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Evaluación y Calidad
Lilia
Toranzos
Fuente:
http://www.campus-oei.org/oeivirt/rie10a03.htm
Noviembre, 2003
Desde finales de
los años '80 y en los '90 se ha producido un marcado
clivaje en los análisis sobre la educación.
La preocupación ha dejado de estar centrada exclusivamente
en el acceso y la extensión de los servicios para,
sin dejar de lado lo anterior, centrarse en los contenidos
de los sistemas educativos, en lo que ocurre al interior de
ellos, en la calidad de los procesos de enseñanza y
aprendizaje. Basta comparar las metas estrictamente asociadas
a la ampliación de la cobertura que se proponían
las conferencias de Ministros de Educación y la UNESCO
en los años '60 y '70 con la Conferencia de Quito o
la Declaración Mundial sobre Educación para
Todos de Jomtien. Existe un consenso creciente acerca de que
es necesario, no sólo que todos los niños asistan
a una escuela sino, además, que esa escuela incorpore
efectivamente los conocimientos y competencias necesarios
para desempeñarse y participar en la sociedad en la
que viven.
1. El problema de la calidad en el primer plano de la agenda
educativa
El artículo
4º de la Declaración Mundial sobre Educación
para Todos de Jomtien, titulado "Concentrar la atención
en el aprendizaje", es más que elocuente al respecto:
"Que el incremento
de las posibilidades de educación se traduzca en un
desarrollo genuino del individuo y de la sociedad depende
en definitiva de que los individuos aprendan verdaderamente
como resultado de esas posibilidades, esto es, de que verdaderamente
adquieran conocimientos útiles, capacidad de raciocinio,
aptitudes y valores. En consecuencia, la educación
básica debe centrarse en las adquisiciones y los resultados
efectivos del aprendizaje, en vez de prestar exclusivamente
atención al hecho de matricularse, de participar de
forma continuada en los programas de instrucción y
de obtener el certificado final. De ahí que sea necesario
determinar niveles aceptables de adquisición de conocimientos
mediante el aprendizaje en los planes de educación
y aplicar sistemas mejorados de evaluación de los resultados"
Es así que
el concepto de calidad ha pasado a estar en el primer plano
de la agenda educativa y a cobrar una mayor atención
por parte de los actores políticos, sociales y económicos.
En ese sentido, se puede afirmar que de la misma manera que
la utopía de la universalización de la escuela
primaria de fines del siglo XIX fue la base sobre la que se
construyeron los sistemas educativos de la región a
lo largo del siglo XX, sobre el final de éste parecen
estar dadas las condiciones para el surgimiento de una nueva
utopía, la de brindar una educación de calidad
en condiciones de equidad, utopía que podría
constituirse en la idea-fuerza aglutinadora de los consensos
sociales y políticos indispensables para el desarrollo
de nuestros sistemas educativos en el próximo siglo.
2. Distintos enfoques de la calidad
El significado
atribuido a la expresión "calidad de la educación"
incluye varias dimensiones o enfoques, complementarios entre
sí.
Un primer sentido
del concepto es el que surge por oposición a los fenómenos
de vaciamiento anteriormente anotados. En este sentido la
calidad es entendida como "eficacia": una educación
de calidad es aquella que logra que los alumnos realmente
aprendan lo que se supone deben aprender -aquello que está
establecido en los planes y programas curriculares- al cabo
de determinados ciclos o niveles. En esta perspectiva el énfasis
está puesto en que, además de asistir, los niños
y adolescentes aprendan en su paso por el sistema. Esta dimensión
del concepto pone en primer plano los resultados de aprendizaje
efectivamente alcanzados por la acción educativa.
Una segunda dimensión
del concepto de calidad, complementario del anterior, está
referido a qué es lo que se aprende en el sistema y
a su "relevancia" en términos individuales
y sociales. En este sentido una educación de calidad
es aquella cuyos contenidos responden adecuadamente a lo que
el individuo necesita para desarrollarse como persona -intelectual,
afectiva, moral y físicamente-, y para desempeñarse
adecuadamente en los diversos ámbitos de la sociedad
-el político, el económico, el social-. Esta
dimensión del concepto pone en primer plano los fines
atribuidos a la acción educativa y su concreción
en los diseños y contenidos curriculares.
