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Quiero presentar aquí algunas ideas a título de
reflexión sobre el papel de los medios en el cubrimiento
del proceso de negociación con las FARC durante el gobierno
de Andrés Pastrana y en torno a la responsabilidad social
de los mismos en el tratamiento de asuntos vitales para el país
como son el conflicto armado con la insurgencia y los procesos
de negociación y de búsqueda de la reconciliación
nacional. No pretendo aquí realizar un análisis
exhaustivo de las relaciones entre los medios y el proceso de
paz. Algunos aspectos que resultan muy relevantes para la comprensión
de la comunicación del proceso de paz y que tienen que
ver con las concepciones de la comunicación y del sistema
de medios con las que funcionan los actores de la guerra y del
proceso de paz (por ejemplo, los militares, la insurgencia de
las FARC o la Oficina del Alto Comisionado para la Paz) no los
abordaré aquí por falta de espacio y los dejo por
ello para un próximo escrito.
Los medios como una parte del problema
No se puede sobredimensionar el papel de los medios en la producción
de la información sobre un proceso de paz. Los medios no
son los únicos agentes productores de información
ni los únicos comunicadores de los distintos intereses
y opiniones asociados a la paz o vinculados a la guerra en un
conflicto armado interno. En el caso colombiano, y seguramente
también en otras latitudes, hay que observar que los medios
expresan y reflejan no sólo sus propias fortalezas y fragilidades
organizacionales, sino también las rigideces, intransigencias,
dogmatismos, resentimientos históricos, o bien las buenas
voluntades políticas y las aperturas mentales a soluciones
negociadas, presentes en los distintos grupos sociales y actores
colectivos participantes u opinantes alrededor del desarrollo
y desenlace de las negociaciones de paz.
Tenemos así que la información y el clima de opinión
en torno a un proceso de negociación son alimentados y
producidos -además de por los medios- también
y simultáneamente, por los negociadores gubernamentales
y los voceros insurgentes en la mesa, y por grupos sociales como
los políticos profesionales, el ejecutivo, el congreso,
los empresarios, el estamento militar y policial, los partidos
políticos, los sindicatos y las organizaciones sociales
ligadas al movimiento por la paz. En Colombia, actores extrainstitucionales
como los paramilitares también inciden en la conformación
de opinión alrededor de los procesos de paz con la insurgencia,
complejizando los procesos de producción social de la información
sobre el conflicto y la negociación.
Es conveniente no olvidar aquí las funciones asumidas o
no asumidas por estas otras instituciones en cuanto al proceso
de paz para no descargar toda la responsabilidad de la comunicación
del proceso de paz en los medios masivos comerciales. Sería
conveniente formularse por ejemplo, las siguientes preguntas:
¿la Oficina del Alto Comisionado de Paz comunicó
adecuadamente su política de paz a la sociedad? ¿los
partidos políticos estructuraron producto de deliberaciones
colectivas un pensamiento sobre la negociación y orientaciones
a sus miembros y a la sociedad sobre cómo manejar ese proceso?
¿Las organizaciones sociales y particularmente las que
trabajan en el movimiento por la paz concibieron y desarrollaron
unas pautas de comunicación claras para transmitir a la
sociedad sus perspectivas sobre el proceso?
Los medios como espacio clave
en la producción de la información y la comunicación
del conflicto armado y la negociación de paz
Relativizando la importancia de los medios en la comunicación
del proceso de paz con el fin de ver también otras responsabilidades
institucionales en la comunicación del mismo, no pretendemos
sin embargo, descargar a los medios masivos comerciales de sus
responsabilidades en la comunicación y en la construcción
de opinión favorable o desfavorable a la negociación
y al diálogo. Los medios de comunicación comerciales
constituyen quizás el escenario principal de la comunicación
masiva del proceso de paz a la población. Prensa escrita,
radio, revistas semanales de opinión, páginas especializadas
en Internet, pero sobre todo la televisión, han sido los
espacios donde se construyó la visibilidad comunicativa
masiva del proceso de paz.
