|
Cuando hablamos de la migración los que no emigramos,
casi siempre nos fijamos en sus dimensiones económica,
sociológica y sicológica. Nos interesa saber con
la mayor exactitud posible cuántos compatriotas viven en
el extranjero y a qué perfil responden; a cuanto ascienden
las remesas y cuáles son sus consecuencias par la economía
nacional; cómo afecta a los niños y niñas
que se quedan la salida de sus padres. Estas y otras preguntas
similares son obviamente necesarias porque nos ayudan a reaccionar
positivamente frente a los rápidos cambios que la migración
acarrea para nuestras sociedades. Pero no son las únicas
preguntas necesarias y útiles para vivir en sociedad. La
migración afecta también la forma en que nos pensamos
como nación, las ideas con las cuales justificamos este
convivir, los ideales políticos que nos parecen justos
de proponer y defender.
En otras palabras, la migración tiene una dimensión
ética que no conviene descuidar. No me refiero a sus exigencias
morales, que podrían describirse como las reglas de conducta
que deberíamos adoptar, cualquiera que sean nuestras motivaciones
fundamentales, frente a inmigrantes o emigrantes: ser hospitalarios,
tolerantes, etc. La dimensión ética, según
la entiendo, significa el modo de vivir en comunidad que consideramos
normativo. Se distingue, por un lado, de la manera concreta en
que de hecho vivimos, de las costumbres, convicciones y prácticas
corrientes, pues la ética es una disciplina normativa y
no descriptiva. Se distingue también del enunciado de deberes
para con lo demás, porque la ética reflexiona sobre
los fundamentos de los deberes, que en el caso que nos ocupa son
fundamentos políticos.
Puesto que es imposible examinar aquí todas las implicaciones
de la migración para la convivencia política desde
el punto de vista normativo, me fijaré en uno sólo
de sus elementos: el concepto de ciudadanía. Este concepto
es central a la democracia, la forma comúnmente aceptada
de convivencia política en América Latina. Es además
un concepto que se refiere a la pertenencia a una nación,
y en este sentido, es un concepto que no sale indemne ante tantas
salidas y entradas, desplazamientos voluntarios o forzados que
observamos en nuestro tiempo.(1)
1. La migración en el contexto de la globalización
La migración ocurre hoy en un contexto de globalización.
Entiendo por este fenómeno "la formación de
relaciones que se extienden a todo el planeta... o casi".
(2) Me parece que cinco factores fomentan y expresan este fenómeno.
Primero, la extensión del mercado de bienes y servicios,
que es el sentido más inmediato y no desprovisto de prejuicios
que se da a este término. Segundo, la preponderancia que
adquieren los organismos supranacionales de control y coordinación,
como las NNUU, la OMC, el FMI, la CPI. Tercero - y esto es importante
para nuestro tema - la aceptación cada vez más grande
de los derechos humanos como los parámetros éticos
universales que nos dicen qué es un trato humano y qué
no lo es. Cuarto, el aumento y diversificación de los flujos
migratorios del Sur al Norte. Los analistas de este fenómeno
nos dicen que, en la última década, más personas
se han instalado en más países del Norte. (3) Por
último, la formación de una especie de cultura mundial,
al menos en sus expresiones. Cuando se escucha a Shakira todos
los días en las radios de París o se pueden comprar
cuadros de los impresionistas franceses en los mercados de Guayaquil,
no cabe duda que estamos frente a algo más que la americanización
de la cultura.
Considerada en este contexto, la migración es un factor
importante de globalización que, junto con los otros factores,
incide en el marco teórico que nos ha servido para pensar
lo político desde el siglo XVI: el Estado nacional. (4)
Esto lo hace, por una parte, al poner en cuestión el concepto
moderno de ciudadanía, un elemento constitutivo de la idea
de Estado nacional. Por otra parte, la globalización, que
la migración favorece, limita la soberanía de las
naciones, y bien sabemos que la soberanía es un atributo
esencial de la nación. Baste con pensar en el escasísimo
poder de negociación que los países andinos tenemos
en el ámbito mundial y en la poca influencia que ejercemos
en los organismos rectores mundiales. Es cierto que otros factores
sin relación directa con la globalización pueden
también poner en entredicho la idea de Estado nacional,
pero esto no le resta nada al desafío que plantean la globalización
y más particularmente la migración.
