Actualidad
Relaciones internacionales y los derechos
de las futuras generaciones
Fernando Chamorro*
·
Una de las características
fundamentales de los derechos humanos es la de constituir
un conjunto de normas, sustentadas en la Declaración
Universal y los Pactos de Derechos Civiles y Políticos
y de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, que
van complementándose con nuevos instrumentos jurídicos
que amplían su ámbito de protección.
Dado que los comportamientos
humanos evolucionan permanentemente, se requieren mayores
formas de protección que amplían anteriores
conquistas, con el fin de lograr una mayor seguridad y bienestar
de la humanidad mediante el establecimiento de responsabilidades
por parte de los individuos, el sector privado y los órganos
del Estado.
En esa tarea los grupos
sociales tienen un liderazgo fundamental. No obstante, para
que sus aspiraciones y planteamientos tengan obligatoriedad
deben ser acogidas en los foros internacionales, particularmente
las organizaciones intergubernamentales, que luego de largos
procesos de negociación logran que esas propuestas
se transformen en instrumentos jurídicos que son adoptados
y ratificados por los Estados.
Vivimos una realidad marcada
cada vez más por la vida internacional, en ella el
ejercicio de la diplomacia trae consigo múltiples exigencias.
Si bien la función diplomática tuvo en su origen
como meta la "política exterior" y
la "negociación entre estados", hoy
se la define como "la inteligencia y el tacto puestos
al servicio de las relaciones oficiales entre gobiernos"
(1).
A pesar de que la determinación
del contenido de la política exterior corresponde al
Jefe de Estado, son las Cancillerías las únicas
que poseen la memoria y la capacidad para el análisis
de todas las múltiples aristas de una situación
internacional.
En algún momento
se pensó que un mundo en el cual los jefes de Estado
se reúnen con frecuencia y se comunican permanentemente
por teléfono o por medios electrónicos, conduciría
a una disminución del rol de la diplomacia. Quienes
así pensaron cometieron un error, pues ocurre exactamente
lo contrario. Cada encuentro de jefes de Estado, inclusive
cada llamada telefónica, requiere siempre de preparación.
Esos memorandos redactados
por funcionarios de carrera, que facilitan el diálogo
o la decisión de los gobernantes, garantizan el prestigio
y la seriedad de un país, pues son preparados con enorme
cuidado a fin de precautelar las consecuencias de toda decisión
en materia de relación internacional.
Para ello se hacen indispensables
condiciones personales que incluyan una sólida formación
en valores y una amplia capacitación intelectual. Solamente
así puede ejercerse la función diplomática
con eficiencia.
El diplomático
debe atender durante su carrera asuntos complejos y diversos,
particularmente cuando actúa en el ámbito de
la diplomacia multilateral. Esto le demanda una permanente
actualización.
Dentro de los múltiples
áreas de formación que todo diplomático
requerirá durante su carrera, hay uno que no puede
soslayarse. Se refiere al tema de los derechos humanos, pues
muchos de los asuntos que se tratan en lo internacional les
concierne de una u otra forma.
Aspectos que tradicionalmente
no se asociaban a esta materia, como temas de fronteras, convenios
comerciales, relación cultural, petrolera, derechos
del mar o del espacio, están signados por reflexiones
que tienen que ver con las personas, su dignidad, su integridad,
sus condiciones de existencia o la preservación del
medio ambiente.
Es fácil constatar
que las más graves situaciones de conflicto, hacen
que el tema de los derechos humanos y el derecho humanitario
afloren constantemente.
Por ello resulta conveniente
plantear algunas preocupaciones relacionadas con los derechos
de las futuras generaciones, tema que determina una suerte
de rumbo para el avance de los derechos humanos, pues se orientan
a una convivencia pacífica y respetuosa entre seres
humanos y a consolidar un sentido de responsabilidad con el
futuro de la humanidad.
Todos estamos conscientes
de que la diplomacia no se reduce a solucionar problemas coyunturales.
Sus actos trascienden en la mayoría de casos al futuro
de un Estado en su vínculo con otros Estados, grupos
de Estados o la comunidad internacional en su conjunto. La
firma de un acuerdo, protocolo o convención internacional
puede tener repercusiones y consecuencias inmediatas, pero
siempre condiciona comportamientos muchos años después
de su firma y ratificación.
Nos encontramos entonces
frente a una actividad que marca derroteros para la vida de
los países, pero, sobre todo, para los seres humanos.
