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Los movimientos sociales y los feminismos como expresión
de estos movimientos, no son ajenos a las transformaciones de
la época ni a sus contradicciones, carencias y sensibilidades
y, por tanto, los cambios en sus dinámicas de actuación
en estos 30 años de existencia, corresponden a las búsquedas
para responder a los desafíos que presenta el clima cultural,
político, social y económico del fin del milenio.
Las condiciones e impulsos de sus orígenes se dieron en
marcos dramáticamente diferentes a los que vivimos actualmente.
La política feminista en América latina se comenzó
a desplegar tempranamente en las luchas contra las dictaduras,
o gobiernos autoritarios, o gobiernos democráticos que
no aparecían serlo y ante los cuales se desarrollo una
actitud de profunda desconfianza. Quizás por ello los feminismos
en su despliegue orientaban mucho más sus estrategias hacia
perfilarse desde la sociedad civil antes que a interactuar y menos
negociar con los estados y gobiernos. Fue así densificando
sus formas de existencia, dando origen a una multiplicidad de
colectivos, de redes, de encuentros, de calendarios feministas,
de simbologías y subjetividades.
Como asegura María del Carmen Feijóo, este despliegue
y estas estrategias produjeron un conjunto de rupturas epistemológicas
y la construcción de nuevos paradigmas y pautas interpretativas
alrededor de la realidad. Al "politizar" lo privado,
las feministas se hicieron cargo del "malestar de las mujeres"
(Tamayo, 1996), generando nuevas categorías de análisis,
nuevas visibilidades e incluso nuevos lenguajes para nombrar lo
hasta entonces sin nombre: violencia doméstica, asedio
sexual, violación en el matrimonio, feminización
de la pobreza, etc. son algunas de los nuevos significantes que
el feminismo colocó en el centro de los debates democráticos.
El paso de los años 80 a los 90 vino acompañado
por nuevos escenarios políticos, ideológicos, económicos
y culturales que influyeron en el feminismo y los movimientos
sociales en general. Los procesos de globalización en lo
económico, pero también en lo político y
sociocultural, abrieron nuevos campos de actuación para
los movimientos sociales y para los feminismos y nuevos terrenos
para la lucha por derechos ciudadanos. Los dramáticos procesos
de creciente exclusión -comunes a toda la región-
enfrentaron a los feminismos a la posibilidad y la urgencia de
ampliar sus luchas desde lo nacional-regional hacia -y desde-
lo global, a la vez que se evidenciaba los estrechos limites de
los estados-nación para responder por sí solo a
los requerimientos ciudadanos. Estas dinámicas se evidenciaron
y se nutrieron del espacio global abierto por Naciones Unidas,
que colocó los contenidos de las nuevas agendas globales
a lo largo de la década de los 90, a través de las
Cumbres y Conferencias Mundiales sobre temas de actualidad democrática
global. Un sector significativo de estas instituciones feministas
estuvieron presentes "disputando" contenidos y perspectivas
para cada uno de ellos. Estas feministas comenzaron así
a ser actoras fundamentales en la construcción de espacios
democráticos de las sociedades civiles regionales y globales.
A lo largo de los 90 se fueron abriendo nuevos espacios, hubo
una generalización del discurso de derechos y un énfasis
en la construcción ciudadana tanto de las sociedades civiles
y sus movimientos como desde los estados. Se partía sin
embargo de enfoques diferentes (o que trataba que fueran diferentes,
lo que no siempre se logro): para la sociedad civil y las feministas
en su interior, el enfoque de derechos aparecía como un
terreno de disputa, contestatario y conflictivo, dando lugar a
permanentes "guerras de interpretación" (Slater),
frente a sus contenidos hegemónicos parciales y aun duramente
excluyentes. Se buscaba no solo el acceso a la igualdad sino el
reconocimiento a la diversidad y a la diferencia, no solo el acceso
a los derechos existentes si no al proceso de descubrimiento y
permanente ampliación con nuevos contenidos La lucha por
el reconocimiento de los derechos sexuales y reproductivos no
solo como derechos de las mujeres sino como parte constitutiva
de la construcción ciudadana es un ejemplo de este proceso.