Finalmente, una
tercera dimensión es la que se refiere a la calidad
de los "procesos" y medios que el sistema brinda
a los alumnos para el desarrollo de su experiencia educativa.
Desde esta perspectiva una educación de calidad es
aquella que ofrece a niños y adolescentes un adecuado
contexto físico para el aprendizaje, un cuerpo docente
adecuadamente preparado para la tarea de enseñar, buenos
materiales de estudio y de trabajo, estrategias didácticas
adecuadas, etc. Esta dimensión del concepto pone en
primer plano el análisis de los medios empleados en
la acción educativa.
Obviamente las
tres dimensiones del concepto son esenciales a la hora de
construir un sistema de evaluación de la calidad de
la educación.
La puesta en primer
plano del problema de la calidad de los aprendizajes torna
absolutamente insuficientes los indicadores tradicionalmente
empleados para evaluar el desempeño de los sistemas
educativos: evolución de la matrícula, cobertura,
repetición, deserción, etc. Dichos indicadores
respondían al supuesto implícito de que dentro
de la escuela se aprendía, supuesto que ha dejado de
tener vigencia.
En el pasado se
presuponía la calidad de la enseñanza y el aprendizaje
dentro del sistema. Se presuponía que éstos
básicamente ocurrían dentro del sistema y efectivamente
así era. Se daba por sentado que más años
de escolaridad tenían necesariamente como consecuencia
ciudadanos mejor preparados y recursos humanos más
calificados y productivos. Del mismo modo, en el plano político
se postulaba que más años de educación
significarían más democracia y participación
ciudadana. El sistema educativo era una suerte de "caja
negra": lo que sucedía en su interior no era objeto
de análisis, bastaba con preocuparse de que la población
accediera.
En el presente
la preocupación central ya no es únicamente
cuántos y en qué proporción asisten sino
quiénes aprenden en las escuelas, qué aprenden
y en qué condiciones aprenden.
En este contexto
un sistema de evaluación de la calidad que provea de
información sistemática acerca de los aprendizajes
alcanzados por los estudiantes adquiere una importancia estratégica
vital: un sistema que, a partir de la definición de
cuáles son los conocimientos y capacidades cognitivas
básicas que todo alumno debería haber desarrollado
al cabo de ciertos ciclos de enseñanza formal, tenga
como eje la producción de información sobre
el grado en que dichos aprendizajes han sido logrados.
Si se asume que
de la calidad de la formación de las personas dependen
en buena medida las posibilidades de desarrollo económico
y social de un país, si se asume que existe una marcada
pérdida de centralidad del acceso al conocimiento como
función primordial de los sistemas educativos, si se
asume el desafío de que éstos no queden relegados
a un rol de guarderías que cuidan de los niños
y jóvenes mientras sus padres trabajan, si se asume
que para los sectores más desfavorecidos de la sociedad
las escuelas no deben reducirse a ser un espacio de asistencia
social al que se recurre únicamente en busca de alimentación
o atención sanitaria; si se asumen estas premisas,
entonces un sistema nacional de evaluación que produzca
información acerca de los aprendizajes efectivamente
incorporados por los alumnos en su paso por el sistema educativo
adquiere una importancia estratégica central para la
política educativa.
3. Un desafío crucial para mejorar la calidad: la reforma
de la gestión educativa
El propósito
de brindar una educación de calidad a contingentes
sociales cada vez más amplios implica, necesaria e
inevitablemente, asumir el desafío de reformar sustancialmente
la organización y la gestión de los sistemas
educativos. Junto con el tema de la calidad, la gestión
educativa ha pasado en los últimos años a ocupar
un lugar privilegiado en los estudios y esfuerzos por el mejoramiento
de la educación. Existe una conciencia creciente en
torno a que la reforma de la educación no puede reducirse,
como ha sucedido con demasiada frecuencia, a la modificación
de los planes y programas de estudio, sino que es necesario
procesar una profunda reestructura en los modelos de organización
y conducción de los sistemas educativos. De no encararse
adecuadamente este desafío, difícilmente pueden
los sistemas de enseñanza salir de su situación
de crisis de larga duración e ingresar en un proceso
sostenido de mejoramiento de la calidad.
