|
Comenzó a fines de diciembre del año
1984 con un crédito fabuloso que el Banco Central entregó
a los grandes agricultores cruceños que bloqueaban carreteras.
Los 50 millones de dólares concedidos en pesos bolivianos
fueron convertidos en dólares haciendo subir el precio
de esta moneda en el 100 por ciento en el mes de enero. A mediados
de 1985 la situación era incontrolable y el gobierno tuvo
que renunciar.
Posteriormente, se decidió desarticular lo que con tanto
esfuerzo había construido Bolivia para promover el crecimiento.
Las minas estatales fueron cerradas generando una pérdida
de cientos de millones de dólares en capital fijo. Se decidió
quitar todo el poco de apoyo que había para la agricultura
cerrando el Instituto Boliviano de Tecnología Agropecuaria
(IBTA), las estaciones de extensión agrícola, el
Banco Agrícola y se redujo la función del Ministerio
de Agricultura a la de una mera oficina de estudios técnicos.
Se demolió con empeño aquella gran idea de la incubadora
de empresas industriales representada por la Corporación
Boliviana de Fomento y se liquidó sus plantas a precio
de gallina muerta. Más tarde, se decidió enajenar
los yacimientos de hidrocarburos y sus plantas de procesamiento
industrial. Se liquidó el sistema nacional de transporte
por ferrocarril y aéreo. Se enajenó la empresa nacional
de telecomunicaciones. Se desmanteló el sistema financiero
con el cierre del Banco del Estado, minero, de la vivienda y el
quiebre de 7 bancos privados. Se desmontó el sistema nacional
de estudio y toma de decisiones del gasto público articulado
en torno al Ministerio de Planificación y a las Corporaciones
Departamentales de Desarrollo, habiendo sido reemplazado por un
sistema municipal fragmentado e ineficiente. Se abrieron totalmente
las fronteras, dando lugar a importaciones masivas de todos tipo
de productos sin buscar acuerdos de reciprocidad con otros países.
Se destruyó el sistema de pensiones solidario dejando un
déficit de 500 millones de dólares para cada uno
de los 30 años que vienen. Al tener un país que
no produce, los jóvenes tienden a abandonar Bolivia, haciendo
imposible la renovación generacional en las ciencias o
en la política. Se eliminó el principio de la solidaridad,
base de cualquier organización social, para reemplazarlo
por el principio de la competitividad. Con ello desapareció
la enseñanza de las ciencias sociales en la educación
secundaria, particularmente, de la filosofía y de la ética.
¿Cuántos años más seguiremos destruyendo
nuestro país?
El aparato productivo de Bolivia está más destruido
que el de Irak después de la guerra. Con el nuevo gobierno
en octubre pasado, nació una esperanza de cambio. Todavía
no hay razón de sentir frustración, pero hay impaciencia.
Todos los que sentimos que esta Patria es y seguirá siendo
nuestra, desearíamos que todos nuestros compatriotas, desde
los que están arriba hasta los que están abajo,
nos empeñemos en reconstruir aquello que se destruyó:
el apoyo a la producción, nuestras riquezas, los principios
morales que deben guiar el quehacer social y político.
Pero, no estamos por el buen camino. Las buenas intenciones del
Poder Ejecutivo se están enfrentando a posiciones de incomprensión
y mezquindad. Los parlamentarios están nuevamente haciendo
brillo de su incompetencia para comprender la difícil situación
nacional. Lo mismo puede decirse de los alcaldes, de los dirigentes
cívicos, e incluso, de las autoridades universitarias.
Pero, el Poder Ejecutivo tampoco está actuando a la altura
de los acontecimientos. Urge su recomposición, no en el
sentido en que los políticos afanosamente están
buscando, perforado, pero si en el sentido de darle mayor eficiencia
técnica y mayor concordancia con la necesidad de resolver
el problema de la producción y el empleo. Para el pueblo
es muy difícil entender cómo los que fueron actores
o cómplices de la destrucción nacional de los 20
últimos años campean con arrogancia sus esqueletos
en los diferentes órganos de gobierno, desde el Ejecutivo,
pasando por el Parlamento, llegando a los municipios y organizaciones
sindicales y cívicas. Si continuamos así, seguiremos
destruyendo el país por 20 años más, hasta
que no quede nada de él. Queda a preguntarse si el pueblo
lo permitirá. ¿Se dará un nuevo octubre para
corregir esta situación?, o ¿tendremos la capacidad
de hacer los cambios que el país requiere como gente civilizada,
en paz, consenso y armonía?.
*Rolando Morales Anaya. Doctor
en Econometría por la Universidad de Ginebra. Docente del
Programa Andino de Derechos Humanos en Bolivia.
Descargar
archivo PDF
|