Programa Andino
de Derechos Humanos

 

Análisis sobre Derecho al Desarrollo


El imperio contraataca

Alda Facio*

Reconceptualizar la democracia, las libertades fundamentales y los derechos humanos en general fue una buena estrategia del feminismo antes del 11 de septiembre. A partir de esa fecha, la militarización de la globalización impone nuevos retos. El feminismo puede hacer la diferencia entre la globalización, como estrategia del Imperio, y la planetarización, como propuesta de los grupos oprimidos que deben unirse para luchar contra el Imperio.


En el denominado siglo XXI de uno de los planetas menos civilizados del universo, el poder económico, político, simbólico, social y militar estaba en manos de unos pocos hombres enfermos de una misoginia tan severa, que los había llevado a despreciar todo aquello que se relacionara con la vida o la creación. La enfermedad se había manifestado unos 5 o 6 mil años antes, cuando los humanos de sexo masculino descubrieron que ellos también participaban en la reproducción de su especie: en vez de alegrarse por este hecho, algunos de ellos le dieron rienda suelta a su resentimiento por los años perdidos en la veneración del poder creativo de las mujeres, enfermándose a tal punto, que empezaron a odiar todo lo relacionado con lo femenino. Esto los llevó a crear una ciencia de la destrucción y una tecnología basada en una lógica necrófila, que sin embargo les permitió acumular mucho poder.

Es más, fue tanto el poder que lograron acumular, que para aquel siglo XXI, existía un solo Imperio, conformado por el conjunto de Estados que años antes se conocían como los países desarrollados, con un aparato de regulación descentrado y desterritorializado, que progresivamente fue incorporando la realidad global de manera abierta y expandiendo fronteras.

Por supuesto, para que unos hombres lograran acumular tanto poder y así crear este Imperio, primero tuvo que crearse un sistema de dominación aceptado por todos los Estados o naciones y pueblos que habitaban ese planeta. Este sistema universal de dominación fue llamado Patriarcado por las mujeres que pudieron verlo y entenderlo por vez primera. En sus inicios, esta forma de dominación se basó en un sistema familiar en el que el padre tenía el poder absoluto sobre la madre y las y los hijos, pero que luego se fue expandiendo y sofisticando a tal punto que el hecho de nacer de sexo femenino o masculino determinaba qué valor económico, social, ideológico, simbólico o cultural se le otorgaba a cada ser humano y qué roles podía desempeñar. Este valor y esos roles, no se entendían como socialmente construidos y otorgados sino como los inherentes a cada sexo con lo que se naturalizó la inferioridad de todas las mujeres. Este sistema de dominación era tan complejo y a la vez tan sutil, que no era fácilmente identificable. En él, no todas las mujeres tenían el mismo valor ni a todas se les prohibía desempeñar ciertas funciones. Es más, algunas mujeres alcanzaban a tener mucho poder.

Tal fue la sofisticación del Patriarcado que la violencia extrema contra las mujeres llegó a vivirse, tanto por hombres como por mujeres, como erotismo. El lavado de cerebro de todas las mujeres, llamado por sociólogas la socialización patriarcal, hizo que las mujeres "voluntariamente" se sometieran a las más dolorosas y humillantes torturas: en algunas naciones, las madres le quebraban los pies a sus pequeñas hijas para que éstos fueran una fuente de placer sexual para sus futuros maridos que no podían erotizarse con mujeres que pudieran caminar sin dolor. En otros, eran las mismas jóvenes las que se calzaban con unos zapatos considerados "sexy" que con el tiempo les deformaban los pies, la columna vertebral y sus órganos reproductivos. Y, aún sabiendo esto, las mujeres de estas naciones los seguían utilizando porque sabían que a sus hombres no les gustaban las mujeres que pudieran caminar con los pies sobre la tierra y, sin el aprecio de los hombres, a las mujeres se las hacía sentir que no valían nada. En todas las naciones y en todos los Estados, las mujeres eran violadas por sus propios padres, hermanos, compañeros y amigos. En todas se mutilaba, golpeaba, traficaba, embarazaba forzadamente a las mujeres y en todas se creía que esto era culpa de ellas y que se lo merecían.