En términos
generales es posible afirmar que los sistemas educativos se
constituyeron originalmente sobre la base de un modelo de
organización fuertemente centralizado, con una importante
concentración de las decisiones de todo tipo en las
instancias centrales de conducción y con una propuesta
curricular homogénea y poco diversificada. Estas características
respondieron a condiciones sociales y culturales vigentes
un siglo atrás, pero han dejado de ser adecuadas en
el presente. En efecto, a lo largo de este siglo se ha producido
un conjunto de modificaciones sustanciales en las condiciones
sociales de funcionamiento de los sistemas educativos, que
reclaman modificaciones también sustanciales en las
formas de organización y gestión de los mismos.
Ante la situación
de crisis de la gestión educativa la discusión
alternativa suele centrarse en falsas antinomias tales como
"centralización vs. descentralización"
o "gestión pública vs. gestión privada".
Al respecto cabe señalar que la solución es
harto más compleja que dichas formulaciones y que ninguna
de esas alternativas garantiza por sí misma la mejora
de la gestión, la calidad y la equidad en los sistemas
de enseñanza. En ese sentido, la construcción
de nuevas modalidades de gestión educativa es una tarea
ardua y compleja, para la que no existen recetas universalmente
válidas, ya que depende fuertemente de las condiciones
concretas de cada sociedad y de cada sistema educativo. Sin
embargo, la revisión de la literatura sobre el tema
permite identificar los principales problemas que enfrenta
hoy la conducción de los sistemas educativos y señalar
algunas prioridades estratégicas para la construcción
de una gestión educativa orientada a mejorar la calidad.
3.1. Descentralización y fortalecimiento
de la capacidad de gestión de las unidades del sistema
La primera modificación
sustancial que se ha producido en las condiciones sociales
de funcionamiento de los sistemas educativos radica en el
hecho de la masificación. Como consecuencia de ella,
los sistemas han crecido en tamaño, medido en cantidad
de alumnos, establecimientos y docentes, lo que trae aparejado
un problema de escala. Para cualquier organización
de gran tamaño, que debe diariamente prestar un servicio
a varios millones de personas, se hace imprescindible contar
con instancias intermedias con una alta capacidad para procesar
información y tomar decisiones pertinentes. En ese
sentido cabe afirmar que ya no es posible gobernar centralmente
todos los aspectos de la vida de los sistemas educativos -lo
que no significa carecer de conducción central-. Ello
es así en cualquier sistema de grandes dimensiones
donde las instancias centrales rápidamente se "saturan"
y no pueden manejar toda la información necesaria y
con la velocidad suficiente como para responder adecuadamente
a las múltiples necesidades y problemas que se producen
en las diversas zonas del sistema.
Pero además,
la masificación no sólo supone mayor cantidad
de alumnos sino nuevos alumnos -nuevos tipos socioculturales
de destinatarios- y, por lo tanto, diversificación
de las realidades sociales y culturales en las que el sistema
debe operar. Ello tiene como consecuencia una compleja ecuación
en la que, por un lado, se debe brindar una formación
básica homogénea y una base común de
conocimientos y valores que permita a los educandos reconocerse
como formando parte de una comunidad nacional, que garantice
la equidad y que contribuya a la construcción de una
sociedad democrática. Por otro lado, el sistema debe
poder desarrollar cierta variedad y diversificación
de propuestas que le permitan valorar y dar cabida a la diversidad
de "puntos de partida" sociales y culturales, atender
a la creciente diversidad de intereses y demandas de formación
de los alumnos individualmente considerados, así como
desarrollar estrategias diferenciales que le permitan discriminar
positivamente a quienes por su situación económica
y social de origen se encuentran en desventaja en lo que refiere
al dominio de las capacidades cognitivas indispensables para
el aprendizaje en la escuela. Obviamente, los mecanismos de
organización y gestión idóneos para atender
a una población escolar relativamente más homogénea,
como lo era la atendida en las primeras etapas del desarrollo
del sistema, no son los mismos que se requieren para resolver
la mencionada ecuación en las actuales circunstancias.
