“Como escritoras, sí tenemos la libertad, pero también la responsabilidad de dar cuenta de nuestro tiempo”



Publicado: 08-01-2019

Por Cristina Burneo
Área de Letras y Estudios Culturales

Transcripción: Sofía Tinajero Romero

Del 16 al 19 de octubre se llevó a cabo el congreso internacional Cuerpos, despojos, territorios: la vida amenazada, organizado por el área de Letras y Estudios Culturales de la Universidad. El congreso partió de una reflexión cultural, social, teórica y política sobre nuestras condiciones de la vida hoy y cómo las enfrentamos desde las resistencias regionales, las artes, la escritura y los movimientos sociales, todo esto como parte del trabajo universitario y sus vinculaciones con la sociedad. Las catástrofes migratorias y el cierre de fronteras; las avanzadas del capitalismo y las formas renovadas de trabajo esclavizado; la pérdida de derechos y los retrocesos en la comprensión de la diferencia sexual nos sitúan en un terreno de realidades compartidas ante las cuales la palabra, el texto, la imagen, el pensamiento crítico, la teoría y la movilización colectiva van elaborando respuestas. Una de las participantes del congreso fue la escritora mexicana Sara Uribe, que se ha dado a la tarea de abordar buena parte de estas preguntas desde su trabajo en la poesía y el ensayo. A continuación, una conversación entre ella y Cristina Burneo Salazar, parte del comité académico del congreso y docente del área organizadora.

Sara, hay que hablar sobre tu trabajo Antígona González, es un poema realmente importante. Ha recorrido la red, ha estado liberado durante varios años, y se lee en muchos espacios, en plazas, en manifestaciones en defensa de derechos humanos. Quería preguntarte primero dos cosas: sobre la factura del poemario y tus estrategias, ya que son particulares, y también dónde aterriza, por ejemplo, en las plazas públicas, porque me hace pensar en el lugar de la poesía hoy… ¿Cuál es el lugar de la poesía en el contexto en el que tú escribes Antígona González?

Antígona González es un texto escrito por encargo. En el 2011 empecé a escribirlo bajo dos premisas que me diera la actriz y directora teatral Sandra Muñoz. La primera consistía en que reescribiera el texto de Sófocles de Antígona, pero en el contexto de la guerra contra el narcotráfico –la que hemos estado viviendo en México desde el 2006, al inicio del mandato del presidente Felipe Calderón. La otra característica que me propuso era abordar la necesidad de recuperación de los cuerpos perdidos. Es decir, de los cuerpos que se han llevado y que nos faltan a causa de la desaparición forzada que estamos viviendo en México desde hace una década.

Las estrategias a las que recurrí a lo largo de la escritura del libro fueron surgiendo o las fui eligiendo precisamente en función del tema que estaba tratando. Yo empecé a trabajar con la investigación de testimonios de los familiares de personas desaparecidas, y detecté que había un patrón en estos testimonios o entrevistas. Al respecto, agradezco muchísimo la labor de los periodistas mexicanos, lamentablemente muchos de ellos asesinados. Gracias a su trabajo pude tener acceso a estos testimonios; también recurrí a Menos días aquí, una página, blog y fuente de Twitter que recopila registros alternos al discurso oficial y se concentra en el conteo de las muertes por violencia.

Entonces, en definitiva, Antígona González es un trabajo con el lenguaje articulado por otros. Yo siempre he dicho que este libro fue escrito a petición de otros, con otros y para los otros. Es decir, es un libro por donde han pasado muchas manos. Entonces las estrategias tienen que ver con eso: con darme cuenta de que no podía ficcionar. Había cosas de las que tenía que hablar, sobre todo sobre la necesidad de recuperación del cuerpo perdido, pero tenía que estar el testimonio, la voz del otro ahí, del familiar directamente. Fue cuando me planteé la idea de lo que entonces pensaba yo que era apropiación y ahora, a través de la terminología de la escritora mexicana Cristina Rivera Garza, se llama desapropiación: tomar materiales de otros y reorganizarlos, debilitando la noción de propiedad. Hay ahí reescrituras, hay intertextualidad, hay desapropiación. Es decir, este tomar el texto del otro, la voz del otro, pero no para hablar por él, sino para construir una suerte de caja de resonancia donde la voz del otro y su testimonio directo puedan llegar hasta el lector. Y eso es más o menos lo que plantea el libro.

