Los cambios en el uso de políticas culturales en el siglo XX



Publicado: 08-05-2019

Por: Paola de la Vega

Transcripción: Sofía Tinajero Romero

Paola de la Vega, profesora del Área de Letras y Estudios Culturales, y coordinadora de la Maestría de Gestión Cultural y Políticas Culturales, entrevista a Marta Bustos, directora de la Maestría de Estudios Artísticos en la Universidad Distrital en Bogotá. Visitó la Universidad Andina para realizar un acompañamiento a los estudiantes del doctorado en Estudios Culturales Latinoamericanos, y también ofreció la charla inaugural en la Maestría de Gestión Cultural y Políticas Culturales.

Hola Marta, bienvenida. Quería comenzar preguntándote sobre un tema que desarrollas en tu tesis doctoral: cómo las élites intelectuales, que a la vez son élites políticas y económicas en Colombia -esa realidad se replica en países como Ecuador- diseñaron una forma de institucionalidad cultural, y bajo una idea de civilidad y ciudadanización, fueron desarrollando una serie de políticas culturales que se aplicaron desde finales del siglo XIX e inicios del XX. Quería que profundizaras en esta idea.

Bueno, sí, esta es una realidad que cruza muchos países de América Latina. Como dice Santiago Castro Gómez, tenemos unos linajes coloniales que nos vinculan, y que son unos linajes coloniales que también están presentes en el día de hoy. En el caso de Colombia, pues hemos tenido una historia institucional cultural que está muy vinculada a la relación de intelectuales blancos, hombres que tomaron la cultura como un espacio para aportar al progreso del país. Entonces, desde principios del siglo pasado, se han venido consolidando en el país, y en la ciudad en Bogotá particularmente, formas del gobierno de la cultura muy asociadas con un ideal que mira hacia Europa, en un principio hacia Francia. También mira a Inglaterra, en los años 30, con la idea de que el progreso es ese, y hacia allá debemos conducirnos.

Estas élites están constituidas por personajes vinculados a una intelectualidad cultural, formados en el extranjero, en Francia, en Inglaterra, en Alemania, y que vienen a reproducir en Colombia el aprendizaje que tuvieron allá. Son élites que también arrastran una historia colonial, y una perspectiva de pensarse que el valor simbólico que ellos poseen es la blancura, no porque sean precisamente blancos en términos de raza, sino porque la blancura representa un valor que los distingue del pueblo que están gobernando.

Entonces, estas élites que en los años 30, principalmente, empezaron a incorporar el trabajo cultural como una manera de organizar la población, de dirigirla, de conducirla, y particularmente, una población racializada, son las que van incorporando en el gobierno de la ciudad oficinas, espacios culturales, dependencias que hacen el trabajo de conducir estas poblaciones por el camino hacia el progreso. Es la historia que se da en los años 30, en esta época del siglo XX, pero no se corta ahí, sino que va teniendo una continuidad a lo largo de los siglos. Y vemos cómo se reproduce esta misma manera de actuar y de utilizar, digamos, la cultura o las prácticas o las expresiones culturales de manera sustantiva, y utilizarla en pro de un proyecto de desarrollo, de progreso del país. Se da en los años 30 con una noción de progreso que impera no solamente en Colombia y en América Latina, sino en el mundo. Se da también es los años 50, 60, pero ya con un tránsito hacia un discurso que ya no habla de progreso, sino de desarrollo, donde ya no se trata de conducir el pueblo, educar al pueblo, sino dar las condiciones para que los pobres se desarrollen, para que los países subdesarrollados, la gente subdesarrollada, alcancen un nivel de desarrollo.

Y esa misma ruta o forma de trabajar en lo cultural aparece también después, más recientemente, ya revestido con un discurso del neoliberalismo. El Estado empieza a retroceder en estas funciones de administrar la cultura, de conducirla, de promoverla. Y se les delega a los ciudadanos esa labor. Entonces, el trabajador cultural de los años 90 y 80 ya desaparece, y emerge la figura del emprendedor, de hacerlo por usted mismo, de tener su propia empresa, pero todo en últimas está inscrito dentro de unos discursos que van permeando la forma, conduciendo la forma en que somos ciudadanos, en los que somos pueblo, en los que somos masas en el contexto nacional, local o regional.