Cada uno de esos medios, con sus distintos públicos, lecturas
preferenciales del conflicto y la negociación, y sus diferentes
estratos sociales de influencia, jugó sin duda un determinado
papel en la construcción de las representaciones y disposiciones
anímicas de la población hacia el proceso. ¿Tuvieron
siempre esos medios conciencia de las funciones y roles por ellos
jugados y de su responsabilidad en la configuración de
los climas de la opinión pública hacia el proceso?
El empobrecimiento del debate público
y la ausencia de agendas en los medios para orientar el cubrimiento
del conflicto y la negociación de paz
Colombia está viviendo un grave problema con su actual
sistema de medios masivos y de información periodística
consistente en el empobrecimiento del debate público sobre
los grandes asuntos nacionales, en virtud de situaciones como
la censura oficial en determinadas coyunturas; los intereses económicos
y políticos de los grandes grupos económicos que
controlan y monopolizan cada vez más los medios, determinando
la orientación de la opinión; o las autocensuras
de académicos y periodistas, funcionarios judiciales y
sindicalistas, por la situación de intimidación
y amenaza -efectiva o potencial- de los distintos actores armados,
así como por la falta de garantías a la vida y la
seguridad de los mismos en el ejercicio de sus profesiones. Es
revelador del clima de autocensura cómo en muchas informaciones
y análisis de la prensa diaria se han vuelto asunto de
todos los días las expresiones: "el analista político
que pidió no revelar su nombre..." "el funcionario
consultado quien prefirió el anonimato..."
Otros indicadores del empobrecimiento del debate público
tienen que ver con la farandulización de los noticieros
televisivos y el sobredimensionamiento dentro de su estructura
de la información deportiva. En ellos ha desaparecido la
editorialización, que años atrás estuvo presente
en los telediarios, están ausentes el análisis y
la contextualización histórica de la noticia, e
incluso géneros como la crónica y el reportaje tienen
hoy día muy poca presencia.
En el cubrimiento de los sucesos informativos de la vida nacional
desde los telediarios, está primando gravemente un periodismo
de relación de hechos de orden público, presentados
de manera inconexa y fragmentaria, privilegiando las escenas y
situaciones dramáticas y las expresiones de dolor de las
víctimas, que abundan en nuestro país y que constituyen
hechos altamente "noticiables" desde las lógicas
y rutinas ocupacionales de la profesión periodística.
No hay información sobre las estrategias militares y políticas
de los actores de la guerra, sobre sus proyecciones estratégicas
en territorios y geografías regionales, sobre los aspectos
tecnológicos y propiamente militares del conflicto armado
interno, y menos sobre la economía política de la
guerra y las maneras como ella explicaría el comportamiento
de los actores armados.
En este periodismo televisivo de relación de hechos de
orden público inconexos y caóticos ni siquiera se
utilizan mapas del país y de sus regiones para ayudarle
a los colombianos a comprender el curso diario de los hechos bélicos.
Las víctimas de las masacres paramilitares o guerrilleras
aparecen muchas veces sin identidades claras, sin nombres ni oficios,
como meros datos estadísticos, y las notas periodísticas
que cubren estos hechos de terror con frecuencia penetran poco
en los móviles de los hechos y en su ubicación dentro
de las estrategias políticas y militares de quienes los
cometen.
Causa y consecuencia de este periodismo coyunturalista, dramático
y sensacionalista, es la ausencia en los espacios noticiosos televisivos
de una agenda temática propia con una jerarquía
de temas y asuntos para el debate ciudadano, formulada desde sus
equipos de trabajo y sobre todo desde sus directores y jefes de
redacción.
