Programa Andino
de Derechos Humanos

 

 

EDITORIAL
Desmontar la razón para que el derecho al desarrollo
sea una realidad

 

Hay épocas en las que el sentido de la historia está atravesada por la razón; mejor dicho, la razón parece ser ese baluarte desde el cual se descifra el sentido. Solo tiene sentido lo que es racional o lo parece. En esta época, lo más parecido a la razón es la racionalidad instrumental fraguada desde las cúpulas del poder y que se ha tratado de introducir a toda costa a las sociedades y Estados. El hombre, desde esta perspectiva, debía ser forzosamente racional, apuntar a fines racionalmente definidos y escoger los medios adecuados para alcanzarlos.

La economía y la política (ambas reinvenciones modernas) eran los espacios privilegiados para reflejar esta primacía de la razón: la una como hija preferida, a la derecha; la otra, como su vástago siniestro. La economía y política racional han fracasado. La época, esta época, es una demostración del fracaso de la razón. Si la historia no se encierra en un tiempo abstracto y homogéneo que se debe leer solamente desde los que se han definido como el "norte", para los que nos ubicamos al sur esta época es la demostración de la razón fracasada. También es la demostración del fracaso de la lectura del tiempo único, lineal, sometido a un espacio abstracto que se identifica azarosamente con el tiempo y el espacio de los países desarrollados.

Argentina está hundida en la peor crisis de sus historia: una de las economías del bienestar más importantes del mundo unas décadas atrás, ha descubierto, brutalmente, que tiene mendigos, niños que comen tierra, desamparados, muertos de frío, jubilados, estafados por los bancos, campesinos, mujeres, a más de tahúres y reinas de belleza. Uruguay ha regresado a las épocas económicas más duras, quizás como una suerte de homenaje a otra clase de dictadura, esta vez más terrible que las anteriores: el FMI y el BC (los unos, supuestamente, agentes de la "inteligenzia", los otros, sus detractores).

Bolivia, destrozada por la apertura irrestricta de su mercado interno ha sido arrasada en sus economías regionales y, con ello, se ha destrozado y arrasado la seguridad alimentaria de la población campesina y pobre. Bolivia, como Ecuador, ha visto la emergencia de otros actores negados históricamente: los indios, los negros, los campesinos sin tierras, cocaleros, portadores de designios milenarios y de un lenguaje para hablar con los cerros ocres y rojizos del altiplano y del páramo. Este lenguaje como el carnaval y las ofrendas al "tiu" y a la "pachamama", son irracionales, no instrumentales. Niegan el tiempo abstracto; no convocan a un espacio inconmensurable en el que solamente caven las voces del capital y de sus epígonos, es decir, de sus cómplices y sus aliados.

Colombia ha decretado la "conmoción nacional" y, bajo esta figura, el nuevo gobierno ha declarado la guerra a todos. La guerra en Colombia es el mejor homenaje que, desde este lado del mundo, se puede hacer a la razón. La razón no es racional, la razón aplicada al sur no es instrumental o si se prefiere, la guerra es la mejor manera de hacer efectiva la razón instrumental, por lo tanto es su propio cadalso. Nuestra historia es una negación de la historia universal en la que, los problemas de esta parte se resuelven en la convocatoria oscura a una-otra parte. Pero, además, es una negación del sentido que encierra y que ha sido forzada a experimentar. La razón no tiene sentido. El sentido que ha desatado esta razón es irracional y paranoico. La razón ha clausurado en esta época un sentido que abrió hace siglos y por cuyo despeñadero se lanzó sin compromisos y sin ataduras. Hay que cerrar el paso a esa razón, a los proyectos que la convocan, a las teorías que la enuncian, a los sistemas que lo sostienen.

Quizás, por eso mismo, es necesario empezar a desmontar la razón y los dispositivos económicos y políticos en los que se fundamenta. Tal vez, por eso mismo, conviene enarbolar la crítica, conviene empezar a hablar de derechos humanos, como el ámbito en que se pueden forjar a través de la lucha y la movilización, nuevos reconocimientos para que la gente no pase hambre, frío; para que tenga trabajo, una vida digna; pueda hacer florecer las retamas y las ilusiones; para que los pueblos vean que el futuro es posible; para que el derecho al desarrollo sea una realidad y no una declaración ubicua. Para que no se convoque a la paz desde las armas y para que no se construyan desde la represión nuevas formas de opresión, como otra suerte de infiernos. Para que las selvas sigan siendo espacios de encuentro y de ofrenda hacia otros espacios simbólicos intangibles desde el cual los hombres se descifran y se reconocen.

Para poder seguir hablando de los derechos humanos como un discurso que tiene contenido se ha generado este espacio. Ha surgido también como un esfuerzo colectivo para buscar otras formas de democracia y otras maneras de construcción de la historia. Tal vez por eso, esta oferta amplia, heteróclita, difusa, ha desatado o intenta desatar nuevas consignas que esperamos quieran debatirlas quienes lo leen y quienes pueden contarlas a los que no tienen tiempo ni ganas de hacerlo, aunque escuchan los ecos que convoca y las banderas que desata.

Roque Espinosa
Coordinador Regional PADH-UASB
Quito, agosto 2002

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