A lo anterior se
agrega el hecho de que el entorno cultural, científico
y tecnológico se ha transformado también de
forma sustancial tornándose altamente dinámico
y cambiante, en contraste con la situación imperante
algunas décadas atrás, en que los cambios en
el conocimiento y la tecnología eran relativamente
más pausados. El conocimiento se torna cada vez más
dinámico, vasto e inabarcable, lo cual torna inviable
la pretensión típicamente escolar -heredada
de la edad media- de establecer un currículum que dé
cuenta de la totalidad del conocimiento humano.
De la situación
descrita se desprende la necesidad de aplicar un doble movimiento,
a la vez descentralizador y rearticulador, en el rol desempeñado
por las instancias centrales encargadas de la conducción
del sistema.
Ante todo aparece
como imprescindible llevar adelante procesos de descentralización
que impliquen acercar la toma de decisiones a los lugares
en que se desarrollan las acciones, sobre todo en aspectos
de carácter administrativo, curricular y pedagógico.
De este modo se incrementa la capacidad del sistema de responder
a las demandas del entorno, se diversifican las propuestas
educativas, se abre un importante campo a la experimentación
e innovación educativas y se crean las condiciones
para un incremento del compromiso de los actores con los resultados
de la acción educativa. Ello implica asumir la necesidad
de mayor flexibilidad y dinamismo en los currículos,
así como una exigencia de mayor diversificación
de la oferta de formaciones posibles.
En las dos últimas
décadas se han llevado adelante procesos de descentralización
educativa en la mayor parte de los países de la región.
Bajo esa denominación han ocurrido diversos procesos
que básicamente han consistido en el traspaso de funciones
administrativas, curriculares y/o económicas (en diversas
combinaciones) desde los Ministerios de Educación nacionales
a gobiernos regionales o municipales. Los estudios e investigaciones
indican que no necesariamente los resultados han sido los
esperados. En muchos casos se ha constatado que se produce
un fenómeno de re-centralización en los niveles
descentralizados, es decir, se ha reproducido la estructura
centralizada a escala local.
En relación
con este problema cabe señalar que uno de los objetivos
estratégicos centrales de los procesos de descentralización
es el fortalecimiento de la capacidad de gestión de
las unidades del sistema -los centros de enseñanza-
y el incremento de su responsabilidad por la calidad de la
enseñanza que en ellos se imparte. En otras palabras,
es necesario hacer de los centros educativos instituciones
más responsables de su propio funcionamiento y de los
resultados de su desempeño institucional.
De lo que se trata
es de promover y desarrollar la capacidad de los establecimientos
educativos para hacerse cargo de los problemas a los que cotidianamente
se enfrentan. En la actualidad quienes se desempeñan
como docentes y directores constatan día a día
el fracaso de la enseñanza pero no tienen los medios
-medios en sentido material pero también entendidos
como capacitación y potestades de decisión-
para hacerse cargo de él y buscar los caminos para
superarlo. El resultado es la "notificación"
a las instancias superiores, la dilución de las responsabilidades
y un creciente sentimiento de escepticismo y frustración.
Resulta entonces necesario idear un conjunto de políticas
dirigidas, a la vez, a posibilitar y exigir que sean los propios
centros de enseñanza y quienes en ellos se desempeñan,
los responsables de crear, a partir de su propia experiencia
y práctica cotidianas, los proyectos de cambio y mejoramiento
de la calidad de la enseñanza.
En este punto conviene
alertar que lo anterior no se logra simplemente "reglamentando"
la responsabilidad, "decretando" el traspaso de
potestades y exigiendo su cumplimiento. El problema no pasa
únicamente por modificaciones en la normativa. Es imprescindible
crear las condiciones para que dicha asunción de responsabilidad
sea posible, lo que implica capacitación, apoyo técnico,
autonomía, mayor dotación y mejores condiciones
de trabajo para el personal, etc.
