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El
cuento de la isla desconocida*
José Saramago
*Fuente:
http://usuarios.lycos.es/bibliotecario/relatos/isla.htm
Abril, 2003
Un hombre llamó a la puerta del rey
y le dijo, dame un barco. La casa del rey tenía muchas
más puertas, pero aquélla era la de las peticiones.
Como el rey se pasaba todo el tiempo sentado ante la puerta
de los obsequios (entiéndase, los obsequios que le
entregaban a él), cada vez que oía que alguien
llamaba a la puerta de las peticiones se hacía el desentendido,
y sólo cuando el continuo repiquetear de la aldaba
de bronce subía a un tono, más que notorio,
escandaloso, impidiendo el sosiego de los vecinos (las personas
comenzaban a murmurar, Qué rey tenemos, que no atiende),
daba orden al primer secretario para que fuera a ver lo que
quería el impetrante, que no había manera de
que se callara. Entonces, el primer secretario llamaba al
segundo secretario, éste llamaba al tercero, que mandaba
al primer ayudante, que a su vez mandaba al segundo, y así
hasta llegar a la mujer de la limpieza que, no teniendo en
quién mandar, entreabría la puerta de las peticiones
y preguntaba por el resquicio, Y tú qué quieres.
El suplicante decía a lo que venía, o sea, pedía
lo que tenía que pedir, después se instalaba
en un canto de la puerta, a la espera de que el requerimiento
hiciese, de uno en uno, el camino contrario, hasta llegar
al rey. Ocupado como siempre estaba con los obsequios, el
rey demoraba la respuesta, y ya no era pequeña señal
de atención al bienestar y felicidad del pueblo cuando
pedía un informe fundamentado por escrito al primer
secretario que, excusado será decirlo, pasaba el encargo
al segundo secretario, éste al tercero, sucesivamente,
hasta llegar otra vez a la mujer de la limpieza, que opinaba
sí o no de acuerdo con el humor con que se hubiera
levantado.
Sin embargo, en el caso del hombre que quería un barco,
las cosas no ocurrieron así. Cuando la mujer de la
limpieza le preguntó por el resquicio de la puerta,
Y tú qué quieres, el hombre, en vez de pedir,
como era la costumbre de todos, un título, una condecoración,
o simplemente dinero, respondió. Quiero hablar con
el rey, Ya sabes que el rey no puede venir, está en
la puerta de los obsequios, respondió la mujer, Pues
entonces ve y dile que no me iré de aquí hasta
que él venga personalmente para saber lo que quiero,
remató el hombre, y se tumbó todo lo largo que
era en el rellano, tapándose con una manta porque hacía
frío. Entrar y salir sólo pasándole por
encima. Ahora, bien, esto suponía un enorme problema,
si tenemos en consideración que, de acuerdo con la
pragmática de las puertas, sólo se puede atender
a un suplicante cada vez, de donde resulta que mientras haya
alguien esperando una respuesta, ninguna otra persona podrá
aproximarse para exponer sus necesidades o sus ambiciones.
A primera vista, quien ganaba con este artículo del
reglamento era el rey, puesto que al ser menos numerosa la
gente que venía a incomodarlo con lamentos, más
tiempo tenía, y más sosiego, para recibir, contemplar
y guardar los obsequios. A segunda vista, sin embargo, el
rey perdía, y mucho, porque las protestas públicas,
al notarse que la respuesta tardaba más de lo que era
justo, aumentaban gravemente el descontento social, lo que,
a su vez, tenía inmediatas y negativas consecuencias
en el flujo de obsequios. En el caso que estamos narrando,
el resultado de la ponderación entre los beneficios
y los perjuicios fue que el rey, al cabo de tres días,
y en real persona, se acercó a la puerta de las peticiones,
para saber lo que quería el entrometido que se había
negado a encaminar el requerimiento por las pertinentes vías
burocráticas. Abre la puerta, dijo el rey a la mujer
de la limpieza, y ella preguntó, Toda o sólo
un poco.
El rey dudó durante un instante, verdaderamente no
le gustaba mucho exponerse a los aires de la calle, pero después
reflexionó que parecería mal, aparte de ser
indigno de su majestad, hablar con un súbdito a través
de una rendija, como si le tuviese miedo, sobre todo asistiendo
al coloquio la mujer de la limpieza, que luego iría
por ahí diciendo Dios sabe qué, De par en par,
ordenó. El hombre que quería un barco se levantó
del suelo cuando comenzó a oír los ruidos de
los cerrojos, enrolló la manta y se puso a esperar.