El libro se sitúa en México en un panorama en el que había dos textos precedentes, por lo menos dos textos difundidos. Hay también mucha escritura sobre y en Juárez, a la que yo llegué el año pasado, cuando estuve allá, y que no es muy distribuida en el resto del país. Las escrituras más conocidas son el poema de María Rivera, “Los muertos”, y el poema “La reclamante”, de Cristina Rivera Garza. En éste último, Cristina hace una reescritura con las palabras de Luz María Dávila, madre de dos jóvenes asesinados en Villas de Salvárcar, en Juárez. Ambos textos fueron leídos en plazas públicas, en manifestaciones.

Hay una escritura también en la actualidad que está llevando a cabo la generación que ha sido llamada la de los muy jóvenes. Yo tengo 40 años, esta generación está entre los 25 y 35 años. He estado trabajando recientemente con tres escritoras que abordan en su escritura violencias que tienen que ver con la guerra, con el cuerpo, con el feminismo, con los feminicidios. Sobre todo, esta nueva generación se plantea la imposibilidad de futuro, se plantean que no hay futuro o que no será esperanzador. Me refiero sobre todo a Xel-Ha López, que en Crónicas de un nuevo siglo aborda, a través de crónicas y de testimonios, la violencia de la guerra; a Martha Mega, que en Vergüenza escribe sobre el cuerpo femenino y la fractura del futuro; y a Yolanda Segura, que en O reguero de hormigas atiende temas muy propios del cuerpo femenino poco tocados en la poesía, por ejemplo, la menstruación, la sangre.

Así, Antígona González se inscribe en una serie de escrituras que en la actualidad –te menciono tres, pero podría mencionarte más– se preocupan por vincular la poesía a preocupaciones éticas y políticas, al cuerpo y al poder.

A propósito de lo que decías, tú inscribes Antígona González con escrituras de otras poetas, por ejemplo, o cronistas que están dando cuenta de la violencia. Hablábamos hace un rato de que la violencia es un tema, pero también es una forma. La violencia interviene en las formas que produce la escritura, ¿no? La otra pregunta: quisiera volver a Antígona González para hablar de Antígonas, de la Antígona de Sófocles, una mujer que interpela al Estado, que resiste para encontrar cuerpos también, como Antígona González.

Entonces, están Sófocles y otros materiales que parecen sedimentar para convertirse en documentos del presente en un mundo que, como tú dices, no tiene futuro. La filósofa Marina Garcés escribe que la nuestra es una condición humana póstuma, una condición de algo que ya ha desaparecido, incluso la idea de futuro. Materiales como Antígona González y estas escrituras podrían verse como poesía documental, algo que da cuenta de este presente y de esta condición humana con materiales muy antiguos y recientes reorganizados para eso…

Claro, sí. Pensaba desde la forma y recordaba que alguna vez, en una lectura, me preguntaron si yo creía que todos los poetas tienen la obligación de escribir sobre la violencia en México o en sus países. Yo contesté que no, se trata de una opción y una decisión ética: hay que tener muy claro desde dónde estamos escribiendo, si nos compete o no escribir sobre ese tema, hasta dónde queremos saber... Pero que sí creo que es, como platicábamos el otro día y como decía la escritora chilena Nona Fernández, una paradoja entre la libertad de la escritura y la responsabilidad de los tiempos. Entonces, yo creo que si bien no hay un deber ser de la temática, sí creo que estamos viviendo tiempos en que el lenguaje debe dar cuenta de que algo está pasando. Y como escritoras, tenemos la libertad, pero también la responsabilidad de dar cuenta en nuestro tiempo, y del lugar donde estamos, donde vivimos, como decía Ileana Diéguez apenas hace unos días en la conferencia magistral en este mismo congreso.

