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Responder a la reacción violenta
"El papel que ustedes desempeñaban se ha venido abajo
junto con las Torres Gemelas de Nueva York." Esta aplastante
afirmación de un alto cargo gubernamental a un grupo de
delegados de Amnistía Internacional resume el reto que
afronta el movimiento de derechos humanos tras los acontecimientos
del 11 de septiembre del 2001. ¿Es cierto que los atentados
cometidos en Estados Unidos y la reacción que suscitaron
en los gobiernos y la opinión pública convierten
a los derechos humanos y su defensa en algo irrelevante? ¿Ha
traído la "guerra contra el terrorismo" un cambio
significativo en la obligación y el interés de los
Estados de respetar los derechos humanos y el derecho internacional
humanitario?
No cabe duda de que, tras el 11 de septiembre, algunas partes
del mundo se han convertido en un medio mucho más hostil
para el activismo en favor de los derechos humanos, lo que supone
un revés para los logros de muchos años. Pero en
algunos lugares el triste panorama de represión y abusos
resulta harto familiar. Millones de personas continuaron padeciendo
abusos a lo largo del año, y varios millones más
seguían sufriendo las consecuencias de actos de genocidio
y otras atrocidades perpetradas en el pasado. Ya fuera en el contexto
de nuevas amenazas o de abusos que venían cometiéndose
desde hacía tiempo, la universalidad e indivisibilidad
de los derechos humanos proclamados internacionalmente fueron
puestas en tela de juicio una y otra vez, y a menudo se incumplió
abiertamente la obligación de hacer justicia, acabar con
la impunidad y practicar la rendición de cuentas.
A medida que la "guerra contra el terrorismo" fue dominando
el discurso de la prensa mundial, los gobiernos empezaron a representar
a los derechos humanos como un obstáculo para la seguridad
y a los activistas de derechos humanos como idealistas románticos
en el mejor de los casos, y en el peor como "defensores de
terroristas". Sin embargo, precisamente debido a estas presiones,
la función de los activistas de derechos humanos, lejos
de haberse reducido, ha cobrado mayor urgencia e importancia.
La seguridad y los derechos humanos
El horror, la indignación y el pesar causados por los
atentados del 11 de septiembre empujaron a la opinión pública
a clamar por un castigo para los responsables y medidas preventivas
frente a ataques semejantes. El hecho de que la tragedia se desarrollara
en las pantallas de televisión de todo el mundo acrecentó
la sensación de que nadie estaba a salvo.
Los gobiernos, sacudidos por el descubrimiento de su vulnerabilidad
ante agresiones imprevistas, reaccionaron adoptando una gran diversidad
de medidas, legislativas y de otra índole. Muchos se apresuraron
a aprobar leyes que tipificaban nuevos delitos, prohibían
la existencia de ciertas organizaciones y congelaban sus bienes,
coartaban los derechos civiles y limitaban las salvaguardias frente
a las violaciones de derechos humanos. Por desgracia, varias de
estas leyes recurrían a una definición de "terrorismo"
peligrosamente amplia y ambigua. Algunas, por ejemplo, no definían
claramente la conducta prohibida y, por tanto, permitían
criminalizar actividades pacíficas. En Corea del Sur, el
gobierno presentó un proyecto de ley "antiterrorista"
criticado por los grupos de derechos humanos por coartar el derecho
a la libertad de expresión y de reunión. En Jordania,
las autoridades modificaron el Código Penal para ampliar
la definición de "terrorismo", introducir delitos
de ambigua tipificación, restringir la libertad de expresión
y ampliar el número de delitos punibles con la muerte.
En la India, la nueva Ordenanza sobre Prevención del Terrorismo
dotaba a la policía de amplios poderes para practicar detenciones
y permitía privar de libertad durante periodos de hasta
seis meses, sin cargos ni juicio, a las personas de las que se
sospechaba por motivos políticos. La Ordenanza también
confería inmunidad procesal a los funcionarios del gobierno
y del ejército, así como de fuerzas paramilitares,
por cualquier acto realizado "de buena fe" en el curso
de la lucha contra el "terrorismo".
En algunos lugares del mundo, como los países donde las
fuerzas armadas habían impuesto una represión generalizada
y habían cometido violaciones de derechos humanos en el
pasado, después del 11 de septiembre se observó
un resurgimiento del poder militar. Un número cada vez
mayor de civiles fueron detenidos por el ejército y juzgados
por tribunales militares. De modo creciente, fuerzas militares
y servicios de información y seguridad que no rendían
cuentas de sus actos asumían funciones de orden público
y llevaban a cabo operaciones de inteligencia cuyo blanco era
la población civil.
