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Introducción
Teóricamente, una temática como la que constituye
el tema de este número de la revista del PADH, Gobernabilidad,
Democracia y Derechos Humanos en América Latina, se inscribe
en un contexto político que la determina: la actual crisis
del Estado y la política de la región. Por ello
quiero hacer algunos apuntes teóricos sobre dicho referente
general, pensando también que varios otros artículos
se detendrán específicamente en el análisis
de aspectos propios de los derechos humanos, la democracia o la
gobernabilidad. Lo que aquí presento son disquisiciones
sumamente generales y quizá abstractas, pero que están
pensadas para contribuir con elementos con los cuales analizar
las situaciones concretas de los diversos países de la
región.
Considerar la cuestión de la crisis del Estado y la política
es imprescindible dado que está claro que en nuestra región
no podemos partir de que en la mayoría de las sociedades
latinoamericanas el entramado institucional vigente canaliza las
necesidades y expectativas de los distintos intereses y grupos
sociales que componen nuestras sociedades; por el contrario, la
experiencia reciente de las sociedades, por ejemplo la crisis
argentina del 2000-2001, la guerra del gas en Bolivia del 2003,
los actuales conflictos en Ecuador, la crisis política
de gobernabilidad en México, etc., esto es, la fuerza de
los movimientos sociales urbanos, campesinos, indígenas,
populares, contestatarios, y la vitalidad de las distintas formas
de resistencia y desencanto a las instituciones democráticas
y las políticas económicas vigentes, nos alerta
de las limitaciones que tendría un análisis puramente
institucional de la democracia o la gobernabilidad. Por el contrario,
las instituciones existentes deben valorarse críticamente
debido a que se oponen, en general, a la dinámica real
de la sociedad y a las diversas manifestaciones de rechazo popular
a los procesos de modernización y democracia en curso.
Para realizar un análisis de la situación del Estado
y la política, empero, tenemos que considerar que el análisis
sociológico dominante tiene algunas dificultades para seguir
los procesos de la sociedad. Veamos esto con más detenimiento.
Boaventura de Sousa Santos, reconocido sociólogo portugués,
expresó en conferencia magistral en la Universidad de Campinas,
Sao Paulo, en el pasado XI Congreso de la Sociedad Brasileña
de Sociología, en 2003, la idea de que para reconocer la
situación social y política verdadera de América
Latina la sociología tiene que procurar ensanchar su estudio
del presente. La tesis, también presentada como planteamiento
central en su libro sobre la situación de la democracia,
en su obra sobre la globalización alternativa (Sousa Santos
de, 2002) alude a que las ciencias sociales críticas han
perdido mucho potencial de conocimiento por la obsesión
por pensar en el futuro en lugar de analizar el presente, además
de que -sostiene- tenemos la obligación de buscar ese presente
a contracorriente, puesto que muchas cosas no se ven debido a
que existen intereses y políticas de Estado o de grupos
sociales dominantes, que deliberadamente procuran que determinadas
demandas sociales, fenómenos populares, problemas de las
mayorías, reivindicaciones de grupos sociales, levantamientos
y políticas de grupos étnicos, situaciones, etc.,
no se vean y se discutan en la sociedad, es decir no sean reconocidas
por las propias sociedades, no aparezcan en el horizonte de visibilidad
de la sociedad.
La proposición de Boaventura es en el sentido de obligar
al pensamiento social a ensanchar el estudio del presente, pero
no como lo hace la ideología dominante, empirista neoliberal,
bajo un criterio empírico descriptivo desconexo, sino a
partir de ubicar la totalidad y analizar y desentrañar
las contradicciones de los diversos fenómenos del presente,
porque, justo ahí, en esas contradicciones, están
en germen las alternativas, tal como fue señalado hace
siglo y medio por Marx (1).
Pero analizar las contradicciones de lo real y lo actual, implica
también recuperar las contribuciones del pensamiento sociológico
propias de nuestra región y repensar la teoría con
la cual analizar esas contradicciones, sin que el marco de las
preguntas impida la observación y el análisis. Es
decir, la teoría tiene que seguir a la realidad, encontrar,
como decía el boliviano René Zavaleta (Zavaleta,
1990), las interrogantes y las hipótesis de los hechos,
y no nuestras preguntas y nuestras hipótesis en los hechos.
