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Algunas características de las rebeliones
recientes
Una interpretación descomprometida de las rebeliones cívico-sociales
desde la exclusiva perspectiva del "observador" concluiría
en los típicos análisis del progresismo liberal
que sólo puede registrarlas como reacciones antipolíticas,
cuando en realidad la acción colectiva es la única
fuente de sentido y de futuro. Las elites partidarias, a las que
se atribuye el papel principal en la conservación de las
reglas democráticas, son en realidad parasitarias de las
energías de un (contra) poder generado siempre en otra
parte. Unicamente pueden fijarse en las elites como actores principales
quienes aún mantienen las viejas tesis de Huntington, traducidas
por Bobbio para el consumo de los públicos de centroizquierda,
en el sentido de que nada sería más peligroso para
la democracia que un exceso de ella.
A las rebeliones se tiende a categorizarlas, a etiquetarlas,
dando a los disidentes un papel predeterminado, que tienen que
representar en adelante sin que deban apartarse del mismo. La
principal preocupación del sistema, que se manifiesta en
la ansiedad de los medios de comunicación por buscarles
un líder, es constituirlos en "interlocutores",
para luego negociar. No casualmente el comisario asesino de los
dos militantes de la Coordinadora Aníbal Verón,
lamentaba poco antes de que se revelara toda la verdad la ausencia
de alguien con quien "dialogar". Era cierto, esto es
lo que desespera al poder: la incertidumbre o el no saber a qué
atenerse.
Los ahorristas que salieron a pelear por sus depósitos
son algo más que sectores medios estafados. Como cualquier
fragmento prepolítico de la sociedad, al entrar en acción
transforman la defensa de sus intereses en un ejercicio de derechos
y se readquieren la condición de ciudadanos. A los desocupados
que realizaban sus cortes de rutas y piquetes se los pretendió
clasificar como excluidos que pretendían subsidios y, sin
embargo, posiblemente se trataba de excluidos que no deseaban
ser incluidos en el sistema. Es que la acción colectiva
transforma a la lucha por intereses particulares en un cuestionamiento
a las relaciones económicas vigentes y, en este terreno,
nadie ni los propios protagonistas saben en qué puede desembocar.
La incertidumbre es la principal fuente de debilidad del establishment.
Por eso su ideal sería reducir lo político al mercado;
pero aclaremos, no al mercado de las utopías liberales
sino a los mercados reales que ya son controlados corporativamente
y no quitan el sueño de nadie que especule con mayores
ganancias.
En la acción, además, quienes se movilizan logran
reunificar su condición social (de trabajadores o de desocupados
o de vecinos, etc.) con su condición política de
ciudadanos, una identidad que los partidos tratan sistemáticamente
de romper y de separar para obtener el margen de maniobra que
necesitan para coludir con el poder económico y competir
con el mínimo de conflictividad. Es por ello, que estas
rebeliones ponen límites a los gobiernos y crean un espacio
público que pasa a serles propio.
Otro rasgo de las rebeliones como las recientes es que las personas,
ante una vida pública que ha sido devastada, deben extraer
las energías y los medios para la acción de su vida
privada y del mundo subjetivo para invertirlos en una acción
que de otra manera no sería posible. Pero, a su vez, y
por medio de la interacción con otros pueden reconocer
la verdadera naturaleza de sus problemas y superar, por ejemplo,
un sentimiento de autoinculpación, inducido por el discurso
del individualismo posesivo neoliberal de los mercados que ha
querido hacernos creer que somos culpables individuales de todo
lo que nos pasa, y de que nuestros fracasos y errores en nuestras
actividades tienen su origen en la incompetencia. La autoinculpación
desplaza los conflictos sociales potenciales al interior de las
personas y los transforma en crisis de personalidad, en una oscilación
esquizofrénica entre la omnipotencia infantil y el abatimiento,
forzando a una búsqueda de solución o de escape
al mundo privado (y que a veces culmina en la ruptura de los lazos
familiares o la autodestrucción en todas sus formas). Un
efecto buscado por el neoliberalismo es que el conflicto estalle
en el interior de las personas y no en las calles.
La acción conjunta también induce la autocrítica
y, probablemente, la toma de conciencia respecto de la estafa
de que ha sido objeto (como antes los sectores que se ilusionaron
con el salariazo) ayudará a la clase media a superar, por
ejemplo, el autoengaño que utilizó para legitimar
ante sí misma sus propias deserciones y mentiras respecto
de los conflictos reales que cruzan a la sociedad.
