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En la escena del mismo
Bienvenido señor presidente, adelante señor ministro,
muy buenos días señor diputado... agradecemos su
presencia, es un honor recibirlo en este medio, los micrófonos
son suyos...
Las expresiones de condescendencia pueden llegar hasta el servilismo
cuando un representante del poder constituido legitima con su
presencia a un medio de comunicación, expresión
mediática de ese mismo orden.
Es que la lógica imperante en los mass-media -sobre todo
en las grandes cadenas multimedia- tiende a inscribirse en procesos
idénticos a los que construyen la representación
política de los sectores dominantes.
El poder es narcisista, gusta de mirarse a sí mismo en
sus criaturas y prensa, radio y televisión le ofrecen un
gigantesco cuarto de espejos donde la reproducción de la
imagen legítimamente constituida puede abarcar un ilusorio
infinito.
Entonces, el plató televisivo como el micrófono
radial o la cámara fotográfica se sienten a gusto.
La naturalidad con la cual los comunicadores actúan es
directamente proporcional a la disposición del protagonista
a exhibirse como un cuerpo y un espíritu entrenados y disciplinados
para representar al poder.
Tono de voz, gestos, maneras, vestuario y un discurso configurado
por la agenda oficial hacen las veces de un empaque que viabiliza
la adecuada transmisión de una palabra destinada a reproducir
aquello que la continuidad del establecimiento demanda, aquello
que debe aceptarse como dado, aquello que jamás ingresará
en el campo de lo problemático.
La identidad de campo entre políticos y medios permite
que actor, palabra y escenario configuren un todo armónico,
donde la espontaneidad libera de toda sospecha al periodista y
concentra la responsabilidad de la comprensión de lo dicho
en el receptor, ciudadano igualmente entrenado para interpretar
"correctamente" lo que el medio le transmite.
En estas condiciones, se puede informar que la "comunicación"
fluye fácilmente. Preguntas y respuestas originadas en
una forma de mirar al mundo -común al entrevistador y al
entrevistado- gestan la apariencia de un diálogo donde
el intercambio entre distintas lógicas -que debería
presuponer la existencia de intereses sociales diversos dispuestos
a relacionarse entre sí- termina siendo suplantado por
el sacralizado objetivo de llegar a acuerdos, de promover consensos,
de ceder posiciones en busca del bien para todos.
En este proceso se encuentran, legitiman y reproducen mutuamente
los actores reconocidos de la información: protagonistas,
periodistas y receptores. La pregunta de agenda, la respuesta
obligada y la comprensión previsible hacen del campo periodístico
un mundo donde la vocación de una mediación informativa
imparcial, objetiva y profesional parecería haberse logrado.
No hay nada nuevo bajo el sol. Todo se sabe, todo se informa,
todo se conoce. La libertad de expresión y su hermana siamesa,
la libertad de prensa, así lo garantizan.
El mensaje por sí mismo o la diferencia funcional
Pero este escenario de andariveles claramente demarcados también
presume de democrático. La credibilidad de un noticiero
televisivo, de la sección política de un diario
o de un programa de entrevistas radiales exige una presencia dosificada
de "los de abajo". Es la columna asignada a los sonidos
de la pobreza, del sufrimiento y la conmiseración, aunque
también a los de la esperanza, el sacrificio y la resignación.
Desde los desastres naturales hasta la crónica roja, pasando
por el desempleo, el analfabetismo y la desnutrición, los
afluentes de la miseria de la condición humana abonan al
caudal de lo inevitable.
En estas condiciones y carentes de horizonte propio, las informaciones
que se retoman de los bordes también devienen elementos
funcionales a la reproducción del discurso del orden.(1)
Admitir la diferencia asimilable desactiva confrontaciones entre
intereses reales y consolida la noción de que el orden,
por sí mismo, es el leiv motiv social, objeto de incuestionada
e incuestionable defensa, ya que solo él garantizaría
la reproducción de una sociedad y sus miembros.
Gracias a este imperceptible requiebre conceptual, el interés
del sector dominante se convierte subrepticiamente en interés
de todos, al tiempo que ofrece a los mass-media una herramienta
para ocultar su adscripción al poder bajo el manto del
profesionalismo, antes imparcial y objetivo, hoy globalizador.
