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En el denominado siglo XXI de uno de los planetas menos civilizados
del universo, el poder económico, político, simbólico,
social y militar estaba en manos de unos pocos hombres enfermos
de una misoginia tan severa, que los había llevado a despreciar
todo aquello que se relacionara con la vida o la creación.
La enfermedad se había manifestado unos 5 o 6 mil años
antes, cuando los humanos de sexo masculino descubrieron que ellos
también participaban en la reproducción de su especie:
en vez de alegrarse por este hecho, algunos de ellos le dieron
rienda suelta a su resentimiento por los años perdidos
en la veneración del poder creativo de las mujeres, enfermándose
a tal punto, que empezaron a odiar todo lo relacionado con lo
femenino. Esto los llevó a crear una ciencia de la destrucción
y una tecnología basada en una lógica necrófila,
que sin embargo les permitió acumular mucho poder.
Es más, fue tanto el poder que lograron acumular, que
para aquel siglo XXI, existía un solo Imperio, conformado
por el conjunto de Estados que años antes se conocían
como los países desarrollados, con un aparato de regulación
descentrado y desterritorializado, que progresivamente fue incorporando
la realidad global de manera abierta y expandiendo fronteras.
Por supuesto, para que unos hombres lograran acumular tanto poder
y así crear este Imperio, primero tuvo que crearse un sistema
de dominación aceptado por todos los Estados o naciones
y pueblos que habitaban ese planeta. Este sistema universal de
dominación fue llamado Patriarcado por las mujeres que
pudieron verlo y entenderlo por vez primera. En sus inicios, esta
forma de dominación se basó en un sistema familiar
en el que el padre tenía el poder absoluto sobre la madre
y las y los hijos, pero que luego se fue expandiendo y sofisticando
a tal punto que el hecho de nacer de sexo femenino o masculino
determinaba qué valor económico, social, ideológico,
simbólico o cultural se le otorgaba a cada ser humano y
qué roles podía desempeñar. Este valor y
esos roles, no se entendían como socialmente construidos
y otorgados sino como los inherentes a cada sexo con lo que se
naturalizó la inferioridad de todas las mujeres. Este sistema
de dominación era tan complejo y a la vez tan sutil, que
no era fácilmente identificable. En él, no todas
las mujeres tenían el mismo valor ni a todas se les prohibía
desempeñar ciertas funciones. Es más, algunas mujeres
alcanzaban a tener mucho poder.
Tal fue la sofisticación del Patriarcado que la violencia
extrema contra las mujeres llegó a vivirse, tanto por hombres
como por mujeres, como erotismo. El lavado de cerebro de todas
las mujeres, llamado por sociólogas la socialización
patriarcal, hizo que las mujeres "voluntariamente" se
sometieran a las más dolorosas y humillantes torturas:
en algunas naciones, las madres le quebraban los pies a sus pequeñas
hijas para que éstos fueran una fuente de placer sexual
para sus futuros maridos que no podían erotizarse con mujeres
que pudieran caminar sin dolor. En otros, eran las mismas jóvenes
las que se calzaban con unos zapatos considerados "sexy"
que con el tiempo les deformaban los pies, la columna vertebral
y sus órganos reproductivos. Y, aún sabiendo esto,
las mujeres de estas naciones los seguían utilizando porque
sabían que a sus hombres no les gustaban las mujeres que
pudieran caminar con los pies sobre la tierra y, sin el aprecio
de los hombres, a las mujeres se las hacía sentir que no
valían nada. En todas las naciones y en todos los Estados,
las mujeres eran violadas por sus propios padres, hermanos, compañeros
y amigos. En todas se mutilaba, golpeaba, traficaba, embarazaba
forzadamente a las mujeres y en todas se creía que esto
era culpa de ellas y que se lo merecían.
Tanto fue el odio y la violencia contra las madres, las hijas,
las hermanas, las amigas y colegas de los hombres, y tanta fue
la complicidad de demasiados hombres con este sistema, que no
se dieron cuenta que a la mayoría de los hombres esto también
les afectaba. No entendieron que un sistema que deshumanizaba
precisamente a quienes tenían el poder sagrado de dar vida,
era un sistema que estaba basado en el desprecio por la creación
y la vida misma. No vieron que un sistema así inevitablemente
se convertiría en un sistema de explotación de los
muchos por unos pocos, como efectivamente pasó: el Imperio
se aprovechó de un sistema ya globalizado como era el Patriarcado
para globalizar también su creencia en el Dios Mercado.
