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1.- ¿Cuál es la especificidad de esta
coyuntura y de esta fase del ciclo reivindicativo popular? Es
la primera muestra de abierta de fuerza de los actores populares
luego de Febrero. Febrero mostró una enorme debilidad -casi
descomposición- en el aparato estatal; una disputa que
potenció al conflicto social, que evidenció las
debilidades de la gobernabilidad.
Un Estado débil como política pública, "desorientado"
como gestión, falto de instrumentos de gobernabilidad y
sediento de control como afirmación frente a su miedo,
produce la "peor" combinación política.
Febrero instaló a las Fuerzas Armadas como único
bastión firme del Estado. La gestión política
gubernamental, escudada tras las Fuerzas Armadas, es ineficiente
en términos democráticos. Las legitimidades del
sistema político se han diluido. Cuando la gestión
gubernamental no consiga sus objetivos de estabilización,
la situación política puede ser letal.
Más allá de la oleada reivindicativa tradicional
que se vive hoy, casi un ritual para estos meses en todos los
años, el "temor" de la opinión pública
es a un nuevo estallido, impredecible como el anterior. No existe
actor ni institución capaz de detectar la acumulación
de descontento que pueda expresarse mediante acciones que superen
los controles sociales y estatales. Por ahora, el enfrentamiento
está social y regionalmente focalizado: campesinos, indígenas,
sindicalismo tradicional, excluidos de todo tipo en el Departamento
de La Paz, cuya depresión económica también
es un factor catalizador.
La correlación de fuerzas que se exhibe en la escena es
fundamentalmente social -por la pluralidad de agendas- pero con
efectos políticos decisivos. La pluralidad de agendas y
la multiplicidad de orientaciones de la movilización que
se oponen a muchas formas del "establecimiento" son
la garantía de su procesamiento institucional o, al menos
dentro de niveles menores de violencia. No se han fundido, ni
ha conseguido una dirección política con objetivos
claros. Más aun, la agitación social no persigue
un propósito decidido de derribar al gobierno. Aunque,
cabe reconocer que la oposición no conoce de otro modo
de gestión de la política, que la desestabilización
y el debilitamiento.
Sin embargo, la coyuntura conduce hacia la exacerbación
de la fuerza de la sociedad, con la que ningún actor político
tiene vínculos orgánicos. Esto presenta riesgos
extremos cuando los imaginarios de asociación exitosa entre
liberalismo y pobreza habían copado todas las certezas
acerca del futuro. Esta fue el principal mensaje de las elites,
con el que se creía posible fundamentar la confianza política
en su conducción.
Pero la consecuencia ha sido desestructurar las débiles
bases del capital social. La institucionalidad se diluye en sus
dificultades antes de que puedan crecer sus fortalezas. El riesgo
fundamental es liberar la anomia contenida en un pasado de comportamiento
plebeyo, esa "masa en acción" que hizo la revolución
nacional y que ahora ancla a Bolivia en el corporativismo. La
"fiesta de la plebe" puede conducir a un enfrentamiento
generalizado, sin orientación, con alta capacidad destructiva
de "mínimo orden" y afectando a las precarias
instituciones.
La "medición" del "potencial disruptivo"
popular es muy difícil. Las apreciaciones que se hacen
acerca de sus límites se basan en los límites estrechos
de la capacidad de reproducción privada de los sectores
populares comprometidos. Es una expectativa muy pobre, tan pobre
como la pobreza crónica de los movilizados. Esta es una
apuesta del gobierno. Se asienta en que la pobreza que genera
la reivindicación, será la misma que garantice sus
alcances y provoque la desmovilización. Sin embargo, la
apuesta puede perderse cuando el despliegue de fuerza social supere
un "punto de equilibrio" y haga de la anomia el sentido
de pertenencia a un colectivo empoderado, que modifica los términos
de la reproducción social.
Dicho con sencillez, Bolivia -a través de su sede política-
está más cerca de un estallido social -que se exprese
en violencia exacerbada, saqueos incontrolados, enfrentamientos
de "todos contra todos"- que en acciones destinadas
a producir un golpe de Estado. Sin embargo, un estallido social
-en esta coyuntura de extrema fragilidad de la política
y del Estado- tendría consecuencias decisivas en el tipo
de democracia que se estructure en el futuro. La primera, la "castración"
de los partidos tradicionales como operadores políticos
en el presente y el futuro. Como resultado, la situación
actual parece afirmar, ahora en Bolivia, a los "colapsos
de los sistemas partidarios" que se han operado en algunos
países andinos; mientras que la forma de hacerlo -despliegue
nacionalista y poder desparramado por las calles- es exclusivamente
boliviana.
