|
La Tierra Tiembla fue una película del temprano
Visconti, de aquél que profesaba el realismo como una convicción
política, encarnada en poderosas imágenes más
que en programas o palabras. La tierra que él filmó,
temblaba de miseria y su título señala la inevitabilidad
natural de la catástrofe humana. Una especie de impotencia
cruzaba los rostros ajados de los pescadores, marcaba su fuerza
muscular y su silencio. Me vienen a la memoria unas imágenes:
el contraste entre el "afuera" y el "adentro",
la expresión de otro orden social que parecía surgir
de las cocinas. Las mujeres, siempre de negro, se entregaban a
los afanes cotidianos y organizaban la existencia a partir de
detalles: produciendo el pan, los lienzos olorosos, el sentido
común de lo que es justo o injusto en el diario vivir,
alimentaban el tejido callado, pero denso, de la dignidad colectiva.
En un paisaje radicalmente distinto, alejado del mar física,
aunque no espiritualmente, la sociedad se estremeció de
espanto, en lo que pareciera un pachakuti, más que un temblor
de la tierra (1). No sólo porque las mayores masacres --26
y 28 muertos respectivamente- se perpetraron el 12 y 13 de octubre,
como para ratificar que la opresión colonial no ha cesado,
que la historia inaugurada en 1492 continúa produciendo
genocidios. Hubo también otros nexos entre el ciclo del
tiempo y la acción de la sociedad. El paro total de actividades,
el vaciamiento de los mercados, la negativa de los gremios de
abastecer a la "hoyada" paceña, se realiza precisamente
en el momento en que la sociedad dominante toma más distancia
con respecto a la sociedad aymara de El Alto y las laderas de
La Paz. En octubre entramos en lo que se conoce como el awti pacha:
tiempo de hambre, tiempo de aguantar la aridez de la atmósfera
y la falta de lluvias, momento del ciclo anual cuando la gente
se ajusta los cinturones y se repliega a una fase de no-consumo,
recurriendo a las reservas de chuño, granos, carne seca,
que permiten asegurar una austera sobrevivencia hasta que llegue
de nuevo la abundancia.
Fue en este tiempo-espacio -el octubre del altiplano paceño
y la ciudad de El Alto- donde los hechos de la naturaleza dejaron
de asumir un carácter inevitable, pues el levantamiento
les otorgó una nueva materialidad. La participación
colectiva comenzó con el rechazo tajante a las reformas
fiscales --que pretendían incorporar a miles de cuentapropistas
al universo de contribuyentes, mientras los grandes evasores,
entre ellos las compañías petroleras, hacían
su agosto con recursos legales y extralegales. La bronca se amplió
con la muerte de los mineros de Ventilla y se convirtió
en indignación vociferante cuando, para abastecer a La
Paz de gasolina, las tanquetas y ametralladoras dejaron un reguero
de muertes. El hambre y la caminata a pie pasaron entonces a ser
estrategias de lucha, expresiones de rebeldía, formas de
manifestar la insobornable voluntad de abrir un espacio público
a la dignidad y a la justicia. Es en esta dimensión pacifista
y ética de la multitud, que el papel de las mujeres fue
absolutamente crucial. Al organizar minuciosamente la rabia cotidiana,
al convertir en asunto público el tema privado del consumo,
al hacer de sus artes chismográficas un juego de rumores
"desestabilizadores" de la estrategia represiva, al
organizar circuitos de trueque y ollas populares para los marchistas,
lograron derrotar moralmente al ejército, dando no sólo
el sustento físico, sino el tejido ético y cultural
que permitió a todos/as mantenernos furibundamente activos/as,
roto el muro doméstico y transformadas las calles en el
espacio de la socialización colectiva. Y así se
quebró de pronto el sentido común dominante, que
opone lo privado a lo público, la emocionalidad al raciocinio,
la ética a la política, pues aquí todas y
todos hemos pensado con el corazón y hemos amado y odiado
--amado a esos 85 muertos, a esos 500 heridos, odiado a sus victimarios
y al sistema que representan-- con toda la fuerza de nuestra lucidez
y de nuestro pensamiento.
¿Pero qué ocurre con esta revolución del
sentido común cuando se alcanza la tregua y se consigue
la "sucesión constitucional" que demandaba las
organizaciones de base, las juntas vecinales, los y las marchistas,
las y los huelguistas de hambre? Si durante el levantamiento,
eran mayormente mujeres y jóvenes de la ciudad más
indígena de Bolivia quienes daban sustento a la ética
del levantamiento y le otorgaban un sentido de dignidad y soberanía
colectivas, a la hora de repensar la democracia y proyectar hacia
el futuro las lecciones de estas jornadas, los y las protagonistas
brillan por su ausencia en los ampliados sindicales o en las antesalas
del parlamento. Si a la hora de la revuelta la multitud consigue
interpelar al país entero en torno al tema del gas, articulando
a ello otros problemas centrales como la inequidad, la corrupción
y la intransparencia en el manejo de la cosa pública, a
la hora de discutir soluciones vuelven a escucharse tan sólo
voces masculinas, occidentales e ilustradas, como si de las cosas
serias o de los momentos constructivos no pudieran ocuparse más
que ellos.
