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El papel de la sociedad civil está en debate
en América Latina y, Venezuela, con las peculiaridades
propias del proceso de cambios políticos que se inició
en 1999, no es ajena a esa discusión. La relación
entre comunicación y política en las sociedades
latinoamericanas, en su conjunto, está atravesada por signos
similares que se expresan en un descrédito -con diversos
matices- hacia los partidos y dirigentes políticos tradicionales,
proceso que ha estado acompañado de importantes niveles
de credibilidad hacia los medios masivos de comunicación
y hacia algunas organizaciones de la sociedad civil.
De estos dos últimos actores, por otro lado, deviene una
relación marcada por la mediación, que compete en
general al quehacer político en estos tiempos. Hoy, la
pantalla de televisión y la página del diario son,
esencialmente, la plaza o espacio público donde los políticos
hacen política, y por tanto los medios, que median entre
la realidad y la sociedad, vienen a ser espacios donde se construye
la legitimidad y desde donde se articulan los debates sobre lo
público.
No será motivo de análisis en este texto un debate
que viene produciéndose en varios puntos geográficos
y cognoscitivos de América Latina acerca del uso de los
términos: movimientos sociales, sociedad civil y organizaciones
no gubernamentales (ONG's). En este aporte, que consideramos como
un primer paso de reflexiones e investigaciones futuras, nos referiremos
a algunas organizaciones de la sociedad civil, entendidas
como agrupaciones de origen privado con fines o intereses públicos,
pero además nos centraremos en las que asumen objetivos
políticos de largo aliento (defensa de los derechos humanos,
constitución de un modelo económico alternativo,
promoción de las libertades civiles), no circunscritas
a un espacio geográfico local o regional y cuya acción
compete -en principio- a demandas y exigencias tácitas
o manifiestas del conjunto o de amplios sectores de la sociedad
venezolana.
Estas organizaciones, además, sostienen relaciones transnacionales
con diversas agrupaciones o instituciones, lo cual incide en la
conformación de su agenda y estrategia nacional. Estas
salvedades tienen sentido en la medida en que en la revisión
bibliográfica que nos ha servido de soporte, se pudo constatar
diferentes aproximaciones y definiciones, dependiendo de los diversos
espacios académicos y de participación social.
De qué hablamos cuando hablamos de sociedad civil
En los últimos años, y especialmente desde la llegada
al poder del presidente Hugo Chávez, que dio pie a una
serie de transformaciones políticas e institucionales en
el país, se viene colocando en Venezuela en un primer plano
el término sociedad civil. No son contados los casos en
que voceros de algunas organizaciones figuran en grandes titulares
de prensa como los representantes de la sociedad civil, cuando
en realidad sólo hablan en nombre de su organización
o red de agrupaciones, que viene(n) a ser o representar una parte
de la sociedad civil venezolana. Elías Santana, ombusdman
del diario El Nacional pero al mismo tiempo vocero de algunas
iniciativas ciudadanas, ha recogido parte de ese debate en sus
columnas (El Nacional, 11 y 15-12-2001, p. C-4).
La definición a la que se ha apelado en los últimos
años al referirse a la sociedad civil es siempre en negativo,
pues se le ubica como lo "no-Estado". Para Norberto
Bobbio la sociedad civil es el espacio donde se desarrollan los
conflictos sociales que el Estado tiene la misión de encarar
y, debido a la diversidad de estos conflictos, "los sujetos
de la sociedad civil (...) son las clases sociales, o más
ampliamente los grupos, los movimientos, las asociaciones, las
organizaciones" que derivan de ellas, y a estos sujetos se
suman "los grupos de interés, las asociaciones de
diverso tipo con fines sociales e indirectamente políticos,
los movimientos de emancipación de grupos étnicos,
de defensa de los derechos civiles, de liberación de la
mujer, los movimientos juveniles, etcétera" (Bobbio,
1994, p.43). Ante esta diversidad de actores que componen la sociedad
civil, cabe referirse entonces explícitamente a algunas
organizaciones de la sociedad civil.
Sin embargo, debe resaltarse el papel que muchas de estas agrupaciones
han jugado y siguen jugando en la recuperación de lo
público, que hasta inicios de la década de los
90 en Venezuela, y en otros países de América Latina,
parecía identificarse exclusivamente con el Estado o lo
estatal. "Hoy concebimos al Estado como lugar de articulación
de los gobiernos con las iniciativas empresariales y con las de
otros sectores de la sociedad civil" (García Canclini,
2000, p.55) y esto ha sido, en parte resultado de las políticas
de ajuste que implicaron un reordenamiento de las funciones del
Estado, pero también -y no debe menospreciarse- a las presiones
que desde distintos sectores sociales organizados se han hecho
y se siguen haciendo para lograr influir en las políticas
estatales que regulan al conjunto de la sociedad, en aras de lo
que apunta García Canclini de repensar al Estado en una
concepción de agente de interés público.