Partiendo de las consideraciones mencionadas cabe señalar
que uno de los fenómenos más inquietantes de situación
de América Latina es, sin duda, la crisis del Estado y
la política (véase por ejemplo, Tavares, 2005; Holloway,
2003; Caros amigos, 2002; Levy, 2002; Hirsh 2000; Almeyra, 2000)
La sociología política tiene la obligación
de abrir los ojos a los aspectos y elementos que componen tal
crisis, de tratar de descubrirla en sus diversas manifestaciones.
El pensamiento crítico no puede cerrar los ojos a dicha
crisis, menospreciar las incertezas de la época sobre el
asunto o la merma de legitimidad de las respuestas otrora consagradas
sobre el Estado y la política.
Crisis del Estado y la política en América Latina
Pero veamos paso a paso como se presenta esta crisis en América
Latina. Una de las expresiones de la actual crisis del Estado,
es la continuamente mencionada retirada del Estado de la vida
social. En principio esa situación nos debería generar,
a los latinoamericanos, satisfacción, dado que un factor
de opresión, jerarquía y dominio fundamental sobre
la sociedad se retira ("representación jerárquica
del conjunto de la sociedad", Lechner, 1999). Sin duda es
gratificante el que se esté reduciendo ese poder sobre
la sociedad, mismo que, como decía Marx en La ideología
alemana, es un "poder ajeno y hostil que le sojuzga",
emana de la sociedad y se le contrapone para oprimirla (Marx,
1845) (2). Entonces ¿cuál es el
problema actual, si el Estado se retira o se debilita frente a
la sociedad? Dudo que alguien extrañe la opresión
del Estado como para solicitar su retorno. Quizá por el
sentido de alivio que genera la idea de ver reducida la intervención
del Estado, de enfrentar y debilitar, parafraseando a Marx, esa
inmensa maquinaria que tapona todos los poros de la sociedad y
la oprime (3) es que se ha generado un cierto
consenso en torno a la propuesta del Estado mínimo. No
dudo que los pensadores sociales críticos de América
Latina concuerden con este consenso y no con la idea de fortalecer
el Estado frente a la sociedad. Sin embargo el problema real no
es el Estado mínimo en el sentido político. La retirada
del Estado, empero, no es consecuencia de ninguna voluntad política
cristalizada proveniente de la autodeterminación de la
sociedad, sino de la actividad política de las fuerzas
dominantes en la mundialización del capital, o, en otros
términos, de "la autonomización de los sistemas
funcionales y de la fragmentación de la sociedad"
(Lechner, 1999). Basándose en ello, cabe considerar críticamente
el significado de la retirada del Estado y considerar si lo que
corresponde ahora es recuperar al Estado como dirección
política y económica nacional o que el Estado ejerza
una función de "coordinación social",
en la cual el poder político no impondría su jerarquía,
sino ayudaría a mediar entre distintos sistemas funcionales
-económico, social, político, cultural, etc.- y
a generar una integración y una racionalidad de la sociedad
en su conjunto" (Lechner, 1999).
No obstante lo antes mencionado, la actual crisis del Estado
y la política preocupa no por la retirada del Estado. Preocupa
por otros hechos:
1) porque el Estado no parece haberse retirado realmente, sino
que se ha transformado y su presencia sigue ahí, imponiéndose
jerárquicamente, dominando, oprimiendo, educando y creando
un sentido racional autoritario del orden para, en el caso de
América Latina, ser el vehículo de la mundialización
y transnacionalización del capital, un vehículo
que se asume no como Estado nacional de competencia, como en Europa
o Estados Unidos, sino como Estado intermediario, gerencial ajustador,
subordinado al capital financiero internacional y al servicio
de la universalización de la ley del valor (Oliver, 2005).