Tanto fue el odio y la violencia contra las madres, las hijas, las hermanas, las amigas y colegas de los hombres, y tanta fue la complicidad de demasiados hombres con este sistema, que no se dieron cuenta que a la mayoría de los hombres esto también les afectaba. No entendieron que un sistema que deshumanizaba precisamente a quienes tenían el poder sagrado de dar vida, era un sistema que estaba basado en el desprecio por la creación y la vida misma. No vieron que un sistema así inevitablemente se convertiría en un sistema de explotación de los muchos por unos pocos, como efectivamente pasó: el Imperio se aprovechó de un sistema ya globalizado como era el Patriarcado para globalizar también su creencia en el Dios Mercado. Es decir, el Imperio tenía sus raíces firmemente ancladas en ese Patriarcado y jamás podría ser vencido sin desarraigarlo.

Por supuesto, existían fuerzas que se oponían a este Imperio. Entre ellas, habían unas tan o más misóginas que las del mismo Imperio. Su objetivo era destruirlo, para crear otro tan cruel y deshumanizante como aquel porque se basaban también en el odio hacia lo femenino. Pero había grupos más democráticos que luchaban por recuperar y mantener su identidad cultural; que se oponían al racismo, la homofobia, el adultocentrismo, la explotación, la esclavitud, el genocidio y la tortura; grupos que luchaban por un medio ambiente sano y grupos que luchaban por la paz en el planeta. De todos estos grupos, los que luchaban con unos instrumentos que los terrícolas habían llamado los tratados internacionales de derechos humanos, eran los que parecían tener más posibilidades de crear un movimiento amplio capaz de aglutinar a todas las personas discriminadas y explotadas por el sistema impuesto por el Imperio. Esto era así porque en ese planeta se había llegado a crear una teoría que mantenía que los seres humanos tenían derechos por el simple hecho de serlo. Es decir, se entendía que los derechos humanos eran universales y que el principio de universalidad significaba que todos los seres humanos tenían derechos inherentes a su humanidad.

Esta teoría establecía un principio más que a pesar de ser fundamental, no era practicado ni por los mismos defensores de los derechos humanos: el que se refería a que estos derechos tenían que ser garantizados sin discriminación basándose en el principio de igualdad que estaba garantizado en todos los tratados de derechos humanos. Para la mayoría de estos grupos, la igualdad entre hombres y mujeres no se concebía como parte de su lucha contra el Imperio.

Es más, muchas de las personas que conformaban este movimiento llamado anti-globalización, eran tan sexistas como los mismos patriarcas del Imperio. Así había sido desde los inicios de este movimiento que venía de otros movimientos que siglos antes se habían conformado cuando todavía no se había establecido el poder absoluto del Imperio. Es decir, cuando los países poderosos estaban todavía en su fase imperialista. Fue así como contra los sistemas dictatoriales, colonizadores, autoritarios y racistas, se levantaron varios movimientos que, aunque con distintos nombres, pertenecían todos a ideologías de izquierda. Y, aunque estos movimientos fueron victoriosos en algunas partes del mundo y lograron establecer gobiernos socialistas, no pudieron mantenerse en el poder porque no tuvieron el coraje de eliminar sus propios privilegios de macho y así, al no cortar de raíz el primer sistema de dominación, dejaron el campo fértil para que nacieran de nuevo otros sistemas de explotación de los muchos por los pocos.

Por eso el grupo que luchaba contra el sexismo desde el marco de los derechos humanos, llamado el movimiento feminista de los derechos humanos de las mujeres, era el que tenía el mayor potencial para derrocar al Imperio. Primero porque la discriminación femenina abarcaba a la mitad de las y los pobladores de este planeta, ya que en él, sólo se concebían dos sexos. Su discurso podía penetrar en casi todas las agencias e instituciones del Imperio porque éste se decía democrático, respetuoso de los derechos humanos y a favor de la igualdad o equidad entre los sexos, con lo que le había abierto a las mujeres las puertas de sus instituciones más sagradamente masculinas, como el ejército y la iglesia. Segundo, porque su discurso era el que podía dar más esperanza de otras formas de convivencia, ya que se complementaba y compatibilizaba con los de otros grupos de lucha antidiscriminatoria. Tercero, porque podía tener un impacto más grande en todas las estructuras del Imperio ya que la eliminación del sexismo tendría que pasar por la eliminación de todas las otras formas de discriminación y explotación. Y por último, este movimiento tenía experiencia en el trabajo a nivel global porque desde antes de la consolidación del Imperio, el Patriarcado ya estaba globalizado y por ende, este movimiento ya había implementado, exitosamente, distintas estrategias globales para combatirlo.