Estas señales de que finalmente alguien atendería
y que por tanto el lugar pronto quedaría desocupado,
hicieron aproximarse a la puerta a unos cuantos aspirantes
a la liberalidad del trono que andaban por allí, prontos
para asaltar el puesto apenas quedase vacío. La inopinada
aparición del rey (nunca una tal cosa había
sucedido desde que usaba corona en la cabeza) causó
una sorpresa desmedida, no sólo a los dichos candidatos,
sino también entre la vecindad que, atraída
por el alborozo repentino, se asomó a las ventanas
de las casas, en el otro lado de la calle. La única
persona que no se sorprendió fue el hombre que vino
a pedir un barco. Calculaba él, y acertó en
la previsión, que el rey, aunque tardase tres días,
acabaría sintiendo la curiosidad de ver la cara de
quien, nada más y nada menos, con notable atrevimiento,
lo había mandado llamar. Dividido entre la curiosidad
irreprimible y el desagrado de ver tantas personas juntas,
el rey, con el peor de los modos, preguntó tres preguntas
seguidas, Tú qué quieres, Por qué no
dijiste lo que querías, Te crees que no tengo nada
más que hacer, pero el hombre sólo respondió
a la primera pregunta, Dame un barco, dijo. El asombro dejó
al rey hasta tal punto desconcertado que la mujer de la limpieza
se vio obligada a acercarle una silla de enea, la misma en
que ella se sentaba cuando necesitaba trabajar con el hilo
y la aguja, pues, además de la limpieza, tenía
también la responsabilidad de algunas tareas menores
de costura en el palacio, como zurcir las medias de los pajes.
Mal sentado, porque la silla de enea era mucho más
baja que el trono, el rey buscaba la mejor manera de acomodar
las piernas, ora encogiéndolas, ora extendiéndolas
para los lados, mientras el hombre que quería un barco
esperaba con paciencia la pregunta que seguiría, Y
tú para qué quieres un barco, si puede saberse,
fue lo que el rey preguntó cuando finalmente se dio
por instalado con sufrible comodidad en la silla de la mujer
de la limpieza, Para buscar la isla desconocida, respondió
el hombre. Qué isla desconocida, preguntó el
rey, disimulando la risa, como si tuviese enfrente a un loco
de atar, de los que tienen manías de navegaciones,
a quien no sería bueno contrariar así de entrada,
La isla desconocida, repitió el hombre, Hombre, ya
no hay islas desconocidas, Quién te ha dicho, rey,
que ya no hay islas desconocidas, Están todas en los
mapas, En los mapas están sólo las islas conocidas,
Y qué isla desconocida es esa que tú buscas,
Si te lo pudiese decir, entonces no sería desconocida,
A quién has oído hablar de ella, preguntó
el rey, ahora más serio, A nadie, En ese caso, por
qué te empeñas en decir que ella existe, Simplemente
porque es imposible que no exista una isla desconocida, Y
has venido aquí para pedirme un barco, Sí, vine
aquí para pedirte un barco, Y tú quién
eres para que yo te lo dé, Y tú quién
eres para no dármelo, Soy el rey de este reino y los
barcos del reino me pertenecen todos, Más les pertenecerás
tú a ellos que ellos a ti, Qué quieres decir,
preguntó el rey inquieto, Que tú sin ellos nada
eres, y que ellos, sin ti, pueden navegar siempre, Bajo mis
órdenes, con mis pilotos y mis marineros, No te pido
marineros ni piloto, sólo te pido un barco, Y esa isla
desconocida, si la encuentras, será para mí,
A ti, rey, sólo te interesan las islas conocidas,
También me interesan las desconocidas, cuando dejan
de serlo, Tal vez ésta no se deje conocer, Entonces
no te doy el barco, Darás. Al oír esta palabra,
pronunciada con tranquila firmeza, los aspirantes a la puerta
de las peticiones, en quienes, minuto tras minuto, desde el
principio de la conversación iba creciendo la impaciencia,
más por librarse de él que por simpatía
solidaria, resolvieron intervenir en favor del hombre que
quería el barco, comenzando a gritar. Dale el barco,
dale el barco. El rey abrió la boca para decirle a
la mujer de la limpieza que llamara a la guardia del palacio
para que estableciera inmediatamente el orden público
e impusiera disciplina, pero, en ese momento, las vecinas
que asistían a la escena desde las ventanas se unieron
al coro con entusiasmo, gritando como los otros, Dale el barco,
dale el barco. Ante tan ineludible manifestación de