Si en el corto plazo, el espectro es un enfrentamiento que se
generaliza, la consecuencia de mediano plazo es más temible:
la quiebra de la cohesión social y ausencia de conducción
política pueden iniciar a un ciclo de violencia oscilante
entre lo social y lo político. Y que la incapacidad de
contención de los actores -nacionales e internacionales-
conduzca a un Estado que base la seguridad en la mayor coerción
y no en la mayor democracia.
2.- La sintomatología política es preocupante.
Las dos décadas de democracia han alojado a todas las variantes
de acuerdo partidario, pero se ha mantenido la fragmentación
del sistema y no ha habido ninguna renovación. La salvedad
ha sido la desaparición de la izquierda tradicional y el
surgimiento de una oposición, que es la agregación
de una capacidad de movilización y de vectores políticos
dispersos, que hacen de vehículo para nuevos componentes
políticos como son los ingredientes étnicos, la
informalidad, el milenarismo y la memoria reivindicativa y corporativa.
Pero, ¿es una renovación?
Los tres partidos que encarnan a la formalidad política
-MNR, MIR y ADN- han mostrado una altísima capacidad de
adecuación a las coyunturas de gestión y una extraordinaria
incapacidad para asentar sus acuerdos políticos en la sociedad
y en opciones de desarrollo. En este sentido, han agotado a la
eficacia del "acuerdo político" como sustento
de la gestión y, por esa vía, de la re-estructuración
del Estado y de modernización del sistema político.
Para este agotamiento de la "metodología política
boliviana" no se ve un horizonte de reemplazo. En el corto
plazo, la informalidad política -los "neopopulismos"
emergentes que se reemplazan como nombres pero que se reproducen
como estructuras- pretende constituirse en el soporte que provoque
el desbalance entre el gobierno y la oposición. Y constituirse
en árbitros de la coyuntura en tanto portavoces de la parte
más volatil del público.
Es probable que tras la caída del sistema de acuerdos
políticos, se encuentra la terminación de mal denominado
sistema "semi-parlamentario" y que Bolivia se encuentra
ante la necesidad de dotarse de nuevas formas de gobernabilidad.
El sistema que da muestras de caducidad estuvo basado en altos
niveles de tolerancia política entre elites, en ausencia
de actores sociales decisivos y con un apoyo internacional sólido.
Los pocos avances en la representatividad, como la participación
popular y las diputaciones uninominales, pueden venirse al traste.
El espejo de Bolivia es el resto de América Latina, en
que las reformas políticas apuntan a afirmar instrumentos
de gestión en torno al Ejecutivo, con notables ausencias
de rediseños de la representación y de fortalecimiento
paralelo de los legislativos. Pero también son posibles
otros instrumentos de gestión que permitan afirmar a los
componentes deliberativos de la democracia y rehacer a los acuerdos
políticos fundantes del sistema.
3.- Los códigos de la dinámica gobierno/oposición
tienen connotaciones de tragedia. Presentan una articulación
perversa, que ineluctablemente sabemos donde terminará.
Casi no hay lugar a la política. Las acciones son asertivas
de parte y parte. No existe un juego libre de oportunidades políticas,
que abra el cerrojo del desarrollo. Esta ecuación que debió
y debe ser nacionalmente resuelta. Sin embargo, por la fragilidad
estatal y el agotamiento de la metodología política,
por ahora, cualquier forma de oxigenación queda reducida
a los ejes de enfrentamiento.
Analicemos algunos contenidos
La oposición conformada básicamente por una mayoría
rural del altiplano -campesinos productores de alimentos de consumo
interno- y del valle del Chapare -campesinos productores de hojas
de coca- y por segmentos populares urbanos del sindicalismo tradicional
ha adquirido una clara connotación clasista. Está
encabezada por el MAS, aunque la dinámica de la reivindicación
social tiene su lógica propia.
El gobierno tiene un tema estratégico en su agenda. La
definición de los términos de la exportación
del gas genera auspicios para la coyuntura de depresión
económica. Las expectativas de una venta futura recrean
a la agenda de articulación internacional de Bolivia, tema
central del desarrollo. Al margen de la bondad o torpeza en el
manejo de las negociaciones con las empresas que puedan encargarse
de la producción y comercialización, de las relaciones
de los países a través de los cuales pueda hacerse
-Chile o Perú- y de los condicionantes técnicos
para ese proceso, el tema del gas se enfrenta a una disyuntiva
perversa. Todas las salidas tienen no solamente altos costos políticos
sino nacionales.
