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A comienzos de septiembre del año 2001, el
Congreso de los Estados Unidos se encontraba inmerso en el debate
de algunos temas de seguridad nacional relacionados con América
Latina, entre ellos, la nueva Iniciativa Andina Antidrogas propuesta
por la administración Bush y la continuidad de la presencia
militar en la isla puertorriqueña de Vieques. Después
del 11 de septiembre, y a pesar de su importancia crucial en la
región, ambos temas pasaron a ser señales casi imperceptibles
en la pantalla del radar político de Washington, y si bien
es cierto que los programas militares que los Estados Unidos desarrollan
en América Latina no se detendrán, es posible anticipar
algunos cambios en su desarrollo como respuesta a los ataques
terroristas de que fue objeto este país.
Este año, el paquete más importante de asistencia
para América Latina se orienta hacia el apoyo militar a
la guerra contra los narcóticos que se libra en Colombia
y la Región Andina. A pesar de la presencia y operación
continua de los mayores grupos guerrilleros en Colombia, Estados
Unidos se mantiene en su posición de que dicha asistencia
está destinada a apoyar la lucha contra los cultivos de
droga, pero luego de los ataques terroristas, la tenue línea
que ha venido diferenciando la lucha contra los narcóticos
y la lucha contra la insurgencia podría desaparecer, y
como para confirmar esta posibilidad, ya se escuchan voces que
reclaman una mayor flexibilidad en la aplicación de las
condiciones que sobre el tema de los Derechos Humanos imponen
las leyes estadounidenses a los programas militares que desarrolla
en el mundo entero.
Un tercer cambio posible tiene que ver con los acuerdos firmados
con los países que alojan Posiciones Operativas de Avanzada
(FOL) en América Latina, los cuales limitan la utilización
de estas instalaciones a las actividades anti-narcóticos;
pero dadas las circunstancias, es posible vaticinar el ejercicio
de presiones para que estas instalaciones puedan emplearse también
en la guerra emprendida contra el terrorismo.
Aparte de estos posibles cambios, la mayor parte de los programas
que desarrollan los Estados Unidos en forma conjunta con los militares
en América Latina no se verán substancialmente afectados
por los acontecimientos recientes, ya que estos compromisos han
sido y continuarán siendo un primer objetivo para muchos
de los programas militares en la región. La otra razón
determinante para estos programas en este hemisferio es la guerra
contra los narcóticos, y esta continuará teniendo
alta prioridad.
Antes del 11 de septiembre, la vigilancia y control del Congreso
de los Estados Unidos hacia los programas militares en América
Latina era limitada, pero se encontraba en proceso de mejoramiento,
mas el impacto de estos hechos disminuye las probabilidades de
que los legisladores estadounidenses presten atención suficiente
a la vigilancia y control sobre cualquier programa diferente a
la respuesta al terrorismo. Si bien el cambio en el foco de atención
de los legisladores es comprensible, la intervención en
la lucha contra la droga en Colombia, la construcción de
Posiciones Operativas de Avanzada y los grandes programas de entrenamiento
militar continuarán, al igual que las actividades entre
militares y las prioridades ya establecidas.
Las tendencias
El incremento en la restricción de la información
El acceso público a la información sobre la asistencia
militar que brindan los Estados Unidos se ha abierto un tanto
desde 1997, cuando el Grupo de Trabajo sobre América Latina
(LAWG) inició su proyecto "Solo los hechos".
El Congreso ha venido exigiendo nuevos informes al Departamento
de Defensa, en particular una rendición general de cuentas
sobre el tema del entrenamiento militar y una descripción
de la asistencia anti-narcóticos, los cuales han venido
revelando una importante cantidad de información sobre
la cooperación militar de los Estados Unidos con América
Latina.
Sin embargo, desde el año 2000 se ha producido un retroceso
inquietante en este progreso. En marzo de 2000 se presentó
el informe arriba mencionado sobre el entrenamiento militar (más
conocido como el "Informe sobre la asistencia militar externa",
o FMTR) menos mucha información clave que había
aparecido en el informe del año anterior. El FMTR 2000
no identificó las unidades militares objeto de entrenamiento,
lo que hace imposible realizar el seguimiento pertinente al cumplimiento
de las condiciones que sobre los derechos humanos impone la Ley
de asistencia militar, el llamado "Ley Leahy." Igualmente
el informe omitó la identidad de los entrenadores estadounidenses
y la localización de los entrenamientos, lo que impide
determinar cuales son las instituciones de los Estados Unidos
(por ejemplo, la anterior Escuela de las Américas) que
participan en mayor medida en este proceso, así como el
volumen de entrenamiento que tiene lugar en el exterior.
El FMTR 2001 presentó la información de manera
aún más restringida, omitiendo esta vez la mayor
parte del entrenamiento anti-drogas que realiza el Departamento
de Defensa, el cual constituye una de las fuentes más importantes
de recursos para el entrenamiento militar en América Latina,
dejando por fuera incluso los números agregados de los
militares entrenados para algunos países latinoamericanos,
lo cual hace imposible responder a preguntas tan elementales como:
"¿cuántos bolivianos recibieron entrenamiento
en el año 2000?" Esta situación convirtió
al FMTR en una herramienta casi inútil cuando se trata
de obtener una visión de conjunto.
