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El desplazamiento constituye una violación múltiple
de los derechos humanos. Las consecuencias que acarrea no son
sólo demográficas, económicas o políticas
sino que, debido a una serie de eventos violentos que existen
antes, durante y después del desplazamiento, las personas
son afectadas en su dignidad, su identidad y, por lo tanto, en
su bienestar emocional.
Los desplazados hombres, jóvenes, mujeres, ancianos y
niños han sido vulnerados en sus derechos: su integridad
física y emocional ha sido violentada a través de
distintos mecanismos, todos ellos empleados con el propósito
de generar miedo y terror y, en últimas, obligar al sometimiento
o al desplazamiento. Quienes se desplazan lo hacen porque sienten
que su vida o la de sus familiares peligra; desplazarse es, por
¡o tanto, una estrategia de salvaguarda y de conservación
de la vida y de ¡a unidad familiar.
Antes del desplazamiento las personas enfrentan situaciones violentas,
degradantes y humillantes en medio de la desprotección
y el desamparo que generan sentimientos de miedo, terror, impotencia
y ansiedad. En la mayoría de los casos estas situaciones
obligan a tomar la decisión de salir y convierten a los
pobladores en despojados y desarraigados. Por las circunstancias
en que se producen, tanto hechos como sentimientos, éstos
no pueden ser expresados, socializados ni elaborados fácilmente.
Sin embargo, el malestar emocional (1)
de las personas desplazadas no es sólo producto de los
hechos que obligaron a la salida sino de las múltiples
pérdidas y de la falta de elaboración de sus respectivos
duelos. A las situaciones y sentimientos ya descritos se suma
la presión generada por los múltiples cambios que
se ven obligados a enfrentar de manera intempestiva e indeseada,
durante el proceso de ubicación e inserción en los
nuevos contextos de llegada.
Las personas en situación de desplazamiento, ya sea individual,
familiar o colectivo, se ven obligadas a perder y abandonar no
sólo pertenencias y propiedades (territorios geográficos),
sino relaciones y afectos construidos históricamente con
el entorno, expresados en las maneras propias de vivir y sentir
la región, y con los vecinos y familiares (territorios
de vida); es decir, el desplazamiento destruye, además,
comunidades (identidades colectivas) en tanto desestructura mundos
sociales y simbólicos y provoca la ruptura de aquello que
se podría denominar, en palabras de Berger y Luckman (2),
"lo dado por supuesto" (1997, p. 79), creencias, valores,
prácticas, formas y estilos de vida.
La experiencia vital de grupos e individuos es abruptamente alterada,
sufriendo transformaciones en la identidad colectiva e individual,
esto es, en "la representación que tienen los agentes
(individuos o grupos) de su posición en el espacio social
y de sus relaciones con otros agentes (individuos o grupos) que
ocupan la misma posición o posiciones diferenciadas en
el mismo espacio" (Giménez, 1994, p. 261)
La imagen que de si mismos han construido históricamente
las personas víctimas del desplazamiento (individual y
colectivo) y que les ha permitido diferenciarse
o distinguirse de otros y, al mismo tiempo, ser reconocidos
por otros, es desestructurada y reconstruida a la luz de las nuevas
realidades y posiciones sociales que están obligados a
asumir.
Analizar este proceso implica, de un lado, identificar las condiciones
particulares de inserción en los espacios específicos
de reubicación, pequeñas y grandes ciudades, de
acuerdo con las nuevas exigencias de acomodación en estos
contextos y, por el otro lado, identificar los procesos particulares
de confrontación que en torno a la identidad deben asumir
¡as familias y las comunidades desplazadas para enfrentar
¡a condición que desencadena este hecho de violencia.
1. Las exigencias de acomodación de los desplazados
en los nuevos lugares de reubicación
Los desplazamientos individuales y familiares constituyen la
modalidad más usual de desplazamiento (3),
siendo inevitable en estos casos que se dé un proceso de
destrucción de las comunidades y de sus identidades colectivas,
por efecto de la fragmentación y desintegración
de sus miembros. El desplazamiento implica un costo social y cultural
por cuanto al obligar a los miembros de una comunidad a emprender
rumbos distintos de manera individual y fragmentada se rompen
las relaciones, destruyéndose no sólo sistemas de
producción agrícola sino también de producción
social y cultural.
1.1. Del entorno rural al entorno urbano (4)
Si se tiene en cuenta que un 48% de ¡os desplazados eran
pequeños propietarios, que un 43% carecían de propiedades
(CODHES, 1997) y que en muchos casos debieron abandonar sus pocas
pertenencias o venderlas a precios irrisorios, no es de extrañar
que queden obligados a insertarse en la ciudad en condiciones
de absoluta pobreza.
La población desplazada sólo puede ingresar a los
barrios que hacen parte de los llamados cinturones de miseria
o barrios subnormales, sectores donde el mercado de tierras es
aún de relativo fácil acceso, gracias a la ausencia
de controles estatales en su uso y regulación y a sus bajos
precios, en comparación con otros sectores. Esta situación
se presenta debido a las condiciones de alto riesgo de los terrenos
(antiguas canteras al borde de deslizamientos, bordes de humedales,
terrenos erosionados, etc.), a su condición de ilegalidad
y, en consecuencia, a la carencia de un equipamiento urbano mínimo.
Las familias desplazadas pasan así de zonas rurales a
hacinamientos urbanos, de relaciones de vecinos conocidos por
años a relaciones con habitantes extraños y anónimos.
Provenientes de comunidades por lo general caracterizadas por
relaciones tradicionales, se enfrentan a los determinantes de
una ciudad moderna en donde el mapa de lo sacralizado se ha modificado.
Su vida debe transcurrir ahora en los barrios populares, mucho
más heterogéneos y complejos que la vereda o el
pueblo, lugares que reúnen en un pequeño terreno
a una gran variedad de personas de distintas regiones, climas
y costumbres cuyo denominador común es la pobreza.
Esta población construye urbe al lado de los afectados
por la situación de pobreza del país. Las particularidades
de sus historias, signadas por las situaciones de violencia que
vivieron y siguen viviendo, los obliga a asumir ciertos estilos
y formas de vida que entran a hacer parte y a incidir en las características
sociales de los lugares que habitan.
Los barrios a los que llegan los desplazados ofrecen características
diferenciadas, no sólo en ¡o relativo a su proceso
de desarrollo infraestructural, sino al tiempo de formación
y a las dinámicas particulares que se han ido configurando.
