Programa Andino
de Derechos Humanos

 

 

 

EDITORIAL
Sobre los Movimientos Sociales

 

Sin pretender discutir con detenimiento "qué tienen de nuevo los nuevos movimientos sociales" (Melucci, 1995, Tarrow, 1997, Offe, 1982), lo cierto es que, al doblar el siglo, éstos se han convertido en algunos de los actores sociales y políticos más relevantes de las sociedades modernas (Giddens, 1992). En el caso de América Latina esta relevancia ha permitido descentrar la identificación entre poder del Estado y poder, por ende entre política y poder. Este descentramiento ha permitido desplazar el debate sobre este tema desde el Estado hacia la sociedad civil. Para ser más exactos, la sociedad civil se ha podido redefinir a partir de la apropiación del poder que conlleva este descentramiento. De ese modo, la sociedad civil más que un ámbito en donde se estructuran y circulan las relaciones económicas y del derecho privado, se ha convertido en el ámbito en donde circulan y se estructuran las relaciones de poder o, si prefiere de contrapoder que surge de la sociedad en oposición al poder del Estado (Lenin, 1917) y al conjunto de poderes sociales e institucionales. Como consecuencia de esta circunstancia histórica, lo público de la esfera política estatal se ha trasladado a la sociedad civil y se ha convertido en exponente de la acción social colectiva, lo que ha posibilitado la irrupción de nuevos actores, en este caso los movimientos sociales, con incidencia social y política.

En América Latina como en otras partes del mundo, esto ha sido posible gracias a que se han generado espacios públicos (Habermas, 1995) desde los que los movimientos sociales han asediado pero, más que nada, han cuestionado los límites del Estado de derecho y de la democracia que éste representa. Esto significa que los espacios de opinión pública han sido los mecanismos que han posibilitado la emergencia y estructuración de nuevos movimientos sociales, que se han constituido tanto en el Estado como al margen de éste. Así, la lucha del movimiento de mujeres (cualquiera sea la concepción que se tenga de aquel) ha sido legal (Alvarez, 2002, Dagnino, 2002), basada en los temas de reconocimiento de ciertas esferas y problemáticas (violencia doméstica, por ejemplo), la cual ha derivado en una lucha eminentemente institucional que, en no pocos casos, ha favorecido la consolidación de un Estado eminentemente panóptico.

Pero, también de los más importantes movimientos del continente que tienen un ascendiente rural, como son el movimiento sin tierra en Brasil, el movimiento de los cocaleros en Bolivia y el movimiento indígena, en Ecuador, que se constituyen al margen del Estado y cuya lucha tiende a ir más allá de los límites impuestos por éste. A causa de esta circunstancia todos ellos se han convertido en los exponentes de una lucha que desborda lo legal y que se ha instalado en la política, a partir de la definición de otro horizonte de acción que cuestiona el poder estatal y el orden los poderes locales en los que éste se establece. Por consiguiente, se ubica más allá de la concepción tradicional del derecho en el que se sostiene el Estado y al que se han visto avocados ciertos movimientos sociales.

Como es conocido, dentro de los "movimientos sociales al margen", el movimiento indígena ha apuntado, sobre todo, a poner en cuestión la identificación del Estado y la política estatal con ese referente denominado la Nación. Su lucha y la "retorica" de la que parte (Warren y Jackson, 2002), entendida como "reconocimiento" y "autodeterminación", ha tendido ha ampliar este debate hacia lo plurinacional y multiétnico. Desde esta perspectiva, ha apuntado a romper estratégicamente las viejas identificaciones e identidades creadas desde el Estado de derecho y la política que definen de una manera abstracta al ciudadano. Ha sido una lucha que ha buscado ampliar los límites de la ciudadanía y el Estado y, en su versión más radical, a cuestionar las bases mismas de éste.

Al poner en debate este referente de la nación el movimiento indígena ha cuestionado la base cultural de las sociedades latinoamericanas, las cuales se han constituido como parte del proyecto ilustrado. Es decir, se ha opuesto a la continuación del proyecto liberal llevado adelante por las elites que secularmente han dominado la política desde el momento en que nuestros países se convirtieron en repúblicas independientes. Debido a este hecho ha politizado la cultura y, lo que es más importante, ha cuestionado la separación entre cultura y política que sostenía y sostiene al liberalismo como proyecto histórico. Los nuevos movimientos sociales y, sobre todo el movimiento indígena, ha repolitizado cultura y por este medio la política desde el horizonte de los intereses de nuevos sectores sociales emergentes. Por tanto, han puesto en jaque la separación entre estas dos esferas que se ha mantenido como un supuesto no político de todo proyecto histórico de dominación de una clase social sobre el conjunto de clases subalternas, como lo diría Gramcsi.

