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Introducción
Los individuos siempre, sin importar época o lugar han
tendido a agruparse para vivir en comunidad, situación
ésta que no es exclusiva del género humano sino
de todo cuanto pueda llamarse vida, pues para que la misma exista
se hace necesario la agrupación de seres pertenecientes
a una misma especie a fin de reproducirse, protegerse, intercambiar
afecto o simplemente solucionar problemas prácticos mediante
el intercambio de ideas, pensamientos e incluso bienes y formas
de trabajo.
En comunidad viven las plantas, los animales y por supuesto, el
hombre mismo; lo cual lleva a deducir de este comportamiento milenario
que los hombres, al igual que los demás seres vivos, son
seres sociales por naturaleza donde social no quiere decir convivencia
pacífica sino agrupación por sentido práctico,
sometimiento o por necesidad.
Centrando la reflexión en el hombre, éste siempre
ha tendido a agruparse bien por instinto, bien por acto pensado,
con la finalidad funcional de solucionar problemas y mejorar su
calidad de vida. La primera búsqueda de esa asociación
surge para reproducirse y garantizar así la perdurabilidad
de la raza humana; pero además de ello, en tanto las actividades
de la vida cotidiana se hacen más complejas e interdependientes,
los individuos se requieren en mayor medida unos a otros al no
ser capaces de solucionar por su cuenta todas las actividades
que la vida diaria plantea.
En tiempos remotos el nivel de convivencia entre los hombres
podía ser escaso en tanto las actividades cotidianas estaban
centradas en la supervivencia mediante la caza, la agricultura
y la obtención de vestido para protegerse del clima. Sin
embargo, debido a los mejoramientos en las técnicas de
producción y sus consecuentes aumentos en la productividad,
surgen dos fenómenos paralelos que llevan a que los hombres
aumenten su nivel de dependencia unos de otros: el primero la
división del trabajo y el segundo, el aumento del comercio.
Al comenzar los individuos a aprender el manejo y ejercer dominio
sobre la tierra, llega a su fin el nomadismo y se presentan los
primeros asentamientos con lo cual los habitantes empiezan a repartirse
funciones a fin de trabajar más organizadamente; este reparto
de funciones conduce a que ciertas actividades se vuelvan repetitivas
para una misma persona y con ello, fruto del dominio alcanzado
sobre las mismas, se comienza a hacer variaciones y mejoras que
conducen, por un lado, a una mayor productividad y producción
que se hace necesario intercambiar, y por otro, a una mayor especialización
del individuo, de tal suerte que, ahora depende de los demás
para poder satisfacer todas sus necesidades, pues con su trabajo
específico no puede bastarse a sí mismo. Aparecen
así los artesanos y los mercaderes, quienes complementados
por los cazadores y agricultores conforman las clases sociales
de este tipo de organización.
Es entonces la división del trabajo con sus consecuentes
aumentos de productividad y producción, la que hace que
se genere un excedente económico susceptible de ser comercializado,
y que fruto de ese comercio, se establezcan mayores vínculos
entre los hombres puesto que, cada vez más, dependen unos
de otros para poder cubrir sus necesidades.
A través de la historia y fruto de este tipo de asociación
surgida por la necesidad de reproducirse, brindarse seguridad,
compartir afecto, pero sobre todo, fortalecida por la división
del trabajo y sus necesidades de intercambio, se presentan múltiples
Sociedades o agrupaciones de hombres que toman diversas formas.
Se hace referencia entonces a la Sociedad primitiva, la esclavista,
la feudal, la renacentista y actualmente, a la Sociedad capitalista;
agrupaciones todas que han perseguido un fin específico
y lo han alcanzado o intentado alcanzar por diferentes métodos.
Así, la Sociedad primitiva buscaba simplemente satisfacer
unas necesidades básicas como era proveerse de vestido
y alimentación y, en términos generales, la propiedad
era de carácter colectivo. Posteriormente, y como ya se
ha mencionado, gracias a la especialización del trabajo,
aumenta la producción y con ella el intercambio, lo que
conduciría a una característica económica
importante como es la aparición de la propiedad privada,
pues al individuo ser repetitivo en una actividad, empleará
una y otra vez las mismas herramientas y por tanto, se generará
un sentido de pertenencia que abarca desde las herramientas hasta
el producido por las mismas.
La aparición y posterior evolución del concepto
de propiedad cobrará su máxima expresión
en la Sociedad esclavista donde una clase de hombres se siente
con derecho, y de hecho lo ejerce, de apropiarse del trabajo,
sentimientos y vida en general de otros hombres.
En este tipo de Sociedad, la asociación se presenta más
por sometimiento que por necesidad, pues unos hombres denominados
esclavistas someten a otros denominados esclavos bien por métodos
violentos, bien por patrones culturales o religiosos. Así
surgen las Sociedades fenicia, babilonia, egipcia y griega entre
otras y cuya convivencia y agrupación está basada
en la explotación del hombre por el hombre; hecho que,
aunque cambiará de forma a lo largo de la historia, continuará
siendo característica esencial de las Sociedades posteriores,
pues el hombre siempre será esclavo, la diferencia será
sólo esclavo de qué o de quién.
Bajo este tipo de Sociedad esclavista, el trabajo rudo y necesario
para la subsistencia propia y de sus dueños es realizado
por los esclavos; entretanto y gracias al tiempo libre del que
gozan los esclavistas, éstos se dedicarán a actividades
como la astronomía, las matemáticas y las artes
y las ciencias en general.