Por ello es más necesaria, por parte de los diplomáticos,
esa mesura y ponderación en el análisis y, sobre
todo, un gran sentido de la trascendencia de sus decisiones.
Una de las preocupaciones
actuales de la comunidad internacional tiene que ver con la
suerte de las generaciones que vendrán ante los desafíos
que plantea el futuro de la humanidad. Sin embargo, este tema,
que a primera vista nos parece obvio, ha sido objeto de interrogantes
desde el punto de vista filosófico y jurídico.
Surgen cuestionamientos
que plantean si las futuras generaciones pueden o no tener
derechos, pues "no existen aún y, por consiguiente,
no podríamos asignarles personalidad jurídica,
por lo que no pueden considerarse sujetos de derechos"(2)
. Como mucho, se afirma, podríamos admitir, que sean
sujetos potenciales de ciertos derechos.
Pese a esa posición,
jurídicamente pertinente, la mayoría de autores
admite que existen derechos inalienables, fundamentados en
un sistema moral que no pueden soslayarse, así, la
satisfacción de necesidades básicas, el derecho
a la vida o el derecho a la dignidad humana.
Esta posición se
basa en "la obligación de no condicionar con
nuestras elecciones, salvo dentro de los límites más
restrictivos posibles, las preferencias e intereses de las
generaciones por venir"(3) . Así,
las políticas actuales deben preservar las condiciones
que son esenciales para toda sociedad, en el entendido de
que las generaciones futuras coincidirán en algunos
aspectos con las concepciones morales que hoy tenemos.
Habría que preguntar
a quienes no participan de esta exigencia de solidaridad con
las generaciones futuras ¿cómo podríamos
hablar de progreso de la humanidad si no tuviésemos
la convicción de que va a existir futuro?
Cabe, entonces, hablar
de derechos de las futuras generaciones, lo cual nos conduce,
como contrapartida, a plantearnos las obligaciones que tenemos
con ellas. Ninguna posición racional puede eximirnos
de esa responsabilidad con el argumento de que debemos preocuparnos
solamente de nuestra propias necesidades actuales.
Durante la 29ª reunión
de la Conferencia General de Unesco, realizada en París
en 1997, fue adoptada la Declaración sobre las Responsabilidades
de las Generaciones Actuales para con las Generaciones Futuras
(4) documento de enorme importancia para la humanidad,
que lamentablemente no ha sido suficientemente difundido ni
estudiado.
Una de las principales
finalidades de la creación del sistema de las Naciones
Unidas fue la de "preservar a las generaciones venideras
del flagelo de la guerra" y dar sustento a los valores
y principios que consagran la Declaración Universal
de Derechos Humanos. En lo internacional, esta finalidad ha
ido consolidándose mediante la aprobación de
instrumentos complementarios como los Pactos Internacionales
de Derechos Civiles y Polìticos, de Derechos Económicos,
Sociales y Culturales, y Convenciones sobre Derechos del Niño,
de la Mujer, de los Migrantes, etc.
Entre las características
que el filósofo italiano Norberto Bobbio asigna a las
personas de mentalidad progresista está la de tener
cierto sentido de la trascendencia, pensar el futuro como
una responsabilidad compartida por quienes vivimos el presente.
Me referiré específicamente
a tres preocupaciones de esta Declaración que considero
fundamentales: el derecho a un medio ambiente sano; el derecho
a la vida; y, la preservación del patrimonio cultural.
El derecho a un medio
ambiente sano
Nadie discute que los
seres humanos hemos ocasionado en toda la historia severos
daños a la naturaleza. No obstante, estamos viviendo
un período que no repara en poner en peligro la existencia
misma de la humanidad y su entorno.
¿Tenemos, en esta
materia, alguna responsabilidad frente a las generaciones
que vendrán? La respuesta no puede ser sino afirmativa,
pues ya diversas normas internacionales han delimitado responsabilidades
de las actuales generaciones.
Así, la Convención
para la Protección del Patrimonio Mundial, Cultural
y Natural, de 1972; el Convenio Marco de las Naciones Unidas
sobre el Cambio Climático y el Convenio sobre la Diversidad
Biológica aprobados en 1992; la Declaración
de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, aprobada
por la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente
y el Desarrollo en 1992, la Declaración y el Programa
de Acción de Viena aprobados por la Conferencia Mundial
de Derechos Humanos en 1993, las resoluciones de las Naciones
Unidas sobre la protección del clima mundial para las
generaciones presentes y futuras aprobadas desde 1990, para
no citar sino unas pocas.
