo como sueño, utopía. Para mí, y en la práctica cotidiana directa, la urgencia es en la labor de crear, construir, abrir espacios de pensar-analizar-teorizar-luchar que apuntan la vida ante la guerra-muerte patriarcal, capitalista, colonial. Es hacer el trabajo de fisurar, de agrietar. Y es de asumir el reto político-praxístico de los cómo, lo que entiendo como eje y guía hoy de mi militancia intelectual y pedagogía decolonial”.

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