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Entre los movimientos sociales característicos
de gran parte del siglo XX, adquirieron presencia universal mujeres
y estudiantes-jóvenes, a ellos fueron sumándose,
paulatinamente naciones, nacionalidades y pueblos indígenas,
junto a grupos congregados alrededor de planteamientos más
específicos como ecologistas, gays, grupos urbanos, migrantes,
discapacitados, pacifistas... todo el abanico de diversidades
que un mundo social y culturalmente plural puede ofrecer.
Cada uno de estos actores ancló su organización
en una particularidad movilizadora, generalmente alusiva a procesos
sociales y culturales y carente de vínculos directos con
la economía. Por ejemplo, la potencialidad del movimiento
estudiantil ha radicado en aglutinar a portadores pasajeros de
una naturaleza permanente; los estudiantes exhiben su condición
etaria de transición como eje desde el cual levantan reivindicaciones
propias, justamente aquellas que permiten hablar de la existencia
de un movimiento estudiantil.
No obstante, las especificidades expresadas por los diversos
movimientos sociales mantuvieron a las demandas clasistas como
referencia estratégica, a partir de las cuales no sólo
pudieron inscribirse en las determinaciones históricas
de la época, también obtuvieron un espacio para
decantar la diversidad de intereses que se amontonaban al interior
de sus propias filas.
Es decir, lo característico de los movimientos sociales,
durante casi todo el siglo pasado, fue su anclaje en la estructura
de clases, su organización y formas de lucha por el poder.
Fue el momento en que el horizonte final auguraba libertad e igualdad
para toda la especie, un mundo en que la fraternidad se concretaría
bajo el lema de la máxima equidad: de cada cual según
su capacidad, a cada quien según su necesidad.
El año 1989 tornó visible para la política
lo que la economía había anticipado silenciosamente.
La incursión de la ciencia y la tecnología como
fuerza productiva directa alteró las formas de relación
entre el capital y el trabajo, así como las fuentes de
generación de plusvalor, en un proceso del cual aún
solo podemos observar aquello que se destruye y no todavía
lo que nace.
La emergencia globalizadora impone a la cualidad de las clases
un período de transición, durante el cual presenciamos
la desfiguración de sus expresiones políticas organizadas,
fundamentalmente el sistema de partidos característico
del Estado liberal. Las instituciones encargadas de sistematizar
y canalizar las demandas de la sociedad frente al Estado han perdido
capacidad de representación, estimulando incursiones de
otros actores sociales, no clasistas, en la escena política.
Por la misma razón, el cambio en la relación de
las clases entre sí y con el proceso productivo ha llevado
a un retroceso en la iniciativa de demandas económicas
propositivas -principalmente salariales, de organización,
huelga y control de recursos- como factor central de la convocatoria
social. Este espacio ha sido parcialmente ocupado por acciones
reactivas llamadas antiglobalizadoras, que se manifiestan contra
la implementación de paquetes fondo-monetaristas y de libre
comercio.
El tránsito se evidencia también como una pérdida
de protagonismo de las organizaciones sindicales y gremiales que
ceden su puesto en el liderazgo de la protesta social. Hecho que,
de paso, contribuye a un debilitamiento del contexto que hace
exigible los derechos de segunda generación, fundamentalmente
los referidos al mundo del trabajo.
La pérdida de este referente conocido y estable impulsa
a la gran mayoría de actores sociales a inscribirse en
movimientos transitorios, aunque articulados por una condición
individual permanente y ajena a la economía. Campesinos,
obreros, artesanos, industriales... los productores regresan la
mirada y se re-conocen en su naturaleza étnica, nacional,
sexual, etaria, de minorías en situación de riesgo,
etc.
Estos remozados movimientos sociales resignifican espacios de
expresión pública a partir de la formulación
de intereses concretos y la canalización política
de demandas particulares. Desde esta perspectiva, son actores
antiguos que se presentan en la escena política con formas
novedosas, en todo caso, aún carentes de propuestas capaces
de generar interés general y, por tanto, de prefigurar
un poder alternativo.
Parte de este proceso constituye también la rearticulación
del movimiento en pro de los derechos humanos que, a partir de
la formación de redes internacionales, va adaptándose
a las especificidades de estos nuevos sujetos de la política
contemporánea. La relevancia que ha adquirido la exigibilidad
de los derechos sociales y culturales -por sobre los económicos-
y la fuerza con que va imponiéndose la discusión
de los derechos colectivos, dan cuenta de elementos inéditos
en su lucha.
Sin embargo, son los derechos difusos -desde el derecho al desarrollo
hasta el derecho a la comunicación- aquellos que permiten
atisbar el mundo que la globalización está gestando.
Y es, paradójicamente, el movimiento social más
universal que la humanidad ha conocido hasta ahora el que se prepara
para cumplir las funciones de partero: el movimiento antiglobalización.
Gabriela Córdova
Responsable de Comunicación PADH-UASB
Quito, marzo 2003

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