Los desafíos de la nueva administración en los Estados Unidos


Por: Marco Romero

Edición: Sofía Tinajero Romero

 

Con la presidencia de Biden en Estados Unidos, surgen interrogantes acerca de las perspectivas que se vislumbran para América Latina. En este contexto, Marco Romero, director del Área de Estudios Sociales y Globales de la Universidad Andina Simón Bolívar, entrevista a Ángel Casas, profesor e investigador de la Sonoma State University.

Casas fue estudiantes de la Maestría en Relaciones Internacionales, de la Universidad Andina Simón Bolívar, y posteriormente, profesor de la misma. Tiene un doctorado por la Universidad de Córdova, y ha sido profesor en varias universidades de México.

¿Cómo queda la democracia de Estados Unidos luego de las últimas elecciones, y cuáles son los desafíos principales que va a enfrentar el régimen de Biden?

En primer lugar, gracias Marco por la invitación para poder charlar un poco usted y con todos los amigos de la Universidad Andina; me siento muy contento de poder estar presente en la Universidad Andina a través de este medio.

Yo creo que hay un desafío para Estados Unidos para los próximos cuatro años en gobernabilidad. Todavía hay algunos elementos que no están totalmente definidos en cuanto a la formación de la próxima administración y del próximo gobierno de Estados Unidos; está por definirse si el partido republicano va a ser el líder del Senado como así parece. Todos los escenarios están manejando un senado republicano, un congreso todavía demócrata, pero con mayor peso también republicano, y una presidencia demócrata. Entonces, eso va a abrir un escenario donde las instituciones y la presidencia van a sufrir un desafío en cuanto a gobernabilidad y, por tanto, al desarrollo de las políticas que se quieran impulsar en los próximos años.

Si, como pasó en la época del presidente Obama, nos presentamos frente a un senado obstruccionista, un Senado que no quiere colaborar con la Casa Blanca, con el Ejecutivo, podemos encontrarnos un problema muy serio de gobernabilidad, donde ya durante un período la democracia en Estados Unidos ha sufrido embates fuertes y el edificio que hace unos años parecía inmaculado, ya se le ven algunas grietas y algunos descorchones, podría todavía sufrir mayores daños.

Y por supuesto, eso va a marcar no solo qué va a pasar en estos cuatro años, sino qué va a pasar en las próximas elecciones. Porque una cosa que está claro es que el trumpismo no desaparece. El partido republicano -con una gran influencia del nacional populismo que ha predominado estos últimos cuatro años- está ahí. Hay 70 y tantos millones de estadounidenses que apoyan esa forma de hacer política, y que el partido republicano en ese sentido podría estar pensando que estos cuatro años simplemente es un período transitorio para que el nacional populismo vuelva fortalecido en un contexto de una democracia muy deteriorada con unos mayores componentes autoritarios.

Es claro que la elección de Trump en el 2016 no fue ni de lejos una gestión del espionaje ruso, de la manipulación rusa. Que 74 millones hayan votado por Trump indica que hay raíces estructurales ahí muy presentes. Entonces, el riesgo de un populismo con o sin Trump dentro de cuatro años aparece como una evidencia de un serio deterioro del sistema político norteamericano. ¿Cuál va a ser la salida? ¿Se va a mantener el bipartidismo?   ¿Hay esa posibilidad que algunos ven de una tercera vía? ¿Cuál ve usted más probable?

El tema de la tercera vía yo no lo veo todavía. No hay todavía elementos. No sé si parte más de una cuestión posibilista por parte de unos que quieren ser optimistas en ese sentido.

Veo dos escenarios. Uno muy complicado, pero que quedaría en los libros de historia del futuro, si fuera exitoso, y es un presidente Biden que va a iniciar su período teniendo que andar sobre la cuerda floja. Va a tener que hacer malabares para que sea exitoso su caminar. Va a tener que combinar un montón de elementos que van a ser propiamente internos, porque no estoy hablando tampoco de un partido demócrata que esté unificado. Tenemos distintas visiones dentro del partido demócrata; hay una visión más progresista, que ha tenido su peso también. Todo eso se desdibujó en las elecciones, porque el objetivo principal era derrotar al presidente Trump.

