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Una ya enorme literatura nos habla de cómo
la globalización puso en crisis lo que Norber Lechner llama
la centralidad de la política y del Estado,(1) y por lo
tanto, doblemente, también el concepto mismo de ciudadanía.
Desde el lado de los derechos, la colección de titularidades
imputadas en cabeza del ciudadano cada vez más se resume
en una única y friedmaniana "libertad de elegir";(2)
como lo ha tematizado García Canclini, en principio el
proceso parece ir prefigurando el paulatino reemplazo del ciudadano
por el consumidor, o por lo menos la institucionalización
del segundo como horizonte intelectual y moral del primero (**)
. Desde el lado de los deberes, en lugar de la educación
en las virtudes cívicas del compromiso y la participación
públicos, nos encontramos en un mundo que casi unánimemente
se describe como altamente individualizado y trivializado, en
el que el concepto mismo de virtud parece no tener cabida.(3)
Probablemente estemos más cerca que nunca, como alguna
vez lo temiera Marx en su "Cuestión judía",(4)
de un mundo de "individuos individuados" plenamente,
en el que la civilidad es simplemente el encuentro de egoísmos
que son conscientes de sí mismos.
¿Cómo pensar los movimientos sociales en medio
de este panorama? Desarrollaremos en estos apuntes una arista
del problema a la que se ha presentado relativamente poca atención.
Se trata del desajuste estructural del mercado con respecto de
las esferas de la ley y la cultura, que constituye la otra cara
de la moneda del hundimiento de la "matriz estado-céntrica"
y del desquiciamiento de las prácticas ciudadanas. Sugerimos
que, mientras que el mercado expande las esferas en las que actúa
como principio regulador, esa misma expansión se muestra
disfuncional con respecto del sistema en su conjunto: tiende a
desagregar y desordenar la reproducción entera de la vida
social concreta sobre la que está construida la racionalidad
de los agentes mismos que actúan en el mercado. Esto obliga
a un intento de regulación exógena sobre los mercados
por parte de los Estados, sobre todo de los países centrales.
Para ponerlo en los términos de la economía reaganiana,
en los ámbitos en los que la expansión sociocultural
del mercado (asociada, como veremos, a la de la ciudadanía
en su forma actual) pone en peligro las condiciones de reproducción
de la vida social, el Estado sí se da el lujo de "escoger
ganadores" con consecuencias de gran alcance. Estos ganadores
y perdedores escogidos artificialmente (políticamente)
están distribuidos a lo largo de las líneas que
dividen al mundo en centros y periferias, y es tal asimetría
la que ha dado origen a algunos de los movimientos sociales más
masivos e intensos en los últimos años que, desde
esta perspectiva, se han constituido en defensores de las "leyes
puras del mercado". En fin, el desajuste estructural significa
que el mercado se encuentra en plena "crisis de expansión",
que afecta de manera indirecta, elíptica a veces, pero
extremadamente significativa, tanto a los procesos sociales de
construcción de ciudadanía como a las posibilidades
y marcos de enunciación de los movimientos sociales. Esto
se vincula directamente con el papel de los movimientos sociales
en la construcción de, y la incorporación a, una
cada vez más concreta ciudadanía transnacional (eventualmente,
global). La discusión mostrará un intenso doble
movimiento, tanto en la dirección de los "límites
del crecimiento"(5) a partir del diálogo creativo
entre los lenguajes de la protesta y el agravio, por un lado,
y de la ciudadanía, por el otro, y la incorporación
a, una cada vez más concreta ciudadanía transnacional
(eventualmente, global).
Contornos de la nueva ciudadanía
Desarrollaremos aquí la tesis de que la construcción
de la ciudadanía en condiciones de globalización
está caracterizada por la yuxtaposición de un profundo
bloqueo y la creación de nuevos canales de incorporación.
El bloqueo consiste en el congelamiento de las ofertas características
del "Estado social" marshalliano. La apertura de los
nuevos canales corresponde a una "política del reconocimiento"
que permite reformular el cuerpo político como una "coalición
de minorías" (o de especificidades), pensada desde
una minuciosa regulación legal (6) y sobre la que ha recaído
el peso institucional de la "justicia dinámica".(7)
Si la perspectiva democrática asociada a los balances y
equilibrios de minorías que se limitan mutuamente tiene
ya una venerable historia y corresponde a una rica tradición
intelectual que podríamos llamar, con Dahl(8) madisoniana,
la especificidad de esa perspectiva respecto de los movimientos
sociales es la tensión permanente entre su potencial libertario
asociado a una siempre renovada capacidad de asimilación
y asociación (como lo resaltara en su momento Tocqueville)
y su tendencia puramente conservadora a regular las luchas desde
abajo como la expresión de una minoría más.