Hay que reconocer sin embargo, en medio de este predominio del
raiting y del melodrama por encima del interés nacional
y del equilibrio y la responsabilidad social en la producción
de la información sobre el conflicto y la negociación,
los importantes esfuerzos e iniciativas adelantados desde la prensa
escrita, particularmente desde las Unidades de Paz como también
desde otras secciones, para complejizar y dar fondo histórico
a la lectura ciudadana del conflicto, para ofrecerle a los lectores
elementos de juicio acerca de cómo han sido los procesos
de negociación de conflictos armados internos en otras
latitudes y cómo se propiciaron o se dificultaron los procesos
de aproximación entre las partes.
Pero este trabajo responsable, reflexivo, equilibrado, de orientación
de la opinión para comprender una negociación de
paz que se lleva a cabo en medio de la guerra, recibiendo inevitablemente
todo el ruido y las percepciones negativas y pesimistas que ella
genera en la población, nunca se asumió seriamente
y responsablemente desde la información y opinión
televisiva, desde sus directores y jefes de redacción.
Las omisiones desde los géneros y formatos de opinión
Otro problema estructural del sistema informativo actualmente
operante en Colombia, es la reducción dramática
de los espacios de opinión, sobre todo en radio y televisión,
y que los pocos espacios de opinión y de debate político
que se mantienen, se encuentran relegados a las altas horas de
la noche, para las audiencias de noctámbulos o trasnochadores
ocasionales.
La concentración de los medios de comunicación en
manos de los grandes grupos económicos y financieros, la
pérdida de audiencia de los canales televisivos 1 y A ante
el auge de los canales privados RCN y Caracol, la desaparición
del diario El Espectador como diario nacional y su adquisición
por el grupo Santodomingo, la nueva situación hegemónica
del periódico El Tiempo casi como único espacio
del periodismo de prensa escrita a nivel nacional, son factores
que están incidiendo en la pérdida de pluralidad
de voces en el sistema informativo y comunicativo colombiano,
sin que queramos decir con esto que la situación anterior
en cuanto a diversidad política y cultural en nuestro sistema
de medios fuera la mejor.
Todo esto se tradujo, en el cubrimiento informativo y de opinión
del proceso de paz, en la ausencia de muchas voces y de muchos
temas que debieron haberse abordado. La voz de la sociedad, de
los ciudadanos comunes y corrientes, la de las organizaciones
de la sociedad civil, particularmente la de las asociaciones y
grupos articulados al movimiento por la paz y a la defensa de
los derechos humanos (líderes y experiencias de "territorios
de paz", por ejemplo), fue siempre marginal y esporádica
en la información de los medios comerciales.
Es curioso, por ejemplo, la precaria o nula labor jugada por los
medios comerciales en la divulgación y estímulo
a la apropiación ciudadana de las normas del derecho internacional
humanitario (DIH). Hemos tenido que sufrir los atentados de las
FARC contra el embalse de Chingaza para que gracias a la acción
comunicativa liderada por el alcalde de Bogotá Antanas
Mockus, los medios empiecen a divulgar los bienes públicos
intocables y protegidos por el DIH y ciertas normas inviolables
aún en medio de la guerra.
Una divulgación masiva del DIH por parte de los medios
masivos evitaría eventualmente muchos abusos de los actores
armados contra la población civil en distintos lugares
del territorio nacional, y podría estimular canales de
comunicación y espacios de solidaridad y mutuo apoyo entre
la población de Bogotá, las capitales departamentales
y la de las regiones campesinas y de colonización.
El poco o nulo seguimiento crítico de la política
gubernamental de paz
Con respecto a la política gubernamental de paz, no hubo
nunca un seguimiento crítico y una clara fiscalización
por parte de los medios y del periodismo, a las acciones y omisiones
de quienes la manejaron. Un seguimiento crítico e independiente
por parte del periodismo a la conducción gubernamental
del proceso de paz tampoco tenía que reducirse, como muchas
veces lo hizo, a darle la voz a los críticos de derecha
y a los enemigos acérrimos y declarados de la negociación
política en los partidos o en el congreso.