voluntad popular y preocupado con lo que, mientras tanto,
habría perdido en la puerta de los obsequios, el rey
levantó la mano derecha imponiendo silencio y dijo,
Voy a darte un barco, pero la tripulación tendrás
que conseguirla tú, mis marineros me son precisos para
las islas conocidas. Los gritos de aplauso del público
no dejaron que se percibiese el agradecimiento del hombre
que vino a pedir un barco, por el movimiento de los labios
tanto podría haber dicho Gracias, mi señor,
como Ya me las arreglaré, pero lo que nítidamente
se oyó fue lo que a continuación dijo el rey,
Vas al muelle, preguntas por el capitán del puerto,
le dices que te mando yo, y él que te dé el
barco, llevas mi tarjeta. El hombre que iba a recibir un barco
leyó la tarjeta de visita, donde decía Rey debajo
del nombre del rey, y eran éstas las palabras que él
había escrito sobre el hombro de la mujer de la limpieza,
Entrega al portador un barco, no es necesario que sea grande,
pero que navegue bien y sea seguro, no quiero tener remordimientos
en la conciencia si las cosas ocurren mal. Cuando el hombre
levantó la cabeza, se supone que esta vez iría
a agradecer la dádiva, el rey ya se había retirado,
sólo estaba la mujer de la limpieza mirándolo
con cara de circunstancias. El hombre bajó del peldaño
de la puerta, señal de que los otros candidatos podían
avanzar por fin, superfluo será explicar que la confusión
fue indescriptible, todos queriendo llegar al sitio en primer
lugar, pero con tan mala suerte que la puerta ya estaba cerrada
otra vez. La aldaba de bronce volvió a llamar a la
mujer de la limpieza, pero la mujer de la limpieza no está,
dio la vuelta y salió con el cubo y la escoba por otra
puerta, la de las decisiones, que apenas es usada, pero cuando
lo es, lo es. Ahora sí, ahora se comprende el porqué
de la cara de circunstancias con que la mujer de la limpieza
estuvo mirando, ya que, en ese preciso momento, había
tomado la decisión de seguir al hombre así que
él se dirigiera al puerto para hacerse cargo del barco.
Pensó que ya bastaba de una vida de limpiar y lavar
palacios, que había llegado la hora de mudar de oficio,
que lavar y limpiar barcos era su vocación verdadera,
al menos en el mar el agua no le faltaría. No imagina
el hombre que, sin haber comenzado a reclutar la tripulación,
ya lleva detrás a la futura responsable de los baldeos
y otras limpiezas, también es de este modo como el
destino acostumbra a comportarse con nosotros, ya está
pisándonos los talones, ya extendió la mano
para tocarnos en el hombro, y nosotros todavía vamos
murmurando, Se acabó, no hay nada más que ver,
todo es igual.
Andando, andando, el hombre llegó al puerto, fue al
muelle, preguntó por el capitán, y mientras
venía, se puso a adivinar cuál sería,
de entre los barcos que allí estaban, el que iría
a ser suyo, grande ya sabía que no, la tarjeta de visita
del rey era muy clara en este punto, por consiguiente quedaban
descartados los paquebotes, los cargueros y los navíos
de guerra, tampoco podría ser tan pequeño que
aguantase mal las fuerzas del viento y los rigores del mar,
en este punto también había sido categórico
el rey, que navegue bien y sea seguro, fueron éstas
sus formales palabras, excluyendo así explícitamente
los botes, las falúas y las chalupas, que siendo buenos
navegantes, y seguros, cada uno conforme a su condición,
no nacieron para surcar los océanos, que es donde se
encuentran las islas desconocidas. Un poco apartada de allí,
escondida detrás de unos bidones, la mujer de la limpieza
pasó los ojos por los barcos atracados, Para mi gusto,
aquél, pensó, aunque su opinión no contaba,
ni siquiera había sido contratada, vamos a oír
antes lo que dirá el capitán del puerto. El
capitán vino, leyó la tarjeta, miró al
hombre de arriba abajo y le hizo la pregunta que al rey no
se le había ocurrido, Sabes navegar, tienes carnét
de navegación, a lo que el hombre respondió,
Aprenderé en el mar. El capitán dijo, No te
lo aconsejaría, capitán soy yo, y no me atrevo
con cualquier barco, Dame entonces uno con el que pueda atreverme,
no, uno de ésos no, dame un barco que yo respete y
que pueda respetarme a mí, Ese lenguaje es de marinero,