Sin embargo, esas voces disonantes van a reaparecer y van a tener su influencia, y va a haber tensiones en ese nivel. Y también el partido demócrata, junto a un partido republicano al que el trumpismo ha marcado de manera clave -y que no va a desaparecer, porque evidentemente el partido republicano sabe que al presidente Trump le han votado más de 74 millones de personas- va a tener que convivir también con un partido republicano más moderado.

Si el presidente Biden logra restaurar algunas políticas, innovar algunas políticas, y una cooperación con el partido republicano, logra una gobernabilidad sana que permita ir recuperando algunos de los elementos que se han perdido, y avanzar en otros de las políticas y necesidades que el mundo actual está poniendo sobre la mesa. En este escenario estaríamos realmente ante un presidente que va a quedar marcado en la historia como un estadista que supo sanar y supo unir.

Pero por el otro lado está el otro escenario, y es una vuelta del partido republicano ante un desastre de la administración demócrata de los próximos cuatro años.

Con una situación económica en el 2021 que podría verse todavía más agravada que la del 2020, y si el partido republicano no estuviera dispuesto a resolver, sino que jugar al obstruccionismo, estaríamos frente a una administración que empieza con unas intenciones que no podría en ningún momento desarrollar, con una situación caótica que abriría la puerta para un regreso del nacional populismo y de, a lo mejor no del presidente Trump, pero de un líder con unas características parecidas liderando el partido republicano en el año 2024.

Yo creo que esos dos escenarios son mucho más posibles que aparezca un tercer partido fortalecido que arrolle y sea capaz de llevarse a un país que ahora mismo está profundamente dividido.

Hay autores que plantean que los daños o las modificaciones introducidas por el régimen de Trump en distintos campos de la gestión doméstica en Estados Unidos  y en las relaciones internacionales, ha sido de tal magnitud, que a Biden no le van a alcanzar los cuatro años para desmontar totalmente eso. ¿Cuán cierta cree usted esa afirmación?

Estoy totalmente de acuerdo que cuatro años no es suficiente. Pero lo que habría que plantearse aquí es si suficiente para qué, porque hay una serie de cuestiones que tampoco se ven o se plantean abiertamente con claridad. Hay una serie de cambios que son estructurales y que ya empezaron previamente.

Finalmente, estamos hablando de restaurar, estamos hablando de reformar, estamos hablando de una administración y de una gobernabilidad que ¿está queriendo volver al pasado o que va a enfrentarse a los retos de un cambio, en un país que también está sufriendo cambios estructurales?

Yo creo que ese es un elemento que no hay que olvidarse porque hemos hablado ahora mismo de un deterioro de la democracia. Estamos hablando también de un cambio estructural en lo socioeconómico que está llevando a un incremento de los niveles de pobreza, no solo por la pandemia, pero la pandemia por supuesto está jugando un papel crucial en el tema.

La polarización socioeconómica de Estados Unidos ha crecido muchísimo. La cuestión del racismo es evidentemente un tema no resuelto en más de dos siglos en los Estados Unidos. Y el tema del escalonamiento de la violencia. Esos tres problemas tienen raíces estructurales más profundas que difícilmente van a resolverse en una gestión como la de Biden, o como de un neopopulismo de cuatro años, ¿sino que se van a agravar todavía más?

En los últimos cuatro años, un tema que es estructural, un tema que está en el ADN de Estados Unidos, es que no se puede olvidar el tema de la esclavitud. Un país que se ha construido sobre la esclavitud y donde la población afroamericana ha sufrido y sufre un racismo que no se puede negar, pero que se ha exacerbado en los últimos años, como arma política. También como búsqueda de una identidad. O sea, Estados Unidos es otra vez blanco, es anglosajón, es protestante. Y si no es eso, hay que defenderlo, y eso está sobre la mesa, y es lo que plantea una de las batallas que hay que dar a nivel identitario. Eso se ha exacerbado en los últimos años. Ahora, Estados Unidos es un país mucho más diverso, es un país donde conviven etnias, religiones, en principio de manera que se quiere que sea más horizontal.

Una de las cuestiones que la mayoría de los estadounidenses -incluso los republicanos que han botado por el presidente electo Biden- esperan es que la administración logre en estos próximos cuatro años, cambiar -no resolver- pero sí cambiar lo referente a temas raciales, discriminatorios, y que no genere mayor conflicto o tensión interna, sino que se logre buscar mayor conciliación; sanar una herida que estaba pero que ahora se ha abierto. Y que al abrirse duele, aunque no hay que olvidarse de que estaba.