Sin sugerir que estas voces debieron ser ignoradas, hay que anotar
que con respecto al proceso de paz, la crítica generalmente
recayó sobre la falta de voluntad política de la
insurgencia para sentarse seriamente a negociar en la mesa (crítica
por lo demás válida), pero muy poco se abordaron
las insuficiencias y falta de compromiso del gobierno con un proyecto
serio y coherente de paz y de país posconflicto, más
allá de la retórica y la indudable buena voluntad
del presidente Pastrana hacia la paz.
No hubo una crítica a fondo sobre una serie de aspectos
que evidenciaban la ausencia de un proyecto gubernamental conducente
a una senda clara de reconciliación nacional: la falta
de garantías para la actividad sindical, periodística,
judicial, para la política de oposición o de defensa
de los derechos humanos, en un país con el más alto
índice de asesinatos de líderes sindicales y periodistas
en el mundo (¿quién se va a embarcar seriamente
en un proceso de paz sin garantías para la vida y la seguridad
personal y familiar?); el no diseño de una política
civil y militar de protección a la población civil
en medio del conflicto; la carencia de liderazgo con respecto
a una reforma política de fondo; la falta de una política
eficaz y de participación ciudadana contra la corrupción
oficial y los delitos de cuello blanco; la fragmentaria representatividad
social de los negociadores gubernamentales; la ausencia de una
política de empleo; las tensiones permanentes entre el
ejecutivo y el estamento militar alrededor de la política
de negociación y de la zona de despeje; la falta de una
política militar unificada y de liderazgo del poder civil
sobre el estamento militar alrededor de un discurso único
y una política coherente y estratégica de paz.
Seguramente esta falta de problematización del proceso
de negociación y de las complejas tareas sociales y gubernamentales
necesarias para obtener la paz, contribuyó también
a sembrar en la opinión pública un cierto facilismo
y unas expectativas falsas sobre la paz como algo fácil
y rápido de lograr. Creo que hacia el futuro habría
que evitar la creación de esas expectativas facilistas
y ayudarle a la opinión a construir visiones complejas
de los senderos de la reconciliación. De lo contrario,
seguiremos como opinión pública fluctuando de manera
ciclotímica entre la euforia y el desencanto con la paz,
sin una capacidad de aprender colectivamente de las experiencias
del pasado.
La puesta en escena sensacionalista y
melodramática del conflicto y la negociación en
los propios formatos de opinión
Los géneros de opinión en los espacios televisivos,
los cuales debieron haber ofrecido a la sociedad elementos de
juicio para digerir la complejidad de la negociación en
medio de la confrontación militar y haber dado fondo, contexto
histórico y comparativo internacional a sus audiencias,
optaron muchas veces por el sensacionalismo y el melodrama en
la escogencia de sus temas y maneras de abordar el proceso de
paz y de negociación y situaciones conexas con él,
como el secuestro de niños por la guerrilla o la muerte
-afectado por un cáncer- del niño Andrés
Felipe, sin poder ver a su padre, un oficial retenido por la guerrilla.
Esos hechos noticiosos, que por supuesto no podían no ser
abordados por los medios y el periodismo, muchas veces fueron
asumidos como verdaderas cruzadas mediáticas sin medir
los efectos contraproducentes de esas campañas con respecto
a los fines buscados (la liberación de los niños
secuestrados o del padre de Andrés Felipe) y los potenciales
impactos negativos sobre los climas de opinión y estados
de ánimo de la población con respecto al apoyo a
la negociación de paz.(1)
El estímulo de actitudes viscerales
y condenatorias hacia la insurgencia, versus la necesidad de su
interpelación crítica y argumentada
Los medios tienen que tener cuidado con las pasiones y estados
de ánimo que propician y alimentan con sus mensajes y puestas
en escena de los conflictos. Ya los propios abusos de la insurgencia
(extorsión, secuestros, boleteo, asesinatos o muertes de
secuestrados en cautiverio) han creado por sí solos en
sus víctimas y familiares dolores, actitudes visceralmente
antiguerrilleras o intenciones de retaliación y de venganza.
