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de Derechos Humanos

 

 

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Derecho a la salud: reflexiones desde las reformas
al sector y la perspectiva de género
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Mabel Bianco, MD, MPH*

 


Los años ochenta fueron importantes y contradictorios en América Latina. Se produjeron cambios políticos en la mayoría de los países que implicaron la finalización de procesos dictatoriales; en muchos países estos procesos eran militares, con modalidades autoritarias de gobierno que afectaron e impregnaron el desarrollo de la vida cotidiana de mujeres y hombres. Estos gobiernos autocráticos, militares o no, implicaron un retroceso en los derechos humanos que se expresaron a través de grandes limitaciones y atropellos de las libertades individuales. En ese contexto los derechos de las mujeres, si bien se empezaron a reconocer lo fueron en menor medida. La discriminación y subordinación imperante persistió en niveles altos, especialmente los derechos sexuales y reproductivos, en la mayoría de los países de la región, a diferencia de lo que ocurría en otras regiones, especialmente las del norte.

La década del 70 y principalmente la del 80 en nuestra región implicaron el crecimiento de la deuda externa y con ella la disminución de la autonomía de nuestros gobiernos. Por eso la paradoja: mientras se recuperaba la democracia en la mayoría de los países se condicionaba su desarrollo por las consecuencias del nuevo orden económico mundial y el crecimiento de nuestra dependencia, que no solo es económica sino tecnológica, cultural y educativa. Las políticas económicas desarrolladas según el nuevo orden internacional produjeron un crecimiento de la brecha entre ricos y pobres, que alcanza su máximo nivel con el comienzo del nuevo milenio y que todavía continúa creciendo. La concentración de la riqueza, el empobrecimiento de amplios sectores de la población y la dependencia económica y política se profundizaron a fines de los 80 y principios de los 90, por la aplicación de modelos de ajuste estructural, impuestos por los organismos internacionales y los bancos acreedores.

Las políticas sociales, incluida la salud, se caracterizaron históricamente en los países de la región, por un modelo asistencialista y de beneficiencia y no de derechos humanos. La atención de la salud en la mayoría de los países ocurría en el sector privado para quienes podían "comprar" servicios, y en el sector público se basaba hasta adentrado el siglo XX en hospitales de beneficencia casi exclusivos para pobres. A partir de mediados del siglo XX se implanta la Seguridad Social en nuestros países, con características y modalidades que, si bien adherían teóricamente a los principios del modelo de "Estado Benefactor o de Bienestar", tuvieron características especiales y autóctonas que la diferenciaron claramente del modelo europeo donde se originó. El escaso nivel de desarrollo de la mayoría de los países de la región y la diferencia en los recursos existentes de por sí constituyeron limitaciones para un completo Estado de Bienestar. A esto se agregaron particularidades de la implementación de este modelo.

El principio básico y central de la Seguridad Social: "igualdad de beneficios para todos, financiados con aportes vinculados al ingreso laboral", basado en seguros solidarios donde los que más ganan aportan más y permiten cubrir y atender a los que ganan menos y por lo tanto aportan menos, esto no siempre se respetó y mantuvo en nuestros países. La diferenciación por rama de producción fue una característica que en algunos países como Argentina fue muy amplia. Otra de las principales características de la Seguridad Social: separar el pago en el momento de la prestación, permitiendo así cubrir por igual a ricos y pobres las contingencias de la enfermedad o la muerte, en forma igualitaria y con solo el aporte en base a un porcentaje del salario, tampoco fue siempre respetado ni vigente. La diferenciación de prestaciones para ricos y pobres en la seguridad social fue una constante en nuestros países, variando la amplitud de la diferenciación por las distintas modalidades de cada país.

Pero una principal característica de la Seguridad Social en América Latina y el Caribe fue la no universalización a todos los/as ciudadanos / as. Esto se debió a distintos factores entre ellos su principal vinculación con la condición de asalariados, que en muchos países deja por fuera a los trabajadores rurales, a los cuentapropistas y trabajadores independientes, a actividades como el servicio doméstico y a los ancianos o mayores de 65 años, grupo poblacional en crecimiento especialmente en países como los del Cono Sur.

