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Bolivia y la violación de los derechos humanos

Ramiro Huanca*


Si pensáramos las raíces históricas de la dignidad, el momento en que ésta se convirtió en ideología de la modernidad, seguramente tendríamos que pensar en el itinerario del discurso de los Derechos Humanos. Pero de la utopía fantasmal, de su creencia subliminal a los hechos, todo lo que se proclama parece que es una aporía del ser. La desgarradura interior de la impotencia frente a la violación de los derechos humanos es como un cuchillo caliente que se interna en la piel sonrosada del cuerpo social, y lo que se dice de los derechos de los Derechos Humanos es posible descreer, si contamos las violencias encubiertas, las muertes y masacres en el mundo. Parece que vivimos el abandono sostenido de la patria trascendental de los derechos humanos, pues los que más los predican, más los vulneran, en abierta o secreta lucha con la palabra dicha, pero en los actos desdicha.

Si el movimiento indígena del Ecuador, durante el periodo que fue gobierno con Lucio Gutiérrez, tuvo tantas críticas, éstas deben ser sopesadas en función a los valores dignidad y soberanía de un país frente a las imposiciones externas, por lo menos en la negativa de otorgar inmunidad a soldados norteamericanos. En su momento, la iniciativa de Nina Pacari, de negar tal posibilidad de acuerdo, constituyó una posición elemental de los derechos humanos, como es el juzgamiento penal de cualquier persona o estado que viole los derechos Humanos. Fue la palabra dicha, convertida en acto respecto a los derechos humanos.

En Bolivia ocurre lo contrario. En medio de una crisis social económica, y política, y tras una serie de movimientos sociales de diversos sectores en contra de la política de Carlos Mesa, el senado boliviano aprobó una ley que atenta contra los derechos humanos: la ley que aprueba la inmunidad a soldados y ciudadanos norteamericanos.

Los argumentos de apoyo a esa decisión camaral, se sostienen en la ayuda que EE.UU, daría a las FF.AA. por un monto de 8 millones de dólares. Paradójicamente, la ayuda va precisamente a las Fuerzas Armadas, sin tomar en cuenta la sensibilidad social que en este momento pasa por un sentimiento de impotencia frente a la impunidad de los más de 90 muertos de febrero y octubre de 2003, y que aún existe una percepción de sospecha sobre la institución armada, precisamente porque en instancias internas de su legislación los militares involucrados fueron absueltos.

El problema, claro, no es que sean culpables los cuatro militares involucrados, sino que se sancione a quien sea culpable por la violación a los derechos humanos.
Políticamente, la aprobación de la resolución de inmunidad no se la hace sólo en contexto político adverso a la transparencia y al debate, sino que se hace vulnerando los más elementales valores de la convivencia social. Un ejemplo de ello es la declaración del MIR, partido cuyo jefe, Jaime Paz Zamora, fue acusado de vínculos con el narcotráfico. La declaración enfatizaba ser más reales antes que ideales, es decir, que el pueblo boliviano no comía dignidad: ": la dignidad no se come".

Esta argumentación, junto a las declaraciones conjuntas de varios políticos de los partidos tradicionales, confirmaban no una convicción, ni siquiera una necesidad, sino la certeza de que el país es vulnerable precisamente porque se reproduce la vieja lógica de ser fieles servidores de intereses externos, y lo que Anibal Quijano describiría como la dependencia estructural, diríamos que ahora en Bolivia se vive la dependencia ética y moral.

Otro de los elementos que se soslaya es la demanda social boliviana, en su gran mayoría, por la recuperación de sus hidrocarburos de manos de las empresas transnacionales, y que en este momento viene siendo bandera de lucha de sectores sociales que, pese a la muestra de un debilitamiento de convocatoria social, no deja de ser significativa pues la sede de gobierno viene siendo convulsionada políticamente.

En la realidad, el acuerdo de immunidad, da lugar a que las fuerzas militares tengan carta libre para violar los Derechos Humanos y no sean sancionados en la Corte Penal Internacional. Con esta medida, y tras muchos antecedentes que EE.UU. tiene en Bolivia respecto a las constantes intervenciones políticas y condescendencias con políticos tradicionales, los sectores sociales como la COB, la COR del El Alto, la CSUTCB del dirigente indígena Felipe Quispe el Mallku, han sumado a su bandera de lucha la demanda de la anulación de la inmunidad como una cuestión de soberanía ligada a la soberanía de los hidrocarburos.

Desde hace poco menos de un mes Bolivia vive momentos de convulsión social pasiva, pero que tiende a radicalizarse precisamente por la política errada de países que dicen defender los Derechos Humanos cuando en verdad son los primeros en querer vulnerarlos o de políticos que pregonan la soberanía pero que la pisotean en el momento de defender intereses ajenos.

Desde cualquier punto de vista, la posibilidad de un juzgamiento en la Corte Penal Internacional no tiene que tener privilegios para nadie. O la justicia es universal o el discurso de la paz y armonía entre pueblos debe enterrarse. No es posible asumir la lógica del veneno y el alimento, como diría Octavio Paz, al referirse al cumplimiento de los principios de la justicia, derechos y la convivencia entre pueblos, cuando en verdad se los enarbola pisoteándolos.

 

*Ramiro Huanca. Licenciado en Literatura por la Universidad Mayor de San Andrés. Magíster en Estudios de la Cultura, mención Políticas Culturales por la Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador. Autogestionario de los derechos humanos.

 

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