En ese sentido el Estado en América Latina, su función,
es dar viabilidad al capital transnacional y generar condiciones
locales para su alta valorización. Y para ello, con el
fin de posicionarse frente al acelerado proceso de internacionalización
de las relaciones de producción capitalistas, el propio
Estado ha llevado a cabo su "reforma", en el sentido
de abrir las puertas a las privatizaciones, a la liberalización
de los mercados y al dominio del capital financiero. La noción
de diferenciación funcional de sistemas oculta el sentido
real de los procesos. En realidad en América Latina el
posicionamiento del Estado es servil y hasta depredador de los
recursos nacionales (recursos naturales, de mano de obra, de infraestructura,
etc.) ante el capital transnacional y no tiene el rasgo de una
política de competencia, como la que existe, por ejemplo,
en los Estados europeos, para generar capacidad nacional para
retener la inversión externa y el capital transnacional
y a la vez mantener un proceso interno de desarrollo. En América
Latina los Estados no se asumen como dinamizadores del desarrollo
nacional, sino como vehículos de la rentabilidad de capital
transnacional.
2) La crisis del Estado es un problema especial para los trabajadores
de América Latina en tanto dicha crisis no significa que
el Estado haya dejado de cumplir sus funciones como expresión
"universalizada" de la potencia del capital. En nuestros
análisis sociales del Estado debemos considerar este punto
de vista, dado que como decía Marx, "El capital es
la potencia económica de la sociedad burguesa que lo domina
todo" en la sociedad capitalista, por consiguiente: "debe
constituir el punto de partida y el punto de llegada" (Marx,
1857, p. 57). El capital hoy en América Latina domina más
ampliamente en la vida económico social, como puede ser
fácilmente advertido. Frente a tal dominio, el trabajo
de la sociedad, de los distintos conglomerados de trabajadores
de la ciudad y del campo, contradictoriamente, parece haber perdido
centralidad y fuerza en la sociedad. Lo cual no importa tanto
por lo que es de facto económico sino por lo que conlleva
como un hecho ideológico, esto es, político cultural.
Los trabajadores, tanto los incluidos (precarizadamente) en el
capitalismo latinoamericano, como los nuevos excluidos bajo el
desempleo estructural, no tienen aun bajo el nuevo Estado de la
mundialización las condiciones para influir en las decisiones
sociales, así como han perdido derechos universales, otrora
obligación del Estado, conquistados anteriormente, como
el derecho a la salud, la vivienda, la educación, el trabajo,
el ocio, etc. La pérdida de soberanía del Estado,
la privatización de lo público y el vaciamiento
de la democracia (la democracia restringida sin capacidad para
canalizar las luchas de la sociedad civil y de los movimientos
sociales) son un problema para los trabajadores de América
Latina, dado que ello merma las posibilidades de la política.
En ese sentido los elementos positivos de la desestatización
de la sociedad que han introducido las políticas neoliberales,
no se contraponen con elementos positivos de una mayor socialización
de lo público, y, por el contrario, introducen la noción
de crisis de la política.
3) La actual crisis de la política es expresión
de una correlación de fuerzas. En ese sentido habría
que superar el reduccionismo economicista de ver en esa correlación
de fuerzas sólo la consecuencia de la reestructuración
económica mundial del capitalismo, para analizar cuales
son los aspectos ideológico políticos por los cuales
ésta ha logrado imponerse. La tendencia a la transformación
del Estado en una institución burocrático autoritaria
tiene su origen en procesos históricos seculares, lo mismo
que la tendencia de la política a ampliar la participación
y la influencia de los trabajadores en la sociedad. En ese sentido
habría que problematizar la democracia y la voluntad política
para entender porqué la democracia se ha reducido a los
rituales legitimadores de las elecciones y distanciado de la autodeterminación
de la masa (cf. Zavaleta, 1990, "cuatro conceptos de la democracia")
y porqué la voluntad política se ha separado de
la sociedad.