La colectividad boliviana vive bajo el peso de ser una nación
oprimida. La Guerra del Chaco se conecta con la Revolución
Nacional, la Guerra del Pacífico se conecta con los bloqueos
al desarrollo. La reacción colectiva frente a un problema
de opresión nacional genera imaginarios improcesables con
instrumentos técnicos o con decisiones racionales. El imaginario
de la nación afectada mueve las bases conductuales de los
colectivos, por ello la lentitud de los cambios de cultura política,
en especial, en estos temas.
El gobierno puso como vínculo central de su relación
con la oposición al tema de la producción de las
hojas de coca. La política asumida presentó variantes
formales frente al Plan Dignidad, sin constituir una plataforma
de negociación política. Se asumieron, además,
los términos de la política norteamericana en el
tema, incluyendo a la acusación a los productores como
"terroristas". La búsqueda inequívoca
es de un tratamiento privilegiado por Estados Unidos.
La oposición busca desplazar los parámetros anteriores,
para lo cual ha polarizado su intervención social en el
tema del gas, desde una perspectiva de "nación oprimida".
Esto es, el gas representa la solución a la problemática
del desarrollo bloqueado, es una fuente de disputa con los Estados
Unidos que aparece como beneficiario contra Bolivia, es fuente
de corrupción y posibilitaría el desarrollo industrial
nacional al procesarlo internamente.
Producido el conflicto de significaciones político -coca
contra gas- la racionalidad cartesiana pierde espacio frente al
poder que se desparrama en las calles y en las significaciones
más difíciles de desentrañar en el discurso
popular. Los códigos políticos no se resuelven en
el plano de la explicación, sino que solamente alteran
los supuestos conductuales de la nación. Y en la coyuntura
actual boliviana, del Estado.
En los siguientes meses, Bolivia vivirá la dificultad
de enfrentar códigos de mundos con significaciones intraducibles
cuando tocan los temas de la nación. Tampoco existen puentes
ni lenguajes institucionales. En corto, en la evolución
de la coyuntura pesará la virtual desaparición de
la clase media, el único actor con capacidad para decodificar
los lenguajes y para devolver ciertos estatutos básicos
a la política.
Por ahora, se ha masificado la oposición a la propuesta
gubernamental respecto del gas, cualquiera que fuere ésta.
Se ha sobrepuesto una connotación clasista de reivindicación
de los más pobres -los campesinos- y de los más
nacionales -los indios-. El tema de la coca parecería oscilar
entre la reacción a la oposición y la represión.
4.- La inserción internacional de Bolivia es un tema decisivo,
que no puede no tratarse. Pero ahora está acorralada en
el tema del gas versus coca.
La decisión de un puerto de exportación para el
gas provocará en todo caso una reacción desfavorable
del país excluido, sea este Chile o Perú. Por un
lado, en el caso de Perú, las elites del sur peruano -afectadas
por procesos de exclusión por el centralismo de su Estado-
confían en la exportación del gas boliviano como
fuente de desarrollo. Y además como consolidación
histórica de un acuerdo geopolítico. Por otro lado,
en el caso de Chile, el grado de necesidad que tiene de gas para
el desarrollo de su territorio norte y en general del país,
no es comparable con la pesada oposición de la población
y de las Fuerzas Armadas chilenas a cualquier concesión
a Bolivia al margen de los Tratados. Una decisión contraria
a Chile aleja, de modo más radical, cualquier posición
negociadora futura.
La definición de una política estatal hacia la
coca fuera de los parámetros del Plan Dignidad entraña
la re-inclusión de Bolivia en los parámetros clásicos
de la seguridad de los Estados Unidos de Norteamérica.
Esto supone, que Bolivia se re-integra a los países que
generan riesgos decisivos a la seguridad norteamericana, más
allá de su voluntad de salir fuera del marco andino.
La cuestión del terrorismo parece no tener un asidero
cierto. Las explosiones sociales, con uso de armas en menor escala,
no convierten a Bolivia en un espacio de guerra civil o guerrilla
significativa. Las acciones propiamente terroristas no se han
registrado. Más bien el tema es que un acorralamiento a
las reivindicaciones étnicas, en el sistema político
más fuertemente indio de América Andina, provoquen
reacciones de violencia milenarista asociadas a la demanda por
mayor democracia, de lo que existen ejemplos en el continente.
