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Dentro de los países latinoamericanos, el ejercicio pleno
de la participación política se ve afectado de manera
continua por diversos factores. El principal obstáculo
para el desarrollo de una postura integral y completa al respecto
es la presencia de discursos que eluden los múltiples niveles
de interacción de cada persona, sobre todo el campo de
las sexualidades. Es evidente que nuestros estados y gobiernos
no han incorporado a cabalidad esta instancia dentro del sistema
político, negando las posibilidades de reivindicar plenamente
el derecho a vivir nuestra sexualidad.
Desde nuestra perspectiva, el agente social más importante
que evita obtener estas reivindicaciones es la Iglesia católica,
mediante el desarrollo de una geopolítica vaticana internacional
y el discurso del magisterio eclesiástico, los cuales influyen
tanto en las políticas públicas de los gobiernos,
como en la conformación de cierto sentido de humanidad
en cada uno de los habitantes de nuestros países. Estas
acciones están determinadas por la concepción cristiana
del cuerpo y a la vez de su participación en el ámbito
público, lo cual origina una manera de quehacer político.
Por lo tanto, es necesario identificar las relaciones dadas en
las concepciones de cuerpo, de política y de derechos humanos
dentro de la Iglesia católica, y establecer su influencia
en el imaginario político de occidente.
En este sentido, nuestro ensayo busca comprender ¿cómo
el deseo construye una categoría analítica frente
a la visión del discurso sobre derechos humanos de la Iglesia
católica referido a las personas GLBT?, desde nuestra experiencia
en Lima. Así, presentamos una reflexión desde la
filosofía política de las concepciones eclesiásticas,
confrontándolas con nuestro análisis de los procesos
identitarios a partir del deseo. El análisis de los procesos
identitarios se circunscribe a comprender cómo la acción
deseante se deslegitima mediante el ocultamiento de múltiples
realidades como las de las mujeres y hombres que viven su sexualidad
de manera distinta al estereotipo conservador, regulado principalmente
en el Perú, por la Iglesia católica, tales como
los miembros de la comunidad GLBT, entre muchos otros, quienes
se conforman como sujetos políticos.
Este trabajo busca identificar y comprender las relaciones que
se entretejen en la actualidad entre los discursos eclesiásticos
y las demandas por ampliar el sentido de la participación
política, sobretodo el de la población GLTB. Esta
relación desarrollada históricamente y que en la
actualidad cobra nuevos matices, altera una participación
justa y equitativa. Así, este trabajo busca desarrollar
clara conciencia sobre los mecanismos discursivos de control eclesiásticos
que se expanden en la sociedad peruana mediante el cual se pueda
combatir el fundamentalismo católico y su injerencia en
el gobierno peruano.
| Entre el
deseo y el Estado: una mirada a los derechos humanos.
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Nuestro pensamiento político ha estado siempre circunscrito
al establecimiento de un plan fundamental sobre la vida en sociedad.
A partir de la aparición del cristianismo, éste
se ha referido al plan signado por la salvación, es decir,
por la creación de un espacio y tiempo completamente trascendente
a nuestra existencia humana. Esta Civita Dei, como diría
Agustín de Hipona, ha sido una de las tantas expresiones
de la metáfora de la ausencia que ha caracterizado el ejercicio
de la política y desde luego nuestra participación
en ella. El plan de salvación ha creado un espacio que
elude a través de su metáfora una serie de acciones
y sentidos ubicados en nuestros propios cuerpos.
Esta metáfora de la ausencia establecida entre el estado
y la dinámica de nuestros cuerpos ha originado complejas
relaciones de poder, cuyas bases se encuentran en la expropiación
de la corporalidad por parte del aparato político, expresándose
en un cierto reconocimiento, siempre sesgado y mutilado, de nuestra
condición humana. La modernidad ha establecido este reconocimiento
mediante cierto discurso de los derechos humanos, el cual a partir
de la idea de dignidad humana ha creado compartimentos estancos
que no han permitido crear una visión plena de reivindicación,
y mucho menos una participación política plural
y equitativa. Ya que el concepto de dignidad humana, dependiendo
de la época, ha sido conformada a través de algunos
requisitos que condicionan la reivindicación, como el ser
varón (y además, exclusivamente heterosexual), blanco,
propietario, letrado, ha establecido criterios de discriminación
y exclusión que no corresponden con una vida plena de sentido.
Por tanto, nosotros buscamos explorar nuevas posibilidades para
comprender el quehacer político a partir de nuevas dimensiones
inagotables: el cuerpo, el deseo y el placer.
Quienes han pensado la política desde hace muchos siglos
han descartado estas posibilidades analíticas; sólo
a partir de las luchas feministas estas visiones han ido calando
en nuestro imaginario de manera muy lenta, y además, también
con sesgos importantes (1) . En las últimas
décadas, una serie de movimientos sociales han puesto en
el debate la pluralidad y riqueza de otros puntos de vista sobre
la manera de cómo interpretar el ejercicio político.
Nuestra intención es dilucidar estas nuevas categorías.
La elusión del deseo: la política como metáfora
de la ausencia.
El establecimiento de una visión hegemónica sobre
el quehacer político en la cultura occidental, y desde
luego en otras culturas, ha sido una manera de determinar y limitar
la capacidad de poder apropiarnos de nuestro destino. Esta cartografía
hegemónica ha construido las dinámicas de poder
mediante la extracción de éstas del escenario público,
transformándolas en relaciones privadas donde la desigualdad,
la injusticia y la exclusión han sido concebidas como naturales
e inalterables. De esta manera, la conformación de lo político
ha sido vista como el cumplimiento inexorable de la norma naturalizada,
en la cual cada persona debe alienarse para ser parte de un "destino
común", establecido, por quienes se han apropiado
del poder, no desde lo público - lo común a todos,
siempre mediado por el diálogo de las intimidades - sino
desde la construcción de una metáfora de la ausencia
impuesta desde la creación del espacio privado. Así,
la visión hegemónica exige de las personas quienes
en esta cartografía han sido colocadas dentro de los márgenes
sociales una renuncia total a sus propias vidas, a sus deseos
y afectos. Esta exigencia a renunciar está mediada por
la deshumanización de la persona por parte del sistema
y sus detentadores del poder.
Esta definición que relaciona así el centro de
poder con la capacidad de apropiarnos de nuestro propio destino
ha configurado el espacio donde ejercitamos la política
como un escenario de ausencia, donde no existe la posibilidad
de establecer un encuentro con la intimidad de lo otro dentro
del ámbito público. Esta ausencia se caracteriza
por la elusión continua de una serie de dimensiones, pero
principalmente, por la negación del deseo que construye
nuestra corporalidad y sus prácticas.
El problema del quehacer político desde nuestro punto
de vista es justamente esta ruptura del vínculo entre las
dinámicas del cuerpo y el estado, establecida por el proceso
de privatización de lo público expresada en la ausencia
de la metáfora política, especialmente en las sociedades
latinoamericanas. En este sentido, deseamos recalcar que este
proceso se intensificó con la aparición del imperio
de la iglesia católica romana dentro de la historia política
occidental, y en definitiva se mantiene en la estrecha relación
que algunos estados poseen con el poder de la jerarquía
eclesiástica. Este espacio creado por dicha relación
oprime y excluye de las relaciones políticas -cuyo carácter
es eminentemente público- a una serie de personas, quienes
no participan del imaginario establecido por esta cartografía
hegemónica. De esta manera, es importante establecer la
relación entre el cuerpo, la iglesia y el gobierno a través
de una breve hermenéutica sobre este sentido de política
conservadora.
Esta relación la encontramos de manera clara en el análisis
de los documentos del Concilio de Calcedonia, ocurrido en 451,
bajo los auspicios de los emperadores Marciano y Valentiniano,
el cual promulga la doctrina de la encarnación de Cristo.
Elisabeth Schüssler nos permite conocer algunos datos resaltantes
para nuestro análisis: "La palabra incarnatio, que
significa 'encarnar' (in + caro [carne]) traduce dos palabras
griegas distintas del texto del concilio: enanthroposin y oikonomia.