3.2. Redefinición y fortalecimiento del rol de las
instancias centrales de conducción del sistema educativo
Simultáneamente,
es imprescindible señalar los riesgos de cualquier
proceso de descentralización y diferenciación
que no vaya acompañado de un proceso simultáneo
de fortalecimiento del rol de coordinación y articulación
por parte de las instancias centrales del sistema -tanto nacionales
como regionales-.
En primer lugar,
es evidente que las comunidades que a priori se encuentran
en una situación sociocultural más desfavorecida,
son las que estarán en peores condiciones para hacer
uso de los espacios para una mayor autonomía y diversificación
de las propuestas educativas. En ese sentido, se corre el
riesgo de favorecer los procesos de segmentación interna
del sistema, aumentando las distancias en las posibilidades
de acceso al conocimiento por parte de los diversos sectores
sociales, incrementando así la calidad para algunos
al costo de la equidad.
En segundo lugar,
existe el riesgo de que la diferenciación lleve a la
excesiva fragmentación del sistema educativo y a la
pérdida de su función esencial de construir
en los ciudadanos las bases de la integración nacional.
En tercer lugar,
y en estrecha relación con lo anterior, nada garantiza
que la gestión fortalecida de los centros de enseñanza
se oriente hacia el mejoramiento de la calidad entendida como
jerarquización de la función de distribución
de conocimiento socialmente válido. Por un lado, porque
es factible que se privilegien otras lógicas, por ejemplo
de carácter afectivo o de formación en valores.
Por otro lado, porque muchas veces en el afán de innovación
se adoptan modas pedagógicas que conllevan implícitamente
una desvalorización del conocimiento o que, por haber
sido producidas en los países centrales, resultan desestructuradoras
de las prácticas pedagógicas concretas cuando
se las transfiere acríticamente a otros contextos sociales.
Finalmente, porque suele suceder que, en el afán de
incorporar todas las demandas que la sociedad y las familias
hacen al curriculum, se pierde de vista cuáles son
los aprendizajes básicos que es necesario fortalecer
y garantizar antes de incorporar nuevos contenidos y actividades
curriculares.
De lo anterior
se desprende la necesidad imperiosa, según se señaló
un poco más arriba, de que los procesos de descentralización
vayan acompañados de un movimiento rearticulador del
sistema, lo que implica fortalecer ciertas funciones propias
de la conducción central, en particular la de orientar
globalmente las políticas educativas, generando los
imprescindibles acuerdos sociales y políticos en torno
al objetivo de la calidad y a los significados básicos
del concepto. Al respecto cabe señalar que el mejoramiento
de la gestión y de la calidad educativa no es un problema
de carácter únicamente técnico sino que
requiere, como condición de posibilidad, un conjunto
de consensos mínimos en los actores involucrados en
la tarea educativa.
En ese sentido,
corresponde a las instancias de conducción del sistema
articular la definición de los conocimientos y capacidades
cognitivas básicas que todo educando debe haber alcanzado
al culminar ciertos ciclos de aprendizaje y garantizar su
logro homogéneo por parte de toda la población,
para lo cual se deberán diseñar y poner en marcha
políticas específicas de compensación
y discriminación positiva focalizadas en la atención
a los sectores sociales más vulnerables, orientando
hacia ellos mayores recursos y apoyo técnico. Al respecto,
Tedesco, señala que las experiencias de descentralización
y regionalización llevadas adelante en las últimas
décadas en América Latina muestran que para
que dichos procesos cumplan con sus objetivos democratizadores
y dinamizadores del sistema, deben estar acompañados
por la presencia de una administración central fuerte.
Señala asimismo que las funciones de la administración
central no deberán ser las mismas que en el modelo
de organización tradicional, sino que tendrán
que estar centradas en dos áreas principales: la evaluación
de resultados y la compensación de diferencias.
3.3. Producción y difusión de información
sobre el desempeño del sistema
La gran mayoría de las propuestas de mejoramiento de
la calidad y la gestión educativas incluyen la producción
de información relevante sobre el desempeño
del sistema -en particular sobre los aprendizajes alcanzados
por los alumnos- como uno de sus elementos principales.
