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La
Casa de Asterión*
Jorge Luis Borges
*Fuente:
http://usuarios.lycos.es/bibliotecario/relatos/asterion.htm
Octubre, 2003
Y
la reina dio a luz un hijo
que se llamó Asterión
Apolodoro: Biblioteca, III, I.
Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía,
y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré
a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo
de mi casa, pero también es verdad que sus puertas
(cuyo número es infinito) están abiertas día
y noche a los hombres y también a los animales. Que
entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí
ni el bizarro aparato de los palacios pero sí la quietud
y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay
otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que
en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten
que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula
es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré
que no hay una puerta cerrada, añadiré que no
hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer
he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo
hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe,
caras desconocidas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se
había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un
niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que
me habían reconocido. La gente oraba, huía,
se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del
templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo,
se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi
madre, no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia
lo quiera.
El hecho es que soy único. No me interesa lo que un
hombre pueda transmitir a otros hombres; como el filósofo,
pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura.
Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu,
que está capacitado para lo grande; jamás he
retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia
generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces
lo deploro, porque las noches y los días son largos.
Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero
que va a embestir, corro por las galerías de piedra
hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un
aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan.
Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme.
A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos
cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo
realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando
he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos, el que prefiero
es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme
y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo:
"Ahora volvemos a la encrucijada anterior" o "Ahora
desembocamos en otro patio" o "Bien decía
yo que te gustaría la canaleta" o "Ahora
verás una cisterna que se llenó de arena"
o "Ya verás cómo el sótano se bifurca".
A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.
No sólo he imaginado esos juegos; también he
meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están
muchas veces, cualquier lugar es otro lugar.
No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son
catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios,
aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho,
es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un
aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado
la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso
no lo entendí hasta que una visión de la noche
me reveló que también son catorce (son infinitos)
los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce
veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una
sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión.
Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme
casa, pero ya no me acuerdo.
Cada nueve años entran a la casa nueve hombres para
que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en
el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente
a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro
caen sin que yo me ensangrenté las manos. Donde cayeron
quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería
de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que
uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que
alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no
me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor
y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído
alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría
sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías
y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?,
me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será
tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será
como yo?
El sol de la mañana reverberó en la espada
de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-.
El Minotauro apenas se defendió.
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