Estas nuevas rebeliones cívico-sociales, que han avanzado
desde principios de los ´90 desde la periferia de la sociedad
hacia el centro, hasta lograr el "asedio de la fortaleza",
han surgido en paralelo al desarrollo también creciente
hasta el año pasado de los conflictos laborales y sindicales
tradicionales. Pero han sido menos funcionales que estos para
el sistema. Mientras las rebeliones lo han socavado y desestabilizado,
las huelgas parecen haberlo fortalecido por momentos. Estas rebeliones,
que arrancan con los primeros cortes de ruta en Sierra Grande
en 1992 y que alcanzan una manifestación cualitativamente
nueva con la huelga de ciudadanos en las elecciones de octubre
del 2001, prosiguieron en los últimos meses bajo la forma
de cacerolazos, microinsurrecciones piqueteras, experiencias de
autoorganización (desde las asambleas autoconvocadas hasta
las fábricas autogestionadas), que han innovado las metodologías
de acción, como también lo hicieron en su momento
las Marchas del Silencio en Catamarca o los Cultracazos.
En general tienen, además, la particularidad de que son
rebeliones "mudas". El ruido de las cacerolas, el humo
de las cubiertas, la foto de Cabezas, las marchas del silencio,
los escraches casi no tienen consignas, o son muy generales y
abstractas. Esto ha sido apuntado como un defecto: el actor no
tendría una interpretación de sí mismo. Más
bien se trata de una astuta prudencia porque los protagonistas
saben que no pueden avanzar más allá del "no",
porque la proposición de un "sí" los debilitaría,
dada la fuerte fragmentación y heterogeneidad que los caracteriza.
Proponer objetivos positivos obliga a reunirse, discutir, ponerse
de acuerdo, tomar decisiones, y todo esto corresponde a una secuencia
de la acción colectiva que sigue a la que están
protagonizando, y dar ese paso cualitativo es un lujo que no se
han podido dar, salvo excepcionalmente. Temen debilitarse en esa
acción que pretende solo llamar la atención de la
sociedad e inscribir la demanda en el espacio público y
en los medios de comunicación. Buscan preservar la unanimidad
espontánea y sin mediaciones porque saben que hay más
no en un "si", que no en un "no".
Las clases medias en rebelión juegan un rol crucial. En
realidad, la clase media siempre inclina la balanza. Cuando permanece
pasiva, recluida en sus actividades privadas y de mercado, la
balanza se inclina a favor de los ricos, y los políticos
terminan pidiéndole prestado a los ricos en lugar de cobrarles
impuestos, y clientelizando a los pobres en lugar de incorporarlos
al trabajo calificado y a la redistribución de las riquezas.
En cambio cuando se moviliza, la balanza se inclina a favor de
los pobres, y la implícita alianza con los sectores populares
potencia la posibilidad de transformaciones profundas.
Podrá replicarse que hubo ocasiones en que los sectores
medios se movilizaron contra la democracia. Pero los golpes militares
siempre se produjeron en un anticlímax movilizatorio, es
decir, cuando los bandos contendientes luego de una etapa de fuerte
movilización polarizada (que divide a la clase media contra
sí misma) ya han sido desmovilizados (por el hartazgo o
por la violencia desde los extremos, o por el fracaso de las mediaciones
centristas). Es por ese hueco que se filtran las dictaduras. En
el ´55, por ejemplo, los sectores medios quedaron repartidos
entre el polo peronista y el polo antiperonista, pero en cualquier
caso la polarización ya los había paralizado. Los
golpes de Estado vienen luego de un reflujo de masas. En el ´66
no hubo ni movilización ni alianzas, salvo entre corporaciones
que se arrogaban representación. El acercamiento vino poco
después, contra el onganiato, y se expresó en fenómenos
como el Cordobazo.
Podemos constatar, como decíamos, un crescendo
de insurgencias sociales y cívicas durante toda la última
década que se han caracterizado por ser extraordinariamente
numerosas pero fragmentadas y desagregadas, con dificultades para
articularse en torno a un único sujeto de acción
que les diera continuidad. Esto último ha sido computado
como una desventaja, pero al contrario: es también uno
de los motivos de su fuerza y de su creatividad. En caso de que
fuera factible construir un nuevo sujeto (político o social)
único, y capaz de encapsular todas las demandas movilizadas,
quizás no sería deseable. Para que lo fuera tendría
que contener en sí mismo, en sus propias prácticas
internas, un modelo de democracia deliberativa y participativa,
para el cual aún la cultura política no ha madurado
suficientemente. (Un modelo que espera desde el futuro y que fuera
anticipado por la experiencia liderada por Agustín Tosco
desde Luz y Fuerza de Córdoba durante los 60 y 70). Estas
rebeliones avanzan, empero, con toda su inorganicidad -la cual
se debe en parte a su repulsión hacia las viejas organizaciones
oligárquicas y burocráticas como los partidos y
los sindicatos-, hacia la posibilidad de construir nuevas formas
de institucionalidad. Las asambleas autoconvocadas luego de los
cacerolazos, en las que se discute (o discutía) respetuosamente
con turnos preestablecidos en el uso de la palabra, han sido un
signo de ello.