En la ONU, el Consejo de Seguridad adoptó la resolución
1373, que establecía una serie de medidas legislativas
y de otra índole que los Estados debían adoptar
con el objeto de prevenir y erradicar el "terrorismo".
El Consejo de Seguridad creó el Comité de la Lucha
contra el Terrorismo para evaluar los progresos de los Estados,
los cuales están obligados a presentarle informes. Ni el
Consejo de Seguridad ni el propio Comité de la Lucha contra
el Terrorismo recordaron a los Estados la obligación que
habían contraído en virtud de la Carta de las Naciones
Unidas de respetar los derechos humanos reconocidos internacionalmente,
ni los asesoraron sobre los medios de hacerlo. El llamamiento
de la alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, Amnistía
Internacional y otras organizaciones para que ofrecieran dicho
asesoramiento fue desoído, con lo que la doble obligación
de la ONU de mantener la seguridad internacional y promover los
derechos humanos proclamados internacionalmente amenazaba con
transformarse en una dicotomía difícil de resolver.
La facilidad con que los gobiernos sacrifican los derechos humanos
en el altar de la seguridad no es algo nuevo. En el pasado se
ha esgrimido con frecuencia la doctrina de la seguridad nacional
para negar los derechos humanos, pero esta vez vemos con inquietud
que no han sido regímenes autocráticos sino democracias
establecidas las que han tomado la iniciativa en la aprobación
de leyes draconianas para coartar los derechos civiles en nombre
de la seguridad pública. En el Reino Unido, el gobierno
aprobó legislación de "excepción"
que permitía recluir sin cargos ni juicio a ciudadanos
extranjeros, creando así un sistema de justicia penal paralelo
que no ofrecía las garantías esenciales del sistema
ordinario. Por su parte, Estados Unidos aprobó legislación
que permitía detener por tiempo indefinido, por motivos
de seguridad nacional, a ciudadanos extranjeros que afrontaran
la expulsión del país.
Amnistía Internacional reconoce el derecho y la obligación
de los Estados de proteger a sus ciudadanos, pero no cree que
se deba renunciar a los derechos humanos a cambio de la seguridad.
La dicotomía entre seguridad y derechos humanos es una
dicotomía falsa. Las normas internacionales obligan a los
Estados a proteger a las personas, y los derechos proclamados
en esas normas, como el derecho a la vida y a no ser sometido
a tortura, no son más que otra manera de describir la seguridad
que las personas esperan que su gobierno les proporcione. Éstos
no son derechos separados que deban garantizarse a costa de otros
derechos: en los principales tratados de derechos humanos, como
el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos,
forman parte de un conjunto integrado de derechos que los Estados
tienen el deber de respetar. Algunos de ellos pueden restringirse
en circunstancias muy específicas, pero otros son absolutos,
incluso en situaciones de emergencia pública.
Es preciso imprimir un nuevo rumbo al debate sobre la seguridad
y los derechos humanos, pues éstos no constituyen un obstáculo
para la seguridad y la prosperidad sino, por el contrario, la
clave para alcanzarlas. La seguridad humana sólo se consigue
mediante el respeto a los derechos humanos y el cumplimiento de
la ley. Los derechos humanos son el cimiento de los Estados fuertes
y responsables, y sin ellos no puede haber estabilidad política
o económica ni progreso social. Este año se ha hecho
más patente que nunca el hecho de que, si se sacrifican
los derechos humanos en aras de la paz y la seguridad, no habrá
ni paz ni seguridad. Por lo tanto, el reto para los Estados no
reside en contraponer la seguridad a los derechos humanos, sino
en garantizar el respeto de todo el conjunto de los derechos humanos.
La universalidad de los derechos humanos
El derecho a la vida, a la integridad física y mental,
a no ser detenido arbitrariamente, a la libertad de expresión
y a vivir libre del temor y de la miseria son derechos inalienables
de todo ser humano. Los derechos de una persona no pueden basarse
en la pérdida de derechos de otra persona. No obstante,
en el 2001 varios gobiernos restringieron los derechos de los
extranjeros o de los ciudadanos nacidos en el extranjero en nombre
de la protección de los derechos de sus ciudadanos. Gobiernos
de todo el mundo adoptaron medidas represivas sobre las situaciones
irregulares en materia de inmigración y siguieron endureciendo
su política de asilo, socavando así los derechos
de refugiados y solicitantes de asilo y aumentando la probabilidad
de que los inmigrantes se convirtieran en víctimas de abusos
y explotación.