Los cambios de los 90 tuvieron otro efecto significativo en
las dinámicas y formas de existencia de los movimientos
sociales, entre ellos el feminista: el impacto de las lógicas
neoliberales no solo en lo económico sino en lo social
y cultural, acentuaron el énfasis desde una lógica
básicamente movimientista hacia una lógica más
institucional, y acentuaron la tendencia, señalada por
Lechner, hacia la privatización de las conductas sociales
y una creciente fragmentación e individuación de
las acciones colectivas como movimiento.
La ampliación de los espacios de propuesta y confrontación,
la fragmentación de las luchas feministas, el surgimiento
de otros múltiples procesos y actoras trajo evidentes transformaciones
no solo en la manera en que se asumían las propuestas feministas
(feminismos de libre interpretación), no solo en sus estrategias,
sino también en sus formas de existencia, diversificándose
en presencia e influencia y como dice Sonia Álvarez, extendiéndose
"en un amplio, heterogéneo, policéntrico, multifacético
y polifónico campo discursivo y de actuación / acción.
Se multiplican los espacios donde las mujeres que se dicen feministas
actúan o pueden actuar
envueltas no solo en luchas
clásicamente políticas
sino simultáneamente
envueltas en disputas por sentidos, por significados, en luchas
discursivas, en batallas esencialmente culturales." (Álvarez,
1998)
Los feminismos estaban así en transición hacia
nuevas formas de existencia. La incertidumbre, propia de los periodos
de cambios intensos, también quedó instalada en
los feminismos. Las rupturas con nuestras estructuras mentales
anteriores, con los paradigmas que nos impulsaron y con lo que
fuimos en el pasado podría ser una ventaja, porque como
dice de Souza Santos, podría permitirnos pensar más
creativamente sobre el futuro. Sin embargo, como asegura Norbert
Lechner, existe un desfase entre la rapidez de los cambios y la
inercia de la cultura política en América Latina,
que no nos permite elaborar códigos interpretativos a través
de los cuales estructurar y ordenar la nueva realidad social.
En este escenario, las practicas generalmente se adelantan a la
teoría.
Por ello, voy a analizar los procesos y las propuestas feministas
en el nuevo milenio no desde certezas sino desde las búsquedas,
las experiencias y los aprendizajes que nos fue dejando la practica
y que avizoran una nueva centralidad de las luchas feministas
en lo nacional y en lo global. Para ello escogeré uno de
los ejes más significativos y tensionantes de las prácticas
feministas latinoamericanas: el de la democracia.
La democracia como terreno de disputa en lo nacional y lo
global
1. Las disputas democráticas históricas
La democracia ha sido una de las preocupaciones históricas
de los feminismos desde su surgimiento. Por algo el slogan "Democracia
en el país y en la casa" de las feministas chilenas
en su temprana lucha contra Pinochet fue el slogan adoptado por
los feminismos de la región y el slogan que la región
ofrece al mundo; evidenciando no solo el carácter político
de lo privado sino una forma diferente y radical de entender la
democracia. Con ese eslogan nos articulamos con la sociedad en
su lucha contra todo tipo de autoritarismos.
Sin embargo, luchar por democracia en dictadura no es lo mismo
que luchar por la recalificación de la democracia en democracia.
Porque si bien la democracia se instalo en el horizonte referencial
de las sociedades, las formas de gobierno democráticas
se expresaron en forma cupular y excluyente, en el marco de una
globalización con enfoque neoliberal y obedeciendo mas
a criterios de urgencia modernizadora que de recalificación
de las democracias. Así, muchos de nuestros logros terminaron
como conquistas a medias, o neutralizadas de muchas formas. Frente
a esta realidad se impulsaron generalmente dos estrategias, a
veces confluyentes y complementarias, a veces en disputa: la de
negociar la incorporación de medidas hacia la igualdad
de las mujeres en los marcos democráticos existentes y
la de buscar recalificar esa democracia, desde las sociedades
civiles, exigiendo frente a los estados claras reglas de juego,
exigencia de transparencia y rendición de cuentas y avanzando,
desde las sociedades civiles, en disputas democráticas
que modificaran los sentidos comunes tradicionales y las culturas
políticas autoritarias.