En los años '70-'80 en la atención de la salud de los países de la región, coexistían los servicios de la Seguridad Social con los servicios de Salud Pública y los privados. El sector de Salud Pública teóricamente abandona el concepto de beneficencia y se estructura para satisfacer el "derecho a la salud" de todos los ciudadanos; en algunos países se incorpora este derecho en la constitución nacional. Por eso en principio la Salud Pública debía ser capaz de atender a "toda la población", aunque el grupo cubierto por la Seguridad Social tenia sus servicios propios y la población con ingresos altos compraba su atención en el sector privado. Esto generó en varios países la existencia teórica de una Salud Pública para todos, inarmónica, inequitativa y a veces sobredimensionada, principalmente en personal, aunque en casi todos los casos insuficiente para atender a toda la población y menos aún con igual calidad de atención. Pero que seguía manteniendo la presunción de cumplimentar el "derecho a la salud de todas las personas".

La planificación de los servicios de Salud Pública en los países de la región no superó esta contradicción y constituyó, y constituye aún hoy en la mayoría de ellos, uno de los principales problemas para su adecuada planificación y para lograr mayor eficiencia y adecuación. Este mosaico de desigualdades en la atención de la salud en nuestros países constituye el trasfondo en el que la reforma del sector salud se justifica y acepta. En teoría los sistemas de reforma del sector salud se propusieron solucionar esta inequidad, aunque como veremos no solo no lo lograron, sino que en general la agravaron.

La mayoría de los problemas de los servicios de salud en los países de la región son estructurales y se asocian a la orientación de las políticas sociales, a los modelos económicos, y a la estructura del Estado y su funcionamiento. Ninguno de estos problemas fueron enfrentados realmente por los proyectos de Reforma de! Sector Salud, motivo por el cual la Reforma falló en nuestra región.

La reducción de los gastos públicos, especialmente en el sector social, incluido el sector de Salud Pública, ocurrida en los 90' por la aplicación de los programas de ajuste estructural, produjo la disminución de prestaciones de los servicios públicos de atención de la salud. Estos dejaron de brindar algunas prestaciones básicas, produciéndose una fuerte privatización y con ella una pérdida de atención de la salud de amplios sectores de la población. Ello colaboró en el deterioro de los indicadores de salud y de desarrollo humano, como señala Cornia respectó al estancamiento de la disminución de la Tasa de Mortalidad Infantil (Cornia 2001).

Esta privatización tiene lugar cuando la población de nuestros países estaba aún mas empobrecida, debido a los elevados niveles de desocupación y subocupación, con inserción laboral muy precaria, mal retribuida y sin cobertura social, por tanto con una importante disminución de la cobertura de atención de la salud por la Seguridad Social y con baja o nula capacidad de compra de servicios de salud. Por ello, amplios sectores poblacionales quedaron excluidos del mercado de la salud. Esto por supuesto modeló la demanda y también la oferta, incluso la de Salud Pública, que se estratificó y segmentó para cubrir a los distintos grupos según su capacidad de pago, y que dejó para los que no podían pagar migajas que no alcanzaban ni para disimular la situación de emergencia sanitaria. El VIH/SIDA, que aparece en nuestros países en plena aplicación de estos modelos, pone en evidencia en forma despiadada el desamparo y la vulnerabilidad de los grupos más pobres.

En este contexto los modelos de reforma del sector salud importados tienen como objetivos declarados: la equidad, la eficiencia y la participación social, todas palabras e ideas que subyugan a muchos como es lógico ¿Acaso no hacía años que basándonos en el derecho a la salud pedíamos equidad en la atención de la Salud Pública? ¿Y no había sido un objetivo inalcanzable la participación de la gente?, que continuaba afuera de los servicios de salud y que con la crisis cada vez se sentía más expulsada y marginada. La equidad, objetivo prioritario de los modelos de reforma sectorial, incorpora el concepto de los modelos mas progresistas, pero en un marco de imprecisión tan grande como señala Celia Almeida, que termina confundiendo su simple inclusión como principio con su automática vigencia (C. Almeida, 2003). Algo que obviamente no ocurrió porque las desigualdades que se pretendían eliminar se ampliaron por efecto de la reforma, particularmente las relacionadas al género (Dinis Luciano Ferdinand, 1998).

