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Estimados amigos:
Es para mí un enorme privilegio disponer de esta oportunidad
en la que poder compartir la visión de Amnistía
Internacional sobre la globalización. Mi interés
no se centra en la globalización del comercio y las inversiones,
sino en la globalización de los derechos humanos.
Comparezco hoy ante todos ustedes en representación de
más de un millón de miembros de Amnistía
Internacional de todo el mundo. Nuestros miembros, jóvenes
en su mayoría, luchan desde hace años contra el
encarcelamiento por motivos políticos, contra la tortura
y los homicidios extrajudiciales. Lo que nosotros queremos es
que acaben estas amenazas a la libertad humana. Pero también
nos movilizamos para que se ponga fin a la discriminación,
a la pobreza extrema y a la explotación de los más
vulnerables en nuestras sociedades. Por decirlo en tres palabras:
Queremos otro mundo.
El mensaje que quiero transmitirles hoy en nombre de los miembros
de Amnistía Internacional es que una perspectiva de derechos
humanos, y el activismo que lleva aparejado, pueden resultar muy
útiles en la lucha contra los efectos negativos de la globalización
económica.
Nos hemos reunido aquí en torno a una consigna de esperanza
y potenciación de capacidades: "Otro mundo es posible".
Nosotros creemos que los valores que entraña el concepto
de derechos humanos son esenciales para la realización
de ese otro mundo posible. De hecho, ese otro mundo por el que
trabajamos ha de ser un mundo en el que cada una de las personas
que habitan este planeta disfrute de una vida de libertad y de
dignidad. Resumiendo: una vida en la que todos tengan garantizados
sus derechos humanos básicos.
Amnistía Internacional no es una organización "anti"-globalización.
En absoluto. Nuestra organización se fundó hace
40 años en la convicción de que si se violan los
derechos humanos de las personas en un país, ello debe
ser objeto de preocupación para todo el mundo, en todo
el mundo. Nuestro credo fundacional, desde nuestros orígenes,
ha sido: "Los derechos humanos no tienen fronteras".
De hecho -y lo que voy a decir lo diré con cautela (pero
es cierto)-, desde muy pronto fuimos "libremercadistas".
El proteccionismo al que nos oponíamos, sin embargo, era
el que situaba la soberanía del Estado por encima de los
derechos humanos, el que fijaba fronteras territoriales como barrera
contra todo escrutinio o acción exterior. El "producto"
que exportábamos globalmente no era otro que la sencilla
idea de que los gobiernos tienen que respectar y proteger los
derechos humanos fundamentales, y que cuando a los Pinochets del
mundo no se los hace rendir cuentas en sus países, es el
resto del mundo el que tiene la obligación de hacer que
torturadores y asesinos salden las cuentas que tienen pendientes
dondequiera que se los encuentre.
Hace cuarenta años, cuando el movimiento en pro de los
derechos humanos era joven, éste era un mensaje globalizador.
Y hoy lo sigue siendo. Por ello, no es que nos opongamos a la
globalización, sino que no podemos aceptar una globalización
que condene a más de mil millones de personas a una vida
de privaciones incompatible con la dignidad humana básica.
¿Por qué tanto interés por las crecientes
oportunidades de inversión y tan poco por la globalización
del respeto a los derechos humanos? ¿Por qué se
centra toda la atención en normas vinculantes para la resolución
de controversias comerciales y se presta tan poca a la rendición
internacional de cuentas en relación con las obligaciones
que los Estados tienen contraídas en materia de derechos
humanos? ¿Por qué se exige el desmantelamiento de
las barreras al comercio cuando se erigen otras contra los desplazados
por la globalización económica y las guerras?
Globalicemos, sí, pero globalicemos la justicia y la igualdad,
globalicemos el respeto por los derechos humanos y hagamos que
sea global nuestra lucha para acabar con la impunidad. Este es
nuestro programa de globalización.