Esta regulación rutinaria de las luchas desde abajo choca
con el planteamiento clásico de Marshall para quien la
esencia de la ciudadanía era la tensión dinámica
entre expansión de derechos y titularidades, por una parte,
y la desigualdad que resulta del capitalismo contemporáneo.
Es decir, las luchas desde abajo (para Marshall, las específicamente
clasistas) tenían un estatus especial tanto desde el punto
de vista negativo (se trataba de grupos excluidos que tenían
que idearse una manera de articular un lenguaje de derechos) como
desde el punto de vista positivo (las sucesivas incorporaciones
han cambiado sustancialmente la naturaleza del capitalismo contemporáneo,
arrebatándole amplias esferas de la vida social al puro
mercado y a la competencia). El resultado final ha sido una sucesiva
ampliación de la ciudadanía, en tres etapas: cívica,
política y social. (9)
El contexto histórico sobre el que se construyó
la ciudadanía social, y sin el cual esta última
es apenas un cascarón vacío, es el Estado de bienestar.
Ahora bien, los procesos de flexibilización y desregulación
asociados a la globalización de la economía,(10)
han hecho de la ciudadanía social un pacto económica
y socialmente insostenible pero políticamente irreversible.
Mientras el capital es más móvil que el trabajo
y los países compiten entre sí para mejorar las
condiciones para la inversión extranjera, las cargas impositivas
y las solidaridades obligatorias que caracterizan al Estado de
bienestar aparecen como una barrera a la competencia y al dinamismo
de la economía. Los Estados Unidos muestran una economía
de crecimiento continuo y significativo con bajo desempleo, mientras
que Europa occidental, que carga con el "lastre" de
un Estado de bienestar plenamente desarrollado, se estanca en
tasas relativamente bajas de crecimiento y un desempleo estructural
de magnitudes alarmantes. Pero, por otro lado, es imposible echar
atrás las conquistas de la ciudadanía social. No
se trata solamente de las resistencias masivas que un intento
semejante podría generar y que, sin duda, pondrían
en cuestión la viabilidad de la democracia en su conjunto.
Pues como antídoto a este problema existiría la
posibilidad de desarrollar una maniobra política en gran
estilo, tal como lo pensaron los padres [conservadores] del concepto
de "gobernabilidad", para minimizar expectativas y desmontar
y/o deslegitimar demandas desde abajo.
Es que, adicionalmente, el concepto de ciudadanía cada
vez más está ligado con el de destrezas:(11)
en el mundo de lo público, pero también en el de
lo productivo, en el del consumo, en el del uso del tiempo libre.
El papel central de las destrezas en el mundo contemporáneo
deriva directamente de la revolución científica
y técnica. Como lo señaló en su momento Heidegger,
la técnica no es una mera prótesis: es una forma
de estar en el mundo, que implica una actitud frente a la construcción
del conocimiento desencantada y acumulativa, un tipo de imaginación
(la resolución de los problemas)(12) y una racionalidad
instrumental. La lógica de la tecnología es invasiva
pero constituye, ella también, una conquista: el derecho
individual a exponerse a las formas más radicales de la
diversidad, y la necesidad global de respetar este derecho pues
constituye ya un prerrequisito profundo del dinamismo de la economía
y la sociedad, y del funcionamiento de la democracia. Para ponerlo
en términos aristotélicos, la virtud del hombre
dominado por, y dominante de, la técnica es la innovatividad.
La educación que corresponde a esa forma de virtud(13)
es el sobre-estímulo de la diversidad radical, la destrucción
de cualquier barrera al espíritu innovativo. En consecuencia,
la práctica democrática específica que se
articula a esta virtud y a esta educación es, como lo señalamos
al principio de estas anotaciones, la libertad de elegir, la práctica
del consumo, cuyo sentido va mucho más allá de la
pura trivialización. Sólo quien es capaz de orientarse
en medio de la sobrecarga comunicativa y expresar allí
sus preferencias es plenamente mayor de edad y ciudadano en un
sentido verdaderamente contemporáneo. Replanteando el falso
dilema de García Canclini, no se puede ser ciudadano sin
antes haber aprendido a ser consumidor (y el ser buen consumidor
está lejos de constituir una práctica 'natural';
por el contrario, se trata de la destreza de las destrezas para
la que nos educamos cuidadosamente todos los días y, desde
otro ángulo, constituye la base de un importante movimiento
social). La individualización plena aplicada a millones
de seres humanos homogeneizados por su aspiración común
a ser diferentes, es al mismo tiempo la alienación y la
democratización más radicales de la historia de
occidente.