En este punto me parece muy importante tener alguna idea de la magnitud de los desafíos socioeconómicos que se han generado en Estados Unidos, porque esto viene al menos desde los 80 -dicen algunos; desde los 90, dicen otros- un deterioro significativo de la situación socioeconómica en los Estados Unidos. ¿Qué nos podría indicar al respecto? O sea, ¿cuáles son las bases económicas y los límites de las políticas de salvataje enormes que el gobierno o Trump ha implantado frente a la crisis de coronavirus?

Lo que usted plantea yo creo que es fundamental y muy importante, y es cómo todo este escenario del que hemos hablado se da en un contexto de un país dividido, de un país donde hay una población, que si no es mayoritaria, sí tiene un peso a nivel electoral por cómo es el sistema político el sistema de elección a través del colegio electoral, donde los estados, aunque tengan menor población, pueden tener la misma representación a nivel de decisiones. Eso lleva a que en un contexto donde hay una población que tiene esa mayor capacidad de representación que sea poblacionalmente menor se siente en el terreno de los perdedores. Una globalización que los ha puesto en el terreno de los perdedores lleva a una reacción defensiva de apoyo al nacional populismo.

Entonces, eso está claro que eso está en la raíz de la administración Trump. Si el partido demócrata no entiende por qué perdió y por qué llegó Trump, y no lo entiende y ahora no intenta hacer algo diferente en ese sentido, independientemente de la gobernabilidad también nos vamos a ver en un escenario seguramente del mismo escenario en cuatro años, porque ese es un elemento muy importante.

El presidente Biden ha sacado mayor número de votos, el voto popular con respecto al presidente, pero no a una gran distancia como se podía pensar. Pero los estados que han votado por el presidente Trump -ya no estoy diciendo el voto popular, sino el colegio electoral- solo generan el 30% de la riqueza del país. Mientras que los estados azules que han votado al presidente demócrata representan el 70% de la población del país. Pero ese 30% de riqueza que generan esos estados son los que le pueden dar la presidencia o le dio la presidencia a Trump.

Entonces, estamos hablando de una fractura importante. Está claro que ahora mismo Estados Unidos necesita un plan Marshall hacia él mismo. O sea, si el presidente Biden pudiera, debería plantear un plan Marshall hacia el Midwest de Estados Unidos, hacia esos estados que se sienten perdedores y cambiar la demografía. Hacer un planteamiento demográfico, uno de ayuda económica que sane y que equilibre la fractura. Porque una fractura así no plantea escenarios muy optimistas.

Me parece que sería muy útil si nos puede dar algunos elementos objetivos que se están manejando en Estados Unidos en estos últimos meses.

Me llegó una información de un think tank que me mandó un compañero, del Central of budged and policy priorities. Las cifras son llamativas. 10 millones de personas en Estados Unidos en este momento no cubren sus necesidades básicas. Pero datos tan llamativos como que 83 millones de adultos, el 34% de todos los adultos en el país, ahora mismo están teniendo problemas para pagar su hipoteca, para pagar el préstamo del auto, para pagar sus medicinas, para pagar los préstamos que le permitieron estudiar o que les están permitiendo estudiar. Estamos hablando de casi un tercio de la población de Estados Unidos. 12 millones de personas en este momento no están pudiendo pagar su renta. 26 millones de personas -12% de la población – no tiene suficiente para comer. O sea, estamos hablando de cifras muy importantes.

Para terminar con el análisis socioeconómico de los Estados Unidos, ¿cuáles son las posibilidades políticas y económicas de generar ese plan Marshall con la administración Biden?

Todo va a depender de cómo se logre la gobernabilidad y, por un lado, que haya la visión. Yo no tengo claro que la visión exista todavía. No está claro. Pero que sí está la visión, o sea que haya un profundo entendimiento de por qué las cosas hayan llegado al extremo que han llegado y que  entonces el partido demócrata con un profundo entendimiento de esa situación sea capaz de reaccionar. Y en un segundo lugar, que la realidad se lo permita.

Pasando al plano internacional, las aspiraciones de Biden quedaron claras cuando dio su discurso de triunfador. Él decía que él va a retomar el liderazgo de los Estados Unidos, va a volver a ponerlo a la cabeza de la mesa de negociaciones a nivel mundial. ¿Qué posibilidades ve usted de que puedan realizarse esos objetivos?