La solución de los problemas mundiales actuales demanda
una cooperación internacional que permita crear condiciones
para que la carga del pasado no comprometa las necesidades
ni los intereses de las generaciones futuras. En suma, se
trata de legar a nuestros descendientes un mundo mejor, o
quizá menos destruido.
Todos los estudios señalan
que el destino de las generaciones venideras depende en gran
medida de las decisiones y medidas que se tomen hoy y que
"los problemas actuales, comprendidos la pobreza,
el subdesarrollo tecnológico y material, el desempleo,
la exclusión, la discriminación y las amenazas
al medio ambiente, deben resolverse en beneficio de las generaciones
presentes y futuras"(5).
Esos argumentos sustentan
la razón de ser de este instrumento internacional,
a los que se añade la obligación moral de formular
"reglas de conducta que se inscriban en una perspectiva
amplia y abierta al porvenir".
En su artículo
1º la Declaración anota que "Las generaciones
actuales tienen la responsabilidad de garantizar la plena
salvaguardia de las necesidades y los intereses de las generaciones
presentes y futuras"
Complementariamente, el
artículo 4º señala que las generaciones
actuales tienen la responsabilidad de "legar a las
generaciones futuras un planeta
que no esté irreversiblemente
dañado por la actividad del ser humano. Al recibir
la Tierra en herencia temporal, cada generación debe
procurar utilizar los recursos naturales razonablemente y
atender a que no se comprometa la vida con modificaciones
nocivas de los ecosistemas y a que el progreso científico
y técnico en todos los ámbitos no cause perjuicios
a la vida en la Tierra."
¿Por qué
resulta trascendental este planteamiento? Algunos datos ayudarán
a responder esta interrogante (6):
Con el ritmo de contaminación
actual, el calentamiento y la degradación del planeta
se incrementan de manera vertiginosa. Anualmente se producen
6.000 millones de toneladas de gas carbónico por el
uso de combustibles fósiles. Si eso continúa,
la contaminación crecerá un 60 % en los próximos
30 años.
La primera consecuencia
ha sido que desde 1976 haya disminuído el 10 % del
casquete polar del norte. Su espesor se redujo en ese período
en un 40%. También la región antártica
pierde 254 km3 de hielo por año.
Esto significa que el nivel de los mares que venía
incrementándose en 2,4 mm. anuales, podría convertirse
en pocas décadas en la subida de un metro, e inclusive
más.
Los años que van
entre 1995 y 2005 fueron los más cálidos desde
el siglo XIX, esto ha producido en 2004 y 2005 el mayor número
de ciclones tropicales en Estados Unidos y Asia. Sólo
en Estados Unidos se calcula que los daños costaron
90.000 millones de dólares en esos años.
China e India suman casi
la mitad de la población mundial. Su actual desarrollo
les obliga a producir grandes represas, centrales eléctricas,
vehículos y electrodomésticos. Son sociedades
cuyo ritmo de contaminación, sumado al de los países
desarrollados, acelera rápidamente el daño planetario.
Mientras unos pocos países
se dividen el 60% de las reservas de agua dulce, el Asia que
concentra el 60% de la población mundial no dispone
sino del 30% de recursos hídricos.
Más de cinco millones
de personas mueren anualmente por enfermedades vinculadas
con el agua, esto es, de diez veces más que la suma
de víctimas de las guerras.
Las Naciones Unidas preven
que dentro de veinte años, 1800 millones de seres humanos
vivirán en regiones afectadas por una carencia y otros
5 mil millones en regiones donde no será posible atender
a todas sus necesidades de agua.
El artículo 5 de
la Declaración señala el compromiso de las generaciones
actuales a fin de que las futuras "puedan disfrutar
de la riqueza de los ecosistemas de la Tierra", para
lo cual deben preservarse "las condiciones de la vida
y, especialmente, la calidad e integridad del medio ambiente.".
Este compromiso obliga a "cuidar de que
no se
expongan a una contaminación que pueda poner en peligro
su salud o su propia existencia" y conservar "los
recursos naturales necesarios para el sustento y el desarrollo
de la vida humana".
El consumo de energía
muestra claramente las diferencias entre los pueblos del norte
y del sur. Un europeo gasta 30 veces más energía
que un habitante del tercer mundo, mientras un norteamericano
gasta 50 veces más.