En el año 2001 también se encontró otra
herramienta fundamental severamente debilitada: el informe anual
del Pentágono sobre el entrenamiento que hacen las Fuerzas
Especiales (más conocido como el informe "sección
2011" por su posición en la Ley de los Estados Unidos).
Este informe es la mejor fuente de información sobre el
Programa de intercambio combinado de entrenamiento de las fuerzas
especiales (JCET). El JCET se convirtió en fuente de controversia
en 1998, luego de que algunos informes de prensa revelaron que
el programa se mantenía activo en Indonesia, un país
que en ese momento se encontraba vetado para recibir asistencia
militar.
Los Comités del Congreso que se encuentran a cargo de
la legislación para el año 2002 han solicitado a
los Departamentos de Estado y Defensa reconsiderar el incremento
a la restricción de la información. El informe del
Comité de Apropiaciones del Senado que acompaña
la Ley de presupuesto para el 2002 solicita que el próximo
FMTR "contenga el máximo de información en
forma no secreta, incluyendo la relacionada con el entrenamiento
de unidades extranjeras, su localización, las unidades
de entrenamiento en territorio estadounidense, la descripción
de los cursos, el número de cursos que se ofrecen, el número
de estudiantes que se tiene previsto entrenar y los estimados
de entrenamiento para el próximo año". La versión
de la Cámara contiene un lenguaje similar.
Con referencia tanto al FMTR, como a la "Sección
2011", el informe del Comité de Servicios Armados
de la Cámara de Representantes que acompaña a la
Ley de Autorización para Defensa anota que "la información
contenida en esos informes en relación con las unidades
militares extranjeras que reciben entrenamiento es importante
y debería estar a disposición del público
en forma no secreta, siempre y cuando se estime apropiado."
La legislación para el año 2002
Un proyecto de Ley que cursa actualmente ante la Cámara
de Representantes convertiría en ley la obligación
de aportar una mayor cantidad de información sobre el tema
del entrenamiento. De ser aprobada, la "Ley de responsabilidad
sobre el entrenamiento militar externo" (Proyecto de ley
1594 de la Cámara de Representantes) exigiría también
un informe sobre el entrenamiento de policías, un seguimiento
al desarrollo de las carreras de los entrenados, y una comisión
para redefinir la misión de las actividades de entrenamiento
a militares extranjeros.
Las versiones del proyecto de ley de asistencia externa del Senado
y la Cámara de Representantes para el 2002 mantienen la
exigencia de informes, incluyendo el FMTR, así como también
el cumplimiento de las condiciones sobre la protección
a los derechos humanos que se aplicaron a la asistencia anterior,
pero contiene pocas novedades (excepto aquellas que se aplican
en el caso de Iniciativa Regional Andina, las cuales se exponen
más adelante.)
Dichas condiciones incluyen algunas prohibiciones relacionadas
con el entrenamiento técnico y de combate a Guatemala a
través de Programa de entrenamiento y educación
militar exterior (IMET). El informe del Comité de apropiaciones
del Senado sobre el proyecto de ley señala que "El
Comité se encuentra perplejo ante la solicitud de la administración
sobre asistencia regular IMET con destino a algunos países
cuyas Fuerzas Armadas presentan una historia reciente de participación
activa en contra de las autoridades civiles legalmente constituidas
y de corrupción y abusos a los derechos humanos, sobre
lo cual no han mostrado compromiso alguno de modificación".
La Iniciativa Regional Andina
El elemento más importante en los planes de los Estados
Unidos para el hemisferio durante el año 2002 es la continuidad
del apoyo al "Plan Colombia", el cual se inició
en el año 2000 con la aprobación de un paquete
de $1.3 mil millones de "emergencia" para la lucha
contra las drogas en Colombia y sus vecinos. La solicitud de
asistencia de la administración Bush, conocida como la
"Iniciativa Regional Andina", pretende continuar los
programas iniciados bajo el paquete de asistencia del 2000,
pero con aumento substancial de la asistencia militar y de policía
a seis de los países vecinos de Colombia.
La solicitud para el 2002 demanda una cantidad inferior para
el ejército y la policía de Colombia a la aprobada
para los años 2000 y 2001, pero esta diferencia solo
significa que la cantidad solicitada no incluye recursos para
nuevos helicópteros de alto costo, como fue el caso del
paquete de asistencia anterior en un monto aproximado de 350
millones. Los 16 helicópteros Blackhawk y los casi 40
Huey UH-1 incluidos en ese paquete empezaron a ser entregados
a Colombia en julio del 2001 con el objetivo de facilitar la
movilidad de tres batallones de la Brigada antinarcóticos
del Ejercito creados con asistencia substancial de los Estados
Unidos. El segundo y el tercer batallón terminaron su
entrenamiento por parte de las Fuerzas Especiales estadounidenses
en diciembre del 2000 y mayo del 2001 respectivamente.