Construir otro mundo: la aportación de los derechos
humanos
¿En qué modo puede ayudar la perspectiva de los
derechos humanos a nuestra lucha por construir otro mundo? Déjenme
que les indique las tres formas en que pueden hacerlo el derecho
y el activismo en pro de los derechos humanos:
- en primer lugar, la perspectiva de los derechos humanos aporta
una brújula moral para el camino que se ha de seguir; nos
recuerda siempre por qué lo que importa son las desigualdades
globales y por qué tenemos que movilizarnos globalmente
para combatirlas;
- en segundo lugar, el derecho en materia de derechos humanos
aporta unas normas globales basadas en unos valores fundamentales
y ampliamente compartidos para el nuevo mundo que pretendemos
construir; y
- en tercer lugar, la perspectiva de los derechos humanos identifica
los objetivos de nuestro activismo en pro de esos derechos, de
tal forma que nos ayuda a centrar nuestras acciones y hacerlas
más eficaces.
Permítanme que les diga algo sobre cada una de estas ideas,
sobre las que espero que tanto yo como otros colegas de Amnistía
Internacional presentes aquí en Porto Alegre tendremos
ocasión de conversar y debatir con ustedes durante los
próximos días. Estamos aquí para aprender
de otros activistas y movimientos cómo podemos hacer que
nuestro propio activismo sea más eficaz.
Nuestra humanidad común
El punto de partida del derecho internacional en materia de derechos
humanos, es decir, el de todos los tratados y normas adoptadas
en el último medio siglo por las Naciones Unidas y las
organizaciones regionales, es que todos los seres humanos tienen
ciertos derechos básicos. Disfrutamos de estos derechos
no porque seamos ciudadanos de un Estado concreto, miembros de
un partido político o devotos de un credo particular. Tenemos
estos derechos porque somos humanos, independientemente de dónde
vivamos o de quiénes seamos.
La Declaración Universal de Derechos Humanos no habla de
Norte y Sur, Este u Oeste, ni de países donantes o "mercados
emergentes". Las palabras que contiene rompen estas barreras
y parten de la base inicial de nuestra común humanidad.
Esto dice su preámbulo:
Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo
tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca
y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros
de la familia humana,
Y ya en el primer artículo, la Declaración proclama:
Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y
derechos y, dotados como están de razón y conciencia,
deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.
¿Por qué es tan importante este concepto de humanidad
común? En primer lugar, porque nos dice que el punto de
partida de cualquier análisis económico, social,
cultural o avance político deben medirse por las mejoras
en las vidas humanas individuales. Y en segundo lugar, porque
nos recuerda que todas las vidas humanas son igual de importantes
cuando realizamos esos análisis.
Nos indignan las desigualdades globales porque, y vuelvo a citar,
"todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad
y derechos". Nadie, y menos que nadie ningún gobierno,
puede sentirse satisfecho en un mundo en el que más de
mil millones de nuestros congéneres humanos viven en condiciones
de pobreza extrema. Al compararnos nosotros mismos con los demás,
la perspectiva de derechos humanos nos exige ir más allá
de conceptos como conciudadano, cofrade religioso, casta o clase.
En Amnistía Internacional estamos convencidos de que es
este punto de partida el que ha de estar en los cimientos de ese
otro mundo que queremos construir. Y esto tiene muchas consecuencias:
Por ejemplo,
o los ciudadanos de un país, independientemente de lo poderoso
que sea, no pueden comprar su seguridad si su precio es la inseguridad
de otras personas en otros lugares;
o las libertades de un grupo minoritario serán sólo
ilusorias si ello supone mayor represión para otros grupos.
Sin embargo, la retórica utilizada por los gobiernos inmersos
en la así llamada "guerra contra el terrorismo"
ha estado orientada a la exclusión de ciertos grupos de
la "familia humana". Se considera que presuntos "terroristas"
o "combatientes enemigos" han perdido todo derecho a
ser tratados como seres humanos dotados de derechos humanos básicos:
en la "guerra contra el terrorismo" puede haber zonas
libres de derechos humanos. Ese mismo idioma deshumanizador se
ha utilizado para justificar el trato inhumano que se ha dispensado
a los presos como parte de la "guerra contra la delincuencia",
para demonizar a los refugiados en virulentas campañas
antiinmigración y para perseguir a las minorías
sexuales en nombre de la cultura o la religión.