Enanthroposin se utiliza solamente una vez en el texto en el sentido
de vivir entre (en) o de tener la apariencia de un ser humano
(anthropos). La otra expresión griega, oikonomia, traducida
al latín como incarnatio, es una forma compuesta de oikos
(casa) y nomos (ley, orden, gerencia). Su significado original
es gerencia, orden, o administración de una casa [
]
Lo que se traduce como 'misterio de la encarnación' debería
expresarse como el 'misterio de la gerencia - el orden, la ley,
la economía - (doméstica)'. Tal traducción
desmitificaría la derivación latina y revelaría
que el misterio de la 'encarnación' es el del kyriarcado,
puesto que en la Antigüedad el orden kyriarcal de la casa
era el paradigma del orden del estado y de todo el universo. El
gobierno kyriarcal sería consiguientemente el método
de gobierno y de la organización del Señor"
(2) .
En esta lectura del discurso sobre el cuerpo de Cristo - habiendo
eludido su nombre judío - creado por el poder imperial
y pontificio, podemos hallar una veta rica para el análisis
sobre la relación entre cuerpo, iglesia y gobierno. El
primer punto es comprender como la hegemonía construye
un paradigma, transformando la pragmática corporal de Jesús
que en la época protocristiana se hallaba dentro del tropo
del cuerpo nacido y muerto en la taxiótica (3)
de Cristo, emperador y señor del cosmos, cuyo sustento
es el cuerpo continuo. La pragmática corporal es un concepto
que nos ayuda a entender la irrupción del deseo y del placer
dentro de lo político, en tanto su acción hace significar
la realidad no a partir de un significante -ley o norma- sino
gracias a un vínculo empático entre las prácticas
del cuerpo y la otredad en el espacio público. De esta
manera, la pragmática crea un puente entre las dinámicas
del deseo, constituyentes del cuerpo, y lo político mediante
la destrucción del carácter ausente del lenguaje,
instituido desde las relaciones de poder. En sentido contrario,
la taxiótica corporal es una estrategia de quienes detentan
el poder para eludir el carácter subversivo y dialéctico
del vínculo empático, mediante el establecimiento
de un arreglo, una disposición, un buen orden, un estado
y una función, cuyo fin es arreglarse, disponerse, ordenarse
tras una certeza, inmutable, y en el caso del cristianismo post
niceno, trascendente. Al eludir el deseo, este buen orden convierte
al ejercicio político en una metáfora de la ausencia,
en donde el ágora pública deja de tener voces discordantes
para obtener una sola voz.
La pregunta principal es cómo el poder llega a transformar
el discurso de la pragmática en uno de la taxiótica,
y en nuestro caso, cómo el poder pontificio coludido con
el gobierno imperial lo hicieron. Además, nos conduce a
preguntarnos qué consecuencias tiene este proceso para
la comprensión de la política, especialmente en
estados como los latinoamericanos en donde la relación
entre el gobierno, el estado y la jerarquía eclesiástica
es tan estrecha. Nuestra hermenéutica del cuerpo de Jesús
está centrada en el tropo del cuerpo nacido y muerto, es
decir, lo entendemos como una máquina histórica
de la acción social que mantiene para sí el sentido
erótico de lo político creando un espacio de interrogación
y demanda que lo muestra denso, cuyo rastro se dibuja en los síntomas
de la desnudez, la extranjería y la muerte. Además,
traza la historia del deseo y su relación con sus técnicas:
las sensitivas y las sociales. Estas relaciones se ubican en el
cosmos y en el cuerpo, y se muestran en la manera de percibir
de los sentidos, a la cual el deseo, que cruza al (micro) cosmos,
transforma en una técnica sensitiva que nos abre las puertas
del placer. Por lo tanto, el placer/displacer es una técnica,
debido a que es instrumento de lo erótico, resultado de
la intersección entre la percepción del cuerpo y
el cosmos (en tanto narrado en la historia), cuya formación
se halla dentro de una dinámica más grande conformada
por el deseo que emana la extranjería, en tanto intersección
del flujo erótico de lo social y su técnica social:
la culpa/perdón. En este sentido, a partir de nuestra exégesis
del nacimiento y la muerte del cuerpo de Jesús, en el cual
resaltamos la ruptura y la abyección, instaurados en el
campo social de la culpa/perdón, podemos observar que el
sentido del deseo se ubica en el encuentro con la posibilidad
a través del abandono de la mismidad, es decir, de la ruptura
de la imagen especular que representa la abstracción ausente
de nuestra existencia deseante. Tal como decía Hannah Arendt,
comentando a Agustín de Hipona: "El deseo (libido)
es por tanto la estructura fundamental del ente que no se posee
a si mismo y está en peligro de perderse"
(4) , pero no porque represente la ausencia, el fantasma,
tal como sostenía Aristóteles (y buena parte de
la tradición filosófica) sino porque lo tiene todo,
y actualiza su tener en la pérdida de algo. La cura del
deseo es el descuidarse, ya que "las máquinas deseantes
al funcionar no cesan de estropearse, no funcionan más
que estropeadas: el producir siempre se injerta sobre el producto,
y las piezas de las máquinas también son el combustible"
(5) . Al contrario, las máquinas técnicas,
resultado del flujo del deseo, "no funcionan, evidentemente,
más que con la condición de no estar estropeadas;
su límite propio es el desgaste y no el desarreglo"
(6)
Así, este carácter total del deseo, esquizoide
dirían Deleuze y Guattari, somete al cuerpo a un estado
de angustia que inicia su apertura a la realidad mediante el sacrificio
de la culpa y el perdón, dando cabida a la "revuelta
íntima" (7) . De esta manera, el
deseo se transfigura en la historia de lo erótico dentro
de la comunidad política.
Esta hermenéutica del cuerpo de Jesús como máquina
deseante que encontramos en una de las tradiciones protocristianas,
encuentra, a su vez, otro tropo, cuya base es el cuerpo continuo
de Cristo, explicitada por la tradición paulina. Este tropo
se caracteriza por una paulatina extracción del cuerpo
fuera de las técnicas sensitivas y sociales de la acción
histórica, cuyo agente principal es el flujo erótico.
Existen dos narrativas que consolidan esta continuidad: la primera
se refiere al discurso sobre el nacimiento de Jesús de
una virgen y la segunda es la mixtificación de su quehacer
político -público- mediante el establecimiento de
la doctrina de Cristo salvador. Ambas maneras consolidan una visión
del cuerpo que banaliza la condición humana, y principalmente
las técnicas sensitivas -el placer- que dieron origen a
la pragmática del cuerpo de Jesús, eludiendo el
fondo erótico del vínculo empático con la
otredad. Para decirlo brevemente, esta imagen del cuerpo continuo
transforma lo humano en una máscara definida desde la norma
y desde una interioridad radical -privada- cuya expresión
más convincente es la privatización de lo público,
y por tanto, la alienación del ejercicio político.
En este sentido, es importante resaltar que el vínculo,
elaborado por Pablo, entre la reproducción coital y el
cuerpo continuo se asienta en la institución de la maternidad;
pero ya no entendida como producto del erotismo, ni producida
por la máquina técnica histórica, sino por
la ascética virginidad, de ahí en adelante atributos
de lo femenino y lo materno -paradigma de lo privado. Además,
resaltemos que Pablo no condena el sexo por ser natural, ya que
él mismo lo sugiere para no caer en una instintiva concupiscencia,
sino porque parece intuir su carácter enteramente antinatural
(en el sentido de cultural). Es claro que Pablo no quiere que
el sexo sea político, y por lo cual lo refunde en el ámbito
de lo privado, procurando desde ese momento ampliar esta privacidad
en el entramado de lo público. Pablo intenta desconocer
que el placer es la fibra más política de la condición
humana.