Estas diferencias son significativas en la forma como se relacionan
con los demás pobladores y en la manera como inciden en
la vida del barrio.
1.2. De comunidad tradicional a comunidad moderna
La población desplazada por la violencia es, en su gran
mayoría, de procedencia campesina, perteneciente por tanto
a las llamadas culturas tradicionales, caracterizadas por "su
vinculación a una comunidad local, su naturaleza prevalentemente
consensual y comunitaria, su fuerte coeficiente religioso y su
invariable referencia a una tradición o memoria colectiva"
(Giménez,1995, p. 261).
A pesar de la diversidad de lugares de procedencia es común
denominador encontrar en los testimonios de los desplazados una
fuerte relación con la tierra, la evocación permanente
del río, la montaña y los animales, los cuales han
hecho parte de su forma de vida, no sólo por haber sido
la fuente permanente y siempre dispuesta para la subsistencia,
sino ¡a base del trabajo que les ha permitido ganar el reconocimiento
como personas capaces de tener independencia y de responder por
sí mismas. Es el conocimiento y la capacidad para trabajar
la tierra lo que les permite convertir-se en un "hombre de
bien", por cuanto de ello depende, en gran medida, la posibilidad
de tener una familia y responder por ella.
Las relaciones establecidas en el interior de sus comunidades
son muy estrechas debido a los vínculos familiares que
las caracterizan (los vecinos son al mismo tiempo primos, cuñados,
tíos, etc.) y a la permanencia por años que los
convierte a todos en conocidos, generando lazos de confianza y
solidaridad. Se puede decir que en la pequeña comunidad
campesina "se sabe quién es quién".
A pesar del aparente aislamiento en que viven las familias debido
a las distancias, existe una red de relaciones muy fuerte construida
alrededor de la organización para la producción
(arrendamiento de tierras, préstamo de mano de obra, mingas,
etc.), la distribución y el consumo de productos.
Existen, además, mecanismos de intercambio como el trueque
o el fiado, o de contratación como jornaleros, que validan
los acuerdos de palabra, lo que supone que cada miembro de la
comunidad goza de una "identidad social"
en tanto es reconocido por ¡os otros (quienes le atribuyen
roles y características) y de una identidad personal,
que implica que el individuo se diferencia de los demás
y "sabe qué esperan o suponen de él, los otros"(5),
y en consecuencia cómo actuar.
La ciudad, sitio de llegada de quienes se han desplazado individual
y familiarmente, se identifica comúnmente con la llamada
"cultura moderna", caracterizada, según Giménez,
por la deslocalización, es decir, la desvinculación
de todo espacio particular y determinado por efecto de la movilidad
geográfica (se nace, se vive, se trabaja y se muere en
lugares diferentes), su orientación profundamente individualista
y ya no comunitaria y la fragmentación y pluralización
referidas a la multiplicación de los referentes simbólicos
y, más aún, a la falta de integración recíproca,
lo que da por resultado un panorama cultural fragmentado y descentrado
(1995, p. 262).
Las identidades propias de la llamada "cultura moderna"
serán "necesariamente deslocalizadas, inestables y
principalmente individualistas" (1995, p.263). En consecuencia,
las comunidades campesinas que ingresan a la ciudad enfrentarán
conflictos, choques, destrucciones y reconstrucciones, tanto en
el plano de la identidad individual como colectiva. Sin embargo,
es necesario precisar que los barrios populares a los que llegan
la mayoría de los desplazados se constituyen en espacios
"híbridos", pues han sido construidos por campesinos
y a pesar de estar en las ciudades expresan características
propias de la vida rural, que conviven con las dinámicas
propias de la vida moderna.
1.3. El deterioro de la calidad de vida
Hambre y hacinamiento
El cambio del campo a la ciudad significa desmejorar dramáticamente
sus condiciones de vida; aun cuando la mayoría provienen
de zonas caracterizados por la pobreza y carencia de los bienes
y servicios deseables, en sus pueblos contaban con dos aspectos
importantes: el alimento y el espacio. Estas dos condiciones se
pierden en la ciudad, donde son condenados al hacinamiento y el
hambre.
El hacinamiento no sólo representa incomodidad, significa
también pérdida de privacidad, conflicto por el
uso del espacio y, en muchos casos, en palabras de Castillejo
(2000), convertir "a los otros semejantes en los otros próximos".
lo cual genera conflictos y deteriora relaciones. Para sobrevivir
en la ciudad muchas familias se ven obligadas a vivir con familiares
o vecinos, lo cual crea continuos enfrentamientos por los estilos
de crianza, por el ejercicio del control y el castigo.
El encierro en la ciudad se acentúa por los temores de
las familias frente a las nuevas amenazas: robos, violaciones,
sectas satánicas. En especial se infunde en los niños
el miedo a la ciudad y la aceptación del encierro.
El carecer de techo aumenta la sensación de inseguridad
e incertidumbre; el estar "arrimado" limita la autonomía
y la independencia. De otro lado, los continuos cambios de domicilio
impiden la construcción de relaciones estables con los
vecinos y, por lo tanto, las posibilidades de construcción
de un sentido de pertenencia hacia el nuevo lugar.
Al hacinamiento y la inestabilidad en la vivienda, se suma el
hambre, situación desconocida para las personas provenientes
del campo que se ven despojadas de la posibilidad de alcanzar
el alimento de la planta y que se escandalizan porque el agua
se venda. Dadas las condiciones de vida de estas familias, la
ciudad es también sinónimo de frío, de barro,
de climas y olores hostiles.
La carencia de trabajos dignos y estables
Dada "la enorme importancia del trabajo como factor organizador
y estabilizador de la vida psíquica, especialmente si es
un trabajo para el cual el sujeto tiene habilidad y del que obtiene
satisfacción" (Grinberg,1984), es importante destacar
que la dificultad de los desplazados para encontrar trabajos estables
y que respondan a sus habilidades y conocimientos contribuye a
agudizar sus problemas emocionales. [a falta de trabajo no sólo
los pone en condición de dependencia (vivir de la caridad
pública o de lo que brindan los programas asistenciales),
sino que les impide encontrar "un sitio" en el nuevo
lugar. Si bien, para la gran mayoría fue el trabajo el
que les permitió ganar independencia y reconocimiento en
el pasado, la cesantía los coloca hoy en una situación
de "no hacer", que deteriora su autoimagen y hace eco
a los señalamientos de "perezosos, holgazanes y vividores
La sobrevivencia obliga al desempeño de oficios nuevos
en condiciones de sobreexplotación y de gran inestabilidad.