Sin embargo esas batallas han sido discontinuas, intermitentes,
y en los intervalos tienden a la disolución, pierden el
terreno conquistado o se lo ceden gratuitamente a los partidos
o al Estado. Asimismo, han sido siempre muy vulnerables a la descalificación
y a la represión, como a la infiltración de grupos
protofascistas. Y si bien no han sido antipolíticas, la
amenaza de la apoliticidad está siempre presente. Por otro
lado, se trata de rebeliones que tienen dificultades para canalizarse
por las instituciones del sistema precisamente por los costos
que implica participar en ellas en los términos que se
encuentran diseñadas legalmente. Aún instituciones
como la iniciativa popular o las audiencias públicas o
el defensor del pueblo o el cupo femenino, etc., se encuentran
formalmente amañadas para que al ser usadas tengan por
efecto convencer a la ciudadanía de su inutilidad y disuadirla
de no recurrir a ellas. Piénsese, por ejemplo, en la carrera
de obstáculos que significa pretender participar en serio
en un partido político, o en un sindicato.
La ciudadanía parece preferir mantener las manos libres,
realiza una reserva de poder, y especula conque: "si cedo
mi poder todo lo que harán es usarlo contra mí".
Por eso rechaza visceralmente la delegación, aunque luego
deba enfrentarse con perplejidad a las dificultades operativas
que implica organizarse más allá de un problema
puntual o vecinal. Además, a medida que se desciende en
la escala social, mayores son los costos de la acción colectiva,
y más cuesta informarse, reunirse, ponerse de acuerdo,
tomar decisiones, etc. Hay un costo diferencial de la acción
según clases y estratos. Por todos estos factores, y si
bien estas nuevas formas de protesta serán tan legítimas
y necesarias como siempre, deberían encauzarse durante
las etapas en las que se repliegan hasta una nueva oportunidad,
en actos de desobediencia civil que no requieren de la movilización
permanente, pero que son igualmente duros y contundentes, y que
contribuirían a preservar el espacio conquistado por las
luchas sociales de otro carácter.
Pero los actos de desobediencia civil tienen exigencias difíciles
de cumplir. La radicalidad y eficacia política de la desobediencia
civil, así como sus diferencias con cualquier otra forma
de acción colectiva, consiste en que se respalda en cualidades
ciudadanas difíciles de reunir simultáneamente.
Son actos disruptivos, esto es, ilegales y hasta inconstitucionales.
Provocan una perturbación que afecta a las autoridades
y a terceros, pero no es un acto irracional: el protagonista estima
sus efectos y asume la consecuencias. Por eso también son
pacíficos. En ningún caso se trata de un agravio
o agresión contra personas. Son autónomos: no representan
a nadie ni son representados por nadie. Si el disidente delegara,
la eficacia de su acción dependería de un reconocimiento
externo y, en consecuencia, quedaría subordinada a lo que
otros piensen, y su fuerza no derivaría ya de la propia
lógica de la resistencia. Y, finalmente, son recursivos.
La acción internaliza el tipo de reglas que le reclama
al sistema. Por eso los actos de desobediencia conforman una "práctica
prefigurativa", practican hacia adentro lo que proponen para
afuera. Se aplican a sí mismos los cambios en los procedimientos
que reclaman al sistema.
Estos requisitos no serían imposibles para buena parte
de la ciudadanía si consideramos la madurez popular que
se ha manifestado en la protesta social de la última década,
y que podría incorporar a su repertorio de luchas para
evitar exponerse tanto a la represión como a la desmoralización.
En el caso de los ahorristas, hubiera sido posible, por ejemplo,
autoconvocarse en asambleas por barrios o por bancos, establecer
reglas mínimas de deliberación, pedir ayuda a los
expertos de entidades confiables (centros científicos,
organismos de derechos humanos, redes solidarias, etc.) y exigir
a los bancos información detallada sobre el destino de
sus depósitos a los efectos de determinar qué se
hicieron finalmente con ellos. ¿Fueron a parar a manos
de quienes evaden impuestos? ¿Practican el contrabando?
