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Podemos iniciar señalando
que con relación al concepto propiamente dicho de seguridad
ciudadana, no existe una definición exacta de la misma,
por ello la normatividad y la doctrina no es uniforme en su conceptualización.
Algunos señalan que el concepto de Seguridad Ciudadana
está estrechamente ligado a otros conceptos afines y contiene
de por sí una alta carga ideológica y política
(1).
El concepto de seguridad ciudadana diseñado
como bien jurídicamente protegido y que engloba a varios
derechos de las personas tomadas en conjunto, se ha ido perfilando
considerando que hoy en día la convivencia pacífica
en una sociedad se encuentra amenazada por la existencia de tensiones
y conflictos que generan conductas violentas y que han surgido
por diferentes causas. Entre las que podemos señalar a
dos de ellas que son complementarias, una es la crisis económica
que afecta a la mayor parte de los países del mundo y la
crisis de valores, que han generado pobreza, marginalidad, desempleo,
drogadicción, alcoholismo, corrupción, pérdida
de identidad, perdida de confianza en el otro, etc.
Pero también podemos señalar que
la vida colectiva de los seres humanos, en cualquiera de sus modos
de expresión, necesita de un orden. La finalidad de este
orden consiste en hacer posible que cada uno de los integrantes
de la comunidad pueda alcanzar la mayor realización posible
en su condición de persona, mediante la promoción
de un ambiente de vida caracterizado por la armonía, la
paz y la vivencia cotidiana de la seguridad, abriéndose
paso así a la expresión de toda la potencialidad
que contiene la libertad humana, en su creatividad material o
espiritual, lo que da origen a la felicidad (2).
Las conductas violentas representan entonces una
ruptura entre los individuos y las normas de convivencia social
pacífica, impuestas y aceptadas por la mayoría de
las personas. El quebrantamiento de dichas normas genera conductas
delictivas o, en menor grado faltas o contravenciones, las mismas
que afectan directamente las libertades y derechos de otras personas.
Pero en si la violencia alcanza hoy dimensiones cada vez más
impactantes en las urbes del mundo y prioritariamente en el continente
latinoamericano y representa un riesgo para la vida y la salud
de las personas afectando el funcionamiento del sistema de atención
de la salud. Es precisamente en estos espacios en donde las características
del proceso de urbanización desigual, reproduce una diversa
calidad de vida en la población, y es esta sociedad de
la exclusión la que genera una verdadera expansión
de violencias, un mundo de todos contra todos; una sociedad competitiva
y autoritaria que niega la diversidad (3).
Por lo tanto, constituye una constante a nivel
mundial, el significativo aumento de ruptura de la convivencia
social pacífica en las grandes ciudades, así como
por las conductas delictivas que afectan los derechos a la vida,
a la integridad, a la libertad (física, sexual, etc.),
a la propiedad, etc., ocasionando con ello una situación
generalizada de inseguridad.
También es necesario mencionar, que las
sociedades modernas viven obsesionadas con la búsqueda
de seguridad, y el tema de la inseguridad se ha convertido en
uno de los más grandes y graves problemas en la actualidad.
Frente a ello, las soluciones que suelen plantearse son diversas:
medidas punitivas drásticas para combatir la criminalidad,
organización de la sociedad civil para crear mecanismos
de protección y prevención frente a actos criminales,
participación de los gobiernos locales en tareas de seguridad
ciudadana, etc.
Desde esta perspectiva, puede señalarse
que existe cierto consenso en delimitar el carácter instrumental
de la seguridad ciudadana, concepto que en un primer momento se
asocia a la represión de los delitos y la búsqueda
de un orden, es decir, se vincula con el control y la reacción
frente a la criminalidad, especialmente en las grandes urbes.
También se acepta que en la base de dicho concepto está
el deber del Estado que es la de brindar protección a sus
habitantes frente a toda amenaza a la seguridad personal y la
de sus bienes.
