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Desindigenización del pensamiento social
En el año 1987, Mejía y Sarmiento
publicaron un libro con un título sugerente: "la lucha
indígena: un reto a la ortodoxia"(1). Describían
el desencuentro entre los modelos clásicos de interpretación
y acción socio-política, y la dinámica presencia
de los movimientos indígenas mexicanos en la esfera pública.
Sucedía en toda Latinoamérica que los paradigmas
de la izquierda y el liberalismo político, resultaran afectados
ante una irrupción que no encajaba en el embalaje tradicional
de sus ideologías. Se tenían demasiadas renuencias
teóricas y políticas para otorgarle un papel decisivo
a los movimientos indígenas (y a la cultura y a la identidad)
cuando ellos estaban ligados a un sujeto político que no
encajaba en los parámetros conceptuales de moda. El carácter
indígena de las reivindicaciones, era revestido de campesinización,
proletarización, ruralización o empoderamiento de
los pobres del campo, para describirlo en concordancia con las
teorías clásicas.
Poco tiempo después, varios textos en toda la región
dieron cuenta de un fenómeno que Xavier Albó describió
con la mayor solvencia como "el retorno del indio"(2).
Esta presencia de lo indígena, implicaba un reto al pensamiento
socio-político latinoamericano. Podría quedarse
atorado en la visión dominante de la clase social como
medio de interpretación de todos los sucesos y considerar
que el proletariado rural se organizaba -en sus manifestaciones
campesinas incluidas las más tradicionales- en torno a
las banderas de la propiedad de la tierra etc., o considerar que
se encontraba ante un fenómeno cohesionado por la identidad
indígena como una herramienta de lucha política
y unidad, definidas por su raíz cultural. En este último
caso, las ciencias sociales latinoamericanas, influidas por el
pensamiento marxista clásico, pagarían tributo a
su limitada imaginación y concluirían que tal pensamiento
era "contra revolucionario y pro capitalista". El tiempo
ha resuelto esta cuestión y los movimientos indígenas
han retado frontalmente a todas las ortodoxias.
Por su lado, quienes apuntaban a la extensión del mercado
como el remedio para el "atraso" social que nuestros
países viven, soñaban que esa dinámica concluyera
el trabajo -silencioso pero eficiente- del etnocidio: la ausencia
definitiva de lo indígena como paradigma de progreso. La
escuela y la política se aunaban a ese esfuerzo histórico
hacia el "desarrollo" de la sociedad, entendida como
la extinción "natural" del componente indígena,
gracias al despliegue de las "contenidas capacidades nacionales
inmovilizadas por el lastre" indígena. Curiosamente,
esta perspectiva seudo liberal se acurrucó también
en el estatalismo de diverso tipo, en especial, en la idea de
que el Derecho resultaría una herramienta eficacísima
para borrar de una vez por todas ese "peso muerto",
creándose una aparente igualdad formal que "integrara"
las diferencias por disolución. No dudo que una dosis de
racismo guiara este pensamiento pero, prendió en el fenómeno
del "estatalismo": el uso del Estado como un puente
para definir los intereses privados en contra de lo indígena.
Obviamente, los grupos de poder en Latinoamérica entendieron
hace mucho que ese control les deparaba ingentes ganancias, pero
su manejo del Estado se proyectaba más allá del
simple cálculo de costo-beneficio mercantil. En verdad,
apuntaba a formar un tipo de sociedad, una sociedad liberal en
la teoría pero monista en el contenido. Se reclamaba un
país compuesto por muchas voces, muchos colores y muchas
variedades como un ardid para encubrir los verdaderos propósitos:
una sociedad intolerante gobernada por parámetros accidentalizados
o su remedo mal logrado, con un fondo de racismo e intolerancia,
y una cubierta formal de democracia. El triste papel jugado por
el Estado en casi todos los países latinoamericanos, en
contra de lo que debería ser el pluralismo y la aceptación
de los pueblos indígenas, ha conducido al descrédito
de las "instituciones" y a la virtual obsolescencia
del Estado Nacional, otrora paradigma inmaculado de cualquier
análisis de política internacional.
