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Una visión adulta de los jóvenes
Desde varios ámbitos se habla de crisis. De una en particular,
que es considerada la más preocupante: la crisis de valores.
Los que la afirman, en buena medida, tienden a endosarla a un
sujeto social, a la juventud. En resumidas cuentas, lo que se
dice es que son los jóvenes que han roto con lo sano de
la tradición, que viven sin rumbo, que están inmersos
en prácticas fútiles, a veces incluso violentas
y que se caracterizan por el desempeño y por el fácil
hedonismo.
Se trata, evidentemente, de una visión adulta sobre los
jóvenes que de forma reiterada desconoce, muchas veces
por incomprensión, otras por prejuicio, los mundos simbólicos
y expresivos de buena parte de la juventud actual. Junto con incomprensiones
y prejuicios es observable en el mundo adulto, entre las instituciones
que trabajan con jóvenes, autoridades públicas e
incluso universidades y centros de investigación, una cierta
tozudez en desconocer y resistirse a asumir los cambios que se
están dando en la cultura contemporánea.
Muchos son los ejemplos de esta actitud. La insistencia en pensar
la juventud desde los ámbitos tradicionales de la educación
formal y de ésta la obstinación en torno a las virtudes
del libro y el rechazo de otras formas de educar a través
de audiovisuales y del uso apropiado de las nuevas tecnologías
de la comunicación. La reiterada cantaleta sobre el entorno
familiar como responsable de la buena conducta juvenil, sin plantearse
el mínimo interrogante sobre el estado de salud de la familia
y sobre todo de qué familia se habla cuando asistimos a
cambios radicales en su conformación y sus prácticas.
Mercancías para el mercado moral
La preocupación por la supuesta crisis de valores se produce
desde una opinión que esgrime sus argumentos basándose
en la convicción de que los valores son como substancias,
esencias e ideales que se adquieren en el mercado abierto de una
bolsa moral. Me parece que se da aquí una posición
mas ideológica que axiológica: es decir una posición
que establece lo que esta bien o mal a partir del desconocimiento
de otros mundos y formas morales o éticas.
Se dice si no son "estos" valores, los de la tradición
o del pasado que se defienden a ultranza, siendo que cualquier
nuevo es una degradación de los de antaño, entonces
si no son estos, hay crisis de valores. La insistencia y el empecinamiento
en el apego de valores abstractos es una actitud hipócrita,
precisamente porque no se sustenta en una conducta o práctica.
Y es que las normas morales se introducen con las costumbres y
las prácticas y no al revés. (Norbert Bilbeny)
Por el contrario, las valoraciones (término preferible
a valores por su carácter dinámico) son apropiaciones
subjetivas que se dan a consecuencia de la sociabilidad. Están
íntimamente ligadas a la experiencia que todos hacemos
de la relación con el otro y con la interrogación
por los encuentros o desencuentros con los enigmas de la vida.
Existe una pregunta central ineludible: ¿Por qué
un sujeto debería asumir algo abstracto que le habla del
bien común? Por ejemplo, ¿por qué un sujeto
debería ser tolerante con la diferencia? Una respuesta
posible es decir que cuando la presencia del otro diferente es
conveniente (ojo con este término) para uno, cuando por
ejemplo es considerado como parte de un juego en el que representa,
como jugador, el competidor, elemento básico para que haya
juego.
El cuerpo, lugar de enunciación de una nueva politicidad
Lo que hay que entender es que, en los tiempos que corren, ya
no podemos seguir hablando de valores "duros" y duraderos,
fortalezas de las que serían portadores los espíritus
virtuosos, sino de valoraciones "suaves", mutables,
nómadas e híbridas, relacionadas con la cotidianidad
e inscritos en "nuevos" ámbitos de interés,
de participación y reconocimiento, como son la cuestión
ecológica o el mundo de la estética.
En particular éste último, que una investigadora
mexicana, Rossana Reguillo ha sugerido definir como socioestética,
es la dimensión más relevante en la que se inscribe
la acción juvenil. La cual se sustenta en un fondo de nuevas
significaciones culturales organizadas en torno a expresiones
ligadas a lo más valioso que los jóvenes tienen,
el cuerpo. Con el cuerpo, las culturas juveniles habitan la ciudad,
se hacen visibles y reconocibles bajo las múltiples formas
de expresión y de consumo simbólico. El cuerpo es
elemento mediador y lugar de enunciación de una nueva politicidad,
de un modo de ocupar y dar sentido al espacio público y
de construir una ciudadanía cultural más allá
de la de derecho.
La ropa, los tatuajes, el pearcing, los bailes, las "figuras
acrobáticas", las patinetas y el walkman, como elementos
incorporados (a manera de prótesis), nos remiten a un uso
del cuerpo que podría estar dibujando un escenario de biopolítica,
es decir de un quehacer político que ya no se articula
en la formulación de un proyecto ideológico tradicional,
sino de una politicidad que proviene de la vida, de la vida cotidiana,
que se hace carne en el andar por la calle, mostrando una estética
corporal que "devuelve" a veces trasformados y neutralizados,
los signos de la violencia y del estigma, de la exclusión
y del dominio.
En la generación de nuevas sensibilidades, modas y estilos
de vida, valoraciones y conflictos, hoy los jóvenes operan
y actúan con complejos ámbitos imaginarios, sostenidos
a partir de la apropiación de bienes simbólicos,
signos, sueños y mercancías visuales que circulan
sobre todo en los medios de comunicación y que son la materia
prima para las adscripciones identitarias, la afirmación
y la diferenciación social. Es posible además, que
la incorporación de fragmentos generados por las industrias
culturales sean disueltos y neutralizados en su poder de
manipulación, a través de la capacidad de descontextualizarlos;
porque duplicar o serializar ciertos iconos mediáticos
puede significar la "rendición" de estos iconos.(1)
Finalmente, si bien se dice que las apariencias engañan,
en el caso de las culturas juveniles las apariencias enseñan.
Habrá que tratar de leerlas más allá de los
prejuicios si queremos entender nuestros tiempos.
NOTA
1. Creo que un ejemplo de esta operación se da para aquellos
jóvenes que se tatúan el código de barras
en alguna parte de su cuerpo: ahí el cuerpo juega a hacerse
mercadería para disolver su originario poder fetichista.
* Mauro Cerbino. Antropólogo,
coordinador del Programa de Comunicación de FLACSO, sede
Ecuador. Se ha ocupado de culturas juveniles y jóvenes
y violencias. E-mail: mcerbino@flacso.org.ec
Este artículo fue publicado originalmente en la Revista
ARCA, Casa de la Cultura de Cuenca, N° 1, septiembre 2002,
Cuenca-Ecuador.

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