Este esquema de sometimiento y apropiación sobre la vida
misma de los demás se agotará poco a poco en la
medida que, por una parte y bajo una concepción de rentabilidad
económica se le dará libertad a los esclavos y luego
se les contratará como peones por un salario de subsistencia,
con lo que el antiguo amo se evita sostenerlo desde la cuna hasta
la tumba y ahora lo hará sólo durante la edad productiva
del trabajador. Debe decirse entonces y para vergüenza de
la humanidad, que la esclavitud acaba no por respeto al genero
humano sino por simple inviabilidad económica que sumada
al descontento de los esclavos y sus constantes revoluciones,
además de las libertades concedidas por méritos
militares o creencias religiosas, llevará a que este sistema
bajo el cual unos hombres tenían propiedad directa sobre
otros, termine al menos bajo su concepción clásica.
Sin embargo y si bien la figura del esclavo como tal desaparece,
la explotación del hombre por el hombre continuará
siendo una constante en la historia de la raza humana y el ser
o no esclavo sólo dependerá de los parámetros
que el hombre establezca para entender el concepto de la palabra
libertad.
Pasando ahora a la edad media, la Sociedad allí existente
será de tipo feudal y unos hombres servirán a otros
a cambio de protección y una porción de tierra para
cultivar. Los territorios serán divididos en pequeñas
localidades organizadas política y militarmente y la dominación
y establecimiento del orden estará a cargo de nobles quienes
a su vez deben obediencia al rey y a los principios eclesiásticos.
Su estructura económica será de tipo agrario y los
límites del conocimiento estarán determinados por
la Iglesia; es ésta entonces una Sociedad organizada en
religiosos, nobles, señores feudales, banqueros, mercaderes,
artesanos y siervos en donde cada uno cumple una función
específica de acuerdo al tipo de relación que con
los demás establece.
En términos generales, la Sociedad feudal posee una estructura
bastante vertical y la vida de los hombres se rige más
por principios religiosos que económicos; a tal punto,
que la Iglesia como máxima rectora de la Sociedad se hace
al monopolio del conocimiento con el fin que el resto de la población
no pueda educarse y mediante la ilustración, cuestionar
los principios divinos.
En cuanto a propiedad, el concepto de esclavismo desaparece en
la medida que los hombres no tienen dueño diferente a Dios.
Sin embargo, su destino estará sometido a quien posea la
propiedad de la tierra que cultivan, por lo que los siervos, clase
social mayoritaria, sufrirá los rigores de un sometimiento
y obediencia al señor feudal y a la Iglesia convirtiéndose
así en esclavos de su rey y de su Dios.
Este tipo de dominación encuentra su ocaso en varios hechos
puntuales que, sumados uno a uno, llevan a la población
a cuestionar la inflexibilidad y autoritarismo ejercido por la
institucionalidad religiosa. Así, los viajes de Marco Polo
a la China (siglo XIII d.c), la invención de la imprenta
de tipos móviles llevada a cabo por Gütemberg (siglo
XV d.c), los cuestionamientos religiosos establecidos por Lutero
(siglo XVI d.c), la arbitrariedad del Tribunal de la Santa Inquisición
(siglos XIII a XV d.c) y hasta las pinturas del mismo Giotto (siglo
XIV d.c), llevan poco a poco a presentar a los habitantes medievales
diferentes panoramas y puntos de vista a los pregonados por la
Iglesia.
Con Marco Polo en la China se pone de manifiesto cómo
los hombres pueden alcanzar y vivir con esplendor en esta vida
y por tanto desautoriza la doctrina del necesario sufrimiento
para ganar la vida eterna establecida por la Iglesia.
Sociedad, conocimiento y acumulación
Con la imprenta de Gütemberg el costo de los libros se abarata
vertiginosamente y el conocimiento queda al alcance de todos,
lo que sumado a la difusión de la Biblia, lleva a que cualquier
persona pueda leer ésta y entenderla e interpretarla a
su manera; de esta forma los lectores sacan sus propias conclusiones
y encuentran serias incoherencias entre las escrituras y el accionar
de la Iglesia, lo que en definitiva, restará importancia
y autoridad a la misma. Este hecho, llevará a Martín
Lutero en Alemania a plantear la Reforma Protestante con la cual
pone de manifiesto los excesos y tergiversación de las
escrituras llevada a cabo por la Iglesia y da un duro golpe a
la misma en la medida que le resta, además de poder, fieles.
Con el Tribunal de la Santa Inquisición establecido en
toda Europa y con especial rigor en España, se intimida
a toda la población y el sometimiento a las ideas cristianas
se hace más por temor que por convicción. Será
por tanto este tribunal un arma contraproducente, pues al tratar
de someter a los fieles por la fuerza, éstos se sienten
amenazados y comienzan a cuestionar los métodos y actitud
de una iglesia que requiere asesinar a sus críticos y contradictores
para poder perpetuarse en el poder.
En cuanto a las artes, la Sociedad medieval es de las más
pobres posibles, pues tratar de recrear la obra de la naturaleza
equivale o se interpreta como querer imitar o competir con la
obra de Dios. El Giotto, durante la alta edad media, comienza
a romper este concepto y con sus obras dará los primeros
pasos para lo que será el resurgir de las artes y las ciencias
en la Italia del siglo XV d.c y cuyo ejercicio representará
de manera magistral Leonardo Da Vinci durante los siglos XV y
XVI d.c dando inicio así a la nueva Sociedad del Renacimiento.