2. Desafíos de la migración al concepto de ciudadanía
¿Cómo puede la migración poner en cuestión
el concepto de ciudadanía - ese concepto tan central en
política y a la vez tan variable en la historia y cuestionado
en teoría (5)? A mi entender, la ciudadanía tiene
cuatro dimensiones fundamentales: (6) a) expresa un ideal de responsabilidad
cívica, b) conforma un sentido de identidad común,
c) es soporte de derechos y de beneficios socio-económicos,
y d) sienta las bases del autogobierno y la autonomía políticas.
Pues bien, la identidad común de una nación receptora
de inmigrantes se ve obligada a recomponerse continuamente por
la presencia de extranjeros de otra procedencia cultural quienes,
sin embargo, aspiran a la plena participación en los beneficios
de la sociedad, es decir a la ciudadanía en uno de sus
sentidos. Compartir entonces el mismo espacio público,
que no otra cosa es la ciudadanía, se vuelve entonces un
ejercicio difícil para todos, ya sea por falta de una identidad
común que englobe a quienes habitan un mismo territorio,
ya sea por diferencias en el acceso a derechos y beneficios sociales.
Decir que la identidad común de una nación se ve
afectada por la venida de inmigrantes, no significa hacer un juicio
valorativo sobre la inmigración. Es simplemente reconocer
la real conflictividad inherente al encuentro de culturas diferentes.
No es una novedad el afirmar que toda nación necesita de
ciertos valores comunes, de tradiciones y de una historia propia,
la mayor parte de las veces inventada, para poder existir. Como
dice Dominique Schnapper, "la adhesión intelectual
a principios abstractos - derechos humanos, respeto del Estado
de derecho - no sabría reemplazar, al menos en un futuro
próximo, la movilización política y afectiva
que suscita la interiorización de la tradición nacional".
(7) Nadie, en efecto, moriría voluntariamente por la Comunidad
Andina de Naciones o la CPI. Las naciones receptoras de inmigrantes
se convierten entonces en sociedades multiculturales de hecho,
aunque no de derecho como es el caso de Francia o Rusia, o viven
su multiculturalismo histórico con no pocos problemas,
como sucede en los Estados Unidos o Inglaterra. Es innegable que
una colectividad política no puede vivir desprovista de
un principio de unidad que trascienda las particularidades sin
aniquilarlas, a pesar de las alabanzas que levanta espontáneamente
la diversidad cultural. (8)
Además de la identidad común de una nación,
la ciudadanía en cuanto soporte de derechos y beneficios
resulta también afectada por la inmigración. Para
ser exacto, debería decir que en la defensa de los intereses
de los inmigrantes privilegia su mayor participación en
los bienes de la nación receptora. Este es también
el objetivo de muchos inmigrantes en la medida en que aspiran
a adquirir la ciudadanía del país que los acoge
- aunque aquí corro imprudentemente el riesgo de interpretar
experiencias que no son las mías. En todo caso, este enfoque
es obviamente generoso, necesario y justificado en la mayoría
de los casos, y yo lo sostengo. Pero debemos admitir al mismo
tiempo que tal modo de ver el fenómeno - y aquí
si cabría decir el problema - de la migración, subraya
en el concepto de ciudadanía solamente el bienestar socio-económico
que la ciudadanía permite y al cual da derecho. Es verdad,
la pertenencia a una nación debe ciertamente traducirse
en bienestar personal, pero no debería agotarse en él.
3. Repensar la ciudadanía desde los derechos humanos
y la solidaridad
El fenómeno del multiculturalismo ha dado lugar a un gran
número de análisis y propuestas teóricas,
sobre todo en países de habla inglesa. Claro que este fenómeno
es más amplio que la inmigración puesto que no hay
prácticamente nación que no incluya diversas culturas
en su seno - otra historia es la conciencia que de ello se haya
tenido, las instituciones que reflejen esta composición
o los esfuerzos que se realicen por negarla. Pero la inmigración
a contribuido no poco a la actualidad del debate sobre el multiculturalismo.
Yo quisiera concentrarme ahora sobre el concepto de ciudadanía
para replantearlo, aunque sea en forma de esbozo, a partir de
un análisis que tenga en cuenta los dos desafíos
mencionados. Este análisis reposa sobre el ideal de los
derechos humanos y sobre la noción de solidaridad.
Me parece que ninguna nación moderna puede construir o
recomponer su identidad colectiva al margen del ideal de los derechos
humanos. No sólo porque éstos se convierten poco
a poco en parámetros éticos internacionalmente reconocidos,
lo cual es una buena noticia en un proceso de globalización
donde el puro interés lucrativo lleva la delantera. Sino
porque no hay otra alternativa válida, hoy por hoy, para
construir una ética política internacional de "mínimos
exigibles", según los términos de Adela Cortina
(9).