Pero todo tiene un costo y esta mistificación del discurso
mediático se paga finalmente con la renuncia voluntaria
al soporte denotativo de la noticia. El principio de la información
se despoja de su naturaleza de mediador entre la realidad y el
receptor y se redefine como un proceso auto-referencial, donde
la creciente valorización de sus productos solo depende
de la velocidad de circulación. Así asistimos al
nacimiento de informaciones cuyo trascendencia no está
determinada por su nexo con los hechos, sino por su capacidad
de transmisión de una a otra pantalla televisiva, de impresión
y reimpresión en todo diario escrito, de lectura y relectura
en cada noticiero radial.
Finalmente, la imagen cobra vida por sí misma, se ha independizado
de la materialidad a la que la noticia le mantuvo atada, y entra
de lleno en la vivencia mediática. La realidad virtual
es la nueva categoría a la que la tecnología nos
va acostumbrando.
Solo existe aquello que el ojo de los mass-media enfoca. Pero,
este Panoptes mediático ya no se limita a vigilar a toda
criatura viviente sino que su mirada, por sí misma, se
ha convertido en matriz de toda realidad. Hoy, lo que no existe
para los medios ya no existe para el mundo y, próximamente,
ni siquiera existirá para sí mismo. Cada quien solo
reconocerá de sí aquello que es aceptado y puede
ser visibilizado por el creciente poder virtual; la complejidad
humana se va aligerando gracias a la desmaterialización
que la tecnología permite.
Es el reino de la transmisión en vivo y en directo, carente
de vínculos con el pasado y sin ambición de futuro.
Se han suprimido los antecedentes y las consecuencias, con la
oferta tecnológica del tiempo real se inicia la muerte
del tiempo histórico, de sus escenarios, actores y pasiones.
Ha llegado el tiempo en que el medio ya no sólo es el mensaje,
sino que es capaz de devorar el mensaje(2) y garantizar su reproducción
autárquica.
Sin embargo, de manera inevitable, esta inédita realidad
llega al mundo marcada por el mismo pecado original que aquella
realidad a la que niega. Es creada a "imagen y semejanza"
de la materialidad de la que pretende deslindarse y, por tanto,
nuevamente los parámetros conocidos de asimetría
y dominación se hacen presentes y organizan el escenario
virtual desde los mismos criterios con que antes organizaron el
escenario mediático.
Por ello, de este nuevo mundo también es excluida toda
diferencia capaz de impugnar el orden. Las zonas de resistencia
siguen relegándose a los bordes y el apoliticismo que la
moda impulsa se convierte en la coartada perfecta para dejar las
decisiones fundamentales en las manos de los mismos que siempre
han resuelto.
Pateando el tablero
No obstante, en este mismo escenario donde el orden prima y el
dominio se acepta como condición natural, de cuando en
cuando se producen conmociones, truenos en cielos despejados que
asustan a los comunicadores oficiales y desorientan temporalmente
al propio establecimiento.
Estas cuasi catástrofes sociales suelen producirse cuando
"el pueblo se equivoca", cuando el instrumento democrático
que cada cuatro, cinco o seis años se confía a la
masa para elegir nuevos mandatarios es usado "sin reflexión
ni razón", guiándose más por "la
emoción que por la inteligencia".
A través de las grietas abiertas por el instinto y la resistencia
han podido a ingresar -aunque sólo ocasional y circunstancialmente-
representantes marginales a altas funciones del Estado como municipios,
congresos y senados o -todavía con menos frecuencia- a
la cúspide de la representación política,
a la Presidencia.
Esta intromisión no solo sugiere una modificación
de los jugadores que acceden al campo privilegiado de la política,
sino que también involucra un cuestionamiento a las reglas
del juego y, en casos radicales, el desconocimiento del propio
sentido del juego. Esta es la prerrogativa del marginal que, desde
el borde puede llegar a subvertir elementos centrales del orden.
Y ello se da porque ningún escenario es simplemente un
lugar, es siempre un espacio significado, construido históricamente
para soportar y auspiciar la reproducción de determinados
intereses. Por ello, cuando un marginal patea el tablero de las
leyes de construcción de representación política,
todo el establecimiento reacciona, se alinea y pone en guardia
para restablecer el orden fisurado.
Estos son momentos de excepcional importancia para transparentar
la naturaleza de medios del poder que caracteriza a los grandes
medios de comunicación colectiva. Ante la fragilidad evidenciada
por el sistema de partidos -primer responsable de evitar que un
intruso invada los escenarios consagrados- se asumen como actores
de peso completo en la lucha por la recuperación de la
representación y organización sociales.
El guión mediático indica que, en esas condiciones,
la primera obligación de un medio de comunicación
es deslegitimar al invasor, demostrar que no tiene la preparación
académica, el conocimiento elemental, las maneras, el discurso,
ni "la clase" necesarios para cumplir el rol político
en que una circunstancia lo ha ubicado.