¿Superexplotan a sus trabajadores? ¿Emplean en negro
y/o emplean trabajo infantil? ¿Hacen experimentos o maltratan
a los animales? ¿Destruyen el medio ambiente? ¿Lavan
dinero? ¿Fabrican armamentos? ¿Se dedican a la especulación
inmobiliaria? ¿Fugan divisas? ¿Tienen sus fondos
en el exterior? ¿Acaparan y suben los precios? Una vez
recabada la información podrían haber iniciado campañas
de publicidad negativa o difundir "listas negras", recomendando
públicamente que la sociedad no realice transacciones y
cierre sus cuentas con los bancos que no ofrecen la información
exigida, y solicitando a las asociaciones de usuarios y consumidores,
a los contribuyentes, que no se opere con las empresas o particulares
que han tomado préstamos para acumular ganancias en términos
lesivos para los derechos humanos, para la justicia social y para
la naturaleza. Toda esta acción hubiera traído problemas
a los promotores, ya que implicaría la transgresión
de múltiples disposiciones, pero que serían minimizados
a medida que la propuesta ganara en masividad. Probablemente esto
no hubiera devuelto los depósitos a los ahorristas pero
sí habrían conquistado una fuerza que el ruido de
las cacerolas no les podrá dar. La sola amenaza de obtener
esa información y de difundirla tendría efectos
disuasivos sobre el poder financiero y sobre el gobierno. La acción,
además, hubiera obtenido la atención de aliados
internacionales, como pueden serlo los ahorristas europeos de
varios países que ya están organizados para hacer
el seguimiento de sus dineros e inversiones, y que tratan de evitar
que tengan como destino la destrucción de personas y del
medio ambiente.
El señoreaje
Quienes deberían dar la solución son parte del
problema. Lo difícil es entender por qué los políticos
no aprenden de cuanto han provocado. Una respuesta puede ser que
tuvieron un aprendizaje durante la etapa anterior, las cosas ahora
cambiaron, y no logran adaptarse. El comportamiento cleptocrático,
colusivo, chantajista y facilista (es decir, desregulador y privatizador)
constituye ya una segunda naturaleza. No pueden salir de ello.
La relación de señoreaje que establecieron con
la sociedad (distinta a la de hegemonía) fue posible por
el acople entre política de extorsión (protección
sin ciudadanía) y desguace estatal (privatización
a cambio de estabilidad). El desacople entre economía y
política ha dejado a los políticos tradicionales
sin juego, juegan un juego en que hagan lo que hagan pierden.
La relación de señoreaje no es ahora viable, no
pueden amenazar con algo peor a lo que ocurre, y la de hegemonía
les exigiría deshacerse de vicios adquiridos dado que en
ella se intercambia consentimiento por bienestar. La hegemonía
implica la reproducción de las bases materiales del consentimiento,
pues hay en ella un intercambio intertemporal por el cual la sociedad
resigna en el corto plazo mayores ganancias para los capitalistas
a cambio de mayor empleo e ingresos en el largo plazo. Mientras
que accede al gobierno el partido que más fiablemente puede
garantizar la implementación y cumplimiento de dicho intercambio.
En el señoreaje no hay nada de esto. Lo que ofrece es protección
contra el pasado, para que "el pasado no vuelva" (en
nuestro caso, primero el terrorismo de Estado y luego la hiperinflación).
Por eso supone una fuga ciega hacia delante, no hacia "un"
futuro ya que esté ha sido confiscado, típicamente
por medio del endeudamiento público, que es una forma de
transferir a las próximas generaciones un conflicto que
no se enfrenta ni se resuelve políticamente en la actualidad:
en nuestro caso, esa guerra civil encubierta que es la inflación.
Es decir, mientras la hegemonía integra subordinadamente
a la mayor parte de la sociedad, el señoreaje reproduce
y explota la desconfianza o el miedo al futuro, mejor dicho, a
la falta de futuro.
No es cierto que a principios de los ´90 el bloque dominante
habría impuesto un nuevo modelo de acumulación excluyendo
toda posibilidad de compromiso con los sectores subalternos y
cooptando directamente a la dirigencia política. Un enfoque
economicista exculpa a la política, y a la postre cierra
las alternativas que sólo pueden ser generadas desde ella.