Por supuesto, la teoría de los derechos humanos no fue construida ni aceptada de la noche a la mañana. Más de tres siglos y muchas guerras, muertes, genocidios y destrucción del planeta tuvieron que sufrir los terrícolas antes de que sus principios formaran parte del imaginario colectivo. Primero hombres y mujeres tuvieron que luchar y morir por sus ideales de igualdad, libertad y fraternidad y después, cuando las mujeres se dieron cuenta que éstos no las incluían, tuvieron que luchar para que los derechos humanos fueran también de las humanas. Estas luchas y sus triunfos se dieron por etapas. Ciertos conceptos tenían que ser aceptados para que la teoría de los derechos humanos pudiera afirmar sin oposición que éstos eran universales, interdependientes, inalienables e indivisibles y que los Estados estaban obligados a promover, proteger y garantizarlos.

El primer concepto que tenía que ser aceptado era que se podía tener derechos frente a los Estados bajo leyes internacionales. Esto sucedió cuando los hombres, con el apoyo de las mujeres, lograron establecer unos tratados internacionales que otorgaban derechos a los hombres contra los Estados, con respecto a la esclavitud y la guerra. Una vez establecido esto, las mujeres pudieron cabildear a favor de otros tratados concernientes explícitamente a ellas, como fueron las Convenciones de 1904 y 1910, destinadas a combatir el tráfico de mujeres. Estas no eran aún consideradas convenciones o tratados de derechos humanos y por supuesto, no garantizaban a las mujeres la igualdad ni eran género sensitivas, ya que estos conceptos vinieron mucho después.

También tenía que ser aceptado el concepto de derechos humanos internacionales. La magnitud de los horrores de una guerra que fue llamada la Segunda Guerra Mundial y la necesidad de proteger a las y los individuos de abusos a tal escala, ofreció suficientes incentivos a los Estados para acordar la necesidad de un sistema internacional de protección de los derechos humanos. Así se creó la Carta de las Naciones Unidas en 1945 y la Declaración Universal de Derechos Humanos en 1948.

Además se tenía que considerar a las mujeres capaces de tener derechos legales. Este obstáculo era muy real, ya que las leyes mismas se los habían negado durante siglos. A través de la historia había habido muchas/os que defendían los derechos de las mujeres, pero no fue sino hasta el llamado siglo dieciocho que un movimiento de mujeres tomó forma que poco a poco fue logrando que este concepto calara en las mentes de los humanos más progresistas. Dos mujeres prominentes entre éstas fueron Mary Wollstonecraft, quien publicó la Reivindicación de los Derechos de las Mujeres, en 1779 y, Olympe de Gouges, quien escribió, en 1791 su Declaración de los Derechos de la Mujer, basado en los principios encontrados en la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano francesa. Unas décadas más tarde, Elizabeth Cady-Stanton y Lucrecia Mott, retomaron y modificaron la Declaración de Independencia del país que luego se convertiría en el más grande opresor, e hicieron otra proclamación temprana sobre los derechos de las mujeres, conocida como la Declaración de Séneca Falls, escrita en 1848.(1)

Una vez aceptado que las mujeres podían tener derechos legales, tenía que calar la idea de que hombres y mujeres podían tener iguales derechos. Esto no quería decir que tenían que tener exactamente los mismos derechos sino que las mujeres tenían el mismo derecho a tener todos los derechos que necesitaran para poder vivir una vida digna. El tratado más importante con respecto a este concepto entró en vigor en los años 80 del Siglo XX y para finales de ese siglo se había convertido en el segundo instrumento internacional con más ratificaciones. Es decir, este concepto estaba realmente planetarizado aunque, por supuesto, no en todas las mentes.