Dicho en otros términos, el cruce entre invasión
de la racionalidad tecnológica, construcción de
un nuevo concepto de mayoría de edad basado en las destrezas
y el avance continuo en los procesos de individualización,
ha generado una nueva etapa de la ciudadanía que, por un
lado, actúa en una esfera más "superficial"
que las tres anteriores marshallianas (en la medida en que no
es producto de pactos entre grandes agregados sociales ni va acompañada
de ideologías explícitas de cambio social) pero,
por otro, está anclada en una esfera más "profunda"
que aquellas, puesto que entronca directamente con los procesos
de construcción de sentido y de vida cotidiana. Esta cuarta
oleada de construcción de ciudadanía se relaciona
con una opinión colectiva que se resuelve en prácticas
cotidianas, en hábitos de consumo, en estéticas,
preferencias y racionalidades. La paideia contemporánea
de la individuación plena a través de la innovación
consiste precisamente en el desarrollo en gran escala de una sociotécnica
de construcción del yo, que es prerrequisito al mismo
tiempo de la productividad, de la vida cotidiana, de la participación
en el mercado y de las prácticas democráticas. El
ciudadano contemporáneo se caracteriza por "saber
hacer cosas en movimiento" (todos los días los productos
cambian un detalle aquí y otro allá) y "saber
escogerlas": por saber escoger adecuadamente un candidato
o un desodorante, por conseguir un gol o un buen reportaje etnográfico.
No estamos en capacidad de concebir nuestra civilización
y nuestra cultura sin esta - auténticamente globalizada-
tecnología social del individualismo (TSI).
La TSI es uno de los nodos más sobresalientes de la aprehensión
cultural del mercado. Por eso, la TSI se caracteriza por su flexibilidad
a la hora de formar instrumentarios de la identidad, con la agregación
socialmente construida pero mercantilmente circulada de unidades
mínimas de carga identitaria. Las identidades contemporáneas,
incluidas las de muchos movimientos sociales, son "subproductos
de sí mismas" (Elster**), bricolajes efímeros,
a menudo instrumentales e insertados en redes muy largas de circulación
de símbolos y mercancías.
Si quisiéramos acuñar una metáfora cibernética,
propondríamos pensar la relación entre consumo cultural
y construcción de las identidades como la oferta de un
espacio de posibilidad y de un inventario (por parte del primero)
y la disposición de una serie de destrezas para apropiarse
de ese inventario y dotarlo de estructura (por parte de los consumidores).
Tendríamos dos variables: la existencia de millones de
unidades mínimas de cando, un conjunto de pautas cognitivas
para orientarse en la diversidad, en el mercado y en la sociedad
capacitando a su poseedor para escoger "la otridad relevante"
(aquello(s) que comparte conmigo un haz de citas) pero, sobre
todo, una dote para el ejercicio de la ciudadanía. En el
laborioso proceso de acopiar una memoria identitaria y dotarla
de arquitectura,(14) el "hombre natural" se convierte
en ciudadano contemporáneo. Adquiere la independencia de
espíritu, la familiaridad con las tecnologías y
los mercados, el individualismo sistemático, el desapego
y la agilidad mental que son las destrezas indispensables para
actuar en la aldea global como un tomador de decisiones cuyas
únicas limitaciones son: a) el apego a un sólo mecanismo
de expresión, el de la expresión de las preferencias;
b) las propias preferencias. Si se piensa que esta nuestra específica
mayoría de edad contemporánea no tiene nada de particularmente
profundo, crítico o épico, es bueno recordar que
se ha mostrado capaz, hasta el momento, de reciclar todas las
propuestas que se reclaman profundas, críticas y épicas
como una subpoblación de citas que no hace sino ampliar
el ya enorme inventario de cargas identitarias disponible. De
hecho, el consumo cultural contemporáneo nos habla más
del triunfo de De Landa que del de Marx o Smith, es decir, de
la creación de largos circuitos culturales con "jirones
de cultura exótica" que pueden ser reapropiados en
contextos diferentes en términos de preferencia personal
pero sobre la base de la destrucción (a veces a sangre
y fuego) de las formas locales concretas de aquella cultura: esto
ha sucedido con la pizza y la comida china, pero también
con los sitios turísticos y el Ché. Por lo demás,
como lo ha subrayado Rosenau,(15) crecientemente la incorporación
ciudadana estará vinculada al acceso a ciertas destrezas
que, a mi juicio, son básicamente aquellas relacionadas
con la TSI.