Es decir, el Imperio tenía sus raíces firmemente
ancladas en ese Patriarcado y jamás podría ser vencido
sin desarraigarlo.
Por supuesto, existían fuerzas que se oponían a
este Imperio. Entre ellas, habían unas tan o más
misóginas que las del mismo Imperio. Su objetivo era destruirlo,
para crear otro tan cruel y deshumanizante como aquel porque se
basaban también en el odio hacia lo femenino. Pero había
grupos más democráticos que luchaban por recuperar
y mantener su identidad cultural; que se oponían al racismo,
la homofobia, el adultocentrismo, la explotación, la esclavitud,
el genocidio y la tortura; grupos que luchaban por un medio ambiente
sano y grupos que luchaban por la paz en el planeta. De todos
estos grupos, los que luchaban con unos instrumentos que los terrícolas
habían llamado los tratados internacionales de derechos
humanos, eran los que parecían tener más posibilidades
de crear un movimiento amplio capaz de aglutinar a todas las personas
discriminadas y explotadas por el sistema impuesto por el Imperio.
Esto era así porque en ese planeta se había llegado
a crear una teoría que mantenía que los seres humanos
tenían derechos por el simple hecho de serlo. Es decir,
se entendía que los derechos humanos eran universales y
que el principio de universalidad significaba que todos los seres
humanos tenían derechos inherentes a su humanidad.
Esta teoría establecía un principio más
que a pesar de ser fundamental, no era practicado ni por los mismos
defensores de los derechos humanos: el que se refería a
que estos derechos tenían que ser garantizados sin discriminación
basándose en el principio de igualdad que estaba garantizado
en todos los tratados de derechos humanos. Para la mayoría
de estos grupos, la igualdad entre hombres y mujeres no se concebía
como parte de su lucha contra el Imperio.
Es más, muchas de las personas que conformaban este movimiento
llamado anti-globalización, eran tan sexistas como los
mismos patriarcas del Imperio. Así había sido desde
los inicios de este movimiento que venía de otros movimientos
que siglos antes se habían conformado cuando todavía
no se había establecido el poder absoluto del Imperio.
Es decir, cuando los países poderosos estaban todavía
en su fase imperialista. Fue así como contra los sistemas
dictatoriales, colonizadores, autoritarios y racistas, se levantaron
varios movimientos que, aunque con distintos nombres, pertenecían
todos a ideologías de izquierda. Y, aunque estos movimientos
fueron victoriosos en algunas partes del mundo y lograron establecer
gobiernos socialistas, no pudieron mantenerse en el poder porque
no tuvieron el coraje de eliminar sus propios privilegios de macho
y así, al no cortar de raíz el primer sistema de
dominación, dejaron el campo fértil para que nacieran
de nuevo otros sistemas de explotación de los muchos por
los pocos.
Por eso el grupo que luchaba contra el sexismo desde el marco
de los derechos humanos, llamado el movimiento feminista de los
derechos humanos de las mujeres, era el que tenía el mayor
potencial para derrocar al Imperio. Primero porque la discriminación
femenina abarcaba a la mitad de las y los pobladores de este planeta,
ya que en él, sólo se concebían dos sexos.
Su discurso podía penetrar en casi todas las agencias e
instituciones del Imperio porque éste se decía democrático,
respetuoso de los derechos humanos y a favor de la igualdad o
equidad entre los sexos, con lo que le había abierto a
las mujeres las puertas de sus instituciones más sagradamente
masculinas, como el ejército y la iglesia. Segundo, porque
su discurso era el que podía dar más esperanza de
otras formas de convivencia, ya que se complementaba y compatibilizaba
con los de otros grupos de lucha antidiscriminatoria. Tercero,
porque podía tener un impacto más grande en todas
las estructuras del Imperio ya que la eliminación del sexismo
tendría que pasar por la eliminación de todas las
otras formas de discriminación y explotación. Y
por último, este movimiento tenía experiencia en
el trabajo a nivel global porque desde antes de la consolidación
del Imperio, el Patriarcado ya estaba globalizado y por ende,
este movimiento ya había implementado, exitosamente, distintas
estrategias globales para combatirlo.