A contrapelo, surge ahora la mirada de las culturas como el foco
que ilumina el encuentro de fenómenos antes invisibles.
Quizá invisibles a las ciencias sociales clásicas
y al derecho tradicional. En buena cuenta, el pensamiento social
latinoamericano de toda laya se había desindigenizado.
Perdió originalidad, imaginación y destreza para
la interpretación de sus sociedades.
Indigenización e identidad
Ahora bien, la indigenización es el proceso por medio
del cual un grupo social, una facción, un movimiento o
un sector amplísimo de la sociedad asumen que la identificación
con su raíz cultural es una orientación válida
para su acción. No es pues "identidad" a secas
o complacida en sí misma, sino ella como un mecanismo de
cohesión activa para obtener ciertos resultados, dicho
de otro modo, la indigenización es una herramienta de la
cual se valen las elites o amplios sectores sociales, o grupos
étnicos o minorías poblacionales o pueblos indígenas
o no indígenas, cuando asumen su propia identidad cultural
como un valor positivo. No debe considerarse la indigenización
como una cualidad exclusiva de lo indígena sino como un
atributo de cualquier grupo -grande o pequeño- cuando se
reafirma culturalmente.
La indigenización de una sociedad es un proceso complejo,
desigual y contradictorio. En ocasiones, ella es la condición
para que los procesos de descolonización política
sucedan, en otros casos se presenta como un fenómeno aislado,
marginal y secundario. La indigenización y su contraparte
la desindigenización, son momentos de un proceso mundial
vinculado a la cultura y enfrentado a la globalización.
De hecho, son los rostros políticos de toda cultura y en
última instancia, de una civilización.
Apreciada la situación de esta manera, la indigenización
supone una actitud de indentidad dirigida a un objetivo que quienes
la comparten consideran útil, necesario o deseable: supone
un programa de acción implícito o explícito.
De manera que, no todo grupo humano siente la necesidad de reafirmar
su condición cultural e incluso puede suceder que prefiriera
desprenderse de una porción de su pasado cultural para
optar por unas pautas distintas pero mejor adecuadas a su condición
presente. No obstante, la indigenización suele ser muy
visible cuando un grupo emigrante recrea algunos o varios elementos
culturales en el entorno de una cultura diferente, e intenta mantener
e incluso expandir la influencia de sus elementos culturales sobre
la cultura huésped. La latinoamericanización de
Norteamérica parece ajustarse a este proceso en tanto que
la norteamericanización de Latinoamérica -muy especialmente
de México- parece suceder por el carácter globalizado
del componente cultural occidental basado en su modelo tecnológico
de comunicación y el impacto de los derechos humanos en
la política internacional.
Puesto que la indigenización es un fenómeno múltiple
y complejo, los estados-nacionales tienden a comportarse como
unidades insuficientes y atrasadas en relación a su identidad
cultural. Puesto que la cultura los sobrepasa, los estados resienten
y sospechan de sus vecinos estatales aun cuando en lo sustantivo
sean idénticos culturalmente hablando. La tragedia estatal
es mayor cuando su propia sociedad presente el carácter
pluricultural enraizado en pueblos indígenas o ancestrales,
de modo extenso y profundo como resultado de un prolongado colonialismo,
y no es sencillo responder entonces a la pregunta ¿quién
es el huésped cultural de quién?