Pero, además, ha cuestionado la separación entre economía y cultura como una condición para que se desarrolle el libre mercado. Este cuestionamiento había sido señalado tiempo atrás por el movimiento ecologista (Leff,1987), pero los nuevos movimientos sociales y entre ellos el movimiento indígena lo han puesto en evidencia al tratar, por ejemplo, de la situación de los sectores en "condición de pobreza", ya que ésta no puede entenderse por sí misma, al margen de los condicionantes culturales a los que está sujeta. Con ello ha denunciado que esta separación se ha traducido - como lo había indicado anteriormente Bourdieau (1979) - en una apología de la cultura de las clases dominantes que surgen en las sociedades capitalistas y que, sin embargo, aparecen supuestamente guiadas por intereses estrictamente económicos. La economía, de ese modo, solo puede entenderse en el ámbito de la cultura y por ende de la política, lo cual no pretende negar que una y otra no tengan sus propias autonomías y especificidades.

Pero, los "movimientos sociales al margen" y, sobre todo el MST (Harnecker, 2002), han puesto en evidencia igualmente que viejos problemas represados en el horizonte de la nación cuestionada, de la identidades culturales negadas y de las nuevas lecturas de la economía y política, a partir de la cultura, deben ser puestos al día. Se trata de problemáticas vinculadas a las oportunidades y recursos que no goza gran parte de la población dado que el Estado y el poder no solamente integra a los ciudadanos en horizontes de clase en tanto sectores dominados, sino que los excluye en tanto sectores subalternos y explotados. Son exclusiones de la política, economía, cultura o, para ser más exactos, son exclusiones de la tierra y el agua como matriz cultural, del capital, de la escuela, de la justicia..., de la política dentro del régimen de partidos y de la estrecha concepción de ciudadanía individual.

Entre estos temas la tierra y el agua (en nuevos contextos culturales, económicos y políticos) ha adquirido relevancia. Por esta razón, en base de los avances de los movimientos sociales, conviene volver sobre estas demandas que forman parte de una agenda que cuestiona también por estos medios al Estado. En otras palabras, los nuevos movimientos sociales han resignificado en contextos históricos distintos viejas demandas de exclusión respecto del capital, la tierra y el trabajo. De ese modo, han cuestionado al Estado pero también lo han redefinido bajo la idea de que no es solamente es el exponente de unos pocos que son los menos y tienen las máximas oportunidades, sino también de los más que no tienen esas oportunidades y que son por definición excluidos. De ese modo, el Estado nacional que se ha sostenido en un pacto histórico de carácter oligárquico (Carmagnani, 1982) ha sido restablecido para convertirse en un referente universal que pretende también ser de las clases subalternas y que, por ende, apunta a ser de todos.

Este número de la revista del PADH, como parte de un esfuerzo que se está realizando en distintos niveles y diferentes lugares del continente, intenta debatir y discutir sobre los nuevos movimientos sociales latinoamericanos, aunque su punto de mira sea mucho más restringido que lo que esta denominación supone. Esperamos que este interés sea continuado y se convierta el eje vertebrador en relación de la lucha por los derechos humanos. Entre otras cosas, porque a diferencia de la lectura meramente legalista o culturalista, los derechos como la cultura son resultado de la acción, es decir la lucha, de este nuevo sujeto histórico (Touraine, 1994). De esa manera se podrá avanzar en la compresión de los derechos humanos y de estos nuevos actores que son portadores no solamente de la acción colectiva sino del cambio social. También se podrá ir más allá de las simplificaciones que suponen que los partidos políticos son exponentes de los sectores dominantes y los movimientos de los nuevos sectores emergentes, como otra suerte de dicotomía que simplemente trata de mantener y reforzar los límites del Estado tradicional oligárquico.


Roque Espinosa
Coordinador Regional
PADH - UASB
Quito, julio 2003

 

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