La equidad en salud implica eliminar diferencias que se consideran evitables e injustas, pero se basa en valores y principios que no son universales, por eso cuando se pretende cambiar es indispensable lograr acuerdos políticos en cada país o sociedad para establecer los nuevos valores. Ningún grupo o sector social cede beneficios sin resistirse, los mejores ejemplos en este mismo campo provienen de las luchas de los distintos grupos de trabajadores. Solo la discusión política amplia en cada sociedad sobre los grados de desigualdad que puede tolerar, permite encontrar la forma de avanzar hacia niveles de mayor equidad. Esta discusión política no ocurrió en la mayoría de nuestros países y no acompañó a estos procesos de reforma del sector salud, por eso la equidad quedó como un enunciado sin contenido.

La focalización de los servicios públicos de salud para mejorar la atención de los sectores más pobres de la población, criterio muy difundido con la reforma, no solo no contribuyó a la equidad sino que en muchos casos generó servicios de menor calidad, o sea servicios de "segunda", para quienes no podían comprar otros servicios y debían atenderse en el sector público. La focalización promovida como una receta para lograr la equidad, destruyó el concepto de "universalidad" e igualdad, creando diferencias aún mayores que las que vino a superar.

El derecho a la salud como derecho de ciudadanía implica que todo ciudadano por su condición de tal tiene derecho a gozar de los mayores niveles de atención de la salud independientemente de sí trabaja o no, de su ingreso, de su lugar de residencia, de si es mujer u hombre y de cualquier otra variable. Este es el nuevo paradigma en un mundo en que la ocupación o trabajo estable es cada vez un beneficio de menos. La respuesta de las políticas sociales debe pasar del concepto de Seguridad Social asociada al trabajo a los derechos de ciudadanía. O sea la universalización del derecho a la salud a todas/os las/os ciudadanos. Esto no se planteó en ningún proyecto de reforma en la región, porque el concepto de derecho a la salud fue reemplazado en la práctica por el de la salud como "bien de consumo". Esto generó un enfoque individualista que implica que cada uno debe ocuparse y participar en el mercado de la salud según sus posibilidades individuales. Esto destruyó, el concepto de solidaridad y de responsabilidad colectiva del Estado, facilitando su retirada como prestador de salud, uno de los objetivos de la reforma, y la asignación de su nuevo rol regulador. En muchos casos el Estado fue desplazando este deber a los gobiernos locales, los que dieron respuesta según sus posibilidades. Por todo ello los servicios de salud de los pobres se empobrecieron mas y los de la población con recursos en muchos casos mejoraron, ampliando también en salud la brecha entre ricos y pobres.

La eficiencia, o sea los aspectos de costo, fue otra prioridad de los procesos de reforma. Dijimos antes que la planificación de los servicios públicos de salud en nuestros países plantea la "atención de toda la población" con realidades cada día más precarias: bajos presupuestos, insuficientes recursos humanos en términos cuanti y cualitativos, mala distribución y carencias de todo tipo, una demanda creciente debido a la perdida de la cobertura de la Seguridad Social por la perdida del empleo y al empobrecimiento. La tradicional ineficiencia de los servicios de salud, agravada por las políticas de ajuste estructural, permitió contar con un cierto consenso social frente a los procesos de reforma que prometían la eficiencia. Pero la eficiencia solo en términos económicos sin una verdadera reforma del Estado, acotada a formulas simplificadas como el gerenciamiento y la autosuficiencia, significó incorporar el pago de las prestaciones, la focalización de los programas para los mas pobres con un reforzamiento de los criterios asistencialistas, la descentralización y la autosuficiencia de los servicios de salud.

Se supuso que cobrando las prestaciones de salud pública y permitiendo a los establecimientos sanitarios firmar contratos con la seguridad social o entidades privadas, iba a mejorar el caudal de fondos disponibles y se podrían ampliar las prestaciones aumentando la cobertura poblacional y dando mejor calidad. Si esto hubiera ocurrido se habrían disminuido algunas de las desigualdades que atentan contra la equidad.