La hipótesis que presento en estas líneas consiste
en sostener que los pueblos indígenas en Latinoamérica
pasan por un proceso desigual y contradictorio de indigenización
y que, en ese proceso se encuentran en pugna dos alternativas,
la primera asume la acción del proceso de indigenización
como un mecanismo para desplazarse cómodamente en la órbita
de las instituciones nacionales e internacionales sin una propuesta
crítica o con una agenda que dominada por el interés
en obtener fondos, proyectos y puestos de trabajo para dirigentes
y allegados, de manera que, acceder al poder del Estado, se entiende
en función a ese objetivo-interés relativamente
acomodado al stablesment. La segunda alternativa implica que la
indigenización se asume como una acción del proceso
por la lucha por el poder del Estado, como el primer objetivo
y luego de ello, se adhiere la eventualidad de extenderse sobre
el "desarrollo" como una meta derivada de ese quehacer
político. De manera que, para la hipótesis propuesta,
lo indígena se presenta como una acción política
abierta, dirigida en varias direcciones posibles, y no se asume
como un dato homogéneo o "naturalmente" proyectado
al mismo camino en todas las circunstancias. De hecho, para que
esta hipótesis dejara de ser trivial, tiene que asumir
que el una multitud de componentes locales, nacionales e internacionales
juegan papeles secundarios o fundamentales en el destino del movimiento
indígena. Pero una hipótesis tiene, además
de muchos defectos, una virtud: permite comparar -expresa o implícitamente-
las situaciones de lo indígena en sus contextos locales.
Ahora bien, un ejemplo consistente de la segunda alternativa,
es decir la indigenización con el objetivo centrado en
el poder político y por tanto con un ideario y un programa
relativamente estructurado, encaja bien en el al caso ecuatoriano.
No pretendo decir que se trate de un proceso lineal y perfecto,
en muchos casos las contradicciones y retrocesos han ocurrido
pero, al menos lo que se puede apreciar desde el exterior, es
que el movimiento indígena ecuatoriano encuentra un lugar
preciso y propio en el entorno de su sociedad e influye en ella
muy positivamente. Ese lugar que podemos describir como un espacio
político propio, permite el diseño de una estrategia
global de desarrollo: un modelo de sociedad ecuatoriana leído
desde la perspectiva de la acción y el pensamiento de la
dirigencia indígena.
El faccionalismo, oponente de la indigenización
En otros casos, la indigenización tiene como su principal
oponente al faccionalismo. El faccionalismo es la maximización
de los intereses de una facción, es decir de un grupo de
personas en diversos pisos sociales (movimientos sociales, partidos
políticos, onegs, organismos internacionales, sectores
de la administración pública, etc.) que buscan a
través de la coincidencia de intereses una acción
encaminada a favorecerlos en el campo político y económico.
El faccionalismo por distinción a los partidos políticos
actúa clandestinamente y a diferencia de ellos -al menos
formalmente- está interesado en el beneficio de sus integrantes
como objetivo primario y no la obtención del poder salvo
que ello les trajera un beneficio. Entonces, el faccionalismo
no se acerca tampoco a un gremio obrero o empresario que desea
obtener ventajas generales para un sector de la sociedad, sea
o no, parte del gremio formalmente establecido. El faccionalismo
es enemigo de la tolerancia y el pluralismo. El faccionalismo
no es un simple lobby de intereses, entendido este como un grupo
de cubileteo que pretende influir en otro sector para obtener
simpatía hacia su causa
El faccionalismo, quiere ser simpático pero sus componentes
se ubican en espacios diferenciados que coinciden -en un momento
preciso- en una acción de beneficio propio. Por ejemplo,
obtener un gran monto de dinero para un mega programa de desarrollo
en tierras indígenas. Inmediatamente aparecen ciertas coincidencias
entre quienes desde la entidad financiera aprueban el desembolso
y quienes lo reciben. Los funcionarios que aprobaron el crédito
deben "quedar bien" en la evaluación del destino
de ese dinero pues, siendo parte de una estructura administrativa
en permanente competencia desean escalar con el éxito de
sus decisiones. Quienes ejecutan el proyecto deben, a su vez,
mostrar que han empleado bien ese desembolso conforme a las pautas
programadas. Los beneficiarios directos, naturalmente desean recibir
los grandes o pequeños aportes -tangibles o intangibles-
de los proyectos. De esta manera queda en crisis la transparencia
y la democracia interna.
