Programa Andino
de Derechos Humanos

 

Análisis sobre Movimientos Sociales, Políticas de Seguridad y Democracia


Las estrategias desmovilizadoras del Plan Colombia

Corporación Colectivo de Abogados "José Alvear Restrepo"*

Ponencia en el marco del Foro Social Mundial Porto Alegre 2003

Contenido
Plan Colombia
El movimiento popular
Plan Colombia y pactos sociales

La tensión producida por el olvido estatal hacia la mayoría de comunidades rurales del territorio colombiano ha sido una constante en nuestra historia. La desigualdad social, la desidia gubernamental frente a la calidad de vida de los campesinos, en suma, el total abandono más la concentración exagerada de tierra por parte de unos cuantos y sucesivas reformas agrarias que sólo a ellos han favorecido, ha propiciado la formación de ciertos estados de "ilegalismo", como lo es el cultivo de plantas de uso ilícito, pero también ha sido fuente originaria de la organización y movilización popular como fuente primigenia de exigibilidad de derechos.
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Cómo se ha desarrollado el movimiento popular de las comunidades que participan de la economía cocalera frente al Plan Colombia y cómo este respondido con sus hilos tejedores de Imperio a dicho movimiento, es el quehacer del presente escrito.


Plan Colombia

El Plan Colombia tuvo como excusa propicia el tema del narcotráfico inmerso en el discurso mundial de la política antidrogas, traducido en los compromisos adquiridos por el Estado colombiano en la Convención de las Naciones Unidas contra el Tráfico Ilícito de Estupefacientes y Sustancias Sicotrópicas de 1988, que incidió en la promulgación del Estatuto Nacional de Estupefacientes del año de 1989 y se desarrolló ampliamente en el documento "Plan Nacional de Lucha contra las Drogas: Colombia 1998 - 2002" del presidente de la época, Andrés Pastrana Arango.

El desarrollo de estos instrumentos legales se enmarcarían en el concepto de Desarrollo Alternativo (asociación del problema de producción al de pobreza) a través de la política del Plan de Desarrollo Alternativo PLANTE (que tendría que erradicar las 120.000 hectáreas sembradas en el sur del país, según cifras de la CIA), pero sería interpretado perversamente por las directrices del Plan Colombia, que lo entendieron como un tema eminentemente militarista al relacionarlo directa e inescindiblemente al conflicto armado.

Una de las versiones del Plan Colombia señalaba como objetivo estratégico número uno del mismo:

"Fortalecer la lucha contra el narcotráfico y desmantelar las organizaciones de traficantes mediante esfuerzos integrales dirigidos por las Fuerzas Armadas: (1) combatir el cultivo ilícito mediante la acción continua y sistemática del Ejército y de la Policía, especialmente en la región del Putumayo y en el sur del país y fortalecer la capacidad de la Policía en la erradicación de dichos cultivos. (...); (2) establecer control militar sobre el sur del país con propósitos de erradicación. Destruir las instalaciones de procesamiento, y mejorar la intersección de drogas y de precursores en los medios terrestres, aéreos, marítimos y fluviales; (3) restablecer el control gubernamental sobre las áreas clave de producción de drogas".

Pero, cuál sería la estrategia para restablecer el control gubernamental en dichas áreas clave? La respuesta tenia doble cara, de un lado, la fuerza, una fuerza combinada de Policía y Ejército, entrenada y dotada por el gobierno norteamericano.

De otro lado estaba el establecimiento de CONFIANZA entre el campesinado y el gobierno nacional. El discurso de la CONFIANZA tenía varios matices: participación de los pobladores en la formulación de programas de desarrollo y la firma de "PACTOS SOCIALES" en los cuales, concertadamente se decidiría la forma y los plazos de erradicación y de dotación de infraestructura vial, capacitaciones, planes de desarrollo local, etc. Sin embargo, como lo describiremos más adelante, los procesos de participación y los lazos de confianza serían burlados por la administración Pastrana y más tarde, totalmente desestimados por el gobierno de derecha de Álvaro Uribe Vélez.

El movimiento popular

No es materia de este ensayo realizar una descripción del movimiento campesino colombiano ni ahondar en los orígenes de la movilización conocida como las "marchas cocaleras de 1996" en el sur del país, nos basta simplemente rescatar una cifra: al menos 200.000 campesinos marchando en pro de soluciones inmediatas, viables y sostenibles a la crisis social y económica que vivían, mientras se debatían entre la criminalización por su actividad productiva, acusaciones del gobierno nacional de haber sido cooptados por la guerrilla y políticas públicas irrisorias de desarrollo social.

