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Aún recuerdo cuando hace una década atrás
nos íbamos en manifestación de parientes al aeropuerto
a despedir a una tía a un hermano, a una prima lejana,
a un conocido, a un amigo que era más que un hermano.
Era una larga odisea que nos obligaba a lidiar con los adioses.
todos estábamos malanochados por el chupe y la farra, la
comida y la despedida. el que menos olía a trago, tenía
los ojos rojos, más que por el llanto por el chuchaqui,
y cada cual, a su manera, esperaba que viniera rápidamente
el avión y se llevara al viajero, de manera de poder reponerse
del prolongado festejo. eran despedidas felices porque se sabía
que el tío, el primo, el amigo, el pana, el más
que amigo, la novia, iban a volver.
Eran despedidas que habían empezado unos días antes
aunque se habían forjado meses atrás, durante los
cuales se había anunciado, conversado, decidido la gente
a viajar. sobre todo, se había dado vueltas en la cabeza
una idea que con el correr de los días y de los meses había
incrementado la ilusión y había suprimido el desasosiego.
y con ello había transformado los adioses en fantasías
y promesas.
Aunque muchos se iban para quedarse, la mayoría se iba
con la certeza de que iba a regresar más pronto que tarde.
Y, entonces, las lágrimas y las bendiciones, tenían
algo de conjuro y señuelo para que nadie se atreviera a
alejarse definitivamente. eran despedidas forjadas en el reencuentro
y construidas desde los adioses pasajeros. encerraban promesas
y certezas. sueños e ilusiones.
Por eso, cuando alguien regresaba, como en un cortejo que era
la continuación de los bautizos y los casamientos, toda
la familia y los parientes llegaban al campo de aviación,
sonrientes y curiosos, esperando al viajante con alegría,
aún cuando sus ausencias hubieran sido largas. lo esperaban
para que viniera a contar de las Europas, de los estados unidos
y de los gringos de uno y otro lado del mar, así como de
las mujeres fáciles, de las formas suprimidas de sexo,
de los paisajes inimaginados, de los rascacielos, de la mala comida,
de las anécdotas del viaje y de los contrastes. los esperaban
con los brazos abiertos y, en los reencuentros como en las despedidas,
se redituaban las lágrimas, las bendiciones y las exclamaciones
de felicidad y sorpresa.
Así, ese largo cortejo que vino a dejarle unos meses atrás,
volvía llevándose al viajero, como un campeón
triunfante. y nuevamente se iniciaba la fiesta, el chupe, la comida.
y al ágape y tomatina de otras noches le sucedían
las conversaciones, las confesiones y las promesas que tenían
ese extraño sabor de "nunca más" y "no
hay mejor cosa que estar lejos para darse cuenta". eran ausencias
que se consideraban pasajeras, a pesar de que el retorno del ausente
se hubiera prolongado más de la cuenta y algunas mujeres
se hubiesen cansado de tejer, el perro de la casa se hubiera quedado
ciego y el abuelo que estaba por morirse se hubiera, por fin,
animado a hacerlo.
De ese modo, el viaje, la despedida y el retorno, tenía
algo de una continuación mágica y maravillosa, que
compensaba el extrañamiento, las tristezas y los olvidos
pasajeros que eran confesados a dios y al ángel de la guarda
como un pecado. el viaje tenía, además, un desenlace
feliz que se expresaba en una serie de homenajes que culminaban
cuando el viajero abría la maleta y en un ademán
de brujo sacaba los regalos y, ante el pasmo y la sorpresa de
los concurrentes, iba entregando a cada uno lo que les había
traído de esa fuga por el otro lado del mar y las ausencias.
a la felicidad del retorno se añadía así
la felicidad de los obsequios que ratificaban los compromisos
con las familias, los amigos y los entornos que forman parte de
una historia hecha en la reiteración y escasamente en las
partidas.