pero tú no eres marinero, Si tengo el lenguaje, es
como si lo fuese. El capitán volvió a leer la
tarjeta del rey, después preguntó, Puedes decirme
para qué quieres el barco, Para ir en busca de la isla
desconocida, Ya no hay islas desconocidas, Lo mismo me dijo
el rey, Lo que él sabe de islas lo aprendió
conmigo, Es extraño que tú, siendo hombre de
mar, me digas eso, que ya no hay islas desconocidas, hombre
de tierra soy yo, y no ignoro que todas las islas, incluso
las conocidas, son desconocidas mientras no desembarcamos
en ellas, Pero tú, si bien entiendo, vas a la búsqueda
de una donde nadie haya desembarcado nunca, Lo sabré
cuando llegue, Si llegas, Sí, a veces se naufraga en
el camino, pero si tal me ocurre, deberás escribir
en los anales del puerto que el punto adonde llegué
fue ése, Quieres decir que llegar, se llega siempre,
No serías quien eres si no lo supieses ya. El capitán
del puerto dijo, Voy a darte la embarcación que te
conviene. Cuál, Es un barco con mucha experiencia,
todavía del tiempo en que toda la gente andaba buscando
islas desconocidas, Cuál, Creo que incluso encontró
algunas, Cuál, Aquél. Así que la mujer
de la limpieza percibió para dónde apuntaba
el capitán, salió corriendo de detrás
de los bidones y gritó, Es mi barco, es mi barco, hay
que perdonarle la insólita reivindicación de
propiedad, a todo título abusiva, el barco era aquel
que le había gustado, simplemente. Parece una carabela,
dijo el hombre, Más o menos, concordó el capitán,
en su origen era una carabela, después pasó
por arreglos y adaptaciones que la modificaron un poco, Pero
continúa siendo una carabela, Sí, en el conjunto
conserva el antiguo aire, Y tiene mástiles y velas,
Cuando se va en busca de islas desconocidas, es lo más
recomendable. La mujer de la limpieza no se contuvo, Para
mí no quiero otro, Quién eres tú, preguntó
el hombre, No te acuerdas de mí, No tengo idea, Soy
la mujer de la limpieza, Qué limpieza, La del palacio
del rey, La que abría la puerta de las peticiones,
No había otra, Y por qué no estás en
el palacio del rey, limpiando y abriendo puertas, Porque las
puertas que yo quería ya fueron abiertas y porque de
hoy en adelante sólo limpiaré barcos, Entonces
estás decidida a ir conmigo en busca de la isla desconocida,
Salí del palacio por la puerta de las decisiones, Siendo
así, ve para la carabela, mira cómo está
aquello, después del tiempo pasado debe precisar de
un buen lavado, y ten cuidado con las gaviotas, que no son
de fiar, No quieres venir conmigo a conocer tu barco por dentro,
Dijiste que era tuyo, Disculpa, fue sólo porque me
gustó, Gustar es probablemente la mejor manera de tener,
tener debe de ser la peor manera de gustar. El capitán
del puerto interrumpió la conversación, Tengo
que entregar las llaves al dueño del barco, a uno o
a otro, resuélvanlo, a mí tanto me da, Los barcos
tienen llave, preguntó el hombre, Para entrar, no,
pero allí están las bodegas y los pañoles,
y el camarote del comandante con el diario de a bordo, Ella
que se encargue de todo, yo voy a reclutar la tripulación,
dijo el hombre, y se apartó.
La mujer de la limpieza fue a la oficina del capitán
para recoger las llaves, después entró en el
barco, dos cosas le valieron, la escoba del palacio y el aviso
contra las gaviotas, todavía no había acabado
de atravesar la pasarela que unía la amurada al atracadero
y ya las malvadas se precipitaban sobre ella gritando, furiosas,
con las fauces abiertas, como si la fueran a devorar allí
mismo. No sabían con quién se enfrentaban. La
mujer de la limpieza posó el cubo, se guardó
las llaves en el seno, plantó bien los pies en la pasarela
y, remolineando la escoba como si fuese un espadón
de los buenos tiempos, consiguió poner en desbandada
a la cuadrilla asesina. Sólo cuando entró en
el barco comprendió la ira de las gaviotas, había
nidos por todas partes, muchos de ellos abandonados, otros
todavía con huevos, y unos pocos con gaviotillas de
pico abierto, a la espera de comida, Pues sí, pero
será mejor que se muden de aquí, un barco que
va en busca de la isla desconocida no puede tener este aspecto,
como si fuera un gallinero, dijo. Tiró al agua los
nidos vacíos, los otros los dejó, luego veremos.