Para el año 1996 la magnitud de la movilización social en contra de las arbitrarias decisiones del gobierno de Ernesto Samper, ceñido al modelo neoliberal implantado por su antecesor, el hoy secretario de la OEA, Cesar Gaviria, provocó movilizaciones en diversas regiones, como lo señala el antropólogo Edgar Montenegro:

"La Administración Samper/96 evitó el Paro Cívico del Macizo: bloqueo de la Panamericana, que es lo que le preocupa a los Gobiernos- aceptando la negociación directa a todo costo (...) que coincidía con el Paro Cívico del Putumayo, las masivas y mal llamadas "marchas cocaleras", la Marcha Campesina e Indígena del Caquetá sobre Florencia, del Guaviare en Miraflores y San José, recuerden las imágenes televisadas del tratamiento militar a las movilizaciones, La Marcha de La Gabarra y Tibú (Catatumbo/Norte de Santander) hacia Cúcuta y la Marcha del Sur de Bolívar, que llegó a concentrar 15.000 pobladores de ventitrés (23) municipios del Magdalena Medio y la Depresión Mompoxina en San Pablo, Bolívar.

Esta actividad social propició la negociación entre campesinos y gobierno nacional: los primeros, reinvindicando fundamentalmente su carácter de interlocutores válidos y los segundos cediendo algunos espacios con un fin único: negociar para desmovilizar, prometer primero para dispersar las masas y luego incumplir lo pactado bajo argumentos indefensables.

"El gobierno nacional firmó con los voceros del Paro Cívico Departamental del Putumayo el 20 de agosto/96 en Orito; con la Comisión Negociadora de la Marcha Campesina e Indígena del Caquetá el 12 de septiembre/96 en Florencia; con los voceros de la II Movilización del Macizo colombiano, Sur del Cauca y norte de Nariño en Popayán, el 24 de septiembre/96; con la Comisión de Negociación del Comité Central de la Marcha del Sur de Bolívar en San Pablo el 29 de septiembre/96 y un mes después con la Movilización Campesina del Valle del Río Cimitarra y Yondó (Antioquia) que firmó el Acta de Compromiso en Barrancabermeja el 22 de octubre/96.

(Estos compromisos) fueron incumplidos entre el 80 y hasta el 95% de los puntos acordados, precisamente comprometiendo los procesos sociales de las regiones donde -desde entonces-, se desata la ofensiva militar a través del método paramilitar, esto es, de bandas armadas que siembran de muerte y terror unas regiones y de dolor y desplazados a Colombia. El "negocio redondo" de la guerra a cuenta de la "guerra a la subversión y el narcotráfico" de realizar un nuevo y profundo despojo de tierras y recursos y de paso controlar los negocios de la coca, amapola, oro y armas (1)".

Esto nos permite darnos cuenta de la terrible fórmula de control social y eliminación de los movimientos populares: primero, efectuar atropelladas negociaciones con movimientos de presión fuertes que posteriormente y ante la incapacidad de monitoreo por parte de las mismas comunidades, debido a las difíciles condiciones de coordinación, al exterminio sistemático de sus líderes y a la efectiva estrategia paramilitar, serán incumplidas impunemente.


Plan Colombia y pactos sociales

De 1996 al año 2000 hubo un cambio sustancial en la fuerza de la movilización social. Con la eliminación de los líderes de las marchas, el empoderamiento paramilitar en los cascos urbanos del departamento del Putumayo y las inminentes fumigaciones, 35.000 familias se vieron obligadas a firmar 37 pactos de erradicación.

Para mostrar tanto a nivel nacional como internacional los "concertados" planes de erradicación fue preciso nombrar a un personaje siniestro. El funcionario encargado de la consejería de Convivencia y Seguridad Ciudadana del presidente Pastrana sería el responsable de la Política de Desarrollo Alternativo y por tanto, del engaño a los cultivadores de coca.

Pese a que la ideología del Desarrollo Alternativo admitía la relación pobreza - cultivos, que en algún sentido des-criminalizaba al pequeño cultivador, para la administración Pastrana: era "una verdad indiscutible que el problema del narcotráfico en nuestro país se centra en los cultivos ilícitos y ya no en la existencia de grandes carteles (2)". Lo cual ponía al pequeño cultivador como objeto para la represión, el castigo y el sometimiento.

Con campesinos temerosos de nuevas fumigaciones y en un estado permanente de zozobra por la presencia paramilitar, fue muy fácil para el gobierno hacer firmar dichos acuerdos cuya característica principal es el mayor peso para los cultivadores (que tendrían que erradicar en el plazo de un año) y la flexibilidad para la administración (que sólo a mediano y largo plazo tendría que cumplir sus promesas de desarrollo).

El truco consistía en ofrecer a los campesinos una "ayuda" inmediata llamada "Seguridad Alimentaria", es decir US$ 900 por familia para todo un año representados en vacas, pollos o semillas, que serían administradas por particulares:

"El esquema de atención se realizará bajo una figura similar a la utilizada exitosamente en la atención de los damnificados del terremoto del eje cafetero, es decir, a partir de operadores no gubernamentales -seis en total- que acompañarán a los campesinos e indígenas en la realización de una serie de inversiones destinadas a promover cultivos de corto, mediano y largo plazo (3)".

Lo que sigue de la historia es la circense repartición de recursos entre estas operadoras, que hoy día se ven inmersas en escándalos por el manejo de los mismos. Al campesino se le entregaban dos vacas , veinte pollos o algunos bultos de semilla, con ello tendrían que sobrevivir todo un año, y si es irrisorio este concepto de "seguridad alimentaria", la naturaleza de estos bienes es verdaderamente perversa, pues aquellas vacas enclenques realmente estaban valoradas por su calidad en la mitad de los novecientos dólares, los pollos eran de galpón, por lo tanto no tenían pico y morían al poco tiempo de ser entregados, y las semillas eran entregadas, como cuentan los pobladores, sin capacitación para su siembra, abonos o pesticidas.