Yo creo que sí vamos a ver de manera inmediata, en las primeras semanas de la nueva administración esos cambios o esos guiños hacia la comunidad internacional.

¿Ese bilateralismo se va a revitalizar, entonces?

“Estamos de vuelta, estamos otra vez, somos el país que quiere volver al multilateralismo, apoyar el multilateralismo, que tiene una voluntad por la cooperación regional, que es un país que va otra vez a tratar a sus aliados desde el respeto mutuo”. Yo creo que eso sí va a ser algo que vamos a ver rápidamente, pero no hay que olvidar que esa, que sería una política internacional que podemos decir que sería como restauradora del pasado, no es una política por un lado que hace que se comparta de manera unánime por todo el partido demócrata. Que, por lo tanto, hay otro partido demócrata con una visión reformista clara, que va a confrontar a esta visión más de volvemos a restaurar el Estados Unidos del pasado.

Y, por otro lado, un Estados Unidos que en su política exterior ha empezado a sufrir un cambio estructural de retirarse del mundo. Un poco más de tener que mirarse más hacia dentro. El discurso de tener liderazgo como garante de la democracia y de los derechos humanos en el mundo va a estar compartido con unos tratamientos de política exterior diferentes, donde van a entrar necesariamente en la agenda temas diferentes, como la ciberseguridad, los impuestos a nivel internacional, los temas tecnológicos e industriales.

Es una administración que va a tener que estar muy centrada hacia lo interno. Por lo tanto, va a haber un cambio en el discurso; vamos a volver a un discurso anterior, que no va a ser solo cosmético, creo que no va a tener las mismas posibilidades que en un principio podría plantearse. Una de las cosas de la gobernabilidad de la administración Biden es Brian Harris, quien va a hacer que se traten los temas con Asia, y con China concretamente.

Están planteando algunos analistas, que China va a ser un elemento importante. O sea, si hay una posibilidad de que ese obstruccionismo por parte del partido republicano se rompa, o sea que se logre una colaboración benéfica para el país, va a pasar necesariamente por cómo la administración Biden afronte el tema. Por tanto, ahí se esperaría también una política exterior mucho más combativa, mucho más agresiva. Una política exterior que -a diferencia de la política exterior del presidente Obama -que fue en mucho sentido muy ambigua, muy tibia- sea mucho más agresiva, que se adopten muchos más riesgos y que eso permita ver un partido demócrata con unas reacciones diferentes, o con unos planteamientos diferentes que permitan unir esfuerzos.

En este escenario, entonces, usted ve que va a reducirse la confrontación abierta con China, o solamente van a cambiar las formas del discurso.

Yo creo que va a haber un cambio de la forma de discurso social, porque la personalidad del presidente Biden va a ser totalmente diferente a la del presidente Trump. También, a pesar de que el presidente Biden es una persona mayor -va a cumplir 78- y que por lo tanto la cuestión física puede ser que lo limite en el escenario internacional, no hay que olvidarse que el presidente Trump estaba muy limitado en cuanto al conocimiento del escenario internacional.

Pero estamos hablando ahora de un presidente que ha sido el líder de la Comisión de Asuntos Exterior del Senado de Estados Unidos por 17 años. Por tanto, es una persona que tiene un conocimiento profundo del sistema internacional, que tiene un conocimiento profundo del resto de países, que ha viajado, y que por lo tanto el discurso y las formas van a ser muy diferentes.

Un elemento clave va a ser que -con unas formas diferentes- habrá que en algún momento experimentar una mayor definición. Y esa mayor definición supone unas políticas en un momento determinado muchísimo más incisivas -que lo fueron en la administración Obama-. Y yo creo que la administración Biden seguramente va a ir por ahí.

El nuevo ministro de asuntos exteriores, Tony Blinken, es quien tiene el mayor conocimiento y experticia sobre Asia. Conoce Asia, conoce Europa. Por lo tanto, estamos viendo que la persona clave es una persona que también está muy enfocada hacia Asia.

En ese contexto, ¿en qué lugar cabe América Latina? En el escenario que usted está pintando, o bajo la administración Biden, ¿que podría esperar América Latina?