Me parece, cuando te escucho, que la caracterización que hacías al inicio de quienes administran la cultura en nuestros países, en las ciudades, no ha cambiado. Pienso que hay una continuidad histórica que está presente en la institución cultural dirigida por la figura del intelectual letrado de prestigio, en un Estado patriarcal, moderno-colonial, en las prácticas burocráticas que están ahí instaladas y en la tecnocracia. El pensamiento tecnocrático que viene ya después, como lo mencionas, con el discurso Truman del 49, y que va desarrollando ciertas formas de entender a la cultura dentro de los procesos de modernización de Estado, va acompañado de una serie de profesionalizaciones, de la tecnificación de expertos, de gente que va formándose en unas habilidades que van a desembocar en lo que luego con el neoliberalismo va a ser el emprendedor y el propio gestor cultural.

Por supuesto, hay una polisemia en la noción de gestión cultural -no me gustaría plantear algo en blanco y negro- pero este gestor que está dentro de la lógica de la economía naranja, por ejemplo, que ahora está tan de moda, está muy asociado al sujeto emprendedor. En Ecuador se ve siempre a Colombia como un paradigma en el desarrollo del emprendimiento, de la economía creativa. En este sentido, quería también que reflexionaras sobre qué ha significado para Colombia la economía naranja. Además, nace como concepto del presidente de Colombia, Duque, uno de los mentalizadores del famoso manual del BID. Quería que comentaras, a tu criterio, cuáles han sido los efectos de una política de economía naranja en el contexto colombiano.

Bueno, antes de referirme a la economía naranja, tú mencionas una cosa que me parece muy importante señalar. Y es que, en efecto, la historia cultural del país, Colombia, ha estado marcada por dirigentes, por hombres blancos. Hasta muy recientemente creo que tal vez las primeras figuras que empiezan a aparecer de mujeres que dirigen el sector cultural público -y por público me refiero a lo estatal- en nuestro caso se da a finales de los 70, comienzos de los 80. Hasta ese momento de los 30, de 1930 más o menos hasta 1980, las figuras relevantes dentro de la política cultural institucional colombiana fueron hombres, literatos, intelectuales que transitaban entre su creación artística, pensada o puesta desde lo más canónico, a la gestión en  las instituciones públicas.

Entonces, era una gestión que estaba centrada también en poder instalar en el Estado unas prácticas de la alta cultura, pero que estaban dirigidas a la población, a una culturización de la población.  Y muy recientemente aparecen las mujeres. Cuando aparece una vinculación de las mujeres a la institución cultural, éstas van a estar asociadas a su condición de esposas de intelectuales. Entonces, ellas no tienen el mismo valor, y casi que se desvalorizan esas entidades y las acciones que allí se hacen.

O han sido gestoras, muchas veces, de los propios intelectuales letrados…

Sí, son mujeres que están detrás de los intelectuales que tienen presencia pública. Entonces, hay ahí una historia que es muy importante pensar, porque si bien algunas de esas mujeres que han tenido una trayectoria en Colombia muy importante – Gloria Zea, Isadora de Norden, Gloria Triana- tienen un carácter y un perfil totalmente diferente, es interesante ver cómo de pronto hacen una gestión que está masculinizada. Y no hay una perspectiva femenina de esa gestión, sino que aunque son mujeres, tienen el mismo eje de mandato patriarcal. Y creo que ese es un elemento muy interesante pensar al día de hoy no solo en las instituciones públicas culturales o cómo se piensa desde el Estado la cultura sino vinculándolo un poco con la última parte de tu pregunta, con  lo que sucede hoy en día frente a la economía naranja, a la idea de que hay que ser un emprendedor, de que hay que ser empresario de sí mismo y su propio jefe. También allí me parece que es importante tener una mirada alrededor de a dónde nos conducen este tipo de prácticas. Hoy en estos días que he estado conversando con los estudiantes del doctorado, hay un grupo de mujeres y se preguntaban, bueno, es que yo he tenido el reto de estudiar, ser mamá, estar corriendo en esto, estar haciendo lo otro, y debo dejar algunas cosas para hacer otras. O tengo que hacerlo todo.