Democracia en la casa se logro parcialmente, justamente porque
ella solo podía ser conquistada si se desenvolvía
en un clima de construcción democrática multidimensional..
Se logro sin embargo algo fundamental: el desarrollo de una conciencia
mucho más aguda en las mujeres sobre sus posibilidades
de autonomía en lo privado. La visibilización de
la violencia domestica fue el gran logro de la década,
aunque asumida como violencia intra familiar. La violencia sexual
casi se olvido. Democracia en la cama y en lo intimo -dimensiones
añadidas a este slogan- ha sido una dimensión compleja:
se logro el reconocimiento de los derechos reproductivos (sin
lograr torcerle aun la mano a la Iglesia conservadora, sin lograr
desprenderla de las necesidades de superación de la pobreza.
Los derechos sexuales fueron oscurecidos por la salud de las mujeres
y quedaron durante un buen tiempo invisibilizados, especialmente
con relación al aborto. Las luchas culturales se espaciaron.
Y la dimensión socioeconómica de la ciudadanía
y la democracia fue la más devaluada.
Todo ello evidencia no solo la debilidad de nuestras democracias,
sino también las debilidades de los movimientos que asumen
los limites de estas democracias sin generar expresión
publica conflictiva alrededor de ella.
Tensión entre universalidad y particularidad
Asumir la democracia como referente en los horizontes feministas
implicó varios procesos de "decantación"
de las visiones feministas previas. Una de ellas, que dejo aprendizajes
fundamentales, fue la forma de abordar la histórica tensión
entre universalidad y particularidad, entre igualdad y diferencia,
y sus impactos en las identidades feministas. Es sabido que los
feminismos de los inicios se desarrollaron desde una significativa
política de identidades. En América latina, con
un feminismo venido mayormente de las canteras de la izquierda
y comprometido con transformaciones de más largo aliento,
esta política de identidades fue vivida como el "momento
de escisión" de las luchas de la que nos hablo Gramsci,
a todas luces necesario para abrirse paso entre discursos hegemónicos
y muchas veces hostiles, que tendían a oscurecer las presencias
y los aportes de las mujeres y para poder perfilar un discurso
propio y una visibilidad feminista.
Sin embargo, la disputa entre igualdad y diferencia, que se había
intensamente en los países desarrollados, no se dio con
esa fuerza. Es decir, en el ámbito de la dinámica
más interna de los feminismos, igualdad y diferencia fueron
dos visiones complementarias en América latina en la década
de los 80, hasta el momento en que hubo posibilidades, objetivas
y subjetivas, de expresar las propuestas de igualdad en estrategias
concretas, justamente a partir de las nuevas formas de relacionamiento
de expresiones significativas de los feminismos con lo publico-político
y particularmente con el Estado. Comienzan a ser categorías
y miradas dicotómicas ante la posibilidad de su realización.
Al dicotomizarlas, indudablemente se debilita su articulación
transformadora. La diferencia comienza a esencial izarse y la
igualdad, sin la mirada interrogante de la diferencia, se contagia
de los limites de las democracias realmente existentes. Y la diferencia
comienza a tener el riesgo de valer en sí misma y no en
interrelación transformadora .