Fueron los partidos políticos los que a principios de los
´90 optaron, más que por un determinado tipo de acumulación
("la valorización financiera") por una salida
de la hiperinflación que no los desestabilizara, esto es,
por razones estratégicas coyunturalistas y cortoplacistas.
Trataron por todos los medios de no ser desestabilizados por el
conflicto distributivo de la hiperinflación. No había
ninguna necesidad histórica ni conspiración del
poder económico que los obligara a hacer lo que hicieron,
tenían otras opciones, incluida la de establecer una relación
de hegemonía por la cual, según sabemos, los sectores
subalternos consienten subordinarse a cambio de que los sectores
dominantes provean a la reproducción de las bases materiales
de ese consentimiento.
Los políticos pudieron haber aprovechado la crisis hiperinflacionaria
de 1989 y 1990 también en su favor y consolidar sus posiciones,
pero en otra dirección. Las "hiper", que liquidaron
definitivamente a un viejo modelo de acumulación en crisis,
el modelo sustitutivo de importaciones, estatal protectivo, o
capitalista prebendario, que arrastraba una crisis terminal desde
1975, podrían haber sido aprovechadas para movilizar a
la sociedad en torno a un régimen de acumulación
con controles democráticos. Como antes el radicalismo frente
a los militares y a los acreedores, el peronismo adoptó
la desmovilización de sus propias bases sociales y electorales,
se ubicó por fuera y por encima de los conflictos y, en
lugar de apoyarse en sectores medios y populares para lograr la
estabilidad en base a un modelo industrial-exportador, conservando
para el Estado instrumentos y patrimonios estratégicos
para enfrentar la extorsión del poder económico,
pactó hacia arriba y hacia abajo en los siguientes términos:
hacia arriba ofreció el desguace, la privatización
y la apertura irrestricta a cambio de la estabilización.
Hacia abajo, ofreció protección contra el pasado
hiperinflacionario a cambio de servidumbre política, asentimiento
electoral pasivo y retiro a la vida privada.
Esta estrategia de intercambiar protección por votos era
extraordinariamente rentable para partidos aterrados por la probabilidad
de que la hiperinflación los arrastrara a la disolución
y porque con ello arrinconaban a los conflictos sociales en la
periferia de la sociedad, lejos del Estado, y les abría
el margen necesario para homologar las formas de hacer política
a las formas de hacer negocios. La indiferenciación entre
el oficialismo y la oposición convertiría a la competencia
electoral en un juego en el que no habría nada importante
en juego.
El problema con el señoreaje es que el victimario debe
reproducir constantemente (en ausencia de bases materiales para
el consentimiento) la demanda del producto que tiene para ofrecer.
En este caso realimentar el miedo al retorno al pasado hiperinflacionario
(poco creíble luego de las privatizaciones y de la apertura)
para forzar a la víctima a comprar su protección.
La de 1990 fue una década mafiosa en ese sentido, no meramente
porque los políticos mediante prácticas gangsteriles
hayan coludido entre ellos y con diversas fracciones del poder
económico. Fue un compromiso entre la política y
la sociedad, políticamente inferior a la hegemonía,
pero que no estuvo basado exclusivamente en la corrupción
o en la represión. Fue racional para víctimas y
victimarios.
Sin embargo, como dijimos, este señoreaje empezó
a ser socavado desde el primer momento por nuevas protestas sociales
cuya fuerza estuvo en el número, en la metodología,
en la imprevisibilidad, etc. Y desde los márgenes avanzaron
hacia el centro. Tardaron diez años, pero ahora aquí
están: acampando en las cercanías del castillo,
asediando a la fortaleza. El mecanismo de señoreaje estalló
en una crisis final en las elecciones de octubre del 2001, con
la huelga de ciudadanos, donde la mitad de los adultos de este
país hicieron reserva de poder, una maniobra que consiste
en no entregar un poder que luego era empleado contra ellos. Y
el sistema de partidos quedó pedaleando en el aire.
¿Por qué el señoreaje fue siendo socavado
por protestas marginales en apariencia débiles y meramente
simbólicas? Porque aparecieron otros miedos, muchos más
potentes y verosímiles que el miedo respecto del cual el
sistema podía aún ofrecer protección. Los
miedos asociados a la desocupación, al empobrecimiento,
a la inseguridad de todo tipo, a la destrucción de regiones
y sectores enteros, etc. En la medida que nuevos miedos volvieron
poco creíble a los miedos funcionales al sistema, el señoreaje
fue disolviéndose. La Alianza lo quiso usar pero ya estaba
desvalorizado como trampa.