Desde esa perspectiva, resulta interesante que
en un reciente trabajo el General PNP ® Enrique Yépez
Dávalos(4) haya afirmado que la "seguridad
ciudadana es pues un concepto jurídico que implica tanto
el deber del Estado para preservar la tranquilidad individual
y colectiva de la sociedad ante peligros que pudieran afectarla,
así como garantizar el ejercicio de los derechos y libertades
fundamentales de la persona humana" (5).
Así, la seguridad ciudadana se va configurando
como una actividad de servicio a cargo del Estado, teniendo la
obligación de elaborar diversas políticas (económicas,
sociales, culturales) preventivas y punitivas, en la búsqueda
de garantizar la paz social, la tranquilidad y el desarrollo de
la vida social libre de peligros.
De todo lo anteriormente señalado y haciendo
una aproximación al concepto de seguridad ciudadana podríamos
definirla como aquella situación de normalidad en la que
se desenvuelven las personas, desarrollando actividades individuales
y colectivas con ausencia de peligro o perturbaciones; siendo
además éste un bien común esencial para el
desarrollo sostenible tanto de las personas como de la sociedad.
Pero también podemos entender el concepto de seguridad
ciudadana como aquella acción donde se involucran, para
fines de la seguridad pública, tanto la acción política
de la ciudadanía, como las actividades que por ley el Estado
tiene que proporcionar, sin embargo esta actividad no puede ser
posible sin la participación mutua, eficaz y eficiente,
tomando en cuenta que no se trata de eximir al aparato gubernamental
de su obligación social, pero sí estimar que en
este fenómeno en particular, dada sus características
especiales, no es posible la obtención de resultados positivos
sin la interacción de ambas instancias(6).
Así, la seguridad ciudadana va a tener
una doble implicancia: implica una situación ideal de orden,
tranquilidad y paz, que es deber del Estado garantizar y, asimismo,
implica también el respeto de los derechos y cumplimiento
de las obligaciones individuales y colectivas.
De otro lado, el concepto de seguridad ciudadana
es de data reciente, tanto en su denominación como en su
contenido. Esto es lo que probablemente origine la confusión
del término como otros denominados "orden público"
y "seguridad pública", tomándolos incluso
por sinónimos en algunas legislaciones.
También se puede señalar que seguridad
ciudadana es un sentido amplio para el libre ejercicio de los
derechos y libertades, concepto a partir del cual podríamos
señalar que la seguridad ciudadana se convierte en un valor
jurídicamente protegido en todos los ordenamientos.
Asimismo, podemos indicar que la base de lo que
hoy se entiende por seguridad ciudadana es lograr la interrelación
en sociedad y que esté orientada a una convivencia armoniosa,
tolerante y pacífica de sus integrantes. En definitiva
uno de los objetivos que persigue la seguridad ciudadana es que
las personas puedan desarrollarse y alcanzar la calidad de vida
que deseen en un marco de libertad, sin temores a contingencias
o peligros que afecten sus derechos y libertades.
Por otro lado la paz duradera es imprescindible
y un requisito para el ejercicio de todos los derechos y deberes
humanos. La paz de la libertad -y por tanto de leyes justas-,
de la alegría, de la igualdad, de la solidaridad y donde
todos los ciudadanos cuenten, convivan y compartan. Por ello,
en una versión popular del mensaje por la Paz de 1979 de
Juan Pablo II (7), se puede señalar lo
siguiente: Para lograr la paz y educar por la paz, tenemos
que seguir una lección importante cada día sobre
todo por la gente tentada por el fatalismo. El mensaje de la Iglesia
sobre la paz es doble: la paz es posible y además la paz
es necesaria. Y la paz de que hablamos, como señaló
Juan XXIII en su encíclica Pacem in terris, tiene
que construirse sobre cuatro pilares: la verdad, la justicia,
el amor y la libertad.
En consecuencia, la paz, desarrollo y democracia
forman un triángulo. Los tres se requieren mutuamente.
