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Buenas tardes:
Estoy llegando, como ustedes saben, directamente de Porto Alegre,
donde participé del Foro Social Mundial, y hablé
para decenas de miles de personas sobre los mismos asuntos que
pretendo tratar aquí.
La Reunión Anual del Foro Económico Mundial tiene
como tema central la construcción de la confianza. Me siento
muy cómodo con este tema. Soy depositario de la confianza
del pueblo brasilero, que me atribuyó la responsabilidad
de conducir un país de 175 millones de habitantes, una
de las mayores economías industriales del planeta. Pero,
un país que convive también, con enormes desigualdades
sociales.
Traigo a Davos el sentimiento de esperanza que se desparramó
por toda la sociedad brasilera. Brasil se reencontró consigo
mismo, y ese reencuentro se expresa en el entusiasmo de la sociedad
y en la movilización nacional para enfrentar los enormes
problemas que tenemos por adelante.
Aquí, en Davos, se comvino en decir que hoy existe un
único Dios: el mercado. Pero la libertad de mercado presupone,
antes que nada, la libertad y la seguridad de los ciudadanos.
Respondí de forma serena y madura, a los que desconfiaron
de nuestros compromisos, durante la campaña electoral.
En la Carta al Pueblo Brasilero, reafirmé la disposición
de realizar reformas económicas, sociales y políticas
muy profundas, respetando contratos y asegurando el equilibrio
económico.
Brasil trabaja para reducir las disparidades económicas
y sociales, profundizar la democracia política, garantizar
las libertades públicas y promover, activamente, los derechos
humanos.
La cara más visible de esas disparidades son los más
de 45 millones de brasileros que viven debajo de la línea
de pobreza. Su lado más dramático es el hambre,
que alcanza a decenas de millones de hermanos y hermanas brasileras.
Por esta razón, hicimos del combate al hambre nuestra prioridad.
No me cansaré de repetir el compromiso de asegurar que
los brasileros puedan todos los días, tomar el desayuno,
almorzar y cenar.
Combatir el hambre no es sólo tarea del Gobierno, sino
de toda la sociedad. La erradicación del hambre presupone
transformaciones estructurales, exige la creación de empleos
dignos, más y mejores inversiones, aumento sustancial del
ahorro interno, expansión de los mercados en el país
y en el exterior, salud y educación de calidad, desarrollo
cultural, científico y tecnológico.
Urge que Brasil promueva la reforma agraria y retome el crecimiento
económico, de modo de distribuir renta. Establecemos reglas
económicas claras, estables y transparentes. Y estamos
combatiendo, implacablemente, la corrupción. Nuestra infraestructura
deberá ser ampliada, inclusive con la participación
de capitales extranjeros.
Somos un país acogedor. La tolerancia y la solidaridad
son características del pueblo brasilero. Tenemos una fuerza
de trabajo calificada, apta para los grandes desafíos de
producción en este nuevo siglo.
La recuperación del desarrollo requiere la superación
de las coacciones restrictivas externas. Brasil tiene que salir
de ese círculo vicioso de contraer nuevos préstamos
para pagar los anteriores. Es necesario realizar un extraordinario
esfuerzo de expansión de nuestro comercio internacional,
en particular de nuestras exportaciones, diversificando productos
y mercados, agregando valor a aquello que producimos.
Todo el esfuerzo que estamos haciendo para recuperar responsablemente,
la economía brasilera, mientras tanto, no alcanzará
plenamente sus objetivos sin cambios importantes en el orden económico
mundial. Queremos el libre comercio, pero un libre comercio que
se caracterice por la reciprocidad. De nada valdrá el esfuerzo
exportador que vayamos a desarrollar si los países ricos
continúan pregonando el libre comercio y practicando el
proteccionismo.
Los cambios del orden económico mundial deben pasar, también,
por una mayor disciplina en el flujo de capitales, que se trasladan
por el mundo, al capricho de rumores y de especulaciones subjetivas
y sin fundamento en la realidad.
Es necesario que la comunidad internacional haga su contribución
para impedir la evasión ilegal de recursos, que buscan
refugio en paraísos fiscales. Mayor disciplina en esa área
es fundamental para el decisivo combate al terrorismo y a la delincuencia
internacionales, que se alimentan del lavado de dinero.
La construcción de un nuevo orden económico internacional,
más justo y democrático, no es solamente un acto
de generosidad, sino también, y principalmente, una actitud
de inteligencia política.