Esta condición práctica de los proyectos conduce
a la formación implícita de facciones. Cuando un
movimiento social cae en el faccionalismo su interés primordial
pasa de la construcción de una alternativa política
nacional (la reflexión por construirse un derrotero programático,
un ideario de acción, decisión, participación,
conducción, metas y objetivos comunes a todo un sector)
a la promoción de proyectos de desarrollo en sus múltiples
e interminables variantes. Generalmente, alentados por las instituciones
internacionales que hacen encajar tales proyectos en las "urgentes
necesidades" de los beneficiarios. Y no es que efectivamente
esas urgencias así expresadas no lo sean, lo que no es
lo adecuado es que esos programas caigan en el juego del faccionalismo
al no contarse con la capacidad efectiva de concertar con los
sectores de base sino con un conjunto bien intencionado de intermediarios.
Pero como resulta evidente, a nadie le puede interesar un fracaso.
A los que aprueban un crédito, lo ejecutan y lo monitorean
no les conviene demostrar que se equivocaron pues eso resta demasiados
puntos a su carrera. Lo mismo para las organizaciones intermedias
y los representantes de los beneficiarios. Las agencias intermediarias
porque perderían su papel y los representantes de todo
tipo porque desatarían los hilos de su pequeño poder-beneficio,
que los une -"satisfactoriamente"- a sus bases.
Entonces pues, lo normal es que el derroche de proyectos pase
sin pena ni gloria a engordar el singular archivo del no-desarrollo,
de la no-democratización, de la no-indigenización
de los sectores atrapados en este juego. De hecho, cuando el actor
intermedio es el Estado, la pugna por los puestos-sueldos y la
dirección de los fondos se puede tornar en una verdadera
carnicería burocrática, en la cual es casi imposible
el salvataje de los pocos funcionarios genuinamente interesados
en lograr el cambio. Ese pequeño grupo tiene que lograr
encuadrarse en alguna facción o su destino acorralado en
el cubículo final del interminable andamiaje de escritorios
señalará su extinción. El nepotismo tolerado
y la vista gordísima se hacen al juego del faccionalismo.
No está demás indicar que el faccionalismo es un
camino propicio a la corrupción pero es distinta a ella.
A diferencia de la corrupción que gana posiciones basándose
en la ilegalidad de su actividad, el faccionalismo utiliza todos
los resquicios de la legalidad co-amparándose, unos eslabones
en los otros, sin salirse del marco normativo sino empleándolo
de modo consonante, es decir, de manera que un silencio resulta
más efectivo que una coima. Dado que el faccionalismo tiene
qué y dónde repartir, lo hace entre los suyos de
modo abierto, público y legal. No obstante, es un mal.
El faccionalismo cuando logra desestructurar un movimiento social
y cooptarlo puede reproducirse casi ilimitadamente. Su remoción
requiere de juventud, liderazgo e integridad. Empero, Latinoamérica
y sus pueblos indígenas tienen una herramienta formidable
a su alcance: la cultura. La cultura como una identidad de ámbito
superior al faccionalismo permite entender la acción encaminada
a los objetivos programáticos de todo un amplio sector
social, en tanto que el faccionalismo, no podrá escapar
nunca al destino del puñado bien diseminado de poderosos
tomando decisiones en beneficio propio. A fin de cuentas, los
pueblos están en posibilidad de superar a las facciones
como el caso ecuatoriano parece demostrarlo.
NOTAS:
1. Mejía, María y Sarmiento, Sergio. "La lucha
indígena, un reto a la ortodoxia", Siglo XXI editores,
México, 1987.
2. Albó, Xavier. "El retorno del indio". En:
Revista Andina, Centro Bartolomé de las Casas, Cusco-Perú,
1991.
Lima, enero 2003.
* Francisco Ballón
Aguirre. Investigador y fundador
del Centro de Investigación y Promoción Amazónica
-CIPA-, trabaja en pro de los derechos de los pueblos indígenas
desde 1974.

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