Sin embargo, desde hace unos años, cuatro o cinco años
atrás, estas despedidas pasajeras y extraordinarias, se
han hecho cada vez más continuas y menos eventuales. grupos
y masas de gentes, han empezado a copar los terminales de buses,
los aeropuertos, los pequeños muelles. así, las
despedidas se han vuelto cotidianas. ordinarias. y los cortejos
se han hecho cada vez más restringidos. a lo mucho las
hijas y la mujer, un allegado lejano y, de vez en cuando, una
amiga para sostener al cónyuge cuando se desmaya o se sienta
a llorar en el filo de la acera, a la salida del aeropuerto, al
final de la pista, cuando por última vez alzan la mano
y en un prolongado acto de protesta, se despidan de los que se
van.
El cortejo será corto, limitado. pobre. seguramente, porque
no ha habido fiesta de despedida, ni chupe hasta el amanecer,
ni se han roto vasos y destapado botellas, ni se han hecho ninguna
clase de promesas. seguramente porque en medio de las presiones
inmediatas por sobrevivir, en medio de la escasez de dinero, nadie
habrá querido confesar de que otro miembro de la familia
se ha ido del país para que, al igual que las cambiadas
de casa el sábado por la noche, ninguno de los vecinos
se entere de la partida. y nadie le exija al viajero pagar las
deudas vencidas, las pensiones del colegio, el arriendo de la
casa, las deudas de la tienda. seguramente también para
que los familiares y parientes, al igual que en los funerales,
no se vean forzadas a encontrarse y contarse las penas y ello
acentúe la tristeza de la partida.
Seguramente también porque nadie querrá entrar
en otros gastos, a más del valor del pasaporte, los impuestos
de salida, el pago del pasaje, y ello les obligue a confesar en
el círculo de amigos que se ha vendido las últimas
dos vacas, el terreno de la herencia, y se ha hipotecado la casa
y se han empeñado las joyas, tanto como el alma al diablo,
firmando letras con el chulquero, el coyotero y el primo rico
que, desde la crisis, mira con desidia el destino de los parientes
que tienen la una pata en la calle y la otra en la miseria.
Posiblemente porque, en los últimos años, el llanto
de las despedidas se ha tornado no compartido, amargo y más
triste que la tristeza de los entierros. porque las partidas al
extranjero, no aparecen como partidas para siempre, ni pueden
ser olvidadas definitivamente. y porque crean los espejismos y
las posibilidades de esperanza y reencuentro que, poco a poco,
se van disolviendo, acentuando la amargura y extrañamiento,
de los que se quedan.
Y porque tantas partidas masivas y anodinas a nadie importan.
ni siquiera a los que hace unos años frecuentaban el hogar
y estuvieron juntos en esos actos sociales que, debido a la pobreza
generalizada, se han hecho más espaciados convirtiéndose,
cuando se celebran, en desencuentros públicos. y porque
esta escasa importancia se traduce en un acostumbramiento obligatorio
y cínico de los que se quedan, semejante al de los transeúntes
cuando alguien se acerca a pedir caridad, y nadie parece mirar
ese lado de la vida, que pone al descubierto el abandono y la
miseria a la que buena parte de la población está
sujeta.
Y porque ese mismo cinismo detiene las respuestas sociales y
ataja las propuestas del estado. y los traslada a un horizonte
informe y abstracto en donde los inmigrantes aparecen en las estadísticas
oficiales únicamente cuando envían dinero del exterior
y ello ayuda a equilibrar el presupuesto del estado, la balanza
comercial o la balanza de pagos, de un país que es externo
a la problemática desatada y que con ello escamotea los
problemas que acarrea, y que es incapaz de entender el sentido
y el significado de esta fuga sin fin, que se ha hecho masiva
y oscura.
Quizás porque ningún funcionario público,
ningún político de paso, ningún congresista
o profesor universitario, es capaz de entender la larga odisea
de volver a casa desde el terminal de buses o del aeropuerto sin
uno menos de la familia y empezar a acostumbrarse al extrañamiento
y al olvido, en un contexto en donde el amor es imposible y las
promesas no pueden ser duraderas. quizás, porque al poder
de los que tienen el poder y a los epígonos y representantes
del mismo, les es imposible entender que para que uno de la casa
se pueda ir ha sido necesario que la familia se haga más
pobre en la vaga esperanza que, allá en el extranjero,
en España o Italia, en las viejas Europas, el hermano,
el padre, la esposa, puedan encontrar trabajo. y, gracias a las
oraciones de los que se quedan, puedan empezar a enviar un poco
de dinero para pagar las deudas, el arriendo, los vestidos y las
medicinas y de los guaguas que se han acostumbrado a dormir con
el estómago pegado al espinazo.