Más de diez años después del derrumbe del
Muro de Berlín, aún persisten "muros"
que separan a los que comen de los hambrientos, los que tienen
trabajo de los desempleados, los que viven dignamente en sus casas
de los que viven en la calle o en miserables "villas miseria"
(favelas), los que tienen acceso a la educación y al acervo
cultural de la humanidad de los que viven zambullidos en el analfabetismo
y en la más absoluta alienación.
Es necesario también, una nueva ética. No basta
que los valores del humanismo sean proclamados, es preciso que
ellos prevalezcan en las relaciones entre los países y
los pueblos.
Nuestra política externa está firmemente orientada
por la búsqueda de la paz, de la solución negociada
de los conflictos internacionales y por la defensa intransigente
de nuestros intereses nacionales.
La paz no es sólo un objetivo moral. Es también,
un imperativo de racionalidad. Por eso, defendemos que las controversias
sean solucionadas por vías pacíficas y bajo la égida
de las Naciones Unidas. Es necesario admitir que, muchas veces,
la pobreza, el hambre y la miseria son el caldo de cultivo donde
se desarrollan el fanatismo y la intolerancia.
La preservación de los intereses nacionales no es incompatible
con la cooperación y la solidaridad. Nuestro proyecto nacional
no es xenófobo y, sí, universalista. Queremos profundizar
nuestras relaciones con los países de América del
Sur, desarrollando con ellos una integración económica,
comercial, social y política.
Queremos negociar cada vez más positivamente con los Estados
Unidos, la Unión Europea y los países asiáticos.
Tendremos, en la condición de país que posee la
segunda mayor población negra del mundo, una mirada especial
para el continente africano, con el cual tenemos lazos étnicos
y culturales profundos.
Quiero invitar a todos los que aquí se encuentran, en esta
montaña mágica de Davos, a mirar el mundo con otros
ojos. Es absolutamente necesario reconstruir el orden económico
mundial para atender los anhelos de millones de personas que viven
al margen de los extraordinarios progresos científicos
y tecnológicos que los seres humanos fueron capaces de
producir.
No se queden indefinidamente esperando señales para cambiar
de actitud en relación a mi país y a los países
en desarrollo. Los pueblos, como los individuos, necesitan oportunidades.
Los países ricos de hoy sólo lo son porque tuvieron
sus oportunidades históricas.
Si quieren ser coherentes con su experiencia victoriosa, no pueden
y no deben obstruir el camino de los países en vía
de desarrollo. Al contrario, pueden y deben construir con nosotros
una nueva agenda de desarrollo global compartido.
Tengan la certeza de que Brasil ya comenzó a cambiar. Nuestra
determinación es resultado no solamente de compromisos
que asumimos hace muchos años, sino que deriva, también,
de la esperanza que moviliza a nuestro país. Sé
que en el debate contemporáneo hay divergencias, visiones
del mundo distintas, incluso antagónicas.
Soy el Presidente de todo el pueblo brasilero y no solo de aquellos
que me votaron. Estamos construyendo un nuevo contrato social,
en el que todas las fuerzas de la sociedad brasilera estén
representadas y sean escuchadas.
Así, busco la interlocución con todos los sectores
que serán reunidos en el Consejo de Desarrollo Económico
y Social. Voy a buscar contactos y puntos de apoyo para nuestros
proyectos de cambiar la sociedad brasilera, donde quiera que ellos
estén.
El cambio que buscamos no es para un grupo social, político
o ideológico. Beneficiará más a los desprotegidos,
a los humillados, a los ofendidos y a los que, ahora, ven con
esperanza la posibilidad de redención personal y colectiva.
Esta es una causa de todos. Ella es universal por excelencia.
Como el más extenso y el más industrializado país
del hemisferio sur, Brasil se siente con el derecho y con el deber
de dirigir a los participantes del Foro de Davos, un llamado al
sentido común. Queremos hacer un llamado para que los descubrimientos
científicos sean universalizados, para que puedan ser aprovechados
en todos los países del mundo.
En la misma línea, propongo la formación de un fondo
internacional para el combate a la miseria y al hambre en los
países del tercer mundo, constituido por los países
del G-7 y estimulado por los grandes inversores internacionales.
Esto, porque es largo el camino para la construcción de
un mundo más justo y porque el hambre no puede esperar.
Mi mayor deseo es que la esperanza que venció al miedo,
en mi país, también contribuya para vencerlo en
todo el mundo. Necesitamos, urgentemente, unirnos en torno de
un pacto mundial por la paz y contra el hambre. Y tengan la certeza,
Brasil hará su parte. Muchas gracias.
Davos, Suiza, 26 de enero del 2003
Tomado de: Buena Voluntad Rosario
- www.urumedia.com/arcano
Traducción del portugués: Daniel Barrantes

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