Luego el feminismo, una teoría que explicaba las estructuras de poder que mantenían a las mujeres subordinadas, tenía que desarrollar metodologías y teorías que pusieran las vidas de las mujeres en primera fila y que borraran la distinción artificial entre las esferas pública y privada. Las metodologías género sensitivas y las teorías de género desarrolladas durante los años setenta y ochenta del llamado Siglo XX en todo el mundo demostraron que el género no solamente se refería a las maneras en las cuales los roles, las actitudes, los valores y las relaciones con respecto a niños y niñas, mujeres y hombres se construían en las sociedades terrícolas; demostraron que el género también construía instituciones sociales como el derecho, la religión, la familia, el mercado pero también el imaginario, la ideología, la belleza, la bondad, etc., todo lo cual creaba posiciones sociales distinguibles para una asignación desigual de derechos y responsabilidades entre los sexos. El desarrollo de perspectivas de género ayudó a visibilizar las relaciones de poder entre mujeres y hombres y, por lo tanto, la increíble discriminación y violencia padecida por las mujeres en todas las esferas a través de todo el mundo.

Por último, el sesgo androcéntrico en la teoría y práctica de los derechos humanos internacionales tenía que ser develada. Esto no se empezó a dar sino hacia el final de los años ochenta del Siglo XX, cuando las pensadoras feministas iniciaron su crítica del paradigma y el modelo de humano de los derechos humanos por ser excluyente: el modelo de humano era un varón blanco, heterosexual, padre de familia, propietario, sin discapacidades visibles, de la religión dominante, etc. Ellas propusieron uno más inclusivo, género sensitivo, que incluyera a mujeres y hombres de todos los colores, edades, sexualidades, capacidades, regiones, religiones y culturas.(2)

Sin embargo, a finales del primer año del siglo XXI las feministas estaban perdiendo fuerza. El Imperio había logrado penetrar el discurso feminista a tal punto, que éste había perdido identidad. Ya no se sabía cuándo hablaba una feminista y cuándo una agente del Imperio. Ambas hablaban de la necesidad de más mujeres en los puestos de decisión política, de penalizar la violencia doméstica y "acabar con la impunidad" y, hasta de las innumerables mejoras en la vida de las mujeres que se habían logrado con la globalización. Cierto que las feministas hablaban de todo esto en un marco de crítica a las estructuras y estrategias del Imperio, pero en su afán de hablar el lenguaje propositivo aceptado en la era de la globalización, el discurso había perdido mucho de su potencial transformador y a veces no era distinguible del de las agentes del Imperio.

Lo cierto es que el Imperio había sofisticado mucho sus estrategias para mantenerse en el poder y hasta para incrementarlo. Una fue la muy vieja pero siempre exitosa estrategia de "divida y vencerás". El Imperio fomentaba reuniones y grandes conferencias, donde aparentemente se le daba voz a todos los y las representantes de las distintas formas de explotación y discriminación, pero que terminaban en una lucha desgastante por migajas de poder. Así boicoteaban la unión de todas las personas oprimidas contra el Imperio, y se pasaba a un discurso sobre la diversidad que desdibujaba las causas comunes de su opresión. Pero la estrategia más eficaz fue acaparar el poder de nombrar. De esa manera, llamaron globalización tanto al avance imparable del capitalismo más voraz, que había llevado a que 500 empresas multinacionales o transnacionales controlaran el 80% de la inversión directa en todo el mundo y tuvieran unos ingresos anuales de once billones de dólares que conseguían con una plantilla de 35 millones de trabajadores, como al libre intercambio de ideas, culturas y estrategias de las y los explotados y discriminados.

Lograron que las personas que se atrevieran a poner en cuestión la bondad de la globalización fueran tildadas de retrógradas a las que se les había parado el reloj del progreso. En el nuevo milenio, decía su muy buena propaganda, el objetivo imparable es la globalización. Desde 1994, año en el que los poderosos de la economía mundial se reunieron en Brenton Woods para marcar las nuevas reglas del juego, tras la derrota de la URSS -un centro imperialista que se oponía al nuevo Imperio en cuanto a sus tácticas económicas, pero que compartía su desprecio por lo femenino- un ejército de hombres de negocios del sistema capitalista en su fase más ultraliberal, repetía hasta la saciedad las maravillas de vivir en un mundo regulado por la sapiencia omnisciente del mercado.