[os regímenes contractuales y legales presentan una dimensión
ajena a los parámetros de relación laboral propios
de los migrantes, sus representaciones del mundo en este campo
no necesariamente corresponden al régimen civil de la ciudad.
Para muchos campesinos, por ejemplo, las relaciones productivas
que se establecían estaban atravesadas por las relaciones
de compadrazgo o de familiaridad, lo cual determinaba no sólo
ritmos distintos en el trabajo, sino una apropiación en
el hacer distinta, influenciada por el afecto y el conocimiento;
era usual empezar a trabajar sin contrato pues era válido
el "contrato de palabra".
Las condiciones que dificultan la satisfacción de las
necesidades humanas de las familias desplazadas trastocan, de
igual forma, la imagen y proyección que tradicionalmente
habían construido sobre sí mismas en los lugares
de procedencia, donde el quehacer diario familiar entrelazaba
interdependientemente los ámbitos productivos y reproductivos,
lo que convertía a este espacio en el eje principal de
las relaciones de afecto, solidaridad, apoyo y producción.
El nuevo contexto exige como estrategia de superviviencia todo
lo contrario: que todos y cada uno de los miembros de la familia
se muevan en espacios y labores diferentes; de esta manera el
plan que la familia había construido articulando a cada
uno de sus miembros en un único proyecto de vida en torno
a lo productivo y lo reproductivo, se modifica; ahora cada uno
de los miembros, enfrentado al amplio abanico de opciones que
ofrece el contexto, reconstruye su proyecto de vida de acuerdo
con el nuevo relato que desea construir sobre sí mismo,
lo cual no implica necesariamente estar en estrecha articulación
con los proyectos de vida de los demás miembros de la familia.
Inmersos en un contexto marginal de la ciudad que presupone en
muchas de las ocasiones hostilidad de los terrenos, agresividad
del urbanizador clandestino o del vecino, el difícil acceso
a los servicios básicos, a un trabajo digno y estable y,
en últimas, dificultades para la sobrevivencia, exigen
cambios drásticos que, unidos a las situaciones de miedo,
tensión, dolor y pérdida que obligaron el desplazamiento,
al presionar de manera contundente a la familia reviven culpas
(6) y agudizan conflictos.
1.4. Nuevos roles, nuevos estatutos, nuevas relaciones
de poder
En el campo, la distribución de roles para mujeres, niños,
adultos y ancianos está claramente establecida y delimitada,
al igual que los comportamientos frente al trabajo, la sexualidad
y la religión, pues, tal y como lo afirman Berger y Luckman
(1997), una de las características de las comunidades tradicionales
es la limitada oferta de modelos y opciones para el comportamiento.
[as identidades propias de estas culturas "serán identidades
preponderantemente colectivas, sólidamente territorializadas,
bien cimentadas por una solidaridad comunitaria".
La ciudad plantea exigencias hasta ahora desconocidas, los oficios
aprendidos y desempeñados poco o nada sirven en este nuevo
contexto. El espacio y el tiempo se modifican de forma radical
pues, como dice una mujer desplazada, "en el campo nunca
había tenido vecinos tan cerquita, ni el tiempo corría
tan rápido". En el nuevo lugar los hábitos,
las costumbres y hasta las creencias entran en conflicto.
1.5. Nuevo entorno: nuevas relaciones de vecindad
"El vínculo social del sentimiento de identidad es
el más manifiestamente afectado por la migración,
ya que justamente los mayores cambios ocurren en relación
con el entorno. Y en el entorno todo es nuevo, todo es desconocido,
y para ese entorno el su jeto es 'un desconocido"' (Grinberg,
1984). El desconocimiento del entorno alude además a la
dificultad que se tiene para moverse en la ciudad, para reconocer
las instituciones y la red de servicios urbanos y sus mecanismos
de acceso.
Entre lo perdido, lo nuevo y lo desconocido, y en medio de un
proceso de permanente confrontación, tiene lugar un difícil
y doloroso proceso de replanteamiento de la identidad del individuo.
2. Quién era y quién soy: la reconstrucción
del pasado y del presente
"La identidad es lo que puedes decir de lo que eres
considerando lo que ellos dicen que puedes ser". (7)
La salida abrupta y el ingreso a contextos distintos y ajenos
provocan una serie de transformaciones en la identidad de los
desplazados puesto que sus rutinas, sus pertenencias, sus señales
distintivas y sus relaciones deben modificarse en virtud de su
nueva situación, lo que altera significativamente la realidad
objetiva y la subjetiva del individuo.
La identidad es un proceso (no un estado ni una esencia) de elaboración
subjetiva que permite que cada individuo construya una versión
o versiones de sí mismo (que define roles y atributos)
a partir de la relación con los otros, quienes, a su vez,
dicen y otorgan. Es, por lo tanto, un "sentimiento que se
desarrolla basado en los vínculos con otros" (Grinberg,
1984). La identidad es "una forma de estar en el mundo, más
que un objeto que se tiene o no se tiene, es una respuesta relacional
a un encuentro" (Castillejo, 2000), y se expresa, construye
y reconstruye mediante narrativas.
El desplazamiento forzado, en tanto evento desencadenante de
transformaciones radicales debidas a los cambios abruptos de contextos,
haceres y decires, pone a prueba la capacidad del individuo para
"seguir sintiéndose el mismo y mantenerse estable"
(Grinberg, 1 984). En este sentido, y dependiendo del "material"
del que cada sujeto dispone y del tipo de situaciones que enfrente,
puede producir inseguridad, incertidumbre, confusión y,
por lo mismo, el deterioro del sentimiento de identidad o, por
el contrario, puede propiciar una revisión crítica
de la experiencia vital, un reposicionamiento social y, en consecuencia,
permitir la revaloración de sí mismo.
Así como son diversos los eventos que desencadenan el
desplazamiento, la heterogeneidad de las comunidades de procedencia,
la diversidad de individuos afectados y los contextos y condiciones
de llegada, lo son también las reacciones y las posibilidades
de afectación o elaboración positiva de esta situación.