Entonces vemos a periodistas, entrevistadores y articulistas denostando
contra quienes han osado irrumpir en estos recintos legítimos
y legitimadores, clamando por la recuperación de la "majestad"
y la "dignidad" de la Presidencia, exigiendo a los políticos
del sistema que vuelvan por sus fueros y defiendan el espacio
que han usufructuado en exclusividad; presionando ante los cuarteles
por el respaldo de los fusiles a una institucionalidad que con
cierta frecuencia tiende a reñirse con la constitucionalidad;
implorando por la bendición eclesiástica que santifique
cualquier intentona golpista. En fin, convirtiendo los sets de
televisión y los consejos editoriales de los periódicos
en sedes de campaña donde se reagrupa a la oposición,
se escriben libretos para movilizaciones de masas -materiales
o virtuales- y se legitima a los sucesores allí mismo designados.
Estos procesos, tanto por la irrupción inicial de los actores
marginales como por la reacción del establecimiento que
se siente agredido, dan cuenta de un fenómeno de desplazamiento
de los escenarios tradicionales de la resolución política
de una sociedad.
La acción política, supuestamente esterilizada por
el desdibujamiento de sus instancias y el desprestigio de las
cúpulas dirigentes ha huido de los recintos preestablecidos,
se escapó del palacio de gobierno, del parlamento, de las
sedes partidarias, sindicales o gremiales y estalla en nuevos
y múltiples lugares. Experimentamos un fenómeno
de repolitización de la calle, del suburbio, de la comunidad,
de los espacios privados, de los cuarteles, de las empresas y,
de manera especial, de los espacios de comunicación de
masas.(3)
Las instancias de mediación que el Estado liberal construyera,
destinadas a establecer andariveles autónomos para la sociedad
civil, la economía, la administración de justicia
o la información, se vienen abajo y su politización
invade como una epidemia todo proceso social. Aunque, paradójicamente,
lo haga bajo la apariencia del apoliticismo, razón por
la cual la política oficial en cambio tiende a buscar espacios
de resolución en las instancias judiciales.
En la última década, varios países latinoamericanos
han vivido o viven este tipo de irrupciones marginales. Hugo Chávez
en la presidencia de Venezuela es el ejemplo de los últimos
años. Pero una experiencia de similar cualidad vivió
Ecuador durante el gobierno de Abdalá Bucaram (1996) y
aún es posible que Ignacio Lula da Silva nos ofrezca otra
experiencia de similar naturaleza desde Brasil.
En esas ocasiones, cuando el poder se ve privado -en diferentes
grados y temporalidad- de un representante directo en el escenario
más visible del Estado, cuando se han resquebrajado sus
condiciones para configurar su propia representación, podemos
presenciar la ferocidad de una acción mediática
que pugna por imponer a estos intrusos marginales símbolos
de "blanqueamiento", por la morigeración de sus
formas, por la adaptación de su discurso, por que reconozcan
la necesidad del consenso, por el renunciamiento a sus posiciones
iniciales en nombre de la gobernabilidad. Es decir, los guardianes
del orden exigen a sujetos del borde regresar, aceptar y reproducir
el sentido único que el dominio admite.
También entonces se manifiesta una tendencia al resurgimiento
de viejos fantasmas que se suponía barridos por la propia
globalización. La impugnación al oligarca, al autoritario
o al comunista resulta incomprensible fuera de la visión
de que éstas son apenas formas conocidas -aunque caducas-
que visten a procesos inéditos, aún carentes de
nombres propios, de formas específicas y de posibilidades
de re-conocimiento, en algunos casos, incluso para sus propios
actores.
Así, una vez más, el anciano régimen intenta
recuperar el terreno perdido, obligando al marginal a resignificar
-vaciándola de contenido- su propia presencia política
para, sólo entonces, aceptarlo como un legítimo
aspirante a la representación del poder en su máxima
instancia.(4) Finalmente, el terreno de lucha vuelve a caracterizarse
por el intento de desposeer a la sociedad, múltiple y diversa,
del Otro y volverla una y otra vez a sí misma, gracias
al potenciamiento mediático de la imagen del mismo.
El caos fecunda
No obstante, la marginalidad no se agota ni muere en estas arremetidas
del poder y sus comunicadores, ni siquiera llega a diluirse, se
reproduce bajo ropajes híbridos y recurre a la clandestinidad
para proteger su existencia. Apenas se evidencia en presiones
deconstructivas que, machaconamente, resurgen desde los bordes
develando el límite histórico del establecimiento
en su esfuerzo por homogenizar la comprensión del mundo
según su propio y cada vez más estrecho interés.