Esto pasa necesariamente por la participación, "es
la participación política, el ejercicio político
de los ciudadanos, en sus más diversas formas lo que funda
y configura lo público" (Sánchez-Parga, 1995,
p.14). Justamente, a los fines de este trabajo, nos centramos
en algunas organizaciones de la sociedad civil, que si bien creadas
por una iniciativa privada en realidad se constituyen en un canal
de participación, para ese grupo de interés, en
aras de incidir en lo público, y por tanto son expresiones
políticas. "El riesgo de evacuar lo público
de la sociedad civil no es tanto su despolitización, sino
una repolitización que clandestinice la política"
(Ibíd., p.20). Para insistir en el asunto, en aportes posteriores
abordaremos el análisis del trabajo de agrupaciones de
la sociedad civil venezolana que construyen discursos sobre "problemas
concernientes a cuestiones de interés general en el marco
de espacios públicos" (Daza Hernández, 1998,
p.57), línea en la que apunta la reflexión de algunos
activistas en derechos humanos en el país (Navarrete, 2001,
p.7).
En algunos estudios, (Paris Pombo, 1990, p.102) se resalta el
poder y la influencia de la construcción discursiva de
estas agrupaciones o movimientos, llamados también simbólicos,
tanto en las decisiones oficiales como en la constitución
de la cultura política nacional. Un ejemplo citado fue
el papel jugado por grupos defensores de los derechos humanos
(a fin de cuenta agrupaciones con un reducido número de
integrantes) para que se visualizara -se hiciera de conocimiento
público-, especialmente internacional, las aterradoras
experiencias (torturas, desapariciones, ejecuciones) vividas bajo
las dictaduras en varios países de Sudamérica en
la década de los años 70 y 80 del siglo XX. Este
accionar coincide con la visión de que lo público
no se circunscribe territorialmente, "ya que en público
se constituye todo espacio, tiempo y prácticas sociales
donde lo político y la política están en
juego" (Sánchez-Parga, 1995, p.21). Lo público,
resumidamente, se articula entre el interés común,
el espacio ciudadano y la interacción comunicativa (Rey
en Martín-Barbero, 2001, p.76)
Entonces, sostenemos que al contribuir con el debate público
en Venezuela, algunas organizaciones de la sociedad civil están
haciendo política y esa orientación en muchos casos
tiene puntos de coincidencias y agendas comunes con agrupaciones
e instituciones de otros países. La misma apropiación
del término sociedad civil y su uso en el país (en
Venezuela, pero de la misma forma ocurre en otros tantos países
latinoamericanos) responde a un proceso donde "actores globales"
han jugado un papel importante y que ha sido definido por Daniel
Mato como producto de "transformaciones sociales en tiempos
de globalización" (Mato, 2001a, pp. 166-167).
Este constituye otro eje a estudiar, no sólo por razones
gramaticales, que en el fondo envuelven concepciones políticas,
sino porque diversos estudios (Mato 1996, 2001a y 2001b) develan
que existen constantes interacciones, algunas mediadas por razones
de poder económico (por ejemplo en el caso de las agencias
donantes de recursos), otras políticas en el sentido estricto
del término, que provocan reajustes en las agendas y programas
de los actores sociales locales. En Venezuela está vertiente
está aún pendiente de indagaciones más completas.
Por otra parte, al referirnos al caso venezolano, se registran
movimientos sociales de base desde los años sesenta y "fueron
particularmente activos durante las década de los ochenta"
(García-Guadilla y Silva Querales, 1999, p.66) y posteriormente,
en la década pasada se evidencia la consolidación
de "redes organizacionales liberales". El paso de una
década a otra, paralelamente, parece estar marcada por
el desencanto de la población hacia el sistema político
bipartidista, si nos guiamos por las estadísticas electorales.
En 1988 los dos partidos tradicionales, Acción Democrática
(AD) y el socialcristiano COPEI, contaron con el 92 por ciento
de los votos, y cinco años después (y tras el serio
resquebrajamiento político que significó la poblada
conocida como el Caracazo de 1989 y los dos intentos de
rebelión militar de 1992) ese respaldo se había
reducido al 45 por ciento (Ramos Jiménez, 1999, p.36),
en tanto que la abstención -pese a la obligatoriedad del
voto- se elevó de 18 al 39 por ciento en el mismo lapso.
