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En el último siglo se ha producido un giro
sustancial. Los viejos referentes teóricos que explicaban
el "mundo de la práctica" en función del
"trabajo" y que servían de base a las teorías
sociales fueron desplazados (habría que analizar si definitivamente).
Uno de esos desplazamientos ha sido el considerar que en la práctica
los hombres se vinculan y se definen no en función del
trabajo que daba contenido a la trama de relaciones sociales,
sino a partir de la comunicación, de la acción comunicativa.
Que esta comunicación se establezca desde el lenguaje o
del habla es una refinamiento de este planteamiento. Lo cierto
es que el hombre trabajador de A. Smith ha sido sustituido por
el hombre comunicativo. Para Habermas esto obedece a que el trabajo
es una relación técnica con la naturaleza que prescinde
o restringe la acción comunicativa que se establece más
allá del proceso de producción en donde se fragua
exclusivamente la acción instrumental y estratégica.
Varios han sido los resultados de este estrechamiento
de la práctica. Ante todo, el hombre se ha convertido en
un ser eminentemente parlante. El simbolismo que encerraba el
trabajo abstracto y la teoría del valor y que permitía
explicar la economía mercantil -y a partir de ésta
las estructuras económicas y políticas- ha sido
sustituido por el simbolismo que encierran las estructuras del
mundo del habla. Así, mundo de la vida ha terminado siendo
el mundo del habla, razón por la cual las estructuras del
habla supuestamente permiten explicar las estructuras del mundo
de la vida.
Además, se ha producido un segundo resultado
no menos importante. El hombre comunicativo -que teje estructuras
de parentesco (Levi Strauss) habla e inconscientemente hace el
amor o se consagra al desamor en la teoría de la sexualidad
(Freud y Lacan)- está sometido a las estructuras discursivas.
En otras palabras, el sujeto social habla con referencia a discursos
que dan contenido a sus manifestaciones de las cuales el habla
es la más importante. El habla es resultado del discurso
y está en íntima relación con este último.
Se trata de una relación complementaria.
Pero hay que enfatizar en un hecho. En tanto sometida
al discurso -es decir a las teorías que surgen históricamente
y que tratan de explicar el mundo, la sociedad, la sexualidad,
etc- el habla está atravesada por estructuras de poder.
Las estructuras discursivas son estructuras de poder que se manifiestan
y reproducen a través del habla. Estas estructuras discursivas
son dispositivos de poder (Foucault) que se manifiestan en dispositivos
administrativos (maquínicos para Deleuze) que no son otra
cosa que las instituciones totales de carácter penitenciario.
Estas estructuras de poder ancladas en el discurso circulan: el
poder circula a través del discurso y del habla, diría
a su manera Habermas.
Aunque no se ha enfatizado suficientemente la preeminencia
de la comunicación, del discurso, del habla, y la consideración
de que los sujetos sociales son seres eminentemente parlantes,
condicionados históricamente por los referentes discursivos,
es una coronación sutil del proyecto iluminista. No es
el caso discutir este punto, sí conviene señalar,
sin embargo, que este "fenómeno social" ha estado
vinculado a una revolución de las estructuras técnicas
de producción comunicativa. Se trata de una revolución
en los medios de comunicación. Enunciado de otro modo,
no se podría explicar este desplazamiento producido en
el último siglo en relación del sujeto a no ser
que se considere que, a nivel de la estructura técnica
de la sociedad, se ha producido un proceso continuo de transformación.
Este proceso, que se ha hecho cada vez más perceptible
en el último tercio del siglo veinte, ha ido privilegiado
de manera creciente a un estrato de específico: los medios
de comunicación.
Si hasta mediados del siglo veinte los medios técnicos
eran considerados medios de producción ahora han pasado
a ocupar este lugar los medios de comunicación. El desplazamiento
del hombre trabajador por el hombre comunicativo (parlante) ha
ido de la mano de un desplazamiento de los medios de producción
y de trabajo por los medios de comunicación. De este modo
se ha cerrado el círculo que da origen a pensar que estamos
en otra época, en el período postmoderno. Más
allá o más acá de la modernidad, no importa.
Nos hemos desplazado superando el reino de la necesidad para hacer
entrar, a través del concepto, a la razón en el
mundo de la comunicación.
En este nuevo horizonte, las relaciones sociales
que antes eran interpretadas a través del trabajo y su
relación con los medios de producción, ahora son
interpretadas a través de la comunicación en relación
con los medios de comunicación. La comunicación
y los medios comunicativos han ganado una centralidad teórica
de carácter epistémico que antes no la tenían.
Bajo este referente se ha reinterpretado la práctica: la
economía, la política, la sociedad, en una palabra
las estructuras sociales. La política ya no es una instancia
de lucha y de enfrentamiento a consecuencia de la desigual distribución
de los productos del trabajo, es otra instancia de comunicación
en donde el interés instrumental es todavía dominante
y, por tanto, la verdadera comunicación no es todavía
posible (piénsese en las estructuras ideales del habla).
Justamente por ello que hay que insistir en entenderse, hablar
para llegar a acuerdos a través del "mejor argumento"
que, por su propia fuerza, terminará finalmente imponiéndose.
Acuerdos, consensos, disensos, son el resultado de la reflexión
sobre las estructuras comunicativas (léase las estructuras
del habla) vinculadas al estudio de la política y del poder.
La preeminencia de los medios de comunicación
-hay que decirlo de paso- se da porque se ha dotado de sentido
privilegiado a una estructura técnica específica:
los medios técnicos que permiten la comunicación.
Si antes se había dotado de contenido a los medios de producción
que permitían potenciar y desarrollar el trabajo, ahora
se ha dotado de contenido a los medios que permiten potenciar
y desarrollar la comunicación. El "sur plus"
del trabajo se ha trasladado al "sur plus" que otorgan
los medios de comunicación. Mientras antes el capital y
las diferencias sociales se interpretaban en función de
quien poseía o no los medios de producción, ahora
se considera que el capital (el sur plus metamorfoseado en la
economía) y las diferencias sociales se establecen en función
de quien controla y maneja los medios de comunicación (en
el mercado del habla, de la política, de la sexualidad).
En buena medida porque la comunicación ha sido elevada
a la categoría fundamental de la vida social.
No es el momento y tampoco el lugar para debatir
estos puntos. Resta únicamente decir que a partir de este
esfuerzo teórico (seguramente retórico) no enunciado
se ha ido gestando una problemática opaca, difusa, en la
cual la comunicación y los medios de comunicación
han pasado a ocupan un lugar privilegiado dentro la estructura
social. Son las instancias que han sustituido a los otros referentes
de la práctica, incluso, en las sociedades que se debaten
en el reino de la necesidad, y en donde la pobreza y la miseria
son determinantes. Bajo esta centralidad se ha construido una
reflexión ideológica que ha desplazado otros determinantes
sociales. Y ha sido en esta centralidad que se ha generado un
debate en torno al derecho a la comunicación.
No hay duda que es una debate difuso. En el cual
el sujeto ha sido escindido, escamoteado. Aún así
es un debate que, desde el paraguas ofrecido por los Derechos
Humanos, permite platear a la teoría algunas incógnitas.
A este esfuerzo está consagrado este Boletín del
PADH. Si alguien lo lee, esperamos que sirva para avanzar en la
idea de que la comunicación encierra un derecho que se
construye más allá de la comunicación misma.
Seguramente en el reino de la necesidad, del cual el trabajo ha
sido escamoteado.
Roque Espinosa
Coordinador Regional PADH-UASB
Quito, noviembre 2002

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