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Hasta hace muy pocos años el periodismo se desenvolvía
en un marco de certezas. Dependiendo de la perspectiva en que
se inspirara, estaba dedicado a "informar, educar y entretener",
se inscribía como parte de la "lucha de clases"
o buscaba aportar a la consecución del "bien común".(1)
Así, los medios informativos y los periodistas seguían,
conscientemente o no, unos principios de orden que les permitían
desempeñarse dentro de ciertas líneas de coherencia
y, a la vez, quienes fungían como fuentes noticiosas al
igual que aquellos ubicados en el lugar de la recepción
mantenían expectativas concretas respecto del comportamiento
esperado y deseable de aquellos.
Sin embargo, todo empezó a cambiar -en lo que concierne
especialmente a Latinoamérica- a partir de la recuperación
de la forma democrática de gobierno, la posterior aplicación
de los llamados Programas de Ajuste Estructural (PAE), la progresiva
descomposición del sistema socialista realmente existente
con todas las consecuencias que ello trajo para la arena internacional
y, en último término, de la rápida difusión
del proceso globalizador.
De ese modo, de un largo tiempo en que cada quien sabía
con más o menos precisión cuál era su posición
y papel en el mundo, incluidos los medios y los periodistas, se
ha pasado a un período transicional en que esas
antiguas seguridades han dejado de ser tales. La naturaleza y
la realidad de los conflictos, referente fundamental para la actividad
periodística, se han modificado, por lo que ya no es dable
continuar concibiendo la profesión del periodismo desde
los parámetros considerados tradicionales.
El retorno a la forma democrática en la región no
sólo que no ha sido fácil sino que en varios casos
(el paraguayo, por ejemplo) todavía aparece como un objetivo
por alcanzar; pero, además, en un buen número de
países la inestabilidad política se ha manifestado
como un dato inconfundible de la redemocratización(2) y
en la gran mayoría de ellos el descrédito de las
instituciones políticas ha crecido a la par del desencanto
ciudadano.(3) Éste se relaciona ante todo con los preocupantes
índices de corrupción -con la relativa excepción
de Chile y Uruguay, el resto de América Latina está
clasificada entre los países más corruptos del mundo-(4)
registrados en los poderes públicos (legislativo y judicial,
especialmente) y con un sentimiento mayoritario sobre la ineficiencia
demostrada hasta ahora por la democracia para atender y resolver
las urgencias cotidianas.
La puesta en vigencia de las recomendaciones neoliberales ortodoxas,
organizadas en el denominado "Consenso de Washington"
de 1989,(5) condujo por su parte a un estado de cosas que diez
años después, por su explosividad potencial, empezó
a convertirse en preocupación central de organismos multilaterales
y gobiernos: el aumento de la pobreza, el desempleo y la concentración
del ingreso.(6) Esto ha sido claramente reflejado en la "Cumbre
del Milenio" celebrada en septiembre de 2000 que fijó
un conjunto de metas internacionales de desarrollo -centradas
en (i) bienestar económico, (ii) desarrollo social y (iii)
sostenibilidad y regeneración ambiental- y reapareció
con fuerza contenida en la Conferencia Internacional sobre la
Financiación para el Desarrollo efectuada en Monterrey
en marzo de 2002.
Se sumó a ello, como contexto general, la rearticulación
del escenario mundial propiciada por la extinción de la
Unión Soviética y el bloque de la Europa socialista
así como por el afianzamiento de las finanzas, los mercados
y los productos culturales globales asentado en la creciente utilización
de las nuevas tecnologías de la información y la
comunicación resultantes de la convergencia entre microelectrónica,
informática y telecomunicaciones.
Frente a ese panorama, cada vez más complejo y en permanente
mutación, no solamente los mapas cognitivos de la
política han sido erosionados(7) sino también aquellos
de que disponía el periodismo. De ahí que emerja
la pertinencia actual de las preguntas en torno a lo que medios
de información y periodistas deben (o pueden) hacer en
un cuadro de intensa y multifacética conflictividad social.