Después se remangó las mangas y se puso a lavar
la cubierta. Cuando acabó la dura tarea, abrió
el pañol de las velas y procedió a un examen
minucioso del estado de las costuras, tanto tiempo sin ir
al mar y sin haber soportado los estirones saludables del
viento. Las velas son los músculos del barco, basta
ver cómo se hinchan cuando se esfuerzan, pero, y eso
mismo les sucede a los músculos, si no se les da uso
regularmente, se aflojan, se ablandan, pierden nervio. Y las
costuras son los nervios de las velas, pensó la mujer
de la limpieza, contenta por aprender tan de prisa el arte
de la marinería. Encontró deshilachadas algunas
bastillas, pero se conformó con señalarlas,
dado que para este trabajo no le servían la aguja y
el hilo con que zurcía las medias de los pajes antiguamente,
o sea, ayer. En cuanto a los otros pañoles, enseguida
vio que estaban vacíos. Que el de la pólvora
estuviese desabastecido, salvo un polvillo negro en el fondo,
que al principio le parecieron cagaditas de ratón,
no le importó nada, de hecho no está escrito
en ninguna ley, por lo menos hasta donde la sabiduría
de una mujer de la limpieza es capaz de alcanzar, que ir a
por una isla desconocida tenga que ser forzosamente una empresa
de guerra. Ya le enfadó, y mucho, la falta absoluta
de municiones de boca en el pañol respectivo, no por
ella, que estaba de sobra acostumbrada al mal rancho del palacio,
sino por el hombre al que dieron este barco, no tarda que
el sol se ponga, y él aparecerá por ahí
clamando que tiene hambre, que es el dicho de todos los hombres
apenas entran en casa, como si sólo ellos tuviesen
estómago y sufriesen de la necesidad de llenarlo, Y
si trae marineros para la tripulación, que son unos
ogros comiendo, entonces no sé cómo nos vamos
a gobernar, dijo la mujer de la limpieza.
No merecía la pena preocuparse tanto. El sol acababa
de sumirse en el océano cuando el hombre que tenía
un barco surgió en el extremo del muelle. Traía
un bulto en la mano, pero venía solo y cabizbajo. La
mujer de la limpieza fue a esperarlo a la pasarela, antes
de que abriera la boca para enterarse de cómo había
transcurrido el resto del día, él dijo, Estáte
tranquila, traigo comida para los dos, Y los marineros, preguntó
ella, Como puedes ver, no vino ninguno, Pero los dejaste apalabrados,
al menos, volvió a preguntar ella, Me dijeron que ya
no hay islas desconocidas, y que, incluso habiéndolas,
no iban a dejar el sosiego de sus lares y la buena vida de
los barcos de línea para meterse en aventuras oceánicas,
a la búsqueda de un imposible, como si todavía
estuviéramos en el tiempo del mar tenebroso, Y tú
qué les respondiste, Que el mar es siempre tenebroso,
Y no les hablaste de la isla desconocida, Cómo podría
hablarles de una isla desconocida, si no la conozco, Pero
tienes la certeza de que existe, Tanta como de que el mar
es tenebroso, En este momento, visto desde aquí, con
las aguas color de jade y el cielo como un incendio, de tenebroso
no le encuentro nada, Es una ilusión tuya, también
las islas a veces parece que fluctúan sobre las aguas
y no es verdad, Qué piensas hacer, si te falta una
tripulación, Todavía no lo sé, Podríamos
quedarnos a vivir aquí, yo me ofrecería para
lavar los barcos que vienen al muelle, y tú, Y yo,
Tendrás un oficio, una profesión, como ahora
se dice, Tengo, tuve, tendré si fuera preciso, pero
quiero encontrar la isla desconocida, quiero saber quién
soy yo cuando esté en ella, No lo sabes, Si no sales
de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo
del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba
junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes,
y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre
es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy
mujer, no le daba importancia, tú qué crees,
Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no
nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de
nosotros mismos, quieres decir, No es igual. El incendio del
cielo iba languideciendo, el agua de repente adquirió
un color morado, ahora ni la mujer de la limpieza dudaría
que el mar es de verdad tenebroso, por lo menos a ciertas
horas.