El segundo proceso tiene que ver con una profunda democratización
y liberalización del consumo, entrelazada con una creciente
(des)regulación que la protege. La tendencia general en
los mercados-nichos culturales ha sido a que aumente en estos
todos los ámbitos el inventario de citas, las categorías
de personas incorporadas a la capacidad de tomar legítimamente
decisiones y la posibilidad de formular "arquitecturas posibles"
desde las cuales se otorga sentido a la propia especificidad en
relación con los otros relevantes. Tal tendencia subraya
la capacidad de cooptación de la ciudadanía contemporánea:
como sucedió con las vanguardias artísticas, la
eclosión de la diversidad abre hasta el infinito el abanico
de propuestas pero impide la aparición de auténticas
rupturas. En uno u otro sentido, la tendencia (como lo ha subrayado
Habermas) es que el Estado central se presente como un regulador
jurídico de la vida cotidiana para defender la TSI y la
diversidad que requiera (esa , y no más que esa), y a la
vez para impedir que esa diversidad desquicie las posibilidades
de control a las que está asociada la productividad, la
seguridad, etc.. Aunque Heller ha resaltado los aspectos antiliberales
(**) de la juridización de la vida cotidiana, aquellos
son apenas una consecuencia de la cuarta etapa de la ciudadanía
que es una de destrezas, no de las virtudes típicas de
la ciudadanía cívica, política o social.
Correlativamente, el sacrificio de virtudes tradicionales se produce
para defender destrezas de espíritu liberal, en particular
la libertad de elegir que ha adquirido el estatus del "derecho
de tener derechos".
Contracorrientes: los límites de la libertad de elegi
Hay un fuerte isomorfismo entre la "cuarta ciudadanía"
y el mercado global. Adicionalmente, existe entre ellos un bucle
cultural de retroalimentación positiva; entre más
extendidas las relaciones de mercado, más motivos, dispositivos
y capital social tienen la tecnología social del individualismo
y la liberalización del consumo; a su vez, estas producen
ciudadanos con las capacidades e instrumentos intelectuales y
espirituales necesarios para competir, para usar y crear tecnología,
etc.. Pero hay, simultáneamente, una fractura funcional
entre cuarta ciudadanía y capitalismo globalizado.
Planteada en los términos más sencillos posibles,
la fractura consiste en que la cuarta ciudadanía es una
condición para la reproducción económica
del capitalismo contemporáneo pero a la vez es un obstáculo
para su reproducción social. Más adelante cualificaremos
esta afirmación, que es un tanto mecánica. Por el
momento, explicamos las razones que apoyan este enunciado. Ya
vimos que un ciudadano tecnológicamente alfabeto es un
requisito del capitalismo contemporáneo, de la misma manera
que los obreros letrados lo fueron del período taylorista.
Pero el capitalismo, en palabras de Tilly, debe además
garantizar la productividad, la seguridad y cierto orden cotidiano**.
Es decir, como lo subrayó Foucault, el capitalismo es minuciosamente
disciplinario (**). Para ser productivo y/o no precipitarse hacia
un retroceso al mundo hobbesiano, el ciudadano debe ser continente,
respetuoso de la ley, enemigo de los vicios, dueño de una
carga de "civilidad" en el sentido lockeano; debe así
mismo mostrar un nivel básico de participación social
en el sentido más laxo.(16) Este mínimo de virtudes
cívicas, políticas y sociales y de acomodos disciplinarios
(lo que cierta sociología llama "capital social")
no puede ser garantizado con una ciudadanía volcada sobre
las destrezas y dispuesta a (urgida a) sacrificar aquellas virtudes
para introyectar destrezas. La tensión parece estructural.
Como lo señalamos arriba, la ciudadanía volcada
sobre las destrezas se funda (en el doble sentido de "nace
con" y "tiene cimientos en") en la ampliación
lo más rotunda del inventario de cits como requisito de
la construcción social del yo, sin lo cual dejaría
de haber un auténtico ejercicio educativo en la innovatividad
vivida.
Pero, adicionalmente, la cuarta ciudadanía crea fracturas
tanto en el nivel de la microracionalidad como en el de la macroracionalidad.
Al introducir el primer individualismo verdaderamente radical,
laico, consecuente y autoreferido de la historia de occidente,
desquicia las nociones de tiempo y ganancia sobre las que reposa
el capitalismo. Para subrayar hasta qué punto el capitalismo
depende de temporalidades largas y nociones sociales de beneficio
- idea que en principio parece anti-intuitiva - propongo dos ejemplos.