Por supuesto, la teoría de los derechos humanos no fue
construida ni aceptada de la noche a la mañana. Más
de tres siglos y muchas guerras, muertes, genocidios y destrucción
del planeta tuvieron que sufrir los terrícolas antes de
que sus principios formaran parte del imaginario colectivo. Primero
hombres y mujeres tuvieron que luchar y morir por sus ideales
de igualdad, libertad y fraternidad y después, cuando las
mujeres se dieron cuenta que éstos no las incluían,
tuvieron que luchar para que los derechos humanos fueran también
de las humanas. Estas luchas y sus triunfos se dieron por etapas.
Ciertos conceptos tenían que ser aceptados para que la
teoría de los derechos humanos pudiera afirmar sin oposición
que éstos eran universales, interdependientes, inalienables
e indivisibles y que los Estados estaban obligados a promover,
proteger y garantizarlos.
El primer concepto que tenía que ser aceptado era que
se podía tener derechos frente a los Estados bajo leyes
internacionales. Esto sucedió cuando los hombres, con el
apoyo de las mujeres, lograron establecer unos tratados internacionales
que otorgaban derechos a los hombres contra los Estados, con respecto
a la esclavitud y la guerra. Una vez establecido esto, las mujeres
pudieron cabildear a favor de otros tratados concernientes explícitamente
a ellas, como fueron las Convenciones de 1904 y 1910, destinadas
a combatir el tráfico de mujeres. Estas no eran aún
consideradas convenciones o tratados de derechos humanos y por
supuesto, no garantizaban a las mujeres la igualdad ni eran género
sensitivas, ya que estos conceptos vinieron mucho después.
También tenía que ser aceptado el concepto de derechos
humanos internacionales. La magnitud de los horrores de una guerra
que fue llamada la Segunda Guerra Mundial y la necesidad de proteger
a las y los individuos de abusos a tal escala, ofreció
suficientes incentivos a los Estados para acordar la necesidad
de un sistema internacional de protección de los derechos
humanos. Así se creó la Carta de las Naciones Unidas
en 1945 y la Declaración Universal de Derechos Humanos
en 1948.
Además se tenía que considerar a las mujeres capaces
de tener derechos legales. Este obstáculo era muy real,
ya que las leyes mismas se los habían negado durante siglos.
A través de la historia había habido muchas/os que
defendían los derechos de las mujeres, pero no fue sino
hasta el llamado siglo dieciocho que un movimiento de mujeres
tomó forma que poco a poco fue logrando que este concepto
calara en las mentes de los humanos más progresistas. Dos
mujeres prominentes entre éstas fueron Mary Wollstonecraft,
quien publicó la Reivindicación de los Derechos
de las Mujeres, en 1779 y, Olympe de Gouges, quien escribió,
en 1791 su Declaración de los Derechos de la Mujer, basado
en los principios encontrados en la Declaración de los
Derechos del Hombre y el Ciudadano francesa. Unas décadas
más tarde, Elizabeth Cady-Stanton y Lucrecia Mott, retomaron
y modificaron la Declaración de Independencia del país
que luego se convertiría en el más grande opresor,
e hicieron otra proclamación temprana sobre los derechos
de las mujeres, conocida como la Declaración de Séneca
Falls, escrita en 1848.(1)
Una vez aceptado que las mujeres podían tener derechos
legales, tenía que calar la idea de que hombres y mujeres
podían tener iguales derechos. Esto no quería decir
que tenían que tener exactamente los mismos derechos sino
que las mujeres tenían el mismo derecho a tener todos los
derechos que necesitaran para poder vivir una vida digna. El tratado
más importante con respecto a este concepto entró
en vigor en los años 80 del Siglo XX y para finales de
ese siglo se había convertido en el segundo instrumento
internacional con más ratificaciones. Es decir, este concepto
estaba realmente planetarizado aunque, por supuesto, no en todas
las mentes.