Dijo el hombre, Dejemos las filosofías para el filósofo
del rey, que para eso le pagan, ahora vamos a comer, pero
la mujer no estuvo de acuerdo, Primero tienes que ver tu barco,
sólo lo conoces por fuera. Qué tal lo encontraste,
Hay algunas costuras de las velas que necesitan refuerzo,
Bajaste a la bodega, encontraste agua abierta, En el fondo
hay alguna, mezclada con el lastre, pero eso me parece que
es lo apropiado, le hace bien al barco, Cómo aprendiste
esas cosas, Así, Así cómo, Como tú,
cuando dijiste al capitán del puerto que aprenderías
a navegar en la mar, Todavía no estamos en el mar,
Pero ya estamos en el agua, Siempre tuve la idea de que para
la navegación sólo hay dos maestros verdaderos,
uno es el mar, el otro es el barco, Y el cielo, te olvidas
del cielo, Sí, claro, el cielo, Los vientos, Las nubes,
El cielo, Sí, el cielo.
En menos de un cuarto de hora habían acabado la vuelta
por el barco, una carabela, incluso transformada, no da para
grandes paseos. Es bonita, dijo el hombre, pero si no consigo
tripulantes suficientes para la maniobra, tendré que
ir a decirle al rey que ya no la quiero, Te desanimas a la
primera contrariedad, La primera contrariedad fue esperar
al rey tres días, y no desistí, Si no encuentras
marineros que quieran venir, ya nos las arreglaremos los dos,
Estás loca, dos personas solas no serían capaces
de gobernar un barco de éstos, yo tendría que
estar siempre al timón, y tú, ni vale la pena
explicarlo, es una locura, Después veremos, ahora vamos
a cenar. Subieron al castillo de popa, el hombre todavía
protestando contra lo que llamara locura, allí la mujer
de la limpieza abrió el fardel que él había
traído, un pan, queso curado, de cabra, aceitunas,
una botella de vino. La luna ya estaba a medio palmo sobre
el mar, las sombras de la verga y del mástil grande
vinieron a tumbarse a sus pies. Es realmente bonita nuestra
carabela, dijo la mujer, y enmendó enseguida, La tuya,
tu carabela, Supongo que no será mía por mucho
tiempo, Navegues o no navegues con ella, la carabela es tuya,
te la dio el rey, Se la pedí para buscar una isla desconocida,
Pero estas cosas no se hacen de un momento para otro, necesitan
su tiempo, ya mi abuelo decía que quien va al mar se
avía en tierra, y eso que él no era marinero,
Sin marineros no podremos navegar, Eso ya lo has dicho, Y
hay que abastecer el barco de las mil cosas necesarias para
un viaje como éste, que no se sabe adónde nos
llevará, Evidentemente, y después tendremos
que esperar a que sea la estación apropiada, y salir
con marea buena, y que venga gente al puerto a desearnos buen
viaje, Te estás riendo de mí, Nunca me reiría
de quien me hizo salir por la puerta de las decisiones, Discúlpame,
Y no volveré a pasar por ella, suceda lo que suceda.
La luz de la luna iluminaba la cara de la mujer de la limpieza,
Es bonita, realmente es bonita, pensó el hombre, y
esta vez no se refería a la carabela. La mujer, ésa,
no pensó nada, lo habría pensado todo durante
aquellos tres días, cuando entreabría de vez
en cuando la puerta para ver si aquél aún continuaba
fuera, a la espera. No sobró ni una miga de pan o de
queso, ni una gota de vino, los huesos de las aceitunas fueron
a parar al agua, el suelo está tan limpio como quedó
cuando la mujer de la limpieza le pasó el último
paño. La sirena de un paquebote que se hacía
a la mar soltó un ronquido potente, como debieron de
ser los del leviatán, y la mujer dijo, Cuando sea nuestra
vez, haremos menos ruido. A pesar de que estaban en el interior
del muelle, el agua se onduló un poco al paso del paquebote,
y el hombre dijo, Pero nos balancearemos mucho más.