Esta mascarada ha eludido el placer y el deseo del cuerpo mediante
la creación del concepto de espíritu (comparable
con lo psíquico en Kant), aquel espacio interno de donde
emanan el buen orden, el arreglo y la disposición. Este
nuevo concepto de espíritu crea una escisión en
la realidad -significada en el cuerpo y por el cuerpo dentro del
flujo erótico de la interacción política
y pública- generando una interioridad radical, que por
su carácter de inmutable, trascendente y normativo, halla
como espacio privilegiado de su accionar en el ámbito doméstico,
el cual ya significaba para aquella época, un lugar de
relaciones jerárquicas y naturales, que se encontraba fuera
de lo público. Sería muy difícil desarrollar
aquí un análisis sobre el proceso de lo doméstico
y lo público en el imaginario grecolatino, pero es importante
decir que la exclusión estaba determinada por el estatus
natural dado a lo doméstico.
De esta manera, el concepto de espíritu ha garantizado
la alienación del cuerpo, pero principalmente, la introducción
de todos los cuerpos, ya que el cristianismo extiende la condición
humana a otras poblaciones antes excluidas de ella, en el ámbito
doméstico que, entendido como el lugar de la oikonomia,
se convierte en una privación, una ausencia, cuya expresión
más fiel es el ámbito privado. En este sentido,
es con el cristianismo paulino donde la condición política
del ser humano se ve recortada ya que se le priva de la posibilidad
de incorporar en lo público una pragmática corporal,
y por tanto de reivindicar las dinámicas del deseo y el
placer dentro del ejercicio político. Con este cristianismo,
el espacio de deliberación se reduce totalmente.
En este sentido, podemos afirmar que con el cristianismo desaparece
la posibilidad política que algunos cuerpos (8)
poseían para deliberar en el ámbito público
grecolatino, mediante su homologación entre lo privado
y todos los cuerpos. Este fenómeno es lo que hallamos en
el establecimiento de la doctrina de la encarnación de
Cristo, quien catapultado como modelo universal del hombre nuevo
por los centros de poder imperial y pontificio, terminó
conquistando cada espacio hasta entonces públicos, imponiendo
una nueva pax romana, plagada de exclusión e inequidad.
Así, el factor crucial del anonadamiento de Jesús
-esa metáfora por excelencia de la ruptura de la imagen
especular- deja paso a su mixtificación en el espíritu.
Lo privado en esta cosmovisión se consolida como espacio
natural e instintivo, donde se reifica la normatividad, sobretodo
al hablar de la dinámica del deseo que estructura a los
cuerpos. A partir de esta época, en base a estas ideas,
el poder pontificio, coludido con el derecho imperial, va transformando
lo público en una "gran casa", olvidando que
este ámbito es exclusivamente para el debate y la deliberación,
regido por la libertad. Lo privado en lo público se muestra
como economía apolítica, y a partir de esta máquina
técnica de la inacción histórica se atraviesan
los cuerpos de la cultura occidental, modificando el sentido público
del ejercicio político.
Así, podemos comprender que la incomunicación entre
las demandas de las personas y el estado es producto de la concepción
apolítica del cuerpo, fundamento del régimen privado,
desarrollada por el cristianismo paulino, y de su expansión
al ámbito de lo público dentro de la tradición
política de occidente. Ya que, si el cuerpo pertenece al
régimen de lo natural y está determinado desde siempre,
no hay nada que deliberar en lo público acerca de éste.
Es por ello que, en las sociedades occidentales como las nuestras,
es difícil comprender el sentido político de los
derechos que reivindican el cuerpo y las técnicas que lo
intervienen.
Esta concepción y expansión ha sido promovida a
través de su historia por la intervención de la
iglesia católica en los asuntos estatales. Esta intervención
ha escindido la cultura política de las naciones nacidas
bajo la influencia del catolicismo, ya que recorta las libertades
y el cumplimiento de las demandas de cada una de las personas
y en particular las que pertenecen al espacio de la intimidad.
A su vez, esta intervención ha condicionado la comprensión
de los derechos humanos sólo desde una visión normativa,
manifiesta principalmente en la elaboración de un derecho
negativo.
Estas características resaltan en los estados latinoamericanos,
cuyas democracias no promueven un diálogo fluido entre
las expectativas de sus integrantes y el desarrollo de sus políticas
públicas, sobretodo las referidas a derechos sexuales.
Paralelamente, en ellos se observa una estrecha relación
entre los gobiernos y la jerarquía de la iglesia católica,
generando aquello que denominamos la triangulación de la
ciudadanía latinoamericana. Esta propuesta busca comprender
dichas relaciones como expresión del atravesamiento del
cuerpo por parte de las máquinas fundamentalistas dentro
de la vida cotidiana, y mediante el cual se genera un impulso
desde la población hacia el estado, y no como una tutela
de los organismos sobre la población.
Esta visión garantiza comprender la instauración
del estado laico como un espacio de interacción plural
que amplía el sentido de la ciudadanía frente a
las particularidades de los cuerpos nacidos y muertos, y no sólo
como una categoría homogeneizante y normativa que proviene
de las propuestas liberales, muchas veces, fundamentalmente, conservadoras.
Así, el estado laico podría responder a las múltiples
expectativas de las demandas de nuestras intimidades, expresadas
en los derechos sexuales.
Esta relación entre el cuerpo continuo, lo privado, la
jerarquía eclesiástica, el estado y el gobierno
ha determinado el ejercicio político en occidente como
una metáfora de la ausencia, en tanto a partir de ésta,
las estrategias de participación en su "gran casa"
de lo público han ocultado el carácter presente
del deseo, y paralelamente, han concebido el lenguaje, principal
herramienta de deliberación política, como una simple
técnica sígnica de expresión que se realiza
a plenitud en su abandono de la realidad. Así, en esta
tradición, el lenguaje para ser tal, e intervenir en lo
público, debe ser una norma/signo, cuyo horizonte es la
mixtificación de la realidad. En la historia de las ideas
políticas, tal es el caso paradigmático de Aristóteles,
quien en su Ética a Nicómaco, libro sexto, expone
la relación que debe existir entre el deseo y el razonamiento
al momento de la elección deliberativa. Aristóteles
utiliza para deseo la palabra griega orexis (9)
, la cual deriva del verbo orexo que significa extender la mano
vacía; de esta manera, construye discursivamente, por primera
vez, el carácter ausente del deseo. A partir de esta definición,
prosigue "así, puesto que la virtud ética es
un modo de ser relativo a la elección, y la elección
es un deseo deliberado, el razonamiento, por esta causa, debe
ser verdadero, y el deseo recto, si la elección ha de ser
buena, y lo que (la razón) diga (el deseo) debe perseguir.
Esta clase de entendimiento y verdad son prácticos"
(10) . En este sentido, es claro que para este
filósofo la práctica política si bien es
una deliberación, está sometida a la certeza de
la racionalidad instrumental. Es por ello que el ámbito
privilegiado en los modelos políticos esencialistas es
la racionalidad, entendida como una serie de operaciones lógicas
y algorítmicas, dirigidas hacia un fin: el uso, la técnica,
la tecnología y el consumo. Definida así la práctica
política es evidente que no puede tomar en cuenta el atravesamiento
del flujo erótico dentro de la deliberación pública.
"Este atravesamiento se encuentra dentro de la dinámica
de un resto del deseo -el conflicto social, ese sedimento arcaico
no inconsciente, no psíquico, no fantasmático, sino
real, dado en la historia- que fluye y que exige su mediatización
en nuevas técnicas, sean sociales o sensitivas. De esta
manera, el deseo nos muestra nuestra condición de seres
libres, nuestra posibilidad en el equívoco. Esta dinámica
se da porque la densidad del deseo es tan alta que exige ella
misma un corte: una máquina técnica que debe encarnarse
formando una nueva máquina, y por lo cual todo cuerpo es
histórico, cultural, y profundamente político"
(11) .