Pero la realidad fue otra, lo poco que se recaudaba no solo no alcanzaba para lograr mayores recursos, sino que implicó el rechazo de la atención de amplios sectores de población, especialmente mujeres. Como dijo Elsa Gómez "los procesos de reforma no son neutros frente al género sino que afectan principalmente a las mujeres" (Gómez, 1998). Algunos programas como los de salud reproductiva, los de control de enfermedades transmisibles y las crónicas como hipertensión, diabetes y otras que padecen principalmente las mujeres fueron los mas afectados en la disminución de la atención observada en los países ante los procesos de reforma sectorial aplicados. (Comía 2001, Blanco 1998).

El arancelamiento o recupero de las prestaciones afectó más a las mujeres que a los hombres, y se evidenció especialmente en la atención vinculada a la reproducción, como cuidado prenatal, atención del parto, control del puerperio, prevención de ITS y de cánceres genito-mamarios, atención que disminuyó en los países donde se aplicaron procesos de reforma en nuestra región y en el mundo. La mayoría de las mujeres no podían abonar los aranceles a pesar de ser bajos, esto debido a que son las mujeres las mas afectadas por la pobreza en todo el mundo y especialmente en los países de la región. Por otro lado, la tardía incorporación de las mujeres al mundo laboral y la creciente desocupación característica de la ultima década obligaron a las mujeres a incorporarse a formas de trabajo precarias como el servicio doméstico, con bajos ingresos. Además para estas mujeres concurrir a los servicios de Salud Pública no solo implica pagar el arancel, sino también el transporte, perder un día o más de trabajo, o sea de ingreso, por las largas esperas. Esto les generó a las mujeres tener que optar entre controlar su salud o dejar de comer ellas y su familia, resultando obvio que privilegiaron la supervivencia personal y familiar.

Todas estas son desventajas y obstáculos que excluyeron a las mujeres de los servicios de salud (Bianco 1996, Langer y Nigenda 2000). Esto no se observó solo en los países de nuestra región, sino también en África y Asia, deterioró la salud de las mujeres significativamente desde comienzos del milenio. En Argentina, donde el 99% de los partos ocurren en establecimientos asistenciales, aumentaron las muertes maternas por eclampsia debido al deterioro o disminución de controles prenatales incluso en áreas urbanas tradicionalmente con mejores niveles de cobertura, como el conurbano bonaerense y la Ciudad de Buenos Aires (Contrainforme de ONGs CEDAW, 2002). Como señala Nanda (Priya Nanda 2002) el arancelamiento en África produjo importante deterioro en la salud de las mujeres y el recupero de dinero apenas osciló entre el 5 y 10% del presupuesto de los distintos establecimientos asistenciales. Algo muy similar se registró en Perú donde el arancelamiento de las prestaciones relacionadas con el embarazo y parto disminuyeron la atención de las mujeres de sectores pobres sin lograr un recupero económico significativo.

En los casos en que los modelos de reforma incorporaron los esquemas de aseguradoras de riesgo, como las ISAPRES en Chile, las mujeres deben pagar primas mas altas por los gastos de la reproducción, ocurra o no esta. Matamala señala que los "planes con útero" son hasta tres veces más caros que los planes para los varones de la misma edad (M. Matamala, 2001). Esto también es señalado por Levine y otras en "La Salud de la Mujer en América Latina y el Caribe", un estudio publicado por el BID
(Levine, R et als 2001). La mirada de género en salud permite visualizar cómo las asimetrías entre varones y mujeres determinan un proceso salud-enfermedad-atención diferente para unos y otras (D.Tajer, 2000). Esto es clave para definir políticas que tiendan a eliminar estas desigualdades, o sea a promover la equidad en salud entre hombres y mujeres.

La participación comunitaria fue otro objetivo prioritario planteado por los procesos de reforma del sector salud. Es también un objetivo impreciso y que quedó como un enunciado teórico nunca cumplido ni implementado. No solo no se estimuló la participación de las personas, sino que se desalentó en la medida que se instaló el concepto de "mercado" en la atención de la salud, el que se regula por la capacidad económica de cada uno. Esto promovió el individualismo y afectó los criterios de solidaridad que sustentan la participación comunitaria, e implicó un importante retroceso frente a los conceptos de beneficios iguales y solidarios que aportó la seguridad social en su momento, aunque restringidos a algunos sectores. Los grupos mas pobres de población, en los que las mujeres predominan, fueron excluidos de los servicios de salud, perdiendo toda posibilidad de participación.