El sistema político tuvo que acudir, para compensar la
desmovilización y desresponsabilización cívica
inducida, a todas las coaliciones imaginables, aparte de la estatización
de los partidos, convertidos en agencias o prolongaciones burocrático-clientelares
del Estado: los peronistas y la derecha en 1991, radicales y peronistas
para la Constituyente, una fracción peronista y la centroizquierda
para las elecciones de 1995, frepasistas y radicales para las
elecciones de 1997 y 1999, los radicales y la derecha en 2001,
ahora peronistas y radicales para el "gobierno de unidad
nacional". Coaliciones alternas y rotación de aliados
a una velocidad equivalente al agotamiento de las opciones frente
a un modelo de acumulación solo sostenible por la continuidad
del endeudamiento externo (más del 55% de la deuda externa
actual pertenece al período). No obstante, el señoreaje
fue volteado por la propia lógica económica que
puso en marcha: la salida de la hiperinflación la hizo
en base a la sobrevaluación de la moneda, ésta puso
en crisis permanente a la balanza de pagos (profundizada por privatizaciones
que dejaron mal colocados los precios relativos, es decir, a favor
de los bienes no transables), ésta se solventó con
endeudamiento, en su mayor parte público, y el mayor endeudamiento
impactó en la magnitud y composición del déficit
fiscal.
Este déficit fiscal actual proyecta, a su vez, un déficit
fiscal potencial o futuro representado no solo por todo la deuda
que hay que pagar en los próximos años sino también
por todas las funciones constitucionales, económicas y
sociales, que el Estado ha dejado de cumplir o satisfacer, y que
expresa un conflicto reprimido que saldrá a la luz de acuerdo
a las fuerzas que la sociedad pueda reunir para reclamárselo.
Este conflicto potencial retroactúa sobre las expectativas
capitalistas, la "confianza empresarial", y disuade
de cualquier inversión productiva, condición de
posibilidad del pasaje del señoreaje a la hegemonía.
La actual "transición" no indica, precisamente,
tal dirección. En apenas 40 días Duhalde transfirió
a los exportadores, a los endeudados en dólares y a los
bancos más del 10% del PBI, y faltan las privatizadas...
que reclaman la pesificación de las deudas que dicen tener
con el exterior, la suba de tarifas, más la postergación
de compromisos de inversión. La recomposición del
señoreaje, esta vez bajo la amenaza de la hiperinseguridad
y del influjo supuestamente disolvente y caótico de la
protesta social, a la que cotidianamente se quiere identificar
con el crimen, es favorecida por la situación de una sociedad
cada vez más apremiada por necesidades materiales de corto
plazo imposibles de posponer. Esta ausencia de futuro -el futuro
no está ahí para ser negociado mediante el intercambio
intertemporal típico de la relación de hegemonía
sino que ha sido confiscado por aquel déficit aludido-
solo puede ser enfrentada y superada por la creación política.
Demanda de democracia
La tarea de encontrar soluciones quedará, entonces, para
una nueva dirigencia que está surgiendo y que será
alentada por el triunfo de Lula en Brasil y los éxitos
de su futuro gobierno. El nacional-reformismo de Carrió
va en la dirección de un reacoplamiento prohegemónico
entre economía y política, y ocupará el escenario
con políticas no dogmáticas de reestatización,
con el peronismo a la derecha como expresión de una alianza
entre ricos (pocos muy ricos e influyentes) y pobres (muchos muy
pobres y amenazantes), con un centro oportunista parlamentario
asumido por el radicalismo residual, útil para despolarizar
algunas situaciones. Pero la salida será lenta y dolorosa.
No olvidemos que estamos más divididos y somos más
desiguales y pobres que en el pasado y que, por fin, hemos llegado
al primer mundo, es decir, a parecernos a un país "civilizado"
como Estados Unidos, en el que el 10% más rico posee más
de un tercio del ingreso nacional y en el que el 1% de los más
ricos posee entre el 40 y el 50% de la riqueza.
Hay una demanda (como en el ´83) de democracia, pero menos
ingenua y fuertemente crítica de las propias normas constitucionales.