Me parece que la escritura no puede permanecer en esta “indiferencia militante” de la que habla Cristina Rivera Garza. Es decir, hacer como si no pasara nada, porque si la escritura se pliega al status quo, entonces la escritura es status quo. Y la poesía es un acto político. Entonces, me parece que el trabajo en todo caso, si no es con el tema, si alguien elije o no abordarlo directamente, es con la forma. La forma debe dar cuenta de esto.

Respecto a la Antígona de Sófocles y el trabajo con los documentos, justamente en mi caso una opción fue recurrir a lo documental, al texto canónico de Sófocles como un registro desde el cual partir. Cuando hice la relectura de este libro al inicio del proyecto de Antígona González, me pareció que tenía muchísimos puntos de conexión con lo que estaba pasando en Tamaulipas y en México. Y cuando hice también la investigación de todas estas reescrituras, de toda una genealogía existente de Antígonas europeas y latinoamericanas, me di cuenta de cómo es una suerte de reelaboración que se repite.

Es sorprendente ver, por ejemplo, cómo la Antígona furiosa de Griselda Gambaro y otras Antígonas han utilizado letras de tango, recortes de materiales periodísticos, documentos de internet, poemas, nota roja… es un ejercicio que se ha repetido a lo largo de la historia. Mientras escribía Antígona González yo no tenía plena conciencia de que me estaba adscribiendo a esta tradición, pero creo que tiene que ver justo con la necesidad del documento como un otro. Es decir, no se trata de escritura en solitario desde el yo, sino de una escritura en la que tienes que recurrir al otro en su voz, en su testimonio, en sus documentos, como una suerte de cuerpos textuales que están junto con el tuyo, sobre todo si se trata de cuerpos que faltan.

¿Qué hacer con eso, con esa ausencia tan inenarrable que sin embargo halla formas, o que por eso mismo las halla? Esto que a veces no podemos nombrar por el grado de crueldad al que llega la violencia…Y sin embargo el presente halla sus formas. En tu panel, hablabas de soportes digitales, de escrituras del presente, de nuevas formas y búsquedas estéticas que son búsquedas políticas para la ausencia y la violencia. Entiendo que es lo que estás trabajando ahora.

Sí, por supuesto. Pensaba en la pregunta de Ileana Diéguez en su libro Cuerpos sin duelo, sobre cómo hacer presente aquello que no es del orden de la presencia: la representación es una imposibilidad. Pero creo que algo que me transmitió muy directamente la lectura de estos testimonios de los que te hablaba es la estructura que compartían. Eso le dio también una estructura al libro: los familiares tenían un modo de hablar de sus seres queridos que era muy parecido entre unos y otros, se repetía mucho. Por ejemplo, hacían mucha mención del cuerpo de sus seres queridos, inevitablemente, como si se hubieran puesto de acuerdo. Hay esta necesidad de invocación de lo que no está a través del lenguaje, nombrar lo  que les gusta comer, cuáles eran sus sueños, cuáles eran sus costumbres, sus miedos…

Pero es esto justo de lo que habla Ileana Diéguez, de la necesidad de construir a través de palabras el cuerpo que no está. Entonces, creo que en la poesía esta búsqueda da cuenta de esa conciencia del presente que estamos viviendo: buscar estas formas que pueden ser documentales, que pueden ser digitales… Y hablando de lo digital, cabe mencionar un tema que entronca con esto, que es el tema de la fuente abierta o del creative commons. Antígona González es un libro que se puede encontrar en internet, y esto me parece también que es una decisión política. El libro de Xel-Ha al que me refería también es un libro editado en una editorial-cooperativa de México, Cooperativa Ámbar, que apuesta por lo mismo. Son libros abiertos. Y esto tiene que ver con el tema de la propiedad y la autoría: si estas escrituras son con otros, hay que dejarlas circular abiertamente. Finalmente, me gustaría mucho recomendar a quien le interesen la poesía mexicana y estas cuestiones, una página de poesía que se llama Poesía mexa, que tiene apuestas poéticas para seguir pensando no sólo en los temas y las formas de las escrituras del presente, sino también en su circulación.

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