Y Bolivia ha sido un país que ha hecho esfuerzos para
aproximarse en términos de inserción económica
externa al MERCOSUR y separarse en términos políticos
de la CAN.
Pero la paradoja es que Bolivia -el más andino de los
países de la Comunidad Andina de Naciones- se ancla a los
países andinos, adicionalmente, a través de los
vínculos más complejos: la inestabilidad democrática
y la violencia política.
Septiembre, 30 de 2003.
POSTCRIPTUM
¿Y ahora
qué?
La situación actual
La coyuntura ha comenzado a encontrar cauces. Las situaciones
límite llevan a las sociedades a adoptar decisiones constructivas,
que las alejan del suicidio sociológico. Bolivia puede
ser el caso, en que la espontaneidad arrinconó a la elite
política, y que encontró en una serie de símbolos,
una inédita capacidad de autorregulación, sin la
mediación de los actores tradicionales. Queda mucho camino
por recorrer, pero los síntomas son auspiciosos.
El primero es la sucesión constitucional. Sin que haya
tenido que apelarse a la tradicional salida andina -"guardar"
a la Constitución en un cajón" por un par de
días o meses y "revivirla" al cabo- shock que
ha permitido a otros países conservar la "estética"
de la política y a la comunidad internacional la "dignidad"
de sus instrumentos. Ahora, el gobierno constitucional de Bolivia
debe tener contenido y procedimientos para ser viable.
El segundo es la definición de una agenda mínima
por el gobierno, que se ha autodefinido como "de transición".
Esta definición, que permite a los actores políticos
y sociales, tradicionales y emergentes, bajar la "adrenalina"
y manejar cautelosamente sus miedos, tiene antecedentes de buen
y mal manejo en América Latina, ninguno enteramente asimilable
a Bolivia. Paniagua, en Perú, y Dualde, en Argentina, entendieron
que la limitación temporal de su gobierno transitorio les
garantizaba las posibilidades políticas a las fuerzas en
ascenso, a los actores económicos les posibilitaba una
programación de actividades y a los movilizados les daba
señales de instalar los procesos de corrección que
demandan. Este tema, la indefinición temporal del gobierno
boliviano actual, puede ser un eslabón débil del
proceso.
La agenda de la transición tiene demasiadas tareas y demasiada
complejidad para ser afrontada por un sistema político
-y no sólo por el gobierno- asentado en su debilidad, obligado
por el sensación del vacío/abismo, político
y físico, a una cierta racionalidad. Examinémoslos.
Referendum = Soberanía popular
Un referéndum vinculante para tratar el tema del gas tiene
muchas limitaciones. Se llegó a la figura de la consulta
popular empujado por la dinámica de la sublevación.
El cumplimiento necesario del mandato del referéndum es
obvio -si la institución está bien diseñada-,
ya que para ello se acude al mandante primario y se deja, temporalmente,
sin delegación a las autoridades a cargo de la decisión
en tiempos normales. Un "referéndum consultivo"
fue una timadura ya que es sólo una encuesta, con la ventaja
que ésta, la encuesta, es menos cara, la puede hacer una
publicitaria sin la Corte Nacional Electoral y el público
no es manipulado.
Pero salgamos de los laberintos de la manipulación y examinemos
otros problemas. Una consulta popular puede interrogar al pueblo
acerca de criterios, normas o decisiones. De hecho, cada una puede
ser una institución con su propia denominación.
Todas tienen carácter vinculante, siendo lo importante
lo que se pregunta. Existen muchos casos de manipulación
en la formulación de preguntas, por lo que se suele establecer,
o limitaciones legales a las preguntas o instancias de calificación
de las preguntas. Una manipulación puede ser fatal para
un proceso de apertura democrático o desencadenante de
nuevas protestas.
Sin embargo, el tema central es preguntarnos ¿Toda decisión
de la gestión pública podría estar sujeta
a referéndum? La esencia de la delegación en democracia
es permitir la adopción de decisiones dentro de un marco
general otorgado por el mandato. Cuando ese mandato se quiebra,
es irregularmente administrado o existen normas que lo mandan,
se puede acudir a la consulta popular. Este es o puede ser el
caso. Pero no toda la materia de la gestión pública
entra en la posibilidad de la consulta, al menos de la misma forma.