El conflicto, contexto y matriz
El conflicto, que puede ser definido como la pugna abierta,
encubierta o latente por el acceso a recursos y/o por la oposición
de valores y creencias, es sin duda un elemento constitutivo de
la vida social, pues ni la igualdad ni la homogeneidad son una
realidad. En este entendido, no son admisibles los enfoques que
reducen el conflicto a una suerte de anomalía explicable
apenas desde la infracción de las normas de convivencia
o a partir de ciertas inclinaciones subjetivas y patológicas
de algunos actores sociales.
Asumidos estos supuestos iniciales, es igualmente factible señalar
al conflicto como el marco general en que trabaja el periodismo
y, por tanto, como la matriz de las diferentes materias de que
se ocupa y de los modos en que las formaliza, es decir, en que
lleva a cabo su selección, jerarquización y codificación
para informar (describir), opinar (juzgar) o interpretar (analizar,
explicar y proyectar).
Pero es indispensable dejar establecido, asimismo, que la actividad
periodística -con sus organizaciones y operadores- no sólo
es un locus para la observación y valoración
"imparciales" de los conflictos, sino al propio tiempo
un espacio para la intervención activa en la conflictividad
social.
En síntesis, y aunque se pueda pecar por simplificación,
no hay periodismo sin conflicto y a la inversa, en la época
actual, casi no existe conflicto al margen del periodismo (la
visibilización del conflicto es un factor sine qua non
de su gestión).
El conflicto en democracia
Aproximadamente hasta la primera mitad de la década de
1980, bajo la presencia de regímenes autoritarios en buena
parte de Latinoamérica, era posible pensar que se tenía
un conflicto principal al que se supeditaban todos los demás:
la recuperación de las garantías y libertades constitucionales,
cuya índole era política.
La transición hacia el sistema democrático y la
ejecución de los PAE provocaron un importante desplazamiento
de la conflictividad de la dimensión política a
la socioeconómica, ya que los sectores sociales, que se
fragmentaron o aumentaron sus divisiones luego de alcanzada la
apertura constitucional, comenzaron a exteriorizar sus demandas
de empleo, salariales, educación, salud u obras de infraestructura
o saneamiento básico por separado sin llegar a articular
movimientos unitarios fuertes y de larga duración en ningún
caso.
Como se sabe, esta dinámica -vista por algunos como un
efecto perverso de la democracia- fue estimulada por el debilitamiento
de las izquierdas tanto como por la "despolitización"
y el individualismo pragmático de que vino aparejada la
distensión ideológica democrática. Paralelamente,
el ambientalismo y los temas de género y generación,
de innegable carácter transversal, aportaron nuevas fuentes
de conflicto al igual que lo hicieron las revitalizadas cuestiones
étnico-culturales.
En el plano internacional la conflictividad quedó estructurada
en base a dos ejes: uno, concerniente particularmente a las relaciones
América Latina-Estados Unidos de Norteamérica, está
compuesto por la identificación de tres "enemigos"
sustitutos del comunismo que son las migraciones ilegales, el
tráfico de drogas y el terrorismo,(8) y otro, referido
a intereses de escala planetaria, tiene que ver con cinco "problemas"
reconocidos en el control de los mercados globales, la pobreza,
el daño ecológico, la corrupción y los riesgos
que afronta la democracia.
De esta forma, la (re)democratización ha modificado la
composición de los conflictos y los ha diversificado -al
menos dentro de los países- en sus orígenes y agentes.
No obstante, y siempre para el caso latinoamericano, se podría
sostener que las dificultades comunes se vinculan con la inestabilidad
política, la debilidad institucional, el deterioro económico,
la exclusión social y la desatención de las urgencias
poblacionales básicas.
Lo que hay en democracia, por ende, son conflictos (en plural),
la mayoría de los cuales se manifiesta, por el momento,
sin conexión evidente entre sí.
El periodismo en democracia
Medios de información y periodistas, en términos
gruesos, se habían alineado más o menos explícitamente
en uno u otro bando cuando el conflicto central enfrentaba autoritarismo
a democracia.
Las estructuras mediáticas tradicionales de América
Latina respondieron, casi sin excepción, al modelo generado
por la "guerra fría" y surgieron variadas como
restringidas experiencias de periodismo alternativo y popular,
pero más tarde, mientras aquéllas se acomodaron
a las nuevas condiciones que generó el régimen democrático,
los últimos ingresaron en una evidente fase de declinación.