Los países de la Unión Europea plantearon nuevos
obstáculos a las personas que huían de sus países
en busca de seguridad, por ejemplo, aumentando las restricciones
que pesaban sobre la concesión de visados y devolviendo
más personas a terceros países "seguros".
Australia, que ya era blanco de críticas generalizadas
por el trato impartido en su territorio a los solicitantes de
asilo que llegaban por vía marítima, aprovechó
los atentados del 11 de septiembre para justificar la continuación
de su política de detener a los solicitantes de asilo,
centenares de ellos procedentes de Afganistán. Es más,
a finales de septiembre modificó sus leyes para eximir
a ciertos territorios no continentales australianos del cumplimiento
de su legislación sobre refugiados a fin de impedir que
los "refugiados del mar" que llegaban a sus costas pudieran
presentar una solicitud de asilo en aplicación del derecho
australiano. Asimismo, suprimió ciertas garantías
procesales y aumentó la detención de solicitantes
de asilo por tiempo indefinido. Las medidas como éstas
adoptadas por los Estados desarrollados debilitaron toda la autoridad
moral que éstos podrían haber tenido sobre los países
en vías de desarrollo como Pakistán para convencerlos
de que admitieran refugiados. Cuando comenzó el bombardeo
de Afganistán, muchas de las personas que se vieron obligadas
a huir encontraron cerradas las fronteras con los países
limítrofes.
En la "guerra contra el terrorismo", la tendencia ha
sido retratar como "terroristas" a los extranjeros,
especialmente a los refugiados y solicitantes de asilo. El mismo
año en que la ONU celebró su Conferencia Mundial
contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia
y las Formas Conexas de Intolerancia, fue especialmente alarmante
observar cómo se reavivaban las llamas del racismo. Las
leyes y los decretos administrativos que discriminaban a los extranjeros
alimentaron el temor de la población a las amenazas del
exterior. El clima de sospecha fomentado en la opinión
pública estimuló el racismo, la xenofobia, la intolerancia
y la violencia, y acrecentó la sensación de aislamiento
e injusticia de muchas comunidades de inmigrantes o extranjeros.
En Estados Unidos, Canadá, Europa Occidental y en partes
de Asia y de África se atacó a la gente no por lo
que hubiera hecho, sino por ser quien era, por el mero hecho de
ser musulmán, árabe o asiático, o incluso
por parecerlo.
La aplicación de un doble rasero por los gobiernos de las
grandes potencias ha proporcionado argumentos a los que ponen
en tela de juicio la universalidad de los derechos humanos. La
hipocresía y la selectividad de los gobiernos no es un
fenómeno nuevo en el discurso sobre los derechos humanos,
pero estas características se hicieron cada vez más
patentes en la campaña para formar una alianza en la "guerra
contra el terrorismo". Los gobiernos guardaron silencio respecto
a los abusos cometidos por aquellos con quienes contaban o aspiraban
a contar como aliados. Los mismos gobiernos que denunciaban los
abusos cometidos contra las mujeres por el gobierno de los talibanes
en Afganistán no se pronunciaron respecto a la difícil
situación de las mujeres en Arabia Saudí. Los que
condenaban las violaciones de derechos humanos perpetradas en
Irak no protestaron por las cometidas por las tropas rusas en
Chechenia o por las autoridades de Uzbekistán contra musulmanes
que practicaban su culto pacíficamente al margen del control
oficial.
Varios gobiernos se subieron al carro "antiterrorista"
para reprimir la disidencia política. Las autoridades chinas
intensificaron su campaña de represión contra los
uigures en la Región Autónoma Uigur del Sin-kiang
con el pretexto de que estaban vinculados al "terrorismo"
internacional. Las autoridades egipcias adoptaron medidas drásticas
sobre las concentraciones y manifestaciones públicas y
remitieron un número cada vez mayor de civiles a los tribunales
militares para ser juzgados. En Zimbabue, donde el gobierno venía
coartando progresivamente la libertad de prensa, las autoridades
calificaron de simpatizantes de los "terroristas" a
los periodistas internacionales que informaban sobre la oposición
política.