Este bello deseo es ciertamente bello, pero tiene también
consecuencias de no poca importancia. Implica en primer lugar
avanzar hacia un concepto cosmopolita de ciudadanía, donde
la pertenencia nacional obviamente no desaparezca, sino que encuentre
el modo de articularse con la pertenencia universal a la misma
humanidad. Dicho de otro modo, el ciudadano de una nación
moderna deberá ser aquel cuya humanidad, o calidad de ser
humano, prevalezca sobre su nacionalidad, o calidad de pertenecer
a un Estado cualquiera.
Notemos, de paso, que los derechos humanos no son un sueño
de utópicos; ya funcionan como parte del imaginario colectivo
y desempeñan una función reguladora en la globalización.
A pesar de lo que digan los etnocentristas, "a la hora de
la verdad el relativismo no se lo cree nadie. Quien tiene por
irracional quitar la vida, dañar física y moralmente,
privar de libertades, o no aportar los mínimos materiales
y culturales para que las personas desarrollemos una vida digna,
no lo cree sólo para su sociedad, sino para cualquiera".
(10) Los derechos humanos constituyen un camino de salida de las
falacias del relativismo cultural y ético, aunque no estén
exentos de dificultades.
Una consecuencia práctica de pensar la ciudadanía
desde los derechos humanos se refiere directamente a la inmigración:
las naciones receptoras tienen que responder con más coherencia
al desafío de este ideal. Como es sabido, el artículo
13 de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre
(1948) protege la libertad de circulación: "toda persona
tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en
el territorio de un Estado". También conviene recordar
aquí el artículo 3, aunque su sentido sea mucho
más general: "Todo individuo tiene derecho a la vida,
a la libertad y a la seguridad de su persona". Frente a estos
imperativos, las legislaciones de estos países se quedan
cortas porque "en la práctica, el derecho de cada
Estado a regular y limitar esta libertad [de circulación]
prevalece sobre el derecho de los migrantes, y lo que debería
ser un derecho inalienable se ha convertido, de hecho, en una
excepción que los diversos Estados conceden a regañadientes
y con muchas reticencias". (11)
Junto a los derechos humanos, la ciudadanía en un mundo
globalizado tiene que construirse a partir de la noción
de solidaridad. Por solidaridad no debería entenderse únicamente
el deber moral de acoger al inmigrante o compadecernos de sus
sufrimientos. La solidaridad se refiere a uno de las dimensiones
de la ciudadanía mencionada antes: la responsabilidad cívica.
(12) Como lo sugería más arriba, el ser ciudadano
de una comunidad política significa también el deber
de construir el ámbito de lo público y de buscar
el bien común por encima de los intereses particulares.
Sin embargo, este deber cívico, que no se identifica ni
de lejos con el patriotismo, está muy venido a menos últimamente.
La ciudadanía parece haberse reducido en todos las naciones
únicamente al reclamo de los derechos políticos
y sociales que ella garantiza. Nadie verá, por ejemplo,
en ningún país una huelga, paro o manifestación
en que los participantes pidan una mayor cuota de deberes cívicos.
Pero si los ciudadanos no se sienten solidarios unos con otros,
si no se hacen cargo responsablemente del bien común de
la colectividad, ésta no puede perdurar porque su función
de "máquina distribuidora" de derechos y beneficios
la agotará tarde o temprano.
El inmigrante que trabaja y contribuye a la economía de
una nación está en capacidad de solidarizarse con
el resto de sus habitantes en la búsqueda del bien común
y ejercer así la responsabilidad cívica a la que
se obliga por su pertenencia de hecho a una comunidad política.
Nada dice que lo hará por el sólo hecho de habitar
esa nación, pero nada impide en teoría que asuma
su parte de responsabilidad y se convierta en ciudadano según
este sentido. Las formas de civismo pueden ir desde el respeto
al sistema de impuestos hasta el interés por la cultura
que lo acoge, pasando por las normas básicas de convivencia
que esa nación considera fundamentales. Lo importante es
que el inmigrante tiene la capacidad de ser ciudadano aunque carezca
del reconocimiento legal en un momento particular de su vida.
Esto sólo es posible, como está dicho, si la idea
de ciudadanía abarca también el ideal de responsabilidad
cívica. Al insistir en esta dimensión de la ciudadanía,
gana la nación y gana el inmigrante.
Conclusiones
A pesar de las justas críticas de los aspectos negativos
de la globalización, es innegable que este proceso acerca
personas de diversas procedencias, incluso físicamente.
El inmigrante se convierte así en la figura del nuevo ciudadano
global, cualesquiera que sean los las matices que esta afirmación
requiera.