Imagino, por lo que he leído y por las reacciones que se ha visto de los líderes latinoamericanos, el cambio de administración en Estados Unidos se está viviendo en América Latina con un escepticismo; con una expectativa agradable, pero con un moderado optimismo. Parece que Europa, en es sentido, ha sido mucho más eufórico con la llegada de Biden, sobre todo Alemania. En general, la región latinoamericana incluso los dos grandes países como México y Brasil, todavía ni siquiera han felicitado al presidente electo.

La ubicación periférica de la región se ha clarificado. Entonces, los temas clave en la agenda entre la región y Estados Unidos, migración, narcotráfico y algo relativo al tema de la democracia, van a mantenerse con los temas clave en la relación bilateral.

Yo creo que se van a mantener los temas clave de diálogo multilaterial y de diálogo birregional, depende de cómo regionalmente se plantee el diálogo con América Latina. Creo que va a haber una vuelta a un respeto mutuo donde va a haber una mayor cordialidad.

Pero que los temas fundamentales vayan a cambiar sustancialmente, sinceramente no lo creo. Creo que vamos a ver claramente como tres enfoques. Un enfoque hacia los temas migratorios y de desarrollo. Pensemos que Estados Unidos no va a dejar de ver la relación con América Latina en clave de intereses propios. Eso es algo que está en el ADN de la política exterior de Estados Unidos hacia América Latina, como también una mirada de superioridad; América Latina está en el plano de lo inferior, Estados Unidos está en el plano de lo superior. Estados Unidos se relaciona con América Latina en clave de los intereses.

Yo creo que podemos dibujar tres enfoques. Un enfoque que sería mirando a México, Centroamérica con los temas migratorios y de desarrollo. Ahí, seguramente jugará un papel importante la cooperación para el desarrollo, buscando una manera mucho más humanitaria, rompiendo eso sí de manera inmediata con el asalto a los derechos humanos en políticas migratorias, de la era Trump. En eso sí va a haber un cambio. No va a haber un cambio en el endurecimiento de fondo de las políticas migratorias, pero sí va a haber un cambio en un hacerlo, al menos respetando determinados elementos básicos que han sido realmente llamativos y que llevarían a muchas personas a votar por el presidente Biden, en rechazo a esas políticas que se han visto contra los derechos humanos, como la separación de familias.

Y México va a seguir colaborando con Estados Unidos en los temas migratorios, pero yo creo que eso que hemos visto que ha sido tan llamativo y que nos ha llevado al escándalo, a sentirnos escandalizados frente a unas políticas absolutamente contra elementos muy básicos de los derechos humanos eso sí va a cambiar.

El enfoque va a ser “vamos a plantear políticas de cooperación, plantear temas de desarrollo”. También ambientales y de seguridad, porque no olvidemos que hay muchos temas ambientales que están desplazando a personas de Centroamérica hacia Estados Unidos, como Cuba, El Salvador.

Por lo tanto, lo que se llama el triángulo norte y México van a seguir siendo clave,  y van a ser clave en ese enfoque. Yo creo como decía antes, Biden es un estadista, un político que ha sido representante de la comisión de asuntos exteriores del Senado por 17 años. Por lo tanto, conoce muy bien América Latina, y él debido a su experiencia, debido a ser un hombre de esa época considera -y lo ha dicho- que para él el país clave por donde pasa la clave de la política con América Latina como conjunto es Colombia. Por lo tanto, el presidente tiene una visión de Colombia como líder de la región.

No solo México y Brasil, sino Colombia. Ahora la cuestión es qué papel Colombia va a querer adoptar porque estados Unidos evidentemente va a mirar que Colombia en ese sentido, y esperando un liderazgo también regional por parte de Colombia. Y por supuesto ahí va a jugar un papel fundamental el tema que hemos mencionado del narcotráfico y los temas de narcoseguridad en ese sentido, aunque no hay que olvidar que el papel de México también ahí es importante.

Yo creo que el enfoque va a ser hacia Brasil. El tema ambiental y climático va a tener un peso muy importante, que eso es muy importante en la administración Biden. Lo hemos visto en la campaña electoral. Ha sido de los temas que más se ha repetido, que se ve como una mayor amenaza doméstica, o sea, local y nacional para Estados Unidos. Ahora mismo yo mismo estoy en California. Este año ha sido devastador los incendio, y en diciembre, empezó un incendio cerca de Los Ángeles. O sea, estamos en una situación -podemos decir- casi catastrófica. Entonces, el tema ambiental va a ser fundamental.