Aunque la "democracia de partidos" no pareció
asimilar este duro golpe electoral y de credibilidad, evidentemente
allí estaba escrito su epílogo. En diciembre de
1998 triunfó Hugo Chávez con un claro discurso del
"cambio revolucionario" y en contra de las "cúpulas
partidistas" tradicionales.
Diversos autores coinciden en que este sistema hegemónico
de los partidos impidió la consolidación de un tejido
social organizado. Un ejemplo claro de esta distorsión
se vivió en el mundo obrero, porque "a diferencia
de otros movimientos sindicales en el continente, los sindicatos
en Venezuela fueron creados por los partidos políticos,
fueron instrumento de los partidos que orientaban y fijaban su
'línea' de acción" (Díaz, 2000, p.157).
La partidización excesiva y asfixiante terminó
cerrando canales legítimos de participación social
y reforzó una apatía participativa que se
evidenció durante algunos años, la cual -sin embargo-
parece ir en sentido contrario con el actual proceso de cambios
políticos en el país.
Estos factores deben ser tomados en cuenta al analizar la conformación,
objetivos y desempeño de la sociedad civil venezolana en
su conjunto, y formará parte de análisis posteriores
en esta línea de investigación que estamos proponiendo,
en relación con las estrategias comunicacionales de algunas
organizaciones de la sociedad civil.
La mediación mediada
Las organizaciones de la sociedad civil pueden ser catalogadas
de agrupaciones mediadoras en la medida que responden a necesidades,
expectativas y búsquedas de la sociedad en su conjunto
o de sectores de ésta, y través de variados mecanismos
(estudios, campañas, acciones de calle, etcétera)
las colocan en el debate público. "En las recientes
teorías sistémicas de la sociedad global, la sociedad
civil ocupa el lugar reservado para la formación de las
demandas que se dirigen al sistema político" (Bobbio,
1994, p.43).
Esto le asigna una función eminentemente mediadora, y
esta tendencia se remarca en la medida en que las sociedades actuales
han tenido importantes niveles de crecimiento poblacional y en
su seno se han manifestado heterogeneidades y diversidades culturales,
por lo que la participación política está
sujeta a las mediaciones (Sánchez-Parga, 1995, p.15), que
se expresan en instituciones "representativas" de origen
público como los parlamentos, pero también en algunas
organizaciones de la sociedad civil, que pese a su origen privado
levantan banderas en representación de sectores sociales
o ejercen presión para satisfacer demandas tácitas
o manifiestas de la sociedad.
La función del conjunto de organizaciones de la sociedad
civil, que de por sí es de mediación, apela a las
estrategias de comunicación, especialmente haciendo uso
de los medios masivos, como vía para intervenir en lo público,
en una dinámica de construcción de legitimidades.
Un diputado tiene un espacio de legitimidad para intervenir en
lo público en la medida en que "es representante de":
un grupo de electores le dio su voto para que cumpla esa función.
Un vocero de una organización de la sociedad civil también
logra intervenir en lo público, pero su legitimidad no
proviene de que represente a alguien, dado que su posición
no ha sido sometida a votación, por ejemplo. Sin embargo,
difícilmente en la actual coyuntura política venezolana
y latinoamericana encontramos espacios donde se cuestione la legitimidad
del vocero de una organización de la sociedad civil para
opinar o intervenir en diversos debates con también muy
disímiles temas.
Las agrupaciones con un trabajo estrictamente de base, cuya labor
se desenvuelve en un espacio concreto, lo cual le otorga legitimidad
para su acción en la medida de sus resultados palpables,
tienen otra dinámica. Entre otras organizaciones de la
sociedad civil, que por ejemplo abordan la problemática
nacional de los derechos humanos, su legitimidad tiene como un
ingrediente básico la presencia en el canal por excelencia
de la mediación en nuestros días: los medios masivos
de comunicación. Evidentemente, esta exposición
mediática de una ONG que labore en el campo de los derechos
humanos debería partir de un trabajo fundamentado en actividades
como investigación, documentación, acompañamiento
de casos y acciones legales, entre otras, para sustentar y valorizar
su accionar público.
Esta tendencia que hemos mencionado no atañe exclusivamente
al también llamado tercer sector, sino que envuelve en
general a la práctica política contemporánea.