Luego el feminismo, una teoría que explicaba las estructuras
de poder que mantenían a las mujeres subordinadas, tenía
que desarrollar metodologías y teorías que pusieran
las vidas de las mujeres en primera fila y que borraran la distinción
artificial entre las esferas pública y privada. Las metodologías
género sensitivas y las teorías de género
desarrolladas durante los años setenta y ochenta del llamado
Siglo XX en todo el mundo demostraron que el género no
solamente se refería a las maneras en las cuales los roles,
las actitudes, los valores y las relaciones con respecto a niños
y niñas, mujeres y hombres se construían en las
sociedades terrícolas; demostraron que el género
también construía instituciones sociales como el
derecho, la religión, la familia, el mercado pero también
el imaginario, la ideología, la belleza, la bondad, etc.,
todo lo cual creaba posiciones sociales distinguibles para una
asignación desigual de derechos y responsabilidades entre
los sexos. El desarrollo de perspectivas de género ayudó
a visibilizar las relaciones de poder entre mujeres y hombres
y, por lo tanto, la increíble discriminación y violencia
padecida por las mujeres en todas las esferas a través
de todo el mundo.
Por último, el sesgo androcéntrico en la teoría
y práctica de los derechos humanos internacionales tenía
que ser develada. Esto no se empezó a dar sino hacia el
final de los años ochenta del Siglo XX, cuando las pensadoras
feministas iniciaron su crítica del paradigma y el modelo
de humano de los derechos humanos por ser excluyente: el modelo
de humano era un varón blanco, heterosexual, padre de familia,
propietario, sin discapacidades visibles, de la religión
dominante, etc. Ellas propusieron uno más inclusivo, género
sensitivo, que incluyera a mujeres y hombres de todos los colores,
edades, sexualidades, capacidades, regiones, religiones y culturas.(2)
Sin embargo, a finales del primer año del siglo XXI las
feministas estaban perdiendo fuerza. El Imperio había logrado
penetrar el discurso feminista a tal punto, que éste había
perdido identidad. Ya no se sabía cuándo hablaba
una feminista y cuándo una agente del Imperio. Ambas hablaban
de la necesidad de más mujeres en los puestos de decisión
política, de penalizar la violencia doméstica y
"acabar con la impunidad" y, hasta de las innumerables
mejoras en la vida de las mujeres que se habían logrado
con la globalización. Cierto que las feministas hablaban
de todo esto en un marco de crítica a las estructuras y
estrategias del Imperio, pero en su afán de hablar el lenguaje
propositivo aceptado en la era de la globalización, el
discurso había perdido mucho de su potencial transformador
y a veces no era distinguible del de las agentes del Imperio.
Lo cierto es que el Imperio había sofisticado mucho sus
estrategias para mantenerse en el poder y hasta para incrementarlo.
Una fue la muy vieja pero siempre exitosa estrategia de "divida
y vencerás". El Imperio fomentaba reuniones y grandes
conferencias, donde aparentemente se le daba voz a todos los y
las representantes de las distintas formas de explotación
y discriminación, pero que terminaban en una lucha desgastante
por migajas de poder. Así boicoteaban la unión de
todas las personas oprimidas contra el Imperio, y se pasaba a
un discurso sobre la diversidad que desdibujaba las causas comunes
de su opresión. Pero la estrategia más eficaz fue
acaparar el poder de nombrar. De esa manera, llamaron globalización
tanto al avance imparable del capitalismo más voraz, que
había llevado a que 500 empresas multinacionales o transnacionales
controlaran el 80% de la inversión directa en todo el mundo
y tuvieran unos ingresos anuales de once billones de dólares
que conseguían con una plantilla de 35 millones de trabajadores,
como al libre intercambio de ideas, culturas y estrategias de
las y los explotados y discriminados.
Lograron que las personas que se atrevieran a poner en cuestión
la bondad de la globalización fueran tildadas de retrógradas
a las que se les había parado el reloj del progreso. En
el nuevo milenio, decía su muy buena propaganda, el objetivo
imparable es la globalización. Desde 1994, año en
el que los poderosos de la economía mundial se reunieron
en Brenton Woods para marcar las nuevas reglas del juego, tras
la derrota de la URSS -un centro imperialista que se oponía
al nuevo Imperio en cuanto a sus tácticas económicas,
pero que compartía su desprecio por lo femenino- un ejército
de hombres de negocios del sistema capitalista en su fase más
ultraliberal, repetía hasta la saciedad las maravillas
de vivir en un mundo regulado por la sapiencia omnisciente del
mercado.
Pero siete años después de instaurado el nuevo
orden mundial con las herramientas de la globalización,
la economía del Imperio empezó a resquebrajarse.