Estos hechos, sumados uno a uno, conducirán al hombre
medieval hacia una nueva Sociedad que, luego de mil años,
pone nuevamente al hombre como centro, aun por encima de Dios,
y donde las relaciones entre los individuos comienzan a basarse
más en aspectos económicos y científicos
que en aspectos religiosos.
Este despertar de la ciencia y del conocimiento en general, llevará
a grandes adelantos científicos que se materializarán,
además de en la astronomía, la geografía
y la física, en la creación de máquinas animadas
que suplantan la fuerza animal o del hombre por una fuerza mecánica.
Con esto, surge la Sociedad industrial en la cual, además
de vertiginosos aumentos en la producción, se establecen
unas nuevas relaciones sociales en la medida que, por el alto
costo de las máquinas, no todos los hombres pueden adquirirlas
y se hace necesario que unos sean los propietarios y otros los
operarios.
A los primeros se les denominará capitalistas o burguesía
industrial en tanto que a los segundos se les denominará
obreros, quienes establecerán vínculos con la máquina
mediante su operación a través de un salario.
Nace entonces la Sociedad capitalista; una Sociedad en la cual
las relaciones entre los hombres se rigen fundamentalmente por
aspectos económicos y donde, de acuerdo a la riqueza del
individuo se le asigna un sitio en la escala social.
En una Sociedad de estas características, los aspectos
políticos, culturales y religiosos, aunque no desaparecen
del todo, se ven relegados a posiciones secundarias y la vida
del hombre capitalista entonces, girará en torno al dinero.
Si bien este tipo de Sociedad comenzó con la máquina
y el operario obrero que renta su fuerza por un salario, hoy,
comenzado el siglo XXI la máquina ha dado paso a una nueva
forma de economía donde la prestación de servicios
constituye el pilar fundamental y en donde los hombres son recompensados
de acuerdo a su productividad en el trabajo, productividad que
se logra mediante una adecuada formación y capacitación
pero que se convierte en excluyente en la medida que la misma
Sociedad cobra por instruir al individuo y la conduce a un círculo
vicioso de pobreza económica, pues sólo las Sociedades
ricas están en capacidad de instruir a sus gentes y fruto
de esa instrucción derivan su riqueza.
Esta Sociedad económica ha conducido a un inusitado deseo
de acumulación que no respeta normas, patrones de conducta,
códigos éticos o principios sociales; pues finalmente,
no importa que tan ardua sea la lucha, todos sucumben ante el
dinero. La consigna es acumular riqueza y mediante ésta,
obtener reconocimiento social. Hoy la mente de los hombres se
concentra más en la acumulación que en el disfrute
y como el orden social es cuantificable, las actividades que no
conduzcan a este camino son relegadas a segundos planos. Así
las artes y las letras en general son poco valoradas, frecuentadas
y apoyadas y las pocas afortunadas que gozan de despliegue y reconocimiento,
lo hacen en la medida que generan dividendos económicos,
pues cuando un acaudalado hombre compra una obra de arte por un
precio exorbitante, lo que le da status social no es la calidad
de la obra sino el valor pagado por ella.
El hombre de la Sociedad moderna vive pues por y para el dinero,
éste es su eje y lo demás es secundario. Las relaciones
con los demás son principalmente de carácter económico
antes que social, ideológico, artístico, filosófico
o espiritual, lo que la convierte en una Sociedad de grandes riquezas
materiales pero de una pobreza metafísica importante.
Este tipo de Sociedad lleva entonces a los hombres hacia una
desenfrenada carrera de acumulación que sin educación
rompe con las normas existentes y atropella en su camino a la
convivencia social. Hoy los hombres, las familias, los Pueblos
y las naciones concentran todos sus esfuerzos hacia el crecimiento
económico y no hacia el desarrollo social. Crecer en lo
económico no puede ser malo en sí, de hecho se requiere
que las Sociedades produzcan riqueza, pero antes que un fin, ella
debe convertirse en un medio para dotar a los individuos de comodidades
mínimas como vivienda, salud, alimentación y educación
que permitan a su vez, el florecimiento del individuo no como
ser económico sino también como ser creativo, filosófico,
solidario y espiritual.
La Sociedad capitalista surgida en el siglo XVIII y existente
en pleno siglo XXI es entonces una Sociedad enferma por el dinero
y donde la búsqueda del mismo convierte a los hombres en
esclavos del capital. Hoy, los hombres son esclavos absolutos
de balances empresariales, movimientos bursátiles, sobregiros
bancarios, tarjetas de crédito y del sistema en general.
Hoy, como en los tiempos de la novela colombiana "La Vorágine"
de José Eustasio Rivera, los individuos siempre viven al
debe y por tanto su vida está comprada.
Con una situación como la descrita anteriormente, cabe
preguntarse para qué la Sociedad, pues bajo este panorama
los individuos continúan errando en ese camino hacia la
felicidad, ya que en una Sociedad centrada en las riquezas materiales
como es la actual, se busca el cubrimiento de necesidades físicas
pero no de las espirituales y de allí que hoy, cada vez
con mayor frecuencia e intensidad, los individuos busquen desconectarse,
de manera momentánea, de la asfixiante realidad mediante
todo tipo de tretas, pero sólo para volver luego a sus
"unidades de trabajo" a producir más y más
para el sistema.