Según Martín-Barbero, no asistimos a la disolución
de la política, sino que estamos en presencia de la "reconfiguración
de las mediaciones" en vista de que "los medios de comunicación
constituyen hoy espacios decisivos de reconocimiento social"
y esa mediación "más que sustituir (...) ha
pasado a constituir, a hacer parte de la trama de los discursos
y de la acción política misma" (Marín-Barbero,
1999, p.50). La plaza pública ha sido sustituida por la
pantalla chica, el contacto cara a cara por el mensaje del dirigente
hecho ante la cámara o el grabador del periodista.
Una consecuencia es que en el nuevo escenario de lo público
los medios han dado "visibilidad" no sólo a algunas
organizaciones de la sociedad civil, sino que también abrieron
espacio permanente en sus páginas o programación
a temas como educación, salud o ecología, que de
por sí forman parte de la agenda ciudadana en un buen número
de agrupaciones no estatales (Rey en Martín-Barbero, 1999,
p.55). En Brasil, por ejemplo, instituciones como el Instituto
Brasileño de Análisis Sociales y Económicos
(IBASE) vienen reflexionando sobre la necesidad de aprovechar
esta tendencia con "una clara preocupación por influir
en la opinión pública, ser referencia en debates
públicos de las temáticas trabajadas por las ONG´s"
(Grzybowski, 2001, p.30).
Cabe acotar, aunque es un tema que merece una mayor profundización,
que en este proceso los medios son también actores políticos
con agendas propias y que al ser espacio, por ejemplo, para que
activistas sociales o dirigentes políticos construyan su
legitimidad en la esfera pública, se están legitimando
a sí mismos. Así puede entenderse la reciente iniciativa
de un diario venezolano: "es una corriente mundial, y así
como El Nacional supo intuir y comprometerse con la tendencia
a crear defensores de los lectores (...) ahora el diario se convierte
nuevamente en pionero. Ayer se produjo una reunión con
un considerable número de agrupaciones cívicas venezolanas.
Fue un primer encuentro (...) el propio presidente editor, Miguel
Henrique Otero, interactuó con organizaciones ambientales,
de protección a la infancia, de educación ciudadana,
educación sexual, desarrollo comunitario y de derechos
humanos" (El Nacional, 29-01-2002, p.C-4). Antes, en la misma
columna, se presentaba el interrogante de por qué no exigirle
a un diario, como se hace con otras empresas, "que se comporte
como ciudadano corporativo", y posteriormente se da a conocer
la posición del medio de comunicación: "El
Nacional, como lo han hecho otros diarios del mundo, comprende
la enorme importancia que tiene para el desarrollo de una sociedad
y la consolidación de la democracia la creación
de capital social, el crecimiento de la ciudadanía libre
y responsable, el fortalecimiento de su tercer sector, de su sociedad
civil".
Los medios de comunicación, en un escenario de mayor protagonismo
de la sociedad civil en contraposición con el Estado, "tienen
un papel protagonista, al mismo tiempo que convierten los mensajes
en mercancía y la función social de la comunicación,
en instrumento de creación de riqueza y de influencia política"
(Boladeras Cucurella, 2001, p.59). En tanto, Peterson y Thörn
precisan que "los medios de comunicación no son sólo
la pintura color de rosa de un espacio público inherentemente
democrático", pero aún a pesar de las criticas
que desde organizaciones de la sociedad civil se le han hecho
a los medios por distorsionar las acciones de estas agrupaciones,
éstas no pueden prescindir de aquellos porque "la
lucha por lograr ser escuchado o visto es un aspecto central de
las sociedades complejas" (Peterson y Thörn, 1999, p.12
y 15). La necesidad de figurar en los medios, para ganar espacio
en lo público, por parte de diversos movimientos sociales
no está dada por la necesidad de estar representados, sino
por ser "reconocidos: hacerse visibles socialmente"
(Martín-Barbero, 2001, p.78).
Basados en experiencias de ONG´s de Europa, algunos autores
señalan como problema, en esta construcción de mediación
de algunas organizaciones de la sociedad civil usando como soporte
la mediación de los medios de comunicación, que
las acciones de algunas agrupaciones terminaron siendo "espectáculos
de los medios" (Peterson y Thörn, 1999, p.17) y "muchas
organizan activamente su trabajo pensando en el impacto publicitario.
Indiscutiblemente el número uno en ese campo es Greenpeace"
(Wahl, 1997, p.47). Si bien esta tendencia, que podríamos
denominar "efectista", logra impacto en la opinión
pública y hace visible a las organizaciones, termina
siendo su principal debilidad con consecuencias a largo plazo
para su credibilidad pública y por tanto para su legitimación
política.