Así, en vez de fortalecerse la conciencia del derecho a la salud, tanto a nivel individual como colectivo, se reemplazó por la participación en el mercado de la salud, comprando servicios en cantidad y calidad según la capacidad financiera de cada uno.

El reconocimiento del derecho a la salud para todas las personas plantea la responsabilidad del Estado de velar por su cumplimiento, generando el derecho de cada una y del conjunto organizado a monitorear y controlar su cumplimiento. Esto produjo en los últimos años demandas legales, individuales o colectivas exigiendo el cumplimiento de esta obligación del Estado, como los reclamos ante la justicia efectuados en distintos países de la región por las personas viviendo con VIH/SIDA, u ONGs con trabajo en SIDA, para que se provea gratuitamente el tratamiento para el VIH/SIDA. Estos reclamos legales se han extendido a otros grupos y problemas de salud principalmente patologías crónicas, y constituyen formas licitas de reclamar el derecho a la salud, aunque extremas.

Otra forma de acción es el monitoreo y control social, que promueve la participación de individuos y grupos organizados, orientada a la interacción con los gobiernos a fin de promover el cumplimiento del derecho a la salud desde una participación proactiva con opiniones, proposiciones y pedido de cuentas de cómo y en que medida se satisface universalmente y específicamente el derecho a la salud para todos los ciudadanos, incluidas las mujeres. Cuando la respuesta del Estado es la exclusión, el reclamo lega! se impone y constituye la principal vía de acción. Cuando los países y las sociedades viven en contextos democráticos, el monitoreo y control social es una excelente modalidad, que tiene antecedentes y experiencia acumulada por el movimiento de salud de las mujeres en nuestra región. Los procesos de interacción del movimiento de mujeres en los países a nivel regional e internacional fue una característica creciente desde la creación de la Red de Salud de las Mujeres Latinoamericanas y de! Caribe en 1984 en Colombia. Mecanismo de participación de las mujeres que debemos profundizar y mejorar para lograr que los Estados garanticen a todas las mujeres el derecho a la salud.

Volviendo la mirada a los procesos de reforma sectorial cabe preguntarnos, ¿en qué tipo de Estado se aplicó la reforma del sector salud? ¿En un Estado fuerte que asegura se satisfacen las necesidades de la gente, o en un Estado achicado y en retirada que no garantiza derechos? La propuesta de la reforma llevaba implícito un modelo de Estado, trataba de liberar al Estado central de acciones y funciones y por eso propone la 'descentralización", buscando además aproximar las decisiones a la gente, por eso el traspaso de servicios a los niveles locales o privados, planteando una mayor posibilidad de participación de las personas. Pero la descentralización en muchos casos como en Argentina se desvirtuó, solo significó transferir la responsabilidad a los niveles locales; provincias y municipios, sin traspaso de fondos y desentendiéndose el nivel nacional de cómo y en que medida se satisfacían las necesidades y se garantizaban derechos (Neri, 2000; Belmartino, 2002). Esto solo tenía implícito la búsqueda del equilibrio fiscal. Por eso terminó sobrecargando el gasto de bolsillo que ahora cada persona debe hacer para atender su salud, independientemente de que la atención se brinde en la Salud Pública sea a nivel local, provincial o nacional o en el sector privado.

Cuando este gasto directo en salud aumenta significa que se aplica un criterio regresivo, ya que los que menos tienen, en proporción a su ingreso gastan mas en salud, aunque esto sea totalmente insuficiente en relación a sus necesidades. Por eso la aplicación de la ley del mercado a la salud impide garantizar el cumplimiento del derecho. Y esto es lo que ocurrió en nuestros países como consecuencia de la reforma en salud.

El Estado, en relación a la atención de la salud, así como frente a otros derechos sociales y económicos como la educación, la vivienda y el trabajo, debe ser el garante de tales derechos. Esto en general implica que el Estado debe no solo regular, sino también frecuentemente ser prestador. Aclaremos que la función prestadora del Estado no puede ser opuesta y/o contraria a la función reguladora. Ambas son imprescindibles y es en ese sentido que debe orientarse la estructura y funcionamiento del Estado. El objetivo no puede ser el achicamiento y el desmantelamiento del Estado en salud como resultó de los modelos de reforma del sector, sino un Estado preparado para garantizar el derecho a la salud, con personal capacitado y que permite la interacción con la sociedad organizada. Claro que esto debió haber disminuido las funciones prestadoras de servicios que el sector de la Salud Pública había hipertrofiado en muchos casos, pero sin abolirlas y mucho menos desmantelando al sector público y por tanto no solo impidiendo la prestación directa sino más grave aún la regulación y orientación, así como la capacitación de recursos humanos.