Sin embargo, esta nueva situación no tiene por qué
reñir con el concepto de Sociedad, pues Sociedades han
existido con riquezas o sin ellas y es sólo hoy que los
individuos adoptan como eje central de su vida la acumulación
material, pues aunque a través de la historia el hombre
ha acumulado bienes, ello no ha sido la norma general y los individuos
de las diferentes Sociedades han centrado su vida más en
la religión, la cultura o la vida elemental, antes que
complicarse con los deseos de atesoramiento. Con ello se pone
de manifiesto como la vida en Sociedad tiene que estar por encima
de la riqueza, lo que no quiere decir que la riqueza en sí
misma sea mala o atente contra la vida en Sociedad.
Antes que riqueza el hombre requiere de afecto, comprensión,
solidaridad, compañía, vida en pareja, crecimiento
espiritual, etc. por lo que la Sociedad no puede perder su verdadera
esencia como es permitir al hombre satisfacer estas necesidades
y no dejar que se pierda en una absurda carrera hacia la acumulación.
La Sociedad es por tanto importante para el hombre en cuanto
le permite relacionarse con los demás y satisfacer esa
necesidad natural de vivir y crecer acompañado, pues el
hombre es un ser social por naturaleza. Hoy cuando los hombres
viven en grandes urbes, día a día requieren relacionarse
con más y más personas y los procesos laborales
y sociales son altamente complejos e interdependientes, se hace
indispensable como nunca la vida en Sociedad. Bajo estas características,
el concepto de Sociedad toma en este tiempo mayor vigencia en
la medida que, como en ninguna otra época, el hombre ha
vivido más en comunidad. Sin embargo y por más paradójico
que resulte, el hombre moderno es de los más solitarios
en la historia, pues el ritmo de vida establecido por la Sociedad
hace que los individuos se concentren, casi de manera exclusiva,
en la generación de riqueza y por tanto, cualquier tiempo
que se dedique a actividades diferentes, atentará contra
el objetivo trazado. Es por ello, que los individuos al verse
solitarios y ante la incapacidad de establecer relaciones de tipo
espiritual con sus semejantes, tratan de escapar a esta situación
desconectándose de la realidad mediante el alcohol, los
narcóticos, la liberación de adrenalina o en el
mejor de los casos, mediante la adopción de mesiánicas
religiones.
Hoy los individuos son solitarios y el concepto mismo de Sociedad
se ve atacado por esta realidad. Una función de la Sociedad
debe ser permitir a los individuos conectarse unos con otros a
fin de solucionar problemas y establecer vínculos de amistad,
solidaridad y afecto con sus semejantes; sin embargo y pese a
que hoy el común de los hombres vive en grandes ciudades
e interactúa día a día con millones de personas,
ello lo hace de manera mecánica por lo que las verdaderas
relaciones espirituales que todo hombre debe buscar, se están
viendo relegadas por relaciones materiales que de llevar al individuo
a la soledad completa, estarían atentando contra la esencia
misma del ser. Los individuos cada vez más parecieran requerir
menos a sus semejantes, pues con un ordenador creen tener el mundo
a sus manos y van dejando de lado las relaciones afectivas con
los demás; ello como experimento y hecho aislado no deja
de ser interesante, pero cuando se asume como una forma de vida
sólo puede arrojar seres enfermos, frustrados socialmente
e incapaces de establecer relaciones perdurables con los demás
y por tanto, incapaces de amar y vivir en comunidad.
Otra función de la Sociedad debe ser ordenar la vida en
comunidad y para ello, el hombre ha apelado a diversas formas,
desde las más violentas como son los regímenes totalitarios,
hasta las más civilizadas y legítimas como es la
Democracia.
Por ser la Sociedad un asunto inherente al hombre mismo, requiere
que las normas establecidas o las reglas de juego fijadas para
la vida en comunidad sean, además de acatadas, construidas
o legitimadas por todos; pues sólo de esta manera se garantizará
su cumplimiento sin necesidad de apelar a la violencia, ya que
en una Sociedad donde sus mismos miembros concertan las reglas,
lo mínimo que debe esperarse es que las respeten en la
medida que las normas existentes son fruto de la misma expresión
del hombre.
Así, una verdadera y libre Sociedad deberá estar
basada en la construcción colectiva de sus normas con el
fin que los individuos acaten las mismas por convicción
en la medida que en ellas se expresa su voluntad de cómo
ordenarse para vivir en comunidad. Esta construcción concertada
de las reglas de juego evitará los Estados totalitarios
y generará un sano equilibrio de fuerzas ya que los individuos
no crearán estructuras súper poderosas que luego
se salgan de control y estén en capacidad de atentar contra
la libertad del hombre.
De allí que los individuos tengan que velar de manera
permanente por el uso que de esas normas hacen los hombres que
las administran en representación de las mayorías,
pues cuando el objeto de la norma se tergiversa, la Democracia
toda está en peligro y sólo puede ser salvada por
el hombre mismo haciendo valer el poder y la voluntad popular.
