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Hace un año, en Bolivia se dio una revuelta
popular cuando se pretendió imponer un impuesto al salario
por mandato del FMI. El ex presidente Gonzalo Sánchez de
Lozada, en su ortodoxia neoliberal, intentaba recuperar el déficit
fiscal y la crisis global de la economía a partir de la
clásica imposición de medidas tributarias. Estas
medidas generaron un motín policial que derivó en
un sangriento enfrentamiento entre policías y militares
y culminó con un alzamiento popular que obligó al
gobierno a la anulación de sus políticas impositivas.
El saldo trágico fue de 32 muertos y 214 heridos.
La Asamblea de Derechos Humanos contra la impunidad
Posteriormente a la anulación de las medidas tecnocráticas,
Gonzalo Sánchez de Lozada renunció a su sueldo de
mandatario, anuló varios ministerios y prometió
una investigación imparcial acorde con los fundamentos
de la democracia y la protección de los derechos humanos.
Todo esto, claro, en una aparente rectificación de sus
errores. Inclusive un organismo internacional como la OEA, dio
su respaldo para la investigación. Sin embargo, el informe
que emitió meses después se había quedado
en la cronología de los hechos, limitando la posibilidad
de fortalecer la democracia al invisibilizar a los culpables y
detenerse en generalidades que ya la prensa boliviana había
informado. Dicho informe fue cuestionado por varios medios de
comunicación, los partidos de la oposición y débilmente
asumido por el gobierno y la propia cúpula de la Policía
Nacional, a quien la OEA responsabilizó frontalmente de
los hechos sangrientos de febrero.
Lo que no rebeló el informe de la OEA, por ejemplo, es
la actuación de los francotiradores y militares que dispararon
a quemarropa, los responsables de saqueos y actos vandálicos
o la responsabilidad específica de los más de 30
muertos y 214 heridos. Toda esta información se tiene inclusive
en muestras de videos.
Actualmente no existen detenidos y los militares que fueron identificados
en la represión son procesados por el Tribunal Militar
bajo resolución del Tribunal Constitucional, y no en la
justicia ordinaria. Esto demuestra el privilegio de ciertos ciudadanos
cuando la ley se aplica selectivamente y la manera cómo
los organismos que debieran garantizar los derechos humanos y
el ejercicio de una verdadera democracia sólo son parte
de una democracia de simulacro, tal el caso del Tribunal Constitucional.
La Asamblea de Derechos Humanos de Bolivia ya advirtió
que llevará el caso a una Corte Internacional, por lo que
parece ser el único camino que queda ante tanta dilación
e impunidad. De ser así, ello daría cuenta de que
en Bolivia sus instituciones no sólo son débiles
democráticamente sino que los partidos tradicionales aún
tienen el dominio patrimonial, una especie de feudo propietario
en el que los derechos humanos y la justicia son secundarios ante
la protección de los directos responsables como Gonzalo
Sánchez de Lozada y los que fueron sus ministros de Defensa,
Freddy Teodovich; de Gobierno, Alberto Gasser y de la Presidencia,
Carlos Sánchez Berzaín.
De la impunidad de febrero a la masacre de octubre
Sólo tuvo que transcurrir 7 meses para que la represión
mostrará su verdadero rostro. Después de la anulación
de las medidas económicas que fueron el detonante para
los hechos sangrientos de febrero, la lógica represora
de Gonzalo Sánchez de Lozada continuó hasta octubre
de 2003. El saldo trágico fue de más de 60 muertos
y cientos de heridos y masacrados. Actualmente existen estrategias
de poder entre la fiscalía, el poder judicial y el parlamento
que tienden a dilatar un juicio de responsabilidades al ex mandatario
Gonzalo Sánchez de Lozada. Pese a que el parlamento ya
dio lectura a la posibilidad del juicio, la desconfianza en la
ciudadanía y los medios de comunicación da cuenta
de que la construcción de la democracia pasa por un desarme
total de los privilegios legales de los que se sirvieron permanentemente
los partidos tradicionales como el MNR, MIR, ADN, USC y NFR.
La retórica institucionalista y la Corte Internacional
Si la retórica estatal y el sistema de partidos se apoyan
en la instituciones democráticas como fundamento de la
vigencia de la justicia y los derechos humanos, la lucha contra
la impunidad puede ser la expresión de la construcción
permanente de una verdadera democracia. Pero el hecho de que a
un año de la violación de los derechos humanos en
Bolivia no haya ningún detenido y los militares filmados
en acciones de represión flagrante no tengan sanción
alguna, ello sólo puede conducir a una mayor pérdida
de legitimidad de las instituciones democráticas.
No es la primera vez que la justicia en Bolivia sirve a los poderosos.
Ni es la única vez que las instituciones están a
servicio de partidos y políticos bajo una retórica
institucionalista que sólo sirve para encubrir privilegios.
Y tal como se engañó al pueblo con las políticas
económicas y sociales neoliberales, así también
no debería extrañar el desborde de las instituciones
aparentemente democráticas si es que éstas no funcionan.
El campo político y sus instituciones que administran justicia
deben asumir su propia irresponsabilidad con la democracia por
las consecuencias de sus actos antidemocráticos. ¿Será
una Corte Internacional el espacio de justicia de nuestros pueblos?
*Ramiro Huanca. Licenciado en Literatura
por la Universidad Mayor de San Andrés. Magíster
(c) en Estudios de la Cultura, mención Políticas
Culturales por la Universidad Andina Simón Bolívar,
Sede Ecuador.
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