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Una de las problemáticas "grises" a las que
aluden los gobiernos de los países de América Latina
y, entre ellos el Ecuador, es el tema de la inmigración.
Esto obedece a que las políticas que se han impuesto a
nivel mundial y, especialmente, en los países del "tercer
mundo", han estado relacionadas con la "liberación
de las economías" y la introducción de reformas
para permitir la "libre circulación del capital".
Al punto que ambos temas se han convertido en sinónimos.
No obstante, frente a libre circulación de fuerza de trabajo
se ha mantenido un mutismo cómplice.
Tal parece que el crecimiento económico promovido desde
los organismos internacionales y los países desarrollados
descansara en el presupuesto de que éste se puede alcanzar
únicamente gracias a las "libertades" dadas al
capital (procedente mayoritariamente de esos países), mientras
se mantiene represada la "libre" circulación
de trabajo. En otras palabras, el desarrollo se consigue no liberando
a todos los factores de producción sino solamente al capital,
en el entendido de que el trabajo es una función nacional
de este último que tiene un carácter eminentemente
internacional.
Como es natural, esta posición ha determinado que los
países latinoamericanos y el Ecuador, entre ellos, no hayan
generado políticas estatales respecto de este tema. A lo
mucho, se han contentado en generar políticas restrictivas,
de disuasión de la migración o de control policial
y represivo, complementarias a las que se han introducido en los
países del norte: léase Europa, Japón, Estados
Unidos. Más aún, presionados por los países
del norte han endurecido sus controles del mismo modo que han
aceptado el endurecimiento de la legislación y las medidas
de control en los países de mayor desarrollo capitalista.
Incluso, nuestros países han retomado y magnificado los
imaginarios que se han construido y propiciado a través
de los medios de comunicación de los países desarrollados,
respecto de los inmigrantes del Sur. Como es conocido, en esos
países el inmigrante ha sido asociado a la prostitución,
delincuencia, tráfico de drogas, que han acentuado, supuestamente,
problemas como inseguridad ciudadana y violencia. Todo lo cual
ha dado pie a que se instale una imagen abiertamente negativa
en los ciudadanos del Norte, respecto de los y las inmigrantes
procedentes de esta parte del mundo. Circunstancia que ha acentuando
la exclusión y discriminen de que generalmente son objeto,
y ha dado paso a la criminalizado a la mano de obra de los países
menos avanzados.
Al mismo tiempo, ha proporcionado un justificativo para que se
instalen mecanismos políticos, jurídicos y policiales,
con la finalidad de detener una "marea" que, por un
lado, no beneficia supuestamente a las economías avanzadas,
mientras que, por otro lado, es portadora de una serie de problemas
sociales que deben ser desterrados. Cuando lo cierto es que la
mano de obra de los países del Sur y entre ellos los latinoamericanos,
cumple un rol subsidiario a las economías de mayor desarrollo,
en la medida que: 1. permite liberar fuerza de trabajo de actividades
manuales para que puedan ubicarse con ventajas añadidas
en otras ramas de la economía, tales como, educación,
comercio, finanzas; 2. proporciona mano de obra barata a actividades
de alta demanda de trabajo manual, como la agricultura y los servicios.
Esto último, en zonas como la baja Andalucía en
donde la fuerza de trabajo migrante es esencial para que los pequeños
y medianos campesinos puedan competir con la producción
de otras partes de Europa o de Norte América. De la misma
manera, en el sector turismo y servicios que estacionalmente,
en "época altas", requieren de mayores contingentes
de fuerza de trabajo. Finalmente, en actividades de alta composición
de mano de obra, tales como la pesca costera que se halla en una
situación cada vez más precaria por el asedio y
competencia de la pesca de altura y transcontinental, propia de
las grandes compañías.
