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Los pueblos de Porto Alegre y los pueblos de Davos-Nueva
York se baten por la globalización. ¿Cuál
globalización? Los poderosos, y por eso son poderosos,
se apropiaron de la palabra globalización y le impusieron
una significación que sirve a sus intereses. Es el proceso
mundial de homogeneización del modo de producción
capitalista, de globalización de los mercados y de las
transacciones financieras, del entrelazamiento de las redes de
comunicación y del control mundial de las imágenes
y de las informaciones. La lógica que la preside es la
competición de todos contra todos. Aquí reside el
drama bien formulado por el genetista francés Albert Jaquard:
"El propósito de una sociedad es el intercambio. Una
sociedad cuyo motor es la competición, es una sociedad
que me propone el suicidio. Si me pongo en competición
con el otro, no puedo intercambiar con él, debo eliminarlo,
destruirlo".
Pues es exactamente eso que está ocurriendo con la globalización
propuesta por el pueblo de Davos-Nueva York. O usted está
en el mercado competitivo, vence y existe. O usted es derrotado,
desiste e inexiste. Entre las víctimas de esta lógica
se encuentra casi la mitad de la humanidad, condenada a la impiedad
de la exclusión y de falta de cualquier sustentabilidad.
¿Puede ser humano un proyecto global que elimina a los
humanos o los hace puro carbón, recordando al nostálgico
Darcy Ribeiro, para la máquina productivista? Frente a
esa crueldad, gana dignidad ética la alternativa propuesta
por el pueblo de Porto Alegre. Ella niega ese tipo tiranosáurico
de globalización. Propone otra globalización que
pasa por la solidaridad a partir de abajo, por la mundialización
de los derechos humanos, por la socialización de la democracia
como valor universal, por el control social de los capitales especulativos,
pasa, además, por la aplicación en todas las economías
de la tasa Tobin, por la creación de instancias de gobernabilidad
mundial, por la universalización del cuidado para con la
Tierra y los ecosistemas y por la valorización de la dimensión
espiritual del ser humano y del universo. Ese pueblo de Porto
Alegre se hace así el guardián de la humanidad mínima.
Afirma la posibilidad real de vivir juntos como humanos y nos
muestra cómo debemos pasar de una conciencia de nación
y de clase a una conciencia de especie y de planeta Tierra. Solamente
ese tipo de globalización construye la Tierra como Casa
Común de los humanos y de toda la comunidad de vida.
Esa propuesta de globalización se adecua a lo que hay
de más contemporáneo en el pensamiento que se orienta
por el nuevo paradigma científico. Pues ve la globalización
como una nueva etapa de la Tierra y de la Humanidad. Los pueblos
estaban en diáspora por los continentes y enraizados en
sus Estados-naciones. Ahora comienzan a moverse y a encontrarse
en un único lugar, la Tierra como Casa Común. Y
no tenemos otra.
Ya en 1993 escribía proféticamente Teilhard de
Chardin: "La edad de las naciones ya pasó. Si no queremos
morir, es la hora de sacudir los viejos prejuicios y de construir
la Tierra". Queremos construir la Tierra prolongando el dinamismo
que la está forjando hace miles de millones de años.
En efecto, somos fruto de un proceso evolucionario de 15 mil millones
de años, proceso único, complejo, contradictorio
(caótico y armónico) y complementario que entrelaza
todos los seres en tramas de relaciones, fuera de las cuales nadie
existe. La manecilla del tiempo irreversible va mostrando una
dirección: la emergencia de órdenes cada vez más
complejas, autoorganizadas, interiorizadas y convergentes de vida
y de creatividad. Tierra y Humanidad forman una única entidad,
exactamente como los astronautas testimonian cuando ven la Tierra
de fuera de la Tierra. El ser humano es a la Tierra que en un
momento de su evolución comenzó asentir, a pensar,
a amar y a venerar. Es por eso que hombre viene de humus, tierra
fecunda. Ahora estamos elaborando esa conciencia terrenal y planetaria.
Esa comprensión nos suministra la base experimental y
científica para entender la actual globalización
en curso. Ella es un momento avanzado de un proceso anterior y
mayor de convergencia de energías, dinamismos e intencionalidades
que están actuando desde el comienzo de la cosmogénesis
y de la biogénesis. La globalización crea las condiciones
para un salto cualitativo de la antropogénesis: la irrupción
de aquello que Teilhard de Chardin llamó noosfera: la creación
de una nueva armonía entre los humanos en la cual técnica
y poesía, producción y espiritualidad, corazón
y pensamiento encuentran una nueva sintonía más
alta y más sinfónica.
El mérito del pueblo de Davos-Nueva York fue el de haber
creado las condiciones materiales para ese salto. Pero él
mismo no saltó. El mérito del pueblo de Porto Alegre
fue el de haber mostrado sus posibilidades y ensayado los primeros
movimientos para ese salto. Y el salto, finalmente, vendrá
porque él representa lo que debe ser. Y lo que debe ser
tiene fuerza.
Tomado de: Rebelión, enero
24 de enero de 2003
http://www.rebelion.org

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