Y es que esta tensión nos colocaba de lleno el dilema
histórico de Mary Wollosncraft, asumida de diferentes maneras
a lo largo del siglo que nos separa de ella: la tensión
entre igualdad y diferencia nos llevaba a preguntarnos si era
necesario mantener una esfera separada de mujeres, reconociendo
sus diferencias, valores, habilidades o si se luchaba por ser
miembros plenos de la sociedad: si se mantenían nuestras
diferencias visibles pero al mismo tiempo marginales y subordinadas
o si luchábamos por estar incluidas en los arreglos existentes,
con el riesgo también de permanecer débiles y subordinadas
por no tener campo de maniobra propio. No teníamos repuesta
fácil ni inmediata. El reconocimiento desde la diferencia
había tenido un rol sustancial "fue el remedio más
eficaz contra el anonimato en un mundo impersonal" (Amoros),
pero como señalan varias autoras, (Mouffe, Varcarcel, Amorós),
solo si teníamos igualdad como referente podíamos
explicitar la deferencia. Ignorar la diferencia nos llevaba a
una falta neutralidad y ponerla en el centro podía acentuarla
y recrearla
El aporte de Elizabeth Jellin a esta disyuntiva fue esclarecedor,
al asumir que desde la perspectiva de los movimientos sociales,
la igualdad y la diferencia pueden potenciar estrategias complementarias:
por un lado como mecanismos de lucha para ampliar la ciudadanía
de las mujeres, al impulsar una lucha por el reconocimiento y
la legitimidad de la presencia social de grupos subordinados.
Ello implicaba una lucha por la igualdad de derechos para todos
y todas, una lucha por justicia, por la "homogenización
de la sociedad" a través del reconocimiento de condiciones
iguales para mujeres y hombres. Por otro, como una forma de buscar
una identidad social propia, de ocupar de un campo cultural especifico
y cuestionador, una afirmación del derecho a la especificidad
y a la diferencia- Articular ambas perspectivas parecía
facilitar el surgimiento de nuevos enfoques, capaces de aprehender
a las mujeres en su heterogeneidad y especificidad. Otras mas,
como Fraser, enriquecieron esta mirada al preguntarse que diferencias
merecen reconocimiento publico, o representación política,
que diferencias son irrelevantes a la vida política y deben
ser tratadas como asuntos privados; que reclamos de identidad
se enmarcan en las relaciones de dominación, cuales permiten
mayor justicia y mayor libertad, cuales en fin son identidades
democráticas. El imaginario sobre la democracia se iba
concretando y ampliando.
Tensión entre igualdad y democracia
Esta tensión sigue marcando a los feminismos, porque contiene
riesgos insospechados inicialmente. Y es que la lucha por la igualdad
ha sido uno de los motores de las luchas feministas y de mujeres
en América Latina. Ha sido una larga lucha en esta revolución
cotidiana y política que los feminismos latinoamericanos
impulsaron hace casi 30 anos. A lo largo de estos anos hubo indudablemente
cambios en la forma de acercarse a la igualdad. Desde una primera
aproximación a las carencias y necesidades de las mujeres,
se paso rápida y fructíferamente, hacia la percepción
de las mujeres como portadoras de derechos, a ser exigidos y conquistados,
no solo para igualarse con los derechos de los hombres sino para
ser reconocidas como ciudadanas, cuya construcción permanente
se percibía como enriquecedora de la democracia. Ello era
más factible porque además la inconclusa modernidad
en nuestros países comenzó a encontrar en las mujeres
un pivote importante para avanzar. Estados y movimientos compartían
un discurso de derechos.
A poco andar, esta nueva estrategia comenzó a mostrar
sus limites. No solo porque los gobiernos adecuaban estos derechos
a sus propias necesidades, en condiciones mínimas de democracia
y en la creciente definición de la ciudadanía como
acceso al mercado, en contexto neoliberal (Álvarez, Barrig.
También porque la ciudadanía de las mujeres al mismo
tiempo que se expandía, especialmente en su dimensión
política, traía una contrapartida, casi esquizofrénica:
mientras por un lado se avanzaba en leyes, institucionalidad estatal
hacia las mujeres, reconocimientos ciudadanos, por el otro esta
igualdad se estaba logrando a costa de la devaluación de
sus derechos sociales y en casos extremos, a costa también
de quitar dignidad a las mujeres, de cambiar el sentido de derechos
por la dádiva y la caridad y mucho mas concretamente, el
cambio de voto por alimentos o dinero. Igualdad formal lograda
a costa de minimizar sus umbrales ciudadanos, sin espacios democráticos
donde ejercitarla y expandirla. El aprendizaje más político
de estas experiencias, para muchas feministas fue el descubrir
que no era cierto que la ampliación de las ciudadanías
de las mujeres y la ampliación de la democracia eran procesos
simultáneos.