Pero siete años después de instaurado el nuevo orden mundial con las herramientas de la globalización, la economía del Imperio empezó a resquebrajarse. En Estados Unidos, el locus más poderoso del Imperio, la cuarta parte de las y los niños vivía en la pobreza; en Europa, otro locus importante del Imperio, quince millones de personas estaban desempleadas. Durante el año 2000 y 2001, la Bolsa no había parado de desplomarse, causando numerosas y cuantiosas pérdidas, afectando, al principio, sobre todo a las y los pequeños inversionistas que se endeudaron con créditos para adquirir acciones, pero que luego afectaron a las grandes trans o multinacionales que empezaron a hacer despidos masivos. Es decir, en el Imperio, las cosas empezaban a ir mal.

Como sucede siempre, justo cuando los Imperios se empiezan a sentir omnipotentes, se empezaron a dar grandes protestas de personas contrarias a este estado de cosas. Los voceros del sistema neoliberal se referían a ellas como "personas enemigas de la globalización", con lo cual confundían a todas aquellas personas que deseaban un mundo sin las fronteras artificiales que habían causado tantas guerras nacionalistas en la historia del Planeta Tierra. Sin embargo, esos/as manifestantes, no estaban en contra de la globalización entendida como mundo sin fronteras, sino de aquella globalización neoliberal que había impuesto el Imperio. Algunas personas empezaron a ver la diferencia entre la globalización neoliberal y la planetarización del quehacer de los habitantes de ese planeta. Esto resultó ser un gran peligro para el Imperio. Si la gente se daba cuenta de su estrategia, podrían perder su poderío. Y empezaron a preocuparse.

Pero, el 11 de setiembre del 2001, unos hombres, obedientes a las mismas fuerzas misóginas del Imperio, pero con diferentes estrategias y objetivos, le ofrecieron al Imperio la justificación perfecta que legitimaba su intención de imponer su poderío económico, político, cultural y social, ya no sólo con la estrategia de la globalización neoliberal, sino con el uso de su fuerza militar.

Fue así como el Imperio se tomó de nuevo el poder de la palabra y tildó de "terroristas" no sólo a las acciones asesinas de "los grupos fanáticos", a pesar de que ellos siempre habían utilizado esas mismas tácticas, sino a todos los pueblos cuyos líderes albergaran a un supuesto terrorista. Siguiendo esta lógica, el congreso de los Estados Unidos pasó una ley que castigaría a cualquier Estado que se declarara neutral ante su nueva guerra santa. El Imperio decidió que ya había pasado la hora de fingir ser democrático y respetuoso de los derechos humanos. Argumentó que ante la amenaza del terrorismo, toda restricción de derechos y libertades a los y las habitantes de la periferia era justificada; y más aún, en un paso cuestionado por algunos, también se procedió a la restricción de algunos derechos hasta para la ciudadanía del Imperio. Para ganarse a la mitad femenina de su Gran Nación, el Imperio le otorgó a su guerra contra un pueblo muerto de hambre, un matiz de indignación ante el trato que los líderes de ese pueblo le daban a sus mujeres.

Por eso el feminismo después del 11 de setiembre se encontró ante una coyuntura nueva y vieja, al mismo tiempo. Vieja, porque desde siempre los patriarcas habían utilizado a las mujeres para justificar sus guerras. Vieja también porque desde los primeros movimientos feministas conocidos en la historia, se habían mantenido casi intactas las desigualdades de poder entre los géneros. Nueva, porque el 11 de setiembre marcó en la historia de este planeta, la militarización abierta de la globalización.

Ante las coyunturas viejas el movimiento feminista se dio cuenta que tendría que seguir con la estrategia del diálogo con el Estado para lograr políticas de género, pero ante la escalada de la guerra contra las mujeres que significaba la globalización militarizada, se dieron cuenta que ya no podrían seguir tratando de lograr sus objetivos sólo a través del diálogo, pues en realidad la mayoría de sus Estados ya no tenían mucho poder ni eran capaces de solucionar algún problema. Ahora tendrían que ser más creativas y estratégicas pues tendrían que trabajar con el Estado, pero contra él también. En esta nueva coyuntura, con un Imperio dispuesto a quitarse la careta de la democracia e imponer su poder con el uso de la fuerza militar, a las feministas no les quedaba más que enfrentar la globalización con la creación de una contracultura que le diera esperanzas a la humanidad.