Para completar este macabro cuadro, los campesinos narran que al no poder completar las operadoras la "ayuda alimentaria" prometida, decidieron entregar tejas, tornillos, tubos y puntillas, días antes de las fumigaciones para dejar constancia histórica que antes de las mismas ya toda la ayuda había sido entregada y quienes habían incumplido con sus obligaciones eran los campesinos, que no erradicaron sustancialmente la coca.

Pero esto no es todo, con el fin de dar la apariencia a la opinión pública nacional e internacional que las fumigaciones no causaban daños a cultivos lícitos, fuentes de agua o la salud humana, se creó un procedimiento legal (Resolución 0017/01) para tramitar las quejas por los "presuntos" daños causados a los campesinos. Dicho procedimiento fue exigencia del congreso de Estados Unidos al aprobar los dineros para el Plan Colombia y fue monitoreado por la embajada de dicho país en Bogotá.

Sabemos que a la fecha no hay una sola indemnización producto de este procedimiento, debido a que impone gravosas cargas probatorias a los campesinos, y a que las zonas de daños son las mismas con "graves alternaciones al orden público", por tanto, los funcionarios encargados de comprobar los perjuicios quedan eximidos de realizar las correspondientes verificaciones

Este escenario demuestra lo retórico del Plan Colombia, pues con la entrada en escena de particulares, el Estado colombiano evitaba reclamaciones directas, omitía su deber de valoración agrícola de la región para implementar programas viables a mediano y largo plazo y fraccionaba el tejido social, pues los campesinos que erradicaron culparon a los que lo hicieron parcialmente, de las fumigaciones de las que fueron víctimas en agosto de 2002.


Este escenario permitió que la administración Uribe Vélez asumiera una postura rígida e intransigente frente a las fumigaciones, en contravía a mínimos principios en materia ambiental(4), aduciendo que el número de hectáreas cultivadas lejos de disminuir habían aumentado y que realmente no existía voluntad clara de erradicación por parte de los pequeños cultivadores.

Esta actitud es plenamente respaldada por operadores externos, ejemplo de ello, la firma norteamericana Chemonics que tuvo mucho que ver tanto en la ejecución de los pactos como en la planeación de la política subyacente a ellos y que hoy día propone a los campesinos proyectos de "bosques maderables" o explotación maderera de la selva virgen para consolidar la tragedia ambiental de nuestra selva amazónica.

Ahora bien, imaginémonos un destino aún más oscuro, considerando el escenario mundial de lucha contra el terrorismo impulsado, financiado y fortalecido por los Estados Unidos que ve en ella una preciosa oportunidad de favorecer su industria bélica y química e insertemos esta imagen en otra que represente el conflicto armado interno en Colombia, manejado por el Estado colombiano que bajo la consigna de "quitarle el agua al pez" se vale de grupos paramilitares y ve en el campesino un potencial enemigo interno.

Cuál es el destino de los movimientos populares bajo un es quema de control importado de los delirantes sueños bélicos de norteamérica? La organización campesina colombiana a la que la guerra sucia asesina a sus más nobles líderes e intimida a sus más inocentes no tiene canales jurídicos de exigibilidad y es objeto de exterminio cuando utiliza los canales democráticos de movilización y protesta.

Después de las reflexiones precedentes, es decir, justamente ahora, es nuestro deber reivindicar la causa del hombre, denunciar y condenar los Planes regionales que inmunizan a quienes históricamente se han beneficiado de horrendos crímenes y que han atentado contra la manifestación más hermosa de solidaridad: los movimientos sociales y populares.


Notas:
1. Ponencia ante el IX Congreso de Antropología. Julio 19 a 22 de 2000 - Popayán, Cauca. Memorias del Futuro. Edgar Montenegro. En http://www.colciencias.gov.co
2. Center for Hemispheric Defense Studies. REDES 2001May 22-25, 2001, Washington DC. Panel on Colombia. El Camino Hacia la Paz. Publicado en la revista Semana. Por: Gonzalo de Francisco Z. Consejero Presidencial para Convivencia y Seguridad Ciudadana.
3. Ibídem.
4. Es abiertamente conocido que en Colombia se está fumigando sobre ecosistemas frágiles desde hace más de 20 años con elementos químicos (primero el paraquat y ahora el glifosato) de los que no se tiene estudios ambientales serios, ni evaluaciones de su impacto en la salud humana. Los esfuerzos para realizar cartografía de fuentes hídricas o asentamientos humanos en las zonas a fumigar han sido presa fácil para la realización de fraudes y la consolidación de una dinámica corruptora alrededor de todo aquello que implique nuestra política antinarcóticos.


* Corporación Colectivo de Abogados "José Alvear Restrepo". Organización No Gubernamental de Derechos Humanos de Colombia.

 

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