Sin democracia no hay desarrollo duradero: las disparidades se
hacen insostenibles y se desemboca en la imposición y el
dominio.
Por ello, es preciso identificar las raíces
de los problemas globales y esforzarnos, con medidas imaginativas
y perseverantes, en atajar los conflictos en sus inicios. Mejor
aún es prevenirlos. La prevención es la victoria
que está a la altura de las facultades distintivas de la
condición humana. Saber para prever. Prever para prevenir.
Actuar a tiempo, con decisión y coraje, sabiendo que la
prevención sólo se ve cuando fracasa. La paz, la
salud, la normalidad, no son noticia. Tendremos que procurar hacer
más patentes estos intangibles, estos triunfos que pasan
inadvertidos.
La renuncia generalizada a la violencia requiere
el compromiso de toda la sociedad. No son temas de gobierno sino
de Estado; no de unos mandatarios, sino de la sociedad en su conjunto
(civil, militar, eclesiástica, etc.). La movilización
que se precisa con urgencia para, en dos o tres años, pasar
de una cultura de violencia a una cultura de paz, exige la cooperación
de todos. Para cambiar, el mundo se necesita a todo el mundo.
Es necesario un nuevo enfoque de la seguridad a escala mundial,
regional y nacional. Las Fuerzas Armadas deben ser garantía
de la estabilidad democrática y al orden externo y la Policía
al orden interno y la protección ciudadana, porque no puede
transitarse de sistemas de seguridad total y libertad nula, a
otros de libertad total y seguridad nula.
Las situaciones de emergencia deben tratarse con
procedimientos de toma de decisión y de acción diseñados
especialmente para asegurar rapidez, coordinación y eficacia.
Estamos preparados para guerras improbables, con gran despliegue
de aparatos costosísimos, mas no lo estamos para avizorar
y mitigar las catástrofes naturales o provocadas, que de
forma recurrente nos afectan. Estamos desprotegidos frente a las
inclemencias del tiempo, frente a los avatares de la naturaleza.
La protección ciudadana aparece hoy como una de las grandes
tareas de la sociedad en su conjunto, si queremos consolidar un
marco de convivencia genuinamente democrática. Invertir
en medios de socorro y asistencia urgente, pero también
-y sobre todo- en la prevención y el largo plazo (por ejemplo,
en redes de conducción y almacenamiento de agua a escala
continental) sería estar preparados para la paz. Para vivir
en paz. Ahora estamos preparados para la guerra eventual, para
vivir sobrecogidos e indefensos en nuestra existencia cotidiana
ante percances de toda índole.
No basta con la denuncia. Es tiempo de acción.
No basta con conocer, escandalizados, el número de niños
explotados sexual o laboralmente, de refugiados o de hambrientos.
Se trata de reaccionar, cada uno en la medida de sus posibilidades.
No hay que contemplar solamente lo que hace el gobierno. Tenemos
que desprendernos de una parte de "lo nuestro". Hay
que dar. Hay que darse. No imponer más modelos de desarrollo
ni de vida. El derecho a la paz, a vivir en paz, implica cesar
en la creencia de que unos son los virtuosos y acertados, y otros
los errados; unos los generosos en todo y otros los menesterosos
en todo.
Es evidente que no puede pagarse simultáneamente
el precio de la violencia y el de la paz, por ello Daisaku Ikeda(8)
señala que "La paz no se concreta esperando pasivamente.
Se logra a través de un esfuerzo concentrado y enérgico.
El "arma" más poderosa de quienes crean la paz
es el diálogo, el rehusarse a abandonar la capacidad del
lenguaje, que es lo que nos hace humanos. El diálogo y
la comunicación -cualquiera sea el resultado inmediato-
constituyen, en sí, un acto de fe en nuestra humanidad,
por lo cual debemos trabajar sin descanso para fortalecer y reafirmar.
La lucha por comprender y ser comprendidos requiere que cada uno
de nosotros regrese a la fuente más profunda de la humanidad,
más allá de las diferencias históricas, culturales
o de credo".