Para crear esta contracultura, las feministas tenían que empezar a perder el miedo a ser tildadas de idealistas ineficientes. Tenían que permitirse ser transgresoras, sin convertirse en desobedientes útiles al sistema. Se dieron cuenta que no se trataba de tener el mismo poder que los hombres del Imperio, sino que tenían que valorar y buscar el poder que se encontraba en la amistad y la solidaridad. Tenían que convertirse en unas de los y las líderes del movimiento contra la globalización neoliberal. Ellas estaban en la mejor posición para luchar por el intercambio planetarizado de conocimientos, valores, prácticas e ideas, porque ya lo venían haciendo desde hacía siglos. Ellas, mejor que cualquier otro grupo discriminado, marginado y explotado, podían hacer la diferencia entre la globalización, que era la estrategia del Imperio, y la planetarización, que era la de los grupos oprimidos que ahora debían unirse para luchar contra el Imperio. Ellas, al pertenecer a todos los sectores, razas, clases, edades, capacidades, sexualidades, etc. estaban en la mejor posición para ofrecer a los otros grupos discriminados una estrategia de lucha contra un enemigo común.

Para crear esta contracultura tenían que convencer a la mayoría de los y las excluidas de los beneficios de la globalización, que la reproducción humana tenía que ser un tema central de todas las luchas. Que entendieran la globalización neoliberal como un fenómeno que sustituía la economía basada en producir bienes, por una basada en la especulación. Y que esto sólo había sido posible gracias a una valoración del producir bienes por encima del cuidar y nutrir seres humanos. En otras palabras: tenían que hacer ver a los otros grupos que luchaban contra el Imperio, que si el desprecio por la reproducción estaba en la base del éxito de la globalización, que con tanta facilidad había pasado de la sobrevaloración de la producción de bienes tangibles a la supervaloración de los bienes virtuales, era imprescindible que todos los grupos incorporaran la gama completa de los temas de la reproducción humana, incluidos el erotismo y el placer, como parte de su lucha.

Las feministas, conocedoras que las políticas de ajuste estructural que había implantado la globalización habían traído un mayor empobrecimiento de las mujeres, estaban en una posición ideal para comprender que en el mundo globalizado no sólo se vivía en sociedades que despreciaban el cuidar y nutrir, sino que también despreciaban el producir comida, ropa, casas, etc. Tenían que demostrar que debido a que la riqueza no sale de la nada, si no se producía, la riqueza sólo podía provenir de quitársela a alguien. Así, argumentaron que mucha riqueza, como la producida durante el tiempo de la globalización, sólo podía provenir de robarle un poco de riqueza a mucha gente. Y, cuando un poco de riqueza era todo lo que mucha gente tenía, la mucha riqueza de los pocos significaba la pobreza de los muchos, no sólo de las muchas.

La globalización, al sobrevalorar lo intangible, había logrado que el discurso reemplazara la acción. Esto dificultó mucho el accionar de este movimiento, porque la mayoría de las mujeres no era feminista y veía la incorporación del discurso de género en las instituciones del Imperio con buenos ojos. Fue así como instituciones globalizantes y al servicio del Imperio como el Banco Mundial, el BID y el FMI pudieron seguir con sus planes de ajuste estructural sin oposición del movimiento de mujeres porque, "lo estaban haciendo con perspectiva de género". Seis años después de una de esas conferencias mundiales de mujeres, conocida como la Conferencia de Beijing, las mujeres del mundo estaban más pobres, más violentadas y más marginadas de los espacios de poder real .... y sin embargo, muchas insistían que habían avanzado, porque estaban presentes en el discurso de los poderosos; y la perspectiva de género, presente en todas las políticas y proyectos.

Las feministas tenían que hacer ver a todas y todos que la globalización le estaba negando el futuro a la humanidad y al planeta, porque la economía especulativa exigía que quienes se quisieran mantener a flote debían obtener provechos inmediatos, sin importar las consecuencias para la naturaleza, los animales, los y las humanas o el planeta. Las feministas tenían que convencer a todos los grupos que un tema central de su lucha debía ser la utopía y sin futuro, no había utopía posible de ser soñada.