Quiero hacer entre paréntesis una disgresión: un
aspecto importante que se presentó hace algunos meses,
en un momento de auge de la intervención de las grandes
potencias en Irak, mostró que la política no se
reduce a las acciones de los aparatos burocráticos y militares
de esas potencias. Se ha evidenciado el "retorno de la política"
en la organización y actividad de los trabajadores y de
la sociedad civil europeos en contra de las políticas militaristas
e intervencionistas de sus burocracias estatales, así como
en la consiguiente derrota electoral del presidente conservador
español José Ma. Aznar. En América Latina
la vitalidad de la política se está expresando también
en las recurrentes crisis políticas y en las propias dificultades
de la gobernabilidad autoritaria, en la actividad de los movimientos
sociales y en la realización continuada de los foros sociales
mundiales. Por ello, y teniendo como transfondo la riqueza manifestada
en estas expresiones de vitalidad de la sociedad civil, en lugar
de lamentarnos de que la democracia en América Latina sea
básicamente electoral, habría que pensar porqué
los reclamos de la sociedad civil y de los movimientos sociales
no logran superar y transformar ese límite y definir en
los hechos que la política y la democracia sea fuente de
decisión popular ante las políticas de los Estados
dominados por burocracias conservadoras, es decir para que aquellas
sean algo más que elecciones y gobernabilidad conservadora.
Incluso conviene ir más allá: en la crisis argentina
del 2001, por ejemplo, las políticas del Estado menenista
desembocaron en un reclamo social evidente, pero éste no
se canalizó como un rescate de la política por la
sociedad, sino por un rechazo a ésta, con las consecuencias
negativas conocidas de ello. Falta, entonces, voluntad política,
pero no sólo en los gobiernos, también en la sociedad.
4) Otro aspecto de la crisis del Estado a analizar son los procesos
de fortalecimiento de las entidades transnacionales de poder,
sean estas otros Estados, sean firmas transnacionales, sean instituciones
financieras. Hay evidentemente una política de Estatalidad
mundial no institucionalizada en las determinaciones del gobierno
de los Estados Unidos, en las políticas del grupo de los
ocho, en las reuniones de los representantes de los Estados para
aspectos financieros o comerciales particulares, en las reuniones
entre intelectuales y políticos auspiciados por los Estados
centrales, en los acuerdos Bush y Blair. Es sabido que la diversidad
entre los Estados sirve a los procesos de mundialización
en la medida en que permite la competencia de costos bajos de
la mano de obra, condiciones diferenciadas para la valorización
del capital y una gobernabilidad a partir de centros ideológicos
y formas nacionales de control político. Es posible que
por eso no haya habido avances en cuanto a la constitución
de un Estado mundial, pero ello no nos debía impedir observar
las políticas mundiales que se han venido configurando.
No existe aun un proceso de constitución de un Estado mundial
pero si de políticas mundializadas de imposición
global.
5) Hay una creciente recuperación de las expresiones de
fuerza de lo local en términos de resistencia y fortalecimiento
de los espacios comunitarios, municipales y regionales, no obstante
que continúe el rechazo de los gobiernos para reconocerla.
El gobierno del presidente mexicano, Vicente Fox, por ejemplo,
rechazó el cumplimiento de los acuerdos de San Andrés,
firmados anteriormente por el Estado mexicano, que implicaban
el reconocimiento de los indígenas y de sus comunidades
como sujetos de derecho. No obstante, las verticales y autoritarias
instituciones de los Estados nacionales históricos de América
Latina no resisten ya con solidez los avances de los procesos
de ciudadanización y participación locales, de las
luchas sociales por recuperación del dominio popular sobre
los recursos nacionales, por el reconocimiento a la diversidad
regional, económica, étnica, sociocultural, por
el cuidado de la biodiversidad. Hay en ello un proceso subterráneo
de formación de nuevas bases societarias para la reconfiguración
del Estado que no se han podido canalizar en una gran reforma
política democrática del Estado, que no son reconocidas
ni por los gobiernos progresistas actuales. Para el gobierno del
presidente Lula de Brasil, por ejemplo, la reforma del sistema
político está pensada para garantizar la estabilidad
partidaria, esto es para fines conservadores, y no para ampliar
derechos de la sociedad civil.