La antigua negación de este atravesamiento, fundadora
del cuerpo continuo, es lo que da el carácter ausente a
la política occidental, y ha fundado en la modernidad la
idea de contrato social. La abstracción figurada en esta
imagen ha permitido entender la presencia del ser humano en lo
público como una alineación del deseo y el placer
en pos de la captación de la virtud cívica. No es
casual que las dos grandes interpretaciones modernas de la vida
política, la de Hobbes y la de Rousseau, nos hablen de
la trasformación del ser humano desde un estado primitivo
-cuan parecido a lo arcaico y conflictivo- de violencia o bondad
a otro contractual. En este contrato social todo el flujo erótico
en tanto presencia se ha eludido a favor de la creación
de un derecho iusnaturalista basado en la naturaleza humana, que
a partir de ese momento debe regular todas nuestras relaciones.
Esta forma de derecho no ha podido ser otro que el derecho negativo,
el cual restringe nuestra libertad y nuestra legítima participación
en el estado. En base a esto, la modernidad sólo concede
derechos a los humanos en tanto representen (y por que no decir
acepten incluso hasta la auto censura) los valores de la naturaleza
humana -consagrados inmutablemente en esa economía apolítica
del cuerpo- y la virtud cívica -instituida desde la privatización
de lo público por parte del cristianismo paulino.
Desde nuestro punto de vista, la única solución
a este problema es concebir los derechos humanos como el total
reconocimiento del deseo, y de su técnica sensitiva: nuestro
placer. Este giro epistémico en la comprensión de
la política, nos garantiza una radical acción liberadora
que se ubica en el vínculo empático de los cuerpos
nacidos y muertos, cuyo proceso dinamiza el deseo.
| La
Iglesia Católica y la práctica sexual: una historia
de la política de la ausencia |
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Todo el discurso de la metáfora ausente de la política
y sus dos principales características: el cuerpo continuo
y la privatización de lo público, se desarrollan
a lo largo de la documentación del magisterio eclesiástico
católico del pontificado de Karol Wojtila, especialmente,
cuando nos habla de las personas GLBT y su incorporación
a la sociedad, y por tanto de su participación en lo público.
Además, esta doctrina se extiende a las conferencias episcopales
de cada país, en donde se intenta reproducir este discurso.
Es importante ver que el discurso de la iglesia se centra en
dos aspectos cuando habla de sexualidad, eludiendo sus potencialidades
políticas: en su imagen de las mujeres y en su imagen sobre
cual es la manera ordenada de llevar a cabo la práctica
sexual, con lo cual implica a toda la población GLBT. Esta
voluntad discursiva expresa el temor a las demandas de los nuevos
movimientos sociales, cuyo objetivo es quebrar la naturalización
de los cuerpos, impuesta desde la visión del cuerpo continuo,
incorporándolos de nuevo al espacio público donde
ocurre el flujo de lo erótico a través de la deliberación.
Nosotros hemos centrado nuestro análisis de las relaciones
entre el cuerpo y la política dentro del discurso pontificio
en tres categorías, que nos mostrará esta economía
apolítica de los derechos humanos.
Cuerpos en interdicto: entre la caridad y la libertad eclesiásticas.
La conformación de esta relación se basa en la
transformación de la dinámica deseante de los cuerpos
en un interdicto que se despliega en todos los ámbitos
de la sociedad. Tanto Karol Wojtila como Joseph Ratzinger, a través
de la Congregación para la Doctrina de Fe (CDF), han llevado
su estilo de Ostpolitik, también al ámbito del ejercicio
de la sexualidad.
Un primer acercamiento a este discurso, nos permite observar
como el magisterio construye la corporalidad sexual de las personas
GLBT mediante una cerrada opinión sobre el tema en la declaración
Persona Humana (1975): "Según el orden moral objetivo,
las relaciones homosexuales son actos privados de su regla esencial
e indispensable", ya que en las sagradas escrituras "están
condenadas como graves depravaciones" (12)
(el subrayado es nuestro). En esta prohibición, el magisterio
establece una concepción que elude el papel de la práctica,
en tanto flujo de lo erótico en la historia, como partícipe
de la conformación del sentido de la corporalidad. Luego,
en otro documento de 1986 que refiere al anterior, profundiza
esta elusión diciendo: "Al mismo tiempo, la Congregación
tomó en consideración la distinción comúnmente
descrita entre la condición o tendencia homosexual y los
actos homosexuales individuales" (13) .
Según el Catecismo de la Iglesia Católica la primera
es "objetivamente desordenada", y los segundos son "pecados
gravemente contrarios a la castidad" (14)
.
En todas estas citas resalta el carácter del cuerpo continuo,
es decir un cuerpo sesgado que no reconcilia el deseo y el placer
con su estar en el mundo. Una tecnificación del lenguaje,
expresada en la norma, lo ha colonizado. Esta visión impide
llevar a cabo una pragmática del cuerpo, ubicada en la
fragilidad y posibilidad, en el espacio público a favor
del cumplimiento del designio de un orden natural y privado, impuesto
desde el poder. En este sentido, el magisterio ha cerrado todas
las puertas para generar una política que integre las dinámicas
del cuerpo, asegurando así un régimen discriminatorio
y excluyente. Ante ello, los cuerpos se transforman en bastiones
de lucha, y su pragmática, inserta en el deseo y la angustia,
en una decidida estrategia para reivindicar la vida y la libertad
contra todo tipo de fundamentalismo.
Esta cartografía escindida del cuerpo de las personas
GLBT se estructura en tres aspectos cruciales. "En primer
lugar, el hombre, imagen de Dios, ha sido creado 'varón
y hembra' (Gn. 1, 27)" y "
Por un lado, la sexualidad
forma parte de la esfera biológica y, por el otro, ha sido
elevada en la criatura humana a un nuevo nivel, personal, donde
se unen cuerpo y espíritu" (15)
En estas líneas, podemos descubrir cómo el ser humano
es concebido a través de una analogía especular
con Dios a partir de la yuxtaposición del destino biológico
y el espíritu, repitiendo el tropo paulino de una interioridad
radicalmente privada. En esta concepción lo biológico
está ligado, como diría Arendt, a la zoé,
un espacio determinado e inmutable, alejándose del bios,
dado en la narrativa de la historia política. Pero esta
determinación está relacionada con la mixtificación
del espíritu, la cual niega la importancia de la empatía
corporal que se inicia en el placer y no permite concebir la historia
como el locus belli donde nosotros aparecemos en el mundo, actualizando
nuestras diferencias y creando un espacio y tiempo que se despliega
sobre nosotros mismos a través de infinitos sistemas de
cortes: infinitas máquinas. Es el escenario donde vivimos
nuestra mortalidad y su conciencia, y por tanto donde la metafísica
desaparece, ya que en ella la nada ha penetrado al ser. Desde
ese momento, el ser -y valga esto para el cuerpo- es simplemente
algo ajeno a lo natural, insoslayablemente contranatural.
Esta negación del flujo erótico de la historia
se afinca en la división "varón y mujer",
una separación que nos habla desde la heteronormatividad,
sosteniendo una relación entre genitalidad, actos y placeres,
fuera de la cual no existe ninguna posibilidad más. Esta
visión haya su fin en la función reproductiva, a
partir de la cual decreta que: "Los actos homosexuales, en
efecto, cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden
de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden
recibir aprobación en ningún caso" (16)
.
Todas estas características descritas que el magisterio
expresa de la personas GLBT afirman una visión del cuerpo
puesto en interdicto, en tanto un espacio colonializado. Pero
a la vez, debemos afirmar que este carácter prohibitivo
es producto, principalmente, del uso de dos categorías
que definen el pensamiento político de la iglesia católica.
Así, el cuerpo en interdicto se ubica en el campo de "la
ley moral natural" (17) , conformado por
el sentido eclesiástico de la caridad y la libertad, las
cuales han definido las posibilidades de participar en la vida
pública, no a través de la decisión y la
presencia sino mediante la restricción y la ausencia. Este
orden que privatiza lo público es trascendente en relación
con la vida cotidiana de las personas, a tal nivel que: "La
función de la ley civil es ciertamente más limitada
que la de la ley moral, pero aquella no puede estar en contradicción
con la recta razón sin perder la fuerza de obligar en conciencia."