Dentro del Derecho a la Salud los derechos sexuales y reproductivos son los que específicamente han sido, son y serán el principal interés del movimiento de salud de las mujeres. Estos derechos son los más sensibles a la salud de las mujeres durante todo el ciclo vital. El derecho a decidir si tener o no hijos, cuándo, cuántos y con quién fue un antiguo reclamo de las mujeres expresado por el movimiento de salud, que logró ser reconocido en la Conferencia Internacional de Población y Desarrollo en Cairo en 1994. Allí también se reconoció el derecho al ejercicio de la sexualidad placentera y saludable, pero solo parcialmente se avanzó en el reconocimiento del derecho al aborto legal y seguro. Esta es una asignatura pendiente de la Salud Pública en muchos países del mundo y especialmente en nuestra región. Recordemos que todavía el aborto es la principal causa de Mortalidad Materna.

En 1995 en Beijing en la Conferencia de la Mujer se avanzó en el reconocimiento de la libre opción sexual y la eliminación de prácticas dañinas como la circuncisión femenina, la cesárea impuesta y otras. Pero del reconocimiento teórico a la vigencia plena y equitativa de estos derechos hay un largo camino. Camino que estamos recorriendo con avances y retrocesos, pero con un saldo de avances. Sin embargo, sabemos que ninguno de estos derechos se nos dieron, tenemos que conquistarlos. Eso exige nuestro esfuerzo y nuestra lucha permanente.

En el campo de la Salud Sexual y Reproductiva un desafío pendiente es el VIH/SIDA. La feminización del SIDA, que ocurre simultáneamente con la pauperización de la población y especialmente de las mujeres, nos indica quiénes son ahora sus víctimas centrales. Por eso la lucha contra el SIDA no es ajena a las mujeres y el movimiento no puede marginarse. La subordinación sexual de las mujeres en nuestras sociedades especialmente las adolescentes y jóvenes, es el sustrato que alimenta la epidemia del VIH/SIDA. Todas las formas de violencia sexual contribuyen y robustecen la subordinación sexual de las mujeres. Por eso los derechos sexuales y económico- sociales son nuestro principal motivo de lucha, esclarecimiento y monitoreo. Su vigencia es opuesta a los modelos de reforma del sector salud; si bien se reconocen ciertos adelantos que estos modelos brindan, en la mayoría de los casos prevalecen las desventajas.

No es casual que quienes luchamos por el reconocimiento de los derechos sexuales y reproductivos en el marco de los derechos humanos somos quienes iniciamos las críticas a los modelos de reforma sectorial, como señala Langer y Nigenda (Langer y Nigenda 2000). El reclamo de justicia social implícito en la defensa de los derechos sexuales y reproductivos indica el marco de los sistemas de servicios de salud equitativos y solidarios en que los planteamos y esto dentro de un modelo económico-social que achica las desigualdades y brinda servicios de calidad a todas las personas.

Bibliografía:


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Matamala, MI "El proceso de Reforma de la Salud en Chile: Factores políticos, económicos y técnicos que condicionan el proceso y sus resultados" presentado en II Jornadas Mujer y Desarrollo: Construyendo el derecho a la igualdad" Valdivia, Chile, 4-8 Diciembre 2001.

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Neri, Aldo: "La Reforma del Sistema de Salud", 2000, p5-17, Cuadernos Médicos Sociales, n°77, Rosario, Argentina.

  1. Trabajo presentado en el Seminario Reforma de la Salud, Red de Salud de las Mujeres Latinoamericanas y del Caribe -RSMLAC-, 1 al 3 de Octubre 2003, Lima, Perú.

* Mabel Bianco: Presidenta de la Fundación para Estudio e Investigación de la Mujer-FEIM-, Coordinadora del Grupo Internacional de Mujeres Y SIDA de la Sociedad Internacional de SIDA, Miembro del Comité Directivo de 1PAS 2001 y de la IWHC 2002

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