Y me parece que también esta idea del emprendimiento que se está vendiendo está muy vinculada a una noción del individuo que sale y logra armar su propia empresa, y sobresale, está relacionado a una noción de individualidad y de competitividad, porque lo que prima es el negocio, lo que prima es la libre empresa. Ahí hay una lógica que es muy perversa para la misma práctica cultural o artística. Creo yo que es una lógica que va en contravía, que pone en competencia. Es como el libre mercado: sálvese quien pueda y el que sobrevive es el más fuerte. Y el más fuerte es el que es capaz de, no importa a costa de qué, pasar por encima de los otros.

Entonces, creo que hay que hacer una lectura cuidadosa de lo que se está promoviendo desde todos estos manuales; además es interesante también mirar de dónde vienen. Es un manual del Banco Interamericano de Desarrollo que incorpora lenguajes, conceptos, nociones que se han dado en diferentes contextos, y los resemantiza y los devuelve a las comunidades, a los sectores para un propósito diferente. Y todos entramos a jugar ese mismo juego. Creo que prácticas de emprendimiento, de innovación social, de creatividad social, de creatividad individual, son la potencia que tiene el pensamiento artístico y el pensamiento cultural. Y no son nuevas; han estado por siglos, desde que el homo sapiens se paró en dos pies y empezó a caminar; creo que han estado ahí, esa posibilidad de creación, esa posibilidad de innovación, de construir para la vida. Creo que eso ha estado, es parte del pensamiento radiante que tiene el ser humano y que se ha desarrollado mucho desde el arte, desde las prácticas prosaicas que enriquecen la vida. Pero ahora esa posibilidad y esa potencia que tenemos como seres humanos han sido reorganizadas en ese discurso muy alineado con el pensamiento neoliberal de la libre empresa, de la competencia, del individuo.

Y el Estado también en sus propias políticas de fomento reproduce muchas veces ese discurso. ¿Dónde queda, entonces, el sentido, por ejemplo, de lo vincular del que habla Rita Segato, de esta política que está más asociada al arraigo, a un sentido de lugar del que habla Arturo Escobar? Claro, con la economía naranja estas formas de gestión, de alguna manera, empiezan a operar a veces en una fractura, en una relación compleja con el Estado, con las ONG, con las entidades que financian sus proyectos. Y la cultura, entonces, deja de tener un sentido en la reproducción de la vida social misma. Quizás terminar con eso Marta, que me comentes qué es lo que piensas.

Sí, en efecto, creo que estamos caminando por un sendero que tiende a uniformizar todo. Y tiende como a ponernos en el camino de un capitalismo salvaje que es una opción. Es una posibilidad, también, pero no es la única. Es un capitalismo salvaje que rompe también muchos lazos y posibilidades de construir de manera colectiva.

Creo que también, digamos, en eso hay una noción, como si quienes estamos en las ciudades, en las urbes –en el caso nuestro, Bogotá- ese es el camino. Y como que la otra posibilidad de construir colectivamente, vincularmente, de manera responsable con el medio, con el mundo en el que vivimos, con proyecto de vida hacia el futuro, eso queda como si fuera de la ruralidad, de los pueblos autóctonos, como que es algo que no nos toca a  nosotros.  Creo que hay muchas posibilidades también de trabajo en las ciudades de quienes están vinculados con estos procesos creativos y artísticos, de pensar de otra manera los modos de producir cultura, de producir prácticas culturales, de generar procesos también en los contextos urbanos.

Creo que es muy importante todo el trabajo que se están haciendo, que hacen muchos colectivos, por ejemplo,  alrededor de economías circulares, cooperativas, de pensar sus prácticas artísticas y culturales también  en función de la vida  y de los entornos urbanos donde estamos.

Tenemos un gran reto. Creo que todo este discurso de la economía naranja y todas estas políticas de fomento pueden ser una oportunidad, pero también un riesgo. Creo que esa es la labor del trabajador cultural o del gestor cultural: estar  atento a esos momentos de posibilidad, pero también de riesgo, de poder ir construyendo otros escenarios, y que podamos tener realmente un ecosistema cultural muy enriquecido, no empobrecido y cada vez solamente con un tipo de prácticas y con un tipo de figuras que lo fomentan.

Perfecto, muchas gracias Marta. Les agradecemos a todos. Gracias Marta por acompañarnos. Sígannos en el canal de la Universidad Andina, y acompáñennos en próximas ocasiones. Quedan invitados a la charla de Marta.

Muchas gracias Paola y a la Universidad Andina por esta invitación.

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