Sin embargo, dado que la biografía que construye cada
sujeto es fruto de un proceso histórico de interacción
con otros, que "se completa indefinidamente en los distintos
contextos relacionalmente significativos (redes familiares, comunitarias
e institucionales) a lo largo de la vida" (Linares, 1996),
y que para mantenerla y reactualizarla coherentemente requiere
de estructuras de plausibilidad específicas, de la base
social y de los procesos sociales, es necesario, entonces, analizar
las transformaciones e impactos sobre los contextos significativos
para los individuos y las condiciones que ofrece el nuevo entorno
a fin de constatar dicha plausibilidad.
2.1. Las transformaciones e impactos del desplazamiento
sobre la familia
Los cambios y el grado de afectación de las familias son
diferentes si éstas se ha desintegrado por la desaparición
de uno de sus miembros o si se desplaza con todos sus integrantes.
Según señala CODHES (1997), el 53 0/o de los desplazados
son mujeres y el 54 % niños y niñas menores de 18
años; estas cifras se deben a la desaparición o
ausencia de los hombres, quienes son casi siempre las víctimas
del asesinato y las amenazas. Es decir, la gran mayoría
de familias desplazadas son familias incompletas en las que la
mujer responde como cabeza de familia.
Las mujeres, convertidas en jefes de hogar, deben asumir la manutención
y crianza de sus hijos por lo que se ven obligadas a desempeñar
algún oficio para la generación de ingresos. Esta
situación trastorna de manera radical su cotidianidad,
entre otras razones, porque deben salir de sus hogares y ausentarse
por largas horas.
Las transformaciones en la vida de la mujer implican cambios
para sus hijos e hijas pues son éstos, especialmente entre
los 8 y 14 años, quienes deben asumir el papel de padres
y madres: preparan los alimentos, cuidan a los más pequeños,
recogen y cargan agua y, en general, responden por el funcionamiento
de la casa en ausencia de sus madres. Los hijos e hijas adolescentes,
cuando los hay, empiezan a insertarse rápidamente en las
dinámicas del rebusque, la sobrevivencia y la cotidianidad
urbana.
Al dolor que significa la pérdida de un miembro del hogar
y la ausencia de otros familiares, al miedo y al silencio obligado
que por seguridad deben mantener los desplazados para no seguir
siendo objeto de señalamientos y amenazas, la familia desintegrada
debe sumar todas las dificultades que significa ingresar al ambiente
urbano y enfrentar la subsistencia. La urgencia de las necesidades
económicas parece no dejar tiempo ni espacio para afrontar
la grave situación emocional por la que atraviesan todos
los miembros de la familia, al punto que el conflicto permanece
invisible y oculto, no se expresa como problema.
En las familias que se desplazan con todos sus miembros suelen
presentar-se dificultades relacionadas con los roles y los procesos
de socialización e identidad. Hombres y mujeres deben laborar
en actividades nuevas; en muchos casos la ciudad ofrece más
posibilidades de trabajo para las mujeres que para los hombres,
quienes, en ocasiones, deben quedarse en casa y realizar las labores
"propias de las mujeres".
Aun cuando en algunos casos el .hombre siga siendo el proveedor
y jefe del hogar, la vida del barrio ofrece a las mujeres posibilidades
hasta entonces desconocidas: el contacto permanente con vecinos
de otros lugares, el obligado desplazamiento por las nuevas necesidades
que demanda la gestión doméstica y la apertura abrupta
a lo público y a las nuevas formas de sociabilidad propias
de la ciudad. Estos cambios generan en ellas un sentimiento nuevo
de reconocimiento que resulta atractivo en medio de lo difícil
de la situación familiar.
Si bien es cierto que las rápidas transformaciones económicas
han incidido y presionado cambios vertiginosos en todas las familias,
tanto urbanas como rurales, éstos afectan de manera particular
a las familias desplazadas, si se tiene en cuenta que por ser
súbitos no dan lugar a procesos de adaptación, la
familia se ve obligada a dejar de repente no sólo sus propiedades
sino vecinos, amigos, familiares y ambientes. La particularidad
del conflicto que viven las familias desplazadas está claramente
relacionada con la pérdida brusca de sus "proyectos
de vida".
En la dinámica de las familias desplazadas incide una
serie de factores y problemáticas que podrían sintetizarse
de la siguiente manera:
1. Los problemas emocionales que genera el desplazamiento en
cada uno de los miembros: el temor, el miedo, la pérdida.
El desplazado, tal como lo afirma (Castaño, 1 994), toma
decisiones "cuando ya ha invertido gran parte de sus recursos
psicológicos resistiendo la situación de violencia
que vive en su región. Ésta, por su intensidad,
quiebra su capacidad de respuesta, lo que en efecto ocurre cuando
las amenazas contra la vida propia o la de la familia son el preludio
real de muerte, cuando se ha sobrevivido a una masacre o cuando
ha sido asesinado o desaparecido un familiar o un allegado. Estos
y otros hechos producen en las víctimas, que posteriormente
se ven obligadas a desplazarse, un severo impacto emocional, el
cual por lo general no es asimilado y elaborado suficientemente
en esos momentos por el aparato psicológico del afectado".
2. Las parejas son afectadas por los cambios de roles que una
y otro deben asumir. Las relaciones de poder existentes, aceptadas
o no, se trastocan por el estatus que adquiere en el hogar quien
ocupa el papel de proveedor o quien expresa mayor fortaleza. Los
tradicionales esquemas de poder y autoridad se alteran recomponiendo
órdenes de jerarquía y redistribuyendo, en muchos
casos, los roles. Los nuevos contextos condicionan y enmarcan
la acción de la pareja redefiniendo los lazos y renegociando
no sólo las identidades, sino las posibilidades identificatorias
que propone la ciudad.
3. Las relaciones de los padres con los hijos también
se conflictúan. En los casos de los hijos adolescentes,
los padres expresan la sensación de "habérseles
salido de las manos", debido a que en la ciudad los jóvenes
parecen sentirse más a gusto que sus padres y porque ya
no es posible controlar "con quién o en dónde
andan". Los hijos adolescentes, según lo expresa un
padre desplazado, "le pierden el respeto a uno, porque ven
que aquí uno no es nadie y no sirve para nada".
Es necesario advertir que si bien todos los miembros de la familia
sufren transformaciones e impactos, lo cual acentúa la
conftictividad en la familia, lo sufren de manera diferente, teniendo
en cuenta las particularidades del género y de la generación.