En tal sentido,
puede afirmarse que la construcción de un sistema nacional
de evaluación constituye un instrumento central para
habilitar una estrategia de mejora de la gestión y
la calidad educativas. En la medida en que la información
es uno de los principales recursos de poder en las sociedades
contemporáneas, la producción y difusión
de información relevante sobre el desempeño
del sistema educativo es una manera de apostar a la participación
y compromiso con la educación del conjunto de los actores
involucrados en ella. Implica, además, apostar a incrementar
la capacidad de aprendizaje del propio sistema en todos sus
niveles: capacidad para saber qué está sucediendo,
para innovar y desarrollar estrategias alternativas, y para
evaluar sistemáticamente sus resultados.
4. El sistema nacional de evaluación
como instrumento estratégico para el mejoramiento de
la gestión y la calidad de la educación
4.1. Las dificultades
de la retroalimentación en los sistemas educativos
Para todo sistema u organización social resulta vital
contar con información permanente y pertinente sobre
su desempeño y resultados. Ello permite al sistema
introducir modificaciones en su modo de operar y reorientar
adecuadamente sus acciones. En términos de teoría
de sistemas a este fenómeno se lo denomina "retroalimentación"
o "feedback".
Uno de los problemas
centrales de los sistemas de enseñanza, consustancial
a la naturaleza misma de la actividad educativa -dado que,
como es obvio, no es lo mismo producir bienes que formar personas-,
es la dificultad para contar con información pertinente
sobre los avances y carencias en la acción del sistema,
tanto en relación al logro de sus objetivos como a
la adecuación de éstos a los requerimientos
de los individuos y de la sociedad. Ello determina que el
deterioro de los sistemas educativos no sea percibido en forma
inmediata, por lo cual pueden funcionar durante largo tiempo
con un alto nivel de desvinculación de sus finalidades
básicas y de las necesidades sociales. En la medida
en que hay un vacío de información pertinente
sobre su desempeño, los sistemas educacionales en cierta
forma escapan de los controles externos por parte de los usuarios
y no "rinden cuentas" ante nadie, lo cual permite
que su rumbo se determine fundamentalmente en función
de los intereses y lógicas corporativas internas. Por
ejemplo, no es raro que muchas decisiones curriculares se
tomen atendiendo más a la defensa que los profesores
hacen de la carga horaria de su asignatura que al derecho
de los jóvenes a la actualización del currículum.
Como se destacó
anteriormente, los indicadores tradicionalmente empleados
como retroalimentación sobre el desempeño del
sistema -matrícula,
repetición, deserción, etc.- proveen de información
que en el presente resulta absolutamente insuficiente para
orientar la toma de decisiones y la definición de políticas.
Apenas permiten saber si el sistema se está expandiendo
en tal o cual nivel o área geográfica y dónde
los alumnos presentan mayores dificultades para avanzar en
el sistema. Por otra parte, dicha información considerada
aisladamente, puede llevar a ciertas formas de autoengaño:
las autoridades educativas y la sociedad civil y política
quedan satisfechas porque el servicio se expande. Pero el
sistema carece de información sobre el grado en que
está alcanzando sus objetivos específicos y
cumpliendo con su contrato fundacional con la sociedad: que
los niños y adolescentes, en determinados períodos
de tiempo, desarrollen ciertas capacidades cognitivas e incorporen
ciertos conocimientos y valores considerados relevantes para
su desempeño en la sociedad y para su desarrollo como
seres humanos. Como es obvio, en el presente el deterioro
de los sistemas educativos está alcanzando un nivel
tal que se hace cada vez más visible para todos.
4.2. La práctica de la evaluación en los
sistemas educativos
En este punto cabe detenerse en una serie de consideraciones
sobre la evaluación en los sistemas educativos. Además
de la información sobre matrícula, repetición
y deserción, la única forma de evaluación
que se practica en la mayoría de los sistemas educativos
de la región es la que efectúa el docente sobre
el desempeño de sus alumnos. Existen también
evaluaciones del desempeño de los docentes por parte
de inspectores o supervisores, que suelen ser sumamente esporádicas
y, o bien tienen el carácter de un trámite administrativo,
o bien se reducen a un conjunto de recomendaciones de carácter
artesanal por parte del supervisor al docente -si bien es
justo reconocer que pueden existir excepciones, esta suele
ser la práctica corriente-.