La gestión pública está flanqueda por la
realidad y por los límites que impone la técnica.
Así, no es posible acudir a los electores para preguntarles
acerca de irrealidades o situaciones imposibles de transformar.
Desde este punto de vista, una vez comprometido un referéndum,
la cuestión central es la pertinencia de sus preguntas,
para que contribuyan a la legitimidad pública y a la sensatez
en la conducción del país.
Refundar es una cosa seria
La Asamblea Constituyente se impuso en la agenda pública.
Ayer, obviamente, estuvo muy alejada de las primeras prioridades
del público boliviano. Hoy, la realidad de las estructuras
institucionales resquebrajadas o definitivamente quebradas, obligan
a nuevos diseños en los que la gente ha puesto sus ojos.
Los cimientos de la casa política se han movido y es preciso
establecer hasta donde y reemplazarlos si es necesario.
Una Constituyente es una forma de establecer un nuevo acuerdo
político entre los bolivianos acerca de su Estado en el
sentido lato, esto es, la institucionalidad social y política,
las vinculaciones entre funciones del Estado, las relaciones del
Estado y la economía, y los órdenes territorial,
funcional y administrativo.
Constituyente es un apelativo muy fuerte para una Asamblea que
surge de un mandante primario. Quiere decir que lo constituye
todo, incluso a la misma institucionalidad que le da origen y
a las autoridades que rigen el cuerpo que ejerce su soberanía
para convocarla. En caso contrario, sería una Asamblea
surgida del poder constituido, por ejemplo el Congreso, con objetivos
de reforma constitucional parcial y alcances limitados.
El lenguaje político se ha encargado de darle algunas
significaciones sólidas y podríamos calificarlas
de extra-técnicas. Una es la idea de refundación
del país. Un tiempo la frase paseó por los pasillos
de los grupos de izquierda, ahora es una bandera de grupos regionales.
En los pasillos regionales, connota al logro de un nuevo acuerdo
territorial -que tanta falta le hace a este país-, que
de inicio a una nueva forma de gestión (¿Y de representación?).
Las experiencias latinoamericanas muestran que salimos de las
dictaduras sin Asambleas Constituyentes, sino mediante una recuperación
acelerada de instituciones, reasumidas sin "beneficios de
inventario". Fue literalmente un "retorno a la democracia",
esto es a la institucionalidad que pudo sobrevivir al autoritarismo.
Las Constituyentes en su exacta concepción no entraron
en la moda.
En la actual acepción, una Constituyente es una Asamblea
especial que evalúa el desempeño de las instituciones
y tiene atribuciones de reforma de toda la Constitución.
Pero no aborda otros temas, como la capacidad fiscalizadora o
los términos de los mandatos. De hecho funcionan en medio
de regímenes constitucionales sin afectarlos y, más
aun, paralelamente a los Congresos, con los que se llegan a compartir
competencias.
La agenda, que es un tema sumamente delicado, ha sido materia
de controversias. ¿Es posible una Constituyente con agenda,
con acuerdos previos de los actores sociales y políticos?
¿La agenda y los acuerdos afectan a la soberanía
popular?. Sí y no. Una agenda que ordene la gestión
Constituyente es sana en toda dimensión. Unos acuerdos
que limiten la gestión constituyente al margen de los mandatos
ilegitiman a la Asamblea. La soberanía popular expresada
en sus constituyentes es incuestionable y se debilitaría
si precisaría de ratificación.
Muchos son los temas de una Constituyente. Hay que tratarlos
con sumo cuidado y sobretodo con transparencia, por ejemplo, su
composición, tiempo de duración, forma de funcionamiento,
atribuciones. Las cuotas de poder de la Constituyente las darán
los electores. Pero su diseño, por su novedad y carácter
único, da muy poco espacio para el error en el diseño.
La ventaja es que otros países ya han recorrido algún
terreno en esta materia y el que va al último tiene como
ventaja el conocimiento de los errores del otro.
¿Podemos vivir juntos?
Vista desde la Constitución, Bolivia no tiene gobiernos
subnacionales sino solamente formas de control territorial -comprendidas
como regímenes especiales- de fuerte tufo oligárquico.
Lo primero que hay que hacer es retirarle algunos mitos a la descentralización.
El proceso de descentralización es solamente los grados
de autonomía de los gobiernos subnacionales, que permiten
afianzar a la democracia y mejorar la prestación de servicios.
Estos grados de autonomía -en el mundo no existe un "enlatado
autonómico- deben establecerse mediante acuerdos políticos.