Se rieron los dos, después se callaron, pasado un rato
uno de ellos opinó que lo mejor sería irse a
dormir. No es que yo tenga mucho sueño, y el otro concordó,
Ni yo, después se callaron otra vez, la luna subió
y continuó subiendo, a cierta altura la mujer dijo,
Hay literas abajo, y el hombre dijo, Sí, y entonces
fue cuando se levantaron y descendieron a la cubierta, ahí
la mujer dijo, Hasta mañana, yo voy para este lado,
y el hombre respondió, Y yo para éste, hasta
mañana, no dijeron babor o estribor, probablemente
porque todavía están practicando en las artes.
La mujer volvió atrás, Me había olvidado,
se sacó del bolsillo dos cabos de velas, Los encontré
cuando limpiaba, pero no tengo cerillas, Yo tengo, dijo el
hombre. Ella mantuvo las velas, una en cada mano, él
encendió un fósforo, después, abrigando
la llama bajo la cúpula de los dedos curvados la llevó
con todo el cuidado a los viejos pabilos, la luz prendió,
creció lentamente como la de la luna, bañó
la cara de la mujer de la limpieza, no sería necesario
decir que él pensó, Es bonita, pero lo que ella
pensó, sí, Se ve que sólo tiene ojos
para la isla desconocida, he aquí cómo se equivocan
las personas interpretando miradas, sobre todo al principio.
Ella le entregó una vela, dijo, Hasta mañana,
duerme bien, él quiso decir lo mismo, de otra manera,
Que tengas sueños felices, fue la frase que le salió,
dentro de nada, cuando esté abajo, acostado en su litera,
se le ocurrirán otras frases, más espiritosas,
sobre todo más insinuantes, como se espera que sean
las de un hombre cuando está a solas con una mujer.
Se preguntaba si ella dormiría, si habría tardado
en entrar en el sueño, después imaginó
que andaba buscándola y no la encontraba en ningún
sitio, que estaban perdidos los dos en un barco enorme, el
sueño es un prestidigitador hábil, muda las
proporciones de las cosas y sus distancias, separa a las personas
y ellas están juntas, las reúne, y casi no se
ven una a otra, la mujer duerme a pocos metros y él
no sabe cómo alcanzarla, con lo fácil que es
ir de babor a estribor.
Le había deseado buenos sueños, pero fue él
quien se pasó toda la noche soñando. Soñó
que su carabela navegaba por alta mar, con las tres velas
triangulares gloriosamente hinchadas, abriendo camino sobre
las olas, mientras él manejaba la rueda del timón
y la tripulación descansaba a la sombra. No entendía
cómo estaban allí los marineros que en el puerto
y en la ciudad se habían negado a embarcar con él
para buscar la isla desconocida, probablemente se arrepintieron
de la grosera ironía con que lo trataron. Veía
animales esparcidos por la cubierta, patos, conejos, gallinas,
lo habitual de la crianza doméstica, comiscando los
granos de millo o royendo las hojas de col que un marinero
les echaba, no se acordaba de cuándo los habían
traído para el barco, fuese como fuese, era natural
que estuviesen allí, imaginemos que la isla desconocida
es, como tantas veces lo fue en el pasado, una isla desierta,
lo mejor será jugar sobre seguro, todos sabemos que
abrir la puerta de la conejera y agarrar un conejo por las
orejas siempre es más fácil que perseguirlo
por montes y valles. Del fondo de la bodega sube ahora un
relincho de caballos, de mugidos de bueyes, de rebuznos de
asnos, las voces de los nobles animales necesarios para el
trabajo pesado, y cómo llegaron ellos, cómo
pueden caber en una carabela donde la tripulación humana
apenas tiene lugar, de súbito el viento dio una cabriola,
la vela mayor se movió y ondeó, detrás
estaba lo que antes no se veía, un grupo de mujeres
que incluso sin contarlas se adivinaba que eran tantas cuantos
los marineros, se ocupan de sus cosas de mujeres, todavía
no ha llegado el tiempo de ocuparse de otras, está
claro que esto sólo puede ser un sueño, en la
vida real nunca se ha viajado así. El hombre del timón
buscó con los ojos a la mujer de la limpieza y no la
vio. Tal vez esté en la litera de estribor, descansando
de la limpieza de la cubierta, pensó, pero fue un pensar
fingido, porque bien sabe, aunque tampoco sepa cómo
lo sabe, que ella a última hora no quiso venir, que
saltó para el embarcadero, diciendo desde allí,
Adiós, adiós, ya que sólo tienes ojos
para la isla desconocida, me voy, y no era verdad, ahora mismo
andan los ojos de él pretendiéndola y no la