También los desechos
producidos por el consumo humano crecen de manera alarmante.
Ciertas sociedades viven la abundancia y el desperdicio. Inclusive
en nuestros países muchos de los productos que consumimos
utilizan embalajes innecesarios.
Un indicador del grado
de desarrollo de una sociedad es el volúmen de desperdicios
de basura doméstica. Si es más de un kilo diario
por habitante estamos en una sociedad desarrollada, si utilizamos
3 kilos
vivimos en Estados Unidos.
Bajo el control de las
Naciones Unidas y regido por la Convención de Bale,
existe desde 1989 un organismo internacional encargado de
reglamentar la producción y los movimientos transfronterizos
de basura. Solamente 50 países declaran los volúmenes
de desechos que movilizan, siempre a los países del
sur, la mayoría altamente tóxicos.
A pretexto del reciclaje,
los países desarrollados envían basura en diversas
formas, desde la electrónica (computadores, teléfonos
portátiles, televisores), algunos de cuyos componentes
son altamente perjudiciales como el plomo, cadmio y mercurio,
cuando no desechos de hospitales y nucleares, con el argumento
de que acá serán reciclados. Esta actividad
no solo pone en peligro la salud de los trabajadores sino
del medio ambiente, cuyos suelos, aire y capas freáticas
son contaminados.
Otra responsabilidad establece
que "Antes de emprender grandes proyectos, las generaciones
actuales deben tener en cuenta sus posibles consecuencias
para las generaciones futuras".
Esrto generalmente no
ocurre. Lamentablemente, una mentalidad sesgada por la ganancia
rápida y fácil, sin reparar en la responsabilidad
social de las empresas, nos va conduciendo a situaciones que,
según algunos expertos, dentro de poco serán
insostenibles.
El derecho a la vida
En los art. 3 y 6 se trata
del "Mantenimiento y perpetuación de la humanidad"
y del "genoma humano y diversidad biológica",
Allí se afirma
que "las generaciones actuales deben esforzarse por
asegurar el mantenimiento y la perpetuación de la humanidad
y, no se ha de atentar de ninguna manera contra la naturaleza
ni la forma de la vida humana" .
También se establece
que "ha de protegerse el genoma humano
y la
diversidad biológica. El progreso científico
y tecnológico no debe perjudicar ni comprometer de
ningún modo la preservación de la especie humana
ni de otras especies".
A este respecto el debate
se centra ahora en los organismos genéticamente modificados,
plantas o animales cuyo genoma ha sido cambiado con uno o
varios genes extraños a su especie. Esto permite obtener
características diferentes que ni la evolución
ni las técnicas clásicas lo habrían permitido.
Resulta imposible que un gen de pescado, por ejemplo, se incorpore
naturalmente en una granadilla o un taxo.
Quienes defienden las
modificaciones genéticas en plantas y animales aducen
que sus detractores son retrógrados que van en contra
de la ciencia. Olvidan que en múltiples ocasiones el
progreso científico no trae como consecuencia el mejoramiento
de la especie humana.
Todo organismo genéticamente
modificado puede desarrollar características no previstas,
debido a la interacción de los genes transmitidos y
el genoma de la especie que lo recibe.
Actualmente se cultivan
cien millones de hectáreas de productos genéticamente
modificados. Los principales productores son 5 países:
Estados Unidos, Canadá, Argentina, Brasil y China que
suman más del 95 % de esos productos.
Quienes proponen una moratoria
en su producción y venta señalan que la investigación
aún no es suficiente para universalizarla.
Por ejemplo, estudios
científicos realizados con ratas alimentadas con maíz
Monsanto 863 muestran cambios significativos en la composición
sanguínea y varias anomalías de órganos
internos como el hígado y los riñones. No obstante,
dicho maíz sigue produciéndose y vendiéndose.
Otra experiencia la tuvo
Estados Unidos donde el tomate de larga duración fue
rápidamente sacado del mercado debido al rechazo de
los consumidores por su sabor desagradable.
En Irak, cuna de origen
del trigo, la autoridad provisional de Estados Unidos impuso
un programa de USAID por el cual se crearon 54 sitios de semillas
de trigo "mejoradas" por Monsanto.
Algunos científicos
temen, por ejemplo, que debido al consumo humano de organismos
genéticamente modificados, las bacterias de nuestros
intestinos cambien y vuelvan al organismo inmune a los antibióticos
actuales.