Lo que interesa
destacar en este lugar es que los sistemas educativos continúan
operando sobre el supuesto de que la evaluación del
rendimiento individual de los alumnos, realizada por los docentes,
se efectúa a partir de criterios y modalidades homogéneos.
Si esto fuera así, sería válido asumir
la repetición y aún las calificaciones de los
alumnos, como indicadores de los niveles de aprendizaje alcanzados
y, por lo tanto, del logro de los objetivos del sistema. Probablemente
el supuesto anterior se cumplía, dentro de márgenes
razonables, en las etapas iniciales del desarrollo de nuestros
sistemas de enseñanza, cuando éstos aún
no se habían masificado, por lo que tanto el alumnado
como el cuerpo docente tenían una composición
relativamente más homogénea.
Con la masificación
de los sistemas educativos dicho supuesto ha dejado de cumplirse
radicalmente. En la medida en que el sistema enseña
con un cuerpo docente de formación muy heterogénea
y que enseña a un alumnado de extracción sociocultural
también muy heterogénea, inevitablemente las
evaluaciones del rendimiento individual obedecen a criterios
y niveles de exigencia también diversos. La alta heterogeneidad
de las evaluaciones efectuadas por los docentes obedece simultáneamente
a múltiples razones:
a)
Es bastante común que los docentes empleen las calificaciones
no sólo para evaluar el rendimiento del alumno sino,
además, como instrumento de control disciplinario,
calificando con una nota más alta a alumnos cuya conducta
en clase consideran adecuada y que apliquen calificaciones
más bajas a aquellos alumnos cuyo comportamiento perturba
el clima en el aula.
b) Del mismo
modo, muchos docentes utilizan la calificación para
estimular el esfuerzo realizado por alumnos con mayores dificultades,
independientemente de los logros alcanzados. Sin poner en
tela de juicio la legitimidad pedagógica de tal procedimiento,
lo que interesa destacar es que la evaluación realizada
por el docente a través de la calificación no
refleja necesariamente los niveles de aprendizaje alcanzados
por los alumnos.
c) Por otra
parte, los procedimientos empleados para la evaluación
no siempre son sistemáticos. En general predomina la
evaluación del tipo "juicio de experto",
llevada adelante mediante procedimientos artesanales.
d) A ello
se agrega el alto grado de generalidad que suele caracterizar
a los objetivos programáticos y la inexistencia de
metas de aprendizaje claramente definidas en términos
de competencias cognitivas a desarrollar y susceptibles de
ser evaluadas.
e) Finalmente,
cabe destacar de manera especial que, en general, se produce
un fenómeno de adecuación de los niveles de
exigencia académica a las características socioculturales
de la población atendida. Cuando el docente percibe
que sus alumnos, debido a su situación socioeconómica
y cultural, mayoritariamente no logran alcanzar ciertas metas
de aprendizaje, opta por ser menos exigente, permitiendo la
promoción para evitar una probable deserción.
Como consecuencia
de lo anterior, el sistema educativo adquiere una gran opacidad
para los alumnos y sus familias, en la medida en que carecen
de señales claras acerca de sus reales conocimientos
y capacidades, así como acerca de sus carencias. De
esta manera el sistema suele alimentar falsas expectativas
e ilusiones acerca de la formación adquirida y de las
potencialidades reales para el desempeño posterior,
tanto en el plano académico como en el laboral. Alumnos
y familias legítimamente creen que los primeros se
encuentran adecuadamente capacitados, en la medida en que
han ido avanzando con calificaciones de suficiencia -salvo
en los estratos de mayor nivel sociocultural, que son los
que cuentan con mayores posibilidades de percibir el deterioro
en la formación recibida por sus hijos-. En función
de estas falsas señales, la población se desplaza
masivamente hacia los niveles superiores del sistema, que
empiezan a recibir una población estudiantil que carece
de los instrumentos indispensables para desempeñarse
en ella, decayendo la calidad general de la educación
superior.