Vivimos una época marcada por la emergencia de nuevos actores,
con capacidad para apropiarse de palabras y símbolos tradicionalmente
administrados por las élites e interiorizarlos dotándolos
de otros significados, en los cuales puede intuirse también
la gestación de inéditos intereses sociales y su
ambición de realización como interés general.
La irrupción de las nacionalidades y pueblos indígenas,
junto al movimiento de mujeres, minorías sexuales y culturales
han repolitizado las formas de construcción de identidad,
el mundo de la lengua, la relación con el cuerpo, los senderos
de reelaboración de la memoria colectiva, los procesos
de información y comunicación.
Sin embargo, indígenas, mujeres, homosexuales o migrantes
no son actores nuevos en los escenarios del subdesarrollo. Lo
novedoso radica en las maneras como hoy asumen su visibilización,
en su voluntad de protagonismo y en su insurgencia como elementos
modificadores de las relaciones sociales y el orden establecido.
Es en su alteridad radical donde puede renacer la posibilidad
de convertirse en portadores de otras comprensiones mundo, irreductibles
a las de la modernidad occidental dominante.
Concientemente o no, esta emergencia ya ha producido una ruptura
en el espacio mediático, ha fisurado el monopolio de la
palabra legítima del que venían disfrutando los
mass-media y ha estimulado el desarrollo de redes y formas alternativas
de comunicación. Se rasga el velo de la omnipotencia y
omnipresencia que hasta hace poco se atribuyera a las grandes
cadenas mass-media y éstas ya no pueden ocultar sus pies
de barro; se muestran como dioses en decadencia, a quienes no
solo es necesario enfrentar sino que, además, es posible
vencer.
Cómo sino comprender que sujetos -protagonistas marginales-
impugnados y deslegitimados por el conjunto de empresas informativas
puedan llegar, hacerse escuchar y expresar a grandes sectores
poblacionales. Que la arremetida mediática se haya demostrado
insuficiente para vetar triunfos electorales o posesiones presidenciales.
Que el uso y abuso de la noticia haya hecho de los informadores
oficiales reos sospechosos de manipular el hecho y su imagen,
de producir un mundo destinado a la pantalla, donde la ausencia
de significantes vacía de sentido a la catarata de imágenes
en la que cotidianamente somos obligados a sumergirnos.
Por ello, la presencia del Otro marginal en los espacios privilegiados
de la política también supone una resignificación
del proceso informativo, de los escenarios mediáticos y
de las técnicas periodísticas. Pero, además,
incorpora a la reflexión colectiva el planteamiento del
derecho a la comunicación, como un factor de superación
de los derechos a la libertad de expresión, información
y prensa.
Tanto la enunciación como la recepción son momentos
de disputa por la realización de los significados potenciales
que todo enunciado encierra y lo son a partir de una relación
asimétrica. No porque exista necesariamente un dominio
de la emisión sobre la recepción, sino porque cada
uno de estos procesos constituyen campos heterogéneos.
Así como el emisor poderoso domina el campo de la producción,
también el receptor poderoso legitima el sentido privilegiado
de esa enunciación.
Por ello, asumir la condición simultánea de emisores
y receptores de mensajes con un interés social que proviene
de los márgenes, exige repensar al sujeto de la comunicación.
Impone una remirada de la relación entre enunciación
y recepción como un espacio de lucha por la construcción
de sentidos, donde toda lectura es un acto de producción
de un otro-nuevo sentido y lo es desde un sujeto histórico
en construcción.
Esta irrupción del otro marginal, recrea la asimetría,
pero lo hace desde un interés que, si llegara a convertirse
en hegemónico, podría presagiar la gestación
de un poder alternativo. Touraine recuerda que para poder cambiar
el mundo es necesario estar, simultáneamente, en el centro
y en el borde.(5) Allí se gestan los horizontes que expectan
las generaciones contemporáneas de excluidos del desarrollo.
En estos actores y sus mensajes, nacidos del violento torrente
de la negación, se incuba el temido potencial de otro mundo
gestado a partir del caos fecundo.
Quito, octubre 2002
NOTAS
1. Foucault nos recuerda que es imprescindible diferenciar las
movilizaciones populares que, al menos en su forma discursiva,
se limitan a la reivindicación por mejores condiciones
de vida de aquellas en las cuales se expresa de la posibilidad
de construir un orden distinto. Mientras las primeras terminan
siendo funcionales a la reproducción del establecimiento
y llegan incluso a ser estimuladas por los mass-media, las segundas
lo cuestionan y, por ello, suelen ser objeto de deslegitimación
"como si las masas pudiesen soñar con comer bien pero
no con ejercer el poder".