Todas estas "guerras" y campañas buscan desviar
nuestra atención de los sencillos pero revolucionarios
principios que encarna la Declaración Universal de Derechos
Humanos, unos principios tan pertinentes en el año 2003
como lo fueron ya en 1948. Léanse la Declaración
Universal y piensen qué clase de mundo habitaríamos
si de verdad todos los seres humanos disfrutaran de esos derechos.
Una visión global: la vida en libertad y con dignidad
La perspectiva desde los derechos humanos ofrece una visión
global de lo que constituye una vida vivida con dignidad y en
libertad. Protección a la vida, libertad y seguridad, derechos
a la libertad de expresión, a la participación política,
protección de la privacidad, derechos de la familia y a
un juicio justo; pero igualmente derecho a la educación,
a la salud, a la seguridad social, al trabajo y el derecho básico
a un nivel apropiado de vida, a la vivienda, a agua potable, a
comer.
La perspectiva de los derechos humanos hace especial énfasis
en la no discriminación. Garantiza estos derechos por igual,
independientemente de la raza, el credo, el color, el sexo, la
casta o la clase. Ofrece también una protección
especial y extraordinaria a los grupos más vulnerables
y desfavorecidos de nuestras sociedades.
El derecho internacional de derechos humanos es mucho más
que los derechos civiles y políticos. Va mucho más
allá del limitado concepto que se circunscribe a la protección
del ciudadano de las injerencias del Estado en sus libertades
fundamentales. La perspectiva de los derechos humanos hace igual
énfasis en la idea de la dignidad humana y en lo que se
requiere que hagan los Estados (en términos positivos)
para garantizar que la vida se vive con dignidad.
Durante demasiado tiempo se ha prestado demasiada poca atención
a los derechos económicos y sociales y, en este respecto,
Amnistía Internacional comparte algo de la culpa. Hasta
hace bien poco nuestra organización no se había
comprometido a trabajar por toda la variedad existente de derechos
humanos. Durante cuarenta años hemos luchado por la libertad
de los Presos de Conciencia y hemos emprendido campañas
para acabar con las "desapariciones", los homicidios
arbitrarios y la tortura. Nuestro objetivo ha sido asegurarnos
de que se rendían cuentas por la comisión de estos
crímenes, y por que terminase la impunidad como forma de
impedirlos en el futuro.
Ahora tenemos que convencer al mundo de que la pobreza extrema
crea sus propios tipos de cárceles, de que la arbitrariedad
en el modo en que funciona la justicia afecta al medio de vida
no menos que a la vida misma, y de que la inseguridad que genera
el hecho de levantarse cada mañana con hambre, sin un techo
ni un empleo, puede ser tan terrorífica como la que infunde
una fuerza policial represiva. No es tarea fácil. El activismo
en favor de los derechos económicos y sociales empieza
a moverse y, tras dar pasos dubitativos desde hace ya mucho, Amnistía
Internacional está plenamente comprometida en el trabajo
por conseguir, en unión de otros, esos derechos.
Otra barrera para completar la protección de los derechos
humanos es la distinción artificial entre la esfera pública
de la actividad política y la esfera privada del hogar
en la teoría internacional del derecho. En la práctica,
esto ha significado que la tortura experimentada por millones
de mujeres en forma de violencia doméstica ha estado a
resguardo de todo escrutinio del movimiento de derechos humanos,
más preocupado por otras formas tradicionales de tortura
patrocinada por el Estado. Los defensores y defensoras de los
derechos humanos de la mujer en todo el planeta han denunciado
lo inadecuado de este enfoque y han ayudado a transformar el concepto
mismo de derechos humanos para hacerlo más receptivo al
mundo que en realidad viven las mujeres. Pese a la lentitud de
Amnistía Internacional en incorporarse a esta lucha, tenemos
ahora prevista para el próximo año una importante
campaña internacional en contra de la violencia ejercida
contra las mujeres que, esperamos, sirva para compensar el tiempo
perdido.
En esta visión global de los derechos humanos no valen
las jerarquías ni las prioridades. Antes solía hablarse
de "primera", "segunda" o "tercera"
generación de derechos humanos. Durante la Guerra Fría,
occidente adelantó el argumento de que los derechos políticos
eran prioritarios a los sociales, y muchos países socialistas
y en desarrollo adoptaron la postura contraria.