(18) De esta manera, la legitimidad de la
ley es trasferida del ámbito de la deliberación
al de la obediencia, y genera, sin lugar a dudas, un enfrentamiento
dentro de la comunidad política.
Esta lucha se estructura en la clara distinción que el
magisterio manifiesta en los asuntos políticos entre lo
privado y lo público, temiendo que este último sea
el factor decisivo en la sociedad. Su estrategia es cortar el
puente entre estos dos ámbitos, sobretodo cuando se trata
del ejercicio de la sexualidad. Es por ello que recuerda la necesidad
de "
reflexionar ante todo sobre la diferencia entre
comportamiento homosexual como fenómeno privado y el mismo
como comportamiento público, legalmente previsto, aprobado
y convertido en una de las instituciones del ordenamiento jurídico"
(19) Esta fragmentación garantiza una comunidad débil
e incapaz de expresar demandas, y cuyo vínculo empático
se destruye gracias a la elusión del deseo que la extrapolación
del régimen privado -el del orden moral natural- ha causado
en la trama social y los cuerpos.
El escenario social para el magisterio se constituye en el lazo
de la caridad desde hace muchos siglos. Una de las más
representativas declaraciones del carácter de este vínculo
la tiene Agustín de Hipona, quien dice, refiriéndose
al grupo donatista, declarados herejes por la iglesia: "La
caridad castiga, la maldad halaga. Muchas cosas se realizan bajo
la apariencia del bien, que no se basan en la caridad. Las espinas
también tienen flores. Hay actitudes aparentemente duras
y aún crueles que, para una buena educación, son
inspiradas por el amor. Un solo mandamiento te es dado, finalmente:
ama, y haz lo que quieras" (20) . Resalta
a la vista que la caridad es un camino que nos habla de la capacidad
del magisterio de imponer su voluntad a las personas incluso a
la fuerza. En este sentido se expresa la CDF cuando habla sobre
el cuidado que deben tener los obispos al respecto de los homosexuales;
los invita a encaminarlos mediante ayuda psicológica, social
o médica. Además de esto, la caridad, según
el mismo documento, señala que estas personas deben seguir
"en virtud de su condición el sacrificio de la cruz
del Señor" (21) . Este vínculo
que establece uno de los sentidos de la participación de
los cuerpos en la sociedad se presenta como una negación
completa del deseo a favor del cumplimiento del plan eclesial.
Paralelamente, el otro elemento es el sentido de libertad, el
cual nos advierte que toda elección debe ser tomada con
arreglo a la verdad instituida por Dios; en este sentido, la CDF
advierte: "Se puede verificar hoy un cierto relativismo cultural,
que se hace evidente en la teorización y defensa del pluralismo
ético, que determina la decadencia y disolución
de la razón y los principios de la ley moral natural"
(22) El establecimiento de la certeza referida
a la razón y la ley moral -conjuntamente con el bien común-
restringe la capacidad para optar por las propias decisiones en
favor de una imagen, la Civita Dei. Este plan es totalitario,
a tal punto, que como afirma Ratzinger: "Tampoco el principio
de la justa autonomía personal puede ser razonablemente
invocado" (23) .
El conjunto de estas características conforman un pleno
rechazo a todo avance sobre derechos humanos en materia del ejercicio
de la sexualidad. Extiende su plan a costa de la vejación
total del ser humano sin escrúpulo alguno, manifiesta así
cuando habla de una reivindicación específica: "Para
sostener la legalización de las uniones homosexuales no
puede invocarse el principio del respeto y la no discriminación
de las personas. Distinguir entre personas o negarle a alguien
un reconocimiento legal o un servicio social es efectivamente
inaceptable sólo si se opone a la justicia"
(24) Perturba sólo pensar cuál es el sentido
de justicia que este documento sugiere; sin duda, es una justicia
que banaliza la condición humana mediante el olvido de
la íntima interrogación, convirtiéndola en
un simple uso, una herramienta.
De esta manera, en esta concepción, el sentido del quehacer
político es fundamentalmente instrumental, casi accesorio,
donde el reconocimiento de "los derechos humanos parece tener
consistencia apenas como expresiones particulares, aunque supremas,
de derechos teológicos" (25) . Así,
el discurso de los derechos humanos de la iglesia católica,
cuya base se encuentra en la relación entre las tres categorías
cuerpo continuo, caridad y libertad no presenta una acción
liberadora para aquellos marginados y relegados por las cartografías
hegemónicas, cuyas reivindicaciones son ininteligibles
para el magisterio ya que, con toda propiedad, se ubican en el
horizonte del deseo, el cual intenta significar el mundo a través
de una rearticulación política -una radical vuelta
a lo público- en la fundación de una intimidad en
revuelta, con la cual se pueda combatir la tecnificación
de la vida, del lenguaje, de los sentidos.
Esta mascarada de los derechos humanos nos habla desde el vacío,
mostrándonos sólo una imagen normativa, basada en
la concepción alienante de persona humana. Es por esto
que no debe sorprendernos las diversas estrategias y contradicciones
dentro de la geopolítica vaticana referidas a este tema,
entre las cuales se ubica su posición frente a las demandas
y reivindicaciones de la población GLBT contra el sistema
actual. Dentro de esta temática, cabe resaltar la intervención
del estado Vaticano, mediante su estatuto especial en la Asamblea
de Naciones Unidas, en todas las iniciativas que buscan incorporar
en la jurisprudencia internacional mecanismos que defiendan y
velen por un ejercicio pleno de la sexualidad. El estado Vaticano
ha interferido en varias reuniones entre las cuales están
la Conferencia Internacional de Población y Desarrollo
(Cairo, 1994), la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer (Beijing,
1995), entre otras, con el fin de detener estos avances. También,
es importante resaltar el papel que jugó, junto a la administración
Bush y otros países islámicos, en el retiro de la
propuesta de Brasil para reconocer a la orientación sexual
como materia de protección de los derechos humanos ante
la Comisión de la ONU encargada de ello con sede en Ginebra.
Un análisis detallado de esta geopolítica es necesario,
e implica entenderla desde las relaciones internacionales entre
estados, ya que el Vaticano, a diferencia de cualquier otra religión,
es un sujeto de derecho internacional público, cuyas dinámicas
se establecen teniendo en cuenta aspectos económicos, políticos,
entre otros.
En consecuencia, el pontificado de Karol Wojtila se ha caracterizado
por llevar, como nunca antes en la iglesia, una campaña
que tergiversa el profundo significado de los derechos humanos
con el objetivo de poner sobre la agenda mundial sus propios intereses,
es decir, la conquista de sus pobres (aquellos que están
dispuestos aceptar la caridad vaticana y el dominio eclesiástico),
sus mujeres (aquellas que quieren obedecer el mandato reproductivo
y doméstico), sus comunidades (aquellas que aceptan su
plan divino de salvación). Por esto, es importante mirar
con sentido crítico el apoyo que el Vaticano tiene del
discurso de los derechos humanos, usualmente referido a iniciativas
sociales mixtificadas en su doctrina social, en el mejor de los
casos; o de su uso a favor de concepciones conservadoras como
las de Reagan, de dictaduras latinoamericanas, y de la administración
Bush.
La profunda escisión generada en este discurso, nos permite
afirmar, citando a Zizola, que: "Su filosofía de los
derechos humanos no integra de modo orgánico el análisis
político y económico de la sociedad ni articula
con filosofías de la praxis, útiles para el desarrollo
efectivo de los derechos humanos en una sociedad compleja y desigual
como la de las democracias industriales"
(26) . Esta negación imposibilita a los seres humanos,
y desde luego, a la política, a transformar el mundo, ya
que destruye el puente arcaico entre una pragmática corporal,
sumida en la dinámica del deseo, y lo público, el
cual se construye alrededor del flujo erótico proveniente
de la empatía de los cuerpos nacidos y muertos, y cuyas
posibilidades son la interrogación y la deliberación.