El primero es factual, histórico. La familia nuclear, tal
como lo mostró Schumpeter, tuvo un gran papel en la formación
de los imperios familiares del gran capitalismo de la primera
postguerra.(17) Si el concepto de ganancia se hubiera remitido
a alguna noción más o menos pura y estrecha de individualismo,
la laboriosa construcción de tales imperios hubiera resultado
claramente irracional. Al perder centralidad la familia nuclear,
no sólo el marco sino también el ritmo de las temporalidades
del capitalismo quedan sometidos a una transformación sustancial,
cuyos contenidos y evolución aún están por
estudiar y evaluar. Sugiero [tímidamente] que el horizonte
de futuro de los gigantes tecnológicos no se encoge (es
decir, el capitalismo de hoy no es necesariamente más presentista
que el de hace tres o cuatro décadas), pero en cambio sí
se despersonaliza: ya no se piensa como un conjunto de "relaciones"
con "íntimos" sino como un conjunto de "cosas"
y "actitudes" plausibles,(18) lo que no es otra cosa
que decir que en lugar de concebirse como una sucesión
de generaciones se concibe como una prolongación de individuos
parecidos. Si se prefiere una frase efectista, en términos
de imaginación de futuro estamos en el tránsito
de la reproducción sexual a la clonación. El segundo
ejemplo es virtual. Supongamos que un grupo de técnicos
propone una reforma "rawlsiana" consistente en redistribuir
aleatoriamente los activos individuales y familiares cada cien
años a partir de hoy. La reforma intentaría reducir
la acumulación paulatina de desigualdades, por una parte,
y por otra reforzar valores como el trabajo duro a partir de cero,
el dinamismo social, etc.. Claramente, la reforma no afectaría
a ninguna persona viviente, al menos en el estado actual de la
tecnología. Sin embargo, sería considerada con seguridad
intolerable y contraria a la racionalidad económica. Como
quiera que la reforma no tocaría ningún otro principio
rector del sistema (propiedad privada, mercado, etc.), la irracionalidad
sólo puede consistir en que el derecho a dejar herencia,
y por consiguiente a trascender la individualidad, es un estímulo
imprescindible para los agentes económicos y por tanto
una piedra angular (cultural) del capitalismo occidental tal como
lo hemos conocido.
Incorporación y regulación
La tensión dinámica entre economía de mercado
y cuarta ciudadanía no tiene nada de específico.
Como lo subrayó Marshall, todas las etapas de la ciudadanía
han limitado o perturbado la "lógica natural"
del capitalismo, "domesticándolo" y convirtiéndolo
en la casa común de más y más personas. Esta
casa común fungía también de espacio de protesta
y contestación y, por consiguiente, de cambio e innovación
social. La clave de toda esta familia de delicados equilibrios,
balances e intercambios es la palabra incorporación. En
la medida es que existiera un fondo social contra el que se pudieran
girar los recursos económicos, políticos, sociales
y culturales de grandes procesos de incorporación masiva,
la tensión dinámica se resolvía en desenlaces
positivos que, a su vez, generaban productos y energías
para nuevas movilizaciones y demandas, y así sucesivamente.
Incorporación y movilización se retroalimentan mutuamente
y, en casos específicos, actúan incluso el uno para
el otro como "principio de constitución.(19)
La especificidad de la cuarta ciudadanía consiste en que
sus márgenes reales de incorporación, al menos por
el momento, son extraordinariamente limitados. Esto se debe, por
un lado, al techo que ponen las variables ecológicas a
una exposición verdaderamente mundial a la TSI. Meadows
ha calculado que habría una verdadera crisis ecológica
mundial si todos los habitantes de la India accedieron a niveles
de consumo norteamericanos.(20) Los límites del crecimiento
se traducen en el crecimiento de los límites: proteccionismo
acerbo frente al mercado laboral, marginalización de los
emigrantes,(21) aumento de las inequidades y los estigmas (**).
Esto quiere decir que las formas de regulación actuales
(morales y disciplinarias) no apuntalan, sino que contradicen,
las nuevas incorporaciones. En muchas partes, notablemente los
Estados Unidos, se han producido procesos masivos de desincorporación,(22)
junto con denuncias del "dumping laboral"(23) que imputan
diversas culpas y pesados costos sociales al extranjero periférico.
Pero, por otro lado, se debe también al efecto deletéreo
que tiene la cuarta ciudadanía sobre las condiciones sociales
de reproducción adecuada del sistema. Por reproducción
adecuada queremos decir una que se apoye tanto en mecanismos de
control verticales (jerárquicos) como horizontales (normas
y valores, civismo en el sentido de Almond y Verba). El control
social y la virtud cívica no son viables en un mundo en
el que todo se puede consumir y en el que, adicionalmente, la
magnitud del inventario de citas es una precondición del
ethos de productividad y destreza tecnológica. En la medida
en que una limitación a los derechos de los ciudadanos
del mundo desarrollado golpearía en el corazón mismo
a la cuarta ciudadanía y al dinamismo económico,
el peso de la regulación moral del mercado recae sobre
los países en desarrollo donde los saberes tecnológicos
y la paideia de la innovación permanente no son prerrequisito
ni de la productividad ni del sentido de pertenencia a una comunidad
que se reconoce en las destrezas del consumo. Los países
en desarrollo se han convertido en la línea de defensa
que permite a la democracia mundial administrar las tensiones,
hasta ahora irresueltas, entre el capitalismo y la cuarta ciudadanía;
pero en la medida en que lo son, no constituyen sujetos de nuevos
procesos de incorporación. Esto quiere decir, en plata
blanca, que la construcción de la ciudadanía mundial
y las nuevas formas de imperialismo hacen parte de un solo proceso.