Tanto los eventos previos, como el desplazamiento mismo generan
una serie de impactos sobre la familia, que pueden caracterizarse
de la siguiente manera:
l La fragmentación
de la familia
Se puede producir antes o después del desplazamiento;
antes por el asesinato, secuestro o reclutamiento de alguno de
sus miembros y después por las modalidades del desplazamiento:
repartición de los hijos en diversos hogares de familiares
o amigos cercanos, distintos momentos de la salida (huyen en primer
lugar los hijos, o éstos en compañía de su
madre, o salida inicial del padre, etc.) o salida incompleta (en
algunos casos los adultos mayores se niegan a salir de sus lugares
de origen).
l La recomposición
de las familias
Para enfrentar el desplazamiento muchas familias se ven abocadas
a juntar núcleos familiares y a acoger a parientes cercanos
como mecanismo de supervivencia en la ciudad, lo cual amplía
el número de miembros del hogar y transforma la comunicación
y las relaciones.
La familia, única red y espacio de apoyo con la que cuentan
los desplazados, sufre serios traumatismos provocados por la imposición
y adopción de nuevas formas y pautas de crianza que alteran
los procesos de socialización, por la renegociación
en momentos de crisis de roles y estatus y, obviamente, por las
limitaciones y trabas con que tropiezan en el orden económico
y social para cumplir con sus funciones tradicionales.
Sin embargo, la manera como cada familia enfrenta dichas transformaciones
y, en consecuencia, el grado de afectación, dependerá
de sus características previas: "Los vínculos
de pareja o familia sólidos y estables ayudarán
a afrontar y tolerar, en mejores condiciones, los avatares de
las experiencias de cambio y elaborar los duelos respectivos.
Si, por el contrario, estos vínculos son muy conflictivos,
la situación de migración agudizará los conflictos
y será el disparador de rupturas matrimoniales o de problemas
entre padres e hijos" (Grinberg, 1 984).
Los cambios y presiones que recaen sobre la familia afectarán
diferencialmente a cada uno de sus miembros dependiendo de su
edad, del género y de su capacidad para adaptarse al cambio.
Los roles, posiciones y, por la tanto, la imagen de cada uno de
los miembros en la familia, pueden cambiar; algunos sienten que
pierden autoridad y reconocimiento; otros, por el contrario, consideran
que su lugar es revalorado. Dado que en el nuevo escenario las
actividades y comportamientos considerados propios del ser hombre
o ser mujer, del ser joven, niño o niña cambian,
se amplían o reducen, los papeles tradicionalmente otorgados
resultan también modificados afectando negativa o positivamente
según sea el caso.
Las múltiples posibilidades de relaciones y comportamientos
observados en la ciudad, es decir, "la presencia de mundos
discrepantes y definiciones contrastantes de la realidad"
(Berger y Luckman, 1987), ponen en entredicho y llevan a confrontar
lo que antes era incuestionable, como quién ejerce la autoridad,
cómo se castiga, en qué se trabaja, cómo
se relacionan hombres y mujeres, etc.
2.2. Impactos y transformaciones sobre las redes comunitarias
Es en la comunidad, entendida como un espacio físico y
simbólico, donde el individuo aprende y construye formas
particulares de relacionarse con el entorno, el tiempo y los otros;
es una construcción histórico-social que se expresa
en la existencia de costumbres, normas, pautas, proyectos e intereses
que definen el sentido de un "nos" afirmador y diferenciador.
La comunidad se materializa en la red vecinal cuyos rituales y
tipos de comunicación e intercambio expresan relaciones
de solidaridad y de conflicto. La red vecinal hace posible la
participación en dinámicas y proyectos que crean
sentido de pertenencia y la construcción de imágenes
y relatos que dan cuenta de quienes la constituyen.
La comunidad en tanto construcción social no es una existencia
a priori, resultante del compartir un espacio geográfico;
en tal sentido habrá comunidades cohesionadas, fragmentadas,
consolidadas o en procesos de formación, con fuerte o débil
capacidad sancionadora o de reconocimiento.
El desplazamiento, o más bien los eventos que lo provocan,
impactan a las comunidades por diversas razones:
a. Las comunidades son amenazadas por sus costumbres, credos,
filiaciones o posturas políticas; su existencia depende
de la transformación radical de los aspectos mencionados
o de la salida de sus miembros.
b. Sus líderes o figuras representativas son asesinados,
intimidados o amenazados, lo que genera en la comunidad sentimientos
de miedo y desprotección.
c. Sus espacios representativos y de encuentro (la escuela, el
parque, la iglesia, la tienda, etc.), por lo general, son los
escenarios de acciones
violentas, por lo cual quedan "marcados", de esta manera
se alteran sus usos y significados (8).
d. El orden establecido a nivel comunitario para regular las
relaciones que establecen los sujetos en las diferentes redes
de sociabilidad (compuestas por las relaciones de parentesco,
amistad y vecindad), de participación (compuesta por las
redes que posibilitan la organización comunitaria desde
lo político para la movilización de recursos, la
resolución de conflictos y la negociación con intermediarios)
y de producción (compuesta por las relaciones que posibilitan
la consecución diaria de recursos para la superviviencia),
son amenazadas, vigiladas y controladas por el actor o los actores
armados imperantes en las zonas, desconfigurando las relaciones
que consuetudinariamente se habían establecido a través
de la solidaridad, la confianza, la lealtad y la seguridad. En
este nuevo orden impuesto, la población pierde su autonomía,
su vida cotidiana está condicionada, se debe pedir permiso
al actor dominante o a los actores dominantes para actuar, la
posibilidad de diferir es impedida y se instituye como mecanismo
para el ejercicio del poder, la eliminación del otro física
y simbólicamente como interlocutor válido (9).
El tipo de comunidades afectadas y de eventos violentos generan
diversas respuestas. En algunos casos, cuando las relaciones de
sociabilidad que posibilitan una comunicación estrecha
no se encuentran tan viciadas por la presencia del actor armado,
la amenaza externa cohesiona aún más a las comunidades
y potencia su capacidad organizativa a pesar del éxodo
o de la permanencia en la zona. En otros casos, cuando la interdependencia
entre las diferentes redes que conforman la comunidad tiende a
ser más bien fragmentada y rígida, la confusión
ante lo intempestivo y dramático de los hechos genera desconfianza
y recriminaciones entre sus miembros que debilitan los lazos de
solidaridad y protección mutuos.