Al centrarse la atención de los medios de comunicación
en la guerra en Afganistán y en las medidas "antiterroristas"
adoptadas en Occidente, las violaciones de derechos humanos y
el aumento de la represión en otras partes del mundo pasaron
en gran medida inadvertidos, lo que exacerbó el planteamiento
tendencioso de la comunidad internacional respecto a los abusos
contra los derechos humanos.
Cuando las prioridades en materia de derechos humanos se pueden
modificar con arreglo a los intereses de las grandes potencias
o a la inconstante atención de los medios de comunicación
internacionales, la universalidad de estos derechos queda en entredicho.
Esto deja abierto el camino al cinismo y la incredulidad y, finalmente,
a un desprecio mayor por los derechos humanos. Hoy más
que nunca, los activistas de derechos humanos deben oponerse a
la dualidad de criterios que aplican las grandes potencias. Debemos
rechazar el concepto subjetivo de "terrorismo" que hace
que los Estados condenen la violencia de sus adversarios y toleren
la de sus aliados. Debemos insistir en aplicar exclusivamente
las normas objetivas de derechos humanos y del derecho internacional.
Nada puede justificar los abusos contra los derechos humanos,
con independencia de si los comete un gobierno, un grupo político
armado, delincuentes internacionales o personas que actúan
en nombre de una religión.
Los activistas de derechos humanos seguirán insistiendo
en la necesidad de respetar y defender la universalidad e indivisibilidad
de los derechos humanos. Básicamente, esto implica que
todas las personas merecen el disfrute de todos los derechos humanos.
Nosotros tomamos en serio todos los abusos contra los derechos
humanos, ya se cometan en un país que ocupa los titulares
informativos o en otro que está alejado de la atención
internacional. A lo largo del 2001, los miembros y simpatizantes
de Amnistía Internacional libraron enérgicas campañas
contra los abusos que se cometían en países como
Argelia, Colombia, la República Democrática del
Congo, Indonesia, Israel y los territorios ocupados, Myanmar y
Turquía. Guiados por los principios de imparcialidad, independencia
y solidaridad internacional, basamos nuestro trabajo en los valores
proclamados en la Declaración Universal de Derechos Humanos
y aplicamos las mismas normas a todos los países.
Justicia para todos
La actuación contradictoria e hipócrita de los
gobiernos tras los atentados del 11 de septiembre fue especialmente
impactante a la hora de llevar a los responsables ante la justicia.
Amnistía Internacional pidió que se hiciera justicia
tanto en el caso de los que planearon, cometieron y colaboraron
en los atentados de Estados Unidos como en el de los que pudieran
haber violado el derecho internacional humanitario en el curso
de la guerra en Afganistán y de los que habían abusado
de los derechos humanos y del derecho internacional a lo largo
de los 23 años de conflicto armado en el país.
Los atentados del 11 de septiembre fueron abusos manifiestamente
graves contra los derechos humanos que, en opinión de Amnistía
Internacional, se deberían considerar crímenes contra
la humanidad. Asimismo, nuestra organización cree que,
habida cuenta de la dimensión internacional de los ataques
y de su gravedad, la comunidad internacional en su conjunto tiene
interés en que los responsables sean llevados ante la justicia
en procesos que respeten las normas internacionales sobre juicios
justos, sin que quepa la posibilidad de que se imponga la pena
de muerte. Nuestro llamamiento siempre ha sido en favor de la
justicia, no de la venganza.
Las autoridades estadounidenses anunciaron que se iban a crear
"comisiones militares" para juzgar a los extranjeros
sospechosos de participación en actos de "terrorismo
internacional", aunque los ciudadanos de Estados Unidos y
algunos otros seguirían siendo juzgados por el sistema
ordinario de justicia penal. Al terminar el año, el gobierno
estadounidense no había anunciado las reglas por las que
se iban a regir tales comisiones, pero la información disponible
indicaba que se estaba estudiando la posibilidad de permitir pruebas
secretas y testigos anónimos; más aún, las
comisiones podrían imponer la pena de muerte, sin derecho
de apelación. Tales comisiones violarían las normas
internacionales sobre juicios justos, como las disposiciones de
los Convenios de Ginebra, y serían discriminatorias al
aplicarse únicamente a ciudadanos extranjeros.
Por fuertes que sean nuestros sentimientos respecto a quienes
acabaron brutalmente con la vida de miles de personas el 11 de
septiembre, debemos permanecer atentos a los métodos empleados
para llevarlos ante los tribunales. Al condenar a aquellos que
muestran un desprecio flagrante por los principios fundamentales
humanitarios y de derechos humanos, los Estados no deben degradar
estos mismos valores.