De esta constatación comenzó también un
giro en las miradas feministas a la democracia. Es decir, si en
la temprana preocupación por la democracia las feministas
y en la urgente lucha por el reconocimiento de las mujeres, los
feminismos asumieron tempranamente que "lo que no es bueno
para las mujeres, no es bueno para la democracia", aseveración
sustentada en muchas y dolorosas experiencias de exclusión
no solo desde las políticas estatales sino desde las mismas
sociedad civiles y sus diferentes actores, incluso los que levantaban
propuestas alternativas frente a las democracias realmente existentes.
Y porque sabíamos que teníamos mucho que aportar
a la democracia. Esta mirada demostró ser justa, pero también
insuficiente Un giro en la construcción de la frase trajo
un giro en la orientación, las políticas de alianzas
y la definición de una nueva la centralidad de las luchas
feministas: "lo que no es bueno para la democracia,
no es bueno para las mujeres" fue la enunciación
que condensó ese giro que permitió recuperar esta
alimentación intrínseca entre derechos y democracia.
Y si bien son dos caras de la misma medalla, hay momentos en que
el énfasis en una u otra dimensión puede modificar
profundamente el sentido de las luchas feministas: lo que tiene
la apariencia de bueno para las mujeres no es bueno para la democracia.
Y con ese giro, comenzó una constante revisión de
cómo la construcción y ampliación de las
ciudadanías de las mujeres no se asume en sí misma
sino en permanente relación con la calidad de los procesos
democráticos.
2. La democracia en lo global
Los feminismos latinoamericanos desplegaron, desde sus inicios,
una rica dinámica regional-internacional, cuyos contenidos,
alcances, contradicciones reflejan la complejización de
sus búsquedas, sus practicas y las tensiones o "nudos"
que las acompañaron a lo largo de mas de dos décadas
de existencia. Expresan también el impacto, en el movimiento,
de los cambios económicos y políticos que ha traído
el cambio del paradigma de desarrollo. La expresión más
masiva y movimientista a nivel regional fueron los Encuentros
Feministas, cada dos anos primero y luego cada tres, desde 1981.
La expansión de las redes regionales, temáticas
y de identidad, también impulsaron dinámicas regionales
y eventualmente globales. En los 90 a esta forma de presencia
internacional regional, se añade la presencia regional
global, a través de las cumbres y conferencias, especialmente
Beijing. A todas ellas se trato de perfilar una presencia en clave
movimiento. No me explayo en este proceso que ha sido ampliamente
documentado. Quiero mas bien referirme a lo que significa este
nuevo espacio de incidencia feminista, para perfilar nuevas alianzas
y avanzar estrategias democratizadoras con relación a la
globalización.
Estas incursiones regionales y globales tenían indudablemente
impacto en lo nacional y en lo global Sin embargo, siendo fundamentales
para visibilizar las presencias y aportes feministas, y para llevar
el "terreno de disputa" entre sociedad civil y estado
también a lo global, no siempre generaron dinámicas
articuladoras mas allá de sus propios temas y presencias.
La identidad movimientista comenzó a ser reemplazada muchas
veces por la identidad "temática", que tendía
a prevalecer incluso dentro de una propuesta feminista más
amplia e inclusiva. En esta dinámica, lo global y la misma
globalización no era aun terrenos de disputa, pues se trataba
de impactar las agendas globales (por ejemplo a través
de la "disputa" de contenidos y recomendaciones de las
Conferencias y Cumbres mundiales), desde temas por cierto urgentes
a los feminismos; pero no desde el objetivo mismo de democratizar
lo global y /o de impulsar una "globalización desde
abajo" señalada por muchos -as analistas (Bretcher,
últimamente), como un reto crucial. Impulsada por los movimientos
sociales, cruzando los limites de las naciones, las identidades,
los intereses y desplegándose a múltiples niveles,
esta globalización desde abajo va confrontando los poderes
globales y va produciendo un empoderamiento colectivo complementario
y múltiple.