Tratamientos de sucesos informativos como el caso del niño
Andrés Felipe, convertido en una verdadera cruzada, y otros
similares que se construyeron desde los medios masivos durante
los tres años largos del proceso, mostraron dificultades
en el periodismo para trascender cierta lógica primaria
de condena y de juzgamiento mediáticos al interlocutor
guerrillero, comunicativamente bastante ineficaz para las necesidades
de acercamiento entre las partes y de avance de la negociación.
Creo que en cuanto al papel del periodismo en la interpelación
crítica a la insurgencia en medio de una negociación
política -y esto es conveniente tenerlo en cuenta hacia
el futuro cuando soplen de nuevo vientos de paz y de negociación-,
requerimos trascender la acusación muchas veces moralista
y facilista, desde un cierto sentido común elemental y
básico de condena al guerrillero, para configurar una capacidad
de interpelación ética y política al
accionar insurgente que antes que condenarlo, le siembre cuestionamientos
y dudas en torno a su militarismo, su falta de visión política,
sus cercanías con la delincuencia común, sus rigideces
ideológicas y anacronismos doctrinarios y le ayude a acercarse
a una comprensión fresca y menos acartonada de este país:
de sus nuevas generaciones, sus valores, dilemas e ideales; de
la complejidad cultural y política de los contextos urbanos
y metropolitanos; de las transformaciones en el plano internacional,
etcétera. Interpelación inteligente, que supone
diálogo y respeto por el otro, y no simplemente acorralamiento
o la lógica del ajuste de cuentas a la hora de la entrevista
al líder insurgente.
Sugerencias finales a título de cierre
* La sociedad colombiana requiere como nunca, en una coyuntura
compleja de erosión de la institucionalidad y de desintegración
política y social, recuperar y fortalecer los espacios
públicos mediáticos de discusión y propuesta
ciudadana. Una pauta saludable de política pública
podría ser la exigencia de ubicar los programas de opinión
en horarios Triple A como una decisión de apoyo al fortalecimiento
de una cultura cívica sobre la base del acceso ciudadano
a información calificada sobre los problemas nacionales
y los temas álgidos de la coyuntura. En un país
que atraviesa por una situación tan grave como la que vivimos,
es importante que la información tenga un lugar de preferencia
dentro del sistema comunicativo y que llegue a sus habitantes
en horarios de alta sintonía y no a las 11:30 o 12:00 de
la noche, cuando buena parte de la población está
ya fuera de la televidencia.
* Una contribución importante para un futuro clima de
paz y de reconciliación nacional y para facilitar una mejor
comprensión de la sociedad colombiana contemporánea
no sólo por los actores de la guerra, podría hacerse
a través de esfuerzos de ampliación de la representación
mediática de la diversidad política y cultural del
país. El ejercicio multicultural de la ciudadanía,
la construcción de democracia y de nación en contextos
de diversidad política y cultural, será posible
si ampliamos la capacidad y la disposición de los medios
de comunicación para dar cuenta de esa diversidad regional,
local, étnica, religiosa, lingüística, generacional,
etárea, sexual, de género, de la sociedad colombiana
de hoy: ¿Están contribuyendo nuestros medios de
comunicación a generar conciencia acerca de nuestra diversidad
y de la riqueza interpretativa, valorativa y existencial que ella
supone? ¿Estamos construyendo una experiencia cultural
sobre la base de una memoria compleja y plural acerca del país
y de su historia pasada y reciente? ¿Hemos avanzado en
la práctica de construcción de representaciones
y cogniciones sociales desde los medios de comunicación
en una materialización del espíritu pluralista y
multicultural de la Carta Constitucional de 1991? Específicamente,
¿hemos avanzado en dirección al reconocimiento de
nuestra pluralidad político-ideológica? (2) Creo
que éstas son preguntas importantes con miras a crear un
sistema comunicativo más abierto e interactivo, y más
proclive a reconocimientos mutuos, encuentros y consensos básicos
entre los colombianos, y más favorable por ende a la construcción
de perspectivas y miradas sobre la comunicación y los medios
menos instrumentales y dirigistas.