La regulación moral del mercado no es casual ni episódica.
Varios de los principales mercados del mundo están interdictos,
o están sometidos a regulaciones rigurosísimas:
el de drogas psicotrópicas, el laboral, el de armas. Otros
nuevos, gigantescos, están en proceso de convertirse en
mercados moralmente regulados: el de cigarrillos, por ejemplo.
La protección la expansión de las mentalidades de
búsqueda, innovación y autoconstrucción a
través de la TSI, y la única manera de romper este
nudo gordiano es impidiendo el acceso de ciertos productos y prácticas:
cerrando puertas.
En síntesis, gracias a los límites del activo ecológico
(o si se prefiere de las tecnologías actuales) y a la contradicción
entre las mentalidades que propicia el sistema y sus necesidades
de reproducción social, la cuarta ciudadanía no
ha traído consigo nuevas incorporaciones, sino por el contrario
desincorporaciones,(24) exclusiones parciales(25) y la creación
masiva de nuevos metecos. Desde otra perspectiva, la ciudadanía
globalizada no significa la pérdida de importancia de las
ciudadanías nacionales; posiblemente lo contrario sea lo
cierto. Una emigrante colombiana en Estados Unidos afirmaba que
"descubrí el nacionalismo [colombiano] en Estados
Unidos",(26) y esto posiblemente sea cierto para millones
de personas. Las ciudadanías nacionales actúan en
dos dimensiones. En primer lugar, como patrimonio: ser del país
adecuado significa no sólo el acceso a un amplio haz de
derechos que resultan de las cuatro etapas de la ciudadanía
sino a procesos educativos y cognitivos ligados con la TSI que
constituyen complejos catalizadores de la mayoría de edad
tal y como se concibe contemporáneamente. En segundo lugar,
como marca y estigma. Eso hace de ellas la contraseña para
acceder o no a las formas transnacionalizadas de ciudadanía.
Si se nace en un país europeo, se tiene pasaporte de la
Unión y una gran porción del mundo carece de fronteras.
Para otras nacionalidades, por el contrario, el mundo se va cerrando
paulatinamente.
Los movimientos sociales y la ciudadanía
Si la idea que venimos desarrollando acerca de los perfiles de
la cuarta ciudadanía es adecuada, entonces el lenguaje
cívico tendrá cada vez más dificultades para
expresar las demandas y protestas sociales de los sectores relativamente
excluidos de los circuitos de consumo y del proceso de globalización.
La razón es sencilla. La ciudadanía global ("cuarta-quinta
oleada") prácticamente no contiene elementos de incorporación
y, por otra parte, sacrifica masivamente las viejas virtudes cívicas,
políticas y sociales que contenían una gramática
de movilización, protesta y sociabilidad en aras de las
destrezas de la innovación y los saberes técnicos
(incluida la sociotécnica de la construcción del
yo). Si en la teoría política del jacobino Saint-Just
la instituciones republicanas debían enseñar "la
guerra, la política y la modestia",(27) tres virtudes
íntimamente asociadas al ethos de la lucha colectiva, hoy
en día las dos primeras son para especialistas y la última
para malos consumidores (el buen consumidor exige, se muestra
y se expresa).
Dos ejemplos nos convencerán de las dificultades que encuentra
el lenguaje ciudadano actual para transmitir de manera eficaz
y plena los contenidos de protesta y lucha social. El primero
es el de los movimientos sociales que podríamos llamar
"tradicionales" o de resistencia, con la triple orientación
marshalliana cívica, política y social. A la cabeza
de esta primera categoría, están los sindicatos
y las demás organizaciones de la clase obrera que constituyen
el tramado de lo que Stein Rokkan ha llamado la "democracia
organizativa", para contraponerla a la "democracia numérica"
electoral.(28) Típicamente, la democracia organizativa
ha ido cediendo terreno ante la electoral y la construcción
institucional de solidaridades se ha debilitado a costa de la
expresión de preferencias. Más complicado aún,
los movimientos de resistencia se articulan alrededor de la demanda
de derechos sustantivos-sociales en un panorama de desmonte o
congelamiento del Estado de bienestar y de pérdida de centralidad
de las instancias nacionales de regulación.(29) La creación
de instancias transnacionales parece ser un duro golpe a las luchas
de los trabajadores, en tres sentidos: aleja las instancias de
decisión de los ciudadanos, haciéndolas menos sensibles
a sus inquietudes (por ejemplo, el proyecto de Unión Europea
sólo nombra una sola vez a los obreros**); le pone límites
técnicos innegociables a las instancias nacionales; y despolitiza
las decisiones económicas. Esto no significa que las luchas
de resistencia carezcan de futuro o de sentido; de hecho, muchas
de ellas han conducido a victorias así sea temporales y
a reajustes en los ritmos y objetivos a corto y mediano plazo
de los nuevos proyectos. En cambio sí implica una pérdida
de densidad de las titularidades a las que da acceso la ciudadanía
o, para usar el lenguaje de Tilly, el retroceso de una ciudadanía
"densa" a una "delgada".(30) Las demandas
por mayores provisiones tienen cada vez menor oportunidad de expresarse
en términos de derechos.