Pocas semanas después del 11 de septiembre, Estados Unidos
y sus aliados emprendieron una campaña militar sostenida
en Afganistán. Se trataba de una respuesta sin precedentes
a actos presuntamente cometidos por un grupo político armado.
Con anterioridad, Estados Unidos había respondido a los
"actos de terrorismo" con sanciones, diplomacia, negociaciones
y represalias militares aisladas.
Como activistas de Amnistía Internacional, nuestra función
es examinar la conducta en los conflictos armados a fin de proteger
los derechos humanos. La campaña de bombardeos dirigida
por Estados Unidos contra los talibanes de Afganistán planteó
serios motivos de preocupación por los posibles quebrantamientos
del derecho internacional humanitario que supuso. En particular,
conforme iban aumentando las víctimas civiles, surgieron
dudas respecto a la proporcionalidad de la fuerza empleada. Amnistía
Internacional pidió a las fuerzas armadas estadounidenses
que reforzaran las medidas para reducir al mínimo los riesgos
para los civiles y que investigaran en profundidad los informes
recibidos sobre cualquier incidente que presuntamente hubiera
infringido las normas de conducta durante las hostilidades.
El derecho de los conflictos armados ha sido concebido para proteger
no solamente a los civiles sino también a los combatientes
capturados. Amnistía Internacional presionó para
que se abrieran investigaciones sobre posibles violaciones del
derecho internacional humanitario, como la muerte de centenares
de prisioneros talibanes y miembros de Al Qaeda en un fuerte próximo
a Mazar-e-Sharif en noviembre del 2001. Las circunstancias del
incidente, en el que según informes participaron fuerzas
del Frente Unido (Alianza del Norte), el Reino Unido y Estados
Unidos, no estaban claras. Pero el llamamiento de Amnistía
Internacional y otros grupos de derechos humanos para que las
partes enfrentadas o un organismo internacional llevaran a cabo
una investigación fue rechazado.
En medio del clamor por nuevos medios de hacer frente a las nuevas
amenazas, fue sorprendente la antigüedad de los métodos
empleados en Afganistán: las fotografías de aviones
B-52 y de bombardeos intensivos podrían haber sido hechas
en la guerra de Vietnam. El hecho es que hace décadas que
se vienen registrando abusos graves contra los derechos humanos
por parte de contingentes armados, entrenados y aprovisionados
por otras potencias; no es menos cierto que, desde hace muchos
años, Amnistía Internacional viene solicitando a
los países exportadores de armas que no envíen suministros
a aquellos países que hacen gala de un historial atroz
en materia de derechos humanos. En la crisis de Afganistán,
solicitamos la suspensión de las transferencias incondicionales
de armamento y de experiencia especializada a todas las partes
enfrentadas, y pedimos que se pusiera fin al uso de bombas racimo,
que dejan multitud de subcargas esparcidas sobre una gran extensión
de terreno.
Cuando se estuvieron debatiendo los medios de llegar a un acuerdo
político provisional en Afganistán se planteó
la cuestión de la rendición de cuentas por las violaciones
de derechos humanos cometidas en el pasado, y hubo grupos afganos
y otros que presionaron para que se pusiera término a la
impunidad. Aunque el debate fue intenso, la cuestión de
la impunidad se vio sacrificada en aras del interés pragmático
-y corto de miras- de alcanzar un acuerdo. Sin embargo, en países
como Angola, Argentina, Camboya y Sierra Leona la experiencia
ha demostrado que, a la larga, hacer caso omiso de los abusos
contra los derechos humanos por motivos de conveniencia política
no rinde beneficio alguno.
Consentir hoy la impunidad como parte de un acuerdo político
no conducirá a la estabilidad y el respeto de los derechos
humanos el día de mañana. Amnistía Internacional
considera que es preciso establecer la verdad sobre los abusos
cometidos en el pasado. No debe haber amnistías ni indultos
para los presuntos autores si tales medidas impiden que se conozca
la verdad, que se establezca la culpabilidad o inocencia de los
imputados y que las víctimas y sus familiares obtengan
plena reparación. Los activistas de derechos humanos deben
renovar sus esfuerzos para garantizar el pronto establecimiento
de una Corte Penal Internacional eficaz e independiente y velar
por que todos los Estados acaten su jurisdicción. No es
correcta ni sostenible una situación en la que los poderosos
deciden cómo se va a hacer justicia y sobre quién.