En Estados Unidos, el locus más poderoso del Imperio, la
cuarta parte de las y los niños vivía en la pobreza;
en Europa, otro locus importante del Imperio, quince millones
de personas estaban desempleadas. Durante el año 2000 y
2001, la Bolsa no había parado de desplomarse, causando
numerosas y cuantiosas pérdidas, afectando, al principio,
sobre todo a las y los pequeños inversionistas que se endeudaron
con créditos para adquirir acciones, pero que luego afectaron
a las grandes trans o multinacionales que empezaron a hacer despidos
masivos. Es decir, en el Imperio, las cosas empezaban a ir mal.
Como sucede siempre, justo cuando los Imperios se empiezan a
sentir omnipotentes, se empezaron a dar grandes protestas de personas
contrarias a este estado de cosas. Los voceros del sistema neoliberal
se referían a ellas como "personas enemigas de la
globalización", con lo cual confundían a todas
aquellas personas que deseaban un mundo sin las fronteras artificiales
que habían causado tantas guerras nacionalistas en la historia
del Planeta Tierra. Sin embargo, esos/as manifestantes, no estaban
en contra de la globalización entendida como mundo sin
fronteras, sino de aquella globalización neoliberal que
había impuesto el Imperio. Algunas personas empezaron a
ver la diferencia entre la globalización neoliberal y la
planetarización del quehacer de los habitantes de ese planeta.
Esto resultó ser un gran peligro para el Imperio. Si la
gente se daba cuenta de su estrategia, podrían perder su
poderío. Y empezaron a preocuparse.
Pero, el 11 de setiembre del 2001, unos hombres, obedientes a
las mismas fuerzas misóginas del Imperio, pero con diferentes
estrategias y objetivos, le ofrecieron al Imperio la justificación
perfecta que legitimaba su intención de imponer su poderío
económico, político, cultural y social, ya no sólo
con la estrategia de la globalización neoliberal, sino
con el uso de su fuerza militar.
Fue así como el Imperio se tomó de nuevo el poder
de la palabra y tildó de "terroristas" no sólo
a las acciones asesinas de "los grupos fanáticos",
a pesar de que ellos siempre habían utilizado esas mismas
tácticas, sino a todos los pueblos cuyos líderes
albergaran a un supuesto terrorista. Siguiendo esta lógica,
el congreso de los Estados Unidos pasó una ley que castigaría
a cualquier Estado que se declarara neutral ante su nueva guerra
santa. El Imperio decidió que ya había pasado la
hora de fingir ser democrático y respetuoso de los derechos
humanos. Argumentó que ante la amenaza del terrorismo,
toda restricción de derechos y libertades a los y las habitantes
de la periferia era justificada; y más aún, en un
paso cuestionado por algunos, también se procedió
a la restricción de algunos derechos hasta para la ciudadanía
del Imperio. Para ganarse a la mitad femenina de su Gran Nación,
el Imperio le otorgó a su guerra contra un pueblo muerto
de hambre, un matiz de indignación ante el trato que los
líderes de ese pueblo le daban a sus mujeres.
Por eso el feminismo después del 11 de setiembre se encontró
ante una coyuntura nueva y vieja, al mismo tiempo. Vieja, porque
desde siempre los patriarcas habían utilizado a las mujeres
para justificar sus guerras. Vieja también porque desde
los primeros movimientos feministas conocidos en la historia,
se habían mantenido casi intactas las desigualdades de
poder entre los géneros. Nueva, porque el 11 de setiembre
marcó en la historia de este planeta, la militarización
abierta de la globalización.
Ante las coyunturas viejas el movimiento feminista se dio cuenta
que tendría que seguir con la estrategia del diálogo
con el Estado para lograr políticas de género, pero
ante la escalada de la guerra contra las mujeres que significaba
la globalización militarizada, se dieron cuenta que ya
no podrían seguir tratando de lograr sus objetivos sólo
a través del diálogo, pues en realidad la mayoría
de sus Estados ya no tenían mucho poder ni eran capaces
de solucionar algún problema. Ahora tendrían que
ser más creativas y estratégicas pues tendrían
que trabajar con el Estado, pero contra él también.
En esta nueva coyuntura, con un Imperio dispuesto a quitarse la
careta de la democracia e imponer su poder con el uso de la fuerza
militar, a las feministas no les quedaba más que enfrentar
la globalización con la creación de una contracultura
que le diera esperanzas a la humanidad.
Para crear esta contracultura, las feministas tenían que
empezar a perder el miedo a ser tildadas de idealistas ineficientes.