La reposición o conquista de las libertades constitucionales,
que pronto se vinculó con la liberalización económica,
facilitó la multiplicación de los medios empresariales
(radioemisoras en frecuencia modulada y televisoras locales, fundamentalmente)
y la consolidación financiero-económica de las empresas
comunicacionales y periodísticas más grandes. A
propósito, es sintomático el consenso que existe
en torno a que el decenio de 1980, "perdido" para Latinoamérica
en términos de crecimiento económico por la crisis
de la deuda exterior, fue más bien "ganado" en
lo relativo a la expansión de la infraestructura y los
negocios mediáticos.
Igualmente, la democracia halló en los mass-media
otro espacio para el ejercicio de la ciudadanía, hecho
que potenció de modo notable a los medios audiovisuales
a medida que aumentaba el descrédito de las instituciones
del sistema político y sus protagonistas. Gracias a eso,
en no pocos casos la radio y la televisión se han convertido
en mediadores efectivos y hasta en gestores de demandas ciudadanas(9)
así como en reemplazantes de los parlamentos en materia
de fiscalización del desempeño estatal, razones
que junto a su priorización por los partidos en lucha electoral
los han erigido como verdaderos actores estratégicos.
Con todo ello, el periodismo ha ingresado, de facto, en
una lógica distinta sin haberse preparado lo suficiente
e inclusive sin percatarse en serio de lo acontecido y sus consecuencias.
Como le viene ocurriendo a las Ciencias Sociales, todavía
incapacitadas para comprender las transformaciones de su objeto
de estudio convencional, el periodismo tampoco da muestras de
haber encontrado opciones claras para enrumbar su ser y su quehacer.
Periodismo y nueva conflictividad
Sucede, entonces, que las tres posturas típicas que caracterizaron
a medios e informadores durante la etapa pre-democrática
-la del compromiso con el stablishment, la de la militancia
izquierdista de cuño dogmático o la del "negocio
independiente"- no se corresponden más con los rasgos
de las sociedades latinoamericanas contemporáneas. La democracia
ha quebrado las categorías básicas que les daban
sustento y, pese a la predominancia de lo formal sobre lo sustancial
que le distingue en la práctica, está reclamando
una redefinición del periodismo en la región que
no se puede limitar a intentar una simple traslación de
esquemas empresariales y profesionales que funcionan para países
del norte poseedores de pautas y estándares de vida diferentes
como de ejercicio democrático-representativo con trayectoria
y eficacia.
El mayor desafío que tiene América Latina hoy es
construir democracia con desarrollo, esto es, afianzar un sistema
igualitario de derechos y deberes ciudadanos de forma simultánea
a posibilitar el crecimiento económico con redistribución
equitativa. Lo primordial de la nueva conflictividad social gira
alrededor de este núcleo y es ahí donde el periodismo
tendría que buscar su nuevo horizonte de sentido sin desvincularse,
por supuesto, de las cuestiones que plantea el mundo globalizado.
Esto significa que el periodismo, como servicio de interés
público que es, no puede (¿no debe?) rehuir la necesidad
de un compromiso concreto.
Obviamente, aún es posible que los que así lo prefieran
se refugien en las fórmulas conservadora-objetivista, sensacionalista
o simplemente light, mas en ninguna de tales versiones
un medio ni un informador habrán abandonado la condición
de engranajes en maquinarias deliberada o ingenuamente incomprendidas.
Las actuaciones del periodismo
El periodismo, como parte de su obligación de recomponer
sus mapas cognitivos,(10) tiene así mismo que autoconcebirse
más complejamente y no apenas como una actividad técnica
y neutral de transmisión de hechos. El periodismo no es
una forma o un "método" de conocimiento,(11)
sino más bien el producto de una forma dada de conocimiento,
y es una mediación sólo desde el punto de vista
de que brinda soporte físico para el intercambio de significaciones
y sentidos.(12)
Aun sin proponérselo, y debido a que opera en el ámbito
de la simbolización, el periodismo produce representaciones
sobre las manifestaciones de la conflictividad social y, por esa
vía, interviene en esa dinámica de fuerzas.