La conflictividad con la clase dirigente (antes militar, ahora
civil) genera el espíritu cívico que propulsa el
tránsito. El conflicto con los de arriba proporciona cierta
cohesión de los de abajo con los del medio. El atajo de
votar a los que no exigen nada a cambio, salvo libertad para robar,
parece que ha dejado de ser negocio de masas. La sabiduría
retrospectiva que han dejado las hiper (hiperrepresión,
hiperinflación, hiperdesocupación, hipercorrupción)
es al menos un capital en manos de las víctimas y hasta
los que gozan de mala memoria tienen esas experiencias pegadas
a la piel. La ciudadanía menos alienada buscará
sacarle ventajas al capitalismo, lo hará suyo pero con
esa finalidad: una rotación pragmatista hacia el Estado
que equivale a crear y regular mercados.
Durante la dictadura convergieron la estrategia antiinflacionaria
y el objetivo de disciplinar estructuralmente a la sociedad, en
la sobrevaluación de la moneda, que indujo a su vez una
criminal desindustrialización. El experimento monetarista
elevó las tasas de interés, que fundió a
las PyMEs locales y forzó a las grandes empresas a endeudarse
en el exterior. Gracias a la trampa que tendió el sistema
financiero internacional, el dinero fluyó, y la sobrevaluación
de la moneda y los déficit resultantes de la balanza de
pagos pudieron sostenerse por un largo período. Cuando
el tipo de cambio tuvo que modificarse, el costo de los préstamos
externos se hicieron intolerables, y develando su verdadera naturaleza,
el gobierno privatizador y desregulador no permitió que
quebraran ni los bancos ni las grandes empresas e intervino con
operaciones de salvamento que socializaron las pérdidas.
En definitiva, con rasgos económicos aún más
salvajes ¿no es ésta la historia de los ´90
bajo el señoreaje menemista y de su desenlace reciente?
Por eso, en cierto modo, revivimos la transición de 1983,
con Duhalde en el papel de Bignone. Y de nuevo coincide la doble
y simultánea tarea de construir un régimen de gobierno
con la de construir un régimen de acumulación. Pero
con una dificultad adicional: en aquél entonces la transición
consistía en que se fueran todos (los militares) mientras
que en la actualidad el recambio de la clase política (que
se vayan "casi" todos), tan necesario para recrear el
sistema republicano como para recrear el sistema productivo, es
resistido por esa "segunda naturaleza" a la que me refería.
El recambio exigirá por eso luchas sociales "sustentables",
una economía de la protesta social y abaratar los costos
de la acción colectiva. Una metodología que reúne
dichas cualidades por su radicalidad y efectividad, dijimos antes,
es la desobediencia civil. Quizás sea el tipo de acción
colectiva requerido, tanto por la envergadura de los poderes a
enfrentar como por el hecho de una sociedad acuciada por sus necesidades
y exhausta por una pelea sin resultados.
Conjuntamente con la necesidad de luchas sociales más
contundentes y menos desgastantes, se halla otro problema: reconstitución
de los vínculos representativos. Ambas tareas no son incompatibles,
al menos en la práctica y para aquellos que se rehúsan
a presentar "representación" y "participación"
como conceptos antagónicos. Ni la representación
exige un pacto con el diablo ni la participación una invocación
a los ángeles. Los ciudadanos activos más desconfiados
del rol de los partidos harían bien en meterse en la piel
de los políticos, vicariamente, y tratar de imaginar aquello
que sea posible dentro de lo deseable, y los políticos
deben desde la autocrítica repensar aquello que sea deseable
dentro de lo posible.
Salir del señoreaje (la dirigencia tiene la opción
de renovarlo y de amenazar ahora conque si no se aceptan sus políticas
y sus posiciones de poder vendría la anarquía, el
caos, la violencia y el fascismo, una amenaza que estuvo en el
discurso desde diciembre en todo el abanico partidario) para entrar
en la hegemonía supone derrotar expeditivamente a la fracción
financiera y al sector de los servicios privatizados y hacerles
pagar los costos de la reconstrucción del Estado (de derecho,
en primer lugar). Y esto requiere obtener el apoyo de quienes
están fuera de la fortaleza asediándola con demandas
de todo tipo. ¿Qué harán los habitantes del
castillo? Nada indica que levantarán las compuertas para
respaldarse en sectores medios y populares e imponer nuevos límites
y regulaciones al poder económico, aún con reestatizaciones
si fuese necesario.
El ARI y AyL se proponen recomponer el Estado de derecho, pero
chocan respecto a qué hacer con el capitalismo. Más
allá de esta cuestión, el problema consiste en que
no habrá restauración del Estado de derecho (objetivo
sinceramente asumido) sin la radicalización de la democracia,
objetivo que no es sinceramente asumido porque de otro modo se
reflejaría y anticiparía ya en una institucionalidad
partidaria de nuevo tipo, tanto en el ARI como en AyL, capaz de
desencadenar prácticas políticas que combinen la
participación en las decisiones con la calidad de sus contenidos
y la calidad de sus contenidos con la eficacia en su ejecución.