Los batallones tienen la misión de garantizar la seguridad
de un programa intensivo de fumigaciones aéreas sobre
los cultivos de droga que llevan a cabo la Policía Nacional
de Colombia y contratistas privados estadounidenses. El gobierno
de los Estados Unidos contrata con compañías privadas,
las cuales emplean civiles para desempeñarse como pilotos
de fumigación, mecánicos, personal de búsqueda
y rescate, instructores militares, expertos en logística,
y recolectores de inteligencia, entre otras tareas.
En mayo del 2001, el Departamento de Estado informó
que "el número promedio de ciudadanos estadounidenses
que actúan como contratistas civiles en programas de
los Departamentos de Estado y Defensa en apoyo al Plan Colombia
se ha mantenido en un promedio de 160 a 180 personas",
pero según informes de prensa, si se incluyesen aquellos
que no son ciudadanos estadounidenses, este número sobrepasaría
los 300 contratistas civiles.
El número de contratistas estadounidenses se ha convertido
en tema de debate porque despierta temores sobre la responsabilidad
y proximidad al conflicto en Colombia. Esta controversia se
encendió con la participación de contratistas
en el incidente ocurrido en abril del año 2001 en el
Perú, cuando un avión que transportaba misioneros
estadounidenses fue derribado por ser confundido con un posible
traficante de droga.
Si bien la Iniciativa Regional Andina disminuirá ligeramente
la asistencia militar al ejército y la policía
de Colombia en el 2002, también es cierto que significará
un gran salto en la cantidad que se destina a los países
vecinos de Colombia.
Para empezar, las Fuerzas Armadas del Perú ingresarán
a la era post-Fujimori con financiación fresca para las
actividades fluviales de la Marina, sensores C-26 para la Fuerza
Aérea, actualización de equipos y entrenamiento.
Por su parte, la policía peruana obtendrá recursos
para la actualización de 14 helicópteros UH-1
y aumento de la asistencia para los programas de erradicación
manual de los cultivos de coca.
En cuanto a Ecuador, el control de la frontera con Colombia
será el elemento central de la asistencia al ejército
y la policía, la cual incluye entrenamiento, apoyo logístico,
equipo de comunicaciones y mantenimiento de helicópteros
y equipo, al igual que recursos por valor de $61.2 millones
con destino a la base aérea de Manta, ubicada sobre la
costa pacífica ecuatoriana, la que será utilizada
por los aviones estadounidenses como "Posición Operativa
de Avanzada" (FOL) para el estacionamiento de aeronaves
y la realización de vuelos de vigilancia sobre las "zonas
fuente" de la droga ( particularmente en el sur de Colombia,
Perú y Bolivia).
En Bolivia, los Estados Unidos han construido cuarteles para
el ejército boliviano en la región del Chapare,
donde se cultiva coca, y han enviado una buena cantidad de equipos
de instructores antinarcóticos. Para el año 2002,
los planes incluyen equipo, armas y entrenamiento para todas
las ramas de las fuerzas armadas y la policía bolivianas.
La policía de Brasil recibirá por primera vez
en el año 2002 una cantidad significativa de asistencia
antinarcóticos, en gran parte para apoyar la "Operación
Cobra", la cual hace parte de un plan a tres años
que tiene como objetivo el fortalecimiento del control sobre
la frontera colombiana.
La seguridad de la frontera con Colombia es también
uno de los objetivos centrales de la asistencia a la policía
de Panamá, un país que no cuenta con ejército,
y está destinada a la adquisición de equipo, entrenamiento
y asesoría a las unidades fronterizas de la Policía
Nacional de Panamá, el Servicio Nacional Marítimo
y el Servicio Nacional Aéreo.
Las relaciones militares de los Estados Unidos con el gobierno
de Hugo Chávez en Venezuela son de carácter ambivalente.
Por una parte, Venezuela sigue prohibiendo la utilización
de su espacio aéreo para los aviones norteamericanos
que realizan labores de vigilancia antinarcóticos, mientras
que el gobierno de los Estados Unidos critica las iniciativas
propias de interdicción de Venezuela como "carentes
de éxito". En agosto del año 2001, Venezuela
revocó un acuerdo vigente durante 50 años que
garantizaba la presencia del Grupo Militar de los Estados Unidos
sin pago de arrendamiento en los cuarteles militares del Fuerte
Tiuna en Caracas, acuerdo que ha sido señalado por el
Ministro de Defensa de Venezuela, Jose Vicente Rangel, como
"una pieza del museo de la guerra fría". Por
otra parte, la colaboración de Estados Unidos con la
Guardia Nacional de Venezuela se mantiene cercana, particularmente
en temas antinárcoticos, y las Fuerzas de Seguridad de
ese país recibirán un incremento significativo
en la asistencia de Estados Unidos para el año 2002,
como parte de la Iniciativa Regional Andina.