Además, garantizar a todos los seres humanos
la educación a lo largo de toda la vida permitiría:
regular el crecimiento demográfico, mejorar la calidad
de vida, aumentar la participación ciudadana, disminuir
los flujos migratorios, reducir las diferencias distributivas,
afirmar las identidades culturales, impedir la erosión
del medio ambiente, con cambios muy sustanciales en los hábitos
energéticos, en el transporte urbano; favorecer el desarrollo
endógeno y la transferencia de conocimientos; impulsar
el funcionamiento rápido y eficaz de la justicia, con apropiados
mecanismos de concertación. Nada de esto puede realizarse
en un contexto de violencia. Habrá necesariamente que trabajar
en aumentar las inversiones en la construcción de la paz.
La paz, y los principios de la libertad, las necesidades
básicas, la democracia, los derechos humanos y la justicia
que están asociados con ella, sólo pueden ser construidos
por medios pacíficos. La violencia, y la perpetuación
de la violencia, es la antítesis de estos valores y terminarán
produciendo más de lo que busca erradicar. Lo que se necesita
es la construcción de un programa positivo y constructivo
que una a las personas para trabajar juntos y crear activamente
la seguridad, el bienestar y la libertad que buscamos. La alternativa
es que tomemos parte en la destrucción de todo lo que queremos,
dándole a los demás el dolor y la devastación
que buscamos evitar(9).
Todos debemos contribuir a facilitar la gran transición
desde la razón de la fuerza a la fuerza de la razón;
de la opresión al diálogo; del aislamiento a la
interacción y la convivencia pacífica. Pero, primero,
vivir y dar sentido a la vida. Erradicar la violencia: he aquí
nuestra resolución. Evitar la violencia y la imposición
yendo, a las fuentes mismas del rencor, la radicalización,
el dogmatismo, el fatalismo, la pobreza, la ignorancia, la discriminación,
la exclusión, son formas de violencia que pueden conducir
-aunque no la justifiquen nunca- a la agresión, al uso
de la fuerza, a la acción fratricida.
Una conciencia de paz -para la convivencia, para
la ciencia y sus aplicaciones- no se genera de la noche a la mañana
ni se impone por decreto. Se va fraguando en el regreso -después
de la decepción del materialismo y del servilismo al mercado-
a la libertad de pensar y actuar, sin fingimientos, a la austeridad,
a la fuerza indomable del espíritu, clave para la paz y
para la violencia.
Terminamos, pues, con fantásticos avances
científicos y tecnológicos: conocemos y tratamos
muchas enfermedades que son causa de sufrimiento y muerte; nos
comunicamos con una nitidez y celeridad extraordinarias; tenemos
a nuestra disposición la información instantánea
y sin límites. Pero los antibióticos y los medios
de telecomunicación no pueden ocultar las sangrientas luchas
que han diezmado millones de vidas en flor, que han infligido
sufrimientos indescriptibles a tantos inocentes. Todas las perversidades
de la violencia, tan patentes hoy gracias a los aparatos audiovisuales,
no parecen capaces de detener la gigantesca maquinaria puesta
en pie y alimentada durante siglos y siglos. Corresponde a las
generaciones presentes la casi imposible tarea bíblica
de "transformar la violencia en paz" y transitar desde
un instinto de violencia -forjado desde el origen de los tiempos-
a una conciencia de paz. Sería el mejor y más noble
acto que la "aldea global" podría realizar. El
mejor obsequio a nuestros descendientes. ¡Con qué
satisfacción y alivio podríamos mirar a los ojos
de nuestros hijos!