El papel que juega entonces dentro del Estado una Sociedad organizada
mediante normas emanadas del mismo Pueblo, será el de organizar
la vida en comunidad definiendo el uso y alcance de los mecanismos
de poder a fin que no atenten, precisamente, contra la misma Sociedad.
Para que se dé esta construcción colectiva de las
reglas de juego al interior de una Sociedad, se requiere de altos
niveles de educación que le permitan al hombre entender
las ventajas de convivir organizadamente, pues el hombre, tal
como lo diría Hobbes, es un lobo para el hombre, pero ello,
a diferencia de lo pensado por Hobbes, ocurre no porque el individuo
sea malo por naturaleza, sino porque ante un medio individualista
y hostil, el individuo se refugiará en sí mismo
e interpretará como un ataque todo lo que provenga de afuera.
Con lo anterior se quiere poner de manifiesto como la vida en
comunidad, por más que sea inherente al hombre, requiere
de preparación y cómo el individuo por más
ser social que sea, puede aislarse y volverse retraído
y violento cuando no se siente parte integrante de la Sociedad.
Sin embargo y pese a las transformaciones que han sufrido las
Sociedades a través del tiempo, éstas no pueden
perderse en su función vital de permitir a los hombres
vivir en conjunto para, además de solucionar problemas
comunes, compartir afectos y garantizar la perdurabilidad de la
especie. La Sociedad entonces, sin importar su forma, deberá
ser fiel al hombre para poder conservar su esencia y poder continuar
denominándose como tal.
Se reconoce, claro, que las Sociedades deben evolucionar, pero
dicha evolución debe ser para mejorar la condición
humana y no para empeorarla y, aunque debe destacarse que el hombre
de hoy vive mejor que sus antepasados, lo cierto de caso es que
teniendo todos los argumentos para respetar la vida humana y evitar
las agresiones, los individuos continúan además
de irrespetándose, matándose entre sí. Hoy
el hombre, comenzado el siglo XXI, vive en Sociedades más
organizadas y respetuosas que todas las anteriores y ello debe
valorarse; Sin embargo la angustia surge cuando se analizan las
posibilidades de convivencia que podrían alcanzar las diferentes
Sociedades si existiera un mayor respeto por la vida humana y
por las ideas y concepciones que los hombres poseen. Es carente
de toda lógica que los hombres se tengan que matar unos
a otros por sus diferencias políticas, sociales, económicas,
religiosas o ideológicas; pues si para algo debe servir
la violenta historia de la humanidad es para demostrar cuantos
muertos se hubieran podido evitar si se hubiera apelado al diálogo
y a la razón. Con la violencia se ataca entonces, además
del hombre, el concepto mismo de Sociedad.
Es inexplicable pues, que terminando un siglo que dejó
dos guerras mundiales, millones de muertos y Sociedades enteras
destruidas, la humanidad aun no haya aprendido la lección
y continúe dirimiendo sus conflictos mediante la vergüenza
de la fuerza y no con los argumentos de la razón.
Hoy no es justificable que los hombres y las Sociedades mismas
no se respeten entre sí, pues salvo algunos países
como la China y algunas naciones africanas que tercamente con
la historia continúan con esquemas totalitaristas, el resto
de las naciones poseen leyes y sistemas democráticos que,
aunque de manera inexacta, permiten a los hombres expresar sus
ideas y solucionar sus discrepancias más por el lado de
la razón que por la vergüenza de la fuerza. El que
los hombres no sigan el camino de las libertades políticas
y prefieran agredirse entre sí tiene que tener explicación
entonces en el desconocimiento de las bondades que las normas
y las leyes ofrecen y ello se debe en gran medida a la falta de
educación, educación para la convivencia y la vida
en Sociedad.
Con la educación las Sociedades aprenden a solucionar
sus dificultades mediante los argumentos de la razón y
no mediante la brutalidad de la fuerza; por ello una Sociedad
que no sea educada, difícilmente podrá alcanzar
la convivencia ya que cualquier dificultad surgida de la vida
en comunidad, será solucionada por la fuerza rompiendo
así con la armonía y el orden establecido.
La educación entonces, no puede limitarse hacia conocimientos
científicos o hacia la preparación para la vida
productiva sino que debe tener un alto contenido humanista que
permita al hombre, además de crecer como ser creativo,
metafísico y espiritual, tener los conocimientos necesarios
para entender y compartir el mundo que lo rodea.
Para que exista una Sociedad armónica se requiere que,
adicional a la educación, los individuos posean referentes
comunes que les permitan establecer vínculos y consolidar
relaciones sociales con el fin de generar identidad nacional;
pues sólo cuando los hombres tienen sentimientos y metas
comunes sobre las cuales identificarse, puede generarse ese sentimiento
de nación tan indispensable para la construcción
colectiva de Sociedad.
Los referentes comunes surgen y se potencian en la medida que
los hombres establecen relaciones afectivas con el medio y sus
circunstancias y su vida en Sociedad comienza a gravitar en torno
a ellos. Así, cada nación es más poderosa
en cuanto más identidad nacional logre generar en sus habitantes,
pues con ello, los individuos compartirán esas metas y
sentimientos comunes que les permiten reconocerse como iguales
y la Sociedad en su conjunto será la que trace los caminos
por recorrer, consolidando así la Democracia.
Una Sociedad de estas características requiere de tiempo
y educación para formarse y, por supuesto, siempre estará
en permanente evolución en la medida que avanzará
de manera permanente hacia la utopía, la utopía
de oportunidades de progreso y felicidad para sus gentes.