La asistencia de los Estados Unidos a los Andes, más
que cualquier otra actividad en el hemisferio, continúa
siendo objeto de escrutinio cuidadoso, con Colombia como caso
particularmente controversial. Las preocupaciones se centran
en la historia de violación a los derechos humanos que
caracteriza al tercer receptor mundial de asistencia para seguridad
(según la fecha de esta publicación), así
como en la posibilidad de que Estados Unidos se involucre en
un conflicto creciente. El Comité de apropiaciones del
Senado anota que "muchos de nuestros miembros expresan
su preocupación de que este programa esté comprometiendo
a los Estados Unidos en una guerra civil prolongada que puede
suponer graves riesgos a su personal y mayores penurias al pueblo
colombiano."
El poder ejecutivo ha rechazado en forma reiterada tales preocupaciones
e insiste en que la asistencia norteamericana tiene como objeto
el apoyo a los programas de lucha contra la droga, y no el combate
a la insurgencia, pero a pesar de tales afirmaciones, la administración
Bush actualmente lleva a cabo "una revisión formal"
de este proceso, con el fin de determinar "si la misión
de Estados Unidos debe permanecer orientada solo hacia la lucha
antinarcóticos, o si es necesario que los Estados Unidos
cumpla algún papel en relación con la supervivencia
de un gobierno democrático amigo", según
lo manifestó en agosto del año 2001 Peter Rodman,
Secretario Asistente para Asuntos de Seguridad.
La incertidumbre sobre la dirección de la política
de los Estados Unidos hacia los Andes ha conducido a la imposición
de varias restricciones y exigencias de informes sobre el paquete
andino de asistencia que cursa actualmente en el Congreso como
parte del presupuesto de apropiaciones para Operaciones Externas.
Las versiones de ambas cámaras imponen condiciones a
la asistencia militar y establecen límites a los números
de personal militar estadounidense y contratistas que se permitirían
en Colombia en un momento dado. La versión del Senado
pretende suspender la financiación de las fumigaciones
aéreas hasta tanto el gobierno certifique la seguridad
de los químicos y su uso de acuerdo a las especificaciones
que establecen el propio gobierno y los fabricantes y hasta
que se encuentren en efecto los mecanismos de indemnización
para quienes hayan sido objeto de fumigaciones injustificadas.
En el momento en que este documento sale para la imprenta a
finales de septiembre del 2001, aún no existe claridad
sobre la forma en que se vería afectada la asistencia
a los Andes como consecuencia de los ataques terroristas del
11 de septiembre. Esta amenaza directa a la seguridad de Estados
Unidos en su propio patio podría distraer la atención
y los recursos para la región, incluyendo la asistencia
militar. De igual manera es posible que con el pretexto de apoyar
a Colombia en el control a los tres grupos armados que operan
en ese país y que aparecen en la lista del Departamento
de Estado de 30 organizaciones terroristas internacionales,
la nueva guerra "global" al terrorismo facilite un
cambio en la política de asistencia militar de manera
que esta pueda emplearse contra la insurgencia.
México
La relación de Estados Unidos con los militares mexicanos
sigue basándose en la lucha antinarcóticos. En
el año 2001, Estados Unidos había planeado entrenar
a 1363 militares mexicanos. Si bien es cierto que el número
de entrenados ha variado durante los recientes años,
con un promedio aproximado de 1000 por año, es posible
que las fluctuaciones tengan que ver más con consideraciones
políticas temporales que con cambios significativos en
las prioridades o en su orientación.
Según el informe sobre entrenamiento militar externo
(FMTR) 2001-2002, "Estados Unidos hace entrenamiento a
nivel extensivo en el área antinarcóticos, con
énfasis especial en la reparación de helicópteros
y el mantenimiento de aeronaves. La asistencia técnica
incluye un amplio rango de destrezas y equipos antinarcóticos
destinados a aumentar la capacidad de México para combatir
a los traficantes de narcóticos y mantener su cooperación
en la lucha contra la droga".
El entrenamiento de la aviación mexicana se inició
en firme cuando los Estados Unidos donaron 73 helicópteros
usados para uso antinarcóticos durante 1996 y 1997, y
si bien es cierto que México devolvió todos los
helicópteros en 1999, el programa de entrenamiento ha
continuado aplicándose al equipo adquirido de otras fuentes.
Aunque el informe sobre el entrenamiento militar externo (FMTR)
ha mantenido en secreto la información sobre las unidades
extranjeras entrenadas por los Estados Unidos, es claro que
la lucha antinarcóticos ha tomado un enfoque marino,
y que los Estados Unidos ya está trabajando de cerca
con la "Marina" de México.
El mismo informe parece indicar un incremento en los programas
de entrenamiento que tienen lugar en suelo mexicano. A diferencia
del resto de América Latina, donde los equipos móviles
de entrenamiento y las Fuerzas de Operaciones Especiales conducen
la mayor parte del entrenamiento en los países anfitriones,
una buena parte de los entrenados mexicanos han venido recibiendo
la instrucción en territorio de los Estados Unidos, quizás
debido a que la presencia de tropas estadounidenses en territorio
mexicano ha sido históricamente controversial.