Vamos a ver también cómo la diplomacia brasileña es capaz de conciliar, de abrir un diálogo en estos temas. Pero yo creo que también los temas ambientales -por lo que toca a la región andina en cuanto a la zona amazónica- también va a tener un mayor peso que seguramente ha tenido en el pasado. Y no hay que olvidarse luego esa mirada hacia tres países que son en cierta manera como paradigmáticos, y muchos de ellos en clave incluso doméstica, como son Cuba, como es Venezuela y como también Nicaragua. Tres países que desde aquí se clasifican como autoritarios y que por lo tanto tienen un tratamiento diferente, pero también tienen poblaciones estadounidenses de origen venezolano y, sobre todo, Cuba que están empezando a jugar un papel en la política doméstica, en la política nacional muy importante.

Se acaba de escribir un libro muy interesante de Gerardo Cadava sobre el tema de los hispanos y latinos republicanos. Es un libro muy revelador e interesante. Señala que estamos asumiendo que toda la población hispana y latina vota a los demócratas. No es así. Él dice que con que un tercio de la población hispana de Estados Unidos vote al partido republicano, el partido republicano tiene la presidencia. Y hay una gran población hispana que es republicana, que es conservadora. Por lo tanto, hay que quitarse también el cliché. La demografía va a cambiar, y la demografía va en beneficio del partido demócrata.

Por lo tanto, el manejo que se haga y cómo se enfoque la política exterior hacia Cuba, hacia Venezuela y hacia Nicaragua va a ser muy importante también en clave electoral interna. Y un elemento interesante en cuanto a todo eso hemos visto ahora con el BID, al final cómo ha roto consensos.

¿Cree que Biden va a revertir eso?

No, no tiene la posibilidad creo yo de hacerlo. Al final, los países votaron, y votaron por el actual presidente del BID. Y el actual presidente del BID es de ascendencia cubana y profundamente conservador, y de esa curva muy importante en Florida anticastrista. Entonces, cómo eso se maneja va a ser importante.

Con eso se despliega un escenario de trabajo, pero no hay que decir que al final América Latina aparece muy poco, por lo menos de lo que se está diciendo en la actualidad. Entonces, cómo América Latina podrá jugar también su papel con Asia, China. Pues habrá que ver.

También hay que ver qué va a hacer, porque hay una política exterior de Estados Unidos, hacia el mundo, hacia América Latina pero también hay que ver qué política exterior quieren hacer los países latinoamericanos.

Se abre también una oportunidad con el hecho de que Estados Unidos esté en un momento de cambio estructural -que ya empezó con el presidente Obama – o de un asumir donde ya hoy abiertamente se habla de declive, y un declive que es claro y que significa un replegarse hacia adentro, donde se rompen o empiezan a romperse doctrinas. La doctrina Truman, donde Europa va a quedar un poco más por su lado, a jugar un rol independiente, y donde a lo mejor Estados Unidos ya deja de sentirse o tener o la capacidad o las fuerzas, o las ganas, o la voluntad de querer ser el líder de la democracia en el mundo.

Yo considero que la doctrina Monrow sí permanece, porque finalmente Estados Unidos y América Latina no dejan de ser vecinos. Pero este cambio estructural abre oportunidades. Los más optimistas dirían otra vez la independencia gracias a la integración. Ese discurso ya lo hemos escuchado mucho y sinceramente pues es un discurso que seguramente llena auditorios y nos gusta escuchar, como la integración como respuesta ahora mismo a esa oportunidad. Ojalá pudiera ser, pero yo en ese sentido sí soy pesimista, pero es verdad que se abren oportunidades.

Muchísimas gracias a Ángel Casas por abrirnos esta serie de visiones, debates sobre lo que está ocurriendo y se avecina como el futuro próximo. Los temas abordados han sido muy interesantes. Por supuesto, comprometemos su colaboración para futuros diálogos, y reiteramos nuestro agradecimiento.  Un placer, Ángel.

Muchas gracias, Marco por la invitación. La verdad es que para mí es un gusto charlar con usted y un gusto charlar con los amigos de la Andina, a los que, desde aquí, California, les mando un gran cariñoso, afectuoso saludo desde el corazón. Sepan que tengo a Ecuador siempre conmigo en mi corazón y a todos ustedes. Así que muchísimas gracias y nos vemos muy pronto.

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