El segundo ejemplo son las enormes protestas de los cultivadores
de coca de Colombia, Perú y Bolivia contra la regulación
moral del mercado. Los cocaleros han expresado que no cargarán
con el peso de la regulación exógena y que exigen
un tratamiento de mercado y social, y no moral, a su problema.
Ahora bien, estas protestas tienen una relación ambigua
con la ciudadanía. En la medida en que están fuera
de la ley, tienen serias dificultades para hablar en términos
de derechos. En la medida en que ponen al descubierto las contradicciones
entre la cuarta oleada y sus condiciones sociales de reproducción(31),
son tratados de la manera más brutal y desconsiderada posible.
Pero, articulados como están a élites turbias y
modalidades de capitalismo salvaje, no pueden producir simbiosis
con ideologías igualitarias que capten la imaginación
de otros sectores sociales y rompan la hegemonía de la
regulación moral. Esto equivale a decir que aún
no tenemos un buen lenguaje para poner en cuestión, al
mismo tiempo desde abajo y desde la periferia, la interdicción
moral de los mercados globales.
Conclusiones
Todo lo anterior conduce a conclusiones mucho menos entusiastas
que las de Chantal Mouffe, para quien el lenguaje ciudadano permitía
expresar un "nosotros radical... una identidad política
colectiva" contra todas las formas de dominación.(32)
Por un lado, este nosotros ansiado por Mouffe es radical pero
sólo en el sentido de su pulsión hacia la diversidad,
hacia la plena implementación de la TSI. Esta pulsión
tiene, en efecto, importantes contenido libertarios. Pero es también,
cada vez más, la voz de la hegemonía; claramente,
el futuro del capitalismo no se encuentra tan bien expresado en
las encíclicas papales como en las propagandas de Benetton.
Por otro lado, deja múltiples demandas y agravios sin nombre.
Inevitablemente, los movimientos sociales seguirán echando
mano del lenguaje de la cuarta ciudadanía, porque expresa
demandas reales de grupos específicos, porque es tremendamente
flexible (en realidad, es el sentido común de nuestro tiempo)
y porque encarna la tradición libertaria, y liberal, de
tolerancia y respeto a la diversidad. Consideramos, con razón,
el derecho a la diversidad radical como una parte inalienable
de nuestro mundo. Pero nuestro futuro en buena parte dependerán
de la capacidad que muestren los movimientos sociales de exponer
y dar cuenta de la enorme maniobra de exclusión de la que
depende y se alimenta hoy la fiesta de la diversidad.
NOTAS
1. 2. Lechner Norbert: "Las transformaciones de la política",
policopiado, 1996
2. Milton y Rose Friedman: "Libertad de elegir", Orbis,
Barcelona, 1988
3. Dos excelentes análisis, desde perspectivas diferentes,
de la "pérdida de densidad de la virtud" en las
democracias contemporáneas y su impacto sobre las posibilidades
de formulación de políticas alternativas son: Chantal
Millon-Delsol: "El problema del objeto de la representación
en la democracia pluralista" en Análisis Político
no. 31 1997 pp. 43-49; y Murray Bookchin: "From urbanization
to cities. Towards a new politics of citizanship", Cassell,
New York, 1992.
4. Marx K.: "Early Writings", Penguin, 1981.
5. Sobre el tema de las políticas alternativas y las nuevas
esferas de lo público, ver Herbst Susan: "Politics
at the margin. Historical studies of public expression outside
the mainstream", Cambridge University Press, 1994
6. Heller Agnes: "Complejidad en la justicia" en Análisis
Político no. 32 1997. Heller critica ásperamente
a Habermas (a mi juicio, con razón), por el entusiasmo
de este último frente a las perspectivas de una cada vez
más extrema regulación jurídica de la vida
social. También en este debate quedan en evidencia los
límites del mercado como principio regulador de la sociedad.