Los eventos violentos tienden a tener así un efecto más
demoledor en las comunidades débilmente cohesionadas pues
las respuestas ante los hechos suelen ser aisladas y desorganizadas,
de tal suerte que cada familia enfrenta la situación con
sus propios recursos. De otro lado, en este tipo de comunidades,
el conflicto permea la mayoría de relaciones a través
del rumor que genera desconfianza y culpabiliza a algunas de las
personas representativas de la comunidad, lo que dificulta las
salidas solidarias y colectivas.
Las repuestas de las comunidades dependerán también
de sus pautas culturales y de la significación particular
que den a los hechos lo cual está mediado por sus creencias
religiosas, sus opciones políticas y, además, el
conocimiento que se tenga para movilizar redes virtuales, es decir
redes externas a la comunidad que le posibilitan apoyo frente
a este tipo de eventos. El tipo y la calidad del apoyo que otorguen
estas redes externas, determina de igual forma la posibilidad
que se tenga para superar colectiva o individualmente la situación.
Las personas desplazadas abandonan su lugar (10),
pero no siempre sus relaciones comunitarias, tal es el caso de
los éxodos masivos, expresión de la resistencia
colectiva a la violencia. Sin embargo, la mayoría de desplazamientos
son de tipo familiar e individual lo que muestra la capacidad
de la violencia para destruir comunidades y fragmentar procesos
sociales. La salida familiar e individual niega las posibilidades
para la acción organizada y en consecuencia facilita la
acción y posicionamiento de los grupos armados.
Las familias que han sido desterritorializadas (11)
sufren un impacto múltiple, caracterizado por pérdidas
y transformaciones complejas, debido a la desestructuración
"de las diferentes redes de intercambio que configuran al
grupo" (Castillejo, 2000). En consecuencia:
a. Se rompe un tejido relacional particular definidor de códigos,
formas y maneras de ser y de estar.
b. Enfrentan la transformación abrupta de los referentes
sociales: roles, pautas de comportamiento, creencias, costumbres
y hábitos.
c. Pierden contacto con figuras identificatorias y enfrentan
pérdidas de tipo afectivo (vecinos, amigos, familiares).
d. Pierden su espacio geográfico en el cual se construyen
formas particulares de habitar y de ser definidas por el clima,
el tipo de alimentos y las características del terreno,
entre otras.
Dos consecuencias significativas se destacan del proceso de desterritorialización:
l El cuestionamiento
y replanteamiento del reconocimiento social (identidad social)
construido históricamente
La identidad social de la persona en situación de desplazamiento
se ve en especial afectada, porque ignora las procedencias e historias
de sus ahora vecinos y en consecuencia no tiene claro qué
esperan de ella los otros, qué se debe decir y a quién.
Al tiempo que los demás desconocen quién es, de
dónde viene, cuál es su pasado y la calidad de persona
que es. Por tanto, en los contextos de llegada las personas desplazadas
son las extrañas (12), los otros"
pierden, al menos temporalmente, el relato del "nosotros"
(13) y se ven obligados a construir un nuevo
relato de sí en un contexto ajeno y desconocido.
A sus pérdidas económicas y afectivas se suma así
la pérdida del relato construido acerca de sí
mismo, pues estas personas "dejan tras de sí
una identificación personal, muchas veces junto con una
acabada biografía que incluye supuestos referidos a "como
terminará sus días" (Goofman. 1 996). El desplazado,
convertido ahora en un desconocido, pierde el reconocimiento social
que por años logró construir.
En su comunidad actual debe elaborar una nueva biografía
que le permita desvincularse de su pasado, que le evite señalamientos
y problemas de seguridad, una biografía "que incluye
una versión de la clase de persona que fue en otro tiempo
y del medio del cual proviene" (Goofman, 1996). Se construye
así un nuevo relato que proyecta una imagen de sí
mismo que pretende responder a la identidad "virtual' (lo
que los demás esperan de él), puesto que la nueva
versión acerca de sí mismos necesariamente debe
ser coherente con los relatos de los otros por cuanto "la
realidad de la vida cotidiana se reafirma continuamente en la
interacción del individuo con los otros" (Berger y
Luckman, 1995).
Las versiones que construyen sobre el desplazado los otros (vecinos,
funcionarios de instituciones a las que debe acudir, familiares)
en los nuevos contextos suelen ser distintas y contradictorias,
con base en las percepciones que tienen del fenómeno, en
especial afectadas por las informaciones que circulan en los medios
de comunicación. Se dirá que los desplazados son
víctimas (pobrecitos), son un problema (acarrean conflictos
y disputan bienes y servicios), son unos oportunistas y vividores
(se hacen pasar por desplazados o si lo son no se ayudan a sí
mismos, esperan que todo se les dé) y, en consecuencia,
se generarán actitudes y comportamientos solidarios, caritativos,
excluyentes o de rechazo.
Los desplazados que ingresan a la ciudad son calificados como
exguerrilleros o paramilitares, en otros casos como delincuentes
o avivatos. La población establecida tiende a suponer que
en efecto el desplazado "es de uno u otro bando, y algo hizo
o debía para que lo sacaran de su tierra", o simplemente
tiende a calificarlos como "un problema", por cuanto
vienen a disputarles los ya escasos bienes y servicios urbanos
o a sumar conflictos a los barrios.
Este tipo de señalamientos genera en los desplazados sentimientos
de rabia, frustración e inseguridad, pues para muchos de
ellos significa cambiar su imagen de prestigio y reconocimiento
(sus roles y atributos histórica y socialmente construidos),
por otros nuevos derivados de su actual condición de desconocidos
y extraños.
Frente a los desplazados se da una serie de respuestas sociales
e institucionales que condicionan, a su vez, sus comportamientos.
Son buscados para hacerlos "beneficiarios" de algunos
programas (14), para ser "encuestados y
analizados" o para ser perseguidos y nuevamente expulsados;
en este contexto de mensajes y actitudes contradictorias no es
fácil construir una versión coherente que de cuenta
de quién fui y quién soy ahora.
El desconocimiento de los otros o la poca información
que de ellos se posea, obliga a los desplazados a elaborar no
sólo una sino múltiples biografías: una para
el ejército, otra para el vecino, otra para la ONG, dependiendo
de lo que suponen que cada entidad espera de ellos. En algunos
casos se será desplazado de la guerrilla, en otros de los
paramilitares, en otros casos se aburrieron del campo y decidieron
probar suerte en la ciudad, habrá una historia para el
cura, el funcionario, el vecino, el agente externo. Las distintas
versiones generan no sólo contradicciones sino discontinuidades
con la versión anterior (la de quienes lo conocieron y
quienes lo acaban de conocer). Esto, sumado a la pérdida
de sus "señales distintivas" (documentos, títulos
de propiedad), genera temor e inseguridad.