Tenían que permitirse ser transgresoras, sin convertirse
en desobedientes útiles al sistema. Se dieron cuenta que
no se trataba de tener el mismo poder que los hombres del Imperio,
sino que tenían que valorar y buscar el poder que se encontraba
en la amistad y la solidaridad. Tenían que convertirse
en unas de los y las líderes del movimiento contra la globalización
neoliberal. Ellas estaban en la mejor posición para luchar
por el intercambio planetarizado de conocimientos, valores, prácticas
e ideas, porque ya lo venían haciendo desde hacía
siglos. Ellas, mejor que cualquier otro grupo discriminado, marginado
y explotado, podían hacer la diferencia entre la globalización,
que era la estrategia del Imperio, y la planetarización,
que era la de los grupos oprimidos que ahora debían unirse
para luchar contra el Imperio. Ellas, al pertenecer a todos los
sectores, razas, clases, edades, capacidades, sexualidades, etc.
estaban en la mejor posición para ofrecer a los otros grupos
discriminados una estrategia de lucha contra un enemigo común.
Para crear esta contracultura tenían que convencer a la
mayoría de los y las excluidas de los beneficios de la
globalización, que la reproducción humana tenía
que ser un tema central de todas las luchas. Que entendieran la
globalización neoliberal como un fenómeno que sustituía
la economía basada en producir bienes, por una basada en
la especulación. Y que esto sólo había sido
posible gracias a una valoración del producir bienes por
encima del cuidar y nutrir seres humanos. En otras palabras: tenían
que hacer ver a los otros grupos que luchaban contra el Imperio,
que si el desprecio por la reproducción estaba en la base
del éxito de la globalización, que con tanta facilidad
había pasado de la sobrevaloración de la producción
de bienes tangibles a la supervaloración de los bienes
virtuales, era imprescindible que todos los grupos incorporaran
la gama completa de los temas de la reproducción humana,
incluidos el erotismo y el placer, como parte de su lucha.
Las feministas, conocedoras que las políticas de ajuste
estructural que había implantado la globalización
habían traído un mayor empobrecimiento de las mujeres,
estaban en una posición ideal para comprender que en el
mundo globalizado no sólo se vivía en sociedades
que despreciaban el cuidar y nutrir, sino que también despreciaban
el producir comida, ropa, casas, etc. Tenían que demostrar
que debido a que la riqueza no sale de la nada, si no se producía,
la riqueza sólo podía provenir de quitársela
a alguien. Así, argumentaron que mucha riqueza, como la
producida durante el tiempo de la globalización, sólo
podía provenir de robarle un poco de riqueza a mucha gente.
Y, cuando un poco de riqueza era todo lo que mucha gente tenía,
la mucha riqueza de los pocos significaba la pobreza de los muchos,
no sólo de las muchas.
La globalización, al sobrevalorar lo intangible, había
logrado que el discurso reemplazara la acción. Esto dificultó
mucho el accionar de este movimiento, porque la mayoría
de las mujeres no era feminista y veía la incorporación
del discurso de género en las instituciones del Imperio
con buenos ojos. Fue así como instituciones globalizantes
y al servicio del Imperio como el Banco Mundial, el BID y el FMI
pudieron seguir con sus planes de ajuste estructural sin oposición
del movimiento de mujeres porque, "lo estaban haciendo con
perspectiva de género". Seis años después
de una de esas conferencias mundiales de mujeres, conocida como
la Conferencia de Beijing, las mujeres del mundo estaban más
pobres, más violentadas y más marginadas de los
espacios de poder real .... y sin embargo, muchas insistían
que habían avanzado, porque estaban presentes en el discurso
de los poderosos; y la perspectiva de género, presente
en todas las políticas y proyectos.
Las feministas tenían que hacer ver a todas y todos que
la globalización le estaba negando el futuro a la humanidad
y al planeta, porque la economía especulativa exigía
que quienes se quisieran mantener a flote debían obtener
provechos inmediatos, sin importar las consecuencias para la naturaleza,
los animales, los y las humanas o el planeta. Las feministas tenían
que convencer a todos los grupos que un tema central de su lucha
debía ser la utopía y sin futuro, no había
utopía posible de ser soñada.