Este debate es ya añejo y no tiene sentido. Los derechos
humanos son interdependientes. El derecho a la libertad de expresión
no es más que un concepto vacío si las personas
que quieren expresarse son analfabetas y se les niega la educación.
Asistir a una escuela apenas sirve para cumplir el expediente
si para lo que se utiliza es para fomentar la intolerancia o para
mantener a un régimen represivo en el poder.
La interdependencia de los derechos humanos nos recuerda que,
a medida que construimos un mundo mejor, superando desigualdades,
injusticias y represiones, no tenemos que olvidar que no podemos
ganar la justicia social y económica a la que aspiramos
a expensas de las libertades civiles y políticas. Con demasiada
frecuencia se han sacrificado los derechos humanos en el altar
del desarrollo económico. Y de igual modo, unas elecciones
libres, unos medios de comunicación libres y una sistema
judicial operativo no pueden nunca, por sí solos, sacar
a las gentes de la pobreza extrema. El hecho de que en los países
más ricos centenares de miles de personas carezcan de un
hogar o dependan de la beneficencia para su próxima comida
es prueba suficiente de la falta de una visión de la libertad
constreñida en los derechos civiles y políticos.
La interdependencia e indivisibilidad de los derechos humanos
nos recuerda que, cualquiera que sea el programa político
concreto que decidamos elegir (a medida que avanzamos hacia el
objetivo de un mundo mejor) es menos importante que el hecho de
que su contenido dé cumplimiento a todos los derechos humanos:
vidas de dignidad y libertad.
Las obligaciones de quienes están en el poder
La perspectiva de derechos humanos hace hincapié en las
obligaciones. Los derechos implican deberes: la exigencia a otros
para que respeten esos derechos. Los derechos humanos imponen
deberes sobre las autoridades políticas y sobre quienes
están en el poder. Si queremos construir un mundo mejor,
tenemos que definir qué es lo que las autoridades estatales
deberían estar haciendo de otro modo. La perspectiva de
los derechos humanos no es mera retórica. En los últimos
cincuenta años, los organismos internacionales han definido
con cierto detalle lo que los gobiernos deben hacer (o más
bien lo que deben abstenerse de hacer) para cumplir las obligaciones
que tienen contraídas en materia de derechos humanos.
Por ejemplo, más de 145 gobiernos han expresado un compromiso
claro en relación con el derecho a la salud, derecho que
incluye obligaciones relativas al acceso a medicamentos asequibles.
En un mundo justo, estos compromisos deberían primar sobre
las protecciones existentes sobre las patentes. Podrían
darse otros muchos ejemplos. El derecho en materia de derechos
humanos no siempre dará respuestas claras, pero en esos
debates sí aportará unos principios firmemente asentados
sobre derechos individuales y rendición de cuentas.
Quizá incluso de mayor pertinencia directa para el Foro
Social, sin embargo, sea el hecho de que es posible aplicar el
derecho internacional en materia de derechos humanos a otros agentes
distintos de los gobiernos. Esos otros agentes (las instituciones
financieras internacionales y las empresas transnacionales) tienen
también un claro deber de respetar los derechos humanos.
Estas obligaciones legales transcienden las fronteras nacionales.
Este argumento ha sido reiteradas veces aceptado en relación
con los derechos civiles y políticos. Las leyes de muchos
países reconocen que las autoridades tienen que actuar
cuando en otros países se dan la tortura o la represión:
por ejemplo, mediante impedimentos al envío de armamento
a ese país o la detención de presuntos torturadores
si viajan al extranjero. Ahora tenemos también que globalizar
las obligaciones que afectan a los derechos económicos,
sociales y culturales; tenemos que exigir, por ejemplo, que la
legislación sobre patentes de un país no pueda aplicarse
de forma que niegue a las gentes de otros países el acceso
a medicamentos que salvan vidas.