Pero también se hace necesario hablar de
¡los derechos humanos! en este milenio, ésta debe
ser nuestra utopía: ponerlos en práctica, completarlos,
vivirlos, re-vivirlos, re-avivarlos cada amanecer Ninguna nación,
institución o persona debe sentirse autorizada a poseer
y representar los derechos humanos ni menos aun a otorgar credenciales
a los demás. Los derechos humanos no se tienen ni se ofrecen,
sino que se conquistan y se merecen cada día. Tampoco deben
considerarse una abstracción, sino pautas concretas de
acción que deben incorporarse a la vida de todos los hombres
y las mujeres, y a las leyes de cada país.
Lo que se necesita, por tanto, es acción.
Para que la gente de todas las comunidades del mundo se una, alcancen
y trabajen activamente por la construcción de la paz por
medios pacíficos y para la transformación de todas
las formas de violencia directa, estructural y cultural. Quienes
están aterrados por el dolor, la devastación y la
destrucción que crean la violencia y la guerra, deben tener
el coraje de ponerse de pie y tomar el camino de los principios
de la no violencia y la paz(10).
Por ello debemos de hacer un llamamiento a todas
las familias, a los educadores, a los religiosos, a los parlamentarios,
políticos, artistas, intelectuales, científicos,
artesanos, periodistas; a todas las asociaciones humanitarias,
deportivas, culturales; a los medios de comunicación, para
que difundan por doquier un mensaje de tolerancia, de no violencia,
de paz y de justicia. Para que fomenten actitudes de comprensión,
de desprendimiento, de solidaridad; para que, con mayor memoria
del futuro que del pasado, sepamos mirar juntos hacia adelante
y construyamos así, en condiciones adversas y en terrenos
inhóspitos, un porvenir de paz y derecho fundamental.
Para concluir podríamos señalar
que es necesario "evitar el horror de la violencia a nuestros
descendientes", "construyendo los baluartes de la paz
en el espíritu de todos nosotros", es decir menos
VIOLENCIA y mayor PAZ.
- Angarita Cañas, Pablo
Emilio.- La Seguridad Ciudadana: Nuevo reto en la. Defensa de
los Derechos Humanos. IIDH. 2002
- Domínguez Vial, Andrés.-
La Seguridad Pública, origen, cambios y perspectivas.
IIDH. 2002
- Lafont, Ester, El abordaje
de la violencia social y las políticas públicas,
May. 2005, http://www.monografias.com/ trabajos21/violencia-social/violencia-social.shtml.
- El General PNP ® Enrique
Yépez Dávalos, Primer Director de la Dirección
de Participación Ciudadana de la Policía Nacional
del Perú (entre julio de 1997 y diciembre del 2001) y
desempeñó el cargo de Secretario Técnico
del Consejo Nacional de Seguridad Ciudadana (de agosto del 2003
a mayo del 2004).
- General Yépez Dávalos,
Enrique; Seguridad Ciudadana, 14 lecciones fundamentales, Instituto
de Defensa Legal, Lima, Perú, 2004, p. 25.
- De la Peña Martínez,
Jorge.- La Seguridad Ciudadana como una acción política.-
IIDH.- 2002
- Juan Pablo II.- Mensaje por
la Paz en el 2004.- http://www.vatican.va/holy_father/ john_paul_ii/
messages/peace/documents/hf_jp-ii_mes_20031216_xxxvii-world-day-for-peace_sp.html
- Daisaku Ikeda.- Presidente del SGI.- Publicado
en SOKA GAKKAI INTERNACIONAL.- http://www.sgi.org/spanish/presidente/ensayos/obras_ens_304.html
- Frithjof Brand-Jacobsen.- Presidente del Programa
para Otorgar Poder a los Actores para la Paz y coordinador de
la Coalición para la solidaridad global y desarrollo
social.- publicado en SOKA GAKKAI INTERNACIONAL.- http://www.sgi.org/spanish/inicio/quarterly/27/TemaPrincipal6.html.
* Policía
Nacional del Perú - Ingeniero en Estadística e Informática
- Instructor en Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario
certificado por el Comité Internacional de la Cruz Roja.
Mail:
ddcar@ec-red.com
ddcar12@hotmail.com
davidcarhuamaca@yahoo.com

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