Todo lleva a pensar que en Bolivia estamos frente a uno de esos
momentos. La cuestión es ¿por donde debe avanzar
la descentralización?
Las autonomías o el nombre que quisiéramos darles
son, desde otro ángulo, la necesidad de los nuevos actores
regionales de dotarse de un sistema político regional y
de participar en el nacional. Un gobierno subnacional es solamente
y sobradamente eso. Una conformación de nuevas legitimidades,
que luego se traduzcan en gestión pública. Pero
para afirmar a la nación. Si no se quiere afirmar a la
nación, hay que irse. Si se decide quedarse, hay que asumir
y participar en las reglas y los contenidos de la nación
en la cual participa. Entre ellas, la redistribución de
los beneficios del desarrollo.
La marea de reivindicaciones también levantó a
aquellas que se opusieron a la reivindicación. Es legítimo.
Todos deben concurrir al rediseño de las bases del Estado.
Un sistema de partidos infartado
La actual forma de los partidos en Bolivia ha colapsado. Lo obvio
es que los partidos no cumplían función alguna en
la sociedad, salvo vehiculizar apetitos particulares. Muestras
al canto. ¿Acaso la coalición que sustentó
al gobierno pasado pudo cumplir su función de soporte social
de la gestión y de control social de esa gestión
política?
¿Puede un gobierno democrático funcionar con los
partidos en hibernación? De modo permanente no, de modo
transitorio sí. El reto plateado por el presidente Mesa
es interesante. ¿Tendrán capacidad para reconocer
y aprovechar la oportunidad de autocriticarse y reformarse? La
historia reciente de la región nos dice que los reformadores
no se reforman, dicho en concreto, que los partidos, protagonistas
de la reforma política, lo único que no reforman
es el sistema de partidos. Pero tendrán que tomar rápidas
medidas que los relegitimen ante la población. Justamente
para ser parte legítima del proceso reformador fundamental,
la Asamblea Constituyente.
La salida inmadura de los partidos sería replegarse mientras
dure el vendabal y cuando amainen las lluvias retomar la iniciativa,
a la modalidad de un "frente clasista de defensa". No
tienen ninguna fuerza histórica, pues junto con el sistema
de partidos, el "turbión" social se llevó
al vaso medio vacío y medio lleno de parlamentarismo y
presidencialismo. Pero, los partidos sí tienen desde donde
levantar la ofensiva: el Parlamento. Desde allí pueden
hacer una oposición destructiva contra el gobierno, que
se refugiará en la sociedad.
Entonces comprendemos, que la política puede convertirse
en un casino. La duración incierta del gobierno -amenaza
por medio de renuncia presidencial- es una apuesta que puede ser
funcional pero en ningún caso es seria. Sin lugar a dudas
es el eslabón débil del gobierno, que impide estrategias
estables de concertación...y hasta de inversión.
Una conclusión obligada
En suma, el problema fundamental es la desconexión entre
una sociedad civil que ha conformado poder en las calles, desautorizando
al sistema político, y una sociedad política cuyos
partidos no encuentran la agenda para vincularse con la sociedad
que dicen representar.
El problema urgente es asentar, en una plataforma común,
a las bases de poder real subsistente y emergente, virtual y real.
El tema no es otro que la nación, esto es, los atributos
que nos permiten a todos converger en un proyecto para "vivir
juntos" teniendo formas públicas comunes. Para ello,
no solo debemos conocer quién gobierna a Bolivia, sino
¿qué nos une y qué forma pública debe
tener esa unidad?
El desmoronamiento de la coalición gubernamental presidida
por Sánchez de Lozada viabilizó una salida, pero
no garantiza la forma que adquiera el soporte del gobierno que
surge.
La principal fracción de poder, en el sentido cualitativo,
la deben tener los actores de la calle. La esencial fracción
de poder la debe tener el sentido de continuidad de la nación.
El tema es cómo darle una forma institucional a esas demandas
de la calle y reformar la inconveniente institucionalidad de arrastre.
Octubre, 24 de 2003.
* Estas notas fueron escritas el 30 de
septiembre de 2003 cuando se había abierto una coyuntura
de insubordinación popular, en que la velocidad de los
acontecimientos no permitía aventurar conclusiones sobre
el futuro. Por su carácter testimonial y por una elemental
honestidad intelectual no se lo ha alterado y se lo ha complementado
con un postcriptum. La Paz, 24 de octubre de 2003.
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