También a las empresas se las puede incorporar al marco
del derecho internacional en materia de derechos humanos. En mi
condición de abogado defensor de los derechos humanos en
Estados Unidos, he tenido ocasión de participar en multitud
de casos en los que se ha utilizado el derecho internacional de
derechos humanos como medio para hacer rendir cuentas a empresas
multinacionales por su complicidad en la violación, en
otros países, de derechos humanos reconocidos internacionalmente.
En un caso que se ha dado en California, por ejemplo, estamos
reclamando que la UNOCAL, una importante compañía
petrolífera estadounidense, rinda cuentas por haber constituido
una entidad empresarial conjunta (una joint venture) con el régimen
represivo militar de Birmania: el gasoducto construido por esa
entidad se ha hecho sobre las espaldas de los residentes en la
región, que han sido sometidos a trabajo forzado.
Esta perspectiva de los derechos humanos está siendo utilizada
por birmanos pobres y desplazados, que no pueden obtener justicia
en su propio país, para conseguirla basándose en
las obligaciones internacionales que tiene contraídas la
UNOCAL y que transcienden a las que está obligada por su
legislación nacional. Durante demasiado tiempo, las empresas
que actúan globalmente han explotado las debilidades de
las distintas legislaciones nacionales y han sido copartícipes
de violaciones de derechos humanos con impunidad. El derecho internacional
en materia de derechos humanos es parte de la solución
al problema de la rendición de cuentas en el mundo empresarial
y a la creación de un marco regulador universal que permita
una globalización consecuente con la libertad y la dignidad
de las personas. Queda aún mucho camino por recorrer, pero
el derecho internacional de derechos humanos ha ayudado ya a que
se produzcan cambios en los términos del debate en curso.
Los valores de los derechos humanos
Algunos críticos de los derechos humanos solían
aducir que esta perspectiva era demasiado neutral y que, haciendo
caso omiso de las estructuras de poder y de las realidades de
la desigualdad material, proporcionaban sólo una ilusión
de libertad e igualdad. A esta crítica se le añadía
esa otra que afirmaba que la perspectiva de los derechos humanos
era en exceso legalista.
El derecho internacional en materia de derechos humanos, sin embargo,
no es neutral. No refrenda ideologías políticas
concretas ni sistemas de gobierno específicos. Por el contrario,
sí refrenda, y defiende, valores clave: la tolerancia,
la igualdad, la no discriminación, la libertad y la solidaridad
humana. Estos valores constituyen el fundamento del mensaje de
este Foro. El hecho de que estos valores estén estructurados
en un sistema de derecho internacional debe considerarse como
una fortaleza, no como una debilidad. La Declaración Universal
de Derechos Humanos no es un documento legalista. Encarna las
demandas de los pueblos de todos los rincones del planeta que
exigen un mundo más justo.
Utilicemos el lenguaje de los derechos humanos para trascender
fronteras y barreras de todo tipo, y el derecho internacional
en materia de derechos humanos para fortalecer la rendición
de cuentas.
Conclusión
El Foro Social Mundial ha recordado una vez más al mundo
la realidad de que centenares de millones de conciudadanos nuestros
viven en la pobreza y en la inseguridad. Como activistas de derechos
humanos compartimos el sueño de construir un mundo distinto.
Lo que ahora hace falta, sobre todo lo demás, es volver
a comprometernos con unos principios fundamentales que los Estados
acordaron solemnemente hace más de cincuenta años,
en la estela que dejaron tras de sí los horrores de la
última guerra global.
El artículo 28 de la Declaración Universal proclama:
Toda persona tiene derecho a que se establezca un orden social
e internacional en el que los derechos y libertades proclamados
en esta Declaración se hagan plenamente efectivos.
Un mundo así habría de organizarse de tal forma
que pusiera el valor no sobre los sistemas, los procesos económicos
o el tamaño del presupuesto de defensa de un país,
y por supuesto no sobre la inversión extranjera directa,
sino sobre vidas humanas individuales de libertad y dignidad.
¿Tendremos que padecer otra guerra global antes de que
nuestros líderes actúen como si importaran esos
principios?
Nos unimos a ustedes en la respuesta: ¡No!
Fuente: Editorial de Amnistía
Internacional
http://www.edai.org/temporal/foro/foro.htm

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