El compromiso con los militares mexicanos, aunque levemente
desactivado desde 1996 y 1997, cuando se transfirieron los helicópteros
y se destinó una porción significativa de recursos
al entrenamiento antinarcóticos para los Grupos Aeromóviles
de las Fuerzas Especiales (GAFEs), continúa siendo prioridad
principal de los Estados Unidos. Mientras que algunos funcionarios
del Departamento de Defensa admiten que la relación con
los militares mexicanos ha sido inestable, uno de ellos describe
las crisis periódicas como algo "dentro de los límites
normales de una relación fundamental".
América Central
Si bien es cierto que los niveles en la asistencia militar
y de policía a Centro América se encuentran por
debajo de los de los Andes y México, también es
cierto que ya no están descendiendo todavía de
los niveles alcanzados en la década de los años
80.
En particular, las fuerzas de seguridad de El Salvador experimentan
un salto significativo en la asistencia de Estados Unidos. Esta,
que se mantuvo por debajo del millón de dólares
desde mediados de la década de los 90, puede llegar a
alcanzar los $4 millones en el año 2002, gracias a una
importante inyección de recursos del programa de Financiamiento
Militar Externo (FMF, el principal programa de asistencia no
relacionada con la lucha antinarcóticos). El Departamento
de Estado informa que el FMF servirá para que los militares
salvadoreños reconstruyan sus helicópteros obsoletos
con miras a aumentar su capacidad de respuesta a los terremotos
de enero del 2001 y a apoyar a las embarcaciones navales antidrogas.
El Salvador también aloja una Posición Operativa
de Avanzada (FOL) en el aeropuerto de Comalapa, desde la cual
la Naval estadounidense y el personal de Aduana apoyan misiones
de vigilancia aérea sobre el Océano Pacífico
Oriental en la lucha contra las drogas. El uso del sitio se
encontrará limitado hasta que se realicen inversiones
en mejoramiento avaluadas en $9.3 millones durante el período
comprendido por los años 2002 y 2003.
Aun cuando el mantenimiento de la paz y la asistencia humanitaria
continúan siendo objetivos claves de la cooperación
estadounidense en la región, la asistencia antinarcóticos
a América Central ha venido en aumento. El programa de
asistencia civil humanitaria (HCA) del Comando Sur, en el cual
personal militar de los Estados Unidos realiza visitas para
la construcción de infraestructura y la prestación
de servicios médicos, sigue siendo más activo
en América Central que en el resto del hemisferio. Los
ejercicios HCA durante 1999, luego de sucederse el huracán
Mitch, operaron a un ritmo sin precedentes en la región,
y aun cuando decayeron algo en el 2000, el programa se incrementó
de nuevo después de los terremotos de El Salvador.
En Honduras, la Fuerza de Tarea Conjunta Bravo (JTF-Bravo)
del Comando Sur continúa operando desde la base aérea
Soto Cano, cercana a Comayagua. Los 550 militares estadounidenses
y 650 civiles estadounidenses y hondureños de esta unidad
suministran "apoyo de helicópteros a misiones en
América Latina y El Caribe", según explicó
en abril del 2001 el General Peter Pace, entonces comandante
del Comando Sur.
Nicaragua y Guatemala son entre los únicos países
en el hemisferio que no reciben entrenamiento técnico
y de combate a través el programa de Educación
y Entrenamiento Militar Internacional (IMET, el principal programa
de entrenamiento militar no antinarcótico). Ambos países
se encuentran limitados al "IMET ampliado", el cual
ofrece cursos en administración, relaciones cívico
militares, derechos humanos y tópicos relacionados. En
el caso de Nicaragua, parece ser cuestión de política,
debido probablemente a los orígenes sandinistas del ejército
de ese país. Guatemala, sin embargo, se encuentra legalmente
vetada para recibir asistencia militar a través de programas
IMET regulares y FMF, debido a la persistente preocupación
en torno a los derechos humanos. El Comité de Apropiaciones
de la Cámara urge "renovar esfuerzos para el mejoramiento
de la Policía Civil de Guatemala... con el fin de fortalecer
la aplicación de la ley y lograr la modernización
del estado."
El Caribe
Como consecuencia de la solicitud elevada por el Departamento
de Estado en relación con el Programa Internacional de
Control de Narcóticos (INC) para el período 2001-2002,
se esperan incrementos substanciales en la asistencia militar
y de policía para la región del Caribe.
El Departamento de Defensa financia actualmente un buen número
de mejoramientos en las construcciones de las Posiciones Operativas
de Avanzada (FOL) de los Estados Unidos en las islas de Aruba
y Curazao, localizadas en las Antillas Holandesas. Para Aruba
se destinan $10.2 millones para la construcción de nuevas
carreteras y otras instalaciones utilizadas por los aviones
de la Aduana de los Estados Unidos, y para Curazao $43.9 millones
que se utilizarán para actualizar instalaciones destinadas
a alojar un gran número de aviones militares de los Estados
Unidos, las cuales deberán terminarse a finales del año
2002.