Es decir, estas incursiones democratizadoras en lo global y esta
posibilidad de empoderamiento colectivo requiere el descentramiento,
complejización y apertura de las identidades de las personas
y los movimientos. Pero la flexibilización de identidades
no es un acto solo voluntarioso. El terreno para la modificación
de las identidades comenzó a ser posible a partir de las
mismas dinámicas de la globalización. Es decir,
los procesos ambivalentes que impulsa la globalización
también han comenzado a generar nuevos impulsos para los
cambios en los horizontes de las sociedades y las subjetividades
de las personas. No profundizaré en estas ambivalencias,
tan bien estudiadas por muchos autores. Solo retendré,
para el análisis algunas de las dinámicas que acompañan
a la globalización y que dan piso para el surgimiento de
nuevas identidades, y que puede impulsar las globalizaciones desde
abajo. Una es el creciente proceso de de-tradicionalización
como lo llama Giddens, que tienden a debilitar las costumbres
arcaicas y los sentidos comunes tradicionales, entre ellas las
relaciones entre los sexos (hacia una sexualidad plástica
y flexible) y los valores familiares unívocos.
Ello no implica la desaparición de la tradición,
sino más bien un cambio en su status, al dejar de considerarla
como algo incuestionable y verla como abierta a interrogación,
es decir, algo sobre lo cual se puede decidir. Se ha dado paralelamente
el impulso a una diferente percepción política y
de relacionamiento institucional, de circulación de información,
impulsando un orden crecientemente reflexivo (reflexividad institucional
lo llama Giddens), que ubica a la política ya no solo en
los espacios formales, ni su legitimidad se ve obtenida solo por
el voto o la representación, sino que se expande hacia
espacios cada vez más importantes para los ciudadanos:
la vida cotidiana por un lado y los sistemas globalizados, por
otro.
Este particular orden espacial y temporal de experiencias que
trae la globalización da un contenido especifico a la naturaleza
de la ciudadanía, abriendo nuevos contenidos, multiplicando
derechos antes no considerados ni en los horizontes referenciales
nacionales, y que van mas allá de los limites del estado-nación.
Falk. Limites que se han visto también modificados y descentrados,
ya que uno de los efectos más evidentes del proceso de
globalización ha sido que el casi monopolio de los Estados
en otorgar y administrar los derechos ciudadanos ha sufrido una
creciente erosión y debilitamiento, al debilitarse los
alcances y la autonomía de estos mismos estados nación.
Así, frente a los traumáticos cambios en las dinámicas
globales, los estados nación aparecen muy chicos para responder
a los grandes problemas globales y aparecen muy grandes para dar
cuenta de la creciente pluralidad de formas de vida, de las necesidades
cotidianas de las gentes y de los nuevos derechos, de reconocimiento
y de predistribución que exigen las nuevas identidades.
Es decir, este proceso redefine los limites de las comunidades
políticas en las que se había organizado la ciudadanía,
asumida históricamente como dimensión del estado
nación y como membresía a una comunidad política
nacional.
En este proceso, ¿qué cambio en la forma de construcción
y auto percepción de las identidades? Una de los cambios
más potentes ha sido el desdibujamiento de la ecuación
entre estado-sociedad e identidad. (Schzugler). Es decir, la sociedad
y el estado ya no son organizados, y vividos en forma coincidente,
lo que indudablemente modifica las identidades antes pensadas
en perspectiva exclusivamente nacional. No desaparece la identidad
nacional pero se hace más difuso ese sentimiento de pertenencia.
(Lechner). Se abren otros múltiples sentidos de pertenencia
modificando percepciones y contenidos subjetivos de la ciudadanía.