Sin embargo, no debe obviarse que en este proceso, complejo y
también global, se ha evidenciado un "uso social"
de las nuevas tecnologías (la red de Internet, es el caso
más evidente) por parte de diversas organizaciones "como
vehículos de afirmación cultural y política
a nivel internacional" (Mato, 1997, p.100) y con esa práctica
"queda en claro que esos movimientos están cada vez
más conscientes de ese nuevo terreno, más activos
en él e incluso obteniendo más éxito dentro
de él" (Waterman, 1998, p.174). La diferencia, a nuestro
modo de ver, es que aún teniendo el carácter de
potencialmente masivo tanto la red de Internet como los medios
digamos clásicos (televisión, prensa y radio), en
el espacio de las nuevas tecnologías las organizaciones
de la sociedad civil tienen posibilidad de construir y por tanto
opciones para formar y decidir, en tanto que en los otros espacios
la posibilidad es de hablar (responder a preguntas hechos por
otros, reaccionar ante intervenciones de otros), y por tanto la
intervención es parcial porque se trata de un territorio
mediático ya construido por otros. Resulta difícil
imaginar que una organización social pueda producir por
cuenta propia un periódico con tirada masiva, pero la práctica
desarrollada por algunas agrupaciones ha demostrado que con una
página en Internet, que en el fondo obedece a una estrategia
de comunicación -se tiene la necesidad de construir un
canal propio cuando tiene algo que decirse-, se puede alcanzar
igualmente un público masivo nacional o internacional,
con costos económicos manejables.
A modo de cierre (temporal)
Las reflexiones colocadas en este texto han sido parte de una
preocupación personal en los últimos años
y son reflejo tanto de aproximaciones investigativas al tema,
como de intercambios personales con miembros de algunas organizaciones
de la sociedad civil venezolana. Persiguen contribuir con reflexiones
y análisis que se han dado, parcialmente, y que me parece
deberían discutirse en distintas interacciones y espacios
comunes de estas agrupaciones que desean incidir públicamente
en el país.
Lo que subyace, a lo largo de este texto, es la necesidad de
construir estrategias de comunicación por parte de las
organizaciones de la sociedad civil que pretenden influir en lo
público y por tanto en la política. En la actual
coyuntura política y mediática, una organización
no puede soslayar la urgente necesidad de trazarse estrategias
propias de comunicación, lo cual va más allá
de figurar en los espacios de la prensa o la televisión
(aunque también lo incluye), de crear canales alternativos
o contribuir con los existentes (radios comunitarias, periódicos
vecinales) o de apropiarse de las nuevas tecnologías (Internet
en especial). De lo que se trata, es de comprender cabalmente
la importancia de la comunicación en la configuración
de la legitimidad, y asumir esa línea de acción
-que puede manifestarse de múltiples formas- en su acción
y reflexión cotidiana. El lograr rating mediático,
por el sólo hecho de lograrlo, deforma el objetivo de las
organizaciones de la sociedad civil, pero las agrupaciones cuyo
objetivo es incidir globalmente en la sociedad y que cuentan con
un trabajo concreto que respalde sus propuestas, también
estarían alejándose de su misión si no logran
influir en la construcción de lo público y un camino
para ello pasa necesariamente por la comunicación.
Hablamos de cierre temporal en este texto porque el planteamiento
es seguir explorando este tema y en concreto esto debería
pasar, además de revisiones documentales, por entrevistas
a fondo con algunos protagonistas de organizaciones de la sociedad
civil reflexionando sobre sus objetivos generales de acción,
y sus estrategias de comunicación (existan o no). Asimismo
creemos pertinente realizar mediciones puntuales en algunos medios
masivos, en situaciones informativas específicas que pudieran
relacionarse con el tema, para determinar qué se dice de
las organizaciones de la sociedad civil y quiénes (y por
qué) figuran o no con mayor relevancia en medio de estas
coyunturas, siendo voceros de esas agrupaciones. Otra línea
en la que cabría profundizar es cómo se ha producido
o generado, desde los medios venezolanos, esa interacción.
Por último, y en vista de los procesos de transformaciones
que ha implicado la globalización, sería pertinente
indagar sobre las relaciones transnacionales de algunas organizaciones
de la sociedad civil venezolana y cómo ello ha incidido
o no en sus estrategias de comunicación. Todo estos son
puntos para el debate y la reflexión.
Caracas, enero 2003
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* Andrés Cañizález.
Profesor de la Universidad Central de Venezuela, director de la
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