La globalización estaba destruyendo la esperanza porque al excluir a millones de personas de la posibilidad de salir de la pobreza, sólo permitía el recurso a la violencia como medio de subsistencia. Las personas ya no podían esperar que la situación mejorara, por lo que su única salida era robar, traficar, matar. Y como los y las más marginadas no tenían acceso a la gente rica, robaban, traficaban y mataban a sus hermanas/os, compañeras/os y vecinas/os. Un tema central del feminismo había sido el derecho a vivir sin violencia, y, sin esperanza no se le puede pedir a nadie que crea en la no violencia, porque su ausencia es violencia. Por eso las feministas estaban en una posición ideal para hacer un llamado a todos los grupos de que hicieran de la no violencia, un derecho a la esperanza.

Reconceptualizar la democracia, las libertades fundamentales y los derechos humanos en general, había sido una buena estrategia del feminismo antes del 11 de setiembre. Sin embargo, la militarización de la globalización había degenerado estos valores, que el mismo capitalismo tenía como elementales, a tal punto, que ya parecía un sin sentido esta reconceptualización. Por ejemplo, el concepto de democracia se había convertido en un sistema donde las mayorías podían elegir entre dos o tres males, sólo si estos eran del agrado del Imperio. Y el movimiento feminista se había conformado con plantear propuestas dentro de ese sistema, en vez de criticarlo e imaginar y luchar por otras formas de organización social. Las feministas también habían apoyado la irrestricta libertad de expresión, pensando que así podrían difundir sus ideas e imágenes. Pero el Imperio era demasiado listo y convirtió la libertad de expresión, en libertad de empresa, y de empresas enormes que podían tergiversar la verdad a su antojo. Peor aún, estas empresas globalizadas, se hicieron expertas en presentar la forma de sentir, mirar y entender el mundo del Imperio como la visión de la humanidad. Todos los habitantes del planeta querían vestirse, comer, bailar, cantar y mirar como se hacía en el Imperio.

La globalización había permitido que el país que contaba con el mayor mercado de intangibles y un sistema militar para respaldarlo, fuera entendido como líder en cuestiones que nada tenían que ver con su poderío económico-militar. Así, el sistema político, legal y educativo del Imperio eran vistos como modelos a emular, a pesar de que en el país más poderoso del Imperio, el último presidente no había sido electo por la mayoría de los votantes; las cárceles estaban llenas de las minorías étnicas; las mujeres no contaban con licencias pre y post natales y la cada vez mayor educación no estaba produciendo mayores pensadores, sino mejores tecnócratas . En un mundo cada vez más acrítico de lo que emanaba de ese centro de soberbia, arrogancia y despotismo que se había erigido en el gendarme del mundo, muy poco se cuestionaba su tecnología, su ciencia, su medicina, que sólo en apariencia les había traído a los terrícolas más ocio, libertad o salud.

Por eso las feministas no podían seguir siendo sólo propositivas dentro del marco normativo del neoliberalismo imperante de aquella época. Tenían que también ser críticas, subversivas, transgresoras y más importante aún, soñadoras y tejedoras de otras realidades. Tenían que crear otras maneras de sentirse en el cuerpo, otras formas de relacionarse con la divinidad, otras estéticas y otras éticas. Pero al mismo tiempo tenían que montarse en el tren del futuro socialista, con su propio equipaje y enriqueciendo así las ideas y prácticas de las y los jóvenes, campesinos/as, obreras/os, consumidoras/es, discapacitados/as, grupos étnicos y raciales que ya no se estaban tragando el cuento de que el capitalismo era el único modelo viable, o que el Imperio fuera invencible. La izquierda se estaba fortaleciendo de nuevo y era imperante que apostaran a ella, si no querían que el tren del futuro se fuera sin ellas y por ende, volviera a fracasar.

Claro, para poder montarse en ese tren, las feministas tuvieron que hacer un gran esfuerzo por perdonar la traición repetida de sus hermanos de izquierda. Lo lograron acercándose a sus propios espíritus en vez de alimentando sus egos heridos. Reconocieron con inmenso respeto el dolor que la traición les había provocado, y así pudieron ver cómo la ira que brotaba de esa herida les impedía disfrutar el camino hacia la igualdad y la justicia. Sintieron que su amor a la vida las llamaba a perdonar. Por eso decidieron sanar la herida y decirle adiós a la culpa y la manipulación. Fue así como supieron que había más alegría en el perdón, más energía en el amor, más posibilidades de éxito en la ternura.