Por eso, la pregunta fundamental para algunos autores como Beck
es no tanto si existe sociedad global sino hasta que punto se
perciben las personas en sus respectivas diferencias y si la auto
percepción de la sociedad mundial es relevante desde la
perspectiva de la conducta.
En este proceso, los cambios en los horizontes subjetivos de
las gentes son enormes, impactando identidades nacionales pero
también alimentando la tendencia creciente a la reformulación
de las identidades de los movimientos. Y acá yo incorporo
mi experiencia y mi proceso como feminista, como una pista de
reflexión sobre la orientación de estas nuevas identidades.
Para los movimientos feministas latinoamericanos, nacionales
y regionales, la globalización también ha abierto
la posibilidad articular su reflexión especifica a los
grandes temas y retos de la humanidad (Mohanty). La experiencia
también ha demostrado que en las incursiones en lo global
regional las identidades y agendas propias son necesarias pero
no suficientes Porque uno de los rasgos de la política
de identidades o de identidades centradas en determinados temas
o intereses es, según Fuss, que los sujetos oprimidos pueden
también ser sujetos opresores, al no incorporar las múltiples
dimensiones de las exclusiones de las mujeres y los múltiples
mecanismos que las refuerzan para mujeres y hombres. Por ejemplo,
los feminismos, como me confronto alguna vez Leila Gonzáles
-histórica feminista negra- contenían discriminaciones
racistas quizás no por acción pero sí por
omisión. O los feminismos pueden ser crudamente excluyentes
con las feministas jóvenes, quizá no tanto por la
no existencia de claros canales de incorporación a una
difusa multiplicidad discursiva, sino más bien por no acercarse
a los nuevos discursos que ellas levantan o están construyendo
más acordes indudablemente con las nuevas dinámicas
que les ha tocado vivir.
Por ello, para muchas expresiones feministas el salir su propia
autoreferencia para buscar una perspectiva de transversalidad
e intersección con las otras múltiples luchas democráticas,
políticas y culturales, que levantan no solo las mujeres
sino también los hombres que tratan de responder a sus
especificas subordinaciones, manteniendo la democracia como el
eje articulador de sus luchas con otras luchas, comienza a apar4cer
como uno de los cambios más profundos. Así, avanzan
- sin abandonarla- desde la lucha por la democratización
de las relaciones entre los géneros, a alimentar las luchas
antirracistas, antihomofóbicas, por la justicia económica,
articulando la lucha por el reconocimiento con la lucha por la
redistribución también en el espacio global., contribuyendo
a la construcción de un "polo democrático"
de múltiples sentidos a nivel global.
Esta mirada inclusiva, esta identidad "descentrada"
y enriquecida es lo que garantiza además la articulación
de lo global con lo local. Evidenciando que es difícil
avanzar en la democratización del espacio local y en la
formación de las ciudadanías globales de corte democrático
si no alimentamos en ambos espacios simultáneamente las
nuevas identidades, las nuevas alianzas, las nuevas formas de
articular las agendas feministas con las demás agendas
de transformación. Sin olvidar que los feminismos, en lo
local y en lo global no renuncian a una recalificación
de la democracia, aportando a ella múltiples niveles y
miradas: democracia en el país y en lo global, en la casa
y en la cama, en lo privado y en lo íntimo. Solo desde
esta visión inclusiva de democracia y de construcción
de ciudadanías democráticas a todos estos niveles
que se puede disputar sentidos y dinámicas ciudadanas no
solo en lo nacional sino también en lo global para mujeres
y hombres. Este es el aporte feminista a la globalización
desde abajo y a la construcción de ciudadanías planetarias
de corte democrático.
Lima, enero 2003
* Virginia Vargas.
Socióloga, investigadora especializada en el tema de movimientos
sociales y mujeres, feminismos y globalización. Autora
de diversos libros y artículos. Fundadora del Centro de
la Mujer Peruana Flora Tristán, donde coordina el Programa
de Estudios y Debates feministas. Ejerce docencia en el Instituto
de Estudios Sociales de la Haya- Holanda y el Colegio de México.

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