Todos sus contenidos, sea que aspiren a reproducir lo real, que
se pronuncien al respecto o que busquen explicarlo desde alguna
lógica, traducen inevitablemente un trabajo de construcción
simbólica que remite a los conflictos, hablando de ellos,
participando en su proceso e incluso propiciándolos. Se
trata, por tanto, de que además de hacerse cargo de los
"conflictos noticiables" (Borrat) para alimentar sus
flujos discursivos, el periodismo es un actor de las relaciones
sociales conflictivas que se guía por estrategias tanto
propias como concertadas y que recurre a diversas tácticas
de formalización de la realidad parcelada y de producción
de verosimilitud.
La inserción de la actividad periodística en el
contexto de la conflictividad social, la aceptación de
que ésta constituye su referente primordial y el reconocimiento
de su intervención activa en la trama de conflictos implican
una comprensión de mayor pertinencia de esta profesión,
sus medios y operadores, que aquella ofrecida por los convencionalismos
que suelen reducirla a una práctica de naturaleza quijotesca
y hasta mesiánica o que aquella otra más bien fundada
en la sospecha de la conspiración constante.
Periodismo para la ciudadanía
Si la ciudadanía es "la reivindicación y reconocimiento
de derechos y deberes de un sujeto frente a un poder" (Garretón,
1995:102) y si ello constituye a un solo tiempo una base para
la democracia y un factor del desarrollo, el periodismo latinoamericano
no puede menos que incorporar esta noción en su propia
reconceptualización.
La gran contribución que está al alcance del periodismo
en beneficio de una democracia comunicada y una ciudadanía
informada y participante, y por ende del proceso de desarrollo
humano, consiste en que abra canales equilibrados para la interacción
de los actores de la sociedad, ayude responsablemente a transparentar
la gestión pública, desarrolle su agenda sin desvincularse
de los temas de interés colectivo y aliente la intervención
activa y documentada de los ciudadanos en la deliberación
sobre los asuntos de afectación generalizada.
El periodismo, como condición previa para la consideración
singular de los hechos, requiere tener una visión de los
procesos y un proyecto societal democrático que le permitan
administrar la incertidumbre y actuar coherentemente en la trama
de conflictos de que se nutre y en la que habita.
Los papeles de los medios periodísticos y los informadores,
en este tiempo de desconcierto y volatilidad, no son algo que
haya que recuperar sino el objeto de una reinvención indispensable
y, por si acaso, inaplazable.
NOTAS
1. Estas orientaciones remiten respectivamente al modo clásico
estadounidense (funcionalista), a la crítica marxista y
a las propuestas de la iglesia católica acerca de los propósitos
asignables al periodismo.
2. En los últimos diez años, sin tomar en cuenta
otras expresiones menores de esta situación, se han registrado
la destitución de Fernando Collor de Mello (Brasil, 1992),
la suspensión y posterior apresamiento de Carlos Andrés
Pérez (Venezuela, 1993), la destitución de Abdalá
Bucaram (Ecuador, 1997), la caída y asilo de Raúl
Cubas (Paraguay, 1998), el "derrocamiento constitucional"
de Jamil Mahuad (Ecuador, 2000), la "fuga" de Alberto
Fujimori (Perú, 2001), el procesamiento por corrupción
de Carlos Saúl Menem (Argentina, 2001), la oportuna renuncia
por enfermedad del ex dictador Hugo Banzer Suárez (Bolivia,
2001), la dimisión por incapacidad de Fernando de la Rúa
(Argentina, 2001) y el derrocamiento y posterior "contragolpe
constitucional" de Hugo Chávez (Venezuela, 2002).
3. La encuesta anual hecha por Latinobarómetro entre julio
y agosto de 2001 en 17 naciones latinoamericanas estableció
un descenso de 10.4 puntos en la adhesión ciudadana a la
democracia y una subida, del 17.2 al 19.1, en la disposición
a preferir, "en ciertas circunstancias", un gobierno
autoritario. Cfr "The Latinobarometro poll. An alarm call
for Latin America's democrats", en http://www.economist.com/displayStory.cfm?story
4. ¿Cfr. "Transparency International 2001 Corruption
Perceptions Index" en www.globalcorruptionreport.org
5. Este conjunto de políticas sistematizado bajo este nombre
por John Williamson implica, entre otras "sugerencias",
la eliminación de los subsidios, la reestructuración
del gasto público con disminución de la inversión
social, la liberalización amplia de las finanzas y el comercio,
la privatización y la desregulación.