Esta nueva forma de ver y entender su relación con los hombres no les impidió ver que una nueva traición era posible. Después de tantas revoluciones en las que habían luchado hombro a hombro con ellos, los "hombres nuevos" habían demostrado ser bastante viejos: querían el poder sólo para ellos, condecorarse con mujeres jóvenes, esbeltas, elegantes y no ensuciarse con el trabajo doméstico. Había que encontrar una estrategia. Y lo hicieron. Tendrían que utilizar los instrumentos de derechos humanos, ya no frente al Estado, sino para exigírselos a sus compañeros de lucha. Y así como con una paciencia maternal habían capacitado y convencido a los y las funcionarias del Estado y de las instituciones internacionales en la importancia de la incorporación de la perspectiva de los derechos humanos desde una perspectiva de género en su quehacer, era tiempo de canalizar su energía hacia sus hermanos socialistas para convencerlos que sin la inclusión de las mujeres y de los valores asociados con lo femenino en su utopía, no habría ninguna posibilidad de triunfo. Era importante que ellos entendieran las sutilezas del sistema de dominación patriarcal y cómo éste estaba en la base del sistema impuesto por el Imperio. Que vieran que la globalización al ser el modelo de dominación capitalista a escala internacional que había impuesto el Imperio, sólo podría ser combatida por un movimiento planetarizado como el feminista.

Más importante aún, era necesario concientizar a muchas más mujeres sobre el sistema patriarcal en su etapa Imperial. Que más mujeres se unieran al movimiento feminista anti-globalización. Para ello, las mujeres no sólo tendrían que aprender a ver con los lentes del género, sino ser capaces de diferenciar entre la globalización y la planetarización, fenómeno mucho más antiguo que el primero. Por eso fue que las feministas empezaron a hablar de planetarización cuando hacían referencia al intercambio de conocimientos, valores, bienes, prácticas e ideas. Hablaron de planetarización cuando quisieron llevar las ideas y prácticas feministas a todas las mujeres y hombres de todas las culturas, etnias, edades, colores, sexualidades y habilidades. Hablaron de la necesidad de la planetarización de la cultura feminista cuando hablaron con los otros movimientos anti-globalización porque insistieron en que ésta implicaba interpretaciones de la realidad distintas a la globalizada, reelaboración de valores, reformulaciones lingüísticas y simbólicas, ciencia, arte, cine, música y literatura feminista. Después de todo, decían, la planetarización de la cultura feminista era tan real como la globalización y no se debía a ella. Decidieron también, hablar de planetarización cuando se estaba hablando del movimiento internacional contra el capitalismo desmedido.

Y así empezaron las aventuras de las nuevas feministas. Mujeres y hombres dispuestas a detener al Imperio, no con sus armas necrófilas, de muerte y destrucción, sino con los instrumentos del placer y la reverencia por la Vida, el análisis crítico de la realidad y las inmensas ganas de gozar de un mundo posible. Dicen, las que conocen mejor estas aventuras, que los primeros pasos se dieron cuando las feministas se empezaron a reír de sus propias falencias y lograron echarse una carcajada tan enorme que el Imperio tembló.

*Alda Facio. Jurista y escritora. Maestría en Derecho Internacional y Derecho Comparado de la Universidad de Nueva York. Directora del Programa Mujer, Justicia y Género del Instituto Latinoamericano de Naciones Unidas para la Prevención del Delito, ILANUD, sede Costa Rica. Fundadora del Caucus de Mujeres por una Justicia de Género en la CPI. Este artículo pertenece a la serie Cuentos del Imperio.

NOTAS

1. Por supuesto que otras mujeres que vivieron mucho antes que Mary y Olympia hablaron y lucharon contra la subordinación y explotación de las mujeres, pero no se conoce que lucharan o hablaran específicamente sobre los "derechos" de las mujeres.
2. Aunque si bien es cierto que muchas mujeres defendieron los derechos humanos antes de la década de los 80s, no lucharon por sus derechos en tanto mujeres sino como miembras de la clase trabajadora, contra algún imperio, contra las dictaduras, etc.

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