La identidad individual determinada, además, por la imagen
social, es también afectada pues el hecho de ser ignorados
o señalados -"Uno por aquí no es nadie, ni
siquiera lo voltean a mirar, o si acaso lo miran rayado"-
deteriora su autoestima. La independencia y autonomía garantizada
por el trabajo desempeñado en el campo se pierde en la
ciudad, se pasa ahora a depender de la caridad pública,
de la solidaridad del antiguo vecino o de lo que se puede arrancar
a las instituciones. El estar en calidad de "arrimados"
en casa de vecinos o familiares, o hacinados en inquilinatos;
el no poder comprar los alimentos que antes tenían a mano,
ni acceder a los consumos que la ciudad exige genera inestabilidad.
De esta forma se pierden la continuidad y la mismidad, propias
de la identidad (Grinberg, 1980).
En síntesis, perdidos los referentes sociales y materiales,
deteriorada su identidad social y desestabilizados económica
y emocionalmente, los desplazados sufren estados de depresión
y ansiedad que comprometen su identidad personal. El desplazamiento
significa la ruptura de todas las redes en las que la familia
se ha conformado y mantenido, la destrucción de los proyectos
individuales, familiares y sociales y, en consecuencia, un atentado
a la integridad física y emocional de los afectados.
l La pérdida
de los soportes sociales construidos tradicionalmente
Los desplazados pierden sus referencias colectivas. La ciudad
deteriora el sentido de pertenencia construido en relación
con la vereda o el pueblo y que permite identificarse como parte
"de" y construir la noción del "nosotros";
ahora son señalados como los negros, los del hablado feo,
los de la vestimenta distinta, los extraños, los nuevos.
Los desplazados son objeto de discriminaciones, son rechazados
por su color de piel, por su apariencia y por su condición
de desplazados.
Es indudable que la identidad social y personal de los desplazados
sufre modificaciones pues, a pesar del significado o el tipo de
relación que hayan podido establecer previamente con la
ciudad y todas las dinámicas que ella encierra (15),
la salida del campo se da de manera intempestiva, "no pedida",
precedida por presiones y humillaciones. Sus derechos han sido
vulnerados en la forma de extorsiones, robos y amenazas, y en
este sentido la posibilidad de "control sobre sus propias
vidas" ha sido arrebatada.
La cotidianidad se modifica súbitamente, la regularidad
de las acciones que se venían desempeñando, de acuerdo
con las certezas y con las confianzas que posibilitaban actuar
de alguna manera consciente de las consecuencias que desencadenarían
en unas condiciones de vida, hasta entonces asumidas como estables,
permitía definir la capacidad que se tenía para
influir, predecir y transformar en la propia vida individual,
familiar y comunitaria. Fuera del espacio físico y simbólico
sobre el cual se construyó la rutina diaria, la incertidumbre
se constituye ahora en una de las principales características
en la vida de los desplazados, obligando ello a un gran esfuerzo
emocional para replantear el orden concedido a las prácticas
y a los objetos en el tiempo y en el espacio así como al
cuestionamiento sobre la primacía que ostentan ciertos
modelos de identidad.
Estas circunstancias que obligan a un reacomodamiento tanto en
el ámbito interno como externo de los sujetos en situación
de desplazamiento, niega por lo menos por un tiempo, la posibilidad
inmediata de reconstrucción de proyectos de vida con la
definición de roles, comportamientos y relaciones que le
son inherentes. El desplazado así se autodefine y es definido
constantemente como "desubicado", puesto que a pesar
de que el cambio implica una incursión en lo desconocido,
es presionado por el contexto en muchas ocasiones a comprometerse
con hechos futuros que difícilmente puede predecir por
su condición, pero que sí tiene que afrontar en
sus consecuencias, lo que de acuerdo a Grinberg, (1 981) "Inexorablemente
provoca sentimientos de ansiedad y depresión y la tendencia
a aferrarse a lo conocido y familiar y sucumbir a la compulsión
repetitiva para evitar lo nuevo".
Los contextos significativos del individuo (familia y comunidad)
son súbitamente arrebatados o cambiados produciéndose,
en palabras de Berger y Luckman (1995), alternaciones, esto es,
una amenaza para la realidad de los individuos, una revolución
social en su ambiente, una transformación total por cuanto
el individuo "permuta mundos" y sufre rupturas en su
biografía subjetiva.
Las alternaciones, según los mencionados autores, requieren
procesos de re-socialización" y exigen, por lo tanto,
"una reorganización del aparato conversacional. Los
interlocutores que intervienen en el diálogo significativo
van cambiando y el diálogo con los otros significantes
nuevos transforman la realidad subjetiva".
Tomando en cuenta las etapas señaladas por Grinberg (1
984), para los procesos migratorios y advirtiendo que no todos
recorren necesariamente los mismos caminos, podríamos decir
que los desplazados viven los siguientes procesos:
1. Un primer período, inmediatamente posterior al desplazamiento,
en el cual "priman los sentimientos de intenso dolor por
todo lo abandonado o lo perdido, el temor a lo desconocido y vivencias
muy profundas de soledad, carencia y desespero
2. "Después de un tiempo variable aflora la nostalgia
y la pena por el mundo perdido"; esta nostalgia se acentúa
en la medida en que se tiende a idealizar el pasado y simultáneamente
se vive un proceso de confrontación con una nueva realidad,
en la mayoría de los casos hostil, difícil de aceptar
y de comprender.
3. Teniendo en cuenta las condiciones del conflicto armado en
el país y la ausencia de garantías para el retorno,
la mayoría de los desplazados debe empezar a buscar las
maneras de sobrevivir y proyectar en el "nuevo lugar".
Con ayuda de familiares y de paisanos, y en ocasiones de las instituciones,
se permiten una "interacción más fluida entre
su mundo interno y externo". Sin embargo, esta etapa no se
vive hasta tanto no se aclaren las expectativas del retorno o
de la permanencia en el nuevo lugar, lo que genera una situación
de "permanente transitoriedad", que impide la estabilidad
y concentración en planes y proyectos.