La triangulación de la ciudadanía latinoamericana
Este discurso conservador formula una relación entre iglesia
católica, estado y gobierno, cuyo horizonte político
se encuentra en el cuerpo continuo y en la privatización
de lo público, y la cual ha estado presente sobretodo en
los países latinoamericanos, desde su fundación
hasta la actualidad. Este fenómeno no sólo se refiere
al reconocimiento formal de un tipo de relación entre el
gobierno, el estado y la jerarquía eclesiástica,
sino en especial, al vínculo entre el discurso eclesiástico
y las personas dentro de su vida cotidiana. Desde nuestro punto
de vista, el problema al cual nos enfrentamos es la misma concepción
dentro del pensamiento occidental que territorializa al ámbito
público desde la metáfora ausente de lo privado,
justamente a través del establecimiento y la extensión
de esferas cerradas, privativas y domésticas en el quehacer
deliberativo.
En este sentido cabe recordar que en experiencias nacionales
como las de México y Uruguay, donde desde principios del
XX se realizó un proceso de separación oficial entre
la esfera religiosa y las esferas del gobierno y el estado, hoy
ocurre el mismo rechazo a iniciativas a favor de un pleno ejercicio
de la sexualidad. Desde luego, no debe sorprendernos esto, ya
que en estas experiencias nacionales lo importante fue incidir
en la separación entre lo "privado" -la religión,
la sexualidad- y lo "público" -el estado y el
gobierno. La acción liberadora de una pragmática
de los cuerpos -siempre conformados desde las tecnologías
de la sexualidad y la religión- no fue tomada en cuenta,
ya que se le introdujo al régimen doméstico y por
tanto al espacio ausente que han denominado público. Desde
luego, lo público se ve profundamente reducido a la idea
de adscripción a un contrato social, imagen normativa por
excelencia que exige homologación donde sólo existe
diferencia, el cual elude toda capacidad de autonomía y
libertad deseantes.
Por tanto es de principal interés incorporar a la religión
al ámbito público -a ese espacio de interrogación
y deliberación- de la misma manera, como desde hace años,
lo reclaman las feministas para la sexualidad. Ninguna técnica
y desde luego sus tecnologías deben ser privadas, ya que
nos empujaría a la compulsión de una linealidad
del lenguaje político; en este sentido, todo es público.
Así, la triangulación de la ciudadanía latinoamericana
es un modelo epistemológico que insisten en ver la relación
entre la iglesia, el gobierno y el estado, no sólo enfrentando
la relación problemática establecida por el "orden
tutelar" (27) del magisterio (lo privado)
con respecto a los otros (lo público, entendido como contrato),
cuyo sentido privilegia la secularización de lo "público",
sino penetrando en la elusión generalizada del deseo en
la conformación de los sujetos políticos modernos,
trazada en la total privatización de lo público,
que desde luego encuentra sus orígenes en la tradición
paulina y en el pensamiento cristiano post niceno.
La solución ante el establecimiento de la verdad doméstica
del magisterio es que lo público, como espacio indeterminado
por el encuentro de las empatías corporales marcadas por
la huella de la diferencia, incorpore las tecnologías religiosas,
referidas a cualquier campo, en el flujo de lo erótico.
Una manera de incorporarla ha sido mediante el proceso de secularización,
siempre y cuando, éste se refiera a colocar en el siglo,
en la vida cotidiana y en su fragilidad esas certezas sobre el
mundo, la política y los cuerpos.
Estas certezas parten del hecho que la iglesia "enseña
que la auténtica libertad no existe sin la verdad"
(28) , y por lo tanto, obliga a quien representa
a la voluntad popular "favorecer con el voto a la realización
de un programa político o la aprobación de una ley
particular que contengan propuestas alternativas o contrarias
a los fundamentos de la fe y la moral" (29)
, todo ello basado en "una conciencia cristiana bien formada".
Esto nos lleva a problematizar el concepto de laicidad de la iglesia
en tanto estrategia para extender su economía apolítica
del cuerpo.
En estos tiempos, la jerarquía de la iglesia ha trasferido
a los políticos laicos católicos toda la necesidad
de mantener el statu quo, mediante una estratégica conciencia
de la laicidad "como autonomía de la esfera civil
y política de la esfera religiosa y eclesiástica
-nunca de la esfera moral" (30) , la cual
reproduce una sesgada visión sobre participación
política y derechos humanos. Por ello, no es casual que
el pontificado de Karol Wojtila haya privilegiado tanto al Opus
Dei, erigiéndola prelatura personal del papado, si tomamos
en cuenta que este grupo es básicamente una comunidad laical
que participa de todos los espacios de poder. Ejemplo de esta
intervención en el Perú lo encontramos en congresistas
como Rafael Rey, y en algunos miembros de otras comunidades similares
al Opus Dei, como Sodalitium Cristianae Vitae, entre los cuales
están los ex ministros de salud Luis Solari y Miguel Carbone.
Todos ellos asesorados espiritualmente por Juan Luis Cipriani,
obispo del Opus Dei, quien posee una trayectoria en relación
con los derechos humanos muy lamentable. Pero no es nuestra intención
hacer un listado de laicos comprometidos con el poder eclesiástico
que ejercen cargos públicos, ni describir sus acciones
en contra de los derechos de innumerables personas en el Perú,
ya que sería muy largo y poco provechoso.
En cambio, queremos analizar en relación con este sentido
de laicidad una variable importante dentro de nuestro modelo de
la triangulación de la ciudadanía latinoamericana:
el carácter del sujeto político moderno. Este análisis
encuentra su terreno en la comprensión de la tradición
cristiana, pero no permanece ahí, antes bien se extiende
para observar las relaciones establecidas entre ésta y
los discursos sobre la ciudadanía en occidente, que se
centran en el sujeto político. Hemos escogido la figura
de la triangulación para dar cuenta de la ciudadanía,
inspirados en las críticas del Anti Edipo de Deleuze y
Guattari a la "imbécil pretensión de representar
el inconsciente, de triangular el inconsciente, de captar toda
la producción deseante" (31) a través
de la escena ternaria de la familia burguesa y edípica,
ya que pensamos que esta categoría está sujeta a
la misma lógica constitutiva edípica de la formación
del consciente. Este símil entre la ciudadanía y
lo consciente pone de manifiesto la elusión del deseo realizada
por la categoría del complejo de Edipo, también
cuando de política se habla. Pero además, resaltamos
el sentido doméstico que cobra la ciudadanía, sobretodo
cuando se le relaciona con cierta virtud racional, letrada, ascética
y perfectamente moderna. En este sentido la ciudadanía
es también una imagen ausente, cuya cartografía
puede traer muchas discriminaciones y desigualdades.
Este ascetismo político, situado en la formación
del consciente y de la ciudadanía, está basado en
la erradicación de una pragmática corporal, puerta
para el deseo, cuya llave es el placer, haciéndonos parte
de un mundo solipsista, normativo y jerárquico. Por ello,
sobre esta estructura del sujeto se levanta el interdicto a la
participación en el mundo de la democracia política,
haciéndola limitada _representativa_, difícil _participativa_
y desigual _deliberativa. Esta racionalidad nos quita nuestra
particularidad cuando ejercemos el quehacer político, colocándonos
en la dicotomía de las imágenes de lo privado y
lo público, lejos de toda práctica liberadora y
transformadora.
| El
deseo y el placer: hacia una política en revuelta íntima |
|
Nuestra lectura sobre la concepción de la política
en la jerarquía de la Iglesia católica, nos invita
a pensar sobre las metáforas de la angustia, la culpa y
el perdón, frente a la hegemonía de la tecnificación
del lenguaje. Cabe resaltar que frente a este proceso alienante,
el flujo de la historia genera una acción de vital importancia:
la creación de la intimidad, para Kristeva "espacio
de revuelta, de interrogación y de desplazamiento del pasado"
(32) ; generada por el proceso de la conciencia del cuerpo
nacido y muerto, y que ha permitido al ser humano mantener su
relación con la realidad del otro en "el cumplimiento
del perdón y de la promesa" (33)
, tan estimadas por Hannah Arendt. Así, la intimidad se
presenta como instancia pragmática, que no contiene las
limitaciones del régimen privado, en el cual se lleva a
cabo la reproducción de los estereotipos y actos hegemónicos
mediante el ocultamiento de los particulares deseos y afectos,
y que, por consecuencia, evita que éstos transformen la
sociedad a través del diálogo entre el estado y
las demandas íntimas.