Compitiendo con el Plan Colombia en cuanto a la controversia
generada en la región se encuentra el uso continuo de
un rango de fuego en la isla de Vieques al oriente de Puerto
Rico, el cual ha venido siendo el centro de intensas protestas
desde abril de 1999, cuando un avión de prácticas
equivocó su objetivo, segando la vida de un guardia puertorriqueño
de seguridad civil. En la actualidad, la Naval realiza bombardeos
de práctica sobre el sitio utilizando bombas de concreto
inerte. Un referéndum llevado a cabo por iniciativa de
los residentes de Vieques en julio del año 2001, cuyos
resultados no son de obligatorio cumplimiento, dio como resultado
que un 68% de los votantes desean que la Naval desaloje inmediatamente
el sitio que ha venido ocupando durante los últimos 60
años.
El futuro del rango de fuego iba a sellarse mediante un referéndum
de obligatorio cumplimiento que debía realizarse en noviembre
del 2001, el cual no incluye entre las opciones el retiro inmediato
de la Naval, y en el cual electores tendrán que elegir
entre permitir que la Naval permanezca (y recibir a cambio $50
millones en asistencia económica) o que la Naval abandone
las instalaciones a partir del 2003 (sin recibir ninguna asistencia).
Después de los eventos del 11 de septiembre, ese referéndum
fue postergado.
Haití, que a mediados de la década de los 90
recibió una gran cantidad de recursos para el establecimiento
de una Fuerza Nacional de Policía (Haití no cuenta
con ejército), hoy recibe poca asistencia. Esta se encuentra
prohibida hasta tanto "se realicen elecciones libres y
justas para el establecimiento de un nuevo parlamento".
Sin embargo, el proyecto de ley para asistencia externa permitiría
la asignación de recursos para la Guardia Costera de
Haití. La solicitud de la administración Bush
al Congreso pretende "reiniciar la asistencia FMF a la
Policía Nacional de Haití, en particular a su
Guardia Costera, con el objetivo principal de mejorar su capacidad
frente a la lucha antinarcóticos."
La República Dominicana recibirá pequeñas
cantidades de FMF para apoyo a las embarcaciones patrulleras
de costa que realizan operaciones contra la droga y la migración
y para la dotación de equipos de comunicaciones tácticas
para los esfuerzos militares relacionados con la atención
a desastres.
El Cono Sur
El 13 de junio del año 2001, el Pentágono notificó
formalmente al Congreso sobre la futura venta a Chile de 10
aviones de combate F-16 C/D y de dos aviones tanqueros KC-135,
que no incluyen los sofisticados mísiles AMRAAM, como
se esperaba.
Esta venta de casi $700 millones es la primera que se efectúa
desde 1997 cuando se levantó una anterior prohibición,
vigente durante casi veinte años, de venta de armas de
alta tecnología a América Latina (a comienzos
de la década de los años 80 se hizo una excepción
con la venta de aviones F-16 a Venezuela). Las compras por parte
de Chile y de sus vecinos del Cono Sur han venido demorando
como consecuencia de la crisis económica que azota a
la región.
En agosto pasado, el New York Times informó que "Brasilia
ha destinado $700 millones para la adquisición de 24
aviones supersónicos de combate, pero insiste en que
estos puedan ser adquiridos a cualquier proveedor y que se permita
su construcción por parte de la floreciente industria
espacial aérea de Brasil". El gobierno estadounidense
podría no sentirse a gusto con el nivel de transferencia
de tecnología que suponen estas condiciones.
Argentina, que atraviesa una profunda recesión económica,
no ha anunciado hasta ahora planes para la adquisición
de aviones. Sin embargo, Las Fuerzas Armadas Argentinas mantienen
relaciones cercanas con los Estados Unidos, y como Argentina
es el único país en América Latina que
sostiene la simbólica condición de "Aliado
importante no miembro de la OTAN", esta condición
le da acceso preferencial al programa de obsequio de Excedentes
de Artículos de Defensa (EDA), a través del cual
ha recibido decenas de millones de dólares en armas y
equipo durante los últimos años. La solicitud
de asistencia del Departamento de Estado para el año
2002 establece que el programa EDA y el substancial incremento
en la cantidad de transferencias para asistencia FMF apuntan
al fortalecimiento de la capacidad del ejército argentino
para participar en misiones internacionales de paz. "Como
receptor de asistencia EDA, Argentina podrá adquirir
equipo compatible con el de la OTAN, lo cual mejora su capacidad
operativa para participar en operaciones de paz en forma conjunta
con las fuerzas de la OTAN".
Entrenamiento
Aun cuando el informe más reciente sobre el entrenamiento
militar omite la información necesaria para obtener un
panorama más preciso, el lanzamiento del "Plan Colombia"
y el entrenamiento de batallones enteros, incrementó casi
con seguridad el número de funcionarios latinoamericanos
entrenados durante el año 2000 por encima de los 12.923
de que se tiene noticia para 1999. Si los promedios revelados
por los anteriores FMTR continuaron en el 2000, la mayor parte
del entrenamiento tuvo lugar en el exterior, suministrado por
instructores estadounidenses (principalmente por unidades de las
Fuerzas Especiales) en los propios países de origen de
los estudiantes.