El caso de Colombia
Colombia, por tratarse de una nación joven que, durante
sus poco menos de 200 años de existencia ha ocupado su
tiempo en constantes y sangrientas guerras civiles, no goza ni
de educación, ni de referentes comunes que le permitan
consolidar una identidad nacional. Los habitantes del país
aun no se reconocen como iguales y ello sucede, como se ha mencionado,
por la falta de puntos comunes sobre los cuales orbitar, pues
existen diferencias culturales tan significativas entre una región
y otra, que los pocos elementos comunes existentes son opacados
por las raíces regionales. Por supuesto que no puede ser
censurable y por el contrario hay que admirar la riqueza cultural
de la nación, pero lo que se quiere significar es cómo,
por ser un país tan joven, aun no logra superar las barreras
regionales para encontrarse a nivel nacional.
Claro está, que hay naciones más jóvenes
que Colombia y que en su escasa vida han logrado establecer vínculos
nacionales importantes que les permiten contar con una Sociedad
consolidada; sin embargo, dichas naciones no han construido esa
identidad en medio de las guerras internas, pues las guerras externas
unen a la Sociedad, pero las internas las separan y destruyen.
Hoy Colombia es una nación carente de símbolos
nacionales (o de identificación de estos símbolos)
por lo que sus ciudadanos no tienen donde encontrarse y adicional
a ello, la violencia los aleja y separa como país. Es reprochable
que la única actividad que hace sentir a todos los habitantes
del país miembros de éste, sea cuando juegue su
selección nacional de fútbol, pues aunque destacable,
el sentimiento nacional debe trascender lo puramente deportivo
para centrarse en lo político, social y cultural.
Los colombianos entonces no se sienten colombianos sino bajo
situaciones puntuales y de coyuntura, lo que no permite la construcción
de Sociedad, pues un requisito para la construcción de
ésta es el establecimiento de sentimientos y objetivos
comunes que permitan marchar a todo un Pueblo hacia la misma dirección.
Sin embargo, por la situación de violencia y falta de educación
en el país, los colombianos cada vez son más retraídos
e independientes, desconfían de los demás y evaden
por temor, incluso a las mismas fuerzas del Estado; situación
que, en definitiva, atenta contra la construcción de Sociedad.
Sobre el tema de la violencia debe decirse que cobra una importancia
capital en la Sociedad colombiana en la medida que sus habitantes
han nacido y crecido bajo ésta y se han acostumbrado a
que las diferencias se solucionan, no en los terrenos de la razón
y de la ley, sino en la evasión a la misma mediante el
empleo de la fuerza.
Lo grave del asunto no es sólo que los colombianos no
respeten la ley, sino que no haya un Estado identificable que
la haga respetar y mediante educación y represión
enseñe a sus habitantes el sentido de la misma y la importancia
de su acatamiento.
En este caso entonces, los colombianos no poseen siquiera referentes
comunes sobre las normas que tiene la Sociedad para organizar
la vida en comunidad y por tanto, la construcción colectiva
de los parámetros de conducta se dificulta en la medida
que los individuos no valoran la importancia de la ley y no se
identifican bajo un denominador común que la aplique.
Para que las normas que rigen el comportamiento al interior de
una Sociedad tengan legitimidad, deben ser fruto de la construcción
y concertación colectiva, pues bajo un sistema democrático
el Pueblo es el que orienta su propio destino y establece las
características que deberá tener la Sociedad que
habita. Sin embargo, al no haber una autoridad claramente identificable
que esté en capacidad de garantizar y administrar la ley
y, al los individuos no poseer la educación necesaria para
valorar sus virtudes, la ley misma se vuelve etérea y más
simbólica que real.
Sin embargo, con la sola legitimidad de la ley el orden social
no está garantizado y se requiere que esas leyes legítimas
sean administradas por una supraestructura que garantice su aplicabilidad
y cumplimiento, pues por deber ser la ley una expresión
popular, un individuo en una misma Sociedad no puede estar rindiendo
cuentas a diferentes estructuras de poder de manera simultánea
y con intereses antagónicos como ocurre en Colombia. En
cualquier nación, esa supraestructura debe ser el Estado
en la medida que es, aunque no el único, sí el poder
más claramente identificable para los ciudadanos.
Sin embargo, el Estado colombiano por falta de madurez política,
carencia de identidad nacional e incapacidad de sus dirigentes,
no está claramente definido y por tanto no está
en capacidad de hacer cumplir la ley, generándose así
una situación de caos al interior de la Sociedad ya que
las normas pactadas para la convivencia no son respetadas y en
consecuencia, la convivencia misma se ve amenazada, pues los ciudadanos
no tienen interiorizado ni el concepto de la ley, ni quién
debe aplicarla.
El Estado colombiano por múltiples factores, pero dentro
de los cuales se destaca la cantidad de violaciones a la ley por
parte de los ciudadanos, es incapaz de conservar el orden y procurar
la armonía social. Con una Sociedad como la actual donde
los individuos tienen un mínimo respeto por las normas
y el Estado no está en capacidad de hacerlas cumplir, lo
que se genera entonces es un peligroso círculo vicioso
donde hay violencia porque no hay quien la reprima y no hay quien
la reprima porque cada vez hay más violencia, pues en la
medida que los individuos no estén educados para respetar
la norma y la violación de la misma no acarree sanción
alguna, la Sociedad colombiana antes que educar, continuará
generando a seres individuales que en su diario accionar atentan
contra los demás.