Esto ha llevado a que
Noruega construya en la isla de Svaldard, en el límite
del círculo polar ártico, una enorme caverna
artificial donde se guardarán más de dos millones
de semillas de todas las variedades de plantas cultivadas
en el planeta. Esta previsión no hace sino confirmar
el riesgo en que vivimos.
Lamentablemente, también el desmesurado afán
de lucro de unas pocas empresas nos ha conducido a situaciones
que ponen en peligro la integridad de la vida en el planeta.
La preservación
del patrimonio y la diversidad cultural
El artículo 7 de
la Declaración establece que "las generaciones
actuales deberán velar por preservar la diversidad
cultural de la humanidad
tienen la responsabilidad de
identificar, proteger y conservar el patrimonio cultural material
e inmaterial y de transmitir ese patrimonio común a
las generaciones futuras".
También señala en su artículo 8 que "han
de utilizar el patrimonio común de la humanidad
,
sin comprometerlo de modo irreversible".
Así como en el
planeta se degradan los recursos naturales, se pierden las
culturas y las lenguas. El año 2004 existían
en el mundo entre 5000 y 7614 lenguas (7),
de ellas, el 90 % son habladas por menos del 5% de los habitantes
del planeta, 500 lenguas son utilizadas por menos de 100 personas.
Esto ha conducido a los
especialistas en demolingüística a hablar de lenguas
supercentrales, que son el inglés, el español,
el francés y el portugués, idiomas de antiguos
países colonizadores.
El inglés, actual
lengua de comunicación universal, es idioma oficial
en 45 países. Las de origen latino son oficiales en
60 países: 30 para el francés, 20 para el español,
7 en portugués, 2 en italiano y 1 en rumano.
Toda lengua es mucho más
que un vehículo de comunicación, es un conjunto
de valores, creencias, saberes y costumbres que se transmiten
por generaciones.
Los datos nos confirman
que las lenguas mueren de manera alarmante y con ellos, sus
culturas. Se afirma que en los próximos cien años
se habrán perdido entre el 50 y el 90% de las lenguas
que actualmente se hablan en el mundo. Esto constituye una
pérdida en varios sentidos.
Un campo nuevo de investigación
trata de la "diversidad biocultural" y relaciona
la cultura y las lenguas con el medio ambiente y los derechos
humanos. Los estudios de la organización no gubernamental
Terralingua señalan que existe una profunda relación
entre la protección de la diversidad cultural y la
del medio ambiente, pues cada cultura desarrolla mecanismos
para sobrevivir utilizando la biodiversidad para conservar
su vida. Esto significa que, a mayor diversidad cultural se
protegerá más la diversidad biológica.
Allí surge una
nueva corriente de defensa para las futuras generaciones,
en la cual también se lucha contra la hegemonía
de empresas a las cuales solo interesa un mundo homogéneo,
en el cual unas pocas industrias culturales obtengan beneficios
en toda la humanidad.
Como vemos, las luchas
que se libran por establecer parámetros de comportamiento
moral para la humanidad nos enfrentan a poderosos intereses
económicos y tocan irremediablemente el mundo internacional.
Allí las organizaciones
sociales y la diplomacia tiene una misión que cumplir,
pues muchos de esos asuntos constituyen una suerte de avanzada
en la búsqueda de un mundo más humano que respete
la diversidad y sea menos indiferente a los grandes problemas
de la humanidad.
Todo ejercicio responsable
de la función pública internacional, ya sea
en el marco de la diplomacia gubernamental como del trabajo
en organismos internacionales, debe responder a parámetros
éticos y exige una lucidez que contribuya a orientar
el futuro de la humanidad. En ese contexto, la defensa de
los derechos humanos constituye una tarea de gran significación.
En su historia, la diplomacia
ecuatoriana ha tenido una destacada participación en
esta materia. Muchos de sus diplomáticos ocuparon posiciones
relevantes en los más importantes Comités de
derechos humanos y Cortes internacionales. Inclusive tuvimos
el privilegio de que el primer Alto Comisionado de las Naciones
Unidas para los Derechos Humanos sea un ecuatoriano.
Ese es el reto que corresponde
mantener y fortalecer a las nuevas generaciones de jóvenes
y particularmente de diplomáticos de un país
que, pese a sus múltiples dificultades, conserva aún,
en la esencia de su cultura, un profundo sentido de respeto
y valoración del ser humano y de su entorno.
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