Puede observarse, entonces, un cruce de dificultades de fondo
para la conciliación operativa entre el ARI y el AyL. Dejando
de lado que la cuña anticapitalista (insuficientemente
debatida) hace imposible un frente electoral, lo crucial es que
si bien coinciden en la necesaria recomposición del Estado
de derecho, la radicalización de la democracia que es un
requisito de la misma, también es bloqueada tanto por la
inmediatez de atendibles intereses electorales en el caso de Carrió
como por el propio antiinstitucionalismo de Zamora.
Recientemente se ha instalado un falso debate entre quienes postulan
la abstención (en caso de que no se produzca la caducidad
de todos los mandatos y la convocatoria a una asamblea constituyente)
y quienes apuestan a organizarse para competir electoralmente
en las condiciones que sean. Pero no es ilógico proponer
la abstención y, simultáneamente, organizarse en
todo el país para intervenir en las elecciones. La lógica
social de la protesta no es contradictoria con la lógica
política de la participación si ambas permanecen
separadas y diferenciadas. No deben ignorarse pero tampoco mezclarse,
de otro modo lo único que lograrán es debilitarse
recíprocamente. La primera tiene sus ritmos, sus protagonistas,
sus recursos y dispositivos. La segunda, tiene los suyos. La peor
estrategia es unificarlos. La radicalidad del abstencionismo expulsivo
del movimiento social por el "que se vayan todos" (y
no vuelvan) adquiriría mayor fuerza si las agrupaciones
partidarias de Carrió y Zamora se constituyeran en todo
el país, en cada lugar, e institucionalizaran una metodología
interna de selección de candidatos y para la toma de decisiones
programáticas, que prefiguren o anticipen el tipo de reforma
que proponen para la Constitución. En una palabra, si hicieran
los deberes, los que les corresponde hacer desde el momento que
se asumen como partido, y los hicieran con coherencia. A su vez,
la constitución de una alternativa electoral o constituyente
saldría fortalecida si el movimiento social, en sus múltiples
vertientes y torrentes, llevara a cabo actos de desobediencia
civil de leyes o políticas específicas (locales,
provinciales o nacionales) tomando en cuenta las exigencias que
deben reunir este tipo de acciones, y dejara un poco de lado la
protesta puramente callejera.
No hay oposición entre quienes se resisten a convalidar
la trampa y quienes intentan organizarse para las elecciones.
Participar en uno u en otro flanco no es algo que nadie pueda
decidir por nadie, cualquiera puede hacerlo en ambos a la vez
o en uno o en otro alternativamente. Pero para que la abstención
tenga sentido tiene que haber tanto una fuerza política
capaz de gobernar (o de reformar la Constitución), es decir,
de reelegitimar otro modelo democrático, como una fuerza
social responsablemente capaz de quebrantar leyes y políticas
arbitrarias por medio de la resistencia activa. Y hacer bien ambas
cosas, con el menor voluntarismo posible, poniendo énfasis
y cuidado en los procedimientos, y siempre con una perspectiva
de largo plazo, porque no será fácil ni breve.
Nos adentraremos en otra ocasión en la fisonomía
que adoptaría una política de izquierda que en lugar
de anteponer contenidos o metas emancipatorias previas, tuviera
como eje gravitacional los procedimientos para debatirlas y decidirlas.
No será poco el énfasis que colocaremos en ello,
que creemos apropiado en un contexto cultural de izquierdas que
(salvo las sectas que llaman a la "unidad" con alaridos
que brotan más de la insignificancia que del acuerdo) ha
vuelto a revalorizar discursivamente a la democracia directa y
a los métodos de reflexión política sin mediaciones,
pero que en la práctica, cuando los problemas urgen y hay
que tomar decisiones difíciles, se sumerge en el inmovilismo
ante la dificultad de crear nuevas instituciones acordes o proporcionales
a la complejidad de la tarea o recurre a las fórmulas probadas
de delegar en unos pocos, eficientes en el corto plazo pero que
a la larga reproducen los viejos y nuevos vicios de la política
que desataron la actual "huelga de ciudadanos".
* Ariel Colombo.
Director académico del Centro de Políticas Públicas
para el Socialismo (CEPPAS), profesor de la Universidad de Buenos
Aires e investigador del Conicet.

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