Aun cuando la mayor atención del equipo del Congreso se
concentra en el presupuesto normal de asistencia, la fuente más
grande de recursos de financiación para entrenamiento en
América Latina radica en realidad en los $300 mil millones
que provienen del presupuesto del Departamento de Defensa. Bajo
una autorización conocida generalmente como la "Sección
1004", el Pentágono emplea su presupuesto antinarcóticos
para entrenamiento, lo que convierte al IMET en el programa más
importante de entrenamiento dentro del presupuesto de asistencia
externa.

La anterior Escuela de las Américas
A finales del año 2000 y comienzos del 2001, como resultado
de un cambio propuesto por el Pentágono a la ley, el símbolo
mejor conocido de entrenamiento militar para América Latina
fue objeto de maquillaje. Como consecuencia, el Instituto del
Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad
(WHINSEC) ocupa hoy el edificio que alojaba a la Escuela del Ejército
de los Estados Unidos para las Américas, localizada en
Fort Benning, Georgia.
La escuela, única institución del Ejército
de los Estados Unidos que ofrece entrenamiento en español,
se encuentra en proceso de reforma de su currículum mediante
la cual se eliminarán algunos de los cursos de combate.
El cambio en la ley sistematiza varios de los mecanismos de vigilancia
ya existentes, tales como la Junta de Visitantes y los informes
periódicos al Congreso sobre las actividades de la escuela.
Aun cuando los programas son más intensivos que aquellos
que ofrecen equipos militares de entrenamiento en el exterior,
WHINSEC representa solo cerca del 5% de total del personal latinoamericano
entrenado por los Estados Unidos.
Financiación Militar Externa (FMF)
La solicitud de asistencia de la administración Bush para
el año 2002 reviviría la Financiación Militar
Externa (FMF), un programa de asistencia militar usado escasamente
en América Latina durante los últimos diez años,
orientado principalmente hacia la dotación de equipo militar
para propósitos que no tienen que ver con la lucha antinarcóticos.
Para el año 2002 se espera que los niveles del programa
FMF en el hemisferio se eleven desde aproximadamente $4 millones
en el 2000 a por lo menos $18 millones en el 2002, siendo Argentina,
Bolivia y El Salvador sus más grandes beneficiarios.
Los documentos del Departamento de Estado también indican
que América Latina recibirá un aumento importante
de fondos IMET para entrenamiento militar, lo que aumentaría
el número de entrenados por cuenta del IMET en cerca de
un 25% en el término de dos años, pasando de 2684
en el 2000, a 3399 en el 2002.
Asistencia Antiterrorista (ATA)
América Latina ha recibido cerca del 10% del presupuesto
mundial del Departamento de Estado para el relativamente pequeño
programa de asistencia anti-terrorista (ATA), el cual provee armas,
equipo, servicios y entrenamiento para auxiliar a gobiernos extranjeros
en la prevención y enfrentamiento a ataques terroristas.
La solicitud de asistencia del Departamento de Estado presentada
en abril del año 2001 indica planes para incrementar significativamente
la financiación ATA para América Latina, que pasaría
de $3.0 millones en el año 2000, a $4.4 millones en el
2002. Ahora bien, frente a la tragedia del 11 de septiembre, es
razonable esperar que ATA se incremente substancialmente, incluso
para el resto del hemisferio occidental.
Conclusión
Es claro que los monstruosos ataques del 11 de septiembre tienen
el potencial para alterar radicalmente la relación de los
Estados Unidos con América Latina y sus militares. En el
momento en que este documento sale para la imprenta dos semanas
después de la tragedia, es fácil imaginar que las
principales preocupaciones a nivel regional de los militares estadounidenses
durante la década de los años 90 -- la guerra contra
la droga, el mejoramiento de la "interoperabilidad",
el desarrollo de nuevas misiones y el mantenimiento de contactos
-- se hayan visto eclipsadas por una amenaza enorme y más
inmediata a la seguridad nacional.
Mientras la atención de los que hacen la política
podría distraerse hacia el Medio Oriente, es improbable
que la asistencia militar y de policía a América
Latina y el Caribe disminuya. Por el contrario, lo que los comentaristas
han venido denominando "la nueva guerra de América"
puede significar un incremento de las relaciones con los militares
del hemisferio, tal y como sucedió con la guerra fría
durante a segunda mitad del siglo veinte.
Este nuevo énfasis puede traer consigo varios cambios
substanciales: primero, la guerra contra la droga puede pasar
a un segundo lugar de importancia entre las prioridades de Estados
Unidos en la región, lo cual significaría un cambio
de proporciones significativas para Colombia, que no solo es un
país fuente clave, sino también el hogar de tres
grupos que el Departamento de Estado tiene en su lista de organizaciones
terroristas internacionales. Si bien la embajadora de los Estados
Unidos en Bogotá sostenía recientemente ante los
periodistas "que Estados Unidos no tiene intenciones de actuar
contra los grupos insurgentes", no puede descartarse la posibilidad
de que el propósito de la asistencia pueda orientarse hacia
apoyar a Colombia en el sometimiento a los grupos "terroristas"
que operan dentro de sus fronteras.