En la configuración de esta nuevo concepto de ciudadano,
los derechos humanos juegan un papel que puede parecer paradójico
a primera vista. Por un lado refuerzan las demandas de más
derechos y más beneficios socio-económicos para
los inmigrantes, pero al hacerlo parecieran dar a entender que
la ciudadanía es únicamente un soporte de derechos
y beneficios. Por este motivo, un nuevo concepto de ciudadanía
debe integrar también la solidaridad, como responsabilidad
cívica por el bien común.
Derechos humanos y solidaridad pueden entonces dar una identidad
renovada a las naciones que, con razón o sin ella, se preocupan
por el rostro cada vez más multicultural de sus sociedades.
En cuanto a los países andinos, no podemos olvidar que
también son receptores de inmigrantes, aunque en menos
medida que los países del Norte. Pero el repensar la ciudadanía
para los nuevos tiempos no es una cuestión de cantidad
sino del proyecto de comunidad política que queremos para
nuestra región. En esto nos ayudará el ver en el
inmigrante no sólo al individuo necesitado, objeto de nuestra
hospitalidad y caridad, sino a un contribuyente más del
bien común de nuestros países.
Notas
1. Las Naciones Unidas afirma que el número total de personas
residentes en países de los cuales no son nacionales asciende
en el año 2000 a 175 millones, más del doble de
lo que sucedía hace una generación. Esto es, alrededor
del 3% de la población mundial es hoy un inmigrante, en
sentido amplio. En las regiones más desarrolladas los inmigrantes
constituyen casi el 10% de la población. De todos los inmigrantes,
el 9% está en calidad de refugiado (Department of Economic
and Social Affairs. Population Divison, International Migration
Report 2002, United Nations, New York, 2002, pp. 2 y 4).
2. Philippe Moreau Defarges, La mondialisation, 2ª. Ed.,
PUF, Paris, 1998, p. 7.
3. Según las Naciones Unidas, los países más
desarrollados recibieron un promedio anual de 2.4 millones de
inmigrantes entre 1990 y 2000 provenientes de los países
en desarrollo. Esto significa que la población inmigrante
en Estados Unidos, el principal país de destino en cantidad,
se incrementó en un 48% en ese período. El aumento
para Europa fue 16% (World Migration Report 2002, pp.2 y 14).
4. La socióloga Dominique Schnapper presenta una síntesis
de la idea de Estado nacional, su evolución y su lógica
a lo largo de una de sus recientes obras: La communauté
des citoyens. Sur l'idée moderne de nation, Gallimard,
Paris, 1994.
5. Ver Judith N. Shklar, American Citizenship: The Quest for Inclusion,Cambridge,
(Massachusetts), Harvard University Press, 1991, p. 1.
6. Para esta síntesis me inspiro en el paper de Christopher
Steck, Solidarity, Citizenship, and Globalization: Developing
a New Framework for Theological Reflection on U.S.-Mexico Immigration,
Georgetown University, Washington, Julio 2003, inédito,
p. 3.
7. D. Schanpper, La communauté des citoyens, p. 79.
8. Ver D. Schnapper, La communauté des citoyens, pp. 96-114.
9. Ver una síntesis de sus reflexiones en Adela Cortina,
Ética civil y religión, Madrid, PPC, 1995.
10. A. Cortina, Ética civil y religión, p. 105.
11. Fernando Ponce, "La libre circulación de personas:
desafío para el derecho internacional e indicador del desarrollo
nacional", Fe y Justicia, n. 9 (mayo 2003), p. 41. En este
artículo me intereso únicamente a la influencia
de los Derechos Humanos sobre la convivencia política.
12. Sigo libremente la interpretación de este término
que se encuentra en Ch. Steck, Solidarity, Citizenship, and Globalization,
p. 17 y ss.
* Fernando Ponce.
Doctor en Filosofía por la Université de Paris X,
Nanterre, Francia. Master en Teología por la Weston Jesuit
School of Theology, Cambridge, Estados Unidos. Licenciado en Filosofía
por la Universidad del Salvador, San Miguel, Bs. As. Actualmente
es coordinador en Guayaquil del Servicio Jesuita a Migrantes,
además es uno de los dos coordinadores de la red Pro-migrantes
de Guayaquil. Pertenece a la Orden religiosa de la Compañía
de Jesús. Ponencia presentada
en la Conferencia regional "Globalización, migración
y derechos humanos", organizada por el Programa Andino de
Derechos Humanos, PADH. Quito - Ecuador. Septiembre 16, 17 y 18
de 2003.
|