La revuelta íntima construye un cosmos deseante mediante
la inversión de la linealidad del lenguaje, quiebra el
interdicto que sujeta al cuerpo, lo libera espacial y temporalmente.
Cuando la técnica abandona el flujo del deseo se transforma
en un meandro, una pulsión -una linealidad del lenguaje.
El psicoanálisis, en sus interpretaciones más conservadoras,
ha visto en el goce siempre un meandro porque no ha comprendido
el proceso del goce dentro de la dinámica del deseo. El
goce no es pulsión, puede convertirse en ella, lo cual
demuestra justamente su carácter profundamente cultural
y político. La pulsión tiende hacia el cuerpo continuo,
hacia un acto compulsivo. ¿Cómo uno se puede liberar
de ella? a través de un viaje hacia un fuera de sitio -una
extranjería- mediante la fragmentación del lenguaje
en sus múltiples usos: rituales, verbales, etc.; mediante
la inserción de nuestra culpa/perdón (34)
y placer/displacer en la ausencia del lenguaje. Es decir, desarrollar
lo erótico en lo político y asumir sus consecuencias
más radicales.
La pregunta clave es, sin duda, de dónde surge el sentido
erótico en el quehacer de la comunidad _en la política.
Procede de la perversión de la culpa impresa por la cultura
dentro de nuestro propio cuerpo a través de la transferencia
de una locución fragmentada. Esta diferencia y este síntoma
transferidos son la trama original de lo erótico, por lo
cual afirmamos que el deseo es de carácter social, y se
ubica en la dialéctica entre la ausencia del lenguaje (el
nombre del padre de Lacan) y la presencia del lenguaje (el deseo
de la madre de Lacan). Afirmamos que lo erótico simboliza
la realidad a través de la presencia del lenguaje; su ausencia
la aliena. Por ello, el deseo es arcaico -material, real, presente-
e intransmisible; sólo se transmite la técnica.
Si ésta cae en un espacio de profuso desarrollo del lenguaje
abre las puertas del deseo; cuando no, cierra el flujo del deseo,
generando sincronía e inacción. Por eso, lo político
es profundamente erótico.
Además, la intimidad, mediada en sus técnicas sensitivas
del placer/displacer, posee la capacidad de desdibujar el interdicto
del cuerpo. Ya que el deseo se apropia de estas técnicas
para generar en el cuerpo un habitáculo apropiado para
él, rompe el carácter prohibitivo que constriñe
al cuerpo -siempre una máquina- y da paso a su sentido
de inter-dicto.
Deseo e identidad: la aparición de una relación
política
Los centros de poder han definido una manera de ser varón
o mujer en nuestras sociedades, circunscrita a la exigencia o
al cumplimiento de cierta heterosexualidad obligatoria, que permite
reproducir determinada dinámicas heteronormativas. Decimos
"cierta heterosexualidad obligatoria" conciente de que
los centros de poder han determinado también, a la vez,
un ideal para los mismos heterosexuales del cual son excluidos
quienes desobedecen los principios de la inflexible realidad fantasmática
creada.
En la modernidad, bajo esta realidad fantasmática subyace
una visión naturalizada (biologicista) del cuerpo, la cual
se establece discursivamente mediante la categoría sexo;
es decir, un individuo posee cierta forma de ser rígida
e inalterable debido a su genitalidad. Así, el poseer una
genitalidad es causa unívoca para establecer conductas
y papeles determinados con respecto a la sexualidad y afectividad,
circunscrita a la feminidad y la masculinidad; y por lo cual cuando
un individuo no responde a sus expectativas sociales y culturales
sus formas de vivir son tomadas como contradictorias, y su propia
existencia ser puesta en interdicto ya que no cumple el plan heteronormativo
del mundo. De esta manera, el sexo se presenta como una sustancia
o forma alejada de su contenido material, mediante el cual la
práctica identitaria se transforma en simple acto, alienándose
a referentes rígidos y excluyentes (35).
Así, nosotros proponemos el uso del concepto cuerpo el
cual nos permite una mayor comprensión de las dinámicas
que el ser humano establece con la realidad, en tanto ser en el
mundo, debido a que este se presenta como un categoría
analítica que constituye la síntesis entre la función
y el sentido, evidenciando el proceso de significación
mediante el cual se instaura la realidad género. Por ello
la categoría cuerpo en comparación con la de sexo
muestra una comprensión mas profunda de la participación
de la empatía con los otros y con la realidad en nuestra
constitución como individuos. Por lo cual, simultáneamente
esta dinámica de los cuerpos se concreta en la asunción
de una identidad la cual en cuanto acción deseante asumida
por el agente está basada en la relación con el
otro, ya que solo se puede constituir a partir de la proyección
que realiza un sujeto sobre un entidad distinta de él,
y sólo se puede retroalimentar este proceso a partir del
retorno hacia él de los otros. De esta manera, podemos
darnos cuenta que sólo en el horizonte de lo político
la identidad está descentrada de algún principio
alienante.
Tanto la proyección como la retroalimentación son
procesos pragmáticos que configuran la corporalidad y la
refieren dentro de la sociedad. La identidad descentrada requiere
de la acción para conformarse dialécticamente en
el mundo, ya que un simple acto solo expresaría una naturaleza
axiomática sin permitir la retroalimentación. Según
esto, el hecho que cada sexo exija un acto específico en
diversos niveles, como la conducta y los papeles de género
que se efectúan desde estereotipos sexuales, permite que
surjan conceptos como el de orientación sexual, referido
al ejercicio subalterno de una práctica erótica
en comparación con la heterosexual. Así, los actos
se presentan como instrumentos legitimadores del orden, ya que
determinan no solo la actuación de la identidad heterosexual,
sino que también de las no hegemónicas. En contraste,
la acción deseante se presenta como un elemento estructurante,
en tanto estructurado desde la corporalidad, cuya labor es conectar
al cuerpo con lo otros y con el mundo, y a partir de los materiales
producidos en estas conexiones conformar la realidad ontológica,
abierta e inclusiva de cada, ser y por tanto llevar a cabo una
práctica política. Por lo tanto, la acción
deseante como categoría analítica rechaza toda convención
sobre la realidad que no toma en cuenta este proceso, y que impone
una determinada racionalidad, velando la participación
de los distintos componentes y circunstancias en la conformación
identitaria.
Esta compleja dinámica nos conduce a concebir la identidad
como aquel proceso de la conciencia particular y organizada de
la realidad, que se expresa mediante una practica estructurada
y se proyecta al mundo desde la voluntad. Esta conciencia es la
capacidad de elaborar el conocimiento de uno mismo a partir del
otro, es decir reflexionar y construir la ipseidad mirando y aceptando
la realidad, entendida ésta como el conjunto de circunstancias,
deseos y afectos que surgen en la Intersubjetividad. De esta manera,
la conciencia es un nivel donde se une lo social, de carácter
universal, con lo diferente, de carácter único,
formando lo particular.
Por lo tanto, la identidad de genero deja de ser una relación
dicotómica entre "sexo, actos y orientaciones sexuales"
(categorías que pueden inmovilizar a la persona dentro
de cualquier proyecto político), para convertirse en un
concepto que explica la participación de la voluntad particular
y el proyecto de vida (en tanto deseo y afecto por la creación
de un autobiografía) en la constitución de una practica
corporal socializada y en la construcción de una nueva
política donde el ser humano encuentra su morada.
| A manera de conclusión.