La globalización estaba destruyendo la esperanza porque
al excluir a millones de personas de la posibilidad de salir de
la pobreza, sólo permitía el recurso a la violencia
como medio de subsistencia. Las personas ya no podían esperar
que la situación mejorara, por lo que su única salida
era robar, traficar, matar. Y como los y las más marginadas
no tenían acceso a la gente rica, robaban, traficaban y
mataban a sus hermanas/os, compañeras/os y vecinas/os.
Un tema central del feminismo había sido el derecho a vivir
sin violencia, y, sin esperanza no se le puede pedir a nadie que
crea en la no violencia, porque su ausencia es violencia. Por
eso las feministas estaban en una posición ideal para hacer
un llamado a todos los grupos de que hicieran de la no violencia,
un derecho a la esperanza.
Reconceptualizar la democracia, las libertades fundamentales
y los derechos humanos en general, había sido una buena
estrategia del feminismo antes del 11 de setiembre. Sin embargo,
la militarización de la globalización había
degenerado estos valores, que el mismo capitalismo tenía
como elementales, a tal punto, que ya parecía un sin sentido
esta reconceptualización. Por ejemplo, el concepto de democracia
se había convertido en un sistema donde las mayorías
podían elegir entre dos o tres males, sólo si estos
eran del agrado del Imperio. Y el movimiento feminista se había
conformado con plantear propuestas dentro de ese sistema, en vez
de criticarlo e imaginar y luchar por otras formas de organización
social. Las feministas también habían apoyado la
irrestricta libertad de expresión, pensando que así
podrían difundir sus ideas e imágenes. Pero el Imperio
era demasiado listo y convirtió la libertad de expresión,
en libertad de empresa, y de empresas enormes que podían
tergiversar la verdad a su antojo. Peor aún, estas empresas
globalizadas, se hicieron expertas en presentar la forma de sentir,
mirar y entender el mundo del Imperio como la visión de
la humanidad. Todos los habitantes del planeta querían
vestirse, comer, bailar, cantar y mirar como se hacía en
el Imperio.
La globalización había permitido que el país
que contaba con el mayor mercado de intangibles y un sistema militar
para respaldarlo, fuera entendido como líder en cuestiones
que nada tenían que ver con su poderío económico-militar.
Así, el sistema político, legal y educativo del
Imperio eran vistos como modelos a emular, a pesar de que en el
país más poderoso del Imperio, el último
presidente no había sido electo por la mayoría de
los votantes; las cárceles estaban llenas de las minorías
étnicas; las mujeres no contaban con licencias pre y post
natales y la cada vez mayor educación no estaba produciendo
mayores pensadores, sino mejores tecnócratas . En un mundo
cada vez más acrítico de lo que emanaba de ese centro
de soberbia, arrogancia y despotismo que se había erigido
en el gendarme del mundo, muy poco se cuestionaba su tecnología,
su ciencia, su medicina, que sólo en apariencia les había
traído a los terrícolas más ocio, libertad
o salud.
Por eso las feministas no podían seguir siendo sólo
propositivas dentro del marco normativo del neoliberalismo imperante
de aquella época. Tenían que también ser
críticas, subversivas, transgresoras y más importante
aún, soñadoras y tejedoras de otras realidades.
Tenían que crear otras maneras de sentirse en el cuerpo,
otras formas de relacionarse con la divinidad, otras estéticas
y otras éticas. Pero al mismo tiempo tenían que
montarse en el tren del futuro socialista, con su propio equipaje
y enriqueciendo así las ideas y prácticas de las
y los jóvenes, campesinos/as, obreras/os, consumidoras/es,
discapacitados/as, grupos étnicos y raciales que ya no
se estaban tragando el cuento de que el capitalismo era el único
modelo viable, o que el Imperio fuera invencible. La izquierda
se estaba fortaleciendo de nuevo y era imperante que apostaran
a ella, si no querían que el tren del futuro se fuera sin
ellas y por ende, volviera a fracasar.
Claro, para poder montarse en ese tren, las feministas tuvieron
que hacer un gran esfuerzo por perdonar la traición repetida
de sus hermanos de izquierda. Lo lograron acercándose a
sus propios espíritus en vez de alimentando sus egos heridos.
Reconocieron con inmenso respeto el dolor que la traición
les había provocado, y así pudieron ver cómo
la ira que brotaba de esa herida les impedía disfrutar
el camino hacia la igualdad y la justicia. Sintieron que su amor
a la vida las llamaba a perdonar. Por eso decidieron sanar la
herida y decirle adiós a la culpa y la manipulación.
