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Excelentísimos:
Que en el mundo haya hoy 815 millones de hambrientos, es realmente
un crimen. Que los propósitos que acordamos casi seis años
atrás estén cada vez más lejos de ser cumplidos,
es una vergüenza.
Cuando en 1996 acordamos en esta misma sala trabajar para que
en el año 2015 fueran 400 y no 800 los millones de hambrientos,
resultó ser no sólo una modestísima meta,
sino por lo visto un propósito inalcanzable. En vez de
disminuir los 20 millones de hambrientos por año que nos
propusimos, sólo se han reducido 6 millones como promedio,
y en dos terceras partes de los países subdesarrollados
las cifras no disminuyeron e, incluso, en algunos casos crecieron.
Al ritmo que vamos, se necesitarán más de sesenta
años para lograr el objetivo que nos propusimos aquella
vez. Mientras tanto, en esas seis décadas morirán
de hambre 720 millones de personas. Cada año morirán
por causas evitables 11 millones de niños menores de 5
años y 500 mil quedarán ciegos por falta de vitamina
A.
Para ese momento, en nuestro planeta vivirán ya más
de 10 mil millones de personas. ¿Qué ocurrirá
entonces si hoy, aun produciendo alimentos suficientes, disponiendo
de tecnologías cada vez mejores y de más tierras
agrícolas que las que tendremos en ese momento, somos incapaces
siquiera de evitar que mueran cada año millones de seres
humanos por hambre?
Las causas de este genocidio se encuentran en la imposición
al resto del mundo, por una minoría opulenta y privilegiada,
de un sistema de relaciones económicas internacionales
cada vez más injusto y excluyente, y por demás insostenible.
No podrá eliminarse el hambre mientras los países
del Tercer Mundo, que es donde están los hambrientos, tengan
que seguir dedicando la cuarta parte de sus ingresos por exportaciones
a pagar una deuda que ya han pagado casi dos veces y es ahora
casi el doble de lo que era hace diez años. ¡La deuda
externa del Tercer Mundo tiene que tener una solución justa
y definitiva!
No podrá eliminarse el hambre mientras los países
subdesarrollados vendamos cada vez más baratos nuestros
productos y paguemos cada vez más caras nuestras importaciones;
mientras no recibamos un trato justo, especial y diferenciado;
mientras los países desarrollados no renuncien a cerrarnos
sus mercados con aranceles y pretextos proteccionistas de todo
tipo. ¡Los países desarrollados tienen que abrir
sus mercados y propiciar nuestras exportaciones!
No podrá eliminarse el hambre mientras persista el actual
sistema financiero internacional que estimula la especulación
y saquea a nuestros países; mientras los países
pobres estemos obligados a dejar de comer para acumular reservas
financieras en los bancos de los países ricos, que se evaporan
cuando tratamos de defender nuestras monedas; mientras el Fondo
Monetario Internacional vele, al precio de nuestra hambre, por
el dinero de los ricos y los especuladores y no por los intereses
de todos. ¡Es imprescindible demoler el actual orden financiero
internacional!
No podrá eliminarse el hambre mientras millones de familias
hambrientas en el Tercer Mundo continúen cultivando la
tierra como sus antepasados hace siglos; mientras no reciban semillas
genéticamente mejoradas, mientras no tengan acceso a nuevas
tecnologías de riego, fertilización y lucha contra
las plagas, que ya están hoy disponibles en los países
desarrollados; mientras no puedan transportar y almacenar sus
cosechas. El conocimiento para producir alimentos, que salvarán
la vida de millones de seres humanos, no debería ser jamás
una mercancía. ¡Los países desarrollados,
dueños de nueve de cada diez patentes, tienen que renunciar
a su dominio monopólico del conocimiento, tienen que transferir
gratuitamente estas tecnologías a los productores de los
países subdesarrollados!