Ver: Foucault Michel, Microfísica del poder, La Piqueta,
Madrid, 1979, p. 32
2. Una vez más, las vertiginosas hipótesis de Baudrillard
nos enfrenta a la posibilidad extrema de que la realidad pueda
ser despojada de sentido. "Tal es nuestro dilema, surgido
de fondo de la simulación: ¿y si el signo no remitiera
ni al objeto ni al sentido, sino a la promoción del signo
como signo? (...) Es entonces cuando la fórmula de McLuhan
se vuelve absolutamente luminosa: el medio ha devorado el mensaje
y es él, el multimédium, el que prolifera en todos
los sentidos."
Baudrillard Jean, Pantalla Total, Anagrama, Barcelona, 2000, p.
216-217
3. Tesis desarrollada por: Reguillo Cruz Rossana, Globalización
y comunicación, una relación fuera de lugar. En:
Torrico Villanueva, Erick R., coord.. I Encuentro Nacional Seminario
Latinoamericano. Investigación de la Comunicación.
Memoria Académica. Es. UPS Editorial, p. 305
4. Para esta fecha, la disputa entre los finalistas en la elección
presidencial ecuatoriana es un inapreciable ejemplo de este problema.
Por su oposición frente al anciano régimen, Alvaro
Noboa y Lucio Gutiérrez son idénticos, ambos son
refugio de un electorado marginal. Sin embargo, en sus impugnaciones
mutuas se omite esa identidad y con ello se quebranta la posibilidad
de una reflexión que apunte a un orden alternativo.
5. Ver: Touraine Alain, Actores sociales y sistemas políticos
en América Latina. Es. Organización Internacional
del Trabajo
Bibliografía recomendada
Alsina, Miguel Rodrigo. La construcción de la noticia.
Ediciones Paidós. Barcelona. 1989
Baudrillard, Jean. El crimen perfecto. Editorial Anagrama. Barcelona.
1996
Baudrillard, Jean. Pantalla Total. Editorial Anagrama. Barcelona.
2000
Briguet, Daniel. "El poder de los medios: Los medios del
poder". Anuario. Dpto. de Ciencias de la Comunicación
Social. UNR. Rosario. 1998
Fabbri, Paolo. Tácticas de los signos. Gedisa. Barcelona.
1995
Foucault, Michel. Vigilar y castigar. Madrid. Siglo XXI. 1994
Foucault, Michel. Microfísica del poder. La Piqueta. Madrid.
1979
Gubern, Román. La mirada opulenta. GG MassMedia. Barcelona.
1987
Habermas, Jürgen. Historia y crítica de la opinión
pública. REI. México. 1989
Martín-Barbero. Jesús. De los medios a las mediaciones.
GG Mass Media. México. 1991
Martín-Barbero, Jesús. Globalización y multiculturalidad:
notas para una agenda de investigación. En: López
de la Roche, Fabio, ed.. Globalización incertidumbres y
posibilidades: política, comunicación, cultura.
Tercer Mundo Editores-IEPRI, Bogotá, 1999
Noëlle-Neumann, Elisabeth. La espiral del silencio: opinión
pública nuestra piel social. Ediciones Paidós. Buenos
Aires. 1995
Ramonet, Ignacio. La tiranía de la comunicación.
Edición Debate. Madrid. 1998
Torrico Villanueva, Erick R., coord.. I Encuentro Nacional Seminario
Latinoamericano. Investigación de la Comunicación.
Memoria Académica. Es., UPS Editorial.
Van Dijk, Teun A.. La noticia como discurso: comprensión.
estructura y producción de la información. Ediciones
Paidós. Barcelona. 1990
Verón, Eliseo. Construir el acontecimiento. Gedisa. Barcelona.
1995
Verón, Eliseo. Efectos de agenda. Gedisa. Barcelona. 1999
Wolf, Mauro. Los efectos sociales de los media. Ediciones Paidós.
Barcelona. 1994
Wolton, Dominique y otros. El nuevo espacio público. Gedisa.
Barcelona. 1995
* Gabriela Córdova. Responsable
de comunicación del Programa Andino de Derechos Humanos,
PADH-UASB. Licenciada en Sociología; postgrado en Diseño
de investigación sobre redes de información; magíster
en Estudios Latinoamericanos, mención comunicación,
de la Universidad Andina Simón Bolívar, sede Ecuador.

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