7. Sobre el concepto de justicia dinámica, ver Heller Agnes:
"Más allá de la justicia", **
8. Dahl Robert: "Un prefacio a la teoría democrática",
Cerec, Bogotá, 1998; Hamilton-Jay-Madison: "El federalista",
Fondo de Cultura Económica, México, 1943
9. Marshall T.H.: "Class, citizenship and social development",
Anchor Books, New York, 1965
10. Delcourt Jacques: "Globalisation de l'economie et progrés
sociale" en Futuribles no. 164 1992 pp. 3-34; también
Faría José Eduardo **
11. Rosenau James: "Along the domestic-foreign frontier.
Exploring governance in a turbulent world", Cambridge University
Press, 1997
12. Heller Agnes: "Complejidad..."
13. Por supuesto, el texto clásico que asocia educación
y virtud es Werner Jaeger: "Paideia", Fondo de Cultura
Económica, 1992. Jaeger expone maravillosamente la evolución
del concepto de paideia, la educación en la virtud. Sostenemos
aquí que de alguna manera, hay una analogía entre
la educación en el consumo y la innovatividad y la dupla
griega paideia-virtud.
14. Utilizo las expresiones "memoria" y "arquitectura"
en su sentido cibernético.
15. Rosenau, op. cit.
16. Y si esta participación laxamente definida como la
inserción en redes asociativas de tiempo parcial cae debajo
de un mínimo, las consecuencias globales pueden ser seria,
también en el terreno de la democracia. Ver Putnam Robert:
"Making democracy work. Civic traditions in modern democracy",
Princeton University Press, 1993; Putnam Robert: "Bowling
alone: America's declining social capital" en Journal of
democracy vol. 6 no .5 1995 pp. 65-78
17. Schumpeter Joseph: "Capitalismo, socialismo y democracia",
Orbis, Barcelona, 1988
18. Bill Gates y Microsoft parecen ser buenos ejemplos de lo que
estoy describiendo.
19. Foweraker Joe, Landman Todd: "Citizenship rights and
social movements. A comparative and statistical analysis",
Oxford University Press, 1997
20. Meadows Donella, Meadows Dennis, Randers Jorgen: "Beyond
the limits", Chelsea Green-McClelland & Stewart, UK,USA,Canada,
1992
21. Kymlicka Will: "Multicultural citizenship", Clarendon
Press, Oxford, 1995
22. Yasemin Nuhoglu Soysal: "Limits of citizenship. Migrants
and postnational membership in Europe", University of Chicago
Press, Chicago and London, 1994
23. Garay Luis Jorge: "En torno a las relaciones internacionales
y la globalización: una síntesis analítica
reflexiva" en Análisis Político no. 31 1997
pp. 24-42
24. El mejor ejemplo de desincorporación es el de la propuesta
californiana de suprimir el acceso al mínimo de bienestar
social a los migrantes ilegales y sus hijos.
25. Según Kymlicka, un número muy grande de emigrantes
nunca accederá al estatus de ciudadanos aunque su situación
será mejor que la de los parias absolutos. A esta categoría
de personas las llama "denizens" . Incluso muchos de
los que logran nacionalizarse quedan estancados en un estatus
de "ciudadanos de segunda categoría". Kymlicka,
op. cit..
26. Comunicación personal
27. Modestia, en la acepción que usa Saint Just, significa
más bien continencia y autocontrol.
28. Rokkan Stein: "Numerical democracy and corporate pluralism"
en Dahl Robert (ed.): "Political opposition in wetern democracies",
New Haven, 1966, pp. 70-115.
29. Como quedó en evidencia durante las últimas
negociaciones de los sindicatos y partidos radicales italianos
con sus compañeros de la coalición gobernante Olivo.
30. Tilly Charles: "Citizenship, identity and social history",
Cambridge University Press, 1996
31. La tecnología de construcción del yo debe permitir
cualquier cosa en este terreno. Pero un consumo masivo y desregulado
desquiciaría la vida cotidiana, la productividad, etc..
La respuesta es un prohibicionismo que no puede limitar los derechos
al consumo de los ciudadanos de los países desarrollados
y que, por lo tanto, se dirige directa y agresivamente contra
las periferias "culpables". El puritanismo norteamericano,
que se ofrece normalmente como explicación del prohibicionismo,
probablemente sea sólo un catalizador del problema estructural
que dimana de las nuevas formas de ciudadanía.
32. Chantal Mouffe: "The return of the political", London,
1993
* Francisco Gutiérrez
Sanín. Licenciado en
antropología (Universidad de los Andes, 1978), Magister
en Análisis de Problemas Contemporáneos (Instituto
de Altos Estudios para el Desarrollo, Universidad Externado de
Colombia, 1992), Phd en Ciencia Política (Universidad de
Varsovia, 1994). Profesor del Instituto de Estudios Políticos
y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Colombia.
Artículo publicado originalmente por Políticas Net.
http://usuarios.lycos.es/politicasnet/articulos.htm.

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