Enunciado en otros términos, la generación de una
imagen negativa de la fuerza de trabajo inmigrante procedentes
de los países del cono Sur, que compite con los trabajadores
en paro forzado, marginalizados o descalificados laboralmente
en los países desarrollados, ha sido trasladada, sin beneficio
de inventario a los países latinoamericanos. Todo lo cual
ha impedido en "ambas orillas del océano" conocer
más a fondo este tema, analizar sus dimensiones, determinar
las ventajas y desventajas que la inmigración trae aparejada
para unos y otros países. Fenómeno que, a su vez,
ha impedido generar políticas estatales capaces de permitirles
a nuestros países posicionar el tema en el concierto internacional,
defender la fuerza de trabajo inmigrante y administrar las medidas
protectivas para que ésta pudiera movilizarse y establecerse
en condiciones más adecuadas y beneficiosas.
Esto último tiene relación, especialmente, con
un tema que es recurrente en el debate internacional. Cuando se
habla de inmigración o de movilidad de fuerza de trabajo
se asocia a "tráfico humano". Es decir, a una
problemática que emerge de la inmigración ilegal
y a las cadena actores y agentes que lo posibilitan y propician,
tanto en los países avanzados como en los países
de menor desarrollo. Al hacer esta identificación, se produce
una inversión de la problemática. De esta manera,
a la criminalización manifiesta de la inmigración
se añade el de "tráfico", dando un lugar
a una acentuación del tinte negativo de la misma que conduce
a impulsar la necesidad de controlar por medios jurídicos,
políticos y policiales, la inmigración. Pero, esta
vez, bajo el justificativo de que con ello se vela por la propia
población que está sujeta al "tráfico"
y escamotea el hecho de que en los países desarrollados
se está poniendo toda clase de cortapisas a la movilidad
de fuerza de trabajo procedente del Sur.
Con la finalidad de discutir esta "problemática gris"
sobre la que existen acuerdos, una fraseología acuñada
políticamente, una serie de lugares comunes a los que se
hecha guante cuando los gobiernos lo demandan; con el objetivo,
además, de conocer más a fondo esta problemática
y de identificar puntos centrales y comunes de un fenómeno
de carácter masivo y transcontinental; en la perspectiva
de definir una agenda de la sociedad civil y de las organizaciones
de derechos humanos, que les permita dialogar y presionar a los
gobiernos y a los Estados para que se convierta en parte de la
agenda pública, el Programa Andino de Derechos Humanos
(PADH), de la Universidad Andina Simón Bolívar,
con el auspicio de la Cooperación Suiza de Desarrollo (COSUDE)
y la Unión Europea, organizó la Conferencia Globalización,
Migración y Derechos Humanos, la cual se realizó,
en Quito entre el 16-18 de septiembre de 2003.
A este evento asistieron técnicos y expertos de toda la
región, así como de España y Estados Unidos.
En este número de la revista electrónica se da a
conocer las ponencias que, los investigadores y académicos
nacionales e internacionales, presentaron a la Conferencia. Esperamos
que la difusión del evento por este medio alimente un diálogo
y amplíe los horizontes en el tratamiento de una problemática
que aunque es reconocida como importante existen pocos acuerdo
respecto a su trascendencia, efectos e impactos tanto en los lugares
de "expulsión" como en los lugares de "recepción".
Esperamos, así mismo, que este esfuerzo potencie la investigación,
el debate y contribuya a identificar puntos centrales de una agenda
que deberá ser definida en el ámbito público
por la sociedad civil y el Estado.
De acuerdo con esta posición, los países de América
Latina, presionados por los países desarrollados, han adoptado
medidas de reforma para permitir la libre circulación de
capital y, al mismo tiempo, han empezado a poner toda clase de
cortapisas para la libre movilización de fuerza de trabajo.
De ese modo, a las dificultades que se ponen en los lugares de
origen para trasladarse al extranjero se añade una cada
vez más restrictiva y represiva política con el
objeto de controlar la inmigración sur/norte.
Roque Espinosa
Coordinador Regional PADH - UASB
Quito, octubre 2003.

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