encuentran. En este momento se cubrió el cielo y comenzó
a llover y, habiendo llovido, principiaron a brotar innumerables
plantas de las filas de sacos de tierra alineados a lo largo
de la amurada, no están allí porque se sospeche
que no haya tierra bastante en la isla desconocida, sino porque
así se ganará tiempo, el día que lleguemos
sólo tendremos que trasplantar los árboles frutales,
sembrar los granos de las pequeñas cosechas que van
madurando aquí, adornar los jardines con las flores
que abrirán de estos capullos. El hombre del timón
pregunta a los marineros que descansan en cubierta si avistan
alguna isla desconocida, y ellos responden que no ven ni de
unas ni de otras, pero que están pensando desembarcar
en la primera tierra habitada que aparezca, siempre que haya
un puerto donde fondear, una taberna donde beber y una cama
donde folgar, que aquí no se puede, con toda esta gente
junta. Y la isla desconocida, preguntó el hombre del
timón, La isla desconocida es cosa inexistente, no
pasa de una idea de tu cabeza, los geógrafos del rey
fueron a ver en los mapas y declararon que islas por conocer
es cosa que se acabó hace mucho tiempo, Debíais
haberos quedado en la ciudad, en lugar de venir a entorpecerme
la navegación, Andábamos buscando un lugar mejor
para vivir y decidimos aprovechar tu viaje, No sois marineros,
Nunca lo fuimos, Solo no seré capaz de gobernar el
barco, Haber pensado en eso antes de pedírselo al rey,
el mar no enseña a navegar. Entonces el hombre del
timón vio tierra a lo lejos y quiso pasar adelante,
hacer cuenta de que ella era el reflejo de otra tierra, una
imagen que hubiese venido del otro lado del mundo por el espacio,
pero los hombres que nunca habían sido marineros protestaron,
dijeron que era allí mismo donde querían desembarcar,
Esta es una isla del mapa, gritaron, te mataremos si no nos
llevas. Entonces, por sí misma, la carabela viró
la proa en dirección a tierra, entró en el puerto
y se encostó a la muralla del embarcadero, Podéis
iros, dijo el hombre del timón, acto seguido salieron
en orden, primero las mujeres, después los hombres,
pero no se fueron solos, se llevaron con ellos los patos,
los conejos y las gallinas, se llevaron los bueyes, los asnos
y los caballos, y hasta las gaviotas, una tras otra, levantaron
el vuelo y se fueron del barco, transportando en el pico a
sus gaviotillas, proeza que no habían acometido nunca,
pero siempre hay una primera vez. El hombre del timón
contempló la desbandada en silencio, no hizo nada para
retener a quienes lo abandonaban, al menos le habían
dejado los árboles, los trigos y las flores, con las
trepadoras que se enrollaban a los mástiles y pendían
de la amurada como festones. Debido al atropello de la salida
se habían roto y derramado los sacos de tierra, de
modo que la cubierta era como un campo labrado y sembrado,
sólo falta que caiga un poco más de lluvia para
que sea un buen año agrícola. Desde que el viaje
a la isla desconocida comenzó, no se ha visto comer
al hombre del timón, debe de ser porque está
soñando, apenas soñando, y si en el sueño
les apeteciese un trozo de pan o una manzana, sería
un puro invento, nada más. Las raíces de los
árboles están penetrando en el armazón
del barco, no tardará mucho en que estas velas hinchadas
dejen de ser necesarias, bastará que el viento sople
en las copas y vaya encaminando la carabela a su destino.
Es un bosque que navega y se balancea sobre las olas, un bosque
en donde, sin saberse cómo, comenzaron a cantar pájaros,
estarían escondidos por ahí y pronto decidieron
salir a la luz, tal vez porque la cosecha ya esté madura
y es la hora de la siega. Entonces el hombre fijó la
rueda del timón y bajó al campo con la hoz en
la mano, y, cuando había segado las primeras espigas,
vio una sombra al lado de su sombra. Se despertó abrazado
a la mujer de la limpieza, y ella a él, confundidos
los cuerpos, confundidas las literas, que no se sabe si ésta
es la de babor o la de estribor. Después, apenas el
sol acabó de nacer, el hombre y la mujer fueron a pintar
en la proa del barco, de un lado y de otro, en blancas letras,
el nombre que todavía le faltaba a la carabela. Hacia
la hora del mediodía, con la marea, La Isla Desconocida
se hizo por fin a la mar, a la búsqueda de sí
misma.
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