Fue así como supieron que había más alegría
en el perdón, más energía en el amor, más
posibilidades de éxito en la ternura.
Esta nueva forma de ver y entender su relación con los
hombres no les impidió ver que una nueva traición
era posible. Después de tantas revoluciones en las que
habían luchado hombro a hombro con ellos, los "hombres
nuevos" habían demostrado ser bastante viejos: querían
el poder sólo para ellos, condecorarse con mujeres jóvenes,
esbeltas, elegantes y no ensuciarse con el trabajo doméstico.
Había que encontrar una estrategia. Y lo hicieron. Tendrían
que utilizar los instrumentos de derechos humanos, ya no frente
al Estado, sino para exigírselos a sus compañeros
de lucha. Y así como con una paciencia maternal habían
capacitado y convencido a los y las funcionarias del Estado y
de las instituciones internacionales en la importancia de la incorporación
de la perspectiva de los derechos humanos desde una perspectiva
de género en su quehacer, era tiempo de canalizar su energía
hacia sus hermanos socialistas para convencerlos que sin la inclusión
de las mujeres y de los valores asociados con lo femenino en su
utopía, no habría ninguna posibilidad de triunfo.
Era importante que ellos entendieran las sutilezas del sistema
de dominación patriarcal y cómo éste estaba
en la base del sistema impuesto por el Imperio. Que vieran que
la globalización al ser el modelo de dominación
capitalista a escala internacional que había impuesto el
Imperio, sólo podría ser combatida por un movimiento
planetarizado como el feminista.
Más importante aún, era necesario concientizar
a muchas más mujeres sobre el sistema patriarcal en su
etapa Imperial. Que más mujeres se unieran al movimiento
feminista anti-globalización. Para ello, las mujeres no
sólo tendrían que aprender a ver con los lentes
del género, sino ser capaces de diferenciar entre la globalización
y la planetarización, fenómeno mucho más
antiguo que el primero. Por eso fue que las feministas empezaron
a hablar de planetarización cuando hacían referencia
al intercambio de conocimientos, valores, bienes, prácticas
e ideas. Hablaron de planetarización cuando quisieron llevar
las ideas y prácticas feministas a todas las mujeres y
hombres de todas las culturas, etnias, edades, colores, sexualidades
y habilidades. Hablaron de la necesidad de la planetarización
de la cultura feminista cuando hablaron con los otros movimientos
anti-globalización porque insistieron en que ésta
implicaba interpretaciones de la realidad distintas a la globalizada,
reelaboración de valores, reformulaciones lingüísticas
y simbólicas, ciencia, arte, cine, música y literatura
feminista. Después de todo, decían, la planetarización
de la cultura feminista era tan real como la globalización
y no se debía a ella. Decidieron también, hablar
de planetarización cuando se estaba hablando del movimiento
internacional contra el capitalismo desmedido.
Y así empezaron las aventuras de las nuevas feministas.
Mujeres y hombres dispuestas a detener al Imperio, no con sus
armas necrófilas, de muerte y destrucción, sino
con los instrumentos del placer y la reverencia por la Vida, el
análisis crítico de la realidad y las inmensas ganas
de gozar de un mundo posible. Dicen, las que conocen mejor estas
aventuras, que los primeros pasos se dieron cuando las feministas
se empezaron a reír de sus propias falencias y lograron
echarse una carcajada tan enorme que el Imperio tembló.
*Alda Facio. Jurista y escritora. Maestría
en Derecho Internacional y Derecho Comparado de la Universidad
de Nueva York. Directora del Programa Mujer, Justicia y Género
del Instituto Latinoamericano de Naciones Unidas para la Prevención
del Delito, ILANUD, sede Costa Rica. Fundadora del Caucus de Mujeres
por una Justicia de Género en la CPI. Este artículo
pertenece a la serie Cuentos del Imperio.
NOTAS
1. Por supuesto que otras mujeres que vivieron mucho antes que
Mary y Olympia hablaron y lucharon contra la subordinación
y explotación de las mujeres, pero no se conoce que lucharan
o hablaran específicamente sobre los "derechos"
de las mujeres.
2. Aunque si bien es cierto que muchas mujeres defendieron los
derechos humanos antes de la década de los 80s, no lucharon
por sus derechos en tanto mujeres sino como miembras de la clase
trabajadora, contra algún imperio, contra las dictaduras,
etc.

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