Si a la situación anterior se le adiciona el que en la
Sociedad colombiana cada uno de sus habitantes tiene un respeto
mínimo por las normas existentes la situación se
torna aun peor, pues para el común de los individuos transgredir
una norma es malo por la sanción existente en caso de ser
detectado y no por el concepto de orden que representa; es decir,
violar la ley es malo por el castigo y no por el daño que
implica para la Sociedad. El concepto entonces de la ley no existe
y por tanto el orden social es difícil de imponer.
En una Sociedad de estas características, donde cada individuo
busca salir día a día de la miseria y en su inconsciente
no existe el respeto por la ley, el delito y la trasgresión
de la norma para poder sobrevivir conducen a un caos social en
el cual los individuos se agreden unos a otros y la armonía
social, fruto de la ley, desaparece casi por completo; pues las
leyes se crean para regular la convivencia entre los hombres y
la convivencia es fruto de ese respeto a la ley. Muerta la ley,
muerta también la convivencia.
Se plantean pues dos problemas fundamentales que atentan contra
la vida en Sociedad: uno, el que no haya un Estado plenamente
identificable que interprete los anhelos nacionales y los haga
respetar de quienes los violentan; y dos, no existe educación
para la convivencia.
Referente a la falta de un Estado plenamente identificable que
haga respetar la ley debe decirse que ello ocurre precisamente
porque el Estado Democrático como fuerza mayoritaria y
legítima de la Sociedad ha carecido de los medios, pero
sobre todo, del valor para hacerse respetar de quienes lo agreden.
Un Estado de estas características, que permite que individuos
violen las normas de convivencia pactadas por la Sociedad y no
reciban sanción alguna, prontamente pierde autoridad, legitimidad
y respeto como ha sucedido con el Estado colombiano que, manejado
en muchos casos por hombres incapaces, ha claudicado ante los
violentos y preferido entregar a éstos la soberanía
en múltiples partes del territorio nacional que asumir
la responsabilidad histórica de hacer respetar el imperio
de la ley, de la ley construida, legitimada y clamada por todos
los colombianos.
Sin ley no hay orden, sin orden no hay educación y sin
educación no hay Sociedad. Primero debe entonces establecerse
el orden y luego educar al individuo para que lo conserve basándose
ya no en la represión como camino para hacer respetar la
ley, sino mediante la educación del hombre para la vida
en Sociedad. Tan pronto se logre esto, serán los mismos
hombres los primeros defensores de la ley en la medida que es
su propia expresión, creen en ella y reconocen sus virtudes.
De alguna manera, cuando los individuos construyen las leyes
de manera colectiva y aceptan someterse a ellas, lo que están
estableciendo es un pacto de convivencia o un contrato social
que les permitirá llevar una vida mejor. En Colombia dicho
pacto no se ha suscrito aun y por ende el caos actual de la Sociedad.
Ahora bien, un pacto de esta naturaleza se suscribe en un proceso
centenario que requiere por parte de los ciudadanos madurez, educación,
identidad nacional o que los individuos estén simplemente
cansados de matarse. Características éstas que no
posee aun la Sociedad colombiana y que conducen, antes que a un
contrato social, al tácito establecimiento de una ley de
supervivencia basada en el individualismo y la desconfianza hacia
los demás.
Colombia pues, es una Sociedad de seres de pensamiento y acción
individual donde una parte importante de sus habitantes, fruto
del abandono histórico estatal y de la escasa educación
para la convivencia recibida, cifran su supervivencia en la desconfianza
hacia los demás y derivan su sustento precisamente de la
agresión al otro.
Obviamente, una Sociedad con individuos de esta naturaleza difícilmente
puede llamarse Sociedad y mucho menos Sociedad civilizada y democrática,
ya que las personas que la conforman no poseen ni la educación
para convivir en Sociedad ni la mínima formación
en valores de respeto y convivencia que les permita tomar conciencia
del daño que con sus actos individualistas hacen a los
demás. Con ello se quiere poner de manifiesto precisamente,
cómo por falta de educación, los individuos además
de ser violentos y atentar contra la Sociedad, no toman conciencia
sobre el alcance de sus actos y por tanto los comenten; pues aunque
el individuo es un ser instintivo que se repliega ante el peligro,
no es un ser malo por naturaleza y no puede por tanto disfrutar
con las negativas consecuencias de sus actos sino en la medida
que desconoce las reales implicaciones y alcances de los mismos.
Bajo esta situación, la poca armonía existente
entre los hombres, fruto de los afectos y los pocos niveles de
educación impartida, se ve afectada prontamente por el
accionar de otros hombres que, con su egoísmo, ignorancia
y afán de atesoramiento y enriquecimiento material a como
dé lugar, atentan contra los procesos de convivencia que
la Sociedad a diario construye.
Por ser Colombia una Sociedad pobre en valores, falta de educación
y propensa a la violencia ante el poco respeto que existe por
la ley, el mundo capitalista en el que está inmersa ha
a conducido a sus habitantes a situaciones más desafortunadas
que las vividas en otras latitudes, pues el sometimiento al dinero
es mayor en la medida que se pierden otras perspectivas de la
vida brindadas por la educación. Un hombre culto, si bien
está inmerso en un mundo capitalista y su nivel social
está determinado por su haber material, posee sin embargo
otros alicientes y actividades intelectuales que le pueden compensar,
en un momento determinado, sus carencias económicas. Colombia
es diferente, sus gentes no son cultas y la riqueza es escasa;
combinación fatal para una Sociedad sumida en la pobreza
y sin principios y valores claramente definidos, pues los existentes
fruto de la cultura católica inculcada no supieron interpretar
y adecuarse al mundo capitalista y fueron por tanto marginados
a un plano secundario. Es ésta entonces una Sociedad sin
valores y con ansias de poder, poder que sólo otorga el
dinero, dinero que sólo otorga la educación y educación
que escasea para el común de la Sociedad. De todas maneras
se habita en una Sociedad que mide a los hombres por su dinero
y éste hay que conseguirlo con educación o sin educación,
y sin educación el camino que algunos colombianos han trazado
como ejemplo durante las últimas generaciones es el delito.
Tal es pues la Sociedad colombiana. Una Sociedad joven en la
cual los individuos no poseen referentes comunes y por tanto no
se reconocen como iguales, negándose así la posibilidad
de generar identidad nacional. Una Sociedad en la cual no hay
un Estado claramente definido que concentre los instrumentos de
poder y los aplique de manera uniforme a sus ciudadanos. Una Sociedad
donde no hay ni construcción ni concertación ni
respeto por las normas y donde la impunidad es el común
denominador en la medida que la justicia no funciona, bien por
falta de elementos, bien por la gran cantidad de individuos que
delinquen así sea en las pequeñas cosas y que hace
que no haya aparato policial alguno que esté en capacidad
de reprimir ni justicia que esté en capacidad de sancionar.
Es ésta una Sociedad que no educa a sus miembros para la
vida en comunidad y en consecuencia, los individuos no están
en capacidad de suscribir pactos o establecer contratos sociales
que les permitan respetarse y encontrarse como iguales y que lleva
a que los ciudadanos sean seres retraídos, independientes,
faltos de solidaridad e incapaces de establecer relaciones perdurables
en el tiempo y basadas en el respeto y el entendimiento con el
otro. Es la Sociedad colombiana una agrupación de hombres
que se agreden a diario y que por falta de educación y
ejemplo no dimensionan el daño que se hacen entre sí.
Es una Sociedad que fundamentó sus relaciones en la doctrina
católica del respeto mutuo pero también del sufrimiento
como camino a la vida eterna; situación ésta de
postración y conformismo que riñe con los tiempos
de progreso y generación de riqueza que se viven y que
la Iglesia no tuvo la capacidad de interpretar. Es ésta
una Sociedad que perdió los valores del respeto y del entendimiento
y que mezcló en un crisol fatal, ignorancia, ambición
y violencia como alternativa y ejemplo de vida para los ciudadanos.
Es, de todas formas, una Sociedad llena de vida y esperanza que
se hace necesario reconocer, recoger, amar, orientar y, con liderazgo,
tener la capacidad de interpretarla para poderla conducir hacia
oportunidades de futuro para sus gentes.
Conclusión
En ese camino por recorrer, deberá comenzarse por suscribir
un contrato social entre los diferentes actores, pero con el aval
del Pueblo, que permita concentrar los instrumentos de poder de
la Sociedad y generar así un Estado plenamente identificable
por todos los colombianos que garantice la legitimidad de la norma
y el respeto por la ley. Se requiere pues un Estado fuerte, identificable,
respetable, poderoso y por sobre todo, democrático que
haga valer la soberanía del Pueblo y esté en capacidad
de sancionar a quienes atentan contra él. Se requiere en
esencia de un Estado que ponga orden y que permita a los individuos
recobrar la esperanza de vivir en Sociedad.
Además del orden y del reestablecimiento del imperio de
la ley, se requerirá de un Estado que, una vez recobrada
la confianza, reconozca, fomente, valore y apoye la construcción
de un tejido social como mecanismo para canalizar las iniciativas
ciudadanas en pro de una Sociedad más justa, igualitaria
y solidaria; tejido sobre el cual se puedan canalizar las ganas
de vivir y de trabajar por Colombia que tienen sus ciudadanos
y que permita establecer vínculos nacionales de solidaridad
como camino hacia la convivencia y la justicia social; pues trabajar
por Colombia es trabajar por los demás.
Por último, y dejando de lado el educar para la generación
de riqueza que es algo accesorio para la Sociedad, se requerirá
por parte del Estado y de los ciudadanos con su ejemplo, educar
a sus hijos para el pleno ejercicio de las libertades políticas
como camino único hacia la construcción de una verdadera
Sociedad que, fundamentada en el respeto de la vida humana y en
la forma de pensar de los individuos, garantice oportunidades
de convivencia, progreso y felicidad para todos los colombianos.
*Alejandro Arbeláez Arango.
Candidato a Doctor en Derecho
Constitucional por la Universidad de Valencia, España.
Master en Dirección y Gerencia Pública, UPV. Ha
sido profesor de Historia de las Doctrinas Económicas y
de Modelos de Desarrollo Económico en la Universidad de
Medellín. Su campo de investigación en la actualidad
se centra en la Gobernabilidad Democrática y los Derechos
Fundamentales. alejoarbelaez@hotmail.com
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