* Tal vez uno de los retos fundamentales para el periodismo colombiano
es el de redefinir o reinventar el concepto de noticia,(3) desde
una mayor conciencia de su responsabilidad social como productores
de la realidad social y de imaginarios colectivos, y desde una
comprensión de ciertos equilibrios básicos de los
cuales precisa hoy el sistema informativo y comunicativo para
cubrir con sentido de construcción de país y de
futuro colectivo, los sucesos y procesos de la vida nacional:
equilibrios entre muerte y vida; entre destrucción y construcción;
y entre desesperanza y sentido de futuro.
* A esa redefinición del concepto de noticia puede contribuir
el diálogo con la academia, cuyo conocimiento estructural
de los problemas regionales, nacionales y globales, antes que
ser un lastre y un pesado fardo para el periodismo, podría
ser una fuente para la innovación temática, el desarrollo
de los procesos de investigación en la profesión
y el enriquecimiento del saber periodístico. (No sobra
recordar aquí -sobre todo ante ciertos ensimismamientos
y autosuficiencias de la academia- que hay también
un saber periodístico, así como hay distintos saberes
sociales en cualquier sociedad y que el conocimiento académico
no necesariamente es el saber o el único saber legítimo
en la sociedad).
* Quisiera decir, además, en la línea de la posibilidad
de los medios masivos de estimular comportamientos pro-sociales
y actitudes de solidaridad y empatía entre distintos grupos
de la sociedad, como componentes activos de la construcción
de un orden social,(4) los medios de comunicación
y los periodistas deberían prestar especial y sistemática
atención a la recuperación del valor de la vida
en nuestro país. Pensar estrategias y disposiciones institucionales
para avanzar en esa dirección, básica para iniciar
un rediseño democrático y pacífico del país,
pero también la reconstrucción de la autoimagen
y la consideración de nosotros mismos como colectividad.
Bogotá, marzo 2002
NOTAS
1. Sobre el cubrimiento del caso del niño Andrés
Felipe véase la opinión del analista mexicano Carlos
Monsiváis invitado como ponente central a la conferencia
internacional "Los medios informativos en peligro",
organizada por la Asociación Mundial de Periódicos
(WAN), la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) y la Asociación
de Diarios Colombianos (Andiarios) el viernes 22 de marzo de 2002
en Bogotá, Entrevista a Carlos Monsiváis, El Tiempo,
sábado 23 de marzo de 2002
2. Sobre la relación entre los medios de comunicación
y la diversidad, véase "Quinta parte. La diversidad",
en Mc Quail, Denis, La acción de los medios. Los medios
de comunicación y el interés público, Amorrortu
editores, Buenos Aires, 1998. Sobre la diversidad de memorias
en Colombia, el diálogo entre ellas y la relación
entre la dominación y la resistencia y la presencia hegemónica
o subordinada de distintas memorias, puede consultarse el trabajo
de Marta Zambrano y Cristóbal Gnecco (editores), Memorias
hegemónicas, memorias disidentes. El pasado como política
de la historia, Instituto Colombiano de Antropología e
Historia-Universidad del Cauca-Ministerio de Cultura, Bogotá,
2000
3. Véase la interesante entrevista donde Maxwell Mc Combs,
teórico de la agenda setting function (papel de los medios
en el establecimiento de la agenda temática), plantea esta
demanda: "Entrevista a Maxwell Mc Combs `Hay que reinventar
el concepto de noticia´ " (mimeo), sin fecha ni lugar.
4. Véase al respecto: McQuail, Denis, "Séptima
parte. Medios masivos, orden y control social", en Mc Quail,
Denis, Op.Cit.
* Fabio López de la Roche.
Historiador y analista cultural y de medios masivos. Director
Instituto de Estudios en Comunicación -IECO Universidad
Nacional de Colombia.

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