Está claro que la indignación colectiva, el llanto
y los vituperios fueron la cara más visible de la conciencia
colectiva, pero son indisociables del proceso de reflexión,
razonamiento y discusión política que se vivió
en carreteras, calles, plazas e iglesias, que de pronto se transformaron
en una especie de cabildo abierto en sesión permanente.
Fue allí donde el odio a Chile, inculcado en décadas
de escuela pública y cuartel, se transformó en requisitoria
a un sistema de saqueo sistemático por las rapaces corporaciones
que alimentan el despilfarro de los países ricos. Fue allí
donde se identificó al "gringo" Goni y al "zorro"
Sánchez Berzaín, no como los malos de la película,
sino como expresión de un sistema colonial y de casta,
que utiliza las palabras --como dijo Octavio Paz-- no para designar
los objetos, sino para encubrirlos. Un sistema que llama "mercado
libre" al intercambio desigual, "acción humanitaria"
a la masacre, "equidad" a la ley del más fuerte
y "justicia" a la impunidad de los poderosos.
Y la brecha entre las palabras y las cosas no se ha cerrado al
retornar la normalidad al trabajo y al consumo. Ya los artefactos
explosivos, de procedencia yanki, están segando nuevamente
vidas en el Chapare, para sustanciar la acusación de narcoterrorismo
y justificar el acoso a los liderazgos y estrategias populares,
aunque ahora quienes mueren son soldados indígenas, fichas
de ajedrez en el siniestro plan imperial de hacer de Bolivia un
nuevo Irak. Pero los periodistas de algunos medios debaten sobre
la "dictadura sindical" de los cocaleros, y surgen decenas
de "analistas" y caudillos, que nos hacen escuchar palabras
altisonantes, ausentes de las calles y los cabildos populares:
"petroquímica", "industrialización",
"tractores", o bien "reforma", "guerra
del gas", "utopía". Y así los mitos
progresistas, tan afines al pensamiento masculino y a los estilos
de vida de las élites, enfrían ese sentido común
construido al calor de la revuelta, que asociaba al tema del gas
con la potestad soberana de un pueblo para decidir sobre la propiedad
y el uso de sus recursos (no sólo el gas, también
el agua, la hoja de coca). Olvidan que si algo se hizo claro en
este octubre de paro total y rebeldía en masa, fue el valor
de uso de este recurso. En los hogares y en las cocinas de todos
los sectores sociales, salvo los más privilegiados, se
sintió la escasez de todo y gas, poniendo en el tapete
la prioridad de contar con un acceso universal a este recurso.
A pocas semanas de inaugurado el nuevo gobierno, y mientras la
gente trabajadora y luchadora de El Alto y de La Paz se recoge
en el luto y la veneración de las almas, la política
y el discurso público se comienzan a deslizar sigilosamente
hacia el terreno de una normalidad capciosa, racionalista, monolingüe
y masculina. Los partidos que hasta hace poco respaldaban al gobernante
asesino, lo han convertido hoy en chivo expiatorio de los pecados
de toda la casta de la que formó parte. La retórica
vuelve a esparcirse, como una mancha de aceite, sobre el espacio
público, y los medios amplifican las piruetas verbales
de esta casta, que se afana en demostrar que son "amigos
del indio" y aliados del pueblo, mediante maximalismos verbales
que se alejan por completo del tejido ético y comunitario
que hizo posible esta revuelta. De esta manera, la política
de los caballeros, la de los discursos voluntaristas, se reinstala
en el espacio público como si lo que acabamos de vivir
hubiese sido un temblor de la tierra, y no el levantamiento social
más grande de los últimos 50 años, donde
más allá de los mitos progresistas e ilustrados,
se produjo una crítica práctica a la organización
del detalle, una revuelta del sentido común y el trastrocamiento
de la arquitectura invisible de la sociabilidad cotidiana. Entre
tanto, esa sociedad y esa democracia de las y los de abajo, la
que convocó minuciosamente a organizar la rabia y a romper
el silencio, se sumerge de nuevo en el manqhapacha (2), retorna
a los lenguajes del símbolo y a los idiomas ancestrales,
pero se mantiene vigilante y alerta ante estos mecanismos de escamoteo
que son tan sólo la otra cara de la masacre: un maquillaje
engañoso con el que las élites patriarcales y coloniales,
pretenden nuevamente encubrir su dominio arbitrario y disfrazar
su incapacidad de ejercer soberanía a nombre de todas y
de todos.
Notas
1. En aymara y qhichwa, Pachakuti alude a una revuelta del tiempo-espacio
y se refiere a los grandes cataclismos sociales/naturales que
jalonan la historia larga de las sociedades indígenas en
los Andes.
2. Espacio-tiempo interior.
*Silvia Rivera Cusicanqui. Docente
emérita, Universidad Mayor de San Andrés, La Paz.
Docente del Programa Andino de Derechos Humanos, PADH, de la Universidad
Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador.
|