Porque nadie o quizás muy pocos son capaces de entender
de qué modo se han fracturado los lazos familiares y hasta
qué punto las familias ya no pueden soportar este goteo
de los miembros que se van, dejando atrás una realidad
sin horizontes para enfrentarse a vivir otra realidad poblada
de incertidumbres, como la que encierran los lugares a los que
se dirigen.
Hace tiempo, seis o siete años atrás, se podía
llegar a Europa: Francia, Italia, sobre todo, España, sin
muchos contratiempos. para ese momento la situación del
país no se había deteriorado a los niveles actuales.
y la migración no había adquirido las características
presentes. es decir, no era masiva, transcontinental, crecientemente
femenina.
Al comienzo se fueron pocos. éstos sentaron las bases
para que se fueran más y aquellos forjaron las expectativas
para que se ausentaran muchos más. así, en medio
del desencanto por el país, se fue poblando de expectativas
el imaginario de vastos sectores que hicieron de traslado a otras
partes una salida esperanzadora. así, arrogantes todavía,
unos años atrás, partieron del país arquitectos,
ingenieros, técnicos de computación, maestros, secretarias,
antiguos burócratas, chóferes y, poco después,
inseguros y con miedo, saloneros, meseras, cuidadores de párvulos,
enfermeras, campesinos del sur del país y de las zonas
bajas de la Cuenca del Guayas, caficultores de Manabí.
cholos y chazos lojanos que se habían cansado de andar
por los interminables caminos de la desventura y desamparo.
Todos ellos fueron recorriendo las rutas de sus predecesores
y cada cual a su manera fue reinventando esta rutina y forjando
otras rutas. otras maneras de partir y llegar. otras formas de
despedirse y otros adioses. a ratos, más amargos pero,
a pesar de todo, optimistas hasta que, hace poco, se tornaron
oscuros y, ahora, francamente negros. y las esperanzas como los
destinos, insondables.
Al comienzo, como todos los comienzos, "los que se fueron"
encontraron trabajo fácilmente. sobre todo, en esas tareas
postergadas por los europeos: limpiar y arreglar la casa, cuidar
a la vieja ciega, al padre enfermo, a la tía olvidada.
podían encontrar trabajo cuidando niños, sacando
a pasear el perro, podían servir como saloneros, meseras,
cocineros cuya fama los precedía desde los días
en los que los latinoamericanos y, especialmente los ecuatorianos,
se fueron a la ciudad de las dos torres. también podían
emplearse en la reparación de sifones, podían ubicase
como obreros de la construcción, integrarse como marinos
y ayudantes de cubierta. más tarde, los más pobres
pudieron encontrar, después de tanto buscar, ocupación
en las labores del campo, sobre todo, en la baja Andalucía
en donde se requería mano de obra para recoger la uva y
oliva y trabajar en los invernaderos que producían tomate,
lechuga, cebollas, brócoli. actividades que les permitían
a los pequeños productores de esas zonas disponer de mano
de obra barata para poder competir con la producción de
Europa y América. y, de ese modo, no encontrarse en la
misma situación que los algodoneros de toda las zonas cálidas
de la vieja Europa.
Al comienzo, como todos los comienzos, los inmigrantes de estas
latitudes fueron bien vistos. Tenían el encanto de los
indianos. sin embargo, a medida que se incrementó el flujo
de mano de obra empezaron a ser mirados de lado. primero, por
la población más pobre; después, por los
sectores medios y bajos; finalmente, por el poder y los gobiernos.
en parte, porque presionaban a los servicios estatales: salud
y educación; en parte, porque se les fue asociando con
los problemas irreconocidos de las sociedades avanzadas: inseguridad,
prostitución, drogadicción. así, a nivel
de la sociedad y del estado, fue ganando espacio la idea de que
los inmigrantes debían ser detenidos, debido a la serie
de problemas que acarreaban y detonaban.