Para los activistas de derechos humanos, no puede haber un compromiso
entre la justicia y la impunidad, ni tampoco un planteamiento
selectivo de la rendición de cuentas.
La indivisibilidad de los derechos humanos
Los trágicos sucesos del 11 de septiembre han servido
de catalizador para que aquellas comunidades de las que procedían
los presuntos autores de los atentados alzaran la voz para comunicar
al mundo sus profundos motivos de agravio. El conflicto entre
Israel y los palestinos es el ejemplo más palmario. Pero,
por encima de los conflictos políticos, existen desigualdades
sociales y económicas que tienen su origen en graves abusos
contra los derechos humanos, tanto los económicos, sociales
y culturales como los civiles y políticos. El respeto de
los derechos humanos debe englobar no sólo la universalidad,
sino también la indivisibilidad de esos derechos.
Los beneficios de la globalización no han alcanzado a la
mayoría de los pobres del mundo. La libertad de mercado
no ha traído necesariamente un mercado con mayor conciencia
social. Al contrario, la presencia de grandes focos de pobreza
en medio de la prosperidad aumenta la sensación de privación
económica y exclusión social, y constituye un caldo
de cultivo para el descontento y la violencia. Muchas personas
sienten profundamente que son víctimas de la injusticia
social. Millones de africanos se ven privados de un tratamiento
asequible para el VIH y el sida y morirán antes de tiempo,
aunque los medicamentos que necesitan existen y están al
alcance de los habitantes de los países más ricos.
En todo el mundo se niega a millones de personas la igualdad de
acceso a la educación, el empleo y las posiciones de influencia
en razón de su raza u origen étnico, género
u orientación sexual.
A medida que se va expandiendo la globalización, aumentando
las riquezas de unos y la miseria y la desesperación de
otros, los activistas de derechos humanos deben promover no sólo
la justicia legal, sino también la justicia social. Un
planteamiento ético de la globalización debe fundarse
como mínimo en un planteamiento del desarrollo basado en
los derechos de las personas. Para que los derechos humanos se
hagan realidad en los países en desarrollo, debemos combatir
no sólo la tortura, la detención arbitraria y los
juicios sin las debidas garantías, sino también
el hambre, el analfabetismo y la discriminación.
Cuando Amnistía Internacional habla de un mundo de libertad
y justicia, se refiere a un mundo en el que toda persona disfrute
de todos los derechos humanos proclamados en la Declaración
Universal de Derechos Humanos y otras normas internacionales que
se ocupan de estos derechos. Nuestro programa de trabajo se ha
ampliado ante los problemas de derechos humanos que reclaman nuestra
atención. En el futuro no sólo trabajaremos sobre
los derechos civiles y políticos que han venido conformando
el núcleo de nuestra acción durante décadas,
sino que nos movilizaremos también para garantizar el respeto
de los derechos económicos, sociales y culturales.
Mirar hacia adelante
Empecé este prólogo subrayando la urgencia e importancia
de los retos que afrontan los activistas de derechos humanos en
estos tiempos difíciles. Permítanme concluirlo recalcando
la vulnerabilidad creciente de nuestros activistas de vanguardia
y de todos aquellos con quienes trabajamos. En el 2001 los defensores
de los derechos humanos, incluidos los miembros de Amnistía
Internacional, han sido objeto de amenazas o agresiones en muchos
países, como la República Democrática del
Congo, Zimbabue, Túnez, México, Colombia e Indonesia.
Debemos proteger a estos defensores de las agresiones o intimidaciones
movilizando el apoyo en todo el mundo, adoptando medidas prácticas
encaminadas a ayudar a las personas que están en peligro
y a sus familias, y creando redes capaces y preparadas para responder
con rapidez.
No debemos dejar que triunfe el miedo. No debemos permitir que
se menoscaben las libertades fundamentales ni que prevalezcan
los prejuicios y la intolerancia. La universalidad e indivisibilidad
de los derechos humanos no son negociables. No pueden subordinarse
los derechos humanos a la seguridad, ni la justicia a la impunidad.
Un planteamiento basado en los derechos humanos, que haga primar
la seguridad de las personas sobre la de los Estados, podrá
parecer más difícil a primera vista pero, en estos
tiempos turbulentos, es el único que ofrece verdadera esperanza
para el camino que tenemos por delante.
Fuente: Aministía Internacional,
Informe 2002, http://www.edai.org/centro/infoanu/2002/info02.htm

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