4. Estabilización y recuperación de la "capacidad
de pensar, desear y de hacer proyectos a futuro". Sólo
con el transcurso del tiempo y si el desplazado cuenta con una
red familiar, comunitaria e institucional de apoyo, y dependiendo
de su experiencia vital (características biográficas),
podrá apropiar el nuevo entorno, lo que significa incidir
en él, construir nuevos proyectos y, por lo tanto, elaborar
una nueva narración (biografía) en la que se pueda
evocar y articular su pasado y apropiar el presente. Se dejara
entonces la "identidad de desplazado", para construir
una nueva en la cual el desplazamiento se registre como un evento
y no como una condición.
Como fruto de este proceso de conocimiento, confrontación
y negociación, tanto con otras familias, migrantes y urbanas,
como con los propios familiares, se produce una desestructuración-reconstrucción
de la identidad en un proceso que no se puede calificar a priori
como positivo o negativo. El impacto de estos procesos dependerá
por lo menos de los siguientes aspectos:
- La dimensión
de la tragedia que vivieron (desaparición de miembros de
la familia, destrucción de patrimonios, amenazas, miedo,
etc.).
- La suficiente explicación
sobre la causalidad de los hechos.
- Las características de
la red social y familiar que la soportó.
- El tipo de comunidades al que
ahora ingresan (cerradas o abiertas).
- Las posibilidades y oportunidades
que se encuentren en el nuevo medio y de las transacciones que
en él se realicen (lo que se toma y lo que se deja).
La identidad se define en un proceso complejo de articulación
y "relación de la memoria (reconstrucción
del pasado) con la práctica social (apropiación
del presente), con la utopía (apropiación
del futuro) y con la representación que el sujeto
tiene de ese proceso gracias a su conciencia" (Guerra,1994).
En este contexto, el desplazamiento representa una "ruptura
dolorosa con el pasado", una difícil apropiación
de un presente que no ha sido ni pedido ni deseado y una gran
incertidumbre y desaliento hacia el futuro; el desplazamiento
destruye los proyectos y utopías que pudieron haber existido.
Sin embargo, para algunos desplazados (en este caso es necesario
observar las diferencias propias de la edad y el género)
el desplazamiento significa una oportunidad para acceder a actividades
propias de su edad, para renegociar roles, para ganar reconocimiento,
etc.
Notas
1. "El malestar emocional experimentado
se manifiesta como intranquilidad, desasosiego, inquietud (ansiedad)
y tristeza y desánimo (depresión). La respuesta
emocional predominante durante los momentos previos y en el desplazamiento
mismo es el miedo; después se agrega, sin que necesariamente
se haya resuelto el miedo, el trabajo de asumir las pérdidas
parciales o totales (...) que originan distintos procesos de duelo
signados en general por la tristeza" (Camilo, 2000, 23).
2. Berger y Luckman. Modernidad pluralismo y crisis
de sentido. Paidós, Barcelona 1996.
3. El sistema de Estimación del Desplazamiento
Forzado SEFC de la Red de Solidaridad Social registra que el 81%
de los desplazamientos en el año 2000 corresponden a la
modalidad individual o familiar.
4. Esta temática se profundiza en Bello
(2000).
5. Tanto la identidad social corno la personal
"forman parte, ante todo, de las expectativas y definiciones
que tienen otras personas respecto del individuo cuya identidad
se cuestiona" (GOFFMAN, 1995, 126).
6. Según narran diversas familias, posteriormente
al desplazamiento, se agudizan conflictos en la pareja, puesto
que vienen una serie de señalamientos tendientes a ubicar
responsabilidades y culpas en el interior de la familia misma.
Recriminaciones como: "porque habló con quien no debía",
"por meterse con gente que no le convenía", etc.
indican una tendencia a desplazar la culpa hacia sí mismo
o hacía los seres cercanos y a desconocer los contextos
y procesos que dan lugar a su situación.
7. JQHNSTQN (1973) citado por LINARES (1996).
8. "La muerte y el miedo que se generan en
una "zona de violencia" hacen que los seres humanos
que las habitan configuran una serie de imaginarios así
como resemantizan, referenciados estos imaginarios, tanto los
lugares como sus habitantes. Los espacios tradicionales son rebautizados
en función del terror y del mal" (Castillejo, 2000).
9. Con base en las narraciones colectivas e individuales
de los participantes en la investigación, se elaboraron
los mapas vecinales. En estos mapas se dibujan las relaciones
y vínculos de las comunidades de procedencia y las formas
especificas como dichas relaciones se afectan a partir de la presencia
de los actores armados. Así mismo, se efectuaron los mapas
vecinales actuales con el fin de evidenciar las transformaciones
en el tipo de relaciones que se establecen en los nuevos lugares
de residencia.
10. Espacio en su doble dimensión: física
y simbólica.
11. "El desplazamiento forzado es un fenómeno
de desterritorialización: es decir, de la fragmentación
de una de las dimensiones de la identidad" (Castillejo: 2000).
12. "La experiencia de lo extraño
es una experiencia de un estar aquí-simbólicamente
hablando- y es inherente a una situación de transitoriedad
y de distancia con un grupo determinado. La
persona está al margen del mundo que habitaba físicamente"
(Castillejo, 2000:114).
13. Es posible que el "nosotros" dé
cuenta en adelante de "los desplazados" y no ya de la
comunidad o del grupo social al cual se perteneció.
14. En este sentido es de resaltar la "avalancha"
de agencias internacionales y nacionales, de universidades y hasta
programas gubernamentales, todos con el afán de encontrar
a "sus beneficiarios". Es notoria la existencia de programas
y propuestas para los desplazados, lamentablemente la mayoría
de ellas son respuestas coyunturales y asistenciales que colocan
a las agencias en una constante preocupación por ejecutar
y legitimar sus acciones. Sin embargo, la cantidad y dispersión
de ofertas más que contribuir a generar procesos sostenibles
y colectivos fomentan la competencia, la desconfianza y la dispersión
de los desplazados.
15. Para algunos desplazados la ciudad no es
un espacio indeseable ni desconocido, por lo contrario, para algunos
de ellos la ciudad representa una aspiración o meta, simboliza
la posibilidad de progreso.
* Martha Nubia Bello.
Trabajadora social. Master en Ciencias Políticas. Candidata
a master en Investigación interdisciplinaria. Profesora
Asociada de la Universidad Nacional de Colombia, Sede Bogotá.
Autora de diversos libros sobre desplazamiento forzado desde la
perspectiva psicosocial.
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