El 23 de septiembre pasado, el Secretario de Estado de los Estados
Unidos, Colin Powell, expresaba en una entrevista televisada que
este cambio puede encontrarse en camino: "Unos cuantos [grupos
terroristas] atacarán nuestros intereses, tanto en las
regiones donde actúan, como aquí, en nuestra propia
casa. En consecuencia, tenemos que considerarlos a todos en su
capacidad potencial de afectarnos en forma global, o de afectar
a nuestros amigos y nuestros intereses en otras partes del mundo.
Por ejemplo, hemos identificado que en solo Colombia operan tres
grupos que consideramos como organizaciones terroristas, y estamos
trabajando con el gobierno colombiano para proteger su democracia
contra la amenaza que representan estas organizaciones".
En un contexto como el colombiano, esta misión antiterrorista
requeriría una estrategia contrainsurgente, algo que conllevaría
los mismos riesgos de antes en cuanto al involucramiento en el
conflicto y la preocupación por los derechos humanos. En
caso de que estos riesgos y el fracaso de la política se
hagan realidad, los líderes de Estados Unidos podrían
encontrarse fuera de lugar en cuanto a su capacidad de ofrecer
una respuesta oportuna, ya que su atención estaría
puesta en el Medio Oriente.
Un segundo cambio en la política de los Estados Unidos
hacia la región podría reflejarse en un retroceso
en la aplicación de los controles y las condiciones a la
asistencia militar que han tenido lugar en los últimos
veinte años. En la urgencia por construir coaliciones y
de protegerse contra la nueva amenaza, los legisladores pueden
llegar a considerar la preservación de los derechos humanos,
la no proliferación de armas, y los mecanismos de transparencia,
entre otros, como obstáculos. La Ley Leahy, y leyes que
limitan la asistencia a países que desarrollan armas nucleares
o gobiernos producto de golpes militares, límites en el
reclutamiento por parte de la CIA de reconocidos abusadores de
los derechos humanos, podrían verse desafiada en los meses
venideros.
Sin embargo, estas prohibiciones son ahora más necesarias
que antes. La asistencia a reconocidos violadores de derechos
humanos y criminales de guerra podría ofrecer aparente
seguridad en el corto plazo, pero la historia ha demostrado que
la oferta de asistencia, o un "sello de aprobación"
tácito a aquellos que se oponen a nuestros valores centrales,
contribuyen frecuentemente a la construcción de regiones
volátiles, aún más inseguras en el largo
plazo. Debemos ser extremadamente cautelosos con la idea de dar
marcha atrás a décadas de construcción de
protecciones a los derechos humanos en la política internacional
de los Estados Unidos.
Un tercer cambio podría traducirse en la aceleración
de la tendencia ya existente de incremento al papel militar en
el diseño de la política exterior. De hecho, los
numerosos programas expuestos en esta publicación han dado
a los militares estadounidenses un alto grado de influencia en
el hemisferio occidental. Cerca de 50.000 militares estadounidenses
pasan a través por la región durante un año
cualquiera, muchos de ellos para realizar actividades que incluyen
el "contacto" como misión principal. De ahí
que en muchos países se formule abiertamente la pregunta
sobre quienes en el gobierno de los Estados Unidos están
a cargo de las relaciones, los diplomáticos o los militares.
Un posible cuarto cambio tiene que ver con la reducción
en el flujo de información sobre los programas militares
de Estados Unidos. En efecto, en las semanas posteriores a los
ataques, los programas militares anteriormente más controvertidos
de los Estados Unidos, como Vieques y Colombia, desaparecían
del panorama.
Durante los últimos cinco años el Congreso ha avanzado
un buen trecho hacia un mejor control sobre el entrenamiento militar
y los programas antinarcóticos en América Latina.
Pero el control solo es posible si existe, tanto el acceso a la
información como el deseo de analizarla, y si bien el nivel
de información puede mantenerse, es posible que el deseo
de analizarla disminuya. En los meses venideros, los legisladores
deben tener presente que los programas militares en América
Latina continúan, y que pasar por alto el control no nos
ofrecerá mayor seguridad.
Mientras el Presidente y el Congreso se movilizan en busca de
medidas contundentes para hacer frente a las amenazas terroristas,
es necesario recordar algunas de las lecciones aprendidas durante
los últimos 40 años de intervención militar
en América Latina. La más importante de todas, tal
vez, es la de ser cuidadosos en la selección de nuestros
amigos, tanto de aquellos que entrenamos, como aquellos con quienes
desarrollamos alianzas de largo plazo. Debemos escoger aliados
que no se opongan a nuestros valores del respeto a la justicia,
los derechos humanos y la democracia.
* Adam Isacson.
Master en Relaciones Internacionales por la Universidad de Yale.
Actualmente se desempeña como Director de Programas del
Centro para las Políticas Internacionales en Washington.
** Joy Olson.
Directora Ejecutiva de Washington Office on Latin America, WOLA.
Fue Directora de Latin America Working Group (Grupo de Trabajo
para Asuntos Latinoamericanos).
Artículo publicado
originalmente por International Policy Report.
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