No podrá eliminarse el hambre mientras los países
desarrollados, en vez de financiar la formación de nuestros
recursos humanos, roben a los países pobres sus ingenieros,
técnicos e incluso ya hasta sus enfermeras y sus maestros
primarios. Ya no se trata de ver con dolor a nuestros atletas,
obligados por el dinero de los países ricos, compitiendo
bajo sus banderas; se trata ahora del personal calificado imprescindible
para la supervivencia de nuestros pueblos. ¡Los países
desarrollados tienen que renunciar al saqueo voraz de nuestras
inteligencias!
No podrá eliminarse el hambre mientras se inviertan en
el mundo más de 800 mil millones de dólares anuales
en gastos militares. Los países desarrollados, que son
los que más gastan en armas y los que venden las armas
a los pobres, tienen la responsabilidad de propiciar que estos
recursos se destinen al desarrollo, y no a la guerra. La única
superpotencia, que gasta sola casi tanto como el resto del mundo,
debería dar el ejemplo y actuar de manera exactamente contraria
a como lo está haciendo ahora.
No podrá eliminarse el hambre mientras no fluyan recursos
financieros frescos y suficientes para estimular las inversiones
rurales y la producción agrícola en nuestros países;
mientras los países desarrollados calmen sus conciencias
con vagos ofrecimientos a largo plazo y no se dispongan a cumplir
de inmediato con su compromiso de dedicar el 0,7 por ciento de
su PIB a la ayuda oficial al desarrollo. Las promesas de Monterrey
son apenas una aspirina para un moribundo. ¿Cómo
va a ser posible disminuir los hambrientos en el mundo si en la
última década han caído a la mitad tanto
el volumen de asistencia oficial al desarrollo como los préstamos
de organismos financieros internacionales que se destinan a la
agricultura en el Tercer Mundo?
No podrá eliminarse el hambre, e incluso crecerá
el número de hambrientos, mientras los ricos no cambien
sus patrones de consumo, derrochadores de recursos y destructores
del medio ambiente. Los países desarrollados son los principales
responsables de poner en práctica medidas universales y
eficaces que permitan asegurar, de forma sostenible, el derecho
al desarrollo para todos, la explotación racional de los
recursos y el cese de esta absurda y demencial agresión
que pone en peligro creciente la vida del planeta y la de nuestros
hijos.
Señor Presidente:
Apoyamos la convocatoria a construir una coalición internacional
contra el hambre. Sin embargo, el dinero está en manos
de un pequeño número de países presentes
en esta sala, que agrupan apenas el 15 por ciento de la población
mundial, que se han desarrollado sobre la base de nuestro sufrimiento
y nuestra hambre, y que son hoy los principales beneficiarios
del actual orden mundial. ¿Será ésta una
conferencia más, otro peldaño en la interminable
escalera de promesas no cumplidas, o será por fin el inicio
de una verdadera coalición basada en la ética, la
solidaridad y el sentido común?
Reconocemos también la gestión de la FAO y los nobles
esfuerzos de su Director General. Las dificultades que él
está enfrentando para reunir apenas 500 millones de dólares
para ayudar a financiar la asistencia técnica en países
del Tercer Mundo, dan una idea de cuánto egoísmo
e insensibilidad tenemos que vencer todavía.
¿Podremos obtener los 24 mil millones de dólares
anuales necesarios para reducir a la mitad en el 2015 el número
de hambrientos, acordando un mínimo impuesto al millón
de millones de dólares que gastan hoy las transnacionales
en publicidad comercial o a los 3 millones de millones de dólares
que se mueven diariamente en la especulación financiera,
o dedicando parte de los 350 mil millones dedicados a subsidios
agrícolas en los países desarrollados o de los casi
400 mil millones de dólares que destina un solo país
a gastos militares?
Los pobres, que somos mayoría en esta sala, seguramente
estaremos de acuerdo. Los ricos son los que deben responder.
Muchas gracias.
Fuente: http://granma.co.cu/2002/06/12/interna

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