De esta manera, la imagen de los ecuatorianos, peruanos, bolivianos,
colombianos, venezolanos, fue adquiriendo un tinte cada vez más
negativo. y el poder, en esos desplazamientos simbólicos
que le son tan típicos, empezó a considerar que
eran más causa de nuevos males que una parte de la soluciones
represadas. y, entonces, con el apoyo de una opinión pública
domesticada, de los gobernantes que quieren servicios para los
europeos exclusivamente, de las autoridades de policía
que miran con miedo estas masas de inmigrantes que les descalifican
y cercan, empezaron a forjar las maneras de poner cortapisas para
su ingreso. y frenar de cualquier modo a una inmigración
que soterrada y deliberadamente había sido sostenida por
otros medios.
Un ejemplo. Iberia, la línea española de bandera,
se ha encontrado tradicionalmente en problemas. el flujo de inmigrantes
de Latinoamérica y, sobre todo, del ecuador, permitió
sostener sus altos costos y ubicarse como la aerolínea
de la mayores ganancias en el año 2002. esto último
no solamente por las altas tarifas sino porque, buena parte de
las ganancias, provenían de los pasajes de regreso que
no se utilizaban, pues eran parte de los costos de la migración
ilegal. por eso, hasta donde se conoce, nunca iberia entregó
los listados al estado español el registro de pasajes que
no se usaron de regreso.
Este intento de poner freno a la migración ha implicado
varios "esfuerzos". Se ha expresado en lo jurídico,
endureciendo la legislación en materia de inmigración;
institucional, fortaleciendo las instancias de control; política,
generando una presión (a ratos descarada) sobre los países
de expulsión y los gobiernos que los consienten; ideológicamente,
reforzando la imagen negativa de los inmigrantes y haciendo recaer
sobre sus espaldas los problemas irresueltos de las sociedades
europeas y norteamericana.
De este modo, desde ese viejo comienzo, tan cercano en el tiempo,
la imagen de los inmigrantes se ha deteriorado, lo mismo que su
situación. si ayer eran vistos de lado, ahora, son mal
vistos y abiertamente discriminados. todo ello no tanto con el
afán detener una marea propiciada por la globalización,
sino con el objeto de restringir el ingreso de extranjeros. es
decir, de hacer selectiva la llegada.
Esta restricción, impulsada por las últimas reformas
a la legislación española y europea, al tiempo que
limitan y selectivizan el ingreso, tienen un objetivo más
opaco: apuntan a transformar a los recién venidos en inmigrantes
estacionales y ya no en permanentes. en otras palabras, intenta
precarizar sus condiciones de estadía bajo la justificación
de que mientras vengan de tiempo en tiempo por la vía legal
podrán tener mejores condiciones. de ese modo, cuando llegue
el verano, las familias europeas podrán salir de paseo
a la playa, veranear sin contratiempos, porque habrá alguien
que cuide la casa. Se haga cargo de los ancianos, bote la basura.
al tiempo que los pequeños productores, respaldados por
mano de obra barata, como sucede en sur oeste de los estados unidos,
podrán pizcar algodón, recoger la uva, levantar
las olivas y cortar el tomate que será exportado el mercado
comunitario.
Esta legislación, hay que decirlo, se parece a las reformas
laborales que arrinconaron el derecho laboral y a las ventajas
alcanzadas por los trabajadores en los distintos países
del mundo, y que descansa en el presupuesto de que la flexibilización
va a permitir mejorar sus condiciones de vida, cuando lo cierto
es que ha precarizado y acentuado las condiciones de exclusión
y pobreza.
Al tiempo que restringe, limita, selectivizaba, y hace estacional
la inmigración, la presión sobre los gobiernos no
deja de acentuarse amparada en la premisa de que las penalidades
de un viaje incierto, las desventuras en los lugares de llegada,
la discriminación de la que son objeto los migrantes, se
pueden evitar aquí y allá como una salida humanitaria
con esos sectores de población. así, a título
de proteger a víctimas inocentes de coyotes y traficantes,
autoridades corruptas y prestamistas sin escrúpulos, se
ha empezado a ejercer influencia para tratar de controlar la inmigración
en los países de expulsión. se trata de una medida
de política internacional que, aparentemente, entraña
un supuesto ético cuando esconde, en realidad, un cínico
cálculo político: justificar la política
de presión impulsada por los gobiernos de los países
más desarrollados bajo el presupuesto de un principio moral
indiscutido.