La puesta en práctica
de evaluaciones nacionales de aprendizajes da mayor "transparencia"
al sistema educativo, haciendo "visible" para docentes,
alumnos y familias el vaciamiento de conocimientos en ciertos
sectores del sistema, en la medida en que todos los actores
contarían con señales y puntos de referencia
más claros. Permite, asimismo, transformar la demanda
por expansión en demanda por calidad.
4.3. El rol estratégico de un sistema nacional de
evaluación
Un sistema nacional de evaluación que proporciona en
forma periódica información comparable sobre
los aprendizajes alcanzados por los educandos en todo el país
-pero no sólo sobre los aprendizajes sino, además,
acerca de las características socioculturales de la
población atendida y acerca del contexto institucional
en el que se desarrolla su escolarización, aspectos
estos sobre los que se profundizará más adelante
en el texto-, tiene los siguientes efectos en la mejora de
la gestión y la calidad de la enseñanza:
a) Aporta
a las instancias nacionales y jurisdiccionales de conducción
del sistema educativo una base de información imprescindible
como instrumento para el diseño de políticas
confiables de mejoramiento. Permite saber en qué medida
los aprendizajes considerados primordiales son logrados en
grado satisfactorio y cuáles es necesario reforzar.
Pero, sobre todo, permite identificar las áreas o conjuntos
de establecimientos que están atendiendo a la población
más desfavorecida y/o alcanzando los peores niveles
académicos y diseñar estrategias focalizadas
de intervención compensatoria, brindando a dichos establecimientos
mayores recursos, apoyo técnico-pedagógico,
material didáctico, etc. De esta manera es posible
evitar o atenuar los riesgos de la descentralización,
anteriormente explicados, evitando una excesiva segmentación
del sistema educativo nacional. Se cuenta, además,
con un instrumento sumamente útil para lograr una asignación
más equitativa y racional de los recursos.
b) La devolución
de información sobre el desempeño de los alumnos
tiene un papel clave para fortalecer la responsabilidad institucional
por los resultados de la gestión de las unidades escolares.
Cada centro de enseñanza puede saber en qué
situación se encuentran sus estudiantes en relación
al resto de los establecimientos de su zona y a los del resto
del país. A cada establecimiento le corresponde profundizar
en la investigación de las causas y explicaciones de
los resultados obtenidos, evaluando así su propia acción
educativa y definiendo las acciones o proyectos de mejoramiento
que se consideren pertinentes.
c) En el
mismo sentido, la devolución de la información
acerca de los resultados de los alumnos a los profesores y
maestros contribuye a mejorar el ejercicio profesional. Los
docentes pueden contar con mejor retroalimentación
sobre los resultados de su acción pedagógica
y estarían en mejores condiciones para ensayar nuevas
estrategias didácticas en procura de mejorar el aprendizaje
de los alumnos. Tienen, además, un valioso punto de
referencia para su evaluación del desempeño
individual de sus alumnos.
d) Un papel
no menos trascendente en la mejora de la gestión y
la calidad del sistema educativo radica en la entrega de la
información a las familias de los estudiantes y a la
sociedad en su conjunto. Ello permite elevar considerablemente
las posibilidades de participación de las familias,
incrementar su capacidad de control del desempeño del
sistema y efectivizar una demanda más activa respecto
a la calidad de la formación que se brinda a sus hijos.
e) Finalmente,
la presentación de la información a la sociedad
en general, al sistema político y al mundo académico,
permite colocar el tema de la calidad de la educación
en el centro de la agenda social, propicia el debate sobre
las finalidades sociales esenciales atribuidas al sistema
educativo y facilita la construcción de los consensos
sociales indispensables para sostener un proceso de mejoramiento
de la calidad del sistema educativo en el largo plazo.
Nota
Declaración Mundial sobre Educación para Todos,
artículo 4º; Jomtien, Tailandia, 1990.
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