6. Cfr. CEPAL (2001).
7. Una exposición muy rica a este respecto se encuentra
en Calderón y Lechner (1998).
8. Desde el 11 de septiembre de 2001, cuando tres aviones civiles
desviados presumiblemente por fundamentalistas musulmanes hicieron
impacto en Nueva York y Washington provocando miles de muertos
y millonarias pérdidas materiales, la Casa Blanca ha encontrado
en el terrorismo al mejor argumento para su política exterior
de fuerza y está empeñada en etiquetar como terroristas
a quienes se oponen a la continuación de sus intentos hegemónicos
en el mundo.
9. Una situación límite a este respecto se registró
en Bolivia el 8 de abril de 2000, cuando dos redes nacionales
de TV y ante el vacío de autoridad estatal que se presentó
tras las movilizaciones sociales que exigían agua para
la ciudad de Cochabamba, la atención a un pliego petitorio
campesino e incrementos salariales para los profesores de la educación
pública y para los policías de baja graduación
en la ciudad de La Paz tomaron a su cargo la organización
y la conducción de las negociaciones entre los sectores
en conflicto, representantes de la iglesia católica y autoridades
locales o jefes militares y policiales, con lo que contribuyeron
a bajar los ánimos, evitar el estallido de violencia que
se presentía (de todos modos hubo un muerto y más
de 40 heridos) y abrir canales para la comunicación. El
gobierno del entonces presidente Banzer sólo atinó
a decretar un estado de excepción que nadie acató
y tuvo que ser suspendido una semana después.
10. "El mapa es una representación similar de la realidad
mediante la cual estructuramos una trama espacio-temporal. Los
mapas nos ayudan a delimitar el espacio, trazar límites,
medir distancias, establecer jerarquías, relevas obstáculos
y discernir condiciones favorables. Conociendo el marco espacial,
podemos hacer mejor uso del tiempo. Los mapas nos permiten visualizar
prioridades, fijar metas y diseñar trayectos adecuados
al terreno. En fin, contribuyen a enfocar las cosas en sus debidas
proporciones" (Calderón y Lechner, 1998:52).
11. La propuesta inicial a este respecto proviene del estadounidense
Robert Park, que en la década de 1940 se refirió
a las limitaciones sincrónicas de la noticia (Cfr. Genro,
1989), y otras pretensiones teorizantes recientes insisten en
esta falsa apreciación.
12. Por tanto, hablar del periodismo como mediación -salvo
que cumpla circunstancialmente una función mediadora en
la negociación de otros actores como la reseñada
en la nota 9- no equivale a decir que "esté al medio",
es decir, en el justo medio entre dos posiciones opuestas.
Bibliografía consultada
Álvarez, Carlos, Fundamentos teóricos del Public
Journalism, Universidad Austral, Buenos Aires, 1999.
Borrat, Héctor, El periódico, actor político,
Edit. G. Gili, S.A., Barcelona, 1989.
Calderón, Fernando y Lechner, Norberto, Más allá
del Estado, más allá del mercado: la democracia,
Edit. Plural, La Paz, 1998.
Calderón, Fernando et at. Esa esquiva modernidad. Desarrollo,
ciudadanía y cultura en América Latina y el Caribe,
Edit. Nueva Sociedad, Caracas, 1996
CEPAL, Panorama Social de América Latina 2000-2001, CEPAL,
Santiago de Chile, 2001.
Garretón, Manuel, "Democracia, ciudadanía y
medios de comunicación. (Un marco general)", en Varios
autores, Los medios, nuevas plazas para la democracia, Calandria,
Lima, 1995, pp. 97-108.
Muraro, Heriberto, Políticos, periodistas y ciudadanos,
Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1998, 1ª
reimp.
Torrico, Erick, Periodismo, apuntes teórico-técnicos,
Imp. Andina, La Paz, 1989.
Torrico, Erick, La comunicación desde la democracia, Artes
Gráficas Latina, La Paz, 1995.
* Erick R. Torrico Villanueva.
Dirige la maestría en Comunicación y Desarrollo
en la Universidad Andina Simón Bolívar, en La Paz-Bolivia.

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