Esta es una de tantas paradojas. se trata de un paradoja a nivel
político que en lo genérico de los enunciados esconde
los problemas de las sociedades latinoamericanas y escamotea los
problemas de las sociedades europea y americana. hay que decirlo
en voz alta: la acentuación de la inmigración es
resultado de la globalización, de la desigualdad imperante
en los países latinoamericanos, de la falta de horizontes
y de la generación de un imaginario típico del desarrollo
que se puede enunciar diciendo que en los países avanzados
se puede tener acceso a las oportunidades, al trabajo, a la educación,
a un salario justo y a una sociedad democrática, a diferencia
de lo que sucede en las sociedades atrasadas o de menor desarrollo
relativo. encierra, además, la idea idílica que
los inmigrantes se van integrar a las sociedades avanzadas y,
como ayer, van a terminar formando parte de ella. es decir, escamotea
el tema de que la migración ahora es más compleja
y conflictiva que antaño, quizás porque pone en
tela de juicio que la homogeneización del capital ha desatado
las diversidades culturales y étnicas, nacionales y locales,
que tanto chocan con esa visión que resuelve el problema
de la movilidad de población y mano de obra al rasero del
intercambio de mercancías.
De los dramas y paradojas de la inmigración, muchos se
discutirán en estos días. valgan citar algunas:
los que se relacionan con el tipo de empleo que acceden los migrantes,
así como las condiciones de vida y de reproducción
social en los lugares de salida y llegada (por decirlo en un viejo
y calcinado discurso); los problemas asociados con la migración
en uno y otro lado del mar; la feminización de la migración;
la discriminación, el racismo. las políticas de
los países de recepción y la falta de políticas
de los estados de expulsión. el olvido de los que son sujetos
los migrantes, un conjunto social del que únicamente se
acuerdan los estados cuando éstos envían remesas
al país de origen que, en el caso ecuatoriano, pese a la
caída experimentada en el último año se calcula
en el orden de 1.500 millones de dólares, y esto solamente
con el objeto de invisibilizarles una vez que por fines económicos
presupuestarios han sido descubiertos.
Seguramente, en este encuentro se trataran de las formas y rutas
de la migración, de los coyotes y traficantes, y de otros
temas sentidos y acuciantes. sin embargo, como ayer, cuando íbamos
a despedir a los viajantes en el aeropuerto en medio de la felicidad
y desconcierto, ahora, sigo fijado a la imagen de los que se quedan
al final de la pista alzando inútilmente la mano en un
gesto de despedida con los que a lo mejor nunca vuelvan, porque
ese gesto, más que ningún otro, expresa el dolor
por el extrañamiento que producen las ausencias. las malas
noches que generan los destierros, los deseos insatisfechos de
las partidas, el rencor por el olvido, la melancolía y
las enfermedades de los nervios, que se instala en los hijos de
los que se quedan como otra forma amarga de protesta y de naufragio.
temas sobre los que seguramente también vale reflexionar.
en buena medida porque son parte de esos dramas humanos que forman
parte de las paradojas de la vida de esta sociedad globalizada.
* Roque Espinosa.
Coordinador Regional del Programa Andino de Derechos Humanos,
PADH-UASB. Candidato a doctor en Historia Latinoamericana de la
Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Magíster en Sociología,
Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima.
Licenciado en Ciencias Sociales y Políticas, Pontificia
Universidad Católica del Ecuador. Docente en varias cátedras
relacionadas con el campo de la cultura, y la política,
en CLACSO, PUCE, Universidad del Azuay y UASB. Fue director de
la Escuela de Sociología de la PUCE. Ponencia
presentada en la Conferencia regional "Globalización,
migración y derechos humanos", organizada por el Programa
Andino de Derechos Humanos, PADH. Quito - Ecuador. Septiembre
16, 17 y 18 de 2003.
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