El deseo dentro de la política: hacia un estado laico |
|
La comprensión de la plena participación política
de las personas en las sociedades latinoamericanas como la peruana,
sobretodo cuando nos referimos al ejercicio de la sexualidad,
requieren como hemos mostrado visiones que superen el sentido
conservador, tanto de la política como de los derechos
humanos. Ante la presencia de las dinámicas del deseo expresada
en la práctica sexual de las personas GLBT, quienes reivindican
demandas que desestabilizan las bases mismas del "contrato
social" moderno, la política debe incorporar una nueva
pragmática que asegure la comunicación entre las
demandas íntimas y lo público.
Hemos podido observar que uno de los principales adversarios
para llevar a cabo un sentido radical de política, es la
jerarquía de la iglesia católica, la cual a través
del establecimiento del discurso del cuerpo continuo y la expansión
de la privatización de lo público ha colocado el
cuerpo humano en interdicto, eludiendo de él y de su ejercicio
político toda posibilidad de crear acciones liberadoras
que trasformen el mundo discriminador e inequitativo en el cual
nos hallamos. Su continua negación del deseo y el placer
ha permitido crear una situación de continua violación
a los derechos humanos tanto de varones como de mujeres, quienes
viven su sexualidad de espaldas al modelo hegemónico. Toda
la documentación mostrada en este trabajo expresa la visión
del cuerpo continuo que se establece mediante la interrelación
de los sentidos de libertad y caridad eclesiásticos y que
promueve un vínculo estrecho entre la iglesia, el gobierno
y el estado.
Esta relación la hemos descrito a través de nuestro
modelo de triangulación de la ciudadanía latinoamericana,
el cual nos hace notar los procesos que subyacen a la estructuración
del sujeto político moderno, donde de manera principal
resalta la conformación de una participación política
limitada que no toma en cuenta todos los aspecto de la condición
humana. Esta mutilación ha dibujado un mundo en interdicto
que se expresa en las múltiples concepciones que construyen
un sentido de la identidad en base a referentes rígidos
como el sexo, o las orientaciones sexuales.
Este determinismo ha elaborado un sistema que no acepta los diversos
cuerpos y que limita su participación dentro de una metáfora
de la ausencia política, destruyendo el flujo erótico
que los conforma. De esta manera, nuestra propuesta ha permitido
entender algunas relaciones entre estos sentidos y la política
dentro de la fragilidad y la conciencia de los cuerpos nacidos
y muertos, cuya demanda se encuentra en el deseo y los placeres.
- El feminismo también ha tenido diversas
interpretaciones sobre la incorporación del cuerpo y
del placer en el ejercicio político, algunas conservadores,
otras liberadoras. Nosotros hemos profundizado esta última,
advirtiendo las limitaciones del enfoque sexo/género
en la segunda parte de este trabajo. Para analizar estas diferencias
entre feminismo remitimos al ensayo de Gayle Rubin, "Reflexionando
sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad",
en: Placer y peligro. Explorando la sexualidad femenina, Madrid,
Editorial Revolución, 1985, pp. 113-190.
- Elisabeth Schüssler, Cristología
Feminista crítica. Jesús, Hijo de Miriam, profeta
de la sabiduría, Madrid, Ed. Trotta, 2000, pp. 41-42.
- Derivamos el uso de esta palabra del griego
t???? que significa arreglo, buen orden, disposición,
función, estado.
- Citado de Julia Kristeva, El genio femenino,
t.1: Hannah Arendt. Buenos Aires, Paidós, 2000, p. 47.
- Gilles Deleuze; Félix Guattari, El
Anti Edipo. Capitalismo y esquizofrenia. Buenos Aires, Paidós,
1985, p. 38.
- Ibidem, p. 37.
- Cf. Julia Kristeva, La revuelta íntima.
Literatura y psicoanálisis, Buenos Aires, Eudeba, 2001,
pp. 9-40.
- Es importante resaltar que en el espacio público
grecolatino sólo intervenían cuerpos masculinos
y ciudadanos, lo cual significaba ya una forma de exclusión.
Pero esta posibilidad aunque mínima desaparece con la
creación del nuevo cuerpo continuo cristiano post niceno.
- Aristóteles, Ethica Nicomachea, Londres,
Oxford University Press, 1962, p. 114 [VI, 1139a: 18]
- Aristóteles, Ética Nicomáquea.
Ética Eudemia, Madrid, Editorial Gredos, 1985, p. 271
[VI, 139a:25-30]
- Martín Jaime, El cuerpo deseante de
Jesús el galileo. Una cartografía del deseo y
del placer frente a la hetero y homonormatividad, p. 4.
- Congregación para la Doctrina de la
Fe, Declaración Persona Humana, 29 de diciembre de 1975,
n. 8
- Congregación para la Doctrina de la
Fe, Carta sobre la atención pastoral a las personas homosexuales,
1 de octubre de 1986, n. 3.
- Catecismo de la Iglesia Católica,
n. 2358, n. 2396.
- Congregación para la Doctrina de la
Fe, Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento
legal de las uniones entre personas homosexuales, 31 de julio
de 2003, n. 3.
- Catecismo de la Iglesia Católica,
n. 2357.
- Congregación para la Doctrina de la
Fe, Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento
legal de las uniones entre personas homosexuales, 31 de julio
de 2003, n. 4.
- Ibidem, n. 6.
- Ibidem, n.6.
- Citado en A. Hamman, La Vida cotidiana en
África del norte en tiempos de San Agustín, Iquitos,
Madrid, CETA, 1989, p.384.
- Congregación para la Doctrina de la
Fe, Carta sobre la atención pastoral a las personas homosexuales,
1 de octubre de 1986, n.12.
- Congregación para la Doctrina de la
Fe, Nota Doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso
y la conducta de los católicos en la vida política,
16 de enero de 2003, n. 2.
- Congregación para la Doctrina de la
Fe, Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento
legal de las uniones entre personas homosexuales, 31 de julio
de 2003, n. 8
- Ibidem, n. 8.
- Giancarlo Zizola, La restauración
del Papa Wojtila, Madrid, Ediciones Cristiandad, 1985, p.286.
- Ibidem, p. 287.
- Guillermo Nugent, "Estado laico y libertad
de opinión: del tutelaje al pacto politico", en
Estado laico. A la sombra de la iglesia, editado por Gaby Cevasco,
Lima, Flora Tristán, 2003, pp.99-119.
- Congregación para la Doctrina de la
Fe, Nota Doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso
y la conducta de los católicos en la vida política,
16 de enero de 2003, n. 7.
- Ibidem, n. 4.
- Ibidem, n. 6.
- Gilles Deleuze; Félix Guattari, El
Anti Edipo. Capitalismo y esquizofrenia. Buenos Aires, Paidós,
1985, p. 49.
- Julia Kristeva, La revuelta íntima.
Literatura y Psicoanálisis. Buenos Aires, Eudeba, 2001,
p.12
- Citado de Julia Kristeva, El genio femenino,
t.1: Hannah Arendt. Buenos Aires, Paidos, 2000, p.220.
- Realizamos una lectura sociológica
y política de los conceptos culpa y perdón, ya
que ellos retiran al cuerpo del mundo, en tanto actualizan el
sentimiento de diferencia producido por los saberes hegemónicos.
Esta diferencia desde el poder es traducida en la culpa, la
cual corta el cuerpo continuo y abre un campo profundo. Este
campo es la intimidad, demanda contra la tecnificación
del mundo en todos sus aspectos. Una vez establecida la culpa,
como conciencia de la diferencia en el fondo de la intimidad,
ésta se prepara para el regalo del don (per-dón),
su misión política del diálogo y la deliberación
con base en la equidad y la justicia.
- Judith Butler, El género en disputa.
El feminismo y la subversión de la identidad, México,
Paidos, PUEG, 2001, pp. 49-57.
*Jaime Martín
Ballero: Antropólogo peruano. Tiene una Especilización
Superior en Derechos Humanos de la Universidad Andina Simón
Bolívar, sede Ecuador. En ésta universidad actualmente
cursa la maestría en Relaciones Internacionales.
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