Conclusión
El interés de estudiar mayormente el significado de estos
fenómenos está relacionado con la búsqueda
de algunas fuentes teóricas de europeos y de latinoamericanos
sobre el tema. De ahí el valor que hoy día tiene
releer la obra de los clásicos del pensamiento crítico
latinoamericano, de volver a poner en circulación la Obra
de la Cárcel de Antonio Gramsci, o de debatir y nacionalizar
algunas ideas de Joachim Hirsch, de pensar con cabeza propia,
en particular porque todos ellos hacen énfasis en que lo
que está en juego en las necesidad de autonomía
de las sociedades modernas ante el avance de la modernización
neoliberal, es la recuperación de lo público, expresado
como una reforma y una ascendencia creciente de la sociedad civil
y una canalización de las energías críticas
de los movimientos sociales, lo cual no quiere decir ver en ello
una alternativa tipo "lo público no estatal"
como propone Bresser Pereira, intelectual orgánico del
proyecto del anterior presidente de Brasil, Fernando Henrique
Cardoso (Bresser, 1998), sino buscar una opción en el despliegue
de lo público con poder e influencia en el Estado (Dagnino,
1999). Ello implica tratar de entender el sentido profundo de
la actual redefinición de las relaciones entre Estado y
sociedad cuyos ejes son la transformación del Estado en
cuanto forma de la sociedad nacional e internacional y en cuanto
a sus funciones, su rol, y su papel en tanto conjunto de políticas
del conglomerado de instituciones de poder público. Pero
para comprender a fondo las actuales funciones de los Estados,
se hace necesario tratar de entender la transformación
en curso de las sociedades latinoamericanas, en cuanto a su carácter
de sociedades mercantil capitalistas dentro de la economía
y el mercado mundial de bienes, servicios y capitales, en cuanto
a los procesos de fragmentación y desintegración
social, y en cuanto sociedades civiles específicas que
forman parte de los Estados con grados variables de autonomía
y articuladas con determinadas formaciones hegemónicas.
Se trata de pensar el nuevo carácter y papel del Estado
nacional y de las formas mundiales de dominio y hegemonía
para contar con elementos para caracterizar la situación
actual de la gobernalidad y la democracia.
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Notas
1. Marx: "Para nosotros, el comunismo no
es un estado que debe implantarse, un ideal al que haya de sujetarse
la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que
anula y supera al estado de cosas actual. Las condiciones de este
movimiento se desprenden de la premisa actualmente existente.
el comunismo, su acción, sólo puede llegar
a cobrar realidad como existencia histórico universal.
Existencia histórico-universal de los individuos, es decir,
existencia de los individuos directamente vinculada a la historia
universal", Marx, Engels, La ideología Alemana, op.
Cit.,ps. 38,39.
2. "Esta plasmación de las actividades
sociales, esta consolidación de nuestros propios productos
en un poder material erigido sobre nosotros, sustraído
a nuestro control, que levanta una barrera ante nuestra expectativa
y destruye nuestros cálculos, es uno de los momentos fundamentales
que se destacan en todo el desarrollo histórico anterior,
y precisamente por virtud de esta contradicción entre el
interés particular y el interés común, cobra
el interés común, en cuanto Estado, una forma propia
e independiente, separada de los reales intereses particulares
y colectivos y, al mismo tiempo, como una comunidad ilusoria,
pero siempre sobre la base real de los vínculos existentes",
Marx, Engels (1845), 1936, 1958, Ideología Alemana, Montevideo,
Ed. Pueblos unidos, p.35.
3. "El Estado tiene atada, fiscalizada, regulada,
vigilada y tutelada a la sociedad civil, desde sus manifestaciones
más amplias de vida hasta sus vibraciones más insignificantes,
desde sus modalidades más generales de existencia hasta
la existencia privada de los individuos, donde este cuerpo parasitario
adquiere, por medio de una centralización extraordinaria,
una ubicuidad, una omnisciencia, una capacidad acelerada de movimientos
y una elasticidad que sólo encuentran correspondencia en
la dependencia desamparada, en el carácter caóticamente
informe del auténtico cuerpo social"ver Marx, 1852,
El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, en Marx, Engels, Obras
escogidas en dos tomos, Moscú, Ed. Progreso, 1955, p. 266.
*Lucio Oliver Costilla. Doctor
en Sociología, profesor titular de